jueves, 15 de noviembre de 2018

Sobre Carlos Wamba en Diario de Sevilla

CARLOS WAMBA | IN MEMORIAM
Como un gorrión en un bestiario


Carlos Wamba, en una imagen facilitada por la editorial Metropolisiana.

MARCOS DAVID FERNÁNDEZ-VIAGAS12 Noviembre, 2018 - 20:14h


A Carlos Wamba (Sevilla, 1960-2018) le gustaba sorprenderme con su último poema. Lo hacía siempre por teléfono, desechaba para esto la información que aporta una lectura cara a cara (temeroso de las distracciones, la interpretación de un gesto, las interrupciones). Buscaba, en mí, la reacción milimétrica del pulso y la respiración, del silencio pautado, de la escucha atenta. Fiaba en la genuina observación tras el último verso. En la inmediatez de la primera impresión. En el titubeo con que arranca un comentario. En la originalidad del pensamiento perentorio. Esperaba la puntería en la flecha, el pájaro cazado al vuelo.

Si, por lo que fuera, no me encontraba al teléfono, seguía intentándolo hasta dar conmigo. Podía haberlos dejado grabados en el contestador, pero nunca lo hizo, hasta el día cuatro de marzo de este año (apenas tres meses antes de morir) y no uno, sino dos poemas. No hablamos de ellos apenas, acaso de ciertas imágenes impactantes, como la del primer poema:


"Que esta vida no la poseemos/ que la habitamos/ la transitamos/ Como el tigre recorremos los límites de la jaula/ una y otra vez/ siempre a filo de precipicio/ siempre a pique de derrumbe…"

Este poema lo transcribí, urgente y desesperado, el mismo día de su muerte y ha circulado profusamente por internet. Con la escucha, obligatoriamente repetida verso a verso, para acompasarla con la escritura, tuve la sensación de estar pasando el trazo sobre su propia caligrafía, como se hace con un calco.

Escuchando con atención, pulso y respiración, hasta el último verso que no puede concedernos ya más que el reconocimiento espantado del dardo certero, que atraviesa el círculo oscuro y exacto de los vaticinios:"Las estrellas nos hicieron cálidamente/ nosotros somos estrellas/ ¿Cómo nos podemos negar?"

El otro poema contenía, como en un haiku, una sucesión de fotografías en despedida:

"…pero la nube se deshace/ el pájaro vuela/ el corazón se rinde."

Tan cercano a ese último poema de su libro Desierto y otros desiertos (todavía inédito), de un blanco refulgente hasta lo sombrío:

"En capas finas, como cae el recuerdo/ se va asentando el hielo, despacio/ cubriendo sin sentir, tapando/ velando como la sábana/ que cierra los ojos/ Como la luna que acoge/ como el amigo, que no se despide/ Como se cierra un libro". (Blanco sobre blanco)

Y, sin embargo, prefiero recordarlo ahora en los poemas del único libro que llegó a publicar, Bestiario Personal (Baile del Sol, 2011), donde demuestra un gran dominio de los ritmos y de los tiempos, consiguiendo transmitir esa difícil esencia de lo poético, con palabras e imágenes que una vez leídas parecen inamovibles y necesarias. De él prefiero Gorrión, que contiene mucho de su fino humor y algo de sí mismo:

Una burbuja entre ramitas,

plumas, polvo, sol y arena,

pardo.

Es el garbanzo negro

que escapa al plato.

El que más salta.

El más querido.

Es un patán, un golfo,

silba y salta de lado.

El más querido.

No puedo evitar verlo en estos saltos. En muchos de sus comentarios mordaces y exquisitos. En su portentosa imaginación. En sus salidas del plato. En las graciosas narraciones de alguna de sus aventuras descacharrantes, que solía coronar con un: "¿Qué pensarán de esto mis biógrafos?" Con el tiempo hizo que me familiarizara con estos imaginarios (y abnegados) biógrafos, y jugábamos a despistarlos. Migas de pan de oro arrojadas por el camino que no íbamos a recorrer, pistas falsas y mareantes. Un laberinto a escala, desde cuyo interior, busco ahora junto a él, el más querido, un amistoso paseo más que una urgente salida.

https://www.diariodesevilla.es/ocio/Homenaje-Carlos-Wamba-poeta_0_1299770517.html

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Reseña de El verano del endocrino, de Juan Ramón Santana en Pura Tura

La extravagante epopeya del Endocrino con mayúscula



Me gustan las novelas que dan que hablar. Esas que, por mucho espacio que te den para una reseña, siempre te suscitan para escribir más. Y estoy seguro de que El verano del endocrino (Tegueste, Tenerife, Baile del Sol, 2018), de Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), se convertirá con el tiempo en objeto de un estudio crítico enmarcable dentro de algún género académico como un artículo, un trabajo de fin de máster o una tesis doctoral. Lo digo convencido por haber puesto a ordenar mis notas sobre la lectura que hice este verano de esta novela y reparar en la importancia que di en su momento —y por qué no ahora— a un detalle paratextual que tanto me gusta que ocupe dos páginas. Son los cinco extractos, y no breves, de Josué (10, 12-13), de Schopenhauer, de Wislawa Szymborska, de Gustave Flaubert y de Nuno Júdice que reciben al lector pasada la portada de esta espléndida novela. Para este lector, no es mala propuesta para adentrarse en un libro que ha propiciado una lectura tan gustosa. Es la de Juan Ramón Santos una de las principales obras literarias publicadas en este año 2018. Lo dijo antes Enrique García Fuentes en las páginas de Hoy —el periódico que no deja ver en la red lo que dedica a la literatura todos los sábados— en una reseña del Endocrino que tituló «Homenaje», y en la que decía algo que yo creo que nos hemos planteado casi todos los que hemos leído el libro. El homenaje abierto y sin complejos a un maestro como Gonzalo Hidalgo Bayal, a cuyas novelas cualquier lector leído mirará cuando empiece a leer El verano del endocrino. Pero no cuando termine la novela; porque se sostiene sola, solo con la dependencia de toda obra que pertenezca a este gran árbol de la literatura. De su maestro, Juan Ramón Santos se ha contagiado de creatividad lingüística, de autorreferencialidad literaria, incluso de la creación de ambientes y de personajes —el extraño que llega en taxi una mañana a Labriegos y ahí empieza todo—; pero este Endocrino vuela con solvencia sin necesidad de arneses. La novela tiene veintidós divisiones numeradas y un epílogo, y creo que su retranca está en la extravagante epopeya de un personaje con mayúscula —el Endocrino— que esconde a un tapado. Ese tapado es el narrador, ese yo que está concernido en la primera frase: «Nunca supimos su nombre». Y que no se esconde desde el principio, como en el comienzo del cuarto capítulo: «Yo por entonces aún no lo conocía personalmente».  Creo que es tan poderosa la presencia —si no física, sí estilísticamente— del narrador que me parece que en el tratamiento de esa figura radica el problema sin resolver de esta novela como artificio literario. Ahí hay otra novela. Compare, si no, el lector el «Epílogo» con el tono del resto de la obra. En esta parte final, el narrador, tan oculto en un relato centrado en una figura tan enigmática como la del Endocrino, parece otro, menos distanciado y prepotente —estilísticamente hablando—; y a este lector que escribe le habría gustado otra solución. Otros lectores se quedarán con las peripecias y resoluciones de personaje tan peculiar y tan dudoso. Tan sospechoso, diría. En una novela muy bien escrita, muy sugerente, cervantina, bayaliana, recomendable, como hace —a día de hoy, al menos— la página de la Biblioteca Central de la Universidad de Extremadura en su club de lectura «Nos gusta leer». Es algo bien extraordinario haber recorrido lo escrito de un autor casi desde sus inicios y saber que, por lo escrito, todavía la excelencia de ahora será superable, según lo visto.




sábado, 27 de octubre de 2018

Esther Zorrozua y su novela VIDA SECRETA DEL ORNITORRINCO en DEIA

Un relato contra la censura

Esther Zorrozua, que presenta su novela ‘Vida secreta del ornitorrinco’, reconoce que cuando viaja en transporte público se deja captar por las mil y un conversaciones de viajeros desconocidos
POR ANER GONDRA - Viernes, 19 de Octubre de 2018 
Esther Zorrozua subiendo al bus
Esther Zorrozua subiendo al bus (Oskar González)
LA ciudad es un caldero que hierve de actividad. Esther Zorrozua sube al autobús. Se sienta y abre la novela que le roba pequeñas raciones de tiempo a lo largo del día. Pero no pasa la página. “El transporte público es un laboratorio que ofrece cantidad de posibilidades”, explica la escritora, “rara vez leo en el autobús o en el metro porque me parece mucho más interesante lo que oigo a mi alrededor”. El repertorio es variado, es el combustible perfecto para una mente que puede encontrar inspiración para su siguiente novela en cualquier momento: “Conversaciones enteras por teléfono o de viva voz”, enumera Zorrozua, “aportan cantidad de información. ¡Todos somos cotillas!”.
Su última novela,Vida secreta del ornitorrinco, precisamente gira en torno a la idea de la censura, de lo expuestos que estamos a ojos y oídos de terceros. “Es la historia de un censor que actúa ejerciendo el control y el poder, desde su posición de bibliotecario en Bidebarrieta, sobre las lecturas de los universitarios”, adelanta la autora, “les pone vetos sobre lo que pueden o no leer, porque entiende que hay cosas para las que no están preparados”. Esther explica que su novela nace de la desaparición real de miles de libros de dicha biblioteca bilbaina en los ochenta. Una de las teorías era que un bibliotecario había hecho evaporarse los libros que consideraba deshonrosos. La escritora celebra que hoy en día “no necesitamos que nos protejan así”. “Creo que somos suficientemente mayores para meter la pata por nosotros mismos y sacarla”, asegura, “no necesitamos tanto proteccionismo”. Zorrozua observa Bilbao a través de la ventana del autocar. Lo único que tienen en común sus novelas es que tienen el Botxo como escenario. “Es mi ciudad y así me quito un problema”, explica, “no tengo que andar documentándome porque es un medio que conozco bien y así escribo con mucha más tranquilidad”. Además, asegura que la capital vizcaina, como escenario de ficción, “es polivalente y de mucho color”. En el autobús se puede jugar a intentar adivinar cuál es la vida secreta que cada pasajero arrastra en su mochila. “Todos tenemos secretos, grandes o pequeños”, asegura la escritora. Por eso le escama lo “contradictorio” que es el ser humano, que se queja de la censura y de lo vigilada que está hoy en día su vida a la vez que comparte sus vergüenzas en las redes sociales. “Esta novela la he escrito por la cantidad de asuntos derivados de la Ley Mordaza”, advierte la autora, “así hemos vistos cantidad de casos: la feria ARCO, el libro Farinha, el rapero Valtonyc, o con el actor Willy Toledo”. A Zorrozua le preocupa el lugar que queda para la libertad de expresión: “Es un asunto que me interesa y me fastidia. La suma de esos casos han hecho de detonante para que escriba esta novela”. El resultado es una novela que ya está en las librerías y que merece la pena leer en el autobús... si es que se puede evitar la tentación de escuchar las mil historias que a uno le envuelven involuntariamente.

jueves, 25 de octubre de 2018

Reseña de CANCIONES ACUSADORAS de Miguel Ángel Gómez en El Imparcial

MENÚ DE POBRE

Miguel Ángel Gómez frente a las ratas soplonas

Lunes 15 de octubre de 201820:08h
Miguel Ángel Gómez (1980) es profesor de Lengua y Literatura (Enseñanza Secundaria) en un Burgos repleto de frío, mujeres mágicas y cafés solitarios. Gómez gasta pelo alborotado, gafas Ray Ban y chaquetones cruzados, ingleses, que le dan un aire a Bob Dylan o mendigo de Metro en Londres. Durante el último año ha publicado cuatro poemarios: Monelle, los pájaros (viaje uterino y patibulario al universo de Marcel Schwob), La polilla oblicua (festín de ninfas con la demencia de Virginia Woolf a la cabeza), Pabellón de ciervos (soledades urbanas) y Sombra (Leopoldo María Panero y el ojo de ginebra fresca que sale de la luna cuando lo cierra sin previo aviso). Ahora, en una editorial contracultural e independiente maravillosa, porque Gómez no espera, llega el turno para: Canciones acusadoras (Baile del Sol).
Todo el río Gómez viene de Umbral y me lo explicaba una tarde en una chocolatería entre juegos malabares y mochilas rotundas de donde salía/brotaba un bocadillo como una espada: “Umbral lo roba todo de los poetas, Generación del 27 principalmente, Juan Ramón o Aleixandre, Hierro o Neruda, y yo hago el proceso inverso, a partir de él desenredo el ovillo, voy en busca de los poetas”. Todo en Miguel Ángel Gómez es lo mismo: cascadas de imágenes, enumeraciones caóticas, libros de la prisa y el viento, fluidos bajo el halcón de la borrachera esporádica, nervios y palabras temblonas, letras del nácar de querer ser escritor y más escritor, sin tiempos muertos, sublime sin interrupción, a la santa manera de Baudelaire, esto es: sin caídas. Todo Gómez es la prosa convulsa: vibración y no significado.
Canciones acusadoras busca la pistola y el sonido eléctrico –el paso del folk al pop del que habla Marcelo García en el prólogo-, la rabia mineral de beatniks crooners, aullido y revolución, fantasmas hospitalarios, ganga ambulante, aniquilar hasta el mejor rastro del yo a la manera de Henry Miller, muchas moscas y algo de bragueta sucia. Asegura, en sus versos, el amor como algo túmido y no ruin, pinta sus recuerdos con caras redondas de osito peluche, busca constantemente el sombrero que no tiene, amor temblón de miedo y placer, gatos entre fusiles y algún cisne negro con el que bailar hasta las ojeras y desagüe de sí mismo. Burgos, tal vez, sea un buen lugar para alquilar buhardilla e iluminarla con la tristeza de los clásicos.
Le preguntaba por qué escribía: “No es por qué, sino contra quién. Y la respuesta son las ratas soplonas, insignificantes y alguna del tamaño de un melón, sí, que me miran desde las sombras y tienen pánico a entrar en el agujero interminable de mis libros”. Las ratas son los críticos, los envidiosillos, las muñecas macho de la literatura, los hijos de Pessoa tan pusilánimes o retrasados. Lo dice en algún verso: “Expresiones grandiosas. Perros sarnosos en el patio”. Su pose es la del fauno, aprieta la nariz contra el cristal de los bares para sentir frío y ver mejor, busca algún tipo de Führer que toca el piano, lo pendenciero es en él la mirada narradora de mentiras. Sería, me temo, la escritura del instinto, sin filtro alguno.
“¿Por qué bebes tanto, Miguel Ángel?”, le preguntaba frente a uno de mis descafeinados y su mar generoso de birras. “Me he cansado de llorar, me he secado de llorar y ahora toca volver a llenarse”, reía en idioma tribal. Habla de chacales y maledicencias, de poemas en el sofá, de la imaginación siempre como la voz de los atrevidos, a la manera de Henry Miller, corceles indomables entre deseo e imbecilidad, escritura de presente y forcejeo donde vacilar, dudar, es la mayor herejía y no se permite. Me gustan mucho sus versos o poemas metaliterarios, donde hay una reflexión sobre la escritura, una manera de echar leños al ardiente cubo de basura urbanita para calentarse él solo: “Las palabras están en la mala luz, en la mala noche, en la mala conciencia”; “Si pretendes escribir, apunta:/ ¡ángeles sostenedme!”.
Canciones acusadoras es delito, porque viene de la sombra y de la desolación: “Con el disparo/ de la página el hombre/ se cae cazado”. Encierra a Rimbaud en el lenguaje preciso de sus puños rotos. Entre el fango, la pobreza moral o psíquica, sale siempre una ninfa, una aparición, una mujer que viene salvarnos, y todo el proceso es asimiento, agarrarse con fijeza para dejar el barro atrás, volver a empezar, lo que en él siempre es sorpresa y otra vuelta al corazón. El poema-grito, en prosa, es su especialidad carroñera: “Devoradme, psiquiatras, que servís de relleno mientras corro en mi imaginación, como un oso avistabroncas, por un paisaje que tiene presentimiento de bosque. Peter Pan era mi nombre y he muerto donde no hay rosa, donde el furor se ríe de mí, donde tiembla mi pájaro inconfesable. Víctor Hugo escribió que cuando uno es joven tiene mañanas triunfales. No tengo esperanza gordezuela, os digo que está en los LABIOS del pasado, y “lo que envejece” no es la vida que se vive, sino la que no se vive, la de una mano pálida que torpemente te araña, pura y violenta, intemporal e inocente, crueldad de la nada, mueca de la nada”.
Querido Miguel Ángel: hazte bien el nudo de la horca todos los domingos, no dejes a Emma Bovary, a Madame Butterfly, pisa ratas soplonas y parte en dos su chillido amarillo, déjate barba, come bocadillos de la mochila cherokee, incendia despacito –como si te sacases un moco- jerséis de lana hasta las rodillas, no te ates los cordones de los zapatos, vive por tus sueños, sigue con las birras y azota, entre broncas, la espuela torpe del unicornio donde uno es joven para toda la vida. Sus libros son altivos porque son, al mismo tiempo, escondrijo y antidepresivo, ya digo, como cuando todos teníamos veinte años y la vida era atragantarse de más vida, y la madrugada una colección de estrellas asustadas sobre la lengua torcida.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Reseña de NUNCA MÁS LA NOCHE, de Juan R. Tramunt en El Escribidor



Retratos ‘algo’ macabros sobre la condición humana



Juan R. Tramunt es un escritor que se preocupa por dar carácter a sus personajes y crear atmósferas aunque no cuida tanto el sentido de la historia, lo que a larga puede descompensar las expectativas que como lector despierta la colección de relatos que reúne en Nunca más la noche (Baile del sol, 2018) seis narraciones (Betsabé, La habitación abuhardillada, La fiesta, Zapador, Aurora y Relato inconcluso) en las que indaga en las fuerzas de la naturaleza humana con resultados regulares.

En casi todas las historias cobra vida cierto vampirismo existencial. Las relaciones entre sus protagonistas son resultado de inquietantes aunque familiares juegos de poder y la acción se desarrolle en escenarios cotidianos pero diferentes donde los personajes que intervienen apenas tienen que ver unos con otros en los seis relatos que contiene un libro que incluye más que un cuento una novela corta, Betsabé, que no termina por definir demasiado bien sus intenciones y que deja en el aire mucho de los planteamientos que propone.

No sucede así con La habitación abuhardillada que, en nuestra modesta opinión, es uno de los mejores cuentos del libro no solo por sus intenciones metaliterarias ni su inquietante homenaje más que a Poe, al universo lovecraftiano por el escenario en el que se desarrolla, sino por los personajes que en él intervienen, una pareja y un extraño dibujante de historietas que además de escribir y dibujar sus tebeos, colorines, chistes, cómics, cuenta con una prodigiosa biblioteca en la que se encuentran clásicos y modernos del noveno arte.

Este relato describe muy bien la atmósfera opresiva que se respira en esa vivienda en la que recala la joven pareja en un viaje relámpago a Madrid y logra que lo imposible se haga posible a medida que se avanza en su lectura.

El tercer relato que contiene el libro se titula La fiesta y en él se mantiene ese pulso entre lo real e irreal que caracteriza a todos estos cuentos y la novela corta que incluye el libro aunque no termina de convencer, quizá sea porque pese a sugerir más que decir no se aprecia que detrás de la sugestión, de ese velo que camufla todo con forma de palabras, se transmita algo que demandaba más sustancia. Está bien escrito, como todos los relatos de esta compilación, pero le falta carne para dar solidez al conjunto final.



El vampirismo, un vampirismo metafórico que aparece y se extiende en un ambiente cotidiano y familiar, vuelve a ser protagonista en Zapador, en el que se narra una historia de dominio con aires inquietantes. Un piso de estudiantes y sus moradores son los protagonistas de un relato que sin embargo no termina de encontrar su lugar aunque está escrito con notable pulso narrativo. Por desgracia, las posibilidades que prometía terminan por disolverse probablemente por el equilibrio, no siempre conseguido, que Juan R. Tramunt intenta mantener entre lo real e irreal.

No se trata así de visiones sórdidas sobre el ser humano pero sí de explotar muchas de las contradicciones que arrastra en sus relaciones con los demás. Otros de los grandes temas del libro son, en este sentido, las obsesiones que desencadenan estropicios sentimentales y la confianza y desconfianza no ya en el otro sino en sí mismo.

El quinto cuento de Nunca más la noche, Aurora, es la descripción de un amor con tintes vampíricos que termina en tragedia. O no, eso depende de la manera en cómo se interprete una historia cuya protagonista es una magrebí que trabaja en una casa de europeos que está perdidamente enamorada de su marido, el jardinero de la casa, y hombre de respeto en su comunidad porque conoce la palabra y cuenta historias.

Lo interesante de este relato son dos mundos que conviven pero están alejados porque ninguno, magrebíes y europeos, tiene demasiado interés en conocerse. Se dan por satisfechos mientras cada uno de ellos respete los límites que marcan el territorio en el que viven en común.

Relato inconcluso es el último cuento, el que cierra un libro que no termina de ser redondo. Se trata así de un juego literario que tiene cierto interés pero que carece de hondura. La sensación que deja en el ánimo lector es que podría haberse prescindido perfectamente de este cuento que finaliza un volumen que no deja de tener el interés que caracteriza la producción literaria de uno de los escritores más interesantes que actualmente escriben y publican en las islas.

Un autor, Juan R. Tramunt que si por algo se define es por ser, precisamente, un autor que imprime de constantes su obra. Una obra que se apropia de géneros que adapta a su manera de entender la literatura. Lo hizo con el thriller en La piel de la lefaay con la ciencia ficción en la notable Anturios en el salón.

Lo intenta, aunque con resultados irregulares con la de corte psicológico en estos seis relatos que reúne en Nunca más la noche, un título que a su manera anticipa al lector el material que se va a encontrar una vez abra las páginas del libro.

Saludos, abre los ojos, desde este lado del ordenador.


sábado, 20 de octubre de 2018

Reseña ‘La rana de Shakespeare’, de Ricardo Reques en Culturamas

ALFONSO COST.
Quién no recuerda aquella sensación de sorpresa y sana impotencia que los lectores prematuros (permítaseme la expresión) experimentábamos cuando caía en nuestras manos un libro que nos abría la conciencia a grandiosos e inimaginables mundos.
No hablo de libros de ciencia ficción, ni de literatura de viajes, ni de sesudos y bien argumentados ensayos. Hablo de aquellas novelas que de forma inesperada nos precipitaban en un torbellino de conocimientos nuevos, enriqueciendo nuestro aún corto bagaje e incluso, a veces, llevándonos tan al límite de la emoción que nos privába por momentos de la propia capacidad de respirar.
Precisamente entre lo mucho que hay que agradecer al escritor Ricardo Reques por escribir una novela como La Rana de Shakespeare (Ed. Baile del Sol, 2018), sin duda está el habernos devuelto aquel raro hechizo haciéndonos sentir durante la lectura dulcemente confusos. Sí, y lo hace porque el singular escritor, naturalista, y editor, Ricardo Reques, emplea en ésta, su primera novela, toda su solvencia literaria adquirida durante años en las cocinas del relato corto, para pergeñar esta historia preñada de minuciosas acotaciones científicas y detalladas descripciones de escenarios que son transitados por personajes construidos con abundante riqueza descriptiva y fina agudeza sicológica.
Con un armazón lineal, claro, y sin subterfugios, no exento de una considerable carga poética, Reques narra desde la extradiegética un viaje por el Gran Chaco, en el norte de Argentina, donde el protagonista, un reconocido e introvertido herpetólogo de nombre omitido, inicia una aventura que encuentra justificación en la posibilidad de que los anfibios de todo el planeta puedan estar en peligro de extinción por culpa del cambio climático.
Acompañado por varios científicos locales, el protagonista, enamorado en secreto de Libelia, una postdoctoral de Madrid adscrita a su proyecto de investigación, inicia la larga singladura física e intelectual que le llevará a los lugares más alejados e inhóspitos de la región y de su propia mente:
«El mundo es del tamaño de lo que recorres, su extensión se limita a lo que has visto y vivido. Nada más. Pero no es todo lo que recorres, solo lo que recuerdas de ese recorrido (pag.21)»
Sus inclinaciones, obsesivas a veces, tanto hacia los batracios como hacia sus compañeras femeninas, son los dos ejes sobre los que pivota la naturaleza del protagonista. Sus frustrados deseos carnales, tan perversos y tan inocentes a la vez, construyen célula a célula al antihéroe, a la sombra —quizás «a la luz»— de Vogli, un alter ego literario, que se entretiene desde la lejanía en ilustrar, vía SMS, a nuestro personaje con citas narrativas en las que las ranas, los sapos, y demás criaturas anfibias, tienen una presencia más o menos acertada. Aunque la voz del protagonista es la más audible, la sensación de coralidad asimétrica no es ajena a la narración ya que los personajes periféricos son los que poseen los resortes que hacen girar la acción en uno u otro sentido una vez reinterpretados por la febril percepción del protagonista. Así iremos asimilando las personalidades de la sensual Teresa, de Alcadio, de Felisberto, de Yaci… o incluso del novio de Libelia (que tanto se parece a Wittgenstein).
La novela, en suma, tan plagada de humedales verdes como de referencias literarias a autores como Bolaño, Vila Matas, Quiroga, Joyce, Coetzee, Dickinson… incluido, cómo no, el propio Shakespeare, es un canto bifronte a la Naturaleza y a la Literatura al que el lector ha de enfrentarse como en un ejercicio experimental de permeabilidad controlada. Lejos de la novela considerada de evasión, La rana de Shakespeare reclama un espacio propio, quizás endémico, en el que invadir al viajero libre de prejuicios hasta convertirlo en un lector serio y exigente, tal vez como cuando éramos niños y nos decíamos tras una intensa lectura: «Hoy el mundo se ha estirado para hacerse un poco más grande (pag. 21)».
Ricardo Reques es  Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Córdoba, crítico literario, escritor y editor. Posee más de medio centenar de publicaciones entre textos científicos y literarios. De este segundo ámbito cabe destacar sus obras Fuera de Lugar (ed. DePapel, 2011), El Enmendador de corazones (ed. Alhulia, 2011), Piernas fantásticas (ed. Adeshoras, 2015), La Isla de Nosedonde (ed. Libro de Arena, 2017). Además sus relatos han sido incluidos en la colección Andanzas del Círculo Cultural Faroni (Tusquet Editores, 2001), o en Diodati, la cuna del monstruo (ed. Adeshoras, 2016) entre otras.

jueves, 18 de octubre de 2018

Reseña de ARQUITECTURA SECRETA DE LAS RUINAS, de Miguel A. Zapata en ¡Zas! Madrid

La arquitectura narrativa perfecta de Miguel A. Zapata, en su última novela 'Arquitectura secreta de las ruinas' - 

La arquitectura narrativa perfecta de Miguel A. Zapata, en su última novela ‘Arquitectura secreta de las ruinas’
Pedro M. Domene







Baile del Sol publica la última novela de Miguel A. Zapata, Arquitectura secreta de las ruinas, concebida como un auténtico rompecabezas

Miguel A. Zapata (Granada, 1974) sostiene que la literatura no propone fórmulas mágicas contra cualquier provocación, caso de un desahucio o un despido improcedente, ni en contra de todo lo relativo a los hechos que son fundamento o cimientos de nuestra sociedad y/o las consideraciones en torno a la crisis actual desde un punto de vista moral; tal vez porque para el narrador Zapata el hombre se ha convertido en un producto artificial que se pierde en algún punto inconcreto entre sus deseos y las limitaciones que le impone su realidad social, económica y cultural, y es así como el concepto literario del narrador granadino se sostiene porque insiste en escribir una crónica pormenorizada de los males y obsesiones contemporáneas en clave grotesca: el deseo insatisfecho y la necesidad de proyectarse en un logro colectivo que supere la pequeñez de nuestras existencias, e incluye la búsqueda incesante de un grial que justifique nuestros días.

En realidad, somos productos de una realidad cultural persistente y, en muchos casos, azarosa y, quizá por eso, Zapata pretende desarticular los modos infamantes de lo real mediante ese aire humorístico, grotesco, o incluso surrealista que raya en lo esperpéntico de sus textos, y nunca los utiliza como un recurso que implica una finalidad en sí misma sino como un medio para trazar un fresco del hombre del siglo XXI.

Su literatura hasta el momento ha producido una calculada obra de volúmenes de cuentos Ternuras interrumpidas. Fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (2012) y los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias(2009). Ha sido incluido en algunas de las más relevantes antologías y compilaciones del género: Cuento español actual 1992-2012Antología del microrrelato español 1906-2011Mar de pirañas. Los nuevos nombres del microrrelato español. Su novela anterior, Las manos se convertía en una crónica pormenorizada de los males y obsesiones contemporáneas en clave grotesca, y conviene subrayar que el narrador considera la novela más divertida por sus tramas, subtramas, preparación minuciosa de personajes, y de una absoluta libertad constructiva, frente al cuento un auténtico sacrificio que exige el círculo perfecto.

Y vuelve de nuevo a la novela con Arquitectura secreta de las ruinas (2018), un texto de argumento aparentemente sencillo: en un edificio, en el número 3, de la calle Garibaldi aparece de repente una grieta, aunque a medida que el lector sigue leyendo averigua que la grieta ya estaba ahí, llevaba algún tiempo sin que ningún vecino la hubiera descubierto, y el narrador quiere dejar constancia que desde las primeras páginas se hace aún más visible, y a partir de ese instante comenzaremos a ver cómo esa fisura afectará a la comunidad de vecinos, en la crónica de un escalonado orden de pisos y plantas que esboza y deja constancia de las vivencias del interior del edificio. La grieta física irá deteriorando la estructura del inmueble, y será entonces cuando afloran los típicos reproches humanos, las culpas entre vecinos, o las responsabilidades en general, aunque sobre todo se subraya la típica ineficacia y la posterior desidia propia de la Administración que, como es habitual, siempre devuelve la responsabilidad final a los vecinos.

Una arquitectura no secreta

Arquitectura secreta de las ruinas no tendría mayor aliciente y trascendencia si Zapata no hubiera explorado en un acertado recorrido, junto a esa rotura física, esa otra emocional y vital que empieza a descubrirse en algunos de los personajes que conforman la vida cotidiana en el inmueble que se convierte en una novela coral, como si el narrador sustentara el peso de la narración mostrando en esas grietas que pronto descubrimos en la pareja, en la familia, en la soledad del individuo, o mejor aún de la ficción en general; y todo en el amplio marco que le otorga el género al autor o, en una modesta interpretación, la radiografía de esa sociedad en la que nos obligan a sumergirnos. Y esa grieta, que crece y se amplia, dejará al descubierto la singularizada visión de una pareja sin hijos y sin futuro, Marga y Jaime, capaces de oír llorar a un niño por las noches, del argentino Maldini que ejerce de tal como único modo para ser aceptado en la comunidad, a Bastida que arrastra una culpa constante y nos sorprende su relación con Berta, la lolita del inmueble, de la vieja cotilla Téllez, o el pretencioso Mauro, presidente de la comunidad, y finalmente el triunfador hombre de cemento, Alejandro Herreros. Y en ese afán por ejercer cada uno su papel, observamos cómo se desmorona el mundo interior de esta arquitectura secreta, y solo así somos conscientes de reconocer los síntomas que han provocado esta convivencia, aunque como en muchos caso no somos capaces de hace nada por evitarlos.

Arquitectura secreta de las ruinas está concebida como un auténtico rompecabezas, el narrador dispone las piezas, las va colocando y a medida que pasamos sus páginas, vamos descubriendo esa imagen que proyecta el edificio completo y, una vez fijada la imagen, nos enteramos realmente de cuanto ocurre en el interior de las viviendas; entonces comprendemos que se trata de un ejercicio impresionante de arquitectura literaria porque Zapata superpone varios planos temporales y relaciona las distintas tramas que protagonizan los personajes que irá entrelazando en una orquestada estructura por plantas y características humanas hasta llegar a ese secreto que se nos desvela al final, porque como se trata de puzzle todas las piezas acaban encajando.

En esta novela se empieza en el nivel 0, y se termina en el mismo 0; en medio, a izquierda y a derecha, la vida de unos personajes, de una comunidad, o tal vez una metáfora más de la triste, angustiada y violenta sociedad que en ocasiones estamos obligados a vivir.

Técnicamente, Zapata utiliza una tercera persona con una amplia visión que se diversifica en sus personajes, porque abundan, los identificamos y el narrador mantiene una perspectiva, una calculada distancia aunque está muy presente en la obra, interviene con oportunas reflexiones, y en no pocas ocasiones consigue aportar las acotaciones necesarias para terminar de configurar las escenas que ofrecen una mayor visión de lo narrado, solo entonces el narrador consigue tener el control de toda la historia de una solidez narrativa encomiable, fruto de ese elaborado proceso a que nos tiene acostumbrados Miguel A. Zapata tanto en sus propuestas breves, en sus micros o el proceso narrativo extenso que iniciara con Las manos y que ahora vemos reforzado en Arquitectura secreta de las ruinas provocándonos para que con sus personajes compartamos la atmósfera de aquellas fuerzas cotidianas que nos obligan a diario a dejar constancia de nuestra inequívoca fragilidad.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Entrevista a Esther Zorrozúa en el Susurro del Gato


El animal hecho de retales

El gato Llamp me mira con asombro: ¿Esther Zorrozua es ahora ornitóloga? No, es que ha publicado un nuevo libro. Vida secreta del ornitorrinco es ficción, pero seguro que nos resulta muy real. Al fin y al cabo, las personas estamos hechas de relatos y de retales, como ese extraño animal. 
Esta es mi sexta novela y la actitud sigue siendo como la primera vez: tocar, oler, mirar. Es un placer completamente sensual. 
Entrevista con Esther Zorrozua
¿El ornitorrinco tiene una vida de novela?
Por supuesto. Toda vida es una novela en realidad. La del ornitorrinco, Elías Hidalgo, un censor-inquisidor, también lo es. Una novela gris, de valores trasnochados y retrógrados, que pretende gobernar las vidas ajenas. Representa al pensamiento único, ese tan peligroso del que está entreverada la Historia, que a veces parece que se haya superado, pero que vuelve a emerger cuando menos se espera. 
¿Por qué un ornitorrinco?
Es un juego, incluso pre-literario, el de identificar a las personas con un animal determinado. El ornitorrinco es un animal prehistórico, que parece que estuviera hecho de retales, solitario, de mal carácter. Me costó mucho dar con él. El personaje de Elías Hidalgo reúne todas esas características, pero no se me ocurría el animal. Hasta que una noche lo soñé. Y al despertar me pareció perfecto. 
¿Qué ocurre hoy con nuestra privacidad, con tanta red social?
Ocurre que si no tenemos mucho cuidado, toda nuestra privacidad queda a la intemperie. Por una parte, el aparato del Estado nos tiene superfichado (cámaras, controles…) La mayor parte del tiempo no somos conscientes de ello, pero están siempre ahí, a la que salta. Por otra parte, la gente más enganchada a las redes (toda la juventud y gran parte de la gente adulta) se tira a la piscina con los ojos cerrados. A pesar de todas las advertencias, no miden el alcance de lo que van colgando minuto a minuto. Eso ha derivado en que las empresas, a la hora de contratar a sus empleados, se fijen más en esos contenidos de Facebook, Twitter e Instagram que en el propio currículo. Lamentable.
¿Nos vigilan o controlan de alguna manera? ¿Quién?
Nos vigilan y controlan de todas las maneras posibles. Sobre todo las grandes empresas multinacionales. Ya no hace falta entrar en un comercio, basta con pasar ante la puerta para que en el móvil recibamos un mensaje solicitando una valoración. Si eso no es acoso, ¿qué es? 
Has publicado varias novelas y cuentos, pero parece que te sigue gustando y emocionando tu libro recién recibido.¿Tiene sentido en nuestra era digital el papel?
Esta es mi sexta novela y la actitud sigue siendo como la primera vez: tocar, oler, mirar. Es un placer completamente sensual. Claro que tiene sentido el papel en la era digital, no solo para quienes tenemos cierta edad; los más jóvenes también confiesan que les encandila el papel. Viven pegados al móvil para mensajes breves, pero cuando se trata de abordar un texto largo todos firman por el papel. La relación entre libro (de papel)  y lector es un vicio solitario. 
En la anterior entrevista, hablamos de la película En la casa: ¿alguna te ha llamado la atención estos últimos meses?
Ayer vi “Oreina”, de Koldo Almandoz y me emocionó, una historia periférica de amistad y venganza. Los personajes son muy de verdad y están tratados con una gran sensibilidad.
¿Nos recomiendas alguna lectura?
Últimamente estoy leyendo pocas novedades. Me estoy interesando en serio por el cuento. Recomiendo los cuentos completos de Margaret Atwood. La de “El cuento de la criada”, sí… Me gustan más sus cuentos, por su capacidad de conseguir que unos hechos rutinarios se conviertan en otra cosa y trasciendan.
Ahora mismo, mientras respondes a estas preguntas, ¿qué música o sonidos estás escuchando?
No tengo puesta la música en estos momentos. Escucho el fluir del riachuelo que corre por debajo de mi ventana. Y unos insectos que pueden ser grillos o chicharras. Ya sé que no es época, pero te aseguro que oigo el cri-crí de patas frotándose con fruición.
Y el gato me susurra que vaya acabando ya, que dentro de poco será medianoche y que por imperativo legal toca soñar.

Vida secreta del ornitorrinco está publicado por la editorial Baile al Sol.

El recomendable blog de Esther Zorrozua es Bonanza en mi fiordo

Pincha en este enlace para leer la anterior entrevista con Esther Zorrozua.


http://www.latiendadebailedelsol.org/529--vida-secreta-del-ornitorrinco.html

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Bailando con Sergio Artero: "Creo que la poesía sirve y, sin embargo, no sirve de nada"







Baile del Sol.- Dices que Índice de ingrávidos es incómodo como un grito, ¿era esa tu intención al escribirlo?, ¿es tu intención al escribir?

Sergio Artero.- Creo que el libro es incómodo o desasosegante no sólo por el principal tema vertebrador -la historia de un exilio fagocitado por un exilio mayor: el de nuestra civilización- sino porque la lectura misma provoca cierta sensación de caos -o de flotabilidad, o de ingravidez-. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se mezcla la escritura de onda de los versículos clásicos con el ritmo sincopado de las letras del glam rock. Además faltan fragmentos, hay vacíos, abruptos cortes de sentido. Por eso digo que se trata de pecios de un naufragio, el naufragio de la civilización occidental tal como la hemos conocido hasta ahora. En ese naufragio nos estamos ahogando todos y esa sensación de naufragio la reconocemos todos. Seguramente necesitemos otro lenguaje o recuperar el lenguaje, que es lo mismo. De momento para esa sensación compartida sólo estamos produciendo un lenguaje desarticulado, es decir, un grito, el grito del que se ahoga. Todos sabemos esto de algún modo pero es incómodo que nos lo recuerden, ¿verdad?


BdS.- Un libro lleno de epílogos, ¿poemas que se despiden o que se justifican?SA.- El Libro de Enoch como mito simbólico sobre el exilio ya está escrito. Todos los textos posteriores son paráfrasis o epílogos.


BdS.- Como no es un poemario fácil, aparecen en él personajes que parecen guiar a los lectores, ¿de dónde surgen y cuál es su cometido?SA.- Hay un personaje principal, que es Enoch. Pero Enoch es, al mismo tiempo, muchos personajes. Su polifonía es nuestra civilización.

BdS.- ¿Índice de ingrávidos te ha servido para explicarte algo?, ¿servirá de algo a quienes lo lean?
SA.
-No creo que el verbo más adecuado sea "explicar" y, desde luego, no soy quién para explicar nada a nadie. Y "servir"... también es un verbo muy relativo. El dinero no sirve de nada y, sin embargo, sirve. Igualmente creo que la poesía sirve y, sin embargo, no sirve de nada.




BdS- Referencias bíblicas, literarias, musicales...; la certeza de que nada parte de cero. ¿Cómo se ha ido construyendo la voz poética de este libro?
SA.- Claro, como digo, nuestro mundo contemporáneo (nuestra epistemología, nuestro conocimiento) es absolutamente fragmentario, caótico, hiperinformado. Mientras que la creación ex nihilo, ya sabe, sólo es adjudicable a Dios. Con la nota a pie de página de que Dios no existe, por lo que aquello que realmente es eterno e inmutable es el caos. Sólo que las personas tenemos un chip con el principio epistemológico que resumió Lévi-Strauss: el orden es superior al caos. Un principio ético, al fin y al cabo.

BdS.- ¿Cómo pones en pie estos versos en los recitales?
SA.- Hago una lectura junto a una gran maleta de donde voy sacando pequeñas figuras. Pretendo con ellas dar unas sugerencias poéticas. También hay proyecciones envolventes y música. Recordemos que en el poemario hay también dos grandes figuras retóricas: el cometa 55P Tumple-Tuttle y David Bowie como Iggy Stardust.

"...se trata de pecios de un naufragio, el naufragio de la civilización occidental tal como la hemos conocido hasta ahora. En ese naufragio nos estamos ahogando todos y esa sensación de naufragio la reconocemos todos."

BdS.- ¿En qué proyecto literario estás trabajando actualmente?
SA.- 
Recientemente he publicado "Manual d Pie" con ed. Tigres de Papel. Se trata de una manera poética de pensar la danza, es decir, el movimiento y el espacio. Una fusión entre un verdadero manual, un ensayo y un poemario. Incluso alguna cosa más. También he terminado un poemario breve pero lo envié a un concurso y no sé si debería hablar de él.

BdS.- ¿Qué poesía lees?SA.-La que puedo. Por hacernos una idea, en mis propios libros he dialogado directamente con Omar Kayyam, Li Quingzhao, María Zambrano... entre muchos, muchos, muchos otros.



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sábado, 25 de agosto de 2018

Reseña de NECROSFERA de César Martín Ortiz en PlanVE - Con Ve de libro

Humus

No entres tan deprisa en esa noche oscura es el título de un libro del escritor portugués António Lobo Antunes, pero bien podría funcionar como advertencia para el que quiera adentrarse en Necrosfera, la novela del desaparecido César Martín Ortiz publicada hace unos meses por la editorial Baile del Sol.
De entrada, porque no conviene correr si uno quiere disfrutar de verdad de Necrosfera. Y lo digo por experiencia, porque yo mismo, ansioso por devorar el libro, me metí demasiado deprisa en él cuando lo conseguí, allá por febrero, en Centrifugados, y no tardé en perderme, con lo que enseguida me di cuenta de que exigía tiempo y otro tipo de lectura. Primero, por la propia prosa del autor, cocinada más al modo tradicional que al de la comida rápida, y, segundo, porque la arquitectura de Necrosfera, integrada por trece textos tan heterogéneos que bien podrían funcionar como relatos independientes, es compleja, sin una línea narrativa clara ni unidireccional, sostenida, más bien, por líneas de fuerza, que reclama, como señala Gonzalo Hidalgo Bayal en el texto de la contraportada, “una lectura exigente y radical”, o, lo que es lo mismo, el tiempo y la atención debidos para integrar elementos tan dispares como un mundo hecho a semejanza de las películas de Harold Lloyd, la invención del necrófono o los restos arqueológicos de una sociedad secreta, secular, opuesta a la Iglesia, y que pareció rendir un inquietante culto a la muerte.
Pero el título de Lobo Antunes no sirve como advertencia al lector sólo por esa alusión inicial a la calma, sino también por la idea final de noche oscura, pues Necrosfera tiene mucho de relato crepuscular. El más crepuscular, sin duda, pues está narrado desde un tiempo en el que nuestra especie, la de los homo sapiens, prácticamente se ha extinguido de la Tierra, en un escenario de devastación que recuerda a cierto cine apocalíptico y desde una perspectiva, la de las Personas o la de los Escientes, que contempla nuestros últimos estertores con la fría curiosidad de un entomólogo. En cualquier caso, esa idea de oscuridad es, después de todo, relativa, pues aunque el de Necrosfera sea un tiempo tenebroso, lo es únicamente para la raza humana, pues nada en el libro sugiere que lo sea también para la Tierra, para el Universo o para el propio autor, que parece tener un concepto muy negativo de nuestra especie, a la que retrata como estúpida y miope (ciegas hormigas, podríamos decir remedando a Ramiro Pinilla, aunque también se me viene a la cabeza el título de un célebre tema de Siniestro Total), incapaz de no dejarse llevar, por su instinto fatal, hacia la destrucción.
Necrosfera es, en resumen, una apasionante anatomía del humus, de cómo llega a formarse la “inmóvil capa de muertos situada entre la esfera de las piedras y la esfera de la vida”, el relato del fin de una odisea, la nuestra, una pequeña joya narrativa en la que César Martín Ortiz nos asoma a un futuro inaudito, aunque posible, en el que nos habremos convertido, como especie -por emplear de nuevo una cita, esta vez del célebre soneto de Góngora-, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”, un libro que, en definitiva, no deberían dejar de leer.