jueves, 14 de diciembre de 2017

Reseña de MALDITO Y BIENAMADO BIBELOT de Heberto de Sysmo en el blog Puentes de Papel


HEBERTO DE SYSMO. MALDITO Y BIENAMADO BIBELOT


Maldito y bienamado bibelot
Heberto de Sysmo
Baile del Sol, Colección Sitio de Fuego
Tegueste, Tenerife, 2017



DESTILACIONES



El activismo cultural de José Antonio Olmedo López-Amor se expande por amplios corredores. Ha dado pie al ejercicio de la crítica en distintas publicaciones, digitales y en papel, a la puesta en marcha de la revista Crátera, de la que es codirector,y a un singularizado recorrido poético, siempre tras el seudónimo Heberto de Sysmo, iniciado en 2011 con el volumen Luces de antimonio.
La última entrega, Maldito y bienamado bibelot, consiguió el II Certamen Nacional de las Letras “Isabel Agüera”. Sobre su naturaleza estética escribe José Luis Rey: “Libro de amor al lenguaje, a su aventura radical y lúcida, escrito por un poeta que ama la palabra por encima de todo”. También resultan de interés las ideas expuestas en el preámbulo de Jesús Leirós León, jurado del certamen en esta convocatoria: “Es una obra llena de incidencias, de belleza dramática, de materia oscura que convierte al lector en un navegador de lo intuitivo”. Nos hallamos frente a una lírica que no ofrece traslaciones denotativas de una supuesta experiencia biográfica sino que tiene como hilo argumental básico la reflexión perturbadora, el ritmo arrullador de las imágenes y la concepción de la poesía como rapto o exaltación, una estética que destila cercanía con el poeta chamánico cuya voz recorre laberintos entre la realidad y lo oculto.
Heberto de Sysmo fortalece la solemnidad aforística del aserto “la patria es el lenguaje” al iniciar el poemario recordando el enfoque teórico de Saussure, cuya percepción del hecho lingüístico reactivo brevemente: la lengua es un producto social y un artefacto cultural mientras que el habla es plasmación concreta de la actividad comunicativa. El sistema idiomático, por tanto, supera los umbrales del yo. Personifica una arquitectura cuyo alzado soportan claves que el sujeto verbal debe descubrir. Las palabras cumplen leyes físicas; son el basamento de un sistema científico que está más allá de las intuiciones, el tejido sentimental o las especulaciones que buscan luz.
Todo el apartado inicial, “Phisis” sondea el aspecto ritual de la poesía y las formas de introspección generadas; los poemas se asientan, con sus alusiones y elusiones, en ese empeño de ser un resplandor fugaz, un lampo a la deriva en el que se percibe desde la sombra la convivencia firme entre intuición e inteligencia.
El título del segundo conjunto, “Mathesis” –término de origen griego que alude a la ciencia y el aprendizaje- recuerda a Descartes y a su empeño en hallar desde la mente un lenguaje más perfecto que cualquier lenguaje natural y se completa con una cita de G. Santayana; el texto recuerda que el arte es experimental y toda invención es tentativa. El lenguaje –también la poesía.- no pasa de ser un epicentro sísmico que deja sus pulsaciones dispersas.
Una de las cualidades más notorias de Heberto de Sysmo es su tendencia natural a soslayar los términos ajados por el uso y buscar otros que dormían bajo la techumbre de los diccionarios: bibelot, lampo, eruela, ergógrafo, atavío, enunción, escabel, antigrafía, óbelo, pareidolias, idente… lo que concede a su voz poética una sensibilidad culturalista que convierte al figurante lírico en aspirante a demiurgo: “El verso se resuelve en quien lo sueña, / su gracias infunde paz y en algo cambia / a aquellos que su majestad corona”. Esta caracterización acerca al poeta valenciano a los juegos expansivos de las vanguardias y al pulso intelectual de la ciencia como sedimento aprovechable del poema. Poesía y ciencia se hacen así ingredientes complementarios para elaborar vertientes discursivas.
Otro atributo de esta entrega es la elección formal del poema breve como sustento de las imágenes y receptor del pensamiento. Incluso el haiku, cuya concisa pulcritud está ligada a los estímulos sensoriales, adquiere en Maldito y bienamado bibelot una caligrafía más conceptual.
La poesía es un organismo pluricelular; cumple las incansables funciones del ser vivo en permanente cambio; Maldito y bienamado bibelot, la premiada propuesta de Heberto Sysmo, hace de esa indagación en las mutaciones una síntesis entre lenguaje y pensamiento, una isocronía que avanza en espiral: "Decir para vivir, / vivir para decir / y después de haber dicho / volver a desdecirse".


OBRAS SON AMORES: Mari NIeves Pérez Cejas, LA MELANCOLÍA DE LOS SUPERMERCADOS


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Reseña de STONER, de John Williams en el blog No me creo que no te creas

domingo, 26 de noviembre de 2017


John Williams, Stoner


Stoner es la mejor novela que he leído este año, tal vez en años. ¿Por qué? Por ningún motivo en particular, o por ninguno que yo conozca, lo que quizás sea la mejor señal de su grandeza. ¿No resultan sospechosas las novelas que nos gustan por un motivo concreto? Yo, cuando sé por qué me ha gustado un libro, me mosqueo. Me pregunto qué tiene ese aspecto del libro para gustarme, me pregunto si no será que encuentro en él algo que ya estaba en mí y que sale reforzado de la lectura. Nos ocurre todos los días: conocemos a alguien que nos da la razón, que nos llama guapos o que halaga nuestra vanidad de cualquier otra forma, y no podemos evitar quererlo. En realidad no lo queremos a él: nos queremos a nosotros mismos, y si la persona en cuestión nos resulta agradable es porque justifica o refuerza nuestro amor propio. Con los libros pasa lo mismo. Basta que encontremos en uno la más mínima validación de nuestra forma de ser para que se convierta en el acto en una obra maestra. La vanidad es astuta y siempre se abre camino. Pero, aunque es cierto que de nada sirve luchar contra ella (parece más sensato invertir nuestras energías en aprender a gestionarla), también lo es que reconforta encontrar de vez en cuando un placer que, al menos a simple vista, no esté dominado por ella. Leer un libro que no nos halaga, que no afirma ni desmiente nada de lo que amamos, bien podría ser uno de esos placeres.

Es difícil discernir de dónde proviene la fascinación que esta novela ejerce en tantos lectores. Stoner es el perfecto modelo del hombre anodino: un profesor universitario sin más intereses que sus clases, su familia y sus pequeños proyectos académicos. Sus desgracias nos harían bostezar si tuviéramos que escucharlas ante una taza de café, igual que hacemos bostezar nosotros a nuestros amigos cuando les contamos que un compañero de trabajo ha conseguido el ascenso al que aspirábamos o que nuestra mujer se ha apuntado a un grupo de teatro. Nada hay de novelesco en la vida de Stoner, y sin embargo la suya es una novela apasionante. Al leerla no tenemos la sensación de presenciar un drama individual, sino el gran drama del ser humano. De forma misteriosa, John Williams obra el milagro de la transmutación: eleva lo particular a lo universal, la miseria privada a dolor compartido. Muchos, antes y después que él, han tratado de hacerlo. Nadie lo ha hecho mejor.

Al éxito de la novela contribuye su prosa limpia, transparente. John Williams no solo no se enreda en florituras, también renuncia al exceso de información que, en mi opinión, lastra otro de sus libros más conocidos,Butcher's Crossing. En esta otra novela, ambientada en el salvaje oeste, al autor se lo ve preocupado por crear un escenario creíble, y en su esfuerzo por hacer que la atmósfera cobre vida añade un sinfín de explicaciones innecesarias. Nos informa sobre las partes exactas que componen un carromato o sobre el modo adecuado de conducir un carro de bueyes sin que estos sufran daños. Demasiada información. Escribir una novela es como contar una mentira: dar muchos detalles no hace la historia más creíble, al contrario, la hace sospechosa. Y aburrida. Ya dijo Voltaire que el secreto para ser aburrido es contarlo todo. Stoner está libre de ese pecado. Aquí no hay información de más ni de menos. De hecho, se diría que no hay información de ningún tipo: tan natural, tan espontáneo es el relato que uno se resiste a pensar que John Williams haya dosificado la información, haya planificado la estructura, haya rehecho las frases. Se resiste uno a pensar que este libro sea una obra de artesanía y no un trozo de vida pura y dura.


En pocos casos tiene tanto sentido decir, como acostumbramos a decir cuando nos quedamos sin ideas, que es inútil hablar de esta novela, que es mejor leerla. Sin embargo, yo hablo. Quiero hacerlo. A veces, cuando leo un libro y me gusta, me apresuro a escribir algo sobre él para no olvidarlo. He comprobado demasiadas veces que mi memoria es precaria: pasados unos días se difuminan los detalles de la trama, pasadas unas semanas apenas conservo una sensación difusa de agrado o desagrado. Sobre Stoner no escribí nada en su momento, hace seis meses, cuando lo leí. Supongo que no me apeteció, supongo que estaba ocupado o cansado, o quizá por entonces ya intuía que este libro no caería tan fácilmente en el olvido. En cualquier caso, hoy ha acudido a mi memoria, y me he dicho: «¿Aún no lo has olvidado? Pues apresúrate a escribir unas líneas, por si acaso». Y me he puesto a escribir y a recordar, y os juro que el recuerdo es tan vívido como si lo hubiera leído ayer. «No es extraño que lo recuerdes», dirán algunos, «seis meses es poco tiempo». Tal vez, aunque no se me vienen a la cabeza muchos libros de los que haya conservado un recuerdo tan nítido al cabo de seis meses. ¿Terminará también Stoner por caer en el olvido? ¿Puede uno olvidar un libro inolvidable? Sí, la memoria es cruel y nada está a salvo dentro de ella. Pero hay libros, muy pocos, que nos acompañan incluso más allá del olvido. A ese selecto grupo pertenece Stoner

Otros blogs que hablaron sobre Stoner:


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Reseña de MURO DE LAS LAMENTACIONES de Rubén Castillo en Lecturas y opiniones

sábado, 25 de noviembre de 2017


MURO DE LAS LAMENTACIONES

Mariano Sanz Navarro

CASTILLO GALLEGO, RUBÉN, Muro de las lamentaciones, Baile del Sol, 2017

Coincido con Rubén en varios de los gustos por los que manifiesta decantarse en la solapa del libro y rechazo, como él, la homeopatía, las dietas y la gente pesada, añadiendo de mi cosecha a los que tosen en los conciertos.
Rubén escribe magistralmente, o sea, digno (aunque difícil) de imitar. Eso no es ninguna novedad, lo supimos en El globo de Hitler, Anillo de Moebius, Palabras en el tiempo o la más reciente Los días humillados, amén de numerosos cuentos y ensayos publicados con anterioridad.
Este libro de relatos, Muro de las lamentaciones, además de estar bien escrito, es redondo. No tiene resquicio por dónde meter la tijera del perfeccionista. Cada uno de los cuentos está perfectamente estructurado, tiene la longitud justa para mantener en vilo la atención del lector y el desenlace inopinado que constituya la guinda que deja buen sabor de boca.
Me ha pasado con este libro como me pasa con pocos: que terminado un cuento no me apetece seguir con el próximo. Una razón es la de recordar, digerir pausadamente lo leído, otra, regocijarme con la espera a sabiendas de que voy a enfrentarme con una sorpresa que no quiero anticipar, como los niños que dejan lo más exquisito del pastel para el final.
Había pensado destacar alguno de los cuentos que me hubiera gustado de forma especial (en todos los volúmenes de relatos siempre hay uno, o varios, que impactan especialmente al lector, y no siempre son los mismos los que impresionan a cada uno. Eso presta indudable encanto a la diversidad de temas), pero a la hora de escogerlo, me ha resultado difícil; cada uno de los relatos, de forma diferente, me ha dejado el regusto de la buena literatura, difícil de encontrar en nuestros día a pesar de la profusión de publicaciones; quizás porque el género que Rubén cultiva en este libro, es de los que mejor concuerdan con mi estilo de afrontar la escritura.
Han quedado titilando en el recuerdo, tres:
CARTAS DE WENDY
El untersturmfürer Wilhem Schwerin termina la guerra de forma abrupta sin llegar a saber que los papeles que Rubén le ha puesto en la mano podrían ser las cartas que Kafka (FK) envió, durante las últimas semanas de su vida, a Elsi, la niña conocida por casualidad en el parque Steglitz de Berlín, una tarde en que lloraba desconsolada la pérdida de su muñeca Brígida. Franz, el mago, sabía que la muñeca no se habia perdido, sino que habia emprendido un largo periplo cuyas incidencia iría relatando a Elsi en cartas sucesivas. Algo sospechó el untersturmfürer Wilhem Schwerin cuando leyó la frase que aparecía al final de cada misiva: Le dicto estas cartas a mi amigo FK. para que te las entregue, porque desde el principio intuyó que algo oscuro de encerraba tras aquellas palabras. (35) Pero ya no había tiempo para más averiguaciones, arrojó las cartas a la chimenea y las hizo arder. (37) El final, a disposición de ustedes.

DOS CUENTOS PARA QUE USTED LOS ESCRIBA
En este relato encontramos al Rubén más exquisitamente divertido, en un terreno que recorre con soltura: el de la broma capaz de esconder realidades que invitan a la reflexión. Aquí, el magisterio de la narrativa meta-literaria se encuentra en estado puro. Aunque escribir es una tarea en la que el primer paso siempre es el más complejo de dar (59), en el primero de los cuentos se describe la trayectoria vital de un personaje alrededor de un adminiculo imprescindible: el chupete que inicia y cierra el ciclo vital del personaje.
El segundo cuento que brinda al escritor primerizo, igual de ingenioso, trata de un fracasado (figura con la que el lector empatiza de inmediato), que se ha habituado a programar sus sueños, a decidir qué quiere soñar por las noches (71). La aventura, que acaba mutando en el drama presentido en el sueño, se convierte en realidad. Y hasta aquí puedo contar.

EL ÚLTIMO CABALLERO ANDANTE
Todos los que escribimos hemos sentido, en un momento u otro, la tentación de hacer un guiño cervantino, ardua empresa de la que solo salen victoriosos algunos maestros, como Andrés Trapiello. Rubén lo logra plenamente en esta magistral descripción de los padres del inventado protagonista, que bien pudiera haber sido incluida en las paginas originales sin desdoro alguno: Martín llamábase mi padre y era altiricón, de buen conformar y propenso a las magras (del crecimiento constante de las cuales su cuello y su rostro eran fiel indicio, y su andorga cumplida demostración); Felisa es mi madre, áspera de trato y flaca como el espíritu de la golosina, amén de proclive al ánimo taciturno. (92)

Resumiendo, un magnífico libro de relatos que me ha llegado a las manos -con la exquisita dedicatoria que no me resisto a reproducir más abajo-, y que recomiendo vivamente. 



jueves, 30 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara, de David Pérez Vega en la revista Oculta

KOUNDARA: UNA AGUDA MIRADA GENERACIONAL A TRAVÉS DE SIETE RELATOS

escrito por Ariadna G. García 31 octubre, 2017


Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen –tenemos– puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. Hablo de novelas como Cenitalde Emilio Bueso (2012); La trabajadorade Elvira Navarro (2014); Inerciade quien escribe (2014); Los valientesde Roberto de Paz (2015); La gran olade Daniel Ruiz García (2016); y Cuando todo era fácilde Nando López (2017). Me refiero a libros de relatos como Contratiemposde Pilar Tena (2014) o el que nos ocupa hoy: Koundarade David Pérez Vega (2016). Con estos libros los lectores pueden auscultar el pecho de su época, pues trasladan al papel los mundos que sospechamos, pero que nuestra sociedad –pensada para el consumo y la satisfacción de los deseos– nos impide ver. No obstante, para eso escriben sus obras los autores, para hacernos mirar en dirección opuesta a los anuncios, la telebasura y el dircurso político de autocomplacencia. Estos títulos describen cómo los recortes de la administración incrementan la sensación de fracaso colectivo, cómo la clase obrera ha perdido derechos con la nueva reforma laboral, cómo las mujeres y los hombres que han acabado en el paro deben reinventarse para sobrevivir, cómo se ha abierto un abismo entre los sueños de juventud y los logros de adultez, cómo el mercado laboral se ha vuelto despiadado, cómo miles de españoles preparan la maleta del exilio, o cómo la incertidumbre, el miedo y la frustración se han enquistado en la ciudadanía.
Koundara es el primer libro de relatos de David Pérez Vega (1974), profesor de Economía y de Matemáticas, y autor de las novelas Los insignes (2015), El hombre ajeno (2014) y Acantilados de Howth (2010); de los poemarios El bar de Lee (2013) y Siempre nos quedará Casablanca (2011); así como de un sinfín de reseñas que ha ido publicando o bien en su blog (Desde las ciudad sin cines) o en la Revista Eñe. Con la excepción de la última novela, todas sus obras han visto la luz en Baile del Sol, una editorial prestigiosa, alternativa, que lleva veinticinco años dando a conocer nuevas voces de la literatura española.
El libro lo integran siete relatos organizados en dos secciones («Los viajes» y «Bajo determinadas circunstancias»). Me han gustado mucho cuatro de ellos: «Koundara», «Maestro», «Cazadores» y «Tetras de ojos rojos». Sin embargo, voy a comenzar mi reseña por los tres restantes.
«Acrópolis» tiene un arranque sorprendente (el gerente de una empresa abandona, con precaución y nervios, la nave donde trabaja, por temor a un atraco), pero la abrumadora retahila de datos que ofrecen –a continuación– narrador y personajes frena la historia. Las intervenciones de los interlocutores, por otro lado, son demasiado largas, lo que resta credibilidad a los diálogos. Así y todo, me gusta el sentido del relato, si bien no su construcción: la mirada nostálgica hacia el pasado donde el protagonista sentía una seguridad que ahora le falta.
«La balada de Upton Park» toca un tema interesante y actual: la emigración de españoles por culpa de la crisis. El prólogo promete una entretenida historia de terror, pero el relato que lo sigue frustra enseguida las expectativas de los lectores. El desarrollo de la historia es lento por la profusa aparición/desaparición de personajes, y por la meticulosidad con que describen escenas al margen de la trama principal.
«Quitasol» es un relato anodino, en el fondo y en la forma; que desmerece al lado de sus compañeros. Y es que dentro de la colección hay cuatro relatos realmente muy buenos. A saber:
«Koundara» tiene el atractivo de la localización espacial (Guinea Conakry); de unas descripciones muy plásticas, de gran poder evocador, que apelan a cada uno de los sentidos («El olor es lo primero en África; un olor carnal, igual que una gasa invisible sobr el cuerpo. Nada más bajar del avión, una presencia de cuero y sudor rancio»); de la sutil ironía a la que recurre el autor para criticar la actividad que desarrolla la Iglesia en Koundara (escolarización en sus centros únicamente de estudiantes ricos), así como de los privilegios de los que disfrutan sus representantes (instalación de tendido eléctrico y suministro de agua); el último aliciente del relato descansa en la aparición de personajes a los que estamos poco habituados (monjas que conducen todoterrenos de aspecto militar).
«Maestro» destaca por el tema: la denuncia de las precarias condiciones laborales en las que realizan su trabajo los maestros y profesores de un colegio privado (para el nivel de bachillerato) y concertado (para las etapas de primaria y secundaria). El narrador nos relata los esfuerzos de la dirección del centro por despedir a docentes con contrato indefinido, por minar su moral completando su horario con asignaturas para las que no están cualificados, por presionar al claustro para que los estudiantes aprueben sin abrir un libro, o por colocar a dedo a un representante sindical afín a sus intereses. Se nota que Pérez Vega conoce el oficio desde dentro.
«Cazadores» se sustenta en una estructura muy bien trabajada, donde varios relatos se insertan unos dentro de otros, como en las antiguas colecciones árabes de cuentos. Dos hombres divorciados se citan en un restaurante chino para cenar, y en la conversación se confiesan en qué momento se percataron de que sus matrimonios no les satisfacían. Este segundo estrato de la historia, que gira en torno a un perro, desemboca en un tercer recuerdo del protagonista, esta vez situado en un bar de Malasaña. Esta nueva charla con otro amigo, gemela a la de la historia-marco, sirve para rememorar un lance de la infancia en la facultad de Veterinaría de la Complutense, donde experimentó el horror de ver animales amputados y agonizantes. Estos flashback freudianos nos perfilan a un personaje inseguro, temeroso de los hombres que conforman su mundo. De ahí que el desenlace del relato nos reconforte.
«Tetras de ojos rojos» es el texto más lírico –simbólico– de las siete piezas. Su fuerza radica en la espléndida caracterización psicológica del personaje principal, la madre de un alumno diagnosticado con TDA (Transtorno por Déficit de Atención). Relatada, ahora, por un narrador omnisciente, la obra pasa revista a las emociones que Mónica padece tras entrevistarse en varias ocasiones con el tutor del chico y luego con éste: ira, desconcierto, desconsuelo, impotencia, miedo, furia, decepción. Pérez Vega, de nuevo, recurre a su experiencia docente para añadir al retrato del personaje la pintura de los obstáculos que dificultan la concentración de los adolescentes de hoy: los videojuegos, internet, el móvil y la televisión. Un acuario de peces servirá de remanso de las pasiones, banco de pruebas de madurez, y de metáfora de la extrañeza incómoda que siente una madre cuando asiste a los cambios de sus hijos. La incorporación de los diálogos al texto me parece una fórmula acertada, pues dota al texto de agilidad.
En resumen, Koundara es un buen libro de relatos, con cuatro piezas excelentes en las que el autor demuestra que tiene oficio, domina la técnica y posee una aguda mirada para observar el mundo. David Pérez Vega radiografía nuestra sociedad para ofrecernos un mosaico de personajes entre los treinta y los cuarenta años cuyas vidas, lejos de estar asentadas, zozobran en la incertidumbre. Raro será que los lectores no se identifiquen con alguno de ellos.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Reseña de MIL DOLORES PEQUEÑOS de Pablo Escudero en Eñe

Mil dolores pequeños de Pablo Escudero Abenza, una lectura de David Pérez Vega



Mil dolores pequeños, de Pablo Escudero Abenza.
Editorial Baile del Sol. 140 páginas. 1ª edición de 2016.

En junio de 2016 coincidí con Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984) en el bar-librería Vergüenza ajena de Madrid. La editorial Baile del Sol había organizado una presentación conjunta con los autores que acabábamos de sacar libro con ellos. Pablo presentaba su novela Mil dolores pequeños y yo mi libro de relatos Koundara. Acabamos charlando e intercambiando libros. Creo que más que el hecho de acabar de publicar un libro, nos unió la circunstancia de que, en aquel momento, ambos éramos profesores de matemáticas en secundaria.
Pablo Escudero mantiene un blog literario llamado Cuentos pendientes. En el verano de 2016 publicó allí una reseña sobre Koundara. Un año más tarde, dentro de mi campaña a favor de poner orden en el deslavazado montón de libros que suponen mis lecturas pendientes, me he acercado al fin a Mil dolores pequeños.
En Mil dolores pequeños, la historia nos la cuenta un narrador innominado que sufre una extraña dolencia: «La memoria y el olvido son selectivos. Eso desde luego. Eso como mínimo. La mía no, por supuesto. Mi memoria nunca aprendió a filtrar ni a olvidar» (pág. 34). Durante unas horas al día, nuestro particular «Funes el memorioso» tiene que acudir a una clínica llamada Museo del Olvido y la Memoria, donde le tratan de sus problemas. Allí, como terapia, los médicos le piden que escriba sobre sus recuerdos.
En la dedicatoria que me firmó Escudero el día de la presentación se refiere a su novela como «esta sarta de mentiras». Creo que una tentación que puede tener el lector al acercarse a este libro es pensar que se trata de una novela autobiográfica. Por lo poco que sé del autor, me doy cuenta de que algunas características del narrador coinciden con las suyas: ambos estudiaron Ciencias Físicas, son de una ciudad de provincia y escriben relatos con los que han ganado algún premio.
La novela está dividida en sesenta y ocho capítulos, que no suelen ser muy largos. En ellos, el narrador va enlazando recuerdos, que en muchos casos se convierten en pequeños relatos. Éstos tienen que ver principalmente con su entorno familiar (sobre todo con el padre y el abuelo) y con los compañeros del colegio (el chico especial, el chico más guapo de la clase…), o con personas con las que se cruza en el metro, en la calle o en las clases de la facultad (Caperucita, Gómez Salto…).
A través de estos recuerdos o digresiones de la historia, el narrador va desgranando algunos de los momentos más significativos de su infancia, adolescencia o primera juventud, que se sitúan principalmente (aunque no sólo) en la década de 1990. Así, se evocan desde los desaparecidos videoclubs hasta los niños de Chernóbil que visitaban España durante unas semanas de verano.
Se juega al contraste con la figura del padre: mientras el narrador no puede olvidar nada, el padre está perdiendo la memoria; o mientras que el padre es alguien que corre muy rápido, el hijo siempre es el último chico de la clase en una carrera.
El narrador siempre ha querido ser escritor. Aquí debemos enfrentarnos a una paradoja en la construcción de la novela. En la página 39 leemos: «Yo quería ser escritor pero los médicos me lo prohibieron. Mi mente no podía soportar tanto tráfico. Al principio quizás, cuando era más joven, pero ya no. (…) Me mareaba cuando terminaba un relato. Me caía desmayado en cualquier parte». Ahora, sin embargo, son los mismos médicos que le prohibieron escribir relatos los que le piden que escriba sobre sus recuerdos. Esta escritura, ejecutada en la clínica de la Memoria, sin la esperanza de que nadie se acerque a ella, constituiría la novela que el lector tiene en las manos.
La primera frase del libro invita a la extrañeza: «Mi padre sabía volar». Es un truco que ejecuta durante los cumpleaños de la infancia del narrador. Dentro del contexto de una narración realista (salvo por el detalle del Museo del Olvido y la Memoria), este dato, al que se vuelve de forma reiterada en el libro, parece tener principalmente una carga metafórica y no literal. Abunda en Mil pequeños dolores el recuento de las derrotas cotidianas, en las que el padre (en paro, clínicamente deprimido y que gana algo de dinero gracias a la escritura de reseñas literarias) suele ser uno de los máximos exponentes en este Museo de la Derrota y la Pérdida, que constituyen las páginas de la novela.
«No suelo caer en la nostalgia», nos dice el narrador en la página 32. El mundo que se evoca y refleja aquí, es cierto, no está idealizado; más que caer en la nostalgia, lo que hace nuestro narrador es caer en la melancolía. «Tantos recuerdos me han inoculado al fin la tristeza», leemos en la última página del libro.
Nunca se nombra la ciudad de provincias original del narrador, ni se dice cuál es la ciudad a la que se ha marchado a estudiar Ciencias Físicas, en la que los viajes en metro se convierten en una de sus principales rutinas, pero yo he supuesto, por inercia, que se trataba de Orihuela y Madrid.
La narración no sigue un orden lineal; en cada capítulo, los hechos evocados pueden ser nuevos o también se puede volver sobre escenas ya mostradas antes y completarlas o narrarlas desde otros ángulos (esto ocurre sobre todo cuando se habla del padre, del abuelo o de alguno de los compañeros de clase). Muchos de los pequeños motivos narrativos que se pueden leer en estas páginas tienen que ver con el arte o el deporte; algunos de los capítulos hablan de natación o fútbol, pero también de músicos y escritores. Aquí, destaca la figura del albanés Ismaíl Kadaré; el tema albanés acaba tomando importancia narrativa en la historia. Las apreciaciones de Escudero Abenza sobre las realidades que muestra pueden ser en algunos casos típicas, como cuando se habla del chico gordo que era el portero del equipo de fútbol o del ambiente varonil de las peluquerías de caballeros a las que empieza a ir a los diez años, pero muchas otras (la mayoría) son apreciaciones bastante originales de la realidad; en este sentido, me han gustado las notas sobre las inundaciones que sufría su barrio cuando era pequeño, o el tema narrativo ‒como ya he comentado‒ en que se acaba convirtiendo Albania: sus escritores y deportistas, su política…
Dentro de un tono sencillo, pero marcadamente melancólico, se tiende a la página poética (de hecho, más de uno de los capítulos cortos se podrían leer como poemas en prosa), no exenta de un particular sentido del humor: «Seguramente la siguiente moda estúpida será la de blanquearse los huesos para que brillen más en las radiografías», leemos en la página 61.
En la contraportada, para emparentar el libro con otros en los que se ha podido inspirar el autor, se citan dos: Yo recuerdo de Joe Brainard y Me acuerdo de Georges Perec. Son dos libros que no he leído, pero sí he hojeado. En más de una ocasión, la escritura morosa y evocadora de Escudero Abenza me ha recordado al Ray Loriga de Lo peor de todo o Héroes, pero ignoro si se trata de una referencia válida para alguien nacido en 1984.
La pega que se le puede poner a un libro como Mil dolores pequeños es que, al estar construido como un conjunto de recuerdos aparentemente deshilvanados, no tiene demasiada tensión narrativa. Imagino que Escudero Abenza no quería escribir una novela con tensión narrativa, para la que se requieren otro tipo de planteamientos. Él ha escrito una novela ‒sobre el fin de una juventud humilde‒ poética, nostálgica y evocadora, con algunas digresiones muy originales e imágenes potentes, que se lee siempre con agrado.

domingo, 26 de noviembre de 2017

OBRAS SON AMORES: Jorge Majfud, CRISIS


Entrevista a Raquel Morán en Libros Prohibidos


Nominadas #PGB17: Raquel Morán


«Stephen King debería ser premio Nobel».

Seguimos trayendo a las nominadas a los Premios Guillermo de Baskeville 2017. La finalista de hoy opta al premio en la categoría de novela por Caín volvería a matarte mañana. Se trata de Raquel Morán.

Raquel Morán nació en Oviedo en 1969. Allí vivió y se licenció en Geografía. Nos cuenta que iba para historiadora del arte, pero acabó decantándose por la Geografía porque explica el mundo en que vivimos un poco mejor.

Asegura que su infancia transcurrió entre Enid Blyton y Julio Verne, y visitaba más veces la biblioteca que la confitería —y eso que en su pueblo estaban en la misma calle—. Con la ayuda del carnet de socio de uno de sus hermanos, comenzó a acceder a libros «de mayores» y así fue cómo conoció a Agatha Christie y Stephen King. Eso se terminó cuando el bibliotecario le preguntó: «¿Tú sacas los libros para ti o para tu hermano?»


Me dio un susto de muerte. El episodio todavía me traumatiza, después de tantos años.

A partir de ahí, Raquel Morán creció con Umbral, Juan Marsé y Clarín, y maduró con Vargas Llosa, Cortázar y Rulfo y con la nueva narrativa española de la post-transición: Javier García Sánchez, Millás, Soledad Puértolas, etc.


Vengo de una familia del Bierzo afincada en Asturias que las pasó canutas en la posguerra, y soy la única de mis hermanos que ha ido a la universidad. En mi casa y la casa de alguna vecina, se recuerda mucho la posguerra, no por la represión, sino por el hambre.

Antes de emigrar a Londres solamente había escrito relatos cortos, que enviaba sin éxito a algunos premios. Siempre dice que viajó a Londres para escribir, y desde allí ha producido todas sus novelas: Apolo y los centauros (autopublicada) la que considera la mejor hasta la fecha; el relato Cambio de sentido en la autopista, parte del libro El ahorcado y otros cuentos fantásticos (Editorial Rubeo), y No Smoking y Caín volvería a matarte mañana, ambas con la editorial Baile del Sol. La firma canaria publicará en breve Idus de agosto.


Les estoy muy agradecida por su tenacidad en luchar contra los grandes monstruos editoriales, a contracorriente, siempre a contracorriente.

En Inglaterra comenzó a leer a Graham Greene, Iris Murdoch, Thomas Hardy, Henry James y J.C. Coetzee. Confiesa que desde entonces decidió que si un escritor debe, para no volverse loco, elegir entre forma y fondo, ella se quedaría con el fondo. Desea escribir sobre temas universales: la naturaleza del mal, los pecados inconfesables, las relaciones familiares, la imposibilidad de comunicarse, la manera en que la tecnología ha alterado nuestras relaciones personales… Desde el fondo, y no la forma, siendo como es España un país de grandes escritores, sería maravilloso poder honrar un día esa tradición, asegura.

También ha reseñado novelas para The Barcelona Review y el sitio web de la escritora británica Laura Hird.

En inglés, ha escrito un libro sobre la escena musical en Manchester, editado por su propio sello, LittleAsturias Publishing, y titulado Mancunians and Music: tales of the underground, the Internet and the Manchester music scene. También ha publicado un relato en la revista en línea Gloom Cupboard. Asegura que está a la espera de que alguien quiera publicar su primera novela en inglés, titulada Dolphin Square.

En la actualidad trabaja como profesora de francés y español en un instituto de enseñanza secundaria de Hackney, Londres, y gracias a esto, confiesa que lo único que tiene en común con Tony Blair es su lema: «Education, education, education».


Que algunas de las alumnas a las que he enseñado español desde los once a los dieciocho años quieran estudiar luego español en la universidad me llena de orgullo y paga con creces lo duro que es ser profesor.

Recientemente, ha terminado de escribir la novela Los arsenales de Goliat, que reflexiona sobre el terrorismo etarra y el de ISIS. También está escribiendo en inglés: Brexit Ballad.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Reseña de CÓMEME de Agnès Desarthe en Diario de Sevilla



Alicia entre fogones


Agnès Desarthe firma una novela sobre el amor, la comida y el sexo.


La escritora francesa Agnès Desarthe (París, 1966).


M. ÁNGELES ROBLES13 Diciembre, 2016 - 06:00h


La ficha
'Cómeme'. Agnès Desarthe. Trad. Iballa López Hernández. Ediciones Baile del Sol. Tenerife, 2016. 15,60 euros.

'Cómeme'. Agnès Desarthe. Trad. Iballa López Hernández. Ediciones Baile del Sol. Tenerife, 2016. 15,60 euros.La faja promocional de Cómeme de Agnès Desarthe presenta la novela de la escritora francesa como "un bocado tan delicado como indigesto. Un relato sobre sexo y comida alejado de toda corrección política", un reclamo pensado para atraer a un tipo de lector que tal vez no se sienta del todo satisfecho con lo que le deparan las páginas de este libro. En contra de las simplificaciones de la mercadotecnia libresca, como acierta a decir la contraportada, Cómeme no es una novela "amable", en la que la comida sirva de excusa y el sexo de reclamo, aunque tangencialmente ambos estén presentes. En cuanto a la corrección política, cualquier cosa que eso sea, poco tenemos que decir, tan sólo preguntarnos si es correcto o incorrecto, políticamente hablando, poner en cuestión una particular forma de vida, sus pequeños triunfos y miserias, sus aciertos y desventuras.

Agnès Desarthe es una narradora experimentada, capaz de construir un relato envolvente y dinámico y de mantener la atención del lector desde la primera página sobre la vida complicada de una mujer sola que intenta salir adelante como mejor sabe: contando con el azar, enfrentándose al miedo y al dolor. Myriam, la protagonista, se autodefine como "una persona peligrosa y poco fiable", aunque, en el fondo, solamente es una mujer madura, una superviviente, que se siente estafada por la vida y que intenta inventar un pequeño mundo confortable en la escueta cocina de su coqueto restaurante. Descreída, cansada, magullada por las heridas del pasado, emprende una huida hacia adelante sin demasiada convicción, sin heroísmo, sin apenas esperanza.


No es cocinera profesional, pero la cocina es su tabla de salvación. Para ella, no es únicamente una forma de ganarse la vida, sino más bien una actitud vital, una forma de enfrentarse al pasado y recomponer el presente, sin atreverse a mirar nunca al futuro. La desastrada heroína de Cómeme está escasamente preparada para asumir la dirección de un negocio, se siente insegura de todo lo que hace, aunque maneja con soltura y delicada maestría un puñado de recetas que se convierten en la avanzadilla de esa nueva vida que poco a poco se atreve a soñar. Alrededor de ese nuevo mundo en ciernes se concentran un puñado de personajes pintorescos, una suerte de corte bondadosa que tiene como misión crear el espacio propicio para la redención. No deja de sorprender la capacidad de Myriam para atraer a tanta gente eficaz dispuesta a ayudarla, y quizás sea éste, junto con el sorprendente final feliz de la historia, el punto débil de la novela.

Convence sin embargo el ritmo de la narración, la ligereza de la prosa de Desarthe y su capacidad para construir con verdad y profundidad los detalles de una historia personal jalonada de desencuentros, fracasos y desengaños. La literatura también juega un papel fundamental en esta novela. Los pocos libros que conforman la escueta biblioteca de la protagonista, que apenas ocupan un estante de la pared de su restaurante, son restos de un naufragio, supervivientes de la memoria, símbolos ineludibles de otro tiempo vital, de otro estado mental; retazos de otra Myriam más esperanzada.

Desarthe va dosificando los amargos detalles de la vida de Myriam, sume al lector en un espejismo en el que se le atribuye el papel de confidente paciente. Como dice la protagonista, "la clave está en el equilibrio", y el equilibrio de esta historia se sustenta en la sencillez y en la falta de solemnidad con la que se abordan temas trascendentales. Y es que nos encontramos ante una mujer fuerte e inconformista que no renuncia a las pasiones, segura de que curar el alma pasa indefectiblemente por sanar el cuerpo, por sentir alegría y placer, convencida de que "el deseo es la única fuerza realmente subversiva". Por eso, aunque huye del amor, se siente viva a través del sexo y lo expresa sin rodeos.

El dolor y el placer conforman las dos caras de una misma moneda. La felicidad está hecha de pequeñas cosas que, parece decirnos Desarthe, nos procuramos nosotros mismos y también podemos procurar a los demás. Para Myriam su poder para cambiar la realidad se concreta en su cocina: "Mis clientes se deleitan con la comida y cada vez que lo hacen me digo: 'Ya está, he hecho feliz a alguien, sin dolor, sin riesgo de adicción, sin la enfermedad espiral del siempre más".

Como Alicia, el personaje de Lewis Carrol, la protagonista de esta novela también "trata de despejar la difícil ecuación del tiempo y el espacio" y se encuentra en la constante disyuntiva de morder una galleta en la que puede leerse "cómeme"; aunque, en este caso, tome la decisión que tome, nunca se siente "a la altura que corresponde".



http://www.diariodesevilla.es/delibros/Alicia-fogones_0_1089491629.html

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Reseña de "Muro de las lamentaciones", de Rubén Castillo en Literatura +1


"Muro de las lamentaciones", de Rubén Castillo

FICHA TÉCNICA:

Género: Narrativa, Relatos
Editorial: Baile del Sol

SINOPSIS: 
Lo dijo Dante Alighieri y es verdad: casi todos, en medio del camino de la vida, nos encontramos en una selva oscura. Quizá por eso nos aferramos a la esperanza de que, al final, exista un horizonte de luz que nos acoja, nos absuelva y nos reconforte. Los protagonistas de estos relatos son seres heridos, cercados por el fracaso, la decepción o el insomnio. Seres que han descubierto con tristeza que los tonos grises han empapado sus calendarios. Seres a quienes la lucidez ha desgarrado y que se acomodan como pueden a la resignación o las lágrimas. Vivir, en ocasiones, es un ejercicio melancólico. Y todos los muros en que apoyamos la frente se transforman en muros de las lamentaciones. 

OPINIÓN:
A estas alturas de octubre uno ya empieza a calentar motores para el típico top 10 anual, y tengo clarísimo que los relatos de Rubén Castillo van a estar en esa lista, muy arriba: 'Muro de las lamentaciones' es una de las lecturas que más he disfrutado este año.
Al margen de las consideraciones más o menos formales del texto, a las que ahora iré, una sensación (la principal, además) que planea durante la lectura es la de que el autor disfruta creando y contando historias (no obstante es profesor de literatura y crítico literario, además de escritor), y esto se refleja indefectiblemente en el ánimo del lector, que queda atrapado desde la primera línea. 
Sus variadísimos personajes (un taxista que pierde el sueño una noche de fuerte viento, un caballero andante, una importante ejecutiva, la asistenta de un poeta español en el exilio, un vigilante de seguridad, una mujer asomada a la ventana...) y escenarios hacen de la obra una lectura amena como pocas. Esta variedad de protagonistas y escenarios genera, a su vez, un abanico de secundarios sin apenas presencia física (casi siempre traídos a escena por las palabras de los principales) que conforman un universo literario en el que el lector va saltando de historia en historia sin poder imaginar qué vendrá a continuación. Personajes con color, con una intensa vida interior (quizá la sinopsis da una idea demasiado gris de los mismos), pero que también se encuentran a veces solos en un camino hacia ninguna parte, o al final del mismo, y allí se detienen a meditar, siendo este acto, este detenerse a pensar, a observar, el pilar central de libro (pero del que, insisto, surgen muchos ramales de distintos tonos, creando una obra de espejos donde los lectores sin duda se verán reflejados en más de una ocasión, unos aquí y otros allá).
Sorprendentes giros finales en la mayoría de relatos, claro, como uno puede esperar en los libros del género. Sin embargo Castillo va un paso más allá, soltando la sorpresa casi cuando el lector ha renunciado a ella; en ese instante en el que has disfrutado el relato (la prosa del autor es de las más ricas y depuradas que me he echado en cara en mucho tiempo) y cree que ya nada puede pasar (incluso ya nada debe pasar, pues el relato ha estado bien), Rubén tira de la anilla y lanza la granada, como en la historia del vagón del tren o en el magnífico divertimento cervantino. Del mismo modo, da otra vuelta de tuerca al juego de la metaliteratura con su relato 'Dos cuentos para que usted los escriba', donde el narrador omnisciente tira del lector hacia dentro del libro mientras se desarrolla uno de los relatos que más me han gustado, y que son dos relatos a su vez. 
Destaco también 'Blas', donde el autor va y viene en el tiempo y el espacio desplegando un sutilísimo espectro de escenas y personajes (todo en la cabeza del protagonista, que mira por la ventana desde su cama), 'División Keeler', donde los asiduos a certámenes literarios nos vemos muy reflejados (aunque desde el otro lado, pues el narrador es un miembro del jurado), 'En la cinta transportadora' y 'El hombre de los zapatos color corinto', relatos en los que no sólo el autor coloca al milímetro la jerga y dejes adecuados en boca de los personajes, sino que describe con total acierto la realidad social y preocupaciones de los mismos.
Una magnífica obra que recomiendo sin duda.

Luis Sánchez Martín


jueves, 9 de noviembre de 2017

Entrevista a Fernado Chivite en Noticias de Navarra

Chivite “coge aire” de lo “ajeno” en su nueva novela, ‘El invernadero’

Editada por Baile del sol, es una obra realista “sobre el transitar en el mundo de hoy”
FERNANDO F. GARAYOA | PATXI CASCANTE - Viernes, 2 de Diciembre de 2016 - Actualizado a las 06:08h
Fernando Chivite, en la librería Auzolan, donde presentó su último libro.
Fernando Chivite, en la librería Auzolan, donde presentó su último libro. (PATXI CASCANTE)

PAMPLONA 
- “No estaba seguro de lo que quería contar. Empecé a escribir sin un verdadero plan, esa es la verdad. Sin una historia definida. Sin una arquitectura. Pero lo cierto es que siempre ha sido así, en todas mis novelas anteriores. Supongo que no sé escribir de otro modo. Solo tenía el principio, la voz del narrador”. De esta forma explica Fernando Chivite el punto de partida de su último libro El invernadero, que presentó ayer en Auzolan, “como siempre”, acompañado por Fernando Pascual, socio de la referencial librería pamplonesa.
Tras barajar varias opciones, entre las que figuraban Iceberg o Gente nueva, el escritor navarro se decidió finalmente como título por El invernadero porque “es más sugerente, por la ambigüedad y lo que representa. Me gustó la palabra. Me gustó cómo sonaba. Pero no solo eso. Hay un invernadero. El invernadero como tal es un espacio que alberga a un personaje especial para la trama. Por otro lado, la novela dura lo que dura un invierno; empieza poco antes de Navidad y acaba el 20 de marzo. Es como un tiempo entre paréntesis en el que el narrador está fuera de su entorno, de su lugar, de su zona de seguridad, en una ciudad ajena que desconoce y en una actitud de observar atentamente y reflexionar sobre lo que ve a su alrededor y lo que está pasando. Los escritores nos pensamos mucho lo del título y nos lleva a verdaderos atolladeros de cabeza, y no estamos seguros de cuál es el mejor; de hecho, este me lo sugirieron, por lo que no es del todo original”.
Esta novela desempata la producción literaria de Fernando Chivite, que hasta el momento había publicado cinco libros de poesía y cinco de narrativa. “Mi primer libro fue uno de poemas que editó Pamiela, hace ahora justo 30 años, que llevaba por título La inmovilidad del perseguido”, rememora el autor, para, acto seguido, destacar especialmente, a modo de clave argumental y descriptiva de la obra, “la necesidad de coger aire en lo ajeno”. Una búsqueda vital que “se lee fácil, ya que la frase corta favorece el ritmo y está escrita un poco fragmentariamente, tratando de hacer un puzle, en capítulos pequeños”.
Chivite hizo también especial hincapié en la frase que abre el libro, “por iluminadora”. La cita, de Max Frich, dice así: Un anhelo de gente nueva para quienes uno mismo sería también desconocido. “Frich me influenció muchísimo y esta novela, en su estructura y planteamiento, hace homenaje a una de sus obras, Montauk”.
En lo concerniente al género de esta obra, Chivite reflexionó sobre el “auge que existe ahora, un alud de producción de literatura popular, sobre todo en los subgéneros de fantástica, policíaca, histórica, erótica, e incluso, a veces, una mezcla de los cuatro, tipo Juego de tronos. Este nuevo género que está triunfando parece que nos está enterrando un poco, hasta el punto de que no encuentro resquicio por el que se nos pueda ver a nosotros. Esta novela no tiene nada que ver con eso. Yo diría que es realista contemporánea, en el sentido de que los personajes que aparecen son de hoy en día. Y muchos de ellos están basados en personas que me resultan cercanas o en historias que me han contado que suceden ahora. Por eso el núcleo de la novela es el movimiento, lo que cambiamos. De hecho, está ubicada en Berlín, un ciudad que representa el cosmopolitismo norteamericano pero en Europa, por su diversidad de gentes, razas, procedencias... y por eso me gustaba que estuviera ubicada en esa ciudad”.
Fernando Pascual, por su parte, quiso resaltar la voz narrativa de esta novela, “que va ganando en intensidad”. En este sentido el escritor navarro matizó que “los que escribimos en primera persona, desde el yo y en presente, se supone que utilizamos esa voz porque narra con verdad lo que ve en ese momento. Y por eso es muy fácil que el lector identifique a ese narrador con Fernando Luis Chivite, sobre todo el que me conoce... Pero no, el narrador es mucho más valiente que el autor, siempre, porque intentamos mejorarnos un poco. Y, además, está ese pudor real del escritor que calla muchas cosas; no hay que cometer la equivocación de identificar la voz del que habla con el escritor que firma la novela”.
CLARIDAD Y TONO Chivite huye en su relato de toda retórica, buscando la claridad. “Supongo que no siempre ha sido así. A ciertas edades uno tiende a ponerse enfático. Es natural. Pero acabas aburriéndote de eso. La solemnidad suele ser un poco pesada y yo quería hacer una novela que fuera todo lo contrario a pesada. Luego, además, hay una cosa que inevitablemente ocurre: la vida te acaba enseñando a no tomarte demasiado en serio. En esta novela he tratado de huir del exceso de literatura. Para mí lo más importante es encontrar el tono: un tono creíble. Y mantenerlo hasta el final”. Precisamente, respecto a ese tono, el escritor destaca que “la voz es el alma, decía Aristóteles. Para un escritor, el tono de voz lo es todo. Escucha a ese tipo que te habla: en su tono de voz puedes percibir de inmediato si te habla con respeto o no. Si te trata como a una persona inteligente o te trata de imbécil. O te habla como a un niño. Si pretende asustarte, sorprenderte, contarte una bobada inverosímil. Por otra parte, en la mayoría de los casos uno nota con bastante rapidez si un libro está o no escrito para él”.
EL LIBRO
Edición. Cuenta con 189 páginas y sale a la venta al precio de 14,56 euros.
La historia. El invernadero es una historia contemporánea. De cosas que les pasan a la gente de ahora. Un escritor viaja a Berlín tras las huellas de un científico con el que compartió la juventud y encuentra a una misteriosa joven uruguaya que huye de algo. El tema de fondo de la novela es el individuo en constante movimiento, la incertidumbre moral y la necesidad de salir y coger aire en lo ajeno. La narración se ramifica a medida que cada personaje nos lleva a otro. Podríamos decir que se trata de una novela de personajes secundarios cuyas trayectorias vitales se entrecruzan durante un instante y luego se pierden. Una obra sobre el transitar en el mundo de hoy, escrita en el tono inmediato y urgente de la primera persona, con una prosa transparente, de frases cortas y lectura rápida.
Auzolan. “Amo esta librería de San Gregorio-apuntó Chivite-, fue el abrevadero intelectual de mi juventud. Y siempre le he tenido lealtad porque ha sido mi nicho primigenio; y nunca robé aquí, porque le tenía respeto, en otras sí (risas). Entraba todos los días y era como respirar”.