jueves, 11 de febrero de 2016

Bailando con Pablo Escudero: "Creo que la mayoría de los relatos plantean alguna clase de desafío, un enfrentamiento al vacío"




Baile del Sol.- ¿Qué dirías que tienen en común los relatos que conforman Beber durante el embarazo?

Pedro Escudero.- Desde el principio he visto en común una sensación de vértigo. Los personajes se encuentran ante momentos de crisis, en los que tienen que afrontar algún cambio y no se sienten para nada seguros de hacerlo. Elegí como título el de ese relato porque hay pocas cosas que den más vértigo que prepararte para ser padre. Es asumir que definitivamente eres mayor. Creo que la mayoría de los relatos plantean alguna clase de desafío, un enfrentamiento al vacío, bien sea un salto que dar hacia delante o bien un salto que se dio en el pasado y del que están arrepintiéndose. Inicialmente yo tenía una serie de cuentos que escribí alrededor de las fechas en las que trabajé en el relato que le da título al libro y que tenían en común los temas de la paternidad, el miedo, la incertidumbre. El libro final incluye relatos anteriores, pero cuando lo he revisado al completo he visto que ese espíritu, con matices, tiene una presencia casi constante.


BdS.- Las historias parecen contar siempre con una cierta complicidad de los lectores, especialmente para imaginar cómo podría continuar el devenir de sus protagonistas, ¿es esa tu intención?

PE.- No creo demasiado en las historias cerradas. No es una decisión consciente, la verdad, pero ahora que lo comentas es verdad que puede suceder eso en casi todos los relatos. No soy ni mucho menos chejoviano, pero es una poética que se le suele atribuir a Chéjov, la de dejar las historias abiertas y que el lector decida si merece la pena interesarse por lo que pueda pasar después, que me gusta. De hecho me parece la única posible. Como autor siento que la escritura es una forma de colarse en vidas ajenas, y uno puede colarse en las vidas de los demás pero sólo durante un período de tiempo. Después debe dejarlos que sigan adelante, y quizá, preguntarse qué les habrá pasado después de aquello que nosotros vimos.
Me gustan las películas que empiezan en mitad de algo. No me gustan, aparte de en las historias infantiles, las historias que empiezan con el: Había una vez … Está claro que en cualquier historia tienes que dotar de cierto contexto a la trama, y a veces acudir al pasado de un personaje para explicar por qué hace algunas cosas, pero no hace falta explicarlo todo siempre, con todo lujo de detalles. Asumo un lector inteligente, y ese lector también debe sentirse autónomo, y con derecho a especular.
Tengo anotada una frase de Naipaul por el escritorio en el que suelo trabajar, en la que creo mucho, y que dice: “La vida no tiene un planteamiento claro y un desenlace nítido. La vida siempre continúa. Deberías empezar por el medio y terminar en el medio, y todo debería estar ahí”

BdS.- A veces da la impresión de que el escritor pasaba por la vida de los personajes y se para a contarnos lo que ve y escucha...

PE.- Lo relaciono con la pregunta anterior. Uno pasa, ve algo, fabula, imagina, cuenta lo que está pasando, o lo que podría estar pasando detrás de aquella puerta, y se va. Vivo con el ojo y el oído puesto en lo que escucho en la calle, soy muy lector pero también soy muy paseante, y tengo la capacidad de ir por ejemplo en el metro y en el autobús leyendo, enterándome del libro y a la vez ir siguiendo las conversaciones que se oyen. Y se oyen a veces auténticas joyas que te despiertan la curiosidad. Y levantas la cabeza del libro y ves a quien lo está contando y empiezas a fabular y a veces ahí nace una historia. Luego llegas a casa, anotas algo, lo dejas reposar durante un tiempo y al final florece en tu subconsciente y acabas llevándolo a tu terreno a la hora de escribirlo. Uno de los relatos del libro, Dios ha vuelto al barrio, nació así, de la observación de un tío con el que coincidía en el autobús todas las mañanas de camino a Las Rozas, donde yo trabajaba entonces y me imagino que él también. El tío estaba totalmente fuera de cuadro. Iba con gafas de sol a las siete y media de la mañana, con unos pantalones de cuero y unas botas y un pelo a lo Lou Reed en los setenta, y leyendo Moby Dick, Bajo el volcán, libros de ese nivel, cosas que no lee cualquiera a esas horas en esos lugares.
En tu pregunta entiendo que ves un cierto objetivismo en los narradores. Y puede que algo haya, sobre todo un cierto alejamiento emocional, aunque por el contrario, en lo expresivo, priman las primeras personas, y no precisamente objetivas, sino que me centro en narradores que deforman la realidad que cuentan con su mirada. Creo que cualquier narración viene definida por la perspectiva del narrador, y me gustan las miradas que se construyen desde el extrañamiento. Ahí me veo reflejado en las narraciones cortas de Kafka o en los libros de Mario Levrero, que miran y miran sucesos anodinos y acaban dotándolos de una extraña magia. A mí me pasa que veo algo, o lo leo, o lo imagino, y al cabo de unos meses tengo un recuerdo que sé que no puede ser real, pero que es el que me queda. La memoria es tramposa y esa también es una de las ideas principales sobre las que trabajo como escritor. El narrador está tan cerca de la historia, y muchas veces es casi el único personaje, que puede tener algo de cámara de cine que registra imágenes y las pone a disposición del lector, pero le enseña imágenes con un gran juego de lentes detrás. Siempre he pensado, al escribir en esa primera persona deformante, en esos primerísimos primeros planos que tiraba Sergio Leone en sus westerns. Intento mantener ese equilibrio entre el narrador en primera fila que nos da la única versión disponible de la realidad, y la manipula por el simple hecho de mirar así, y tratar de que eso no se contamine y sólo pueda interesar a quienes se sienten como los narradores.




BdS.- Los personajes son muy peculiares, se parecen a cualquiera, pero al mismo tiempo son
especiales, ¿cómo aparecen?

PE.- Supongo que parten de mí. Juego a ponerme en situaciones distintas a las que vivo y a partir de ahí tiro del hilo. Funciono como escritor desde las preguntas iniciales de: ¿y si …? o ¿qué pasaría si …? También debo reconocer que me gusta mucho la autoficción, y me gusta jugar a dejar cosas mías por los relatos, a crear confusión. Me encanta cuando alguien piensa que algo de un relato me ha sucedido realmente. O que algo que cuenta un narrador es cierto. Muchas de las personas que han leído el relato Beber durante el embarazo me preguntaron que cómo averigüé un dato sobre las serpientes australianas que se da como de pasada en el relato, y que me inventé. Eso le da armazón de realidad al relato. Y me encantan esas confusiones. En el libro hay personajes reales que funcionan como arquetipos ficcionales, como puede ser Grigori Perelman en Conjeturas, hay historias que podrían haber sido verdad como la de Rescate, que es totalmente inventada. Hay un relato, Literatopatías, que tuvo una cierta difusión cuando ganó el ya extinto Certamen de Jóvenes Talentos Booket. Me contó alguien de la editorial que tres o cuatro jóvenes autores se habían sentido un poco atacados con él, cuando no estaba inspirado en nadie (principalmente porque no conozco a nadie, por suerte, como esos personajes). Esas reacciones te hacen pensar que lo que escribes es al menos coherente, verídico, que ya sabemos que es a lo más verdadero que se debe aspirar cuando se trabaja en literatura. Pienso que si la realidad se caracteriza por algo es porque no suele ser única, y yo me muevo en esos parámetros como autor, en creer que la realidad es múltiple, muy subjetiva y deformable y que es posible jugar con ella, buscándole siempre nuevos matices.

  
BdS.- Varios de los relatos que aparecen en este volumen han sido premiados en diferentes certámenes, ¿qué han supuesto para ti estos reconocimientos?

PE.- Dependiendo del momento algunos resultaron muy importantes para mí. Los premios en esos momentos funcionan como confirmación de que alguien más ha leído tus relatos y le han interesado. También hace mucha ilusión ver tus primeros textos publicados, aunque sean esas publicaciones promocionales que apenas se mueven del ámbito local donde se premiaron. Y dan alegría. Y no hay que minusvalorar la alegría, la posibilidad de brindar por un premio. Nadie se alegrará más que tu madre cuando te den un premio, no lo dudes. También son importantes por el dinero que pueda haber por medio y sobre todo, por qué no decirlo, a nivel de ego. Yo iba a seguir escribiendo al margen de ganar algún premio o no, porque lo siento como una necesidad. Pero es verdad que los escritores tenemos un punto de ególatras. No lo digo como algo bueno o malo, sino como algo que es inevitable, porque si no piensas que lo que haces es bueno, para qué vas a moverlo en concursos o editoriales, está claro que lo que sale fuera de tus cuadernos y de tu disco duro es porque piensas que le va a gustar a otros, que merece la pena. Para mí ir luego a recogerlos o que me pidan que lea o hable es un trago, la verdad, pero todo lo bueno lo compensa. Conoces a la gente que se ha leído los textos, que organiza aquello, que los premia. Conoces a los otros ganadores, a los finalistas, a gente que se dedica a escribir en los ratos que le roba al sueño o al trabajo desde una pasión verdadera. Empiezas a mandar cosas a los concursos cuando empiezas a escribir, supongo que buscando visibilidad. Luego ves que aunque los ganes no te dan demasiada visibilidad, pero yo, que ni tengo agente ni me muevo en esos llamados círculos literarios, tampoco sé nunca muy bien qué hacer cuando termino algo, y mientras me lo pienso pues muevo algunos textos por concursos, porque pienso que a los relatos les viene bien viajar un poco, y porque el dinero, el poco reconocimiento que te consiguen y la alegría que suponen, la excusa que dan para salir a tomar unas cañas, siempre se agradecen.
  
BdS.- ¿Qué ventajas encuentras en el relato breve frente a otros géneros?

PE.- El relato breve te da una libertad casi absoluta. Creo que es el medio en el que mejor puedes fundir la forma con el fondo. Puedes experimentar, probar voces, perspectivas, narradores, y a veces algunos fructifican y acaban quedando buenos cuentos. Es un tópico pero es cierto que escribir un buen relato, igual que me imagino que debe serlo escribir un buen poema, es muy difícil. Creo que uno puede escribir una novela que haga que el lector diga: “no está mal, se deja leer, etc.”. Yo mismo las leo. Pero nadie sigue leyendo un cuento que no es bueno, lo dejas. Ahora mismo estoy escribiendo una novela larga y es un ejercicio interesante por lo que tiene de arquitectura, de diseño, de planificación, de juego de voces, de estructura, pero es menos emocionante que un cuento. Un relato es ahora. Funciona o no, y si no funciona tienes que tirarlo, no se puede arreglar. A mí cuando un cuento me viene a la cabeza me exige que me ponga con él de inmediato. Si lo dejo pasar un poco, la historia se muere y ya no vale. La novela que estoy escribiendo la tengo medio pensada desde hace más de dos años. Y sé de lo que va, sé hacia dónde va, lo sé casi todo sobre ella. Sólo me queda escribirla. Con los cuentos voy descubriendo su verdad a la vez que los escribo. Y eso es algo mágico.

         "El relato breve te da una libertad casi absoluta"

Bds.- En algunos aspectos, las historias de Beber durante el embrazo nos traen ecos de escritores norteamericanos de relatos, ¿están ellos entre tus referentes literarios?

PE.- No son mis principales referencias conscientes. Dentro del mundo del relato, yo suelo leer a Bolaño, a Levrero, a Fogwill, a Kafka, a Borges, a Cortázar, a Ballard, a Foster Wallace, a Saul Bellow, a Etgar Keret, a Rodrigo Fresán. Pero también es verdad que uno no sólo está influido por lo que lee o por lo que cree que le influye, sino que también lo está por la música que oye mientras escribo, y oigo mucho cuando escribo a Lou Reed, a Wilco, a Patti Smith y a Neil Young, o por algunas películas, y hay algunas de Jim Jarmusch que tengo muy presentes en mi labor. Y no nos engañemos, uno es lo que lee y lo que han leído quienes ha leído. Siempre he leído mucha novela negra, y también me gustan mucho esas canciones que condensan novelas de cuatrocientas páginas en cuatro minutos, como Pedro Navaja de Rubén Blades ó Christmas card from a hooker in Minneapolis de Tom Waits, y hay quien me ha comentado que ambas cosas se notan en mi escritura, en un uso del lenguaje bastante funcional y en ciertas ocasiones minimalista, aunque no veo que sea exactamente así. Yo empecé a leer relato a los 19 o 20 años. Ya era muy lector de novela, desde niño, y mientras estaba en el instituto había ido leyendo cada vez más, pero con esa manía que hay de no leer relatos en los institutos, yo nunca me había puesto a leer relato. Oía cuento y me sonaba a narrativa para niños. A mucha gente le pasa eso. Les dices que escribes cuentos y te preguntan si son para niños. O le compran Beber durante el embarazo a su sobrina de ocho años y luego te piden explicaciones. En ese momento (sé que fue en febrero de 2004 porque fecho los libros cuando los compro) me compré a la vez Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, de Raymond Carver y una selección de cuentos de Paul Bowles. Debí leerme esos tres libros unas diez veces cada uno en un año, y me di cuenta del infinito mundo que se me abría ahí como lector y como escritor. A Carver, que supongo que es al tipo de narrativa al que te refieres en la pregunta, lo he leído bastante poco después de ese sarampión inicial, no me interesa especialmente. A Bolaño desde entonces lo he leído entero y lo releo con devoción. Perdí el libro de Bowles y lo he reconstruido en mi memoria lo mejor que he sabido porque es un gran autor que ha desaparecido de las librerías. De la narrativa norteamericana he leído muchas veces la selección de relatos de John Cheever que hizo Rodrigo Fresán, y me gusta Tobias Wolff de los autores del realismo sucio, seguramente porque es el que menos se adapta a esa etiqueta. Leí a Salinger en su momento, y a Bukowski, pero no creo que me marcaran especialmente. Hay un escritor americano (de familia armenia) de los años 40 al que sí vuelvo con frecuencia que es William Saroyan, que tiene relatos muy sencillos, que te desintoxican el estilo, escritos desde la particular mirada de la infancia y la adolescencia, que me gusta mucho. De hecho el primer epígrafe del primer relato de Beber durante el embarazo, Memoria histórica, es suyo y habla de los jóvenes escritores. De David Foster Wallace me interesa sobre todo su labor como escritor de relatos, porque es lo contrario a un escritor contenido. Parece que el autor de relatos debe contar las palabras y medirlo todo perfectamente y esconderse una parte de la historia y él funciona al revés. Y eso es algo que tienes que aprender a hacer cuando escribes. Eso te aleja de lo canónico, pero si alguna vez has de hacer algo de valor será así, a tu aire.

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viernes, 5 de febrero de 2016

Bailando con David Coello: "Las rutas poco iluminadas o la misma niebla son en sí poesía, tanto como lo es la luz"




Baile del Sol.- Cuatro parece un poemario de búsqueda, ¿cuál sería el objeto de esa exploración?

David Coello.- Efectivamente es una búsqueda. Según se fue afinando el poemario, por sí solo y en su camino, también se aclaró el objeto de búsqueda. En el periodo de su escritura, necesitaba explorar un territorio salvador de mí mismo. Es como los libros de “Escribe tu propia aventura” o los laberintos de los manteles de papel: a medida que se hace o se resuelve, tiene un reflejo en la vida real, aunque esa división entre lo real y lo-que-sea-que-sea-lo-otro, sea totalmente-ilusoria. Solo precisa un punto de vista diferente, un moverse a otro mirador, y la visión se aclara.

BdS.- Sumerges a los lectores en un paisaje boscoso, inmerso muchas veces en la niebla, ¿la poesía nos ayuda a transitar por esas rutas poco iluminadas?

DC.- A mí me sirvió. En Cuatro, el paisaje inicial está en la niebla. De hecho, es niebla. Y gracias a este método de trabajo que es Cuatro, se vuelve luz. Pero es un camino, no un destino. Creo que las rutas poco iluminadas o la misma niebla son en sí poesía, tanto como lo es la luz, y a lo mejor sirve quedarse en esos parajes un tiempo para hacerse uno con él, o ver lo que de ese paisaje hay en mí. Por ejemplo, la película “Excalibur”, la de John Boorman, está rodada en la niebla, aparte de las cuevas o los pasadizos subterráneos de la Albión, o ese sol fulgurante que aparece en diferentes secuencias, y muchos de sus personajes, ya en la leyenda real, son emanaciones de la misma tierra… Para mí, también se asemeja a ciertas corrientes de música experimental.

BdS.- Poemas breves, como invitaciones, como sugerencias...

DC.-Ya, son cuarenta poemas de cuatro versos. Algo así como la afinación de la nota La, que se produce en 440 Hz. Una mañana decidí escribir en modo automático, sin detenerme a pensar o corregir, y salieron unos diez poemas de cuatro versos. Los guardé. A los pocos días repetí el mismo mecanismo, y dio un resultado similar, así que decidí no resistirme y adoptarlo como línea de trabajo, digamos “mágico”. A partir de ahí, el típico desarrollo de desechar poemas, corregir, releer, etc.



BdS.- ¿Por qué Cuatro?

DC.- Quizá por su sencillez aparente como palabra y como número. Como decía antes, el poemario surgió con esta fórmula a modo de vestido, un verso más lejos que el haiku. Como concepto, el cuatro remite a la familia estándar, remite a los Cuatro elementos, los cuatro mundos de la Cábala, las cuatro caras de Buda, etc. Pero simplemente es que para mí fue un método de trabajo que apareció así, todo lo que pueda decir después es discurso interpretativo.


BdS.- Es también un recorrido por imágenes poéticas muy potentes, ¿cómo surgen?

DC.- Buena pregunta. Creo que de un intento de liberarme de la construcción de una frase, de un verso que no se ajustara a lo que yo quería expresar, mostrando una imagen formal o estructurada. Esa traducción de mi sentir debía ser cercana y verdadera en cuanto a imagen, y de ahí pongo en juego la libertad, en cuanto a un cierto ejercicio surrealista, con algo onírico, espiritual, etc… Vamos, copiando a las vanguardias de hace un siglo…

"Como concepto, el cuatro remite a la familia estándar, remite a los Cuatro elementos, los cuatro mundos de la Cábala, las cuatro caras de Buda, etc."

BdS.- Lo escondido, lo inconcebible, lo turbulento, la inquietud, ¿son campo abonado para el lenguaje poético?

DC.- Sí, sin duda. Este libro y lo que yo sentía en ese momento no podían haber ocurrido, si no hubiese leído compulsivamente a Juan Eduardo Cirlot quien, creo, se movía precisamente en ese campo abonado. Y que me desveló mucho de mi sentir, del mismo modo que lo hicieron otros artistas antes. Creo que todo lo que nombras sirve, en conjunto, como un buen invocador de la poesía.

BdS.- ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario?

Sí, estoy intentando terminar un poemario que se resiste. Y por otro lado, he empezado recientemente un proyecto que incluye tanto prosa como verso, según la necesidad de cada episodio. Espero finalizar alguno de los dos, incluso ambos, en este 2016.



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miércoles, 3 de febrero de 2016

Reseña de Cape Cod de Thoreau en Culturamas


cape cod

Por Ricardo Martínez Llorca

Cape Cod
Henry David Thoreau
Traducción de Héctor Silva
Baile del sol
Tenerife, 2015
230 páginas

“¡Los anales de esta playa voraz! ¿quién podría escribirlos, si no fuese un marinero náufrago”.
Naufragio. Esa es la palabra. Con naufragio se resume todo lo que Cape Cod significa: su aroma, los deseos frustrados, la lentitud de cada paso, el viento y la desdicha del viento, la leyenda si es que cabe calificar como leyenda las pequeñas historias, los hechos que se dice que sucedieron en la región abandonada de Cape Cod. Abandonada por lo civilizado. Así es este libro en el que Henry David Thoreau (Concord, Massachusets, 1817 – 1862) sigue siendo el mismo Thoreu de siempre. El de los minúsculos sucesos en que se concentra la esencia del universo. Porque todo existe para volver a ser la huella que uno está dejando en el camino. Esa es la forma de viajar de Thoreau: el viaje a pie, el caminar, la excursión pateando. Y nadie se imagina una excursión a pie por un lugar civilizado. Caminar es caminar al aire libre. Y a partir de varios de esos paseos, dándoles continuidad, como si se tratase de un único acto, Thoreau se aproxima a la región de Cape Cod. A un trozo de mapa en la costa. Pero no es la orilla lo que más le interesa, ni tampoco el mar. Aunque no reniega de ellos y sabe que son parte imprescindible de la vida natural de la zona, y en cuanto puede se aleja un poco para observar lo que forma parte de los otros, él se concentra en la costa. Es decir, más hacia el interior. En donde puede dar rienda suelta a ese naturalista que es, en una época en la que todavía no había nacido la biología y ser naturalista era cometer múltiples errores de interpretación. Pero observar mucho.
Este es de nuevo Thoreau. El hombre que pretende visitar los lugares donde los demás aseguran que no hay nada que ver. Apartados del mundo civilizado. Deseando sentir nostalgia hasta por lo que no ha vivido. De ahí que el libro comience con un naufragio, del que se describen los restos que llegan a la orilla, sin inmiscuirse en lo obsceno. Tan reposado al escribir como al caminar, pues consideraba que no valía la pena tener prisa si todos los caminos terminarían por conducirle a su villa natal, a Concord, le llama la atención tanto la gente que vive una supuesta existencia de Beatus Ille, aunque tal vez no elegida, como los pájaros o las hojas de los árboles. Thoreau es de los que se proponen ser sublime sin interrupción. Lo cual, en los tiempos que corren, es un regalo. Porque eso pretende con sus escritos, regalarnos un rato de sosiego. A Thoreau no se le puede leer deprisa. Se le debe leer con la lentitud con que cambia la Tierra, que es el verdadero tema de su obra. Thoreau, el creador de la desobediencia civil, es en lo que respecta a lo ecológico un conservador. Porque maldice la destrucción. Pero conserva siempre, a lo largo de cada página, ese poso de naufragio pero sin caer en los sentimientos. Consigue ser un poeta sin lírica. Un estilista sin estilo. Un sabio con nada personal que contar, a no ser que consideremos que dar fe de la belleza de un naufragio sea un relato.


martes, 2 de febrero de 2016

Reseña de CONTRA VISCONTI de J.Jorge Sánchez en Caja negra



No pretendo que este blog se convierta en escaparate de novedades, en parte por pereza de consumidor harto de cambiar de móvil y en parte por rigor selectivo de paja y grano estético. Pero en este caso la excepción es obligada. Mi hermano J. Jorge Sánchez ha publicado, finalmente, su quinto poemario. Teniendo en cuenta su marginalidad -voluntaria- con respecto a las estrategias habituales de muchos poetas (cacería de premios, adhesión a capillas literarias, etc.), me parece que esa tenacidad tiene mérito objetivo y ya conforma ni más ni menos que una trayectoria. Todo ello en un ámbito, además, extremadamente profuso y escaso de brújula como es el de la poesía actual. 
Después de, entre otros retos, enfrentarse al problema del Mal en Del Tercer Reich y después de la poesía densa y antilírica de Bajo la lluvia, llega este nuevo libro, de título inesperado que sin duda propone un ajuste de cuentas con la educación sentimental-ideológica de una generación.
Pero no sólo Visconti es objeto poético de un volumen deliberadamente heterogéneo: el lector, obligado a un primer instante de perplejidad, encontrará una nueva combinatoria en la que Espriu, Auden o Kavafis coexisten con Michael Jordan, Ikea o Anatomía de Grey, y también con Mao o Radovan Karadzic. Es, desde luego, más que una poesía de la "experiencia cultural" o del posmodernismo inane y anglófilo, como demuestra el epílogo, una reflexión en prosa sobre lo postpoético que, en absoluto se parece a lo que Fernández Mallo y otros pudieran definir con el mismo nombre, y que a buen seguro suscitará cierta incomodidad entre los idólatras de una poeticidad sagrada e invulnerable.
En realidad, se trata de una ampliación de la poética con que se inicia el libro: "Toda materia es objeto de materia poética. / Ninguna forma es sujeto de la forma poética", que resume perfectamente la opción, no exenta de riesgos, por la que mi hermano lleva muchos años apostando. Una opción que prioriza las posibilidades reflexivas del poema sobre cualquier, digamos, incitación de los significantes o cualquier hermetismo visionario e inaccesible.
No sé si nuestro modelo han de ser los Goytisolo o las Brontë; sea como sea, no quiero que mi entusiasmo perjudique de alguna forma al libro, por lo que me limitaré a recomendarlo a todos aquellos que no están interesados en la poesía del tipo "tú me llamas, amor, yo cojo un taxi" (búsquese en Google). Y a desearle al autor la mejor de las suertes.

Pablo Sánchez - Caja negra

jueves, 28 de enero de 2016

Bailando con Elena Román: "Escribir sin observar ni escuchar significa escribir nada más que sobre uno mismo, lo cual es egoísta… y aburrido"



Baile del Sol.- Ciudad girándose es un auténtico paseo literario por diferentes puntos de una ciudad, ¿es un recorrido geográfico o emocional?

Elena Román.- No es exactamente un recorrido geográfico, porque en el libro no se alude a la geografía de la ciudad sino a las localizaciones más emblemáticas bien por su trascendencia, bien por azar o capricho. El paseo es más emocional que otra cosa, creo, porque los lugares descritos son escenarios para lo que quiero contar, que son las historias de las personas que los habitan, o los detalles que hacen sospechar cómo son esas personas.


BdS.- ¿Te ha resultado útil el género del microrrelato para explorar estos microcosmos?

ER.- Sí, es un género en el que me siento cómoda y de hecho es el tercer libro que publico en este formato. Si, como es el caso, quiero contar historias breves, por poéticas que sean, necesito la amplitud del párrafo para contarlas, y no la “estrechez” de una columna. Sí, claro, existe la opción de escribir poemas con versos largos, lo hago a menudo, pero es que aquí no hay poemas: hay historias breves con tintes poéticos, repito, y para poder desarrollarlas necesitaba echar a correr las palabras sin ponerles un freno visual. Tengo la sensación de que si lo intento explicar mejor voy a conseguir todo bdlo contrario, enmarañarlo, así que lo dejo estar J.

BdS.- El paisaje que nos rodea, ¿de qué manera crees que influye en nuestra manera de relacionarnos, en nuestra manera de vivir y convivir?

ER.- Hay un montón de mitos (y no mitos) sobre el carácter de la gente que vive en zonas de montaña, de la que vive en sitios de mar, de la que vive en el norte, ¡e incluso de la gente que vive en el sur! El paisaje influye en nosotros, por supuesto, influye en el carácter y en el talante. No voy a echar mano de los tópicos, no sería imparcial ni justa, pero sí diré que la naturaleza que nos rodea me parece importante: el tenerla más cerca o más lejos, el tener a la vista un mar o una montaña o ninguna de las dos cosas porque los edificios lo tapan todo... son aspectos que indudablemente nos influyen y nos hacen respirar en mayor o menor medida.




BdS.- En este libro te conviertes en observadora, ¿qué relevancia le das a esta tarea en el entorno de la escritura?

ER.- Para un escritor observar es fundamental, al igual que escuchar, es obvio. Escribir sin observar ni escuchar significa escribir nada más que sobre uno mismo, lo cual es egoísta… y aburrido. A mí personalmente, el hecho de olvidarme de mis problemas y escribir sobre  los demás como si yo no existiera, me da una libertad total y al mismo tiempo me exime de obligaciones. Me siento como si cogiera una cámara para sacar fotos o grabar una película: tengo la libertad de enfocar lo que quiera y como quiera, y me exime de obligaciones en el sentido de que los responsables de la historia son sus protagonistas, no yo. Esto es relativísimo, ya, porque en el fondo, al hablar de los demás también estoy hablando de mí, pero ésa es otra historia.

BdS.- ¿Cuánto hay de poesía en estos relatos?

ER.- Mucho. Hay gente que dice que éste es un libro de prosa poética, gente que dice que son microrrelatos… Yo creo que son microrrelatos poéticos. En mis inicios escribía más prosa que poesía, pero desde hace bastante tiempo es al revés y no puedo evitar escribir prosa con un toque poético, y escribir poemas como si fueran historias.

"Hay gente que dice que éste es un libro de prosa poética, gente que dice que son microrrelatos… Yo creo que son microrrelatos poéticos."


BdS.- La obra, la peluquería, la frutería, el vertedero, el Ayuntamiento... ¿qué escenarios están entre tus favoritos?, ¿por qué?

ER.- Les tengo mucho apego a la relojería y a la peluquería, entre otros. Son lugares comunes, no oficiales, son comercios con gente de a pie y sus particularidades. También les tengo cariño a la piscina y a la frutería, imagino que por lo mismo que he mencionado antes, por ser lugares cotidianos donde la gente se muestra tal cual.

BdS- Háblanos de tus referentes literarios.

ER.- Uffffff. He leído tanto y he tenido tantos referentes a lo largo de mi vida que no terminaría la lista hoy (ni mañana). Además, una cosa son los autores y libros que me han impactado, que son unos cuantos, y otra cosa son los que realmente han influido en mi estilo: estos últimos no puedo saber quiénes son, no sería objetiva.

 BdS- ¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

ER.- En demasiados, y me estoy empezando a agobiar conmigo misma. A fondo, lo que se dice a fondo, estoy escribiendo cuatro a la vez: dos poemarios bastante diferentes entre sí (uno muy personal y otro muy experimental), una colección de textos basados en las esculturas de un amigo mío bilbaíno, y algo que en principio iba a ser un relato con una extensión habitual, luego fue desembocando en relato largo, y a estas alturas va camino de novela corta, porque llevo 60 páginas. Me he propuesto tener todo esto (o casi todo) terminado para esta primavera. Por otro lado tengo otros pocos trabajos a medias que no me preocupan tanto porque cuando los comencé sabía que iban a estar en segundo plano, y ellos también lo sabían así que no me dan mucha lata reclamando mi atención y esperan pacientes a que no me embarque en otra cosa, lo cual no se lo puedo prometer. Y mientras tanto tengo que vivir y esas cosas, claro.

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martes, 26 de enero de 2016

Entrevista a David Trashumante en Verlanga: El poeta real

Publicado por 

Fotos: Eva M. Rosúa.
Fotos: Eva M. Rosúa.
Los paraísos escondidos también existen en Valencia. Solo hay que prestar atención. Porque el despiste y las prisas pueden provocar que al deambular por la calle Baja, en pleno barrio del Carmen, pasemos de largo la Casa Insa. Un palacete del siglo XVIII, que parece ser fue la casa del pintor Juan de Juanes. Durante muchos años fue una popular ropería que confeccionaba indumentaria fallera, vestuario para teatro y cine, trajes y vestimenta para el Corpus o disfraces para la chiquillería. Hoy es un coqueto hostel que ha duplicado la “n” en su nombre y que conserva el señorío y la elegancia tranquila de antaño.
Quedar allí con el poeta, y agitador cultural, David Trashumante (David Moreno Hernández, Logroño 1978, en su partida de nacimiento) no es casualidad. El Innsa es una de las sedes poéticas del festival Intramurs y en sus habitaciones ha descansado más de una vez alguno de esos orfebres de las palabras. David acaba de publicar la segunda edición de su libro más reciente, “A viva muerte”, poesías que combinan la comodidad de una sonrisa cómplice con el dolor de un puñetazo inesperado.
¿Cómo acaba alguien de Logroño dedicándose a la poesía en Valencia?
Ya llevo casi diez años aquí. Me vine por amor. Estaba con una chica de Madrid que quería un sitio con playa y estuvimos tanteando distintas opciones. El Norte era muy frío para ella, el Sur me parecía una regresión por la desigualdad que hay entre géneros y vinimos a Valencia a pasar un verano a casa de un amigo y nos gustó. Yo había estudiado Publicidad y Relaciones Públicas. Una profesora, que me metió en el cuerpo el gusanillo del diseño, me dijo que contactara con MacDiego que seguro que congeniábamos muy bien. Casualmente, Pau Soriano, que trabajaba allí se marchaba al estudio de Paco Bascuñán y había una vacante. Hice la entrevista y me quedé trabajando con MacDiego seis años. Me quedé sin pareja eso sí. Ella se fue a Murcia y yo ya no me moví. Valencia me resultaba, y me resulta, una ciudad que por un lado tiene suficiente marcha cultural como para enriquecerte, y por otro, además, es muy cómoda de manejarte y moverte por ella.
¿Existen David Trashumante y David Moreno Hernández o uno ha acabado devorando al otro?
Hay un David más privado que David Trashumante, evidentemente. En cierto sentido sí que hay una separación, muy leve porque al ser poeta la vida se cose bastante a lo que haces, pero sí existe un David privado. No soy un poeta excesivamente intimista, exhibicionista en el sentido de mostrar mi vida, porque no creo que tenga nada especial respecto a las de los demás. David Trashumante no se come a David Moreno, en ese sentido, porque como digo la diferencia es muy leve. De hecho, lo de Trashumante en realidad es un código entre mi madre que es extremeña y mi padre que es navarro-riojano y la trashumancia siempre se hacía desde La Rioja hacia Extremadura. Además de que a mí, como forma de vida, todo lo que es el nomadeo, lo que es errante, la nación gitana por ejemplo, lo que se mueve, lo que cuestiona las fronteras, me parece más libre que lo que se queda fijo. Si a eso unimos cuando conocí a MacDiego y su fanzine Ganadería Trashumante, y que montáramos un proyecto editorial juntos, como que todo acabó de cuajar en lo de David Trashumante.
¿Cuándo surge tu interés por la poesía?
Fue en el instituto. Estudiaba Ciencias Puras y en clase de Matemáticas me sorprendí escribiendo. Ese año fracasé estrepitosamente, repetí curso y me pasé a Letras. Y ahí tuve un profesor de literatura que tuvo mucha culpa de lo que soy ahora. Se llamaba Javier de la Iglesia, el hermano de Alex, el director de cine. Me traía a clase un montón de cosas, como por ejemplo el primer guión de “Acción mutante”. Y esa persona me inoculó el germen por la poesía. Me hizo como una tutoría bastante importante hasta que conseguí el primer verso.
Resulta curioso que fuera estudiando cuando se despertó tu interés por la poesía, teniendo en cuenta lo maltratada que está en los planes educativos, siempre más interesada en que el alumno sepa medir versos y rimas, antes de ahondar en su contenido. ¿Crees que ahí nace cierta aversión de la gente hacia ella y esa etiqueta de aburrida que tantas veces le acompaña?
Totalmente. El sistema educativo, y esto lo he hablado con amigos maestros y profesores, está sujeto a un temario obligado que exige que todos lo alumnos, como borregos, pasen pruebas sobre él. Y eso es lo que fracasa. No puede ser que lo primero que conozcas de la poesía, con quince años, sea un cantar de gesta, los sonetos o las figuras retóricas. Te alejan de la poesía, que es un ejercicio de empoderamiento, de luminaria con uno mismo,… para convertirlo en un simple ejercicio de métrica. Que no digo que no sea necesario conocer, pero primero te tiene que apasionar algo para luego profundizar en ello. Creo que el camino debería ser a la inversa. Empezar con poesía contemporánea, poesía que se está haciendo ahora, incluso entroncarla con el hip hop o las formas oratorias que ahora se manejan, para despertar interés en los más jóvenes, que pueden ser conscientes de que ellos también lo pueden practicar. Y a partir de ahí, hacer ver que eso que dice El Chojín ya lo dijo antes Homero. Hay profesores que lo están haciendo, pero… Mira, ahora estoy llevando un seminario en la Facultad de Filología, coordinado con Begonya Pozo, su vicedecana, y viene mucha gente, pero nos faltan alumnos de, precisamente, Filología, que están demasiado ocupados estudiando para examinarse.
David Trashumante 05
¿Qué importancia tuvieron los fanzines en tus primeros años creativos?
Yo hacía en el instituto uno que se llamaba John Holmes Underground, que era homónimo a un grupo musical que había en Salamanca, y era alucinante ver cómo reaccionaban los profesores y los compañeros. Que el nombre rindiera homenaje a un actor porno de los 70 lo veían como una cosa depravada, aunque en realidad era un fanzine literario. En aquello años, en Logroño, había bastante movimiento fanzinero y de autoedición. Para mí, los fanzines, son algo importantísimo en el desarrollo de cualquier persona que quiera ser creativa. Recuerdo mucho su frescura y también todo el proceso de elaboración y distribución del mismo. Una época alucinante de conocer a mucha gente y vivir muchas cosas. Y no hay que olvidar que eran tiempos sin internet y todo costaba muchísimo más.
¿Hubiera sido otra tu trayectoria sin ese pasado fanzinero?
Cuando cumplí 30 años hice balance de mi vida para saber si realmente era un poeta, o un editor, si me podía considerar artista, y recordé que ya con 17 estaba haciendo fanzines, carteles, presentaciones,… como si aquello hubiera marcado un destino del que difícilmente puedes escapar. Los fanzines fueron fundamentales en mi vida. Además te permitían relacionarte con más gente como tú.
Después de diez años en Valencia, eso ya se refleja en tus poemas.
Estoy muy enamorado del País Valencià. Soy un maulet castellà (risas). Estoy totalmente involucrado. En mi obra creo que se nota en la acidez, en la mala llet, en lo hilarante,… Aquí el clima es totalmente distinto y es cierto que, a veces, tengo morriña del cielo encapotado, de inviernos fríos de verdad, de la estacionalidad, de que caiga la hoja, pero Valencia tiene algo que te conquista y no es solo por el clima, es la gente, su actividad frenética, las personas que luchan desde su posicionamiento crítico, ese pensar y hacer,…Todo eso me ha contaminado y lo notan mucho cuando voy a Logroño, que casi me consideran más valenciano que de allí. Pero aún así, estoy luchando mucho por permanecer allá, quiero ser también profeta en mi tierra.
En 2006 publicaste tu primer libro, “Parole, parole y otras palabras”.
Fue un libro que publiqué en la colección Poemas Desechables, de Ediciones Trashumantes, que fue la editorial que apadrinó MacDiego. Llevaba trabajando en él cinco o seis años, lo tenía bastante depurado y puestos a lanzar la editorial, hice lo que hacen muchos editores en estos casos, empezar conmigo y con otro autor, Gonzalo Escarpa. “Parole, parole y otras palabras” lo recuerdo con mucho cariño, es un libro de toda una época, de amor. Juré que sería el último libro de amor que iba a escribir en mi vida y no ha sido así (risas).
¿Se siente uno más poeta cuando su obra está publicada?
La poesía no es exclusiva del texto. Existe de múltiples formas. Hay personas que se pueden sentir poetas en su vida diaria sin tener que escribir. Pero sí que es verdad que desde el momento en que eres consciente de que has editado algo y de que el libro vive por ti allá donde esté, tienes la sensación de haber dejado algo en el mundo y eso te centra en que ya eres poeta y estás ahí. Constatas una realidad. Lo que pasa es que como yo me lo autoedité siempre he sido muy escéptico de si era un poeta o no de valía, porque no puedo ser objetivo conmigo mismo. Necesitas que te editen otros para comprobar que hay un acto de fe en tu trabajo.
Eso ocurre ocho años después con “El Amor de los Peces” (Unaria Ediciones, 2014). ¿Por qué tardas tanto tiempo en volver a publicar? ¿Dejaste de escribir durante ese período?
Me dediqué mucho a Ediciones Trashumantes. Durante los cuatro años que duró la experiencia descubrí que una editorial da muchísimo trabajo y muy pocos ingresos. Me quitaba mucho tiempo. Yo me dedicaba mucho a mis autores. Hacía management, les buscaba bolos, iba a un montón de ferias, … Pero, además, esos ocho años coincidieron, con dos crisis sentimentales, la segunda de las cuales me dejó reventado. Por aquel entonces tenía, también, un planteamiento vital de conseguir primero cierta estabilidad, pareja, familia, una casa,… y luego ya dedicarme a escribir. Eso me llevó a un sufrimiento extremo porque la poesía no entiende de jornadas partidas, no es un hobby y yo lo traté como tal durante ocho años. Cierto es que de mi experiencia en Ediciones Trashumantes terminé muy desengañado con este mundillo. Acabé relacionándome con determinados círculos de la poesía cool en Madrid, festivales como el Yuxtaposiciones,… y ver todo lo que había detrás de todo aquello, intereses, conflictos, riñas, cuando yo iba con toda mi ingenuidad y mi buena fe, me desgastó mucho.
Recuerdo ese período como unos años oscuros a muchos niveles. No escribí, prácticamente, ni una sola línea. Y, también, una sensación de fracaso porque la editorial cerró. Cuando mejor empezaba a ir, nos llegaban mejores títulos, … yo no me veía con energías. Editar es un acto responsable para el que no me sentía con fuerzas.
“El Amor de los Peces”, en el que firmabas poesías e ilustraciones, tenía su prolongación más allá de las páginas del libro, con la posibilidad de escucharterecitar las obras en un bandcamp.
A mí lo que más me ha caracterizado siempre, más que publicar, ha sido lo escénico. Me llama mucho lo oral. Y siempre he querido generar una obra poética que, realmente, pueda calificarse de posmoderna, que no solo trabaje conceptos como el apropiacionismo o muchas de las cosas que ha postulado Agustín Fernández Mallo con su pospoesía, como coger de otros lenguajes o que todo sea materia susceptible de conformar una obra. Me interesa integrar la oralidad, el vídeo, la acción… y eso se solía concretar en proyectos escénicos más que en libros. Con Eddie (J. Bermudez) y Pedro Verdejo montamos Poetiks, un grupo de polipoesía, y con la excusa de necesitar textos para recitar tuve que volver a escribir. Además, después del último desengaño amoroso necesitaba reírme del amor, evadirme de él, quitarle gravedad al asunto. Con todo ello, nace “El Amor de los Peces”.
Ese mismo 2014, también editas “Tacto de Texto” (Ed. del 4 de Agosto).
La ortodoxia poética siempre habla de la voz poética. La propia palabra lo dice, voz, será por algo, ¿no? Y en “Tacto de Texto” fui un poco más lejos en ese sentido, porque metí códigos QR con vídeos. Al final es dotar al libro de algo más y, afortunadamente, hoy en día con las nuevas tecnologías se puede hacer.
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Un año después llega el libro “A viva muerte” (Baile del Sol). ¿Hay que entenderlo como un simple ejercicio creativo o te sirvió para exorcizar algún temor que tuvieras hacia la muerte?
Pues sí, lo segundo. Como buen virgo que soy, sufro de hipocondría (risas). Los años oscuros, esos ocho años en blanco de los que hablábamos, en las dos relaciones sentimentales tuve crisis de ansiedad, fruto de un estado de estrés muy grande. Eran prácticamente diarias. Esa sensación de muerte inminente, de creer cada día que te daba un infarto u otra cosa, provocó que un día me plantara y dijera que iba a por ella, en lugar de esperar a que viniera a por mí. Entonces empecé a escribir textos que me llevaran al momento de fallecer. Como decía Machado y dice Antonio Orihuela en uno de los prólogos del libro, cuando está la muerte tú no estás. Ese imposible me pareció un reto que la poesía pudiera conseguir llevar. Toda la primera parte del libro es un intento de acercamiento a esa especie de limbo, de ese momento eterno que es el de morirse. A raíz de eso, encontré axones que me llevaban a la concepción de la muerte a nivel cultural, de cómo la concebimos en Occidente, y también me resultó interesante trabajarlo en el libro. Al igual que el sufrimiento como una sensación de muerte diaria, muy presente en este sistema tan opresivo en el que vivimos. Sin olvidar que vivimos en una sociedad en la que parece que no nos vamos a morir nunca y que envejecer es una mierda porque pierdes todos los atributos que se valoran. Esa necesidad de dar presencia a la muerte, de que nadie hable de ella, me empujó a tirar del hilo.
A pesar de ser la muerte el eje central del libro, el humor tiene mucha importancia en el mismo.
La ironía siempre me ha parecido una manera inteligente de ver la vida, o por lo menos de hacerla más soportable. En “A viva muerte”, el humor tiene una doble vertiente. Por un lado, porque es algo muy maltratado por la ortodoxia poética y si haces un chiste tiene que ser para ti y para los siete que se han leído a Schopenhauer en integridad. Me interesaba el humor como una forma de disidencia, de quitar plomo a la poesía. Y, por otro lado, el humor como una forma de rebelarme contra la muerte. Saber que es lo más serio que puede haber, pero aún así mirarle a los ojos y reírme en su cara como una bravuconada que la licencia poética me permite. También, me di cuenta que estaba quedando un libro muy duro, muy trallero, y decidí levantar el pie del acelerador hacia la parte final, porque además el humor tiene una cosa cojonuda, relaja al lector o al oyente. Y una persona que está relajada, que confía en que le vas a hacer pasar un buen rato, no se ve venir la carga de profundidad que hay en un texto. Cuando termina, dice “sí, me he reído, pero lo que me ha contado no tenía ni puta gracia”. El humor rompe las defensa del lector.
¿La poesía tiene que tener siempre un compromiso social o político?
Para empezar debe de ser creativa. Tiene que decir las cosas de alguna manera que te llame la atención, que te mueva, porque para eso utiliza el lenguaje. Hago una crítica muy exacerbada a la poesía de la conciencia crítica, aunque la practique y admire a un montón de poetas que forman parte de ella, porque considero que lo explícito y lo crudo hay ocasiones en que se malinterpretan creyendo que sensibilizan y es todo lo contrario. Yo parto de que todo, absolutamente todo, es política. Cuando tiras un papel al suelo en lugar de hacerlo en una papelera estás haciendo política. La política no deja de ser la gestión de lo público, de aquello que es de todos. La autogestión de uno mismo es básica. Y, luego, hay cosas que me cansan. Yo no soy obrero. ¿Por qué voy a hablar de los obreros? Puedo solidarizarme con los obreros y hacer mil cosas más útiles por ellos que escribir un poema que hable de la clase obrera. Intento enfocar la crítica social o política desde la pasión, desde el corazón. No me gusta el panfleto en sí porque denigra el arte como si este no fuera de todos y todas. Y debe de serlo.
Tus poemas tienen una carga visual muy fuerte. ¿Durante el proceso creativo está presente esta imaginería visual?
Por supuesto. Hay compañeros poetas a los que envidio porque son megasensoriales, puedes oler lo que te cuentan, sentir el tacto,… pero yo soy más visual. Trabajo desde la imagen porque mi cultura básicamente es visual, nací con la televisión a pleno rendimiento. Lo que sí consigue el poema, que no la imagen, es que te pueda afectar más. Seguramente porque eres tú el que tienes que generarla.
Los primeros versos de tus poesías suelen tener mucha fuerza. En “El duelo”, por ejemplo, empiezas con “Hace 15 años que no lloro” y resulta difícil no querer seguir leyendo. ¿Cuidas mucho esos inicios?
Para mí, los poemas funcionan con un principio, un nudo y un desenlace, aunque no siempre sea así, ni mucho menos. En eso soy muy ortodoxo. Normalmente, el poema me viene a nivel conceptual, sé cómo lo voy a hacer. Cuido mucho el principio y el final. El principio tiene que ser muy potente y el final te tiene que dejar clavado. Valoro a los poetas que defienden que todo el libro tiene que tener la misma intensidad, pero soy de los que piensan que todo poema se la juega en su primera estrofa. Que continues leyendo o no, depende de ahí.
Hay un poema, “Aniquilación de lxs poetas caracoles zombies”, el más extenso del libro, en el que criticas con ironía a los poetas solemnes.
Ese poema lo escribí en una blackberry en un recital a 8 que vi en La Nau. Lo que ellos me estaban dando sólo me provocaba ese desprecio. Y me incluyo en la crítica porque los sermones también hay que dárselos a uno mismo. Pero es un poema muy dirigido a todos estos poetas, que son la inmensa mayoría, que son los principales responsables de que la poesía no sea un arte popular y de que, a día de hoy, se siga percibiendo como un arte coñazo, vacío, que no dice nada. La poesía académica, como toda academia, pierde muchas veces el contacto con la realidad, con lo que está sucediendo, con lo que está fresco. Hace poco, Carlos Marzal se despachó diciendo que la poesía que se hacía en los bares no era poesía. Hombre, ¡por favor! Ese tipo de cosas hacen necesario que escribiera este poema. Están dinamitando esta historia. ¿Vamos a tener que seguir hablando de mitos griegos? Al final, todas estas riñas por estética me parecen muy estériles, porque todas las manifestaciones, aunque estéticamente sean diametralmente opuestas a la tuya, tienen algún valor. Todo esto lo que provoca es que la poesía sea esa niña llorona que reclama, todo el tiempo, más atención.
Ese día en La Nau me pareció muy triste lo que estaba viendo. Todos los poetas de cara al público. No se miraban. No se escuchaban. Tenían una actitud protocolaria que representaba justo lo contrario de lo que debe de ser un poeta. Estaban encantados de sí mismos. Y eso era un reflejo de lo que ocurre en la realidad. Poetas que solo van con su circulito. Así nos vamos a pique. La poesía se va alejando de la gente. Hay que hacerse en un principio más accesibles para que el lector se acerque. Ahora mismo, la poesía más intelectual, o digamos más hermética, está todo el rato retorciendo el lenguaje y hablando, constantemente, de sí misma. Ha perdido el contacto con todo.
David Trashumante 03
¿Cuál es el estado de la poesía en Valencia?
Desde fuera ven Valencia como el vergel de la poesía. Y en algún sentido lo es. Hay muchos cenáculos, bares y espacios donde la gente se reúne para recitar poesía. Está el caso deIntramurs, que apostó desde el principio por la poesía y ha incorporado mucha en su programación. Otros festivales, como por ejemplo Russafa Escénica, a través de Ana Sanahuja, también han abierto su espacio a la poesía. Digamos que se ha popularizado en su práctica. Una práctica construída ajena, totalmente, a la poética oficial, tanto en valenciano como en castellano que ellos siguen en sus circuitos. Aunque ha habido bajas importantes como el Café Malvarrosa que cerró, pero sigue activo en otros proyectos, han abierto otros cientos. Nos encontramos con una ciudad con muchos recitales a la que le falta muchísima escucha. Y también, muchísima lectura. Me sorprende la gran cantidad de poetas que están todo el día recitando y no leen una mierda, o se leen entre sí.
Además, la comunidad poética está profundamente dividida. Tenemos la órbita de losmarzales que creen que la poesía solo se puede hacer en los museos, o los vicentegallegos, o Pre-textos que ya solo publican talentos jóvenes si llegan a través de algún premio. Las librerías siempre están muy activas. Y también la movida baretera muy intensa. Pero no se asocian todos. No se genera un circuito. No se consideran y siguen compitiendo. En este contexto, yo me declaro trashumante. Puedo ir a un recital a una galería de arte, como puedo estar en una librería, como en un bar. Toda la poesía me interesa. Además, necesito hacer un juicio. La gente en el mundo de la poesía suele hablar de oídas. No hay interés y consideración hacia el otro. Tampoco se lleva bien la crítica constructiva. El poeta es como un ente al que no se le puede criticar. Y luego están las envidias. Lo veo en cada edición deVociferio, que codirijo con Raul Lago. No vienen casi poetas. E incluso algunos se enfadan porque no se les invita. Lo normal es que vinieran a ver qué es lo que estamos proponiendo porque, a lo mejor, aprenden algo y asumen de una vez cuál es su lugar, porque hay gente que está trabajando la poesía, ahora mismo, de una manera sublime. Pero parece que solo haya que fomentar el localismo. Y eso es justo lo contrario del propósito de Vociferio. Este año, en junio, por cierto, el spoken word será el protagonista del mismo.
En definitiva, Valencia es como un carguero que va a la deriva, con un gran volumen de actividad, pero sin embargo no ves nada hermoso. En ese sentido, me he posicionado e intento promover trayendo muchos poetas de fuera de Valencia porque es necesario oír otras voces distintas a las de siempre. Estoy, también, trabajando con Pau Sif para establecer vasos comunicantes entre la poesía en valenciano y en castellano para que convivan en una misma escena. Además, estoy en la organización del Slam Poetry, en el Kaf Café, que es un concurso de poetas al que la ortodoxia le ha metido mucha caña porque dicen que la poesía no es competición. ¿Les tengo que recordar sus malditos concursos literarios? ¿Eso qué es? ¿Eso no es una competición? La diferencia es que en el Slam se compite desde una manera más lúdica y es el público el que decide con su voto. Para mí es un trabajo de base. Durante una hora y media o dos, tenemos a ochenta personas pegadas a sus asientos, en torno a la palabra. Seguramente no conozcan a Rimbaud ni hayan leído en su día a Ramoneda, pero en ese momento están ahí. Y eso les vincula a un movimiento que está emergiendo desde los bares, a los que un crítico de El País llamó “Los Intensitos”, que son un grupo de jóvenes, de unos 20 años, que siguen la estela de cantautores como Marwan o Diego Ojeda, que se han pasado a la poesía, y de fenómenos poéticos como Irene X, Luna Miguel, Escandar o el veterano Carlos Salem. En el fondo hacen una poesía muy testimonial, muy emocional, de hablar de sus cosas, desde una estética post-bukowskiana del alcohol, la noche, la luna,…muy sexual y gamberra, y se les ha puesto a parir. Yo rompo una lanza por ellos y recuerdo a los que les critican, que todos ellos empezaron leyendo a Neruda y aullando a la luna en sus poemas.
David Trashumante 02

jueves, 21 de enero de 2016

Bailando con Juan Carrasco de las Heras: "Esas “pequeñas oscuridades” emanan directamente de aquello que nos hace humanos".


      Baile del Sol.- Pequeñas oscuridades y una linterna es un libro conformado por un total de 31 relatos breves, ¿cuál sería su nexo de unión?
     
      Juan Carrasco de las Heras.- El de la naturaleza humana y cotidiana de cada uno de ellos, sin duda. Esas “pequeñas oscuridades” emanan directamente de aquello que nos hace humanos.

      BdS.- Muchos de los personajes nos resultan cercanos, ¿de dónde salen?

JCH.- Unos salen de mi imaginación y otros de la realidad más próxima, pero todos ellos tienen como origen las vivencias y las historias que generosamente me regala el día a día.

      BdS.- También hay espacio para lo fantástico, lo inesperado, en los cuentos, ¿cuál es tu intención con esas inclusiones?

JCH.- Pretendo que el lector se pueda identificar lo más posible con estas narraciones y que las haga suyas, y no hay mayor forma de respetar la inteligencia de quien te lea que no explicarle las cosas como si no fuese capaz de llegar a sus propias conclusiones. Yo propongo los giros y las ensoñaciones a veces imposibles, y el lector dispone.

BdS.- La mayoría de los relatos se convierten en un enigma que solo es desvelado al final, ¿conviertes al lector en cómplice de tus historias?

JCH.- Eso es, son relatos fundamentados en pequeños elementos muy reconocibles, en sensaciones, en sentimientos que cualquiera tiene o ha tenido a lo largo de su vida.



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      BdS.- Sin desvelarnos mucho del relato… ¿cuál sería la linterna que alumbra esas pequeñas oscuridades?

JCH.- La linterna global que alumbra el libro es la esperanza…  y la linterna tangible, mi pequeña broma particular, es el último relato del libro, cuyo título lleva referencia directa.


"La linterna global que alumbra el libro es la esperanza."

BdS.- ¿Qué ventajas consideras que tiene el relato breve frente a otros géneros literarios?

JCH.- Es asequible a todo tipo de públicos y fácil de leer en cortos espacios de tiempo.

BdS.- ¿Cuáles son tus referentes como escritor?

JCH.- Soy consumidor de gran diversidad de géneros y autores, disfruto y respeto sus trabajos y quizá sea por ello que nunca me he planteado referentes, no soy partidario de mitificar o centrarme en determinado tema, procuro que todo llegue de la manera más natural.


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