lunes, 26 de septiembre de 2016

Reseña de Stoner de John Williams en Culturamas

Stoner, la declaración de amor de John Williams

Categoría: Otra Cultura,¿Cómo leer a los clásicos? | y tagged con 


Por Raúl Andrés Cuello
En el prólogo de Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, Rüdiger Safranski -el filósofo alemán contemporáneo- comienza diciendo:
“Este libro es una declaración de amor a la filosofía”
Stoner, la novela de John Williams (acertadamente reeditado en Argentina por Fiordo Editorial y en España por Baile del Sol) se encarga de transmitirnos esa misma sensación a fuerza de una prosa inusualmente simple. De por qué hemos elegido Stoner para hablar en nuestra entrega de hoy se lo detallaremos a continuación. Ahí vamos.
Para quienes hayan experimentado la sensación de amor (hacia personas, ideas y ¿por qué no? objetos que constituyen un fetiche) comprenderán que cuando esto ocurre una transformación comienza a surgir interna y silenciosamente, hasta que un disparador hace que todo combustione en una ola de pasión ardiente. Esto le sucede precisamente al protagonista William Stoner, un joven y humilde campesino de Missouri que asiste a la Universidad para estudiar Agronomía, gracias al inmenso aporte de sus austeros (y campesinos también) padres. Este plan familiar da un vuelco cuando Archer Sloane, el instructor de literatura inglesa de la Universidad, le pide a Stoner que intente explicar qué sensaciones le produce el soneto n° 73 de William Shakespeare. Aquí es donde toda esa pasión desmedida de la cual hablábamos se desata y comienza realmente la novela. Quizás se pueda encontrar en forma condensada lo que Williams quiere decirnos en la página 211, a saber este es un libro que habla de amor:
el amor no es un fin sino un proceso mediante el cual una persona intenta conocer a otra.”
Habiendo sido persuadido por su instructor, Stoner deja el estudio de las leyes del campo y da rienda suelta a su pasión por la literatura. Consigue recibirse, realizar su maestría y al fin su doctorado. Cambia su círculo de amigos, se aleja lentamente de sus padres (y su voluntad) y se deja llevar por lo que de verdad ama. Si tuviésemos que remarcar algo negativo, es que este libro adolece de previsibilidad; el autor prepara lo que viene sin mucha eficacia, dando lugar a prever la manera en que se desencadenarán los hechos. Aun así el poder de la prosa es mayor que la de este defecto de la técnica. Williams hace gala de su maestría y nos traslada y nos embebe en los objetos de su afecto: la historia de las letras, la concepción del lenguaje, la importancia de las artes liberales (la gramática, la retórica, la dialéctica…)
“Recordemos que la concepción medieval de la gramática era aún más general que la de los helenísticos tardíos o los romanos. No incluía solo la ciencia del lenguaje correcto y el arte de la exégesis, sino también las concepciones modernas de analogía, etimología, los métodos de presentación y construcción, la condición de la licencia poética y las excepciones a dicha condición… incluso el lenguaje metafórico o las figuras del lenguaje.”
A medida que Stoner se va entregando más a la literatura, su vida comienza a apagarse. Se apaga su matrimonio, el cual previo a su génesis ya era un fiasco; se apagan sus relaciones con sus contemporáneos, ya que no decide ir a la guerra y es desplazado a causa de esta decisión; se apaga la vida de su instructor, el que lo había conducido a su gran amor, y también se apagan las vidas de sus padres, quizás el último reducto de su vida pasada. A pesar de esto siempre queda un resquicio para encontrar una última gota de amor, como ocurre con Katherine Driscoll, una alumna de su seminario que logra despertar aquello que había anhelado pero siempre le había sido esquivo, el amor sincero y desinteresado de una mujer. En ella, Stoner encuentra una fuente en la que descargar sus pasiones y entregarse al fin como lo haría un adolescente:
“Casi todas las tardes, cuando él terminaba las clases, iba al departamento. Hacían el amor, hablaban y volvían a hacer el amor, como niños que nunca se cansan de jugar. Los días de primavera se alargaron, y aguardaron ansiosamente el verano.”
En resumidas cuentas pensamos que este libro puede pasar a ser una pieza importante de su biblioteca, por su singular simpleza y su decidido alegato en favor del amor; pero, en el caso de que usted no pudiera hacerse de él, al menos pensamos que podría llevarse algo de todo lo bueno que tiene este libro, a algún resquicio de su memoria poética.
El amor por la literatura, por el lenguaje, por el misterio de la mente y el corazón manifestándose en combinaciones minuciosas, extrañas e inesperadas de letras y palabras, en letra de molde negra y fría… comenzó a desplegar el amor que había escondido como si fuera ilícito y peligroso, al principio con timidez, luego con audacia, y al fin con orgullo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Reseña de La muñeca rusa de Juan Miguel Contreras en Libros Prohibidos

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Juan Miguel Contreras: La muñeca rusa

Año: 2016
Editorial: Baile del Sol
Género: Novela
Valoración: Está bien
Llevo muchas semanas sin hacer una reseña. Tal vez sea ese el motivo por el que me está costando tanto arrancar con el título del que hablo hoy, La muñeca rusa, o tal vez no; es posible que este libro sea uno de esos especialmente complicados. Voy a inclinarme por la segunda opción.
Unos meses antes de que las fuerzas del Pacto de Varsovia invadiesen Praga (1968), una chica rusa llamada Irina llegó a un hospital psiquiátrico. Contaba la historia de que su padre fue un cosmonauta lanzado al espacio en una misión fallida por alcanzar la luna en 1962. Milos, un funcionario del hospital en esos momentos, cuenta esa historia muchos años después durante su estancia en Almarga, Almería. Una historia que le cambió la vida incluso más que la propia invasión de su país.
La muñeca rusa no es un libro de viajes en sí, pero relata un viaje compuesto de otros viajes. La llegada de Irina a Praga desde distintos sanatorios rusos, la huída de Milos de la represión soviética, el vuelo frustrado hacia la luna de ese cosmonauta perdido. No en vano, el autor se refiere a Ulises y La Odisea en distintas ocasiones, en el mejor símil posible, y todo un homenaje a esta obra fundamental de la literatura. Esto nos deja entrever visos de una novela valiente y ambiciosa que, sin embargo, no termina de cumplir con las expectativas creadas, sobre todo a raíz de los primeros capítulos.
De escritura elegante pero intermitente, que intercala pasajes de gran belleza con otros menos inspirados, La muñeca rusa plantea una historia de gran fuerza e interés en sus 4 primeros capítulos. Ahí queda reflejada la inverosímil (y a la vez totalmente creíble) historia del cosmonauta perdido en el espacio, de la chica rusa esquizofrénica, del celador checo que luego se convierte en un escultor reconocido, y del librero almeriense con problemas de salud. El problema viene cuando, a partir de esa vibrante introducción, el texto comienza a dar vueltas sobre sí mismo, volviendo una y otra vez a las historias planteadas sin profundizar en las mismas, sin avanzar. A mitad del libro, el lector se encuentra con la misma información que tenía al principio. Muy poco más. Por suerte, ya metidos en la segunda mitad, las historias se deciden a avanzar y abandonan este bucle.
Por otro lado, los grandes aciertos de la novela, las historias de los dos rusos, se quedan en un segundo plano para darle mayor relevancia a Milos (el escultor checo) y el librero de Almarga. Ninguno de los dos consigue calar hondo en el lector, ya sea por lo tópico del primero o por la ausencia de carisma (o interés) del segundo. Tal vez esa fuera la intención del autor desde el principio, más interesado en contar una historia cercana que un relato maravilloso más propio de la ciencia ficción. Sin embargo, la posibilidad de conocer más sobre un astronauta ruso perdido en el espacio (cuyo recuerdo es literalmente borrado), y la deriva de su hija por los centros psiquiátricos soviéticos, es demasiado potente y, en mi opinión, engulle al resto. No importa cuánto se torture Milos por lo que hizo, no hizo o dejó de hacer, así como tampoco sirve lo famoso que fuera el padre biológico del librero; siempre quedan empequeñecidos por los acontecimientos que les preceden.
De cualquier forma, La muñeca rusa es una novela llena de texturas, rica en matices, de la que se pueden sacar numerosas lecturas. Invita a leer de forma pausada, incluso a releer con detenimiento esos acertados pasajes que pueblan sus apenas 176 páginas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Bailando con Jorge García Torrego: "Más que poesía crítica, hoy en día es necesaria la persona crítica".



http://bailedelsol.org/index.php?option=com_booklibrary&task=view&id=755&Itemid=427&catid=58
Baile del Sol- ¿La poesía habita en las Cercanías?
Joge García Torrego.- Sí, creo que solamente lo experimentado con la piel, con las manos, con la boca puede llegar a ser poesía. No entiendo la erupción poética como algo quirúrgico, externo, algo que sucede más allá de mi aldea porque para mí todo lo humano es mío, todo el dolor es mío y toda la felicidad es mía. Por lo tanto todo lo humano me es cercano, la poesía habita en las Cercanías que es donde habitamos todos nosotros.
Ah, y en el tren también, por supuesto.

BdS- ¿Cómo surge el poemario?
JGT.- Pues así, surgió, hubo algo que pasó en un tren, un día cualquiera, y ahí empezó a encajar todo. Surgieron más poemas de amor, que son los cimientos del libro y desde esa fuerza, ese “tengo algo aquí en la garganta que debo decir” empezaron a encajar el resto de secciones. El libro se comprende como una especie de zoom, de lo general a lo particular, de los poemas de vida y muerte o sociales, más generales, hasta lo más concreto, el aquí, ese aquí que intento transmitir con los poemas de amor y que creo que no se apaga.

BdS.- El paso del tiempo, el amor... ¿Cómo se contemplan desde un paisaje urbano?  
JGT.- Creo que en este sentido yo tengo el ojo algo contaminado. Me pasé toda la infancia en ríos o jugando por ahí como una cabra y la visión urbana ha sido hasta hace poco más negativa que positiva. Sin embargo, hace un par de años que esta visión se ha equilibrado y ya no soy tan radical como antes. Respecto al paso del tiempo, creo que se hace pesado cuando los días se repiten y no hay cambios, todo sigue igual, y esto se produce en una ciudad o en un pueblo, solo importa cómo afrontes estos cambios, esta necesidad de seguir creciendo. En la ciudad he visto muchos cabos sueltos, muchas oportunidades, muchos bares de poesía hirviendo, muchas editoriales, pero también he visto mucha falsedad y mucha pose. Digamos que el tiempo, aprovecharlo, es sacar lo positivo del entorno y saber cómo te va a beneficiar.
En cuanto al amor, la ciudad es una metralleta de personas. Todo pasa. Aquí, allí. Nunca volverás a ver a esa persona, todo es efímero. Y sin embargo, donde se da la repetición ya sea por rutina, costumbre o afición, queda el encuentro, lo efímero se vuelve especial, hay miradas. Ese espacio es fértil para el encuentro porque aún habita misterio en él. Y ahí, en esa parte oculta es donde nacen los poemas.



http://bailedelsol.org/index.php?option=com_content&view=article&id=683&itemid=426





BdS.- También hay espacio en Cercanías para la poesía crítica, ¿cómo es de necesaria en estos momentos?
JGT.- Creo que, más que poesía crítica, hoy en día es necesaria la persona crítica. Persona crítica, ya sea reponedor de supermercado, empresario o poeta que no se conforma con el estado de cosas y quiere llevarlo a otra esfera, no esperar a que lo cambien otros. En este espacio, en el del encuentro entre muchos de estos “no conformes” puede aparecer la poesía crítica. Yo, persona crítica, expongo este dolor aquí porque me pincha, me duele dentro, ¿no te pasa a ti también? ese es mi mensaje. Un enganche para que el lector se dé cuenta que siempre hemos sido del mismo bando, tenemos los mismos enemigos: el hambre y la muerte.
Esa es la fuerza que comprendo, la reflexión individual compartida con los demás, ya sea con un chiste, un favor a alguien desconocido o un poema social.

BdS.-- Batania habla en el prólogo de Cercanías de que tus poemas han adquirido una "visión más profunda" en este libro. ¿Estás de acuerdo?, ¿a qué crees que se debe?
JGT.- Bueno, en primer lugar creo que Batania me ha puesto un poco por las nubes y bueno, yo se lo agradezco mucho, claro, y sé que es completamente honesto en eso pero da algo de vértigo. La verdad es que me hace mucha ilusión saber que poetas que admiro como Batania me dicen estas cosas, saber que hago camino, que mi poesía avanza y cala. Además, se une a que mi primer libro, Ojo y ventana, que publiqué hace dos años en la editorial Canalla Ediciones era un grito, un “ya estoy aquí”, un lanzarse a la nada con unas cuantas palabras a modo de linterna. Con Cercanías ha sido diferente. Ha habido muchos poemas que se han quedado fuera, muchos poemas que me ha dolido descartar pero que objetivamente no eran lo suficientemente buenos. Hubo un momento en el que me dije, “si no es sobresaliente no entra”. En este sentido quiero agradecer a Inma Luna y a Tito Expósito la paciencia y la exigencia también, por querer hacer, sobre todo, un buen libro.
Quería que este libro estuviera en las antípodas de “un trámite” y creo que de ahí viene esa “visión más profunda”, de esa sinceridad con mi poesía y con dar al lector parte de mí, una parte real.  



"Solamente lo experimentado con la piel, con las manos, con la boca puede llegar a ser poesía".


BdS-¿Es el amor un modo de salvación?, ¿y la poesía?
JGT.- En este mundo tan injusto, tan feo, tan cruel en muchos sentidos en el que vivimos, cualquier agarradero puede ser una salvación, una excusa para seguir luchando. Creo que la alegría es una buena excusa para resistir, para hacer cabaña y estar acompañado, reforzado, completado, y eso es el amor. Alegría. Intensidad. Para mí, por supuesto que el amor es una salvación e intento bañarme completamente en ella cada día, que para eso nos quedan dos días aquí.
En cuanto a la poesía, creo que permite conocerse mejor, escucharse, y además escuchar a los demás, lo que pasa a tu lado. Un poeta es aquel que mira, no el que es mirado, como dijo Jack Kerouac, y estoy completamente de acuerdo con él. No creo que pueda haber un buen poeta que no abra los ojos a lo que ocurre a su lado. El yo, solamente el yo, es un tema muy limitado que acaba pronto.

BdS.- ¿Qué te gusta leer?
JGT.- Pues, la verdad es que con los años tengo el gusto cada vez más diversificado. Empecé leyendo Mortadelos y Spidermans y he terminado leyendo a grandes de la literatura mundial como Umbral o Tolstoi (sin faltar a los señores Ibáñez y Lee, claro).
Hay rachas. Épocas de vacaciones en las que me engancho a más no poder a una novela larga, como me pasó con Moby Dick o este verano con Los Miserables, épocas en las que busco, busco poesía nueva, cosas nuevas, ese quiebro que nos haga decir el poema que tenemos en la punta de la lengua. Me gusta volver y volver a Huidobro, Lorca, Pizarnik, Gonzalo Rojas, Roque Dalton. Allí nunca me canso.
Últimamente también estoy leyendo teatro de Juan Mayorga, Bertolt Brecht y Angelica Liddel.

BdS.- ¿Estás trabajando en algún nuevo libro?
JGT.-Pues tengo pendiente publicar un trabajo, un ensayo sobre poesía contemporánea que espero que salga en breve. Además, tengo la obra de teatro que empezaré a mover por diferentes compañías. En cuanto a poesía, estoy viviendo mi próximo libro.                                                   



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domingo, 18 de septiembre de 2016

Reseña de MIL DOLORES PEQUEÑOS, de PABLO ESCUDERO ABENZA en Libros y Literatura

¿Qué somos? ¿Un conjunto de recuerdos o aquello que olvidamos? Hablamos durante infinidad de tiempo, convertimos en historias grandes pequeños detalles que parecen no tener importancia, insignificancias que, al final del día, son las que se clavan en nuestra memoria, en la retina del tiempo, en la cuenca vacía de un ojo que permanece imperturbable, rígido, observante de aquellos silencios que producimos y de otras palabras que se atascan. Pero, ¿qué narices somos? ¿Aquello que podemos describir como si lo estuviéramos viviendo o, por el contrario, la capacidad de olvidar todo lo que nos duele? Mil dolores pequeños podría convertirse en una respuesta, puede que sumada a otras preguntas, sobre lo que somos o dejamos de ser en un mundo que es tan complicado como asesino. Porque no hay que olvidarlo: matamos nuestras ilusiones, rebanamos su pescuezo con cuchillos imaginarios, mientras la realidad se mezcla a la perfección con lo imaginado, con lo que fue y no fue, con las diferentes versiones de aquellos que nos quisieron y que nos odiaron, a los que amamos y los que hoy nos producen una – fingida – indiferencia, de ser y no ser, de estar y no estar, de vivir y morir. Parece como si nosotros nos moviéramos en un continuo intentando tocar, siempre, los extremos. Y lo hacemos, aunque ese acercamiento suponga que estalle, como a mí me gusta decir, la bomba que todos llevamos dentro.
¿Puede decirse de qué trata Mil dolores pequeños sin parecer que estás destripando todo el argumento? Es una pregunta trampa, yo lo sé, pero Pablo Escudero Abenza ha creado una obra de muy difícil explicación. En la forma no deja de ser un recordar lo que otros han olvidado, una imposibilidad – como le sucede al protagonista de esta historia – de eliminar los recuerdos que se agolpan en su cerebro sin poder evadirse de ellos. Pero en realidad, en ese fondo que puede descubrirse mientras vamos levantando las capas que están envueltas con las letras, nos damos cuenta de todo aquello que no nos cuenta y que pone el lector de su propia cosecha. Porque esta obra nos discute, nos grita, nos despereza y no zarandea, nos golpea como una piedra tirada con puntería a la cabeza, nos aprieta el corazón y nos rompe cierta coraza, nos agarrota en algunos capítulos ese sentimiento hacia nuestros padres, hacia el pasado que nunca debe volver y que, si lo hace, es simplemente para rematarnos. Porque los recuerdos no son sólo benévolos, también pueden ser malvados, como el villano de un cuento que no deja de perseguirnos. Una obra dramática, sí, pero también llena del cariño que, al aparecer, nos entumece. Pequeños fragmentos de recuerdos y viajes a ninguna parte, a ese país inventado donde quizás todos los escritores se mueven y nosotros no podemos verlo.
Mil dolores pequeños ha sido una sorpresa. Y vuelvo a ser consciente de que esto parece una trampa, una frase manida para que la gente se acerque al libro, pero no dejará por ello de ser más verdad. Fue una sorpresa porque no me esperaba la dureza, fue una sorpresa porque no estaba preparado para el dolor, fue una sorpresa porque no quería saber y al hacerlo me vi envuelto en una pátina de desesperación. No quiero decir con esto que lo que ha hecho Pablo Escudero Abenza nos deje un mal sabor de boca o nos deje para el arrastre. ¿Es dura su obra? Lo es por lo que contiene, por lo que nos dice y sobre todo por lo que no nos dice, por eso que permanece invisible y que es lo que más escuece. Y debo decir que no estaba preparado porque quizá me esperaba otra cosa, porque mi vida lectora necesitaba otro tipo de lecturas más livianas. Pero me alegra haberlo encontrado, haberlo disfrutado, haberme visto despedazado por todo lo que hice y dejé de hacer. Porque a veces, junto a las preguntas, están las respuestas que uno no busca pero que encuentra aunque tengan el dolor incrustado.
 por 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Bailando con Alena Collar: "Me interesan los libros que reflejan al ser humano en sus contradicciones, en sus formas de respuesta".




Baile del Sol.- ¿Cómo surge la idea de escribir El retrato de Irene?
Alena Collar.- Tenía, creo, esta historia “larvada” hace años; por circunstancias he conocido algunas personas en mi juventud exiliadas de Chile, y a la vez conozco el drama familiar de silencio que para muchas personas ha causado la guerra civil en España, esto se reflejó en la figura de alguien que conjugara ambos mundos y nació la figura de Irene como síntesis.

BdS.- ¿Cómo ha sido el proceso de construcción de la historia?
AC.- El proceso nació de un cuento largo – y bastante malo-, que decidí reformar. Cuando lo empecé a escribir me di cuenta de que no era un cuento sino toda una historia novelada. Ha llevado tres años; principalmente porque sabía lo que quería contar, pero no encontraba el “tono”: el tempo lento que me pedía la narración.  Ha supuesto una labor de re-escritura muy elaborada. De repensar, porque necesitaba encontrar la voz de cada personaje y la coherencia de sus actos narrativamente hablando.

BdS.- ¿Qué diferencias has encontrado respecto a la escritura de tu anterior novela?
AC.- Es un tipo de narración muy diferente: la anterior novela era un juego literario; el Retrato es la historia de alguien que se está buscando a sí misma durante toda la novela; técnicamente tiene una estructura distinta: la anterior era casi un “continuum narrativo” y El retrato de Irene es una narración organizada en capítulos perfectamente distinguibles, con personajes muy definidos- o eso he intentado al menos- y que avanza hasta un final digamos “cerrado”. Necesitaba esa jerarquización para contar este tipo de historia.




BdS.- Háblanos un poco de los personajes.
AC.- Yo creo que es una novela de personajes que no son ni buenos ni malos, al menos no son arquetipos; Irene es alguien que por circunstancias que se verán al leer siente que ha perdido su particular mundo interior y que se refugia en el silencio. Su nieto Álvaro es un personaje muy contradictorio; nace en Chile, vuelve con su abuela Irene a España y ha sentido siempre que hay algo en su vida que le ha sido ocultado, y a la vez no quiere recuperar esa memoria de quién es hasta que las circunstancias poco menos que le obligan.
Hay personajes que rodean a estos dos principales, Carmen, la amiga de Irene, un ser eminentemente práctico, que evita complicaciones pero que mantiene un silencio de años solo por fidelidad… Edurne, a quien yo tengo especial cariño porque significa ese lazo de unión entre el pasado y el presente que puede contribuir al futuro…, los padres de Álvaro, sobre todo la madre, Chacana, y principalmente porque es el símbolo de la ausencia… A través de ellos y de otros, Rafael, Marita…, el marido de Irene, que tiene una personalidad muy especial, es como vamos a ir completando el retrato de Irene.

BdS.- ¿Qué te interesaba más: la atmósfera y las emociones o la propia acción?
AC.- Me he dado cuenta- después de escribirlas- de que en mis novelas me interesa muchísimo más crear una atmósfera, un ambiente que refleje el interior de la gente. Me explicaré: me interesan muchísimo los “seres anónimos”, esos que no tienen historia, que sus vidas, sus dramas personales están ahí, y solo existen para ellos. Me interesa mucho indagar en la psicología de las personas; en el porqué de sus actitudes, en cómo un ambiente, o un hecho determinado quizá sin trascendencia puede cambiar sus vidas. Creo que soy mucho más escritora de atmósferas, de interiores, que de acciones, y que en esta novela se nota claramente: me interesaba reflejar un mundo que se marcha, una atmósfera que se pierde, y cómo Irene durante toda su vida sigue buscando lo perdido: la belleza, la armonía, el amor…y cómo la vida muchas más veces de lo que parece no nos da respuestas a esto.

"Es también la historia de mucha gente anónima a quien la guerra civil atropelló,  y tuvieron que vivir una vida muy diferente a la que hubieran querido".


BdS.- ¿Por qué recomendarías la lectura de El retrato de Irene?
AC.- Creo que los lectores/as que se acerquen a mi novela pueden encontrar una forma de narrar  sin grandes “sobresaltos” narrativos; que les pedirá una lectura pausada y a la vez que se van a acercar a una historia de belleza perdida, de recuperación de memoria del pasado; creo que Irene merece que se conozca su historia de búsqueda, su drama personal, porque es también la historia de mucha gente anónima a quien la guerra civil “atropelló”,  y tuvieron que vivir una vida muy diferente a la que hubieran querido. Además creo que las preguntas que Irene se hace en la novela sobre la felicidad, el amor, la libertad de elegir, la belleza..., son preguntas que todos nos hemos hecho.

BdS- ¿Qué respuesta has recibido hasta ahora de los lectores?
AC.- Por lo que me llega de los lectores/as que han tenido la generosidad de leerme la novela está agradando. A menudo me lo dicen en privado, pero la verdad es que estoy muy feliz de la respuesta que está teniendo. Coinciden en que es una novela “con alma”, como me han dicho varios lectores, pero sobre todo en identificarse con Irene, en acompañarla en su vida. Públicamente la escritora Laura Garzón y el escritor Eduardo Alzola han tenido la gentileza de hacer críticas muy positivas del libro en sus blog, también la escritora Marian Izaguirre la mencionó públicamente como una lectura interesante, y la Revista Alquimia Literaria la eligió Libro de la Semana hace unas fechas.

BdS.- Sabemos que eres una lectora voraz, ¿qué tipo de libros te interesa especialmente?, ¿nos recomiendas algo?
AC.- Me gusta mucho leer, sí. Me interesan sobre todo los libros que reflejan al ser humano en sus contradicciones, en sus formas de respuesta.  Un género que leo mucho es la biografía literaria o autobiografía y son demasiados autores/as los que me interesan.
 Por definir algo más, en narrativa podría citar autores/as clásicos/as, como Virginia Woolf o Carmen Martín Gaite o Soledad Puértolas, Rosa Chacel, o Ana María Matute, entre mis “autoras fetiches”, o Cortázar,  pero leo muy diversa literatura; me interesa mucho por ejemplo la escritura de Keret, o de Kertész, me interesa mucho la narrativa centroeuropea en general. También entre los escritores/as que escriben en castellano de mi entorno tengo afinidad lectora con autoras como Silvia Fernández Díaz, Maite Núñez, Guadalupe Royán, Carmen Peire, Cristina Morales, Samanta Schweblin… Me agradan también  Eduardo Berti, del que leí La vida imposible y me encantó, me interesa la narrativa de Fernando Aramburu, del que leí Años lentos, y estoy muy interesada en el libro que acaba de publicar: Me interesan también mucho los experimentos narrativos de Miguel Ángel Hernández: su Intento de escapada me pareció una novela inquietante y quiero leer el último libro que acaba de publicar…. Podría seguir; pero al final haría  una lista  demasiado extensa.
  En cuanto a poesía me temo que soy bastante clásica; me gusta mucho por ejemplo Eloy Sánchez Rosillo, Luis Alberto de Cuenca, o Joan Margarit, aunque aquí me gustaría leer más poemarios de Sonia Aldama,  de Ana Belén Martín Vázquez, o Raquel Vázquez, por ejemplo, que me parecieron ejemplos de poesía que me llegó mucho.
Recomendar se me hace muy difícil, si los lectores/as quieren, pueden echar un vistazo a mi blog de reseñas y ahí encontrarán seguro algo que les interese.

BdS- ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario?
AC.- Me ha hecho sonreír la pregunta porque lo primero que pensé al leerla es que “no lo sé seguro”… Es decir, que hay un balbuceo de cuatro notas difusas escritas en diferentes cuadernos en los que se repite una mujer que se llama Julia, una sala de conciertos y una partitura…pero aún no sé exactamente a dónde me llevará eso… En todo caso, de llevarme sería a una novela y para eso aún falta un tiempo…


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sábado, 10 de septiembre de 2016

Reseña de PECES FUERA DEL AGUA, de Jorge Riechmann en El Rompehielos


Jorge Riechmann lleva décadas recogiendo sus reflexiones políticas en volúmenes misceláneos. Estos libros, en muchas ocasiones, recolectan frutos ajenos: poemas, entrevistas, fragmentos de otros ensayos o de textos periodísticos, declaraciones, proverbios y toda suerte de citas. En otras, recogen un amplio abanico de pequeñas disertaciones sobre temas fundamentales para la ciudadanía. Riechmann no se cansa de pasear por la Historia de la cultura humana para meter en su cesto bayas de distinta procedencia: EpicuroMontaigneFélix Grande... Tampoco ceja en su empeño de divulgar la necesidad de un cambio en el modelo económico-productivo-social para evitar el colapso civilizatorio que se nos viene encima. Sabe que clama en el desierto, pero no se rinde. Por él que no quede. El científico del CSICAntonio Turiel dirige un blog imprescindible para entender y difundir el concepto de peak oil. Su bitácora ha alcandado los siete millones de visitas, y no obstante, eso supone un impacto en apenas un 2% de la población española (la mayoría son lectores reincidentes). Casi nada. Pero ese casi es su estímulo para seguir advirtiendo de la amenaza que supone nuestro actual sistema. Riechmann y Turiel, entre otros, se han echado sobre las espaldas la responsabilidad de concienciar a sus contemporáneos de los peligros del capitalismo salvaje que nos hemos autoimpuesto, que votamos en las urnas, y por ello no les importa repetirse, profundizar en una vía abierta o expandir un argumento en círculos concéntricos. Como humanistas que son, tratan de transformar el mundo, y el mundo no se rehace ni con 200 páginas ni con 200 post. Hay que ser más insistente. Y a Riechmann, en eso, no le gana nadie.

En síntesis: el petróleo se acaba. La energía que mantiene vivo nuestro megasistema se agota. Sobra gente. Ya se ha declarado una guerra por los recursos. De ahí esta crisis económica -consecuencia de la crisis energética-, que como dice Turiel, “no acabará nunca”. Riechmann no sólo denuncia esta realidad, sino que critica su ocultación por parte del gobierno y trata de persuadir a las mujeres y hombres para que colaboren juntos en pos de un cambio que nos beneficie a todos. Que nos cuidemos los unos a los otros, pregona desde la prisión de las líneas del texto. Hace 2000 años Jesús pidió prácticamente lo mismo, amaros los unos a los otros, pero se ve que ciertos unos no están muy interesados en la pervivencia de ciertosotros. Y en eso estamos, en una lucha abierta entre pronombres.

Riechmann apuesta por una “Ilustración ecológica”, por una “revolución ecosocialista” que conciencie a los humanos (esos “simios averiados”) de los límites de la biosfera y de nuestra interdependencia con respeto a los entornos naturales, de los que hemos sido desterrados. Por eso no evade sus críticas a Podemos. Está bien acabar con el bipartidismo PP-PSOE, pero esa no es la meta; el objetivo es planificar una transición hacia una economía post-carburos, frenar el crecimiento, porque de lo contrario nos vamos todos juntos al abismo.

Así de crudo es nuestro futuro. El de los trabajadores.

Otros vivirán en Panem. Esos a los que la mayoría vota hoy, porque está ciega y no ve. No quiere ver. Prefiere los cantos de sirena. “Mis palabras pueden servir para que nuestros compañeros consigan una vida relativamente feliz” argumentaba un invidente (Carlos) a otro (Ignacio) en la tragedia En la ardiente oscuridad (Buero Vallejo). La ceguera como alegoría de la ignorancia. El ignorante es feliz. Todo se desmorona a su alrededor, pero no lo ve. La verdad lo haría desgraciado, lo hundiría en el pesimismo. Él mismo opta por mirar a otro lado. Sin embargo, si todo el mundo encarase con sosiego el precipicio igual hasta teníamos una oportunidad.  


Peces fuera del aguaJorge Riechmann. Baile del Sol. 2016. 16,64 euros. 345 páginas