miércoles, 30 de julio de 2014

El silencio entre las palabras, de Juan Enrique Soto

Sinopsis:

Carmelo regresa al pueblo de su Andalucía natal por primera vez. Hace treinta años que su madre lo sacó de allí cuando tenía sólo tres años huyendo de un horrendo acontecimiento del que fueron testigos y que condicionó su vida y la de todos los habitantes del lugar en los días del alzamiento del General Franco. El joven irá desentrañando el secreto al mismo tiempo que el ficticio equilibrio de la pequeña comunidad se desmorona según la verdad es revelada. En un paraje abrupto y seco que le vio nacer y junto a unos personajes duros como la inmisericorde tierra en la que sobreviven, Carmelo recorrerá un difícil camino hacia sí mismo, descubriendo las hazañas y villanías de las que es capaz del ser humano.

Opinión Personal:

Aparte de la sinopsis, esta novela me atrajo por el título y la portada. Ambos son muy sugerentes. Desde luego que sí. A medida que avanzamos en la lectura de El silencio entre las palabras nos damos cuenta del porqué de este título y esa fotografía que supone, en principio, una incógnita. ¿Quién es la pareja que posa ante el fotógrafo?.

El silencio está poblado de voces”, parece ser que dijo el escritor mexicano Octavio Paz. La calma y el silencio tienen sus violencias latentes. Y también es cómplice, diría yo, pues la historia que nos relata Juan Enrique Soto así nos lo confirma. Silencio es lo que se encuentra Carmelo cuando, tras treinta años de ausencia, vuelve al pueblo que le vio nacer, a su Andalucía natal. Su madre marchó a París con su hijo de pocos años para escapar de algo horrendo que había sucedido el día en el que Franco se sublevó, a mano armada, contra el poder legalmente establecido. Sabemos que en esta contienda se cometieron verdaderas atrocidades entre ambos bandos, sobre todo en los pueblos, hechos dolorosos que rompieron familias, que truncaron vidas inocentes, que rompieron amistades que parecían inquebrantables.

Juan Enrique Soto nos traslada al año 1966, en pleno franquismo, a la España rural, al pueblo en donde los ecos de la contienda aún permanecían latentes. Sus vecinos habían llegado como a una especie de acuerdo tácito para que todo siguiese su curso como si en aquel fatídico día no hubiese ocurrido nada. Pero cuando ven que llega Carmelo temen que esa paz ficticia se rompa y vuelvan los fantasmas del pasado.

El silencio entre las palabras es una novela costumbrista impregnada de realismo en todas sus páginas. Nos podemos imaginar cada escena, cada espacio, cada personaje que traza el autor con rasgos perfectamente definidos. Personajes que conoceremos en profundidad cómo son, su actuación ficticia ante los demás y los remordimientos que les corroen y que temen que se descubra la falsedad que ocultan. Agustín, el párroco; Remigio, el alcalde; Cosme, el maestro; su hija Reme, la doctora que cuida por la salud física y mental de los vecinos, como Marta, la esposa de Héctor, de la que siempre estará pendiente y más todavía desde que Carmelo regresa a sus vidas, pues sabe que querrá averiguar lo que ocurrió realmente y teme que, tras el descubrimiento, la falsa paz que reina en el pueblo salte por los aires. Sobre todos ellos planea la figura de Héctor, el terrateniente, el que se cree que todo gira en torno a lo que él diga, se cree un dios y lo que ordena y manda hay que cumplirlo a rajatabla, so pena de encontrarse con su furia. Una furia que dejaría marcado a más de uno.

Pero entre todos ellos destacaría, sin duda, al personaje de Gervasio, un ser camaleónico, al que toman por el tonto del pueblo pero es más listo que nadie. Su pasión eran las abejas: cuidaba los panales de la casa en la que vivía Carmelo. Y su forma de entender la vida la explicaba a través de los conocimientos que tenía sobre ellas. Es un personaje que me recuerda al creado por Miguel Delibes para su novela Los Santos Inocentes, Paco. Mientras leía un capítulo en el que Carmelo es invitado a cazar, Gervasio actuaba de una forma similar al creado por la pluma del escritor pucelano. Un personaje que sorprenderá al lector.

El silencio entre las palabras está estructurada en 17 capítulos titulados, de poca extensión. El autor nos ofrece una novela escrita con una prosa cuidada, elegante, rica en matices literarios, con un trato exquisito de la palabra, nos deleita con la historia que nos relata un narrador omnisciente.


Biografía del autor:


Juan Enrique Soto, nació en un pequeño pueblo cerca de Frankfurt, Alemania, pero se crió en el popular barrio de Vallecas, Madrid. Ha publicado la novela El silencio entre las palabras con la Editorial Baile del Sol y La Barca Voladora con Creápolis Impulsa. Revista de creación digital La Barca (Distribución gratuita en PDF). Participación en diversas antologías de relatos. Columnista de opinión en los diarios La Opinión de Málaga y Diario de Las Palmas.

Entre sus galardones literarios se destacan: ganador del Primer Certamen de Relatos Himilce, finalista en el Tercer Certamen Internacional de Novela Territorio de la Mancha 2005, ganador del I Concurso de Relatos de Terror Aullidos.com y del Primer Premio de Poesía Nuestra Señora de la Almudena, Valladolid. Ha sido finalista o recibido mención en los certámenes V Hontanar de Narrativa Breve, XVIII Concurso Literario de Albacete, Primer Concurso Internacional de Cuente Breve del Taller 05 y Primer Certamen Literario Francisco Vega Baena. Algunas de sus obras pueden encontrarse en diferentes portales de la web.


Datos técnicos:

Título: El silencio entre las palabras
Autor: Juan Enrique Soto
Editoral: BAILE DEL SOL, 2012
ISBN: 9788415019947
Nº de páginas: 154 págs. 

martes, 29 de julio de 2014

Stoner, de John Williams


Stoner de John WilliamsLa idea de publicar una reseña sobre Stoner de John Williams (1922-1994) surgió a raíz de un comentario realizado por Ana Isabel a un análisis de La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker. Por tanto estas próximas líneas van dedicadas, además de a todos los seguidores de Cincuentopía, de manera especial a ella.
Stoner es un libro sin ninguna concesión ni en el fondo ni en la forma. Es duro por lo que cuenta (versa sobre la vida y sobre el desgaste que conduce a la muerte) pero afable por la manera en que lo relata. En su momento le comenté a Ana Isabel que me recordaba a los cuadros de Rembrandt por su empleo de la técnica del claroscuro (muchas de sus escenas transcurren cuando el sol está a punto de desaparecer); y también por ser un libro más pictórico que lineal, más profundo que superficial, con una forma más abierta que cerrada, por emplear algunos de los celebérrimos pares de conceptos de Heinrich Wölfflin.
Su trama argumental es en apariencia muy simple: narra la vida de William Stoner, un profesor que ejerce en la Universidad de Misuri a lo largo de toda su carrera. El texto disecciona su amor por el estudio, las complejas relaciones familiares, la trama de envidias y rencores de la institución docente, los altos y bajos que tienen las relaciones de amistad, el impacto social de la guerra sobre el individuo…
Es cierto que las novelas sobre profesor universitario (casi siempre masculino) proliferan sobremanera en la literatura contemporánea. Pero que nadie espere alguien con el glamour de los docentes de Roth, Auster o Bellow; William Stoner es un individuo oscuro, que ejerce su actividad en un centro de segunda categoría y que vive una existencia anónima (pero no por ello irrelevante) en una pequeña ciudad.
Los personajes de Stoner son tan áridos como la tierra con la que tiene que bregar el protagonista durante sus primeros años de existencia en la granja en la que vive con sus padres cerca de la localidad de Booneville. Williams no nos proporciona información directa sobre casi ninguno de ellos; es el lector quien debe crearse su imagen a partir de los datos indirectos destilados.
Cuando escribió Stoner en 1965 John Williams contaba más de cuarenta años. Como su protagonista él era también profesor universitario en ese mismo centro. Por tanto, las connotaciones autobiográficas de la novela resultan inevitables aunque el autor subraye al comienzo que todo forma parte de la ficción (en caso contrario es posible que hubiera recibido más de una querella judicial ante lo que se deja caer en algunos de los pasajes que forman parte de la obra).
Williams va desgranando a lo largo de las páginas de la novela un conjunto de reflexiones de singular hondura. Para no extendernos en demasía, destacaré únicamente tres de ellas. Por ejemplo resulta memorable la descripción utilitarista sobre la universidad como institución: “Es para gente como nosotros por lo que existe la universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por ahí”.
También es magnífica su descripción acerca de qué es un profesor: “Un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o insuficiencia como persona”. Y no menos magistral es su descubrimiento del amor a una edad relativamente tardía, sintetizado en las palabras: “Que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra”.
La lectura de Stoner nos evoca las estrofas de Cavafis en su poema Monotonía: “Sigue un día monótono a otro día igualmente / monótono, idéntico. Las mismas / cosas sucederán de nuevo, una y otra vez. / las mismas circunstancias nos toman y nos dejan. / A un mes sigue otro mes igual. / Lo que vendrá fácilmente se adivina; /serán las mismas cosas de ayer. / Y el mañana nunca parece ese mañana”.
El libro tiene uno de los finales más hermosos que haya leído. No lo desvelaré aquí aunque en la primera página de la novela ya se apuntan algunas pistas bastante contundentes al respecto.
John Williams es un autor poco conocido en España. Su obra se compone de varios libros de poemas y cinco novelas (la última de ellas quedó inacabada), de las que Stoner es la segunda y no se tradujo al español hasta finales de 2010. Tanto El hijo de César (su título original es Augustus), con la que ganó el National Book Award de Ficción en 1973, como Butcher´s crossing están también disponibles para los lectores castellano-parlantes.
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John Williams. Stoner. Baile del Sol. Tenerife, 2010.

lunes, 28 de julio de 2014

Cuentos nacidos de la constancia

EL AUTOR ASEGURA QUE UN BUEN CUENTO PUEDE APORTAR LO MISMO QUE UNA NOVELA

El escritor y periodista placentino Javier Morales ha presentado en la Puerta de Tannhäuser su última obra, 'Ocho cuentos y medio'

  •  Autor  El escritor placentino Javier Morales. - Foto:SOLE GONZALEZ
    Autor El escritor placentino Javier Morales. - Foto:SOLE GONZALEZ
SERGIO DIAZ 17/07/2014

El escritor y periodista placentino Javier Morales ha lanzado al mercado recientemente su última obra, Ocho cuentos y medio, que, según Morales, "sigue la misma semilla" que sus otros dos compendios de cuentos, La despedida (2008) y Lisboa (2011), que es "admiración por el cuento naturalista de Antón Chéjov", del que se distancia para "abrir caminos propios".
Morales no considera que haya "mucha diferencia entre cuento, relato y novela. Un buen relato puede aportarte lo mismo que una novela". Aunque, como aliciente para los relatos más breves, el autor considera que el cuento se ajusta perfectamente "al mundo fragmentario en el que vivimos actualmente".
Sus obras son fruto del esfuerzo, "la historia no te abandona durante el tiempo en que la escribes, pero tienes que hacerlo todos los días", asegura el autor de la novela Pequeñas biografías por encargo (2011).
En cualquier caso, Morales se toma descansos entre cada pieza que crea. Nacida de su forma de escribir, ha terminado una novela, aún inédita, llamada Expediente de regulación de empleo , y planea una hibridación entre novela, crónica y documental sobre el poeta Angel Campos Pámpano, que lleva por título provisional Viaje a la ciudad blanca. 

domingo, 27 de julio de 2014

“El Siglo de la Gran Prueba”, de Jorge Riechmann

Por Alberto García-Teresa.
jriechmann cubiertaEcología, Filosofía, Política y Poesía constituyen los ejes de los trece textos que componen este último volumen de ensayos de Jorge Riechmann. Todos ellos giran alrededor de la idea de que nos encontramos en el “Siglo de la Gran Prueba”: en este momento se decide el destino de la Humanidad y del planeta debido a la inminencia del punto de no retorno en el camino de destrucción medioambiental que estamos recorriendo.
Riechmann lleva a cabo una reflexión muy crítica sobre nuestro tiempo, sobre el productivismo y el capitalismo, sobre cómo romper las inercias (también del discurso y de la acción antagonista). La obra parte de la conciencia real del colapso irreversible de los ecosistemas, de un ecocidio que se llevará a millones de seres humanos y de ejemplares de otras especies vivas por delante. Frente a ello, Jorge Riechmann apuesta por una imprescindible transformación radical en las relaciones sociales, económicas y con la naturaleza.
Esto exige, además del cambio individual y colectivo, eludir la resignación y abandonar el autoengaño. Especialmente, señala los ejes del pensamiento posmoderno y cómo sirve de coartada al capitalismo. Asimismo, realiza un análisis del culto a la velocidad y a la inmediatez del capitalismo (que atentan contra la vida, contra su disfrute y contra la propia experiencia de vivir) y que resultan paradigmáticos en nuestra sociedad.
Aborda todo ello a través de una prosa armada de concisión y de claridad expositiva, pero que permite la aparición de huecos donde vibra la resonancia poética; unas grietas que poetizan el discurso. Al respecto, dado que la obra ensayística de Riechmann se halla atravesada por la poesía, como su pensamiento se encuentra afilado y pulido por ella, no nos debe extrañar el toparnos con poemas insertados en estos textos, o incluso la inclusión del particular epílogo de este libro, compuesto por aforismos, apuntes de poemas y prosa poética.
Otro tema central del volumen, aunque arranca del mismo punto de partida, es la poesía; en concreto, cómo puede ayudarnos en estos tiempos. Riechmann explica, entre otros aspectos, que la poesía constituye una herramienta de exploración y de descubrimiento, que contribuye a desalienarnos, que aporta nuevas propuestas de sentido para la existencia humana y todo un aprendizaje fundamental alrededor del “arte de vivir”. A su vez, el libro recoge también un iluminador homenaje a Juan Gelman, trazando agudas reflexiones desde o acerca de la poesía del argentino.
En definitiva, se trata de una obra que pretende arrojar luz sobre cómo encarar las incertidumbres y abismos del presente buscando la pervivencia de la vida y de la dignidad.

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El Siglo de la Gran PruebaJorge Riechmann
Baile del Sol, 2013
166 páginas

sábado, 26 de julio de 2014

EL CHICO DE LA CHAQUETA ROJA - Alena Collar


El chico de la chaqueta roja, de Alena Collar, es una buena novela, de esas que casi no se escriben.
Y ahora les cuento por qué.
No es una novela al uso. Es un juego, un juego de espejos en el que el lector es cómplice del escritor que, a su vez, es cómplice de su propia vida.
Es una historia que contiene varias historias. La del escritor en sí mismo, como persona. La del escritor como personaje de su escritura y la de los recuerdos que cautivan.
Es un juego metaliterario del lector con el escritor, o cómo conducir al lector hasta donde ni siquiera el mismo escritor sabe cómo llegar.
Alena Collar incita al lector a través de este juego de espejos a seguir adelante, a descubrir los misterios que encierra la historia.
Una de las cosas que más me han gustado de esta novela son los personajes: sencillos, entrañables. O los recuerdos que el escritor necesita recuperar, convertidos en tiburones y metáforas, que se le habían perdido. Por esa razón se encierra en un pueblo con el afán de que su memoria le vuelva a hablar y le cuente. Su memoria, su olfato o su vista.
De lo mejor que se puede encontrar son las metáforas de Alena. El lenguaje poético, sin resultar cursi jamás, sin recurrir a lo trillado, a los lugares comunes de los que nos dicen a los que escribimos que hay que huir. A ella no le hace falta que se lo recomienden.
En la novela se intuye una crítica hacia la pasividad en la escritura de los relatos, hacia esos novelones del mil páginas en las que lo único que sucede es una retahíla de palabras sin fondo alguno. A través de su conocimiento de los escritores y poetas de todas las épocas, Alena Collar, a través de su protagonista, va hilvanando patadas en la espinilla a todo lo que se mueve. Genio y figura. A mí me han divertido mucho, la verdad.
De paso, mientras Carlos escribe, Alena Collar nos va mostrando cómo se realiza el proceso de escritura de una novela. Cómo escribimos mentalmente las situaciones que vamos viviendo y que trasladamos, sin darnos cuenta, a la historia que fluye dentro de nuestra cabeza.
¿Alguna pega o todo es perfecto? Ninguna novela lo es, faltaría más. En algunos momentos, siempre desde mi punto de vista, la falta de acotación en el diálogo para diferenciarlo del pensamiento de Carlos, el escritor protagonista. Pero tampoco es malo, no crean.
Otro punto destacable es el oficio de Alena Collar. Se nota, se lee y te sorprende.
El chico de la chaqueta roja es una novela que necesita tranquilidad para su lectura. Dejarse llevar hasta convertirse en el mismo escritor.
Como dice la contraportada del libro, El chico de la chaqueta roja es la metáfora de lo que ocultamos.

viernes, 25 de julio de 2014

Tradición chejoviana

Anun­cia Javier Mora­les Ortiz, escri­tor, perio­dista, pro­fe­sor y cola­bo­ra­dor de varios medios, entre ellos Leer, que su pró­xima publi­ca­ción será la novela Expe­diente de regu­la­ción de empleo, que, a tenor de lo ade­lan­tado por el autor pla­cen­tino afin­cado en Madrid, se vis­lum­bra de enorme inte­rés por el asunto que aborda: la devas­ta­dora cri­sis que nos asola y su terri­ble con­se­cuen­cia de las enor­mes cifras de des­em­pleo. Y no solo por el tema, dando mues­tra de la nece­si­dad de una lite­ra­tura que, sin rego­dearse en solip­sis­mos, nos sitúe en el com­pli­cado aquí y ahora. Javier Mora­les debutó en el género nove­lís­tico el año pasado con Peque­ñas bio­gra­fías por encargo (Huerga &Fie­rro), una tan ori­gi­nal como suge­rente pro­puesta, que, a tra­vés de su pro­ta­go­nista, Samuel, que se dedica a la curiosa tarea mer­ce­na­ria de escri­bir la vida de otros, logra sumer­gir­nos en una trama que, sin olvi­dar su punto de intriga, sabe des­cu­brir los inquie­tan­tes plie­gues que encie­rra la más apa­ren­te­mente ano­dina realidad.
Pero antes de la apa­ri­ción de esa pró­xima novela, Javier Mora­les nos regalaun nuevo volu­men de rela­tos, moda­li­dad de la que es bri­llante y fiel cul­ti­va­dor en una opor­tuna inten­ción de poner en valor un género que no siem­pre se estima como merece. Su domi­nio del cuento quedó patente en dos ante­rio­res reco­pi­la­cio­nes: La des­pe­dida (2008) yLis­boa (2011), apa­re­ci­das ambas en laEdi­tora Regio­nal de Extre­ma­dura. Y vuelve a mani­fes­tarse ahora en Ocho cuen­tos y medio, que nos llega de la mano de la edi­to­rial Baile del Sol.
Como su pro­pio autor señala en una nota ini­cial, la obra pre­senta dos pecu­lia­ri­da­des: por un lado, pro­mete ocho cuen­tos y medio, pero en sus pági­nas solo encon­tra­mos ocho. Por otro, a modo de epí­logo, incluye un relato de otro escri­tor: “Caí­dos del cielo”, de Gon­zalo Cal­cedo. La pri­mera obe­dece a que, según apunta Mora­les, “el medio cuento que falta es el que crea cada lec­tor des­pués de haber lle­gado a la última página”. La segunda se pro­pone “esta­ble­cer un ‘diá­logo’ en el plano de la fic­ción con uno de los refe­ren­tes del cuento en espa­ñol”, a quien Mora­les agra­dece su gene­ro­si­dad. Nin­guna, pues, de estas dos sin­gu­la­ri­da­des resulta gra­tuita. Mora­les Ortiz plan­tea de esta forma un “diá­logo” no solo con Cal­cedo, sino con los pro­pios lec­to­res que resulta, cier­ta­mente, enriquecedor.
Ocho cuen­tos y medio se abre con “Pro­fe­cías”, donde la voz narra­dora, en pri­mera per­sona, recuerda epi­so­dios de su infan­cia, etapa de la vida en la que tam­bién se cen­tra el siguiente, “Nidos”, para pasar a con­ti­nua­ción a “Más allá de la caverna”, cre­pus­cu­lar relato en el que se da una vuelta de tuerca al mito pla­tó­nico de la caverna en el encuen­tro de dos sole­da­des, que hace pre­ver a su pro­ta­go­nista un giro ines­pe­rado. Ima­gine aquí, por ejem­plo, el lec­tor cuál puede ser ese giro en el crea­tivo juego al que nos invita Javier Mora­les. En “Es tra­bajo, idiota, no es amor” se plan­tea una situa­ción por des­gra­cia muy habi­tual en la actua­li­dad como son los des­pi­dos labo­ra­les, asunto que tam­bién está pre­sente en otros rela­tos del libro, y que ocu­pará, como antes indi­ca­mos, la pró­xima entrega nove­lís­tica de Mora­les Ortiz. En “Final de verano” somos tes­ti­gos de un amor esti­val con dra­má­tico desen­lace y en “Navi­dad” nos alo­ja­mos en el hotel Almi­rante, donde Bruno tra­baja como recepcionista.
Cie­rran el volu­men, antes del bro­che final de la con­tri­bu­ción de Gon­zalo Cal­cedo, dos mues­tras espe­cial­mente atrac­ti­vas. “Mos­qui­tos” me ha evo­cado la desa­so­se­gante pelí­cula La car­coma, de Ing­mar Berg­man, con su gran metá­fora en torno a la com­ple­ji­dad y dete­rioro de las rela­cio­nes de pareja. En el relato de Mora­les, una plaga de chin­ches obliga a Mónica y a Robe a desa­lo­jar su casa. Pero no será solo esa la nove­dad que tras­to­cará sus vidas. Por­que la vida no es per­fecta, como pen­saba Mónica antes de que la des­pi­die­ran ni “exis­tía solo para que Robe y ella la con­su­mie­ran”. En “Regreso a Saja­lín”, su per­so­naje prin­ci­pal, Becky, alumna de un Más­ter de escri­tura crea­tiva en la Uni­ver­si­dad de Toronto, se ins­pira en “La isla de Saja­lín”, de Antón Ché­jov, para rea­li­zar un tra­bajo de fin de curso sobre los pre­sos de Guantánamo.
No es “Regreso a Saja­lín” el único caso donde la som­bra pro­tec­tora de Ché­jov, por quien Mora­les ha con­fe­sado admi­ra­ción, se alza en la manera en que con­cibe el género del relato. Como en los del ruso,en los cuen­tos de Mora­les, el fra­caso, la sole­dad, la inco­mu­ni­ca­ción, el dolor, las insa­tis­fac­cio­nes vita­les, el paso del tiempo, dis­cu­rren impla­ca­bles pero sin estri­den­cias, en un sub­suelo del alma car­gado de silen­cio­sas tor­men­tas. Home­na­jea así Javier Mora­les Ortiz al egre­gio maes­tro, sin per­der sus señas de identidad.
CARMEN R. SANTOS

jueves, 24 de julio de 2014

Caídos del suelo

Posted 06/07/2014 by 

 
RESEÑA
 
¿Qué es la fama? ¿El éxito? ¿Acaso no es todo magia? ¿De qué se compone el talento? Quizá, nos dice el protagonista de esta novela, no sea todo nada más que algo por lo que luchar si verdaderamente crees en ello. Creer en algo, puede que esa sea toda la magia. El tiempo de las varitas mágicas ya ha pasado, pero ahora tenemos el teclado y el ratón a nuestra disposición, y con talento, seriedad y esfuerzo, al igual que con la magia, también todo es posible. Esta es una historia que comienza en Internet y que todavía no ha terminado.
Ramón Betancor (Santa Cruz de la Palma, 1972) afirma que se considera periodista para poder vivir y escritor para evitar la muerte. Una sentencia que nos hace detenernos por un instante en alguien que, a pesar de dedicarse al periodismo, a los 36 años descubrió que su verdadera vocación era la escritura, y se puso a trabajar con fuerza en ello. La escritura que comenzó siendo una terapia para expresarse se ha convertido en una necesidad ineludible para este autor canario.
Cuando nada es lo que parece
“Caídos del suelo” es una novela que se presenta al lector como un juego de espejos: lo que al principio parecen pompas de jabón se convierten en una espiral que gira y gira y que finalmente termina siendo una única circunferencia perfecta que se cierra exactamente en el mismo punto donde empezó, serenamente, encerrando en su interior una trama estupendamente hilada.
Algo que destaca en las páginas de este libro es que está escrito con honestidad: es algo palpable. Ramón Betancor se ha arriesgado a escribir una novela sobre novelistas, éxito de ventas y otras cuestiones literarias, demostrando valentía al hacerlo puesto que se trata de un tema sobre el que se ha escrito mucho, y destacar no siempre es fácil.
Como puntos débiles solamente podemos destacar el uso abusivo de las metáforas al inicio de la novela, que sin embargo hará las delicias de los amantes de los juegos de palabras y en todo caso es una circunstancia que se suaviza según avanzan los capítulos.
La magia, ¿camino hacia el éxito?
Todo lector debe ser impresionable pues, ¿qué interés tiene la cultura si uno se enfrenta a ella con una postura arrogante y una actitud de vuelta de todo? Nada hay como despojarse de todo prejuicio ante la obra de un artista para apreciarla por completo. Lo que sucede en esta novela al respecto, es que se juega con la magia, a pinceladas y de una forma muy sutil pero ya desde los primeros capítulos el lector debe asumir que existe un supuesto sortilegio capaz de dotar de éxito la obra de cualquier autor elegido. ¿Por qué no? Aún tratándose de una trama que se podría desarrollar en un mundo real, una pincelada de magia siempre es bienvenida. Solamente el paso de los capítulos desvelará si esa magia es tal.
El juego de ilusionismo en la trama procede de un grupo con tintes sectáreos que se dedica a captar artistas para enriquecerse a su costa. Son huidizos, resulta casi imposible ponerse en contacto con ellos y tienen una forma de actuar propia de película de suspense. Se caracterizan por su secretismo y misterio, se alimentan de obras de arte y del alma y de los sentimientos de las personas que seleccionan, y marcan a sus elegidos con un colgante del que pende una piedra de color verde. Tan imposible, tan de película y tan misterioso… que perfectamente podría ser verdad.
Internet o un mundo de posibilidades
La novela de Ramón Betancor dio sus primeros pasos en un blog de internet, en el que su autor iba colgando capítulos al mismo tiempo que ganaba adeptos incondicionales. El resto de la historia continuó con una legión de seguidores comprando el libro completo en Amazon hasta que finalmente una editorial canaria, Baile del Sol, se decidió a publicarla. Así fue como el sueño se hace realidad: las luces inaprehensibles de la pantalla se convierten en tinta sobre papel.
El personaje que narra la historia, Mario Rojas, era el sobrenombre tras el que se escondía el verdadero autor, Ramón Betancor, en un estupendo blog que aún puede visitarse y en el que algunas fotografías del autor acompañan sus textos, así como los comentarios espontáneos de los seguidores.
“Caídos del suelo” no es solo una estupenda novela, es también la primera entrega de otros dos títulos que completan la trilogía “El reino de los suelos”. Aunque el final de este primer título parece completamente cerrado, si algo se aprende a medida que se suceden los capítulos es que con Ramón Betancor al mando nada es lo que parece: hay que ser muy bueno para envolver al lector hasta el punto de aturdirle y convencerle de que no tiene entre las manos una novela previsible. Así que trataremos de seguirle la pista para seguir disfrutando del resto de entregas.