viernes, 11 de enero de 2013

"En los antípodas del día". Gonzalo Aróstegui Lasarte


"Sé que no estoy en mi juicio y que me falta inspiración. Todo me saca de quicio ¡qué desilusión! Odio salir a la calle, hiede la televisión, el rocanroll es un arte ¡qué desilusión! Es sólo una canción y me siento mejor (bis) Soy compañero de nadie y viajo solo en mi vagón, no encuentro un soplo de aire ¡qué desilusión! Soy pregonero del negro y tengo en cama la opinión, sé que no existe el infierno ¡qué desilusión! Es sólo una canción y me siento mejor"

Antípoda es masculino. Se dice "los antípodas". No conozco a nadie que lo diga bien. Es dificil hablar de ciertos libros, uno no sabe por dónde empezar. Yo he acabado "En los antípodas del día" de Gonzalo Aróstegui Lasarte, dueño y señor de Ragged Glory y escritor meritorio a raíz del gancho al hígado que me tiene confundido un par de días después de haber cerrado el libro. He de evitar las referencias, los espejos que entre las líneas iba encontrando y que me metían más de lo aconsejable en la historia. Hay libros que son reales. Rara vez la literatura lo es. Pero este libro lo es. Es real, y creo que eso es lo mejor que puedo decir de él. Es real y es paradigmático, es mito y es historia, a la vez, y eso lo hace grande. Ahora empezaré con las referencias, por eso de explicarme.

"Te tiras cinco años estudiando Filosofía en la universidad, asentando tu espíritu la ferralla epistemológica que te forma, te informa y te conforma, y cuando llega la hora de aplicarle el hormigón, aquella no es capaz de aguantar la embestida para la que -según todos los cálculos estructurales- estaba preparada." (pág 225)

Que yo haya trabajado de teleoperador (http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/2010/09/vis-vis-entre-patadas-al-balon-y_07.html), que yo haya estudiado filosofía, que yo haya tenido gloriosas borracheras con Edu, Iván, Loic, Ramón y Sergio, que yo... no importa... nada importa salvo lo que hay en este libro...
Si Fernando León de Aranoa o Benito Zambrano buscaran un guión potente, lo encontrarían en este libro (de hecho, deberían buscarlo en este libro). Pero debería adaptarlo Azcona con el propio Aróstegui para que no se perdiera nada. Azcona no se debería haber muerto nunca, como Berlanga, como nunca debería morirse Rosendo Mercado, pero ese es otro tema, o no... Si Nick Hornby viviese en Carabanchel y en vez de jugar a ser progre lo fuese de verdad, habría escrito algo parecido a esta novela. No quiero resumirlo, no creo que lo hiciera bien. Pero hay personajes, y aunque el libro esté narrado en primera persona, todos están dibujados, con trazo más o menos fuerte, pero con una precisión y belleza increibles. A veces lees libros que están hechos a medida, y tu no lo sabes, ni lo buscas, simplemente lees y lees, pasas páginas y ríes, asientes, lloras, sufres, te ves y ves, sobre todo ves. Ves lo que ha sido un trozo de nuestra historia que nadie ve ni quiere ver. Los ochenta tuvieron sus directores de cine, plagado de cierto costumbrismo acaramelado, también su literatura, su música (eso descontado). Los noventa también, pero aquí todo era demasiado cartón piedra, sobre todo en este país, España, tan dado a insultantes anuncios vomitivos de campofrío cuando las cosas van mal y a la vácua modernez de Fangoria cuando van bien. No me gustó "Historias del Kronen", ni en papel ni en celuloide. La transición al nuevo siglo no tuvo, a mi entender, su cronista, o al menos no sin que apareciese barnizado con cierta pelusilla autocondescendiente. Y ahora llega Gonzalo Aróstegui y planta a un personaje, una foto, una polaroid, un retrato baconiano de todos esos hijos de trabajadores que en 1998 vadeaban la veintena acercándose a la treintena, esa primera generación perdida, soberbiamente preparada, culta a su pesar, cínica y heroica, y lo llama Rafael Hernández, Y Celso, y Jaume pero podría llamarse Iván Pérez, o Ramón Fernández... Y lo presenta como es, como son, como somos, fuimos y acaso seremos, y narra, a pesar de la primera persona, con una certeza desoladora. Coge a Holden Caufield y ponle las ropas de Max Estrella, hazle tener la apariencia de Josele Santiago y el regusto de un Bertold Brecht en pleno monólogo después de un concierto de Iggy Pop... Ese es Rafael Hernández, y en los antípodas del día será su viaje al fin de la noche, una radiografía sublime de esa generación proletaria que fue a la universidad y que, con el año 2000 sobre sus cabezas, se encontraron con que su mundo había desaparecido, o sería más certero decir que se encontraron con que no había lugar para ellos en el mundo que creían habitar, y que no eran más que eso, proles, y que en vez de con 18 o 19, iban a sentir en sus carnes la explotación y la toma de conciencia de clase acercándose peligrosamente a la treintena. Su corazón de las tinieblas fue darse cuenta de que sus pilares: el rock, los libros, los amigos (la fraternidad), los bares, nada valía, nada permanecía, sino todo lo contrario, se desmoronaba en sus manos. La noche, LA NOCHE, ese turno donde Rafa vive y se gana la vida, aparece entonces como esa venda que poco a poco cae de su cara y le deja ver dónde está, aunque él crea que el sueño, el cansancio, sea el colchón que amortigua su amargura, esa que aparece cuando dejas de intuir y realmente sabes que no hay solución. En "En los antípodas del día" uno se ríe, sonríe mejor, pero la mueca no desaparece, en la novela de Aróstegui, al igual que en la vida, en el día a día, uno espera el próximo concierto, la próxima quedada con los colegas, la próxima juerga para descargar un poco de peso, para poder seguir el relato hasta ese final que intuyes que el autor no edulcorará (sorry Hornby), porque este es un libro real, una apuesta tan ética como estética. La radiografía no sólo es el blanco y negro sino que tiene carne, tiene color y calor... Me encantó lo que dijo Lu en su blog sobre este libro. Lu siempre es increiblemente certera y cercana en sus opiniones, a veces la veía en Raquel... "...plasma la realidad del trabajo precario y las increíbles tragaeras que muchas personas demuestran tener a la hora de mantener un puesto de trabajo que no es, ni mucho menos, el que deseaba conseguir cuando estudiaba. También recoge los frustrantes intentos de escribir una tesis sobre el nacionalismo y mantener las relaciones personales con amigos o con la pareja trabajando en horario nocturno, vamos, misión imposible. Pero bueno, aunque la realidad del protagonista sea así de jodida, tampoco es un libro para echarse a llorar. Hace tiempo, escuchando a David Trueba en una mesa redonda sobre guiones cinematográficos, tuve que darle la razón cuando se puso a "criticar" a Ken Loach. A ver, tampoco es que lo pusiera a parir, pero se quejaba del rollo victimista de sus personajes, de la continua tristeza, del énfasis puesto siempre en lo negativo y en lo dramático. Dijo algo así como que los parados también se ríen, toman cervezas y follan, sólo que Ken Loach no enseñaba eso en sus películas. Pues bien, en el libro de Gonzalo el protagonista tiene motivos para quejarse, pero se queja mojándose (como debe ser), y además se ríe, toma cervezas, va a conciertos y folla. Como la vida misma."

A pesar de lo que digan los suplementos culturales, lo blogs más cool y visitados, cercanos a los randomboys o a los círculos de poder, es enormemente reconfortante saber que se editan libros como el de Aróstegui Lasarte.

Dale al play, sube el volumen y canta; después llama tus amigos y sal a buscar este libro...



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