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miércoles, 6 de febrero de 2019

Reseña de El verano del endocrino, de Juan Ramón Santos en el blog DEVANEOS

El verano del endocrino (Juan Ramón Santos)

Si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas.
Linneo
Quien se haya solazado sin tasa con las lecturas previas de Paradoja del interventorNemoLa sed de salEl espíritu áspero o Absolución, de otros autores también extremeños -Bayal y Landero- como lo es Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), disfrutará en gran medida con esta fantástica y fantasiosa novela de aire cervantino, en cuanto que su personaje lleva a cabo múltiples salidas del pueblo de Labriegos, tirándose al monte y retornando menoscabado, devenido un ecce homo, sufriendo una y otra vez los rigores de la sed, el hambre y la intemperie y echando mano, llegado el caso, de una bacinilla que hará las veces del Yelmo de Mambrino.
Personaje al que los de Labriegos (Juan Ramón, al igual que Bayal, como creador que es, también erige su propia topografía: Labriegos, Ochavia, Aldeacárdena, Pomares, Trespuestas, Respuestas, arroyo Enjuto, Pedregal…), pueblo al que llega una buena mañana cargado de libros, le colgarán de buenas a primeras el apodo del Endocrino.
La llegada de un forastero a un lugar remoto y sin propósito aparente, convirtiéndose en el centro de atención, no es nuevo. Puede ser un interventor que llega en tren y lo pierde o un Endocrino que llega en taxi. La incertidumbre que genera su presencia es la misma, tanto como la curiosidad ajena hacia sus acciones, omisiones o proceder extravagante.
Lo que mueve al Endocrino en sus comienzos, al contrario que a Alonso Quijano, no es un ideal de justicia, sino más bien la necesidad imperiosa de satisfacer su curiosidad y su saber en todo, tal que esta pulsión deriva en aventuras muy divertidas (que lo arriman ora a un guarda forestal con hechuras de estilita, ora al vigilante de una presa, ora a un zapatero remendón, ora a un Maestro teutón, ora a la vera de un cabrero…), en las que el Endocrino se convierte por iniciativa propia, en detective, naturalista, sociólogo, astrónomo, tratando en todo caso de contrastar sus conocimientos derivados de sus ingentes lecturas con la realidad, la cual le proporciona los mimbres necesarios para constatar lo endeble de sus investigaciones e industrias, pues todo cuanto acomete le sale rana, al menos al principio.
Hablaba al comienzo de novela fantasiosa porque el autor plantea, ya mediada, un hecho increíble. Saramago, por ejemplo, en una de sus novelas hacía que la muerte dejara de actuar durante una temporada, aquí, Juan Ramón hace que la tierra deje en suspenso su movimiento de traslación (no el de rotación), tal que el tiempo y por ende la naturaleza quede en suspenso (y el lector en suspense y, válgame la expresión, también centripetado, lo propio cuando mi entusiasmo lector no ralea ni un ápice a lo largo de la sugestiva y divertidísima narración, auxiliada por el humor y su cariz mitológico (y en gran medida paródico), tan bien traído): las plantas no crecen, los animales no se aparean, los humanos se ensimisman en la reiteración de sus tareas, como si sus costumbres no fueran ya otra cosa que una especie de bucle doméstico, y la realidad se convierte en un día sin porvenir ante lo cual el Endocrino vislumbra entonces la posibilidad, como facultativo en potencia (aunque llamado a ser oracularmente El elegido) que es, de auscultar la tierra por la vía de sus jugos, o secreciones y poner solución a tamaño desaguisado, si no desfaciendo agravios, sí al menos enderezando tuertos (o poniendo de nuevo en marcha la Tierra). Está por ver si el Endocrino estará a la altura de esta Misión imposible.
Juan Ramón, en beneficio del lector y llevando hasta las últimas consecuencias su compromiso con la Literatura (en contraste con la imperante y ramplona literhartura), en El verano del endocrino, validando lo escrito en uno de sus relatos pretéritos: apura la gramática, afila el léxico, cincela su prosa y deja a un servidor tan complacido que de haber llevado a cabo esta lectura hace tres semanas, hubiera engrosado sin duda alguna mi sumun 2018.
El único pero que le pondría al libro, es una nimiedad, y tiene que ver con la portada, que creo que lejos de incitar a su lectura, opera justamente el efecto contrario.
No obstante, seguiré bailando al sol, con Necrosfera.
Baile del Sol Ediciones. 2018. 220 páginas.

viernes, 11 de enero de 2019

Reseña de CIEN CENTAVOS de César Martín y de EL VERANO DEL ENDOCRINO de Juan Ramón Santos en El Asombrario

La ‘parte positiva’ del intolerable tren a Extremadura

El tren de Badajoz con destino Madrid del pasado día 1 de enero, tras salir con 1 hora de retraso, se averió en mitad del campo cerca de Navalmoral. Foto: Extremaduraenred.
El tren de Badajoz con destino a Madrid del pasado día 1 de enero, tras salir con 1 hora de retraso, se averió en mitad del campo cerca de Navalmoral. Foto: Extremaduraenred.
A pesar del miedo real que se ha instalado entre los viajeros a quedarse tirados en medio de la noche y la nada, el autor reivindica una pronta solución y confiesa que este 2019 seguirá viajando a Extremadura en tren. “Me parece el medio de transporte más civilizado después de la bicicleta. La simbiosis con la lectura es perfecta, uno se dejar llevar por el paisaje, que se desliza cuando levantas la vista de las páginas”.
No sé cuántos libros habré leído en el trayecto de tren que va de Madrid a Plasencia. Han sido muchos años. Desde la época en la que empecé a estudiar Periodismo, a finales de los ochenta, hasta hoy.
De los libros que leí en 2018 hay dos de autores extremeños que, por distintos motivos, me gustaron especialmente, Cien centavos, de César Martín, y El verano del endocrino, de Juan Ramón Santos. Ambos están publicados por Baile del Sol, una editorial encomiable que, calladamente y con el único criterio de la calidad, lleva apostando desde hace más de 25 años por la literatura periférica, por autores españoles de hoy, tanto de narrativa como de poesía o ensayo. Sin olvidar a nuestros vecinos africanos, con los que la editorial mantiene una fértil relación, entre otras cosas porque la sede de este pequeño sello está en Canarias.
De Cien centavos, con prólogo entusiasta de José María Cumbreñome habló un día Gonzalo Hidalgo Bayal en la librería Puerta de Tannhäuser, en Plasencia. Y, como tantos lectores, le estaré eternamente agradecido por la recomendación. Hidalgo Bayal ha sido uno de los grandes valedores de César Martín y de esta obra que reúne una buena parte de sus cuentos, aunque algunos se acerquen más a la reflexión o incluso al artículo periodístico. El propio Martín, salmantino pero que vivió y trabajó como profesor de instituto en Jaraíz de la Vera hasta su prematura muerte, habla en uno de los textos, Cuaderno, del proceso de escritura de esta especie de diario. “Empecé el cuaderno algo estragado por la larga novela, bastante cansado de tratar durante tanto tiempo a los mismos personajes; me propuse cambiar de tema cada dos páginas, cambiar de género cada vez que me apeteciera y tantear registros con la libertad de quien no se ha propuesto algo importante”. Esa libertad, en todo caso, quizás encaja bien con esa idea del postcuento que abraza el escritor Eloy Tizón. Cuentos, postcuentos, reflexiones o artículos, poco importa la etiqueta, o el género, porque todos los textos incluidos en este cuaderno están atravesados por una escritura sobresaliente.
Martín me deslumbra por su capacidad de observación, por su ironía, por su callada erudición, por su vasta cultura literaria, que entrevera con anécdotas cotidianas, por su mirada compasiva hacia sus paisanos, a quienes a veces convierte en personajes, una mirada que contrasta con la que tiene en otras ocasiones hacia eso que podemos llamar “el mundillo literario” y el canon establecido. Los textos de este cuaderno, dice el autor, están escritos “sin mucho encumbramiento ni pretensiones, redactados en una prosa que es de su tiempo y que no aspira a la hermosura ni a la sorpresa, salvo excepciones, porque tampoco en esto he querido adoptar actitudes tajantes y hay días en que uno se levanta con ganas de sorpresa y hasta de hermosura”.
Y sí, estamos ante un libro hermoso, en el que Martín se lamenta de que nos robaran Francia, cuando el país vecino había sido nuestro referente cultural durante años. Un libro que puede y debe leerse como si uno comiera cerezas, texto a texto, por puro placer. Cien Centavos puede concebirse como un diario íntimo y también como una novela. En uno de los textos, que lleva ese título, escribe el autor: “Creo que la ventaja del diario sobre la novela es que la novela es, por así decirlo, una ilusión de segunda mano”.
Y ya que menciono a Hidalgo Bayal, creo que El verano del endocrino es la novela más bayaliana del escritor placentino Juan Ramón Santos. Los ecos de Paradoja del interventor o Nemo, dos de las grandes novelas de Bayal, resuenan en la última historia de Santos, quien regresa al espacio imaginario que desarrolló en sus anteriores narraciones largas, Biblia apócrifa de Aracia y El tesoro de la isla. Escrita con una prosa envolvente y en un tono casi de novela picaresca, El verano del endocrino cuenta la llegada de un extraño personaje a Labriegos. Su relación con los vecinos, que a falta de otro nombre comienzan a llamarle El Endocrino, le llevará a ejercer de detective amateur, pero la historia da un giro sorprendente cuando la Tierra, inesperadamente, se detiene un día de agosto. El Endocrino, a quien bien podríamos emparentar con el Quijote, aprovechará este acontecimiento para indagar en los límites de la naturaleza humana. El verano del endocrino, escrita con un gran pulso narrativo, es una novela muy entretenida, en la que su autor se adentra en los límites del conocimiento, de lo que somos y lo que nos espera, de lo que es verdad, de la ilusión de la que están hechos los sueños.
Estos libros, como decía, los leí en 2018, en el mismo tren que dejó varadas a casi 200 personas en un descampado el otro día, en plena noche, sin agua, ni comida, ni calefacción. Pero a pesar del miedo que se ha instalado entre los viajeros, un miedo real, este 2019 seguiré viajando en este tren. Porque después de la bicicleta, el tren me parece el medio de transporte más civilizado, y por tanto más ecológico. La simbiosis con la lectura es perfecta, uno se dejar llevar por el paisaje, que se desliza cuando levantas la vista de las páginas. Lo que ves se confunde entonces con lo que imaginas, con el mundo que sale del libro que tienes entre manos. Uno puede levantarse del asiento, pasear incluso, escuchar música o dormirse con el ronroneo de la marcha, aunque en los últimos tiempos los móviles hayan matado gran parte de este encanto.
En la década de los ochenta el primer gobierno socialista, el de González y Guerra, decidió –y fue una decisión nefasta para el futuro de España, equiparable a mantener la escuela concertada– cerrar numerosas vías regionales –entre otras la Ruta de la Plata–, las que de verdad vertebran el país, y apostar por la alta velocidad. Ahí comenzó a romperse España. La alta velocidad era una apuesta de relumbrón, movida por el mismo impulso de quienes son pobres pero se compran ropa falsificada, de marca, solo para aparentar. Era el momento previo a los fuegos artificiales del 92. España debía parecer el país más moderno del mundo, debíamos mostrar al mundo que nos habíamos quitado la caspa para siempre y que ya no nos olían los calcetines, como aseguraba Vázquez Montalbán. Luego se desvaneció todo y tuvimos que esperar a la burbuja inmobiliaria para que volviéramos a sentirnos ricos de nuevo.
Desde hace años, los sucesivos gobiernos han prometido a Extremadura un Ave, que en su origen iba a unir Madrid con Lisboa. Con la crisis, el país vecino decidió abandonar el proyecto para momentos más halagüeños, pero el Ministerio de Fomento optó por seguir adelante. En las planificaciones, las obras se aplazan un poco más. Mientras tanto, el tren que une Extremadura con la capital de España está cada vez más degradado, con algunas vías que son de finales del XIX. Son frecuentes los retrasos, las averías, el miedo (real) a que el tren te deje tirado en medio del campo, de noche o de día, en verano o en invierno.
Los extremeños, que en general somos poco reivindicativos (a pesar de la aparente controversia, en el fondo siempre hemos envidiado la capacidad de lucha que ha tenido la sociedad catalana, por ejemplo), parece que hemos salido de nuestro letargo ancestral y nos hemos manifestado en varias ocasiones por un tren digno. No necesitamos un Ave. Solo un tren que nos lleve y no nos descuelgue para siempre del futuro.
LOS QUIERO


miércoles, 2 de enero de 2019

Reseña de El verano del endocrino, de Ramón Santos en La enseñanza es el contagio de una pasión

(Tenerife, Baile del Sol, 2018)


El verano del Endocrino no es un libro único si no, debido a su carácter multisignificativo, muchos libros en uno. Globalmente, es el resultado de una elaboración literaria que expone la obsesión del ser humano, materializada en el Endocrino, por dilucidar los enigmas del mundo y del universo ante los que se encuentra solo, sin recursos intelectuales para comprender sus enigmas, lleno de intranquilidades ante el cambio de las cosas y atiborrado de dudas mientras intenta comprender sus porqués, a través de la observación, la reflexión personal y la ciencia.

Y también el libro es el reflejo de la capacidad de asombro del ser humano ante lo desconocido, que necesita constantemente colmar descubriendo las bellezas, las sorpresas y los enigmas de la naturaleza, de la cual siente que forma parte como un elemento grandioso y frágil al mismo tiempo. Así el libro es un ir constante del Endocrino (el ser humano) a la búsqueda de respuestas como típico hombre renacentista para, una vez comprendida la realidad, ordenarla y aclarar su comprensión del mundo, observando, descubriendo y mostrando una ávida curiosidad por saber qué hay más allá de la línea del horizonte.

El libro, además, es un escaparate de la diversidad de caracteres, que muestran la complejidad de abarcar la comprensión del ser humano reduciéndolo a un talante estándar. De esta manera, por sus páginas pasan numerosos prototipos como el indolente (guardabosque), el romántico entusiasmado (el Endocrino), el descabellado (el Maestro), el calculador (parecido al personaje de El buscón, que iba montado en una mula trazando figuras geométricas para calcular la estocada más certera)… y toda una sucesión de personajes extravagantes como aquellos que se encontró en su caminar Don Quijote. Cada uno, sin embargo, cumple su función en el mundo con sus voluntariosos y loables intentos de superación, sus magros aciertos y sus crasos errores pues, como decía aquel, el ser humano viene al mundo sin libro de instrucciones y todo lo tiene que aprender por él mismo tropezando al menos dos veces en la misma piedra.

Así, después de leer en el libro sobre tantos personajes raros que se mueven en mundos creados por ellos, se llega a la conclusión de que lo que ha sucedido es una inversión del hecho literario, o sea, el loco parecido al Alonso Quijano de El Quijote no es el Endocrino sino el mismo autor, Juan Ramón Santos, que ha sido víctima de su propia creatividad y deambula en el libro por las regiones etéreas de la creación entre ficciones y realidades, extremos entre los que oscila la mente humana, despistado aparentemente y despistando al lector conscientemente para producir lo que en Teoría Literaria se llama extrañeza literaria, es decir, literatura. Le presenta al lector una realidad que este no identifica con la que conoce porque, aunque ciertamente es la realidad (montes, árboles, gallinas, ovejas, cabras, riachuelos, personas…), muchos detalles no encajan, resultan extraños y eso es lo que produce el placer estético hable de lo que hable y lo haga de la manera que lo haga: “Allí decidieron pararse, holgazanas, las cabras. Y, mientras olisqueaban matojos y ensayaban entre piedra y piedra, los saltos y piruetas propios de su condición, el endocrino…”.

Aunque, en un principio, parece ser que el autor solo deseaba elaborar una novela donde reflejar la atracción sentida por su admirado Don Quijote (el Endocrino sale del pueblo a buscar respuestas, usa una bacinilla de sombrero...), pero luego sus lecturas de la Biblia, de la leyenda de los falsos profetas y la llegada del Mesías verdadero, la Mitología, El Principito, Nieblade Unamuno, Tractatus de Wittgenstein, Tres tristes tigres de Cabrera Infante, Conversación de Hidalgo Bayal… le han exigido estar también referenciadas y, de tanto novelar imaginando irrealidades, ha acabado desbordado por su propio poder creativo escribiendo literatura. Don Quijote arremete contra molinos de viento y eso resulta sorprendente al lector pero, a pesar de ser una locura sin sentido, no abandona la lectura sino que continúa leyendo con mayor avidez por la extrañeza que le provoca tan descabellada acción… Y es que así es la misma vida, llena de contradicciones, momentos dulces, devociones y locuras. Y lo que aplica el autor de El verano del endocrino es el Arte por el Arte, el placer de escribir por el simple hecho de narrar, describir, exponer y entablar diálogos sin límites ni condiciones. Nada más y nada menos. Es decir, esto es lo que hace el loco (literariamente hablando, claro) de Juan Ramón Santos. ¡Bendita su locura!

Por este motivo, conforme se avanza (lentamente, por cierto) en la lectura de El verano del Endocrino se va detectando que el autor disfruta, ríe calladamente, se enternece y llega a asombrarse de su misma capacidad redactora con la que agranda o achica al personaje, lo aúpa o lo hunde a su antojo, lo hace inmortal o lo destruye. De ahí que, a veces, llegue a ser una novela desquiciada y esperpéntica, un pasatiempo lleno de verborrea narrativa, finura expresiva y calidad lingüística con sabor a experimento literario. No obstante, el libro también es una escaparate donde el autor saca a relucir su hipótesis sobre su concepción de la existencia, a través de la cual expone la idea de que el ser humano no es uno sino todos al mismo tiempo y cada personaje representa una parcela de su personalidad o es el mismo individuo en etapas distintas de la existencia. Este desdoblamiento explica que, entre el discurrir narrativo, el autor deslice críticas a temas presentes como la comida basura, la palabrería de los políticos o el ser humano artificial que se ha olvidado de su procedencia natural.

Juan Ramón Santos
En cuanto a la riquísima expresión, El verano del Endocrino es un extraordinario alarde de lengua narradora y de redacción impecable, pulcra, segura, exquisita, elaborada y de alta calidad: “al conversar con él uno tenía la sensación de que aun pudiendo abarcar mucho más, limitaba deliberadamente el ámbito de sus opiniones, el perímetro conceptual de sus discursos, como si en cada situación adaptara la hondura de sus consideraciones a la capacidad de su interlocutor” (17). Y todo el discurso narrativo no solo se encuentra perfectamente engarzado sino también salpimentado con una fina ironía, tan general en el libro que el lector a veces se pregunta: “¿esto va en serio?”. No obstante, hay que entender que el libro es la narración pura, el gusto por contar deleitando y, además, con el firme convencimiento del autor de que debe hacerlo con soltura y con gracia (a veces, amarga). Sirvan de ejemplo los episodios estrambóticos de la visita a la presa de Cárdeno, la torre de vigilancia forestal o el campamento scout, que son productos del fluir imaginativo del autor creando historias encadenadas, inverosímiles, ficticias, literarias, con las que se está divirtiendo y, a la vez, creando en total libertad. También se encuentran en todo el libro excelentes descripciones como la del ambiente dinámico de la construcción del poblado de la presa y de su posterior declive, ejemplo de medida redacción y de agilidad narradora, y de otros episodios rocambolescos que se suceden sin solución de continuidad y dejan al lector agotado, pero ahíto de placer estético: “El Maestro sacó del bolsillo un metro, comprobó la longitud del libro, […] tomó un fino y reluciente serrucho , […] comenzó a serrar con energía y sin contemplaciones el volumen, que en menos de un minuto cayó mutilado” (144).

En resumen, Juan Ramón Santos en El verano del Endocrino reúne en sus páginas toda su experiencia lectora de El Quijote, hecho que es patente, pero también de otros libros que le han descubierto la cultura ancestral de los contadores de historias, la indagación de los presocráticos, el sentido docente de los cuentos medievales, la curiosidad renacentista, el desconcierto barroco, el orden racionalista, el idealismo romántico, la búsqueda de respuestas científicas, la transparencia realista y la búsqueda de nuevos caminos expresivos de las Vanguardias. No obstante, el Endocrino, como ser humano que ha buscado esforzadamente y no ha encontrado las respuestas que necesitaba para comprenderse y entender el mundo, termina reconociendo su fracaso: “Quise ser Prometeo, pero lo único que hice fue el gilipollas” (211).

Quizás este hecho explique el loco dinamismo de El verano del endocrino, que envuelve con papel de regalo el fracaso existencial del ser humano y lo disimula camuflándolo en un ejercicio literario que a Juan Ramón Santos, excepto la intranquilidad citada, le resulta grato y placentero, porque le ha supuesto dejar libre su imaginación y sentir el placer de no estar sujeto a nadie ni a nada, si acaso a la concepción del Arte (en este caso a la escritura) como puro juego y nada más. Y es que en El verano del endocrino Juan Ramón Santos, aun exponiendo su mayor preocupación existencial, ha disfrutado del placer de narrar por narrar.

asalgueroc
 
 
 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Reseña de El verano del endocrino, de Juan Ramón Santana en Pura Tura

La extravagante epopeya del Endocrino con mayúscula



Me gustan las novelas que dan que hablar. Esas que, por mucho espacio que te den para una reseña, siempre te suscitan para escribir más. Y estoy seguro de que El verano del endocrino (Tegueste, Tenerife, Baile del Sol, 2018), de Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), se convertirá con el tiempo en objeto de un estudio crítico enmarcable dentro de algún género académico como un artículo, un trabajo de fin de máster o una tesis doctoral. Lo digo convencido por haber puesto a ordenar mis notas sobre la lectura que hice este verano de esta novela y reparar en la importancia que di en su momento —y por qué no ahora— a un detalle paratextual que tanto me gusta que ocupe dos páginas. Son los cinco extractos, y no breves, de Josué (10, 12-13), de Schopenhauer, de Wislawa Szymborska, de Gustave Flaubert y de Nuno Júdice que reciben al lector pasada la portada de esta espléndida novela. Para este lector, no es mala propuesta para adentrarse en un libro que ha propiciado una lectura tan gustosa. Es la de Juan Ramón Santos una de las principales obras literarias publicadas en este año 2018. Lo dijo antes Enrique García Fuentes en las páginas de Hoy —el periódico que no deja ver en la red lo que dedica a la literatura todos los sábados— en una reseña del Endocrino que tituló «Homenaje», y en la que decía algo que yo creo que nos hemos planteado casi todos los que hemos leído el libro. El homenaje abierto y sin complejos a un maestro como Gonzalo Hidalgo Bayal, a cuyas novelas cualquier lector leído mirará cuando empiece a leer El verano del endocrino. Pero no cuando termine la novela; porque se sostiene sola, solo con la dependencia de toda obra que pertenezca a este gran árbol de la literatura. De su maestro, Juan Ramón Santos se ha contagiado de creatividad lingüística, de autorreferencialidad literaria, incluso de la creación de ambientes y de personajes —el extraño que llega en taxi una mañana a Labriegos y ahí empieza todo—; pero este Endocrino vuela con solvencia sin necesidad de arneses. La novela tiene veintidós divisiones numeradas y un epílogo, y creo que su retranca está en la extravagante epopeya de un personaje con mayúscula —el Endocrino— que esconde a un tapado. Ese tapado es el narrador, ese yo que está concernido en la primera frase: «Nunca supimos su nombre». Y que no se esconde desde el principio, como en el comienzo del cuarto capítulo: «Yo por entonces aún no lo conocía personalmente».  Creo que es tan poderosa la presencia —si no física, sí estilísticamente— del narrador que me parece que en el tratamiento de esa figura radica el problema sin resolver de esta novela como artificio literario. Ahí hay otra novela. Compare, si no, el lector el «Epílogo» con el tono del resto de la obra. En esta parte final, el narrador, tan oculto en un relato centrado en una figura tan enigmática como la del Endocrino, parece otro, menos distanciado y prepotente —estilísticamente hablando—; y a este lector que escribe le habría gustado otra solución. Otros lectores se quedarán con las peripecias y resoluciones de personaje tan peculiar y tan dudoso. Tan sospechoso, diría. En una novela muy bien escrita, muy sugerente, cervantina, bayaliana, recomendable, como hace —a día de hoy, al menos— la página de la Biblioteca Central de la Universidad de Extremadura en su club de lectura «Nos gusta leer». Es algo bien extraordinario haber recorrido lo escrito de un autor casi desde sus inicios y saber que, por lo escrito, todavía la excelencia de ahora será superable, según lo visto.




miércoles, 18 de julio de 2018

Reseña de El verano del Endocrino de Juan Ramón Santos en Librario íntimo

El verano del Endocrino




No se trata, desde luego, de un personaje convencional. Un buen día, sin que nadie tenga noticia previa de él, aparece en la pequeña localidad de Labriegos un hombre poco hablador, amable y amante de los libros al que, de forma casi azarosa, comienza a conocerse como El Endocrino. Al principio, todos lo miran con curiosidad pero con cierta distancia, hasta que el intruso se va ganando el favor de los lugareños: primero, interesándose por todas las labores agrícolas de la población; después, ayudándolos con su inteligencia detectivesca a resolver pequeños misterios locales (qué animal está devorando las gallinas de un vecino, dónde está el coche que desapareció hace días de forma inopinada, quién ha robado una talla de la Virgen de la ermita).

Poco a poco, el Endocrino se convierte en un tipo curioso… y con curiosidad, que canaliza (al estilo de los Bouvard y Pécuchet flaubertianos) hacia mundos tan distintos como la botánica, la sociología o la historia. En todos esos ámbitos se verá sometido a experiencias de lo más llamativas, que sorprenden al lector y lo llevan de la mano a través de una narración amena y divertida, con instantes de humor, de reflexión y de aprendizaje. Para contarnos esas peripecias, el novelista recurre a la voz de un maestro de Primaria, que conoce durante ese largo verano al Endocrino y que tiene acceso posteriormente a sus cuadernos de apuntes. Él nos va a ir desgranando la evolución de sus intereses y peripecias con gracia y minucia casi entomológicas.

El extremeño Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), quien ya nos tiene acostumbrados a obras excelentes dentro del territorio del relato corto (Cuaderno escolar, Perder el tiempo), la poesía (Aire de familia) y la novela (El tesoro de la isla), nos entrega una vez más un volumen exquisito. En este último trabajo yo destacaría de forma especial la impronta cervantina que el escritor ha tatuado en su prosa, elegantemente juguetona y de voluntad clásica, con oraciones largas y musicales. El resultado es una novela fluida, delicada, densa y de una sonoridad muy brillante. Si andan buscando para este verano un texto de tanta perfección formal como atractivo argumento yo les recomiendo esta novela publicada por Baile del Sol. Creo que puede gustarles.




miércoles, 18 de abril de 2018

Reseña de EL VERANO DEL ENDOCRINO en El Periódico de Extremadura


El verano de Juan Ramón Santos


Francisco Rodríguez Criado
18/04/2018


Me bastó leer Cortometrajes, la ópera prima de Juan Ramón Santos, para comprender que estaba ante un escritor dispuesto a sortear las propuestas literarias manidas. Ha llovido desde entonces, y en todos estos años, en todos estos libros, el placentino ha ido redoblando, sin prisas pero sin pausas, ese empeño en desarrollar una carrera literaria muy personal, atípica incluso, alejada de las modas.

Su último vástago, El verano del Endocrino, finalista de la última edición del Premio Nadal y publicada recientemente en El Baile del Sol, orbita alrededor de un personaje estelar, una suerte de don Quijote huérfano de Sancho Panza que se echa por los caminos del conocimiento con la intención de hacer de su vida un laboratorio de ensayo y error. Situémonos: un forastero llega a Labriegos cargado de libros –algo sospechoso…– y al poco tiempo acaba convirtiéndose en su habitante más popular en parte por el motivo –paradójico– de que nadie sabe nada de él. Tampoco el lector, que ha de ir conformando la estampa inasible, suministrada en pequeñas dosis, de un tipo que unas veces nos parece un sabio y otras un desnortado, unas veces un dechado de cordura y otras un loco, pero siempre a la búsqueda de respuestas redentoras.

Juan Ramón encarrila su narración con frases y párrafos largos –tan denostados hoy día– y sin apenas diálogos directos, todo ello con un lenguaje muy elaborado que no cae nunca en la exageración ni en el adjetivo fácil. Destaca también el intercambio de narradores: el omnisciente y en ocasiones el narrador-testigo –o quizá una mezcla de ambos–, muy cautos a la hora de no enseñar más cartas de las debidas.

Diez libros después de su primera incursión editorial, Juan Ramón Santos prosigue su idilio de verano con la literatura, recorriendo, como el propio Endocrino, rutas inéditas, aisladas del mundanal ruido, para regocijo de sus felices lectores.




domingo, 1 de abril de 2018

Reseña de EL VERANO DEL ENDOCRINO, de Juan Ramón Santos en el blog de Gonzalo Hidalgo Bayal

Juan Ramón Santos, 'El verano del endocrino'


I. INTRO. Al ver la solapa de esta nueva novela* de Juan Ramón Santos he recordado una conversación que tuve no hace muchos días en la que, no sé a cuento de qué, surgió su nombre. «Tengo entendido que ha escrito un par de libros», dijo mi interlocutor. Y ese «tengo entendido» no solo era indicio evidente de que no los había leído sino de que tampoco tenía intención alguna de leerlos, del mismo modo que la referencia al «par de libros» acreditaba que estaba muy poco al tanto de la bibliografía de JRS (en adelante, Juanra), cosas ambas que no hace falta subrayar para saber que somos pocos, muy pocos, los que nos movemos en estos estrechos márgenes de la escritura y la lectura, de la literatura en general. Algo, por otra parte, que tampoco hay por qué lamentar: cada uno es responsable de sus acciones y sus gustos, de su formación y de su ignorancia, de sus fatigas y de sus diversiones. Quise, no obstante, ilustrar a mi interlocutor sobre la bibliografía de JRS y a punto estuve de hacer pormenorizado recuento de toda su obra publicada y de mencionar uno por uno los títulos de sus libros, de los cinco libros de relatos, de los dos libros de poesía y, añadiendo la que hoy celebramos, de sus tres novelas: diez, en total. Pero al final, intuyendo que tales informaciones no iban a hacer mayor mella en mi interlocutor, porque la literatura no mueve montañas, sobre todo las montañas que no quieren ser movidas, me contuve y preferí dejarlo en su «tengo entendido» y en su «par de libros». Tampoco ahora hace falta que haga balance alguno de la obra de JRS. Estoy convencido de que todos los presentes conocen suficientemente su ya larga y asentada trayectoria (su primer libro, Cortometrajes, apareció en 2004, hace ya catorce años) y de que JRS, como suele decirse en muchos casos, no necesita presentación. Si, pese a todo, queda todavía algún despistado, o algún rezagado que se haya incorporado tarde a estas aficiones, hay un remedio instantáneo: hacerse inmediatamente con un ejemplar de El verano del endocrino, que es de lo que vamos a hablar, y aprenderse la solapa.

II. PRE. Creo que la gente que no escribe o tal vez solo la gente que no lee o que lee poco tiene algunas ideas erróneas sobre cómo escriben quienes escriben y cómo desarrollan sus historias. No es infrecuente que, en el curso de alguna conversación, alguien que desgrana sin misericordia el rosario de sus penas, te diga que si te contara todos los lances de su vida tendrías para escribir varias novelas y tampoco es infrecuente que, ante cualquier urgencia (digamos) textual, alguien también de diga que eso para ti es pan comido, que te pones y en media hora has escrito cuatro o cinco folios. Sobra decir que ambas cosas son disparatadas. Por lo que a El verano del endocrino se refiere puedo decir que su escritura ha sido laboriosa, dilatada en el tiempo y, como debe ser, cambiante y progresiva. Hasta donde yo sé, puede decirse que es una de esas novelas en las que lo primero que acudió a la mente del autor fue el título, esto es, que hace ya algunos años, producto de una casualidad, el sintagma «el verano del endocrino» se dibujó en la mente de JRS como un posible título de novela (esto lo sé porque el propio JRS lo contó en una de las sesiones de autor de la UP hará ya seis o siete años). Hay escritores que nunca empiezan a escribir una novela si no tienen previamente el título; hay otros a los que solo se les ocurre el título mientras escriben o incluso que lo buscan afanosamente cuando la novela ya está escrita; y hay otros, en fin, que van alternando el mecanismo. En este caso, JRS partió del título y, por lo que yo sé (y en esto tengo información privilegiada), ideó varios sistemas de organización. Hubo, por ejemplo, una primera versión que reproducía el viejo problema matemático del inventor del ajedrez, cuando burló no sé si la ignorancia o la altivez del emperador pidiendo solo un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera y así sucesivamente, duplicando en cada casilla el número de granos de trigo de la anterior. No exactamente así, pero de algún modo equivalente organizó JRS la novela en una sucesión de capítulos cuyo número de palabras aumentaba según algún tipo de progresión aritmética que ahora mismo no recuerdo. Esto, naturalmente, son procedimientos de autor o técnicas de la composición que, en este caso, por otra parte, pese a ser pertinentes, dadas las peculiaridades y las aficiones del protagonista, fueron desestimados. Lo cuento por que se vea por qué rumbos pueden irse abriendo paso las formas de la escritura. En cuanto al modo como a partir de ese sintagma casual, «el verano del endocrino», se fue abriendo paso necesariamente la sustancia narrativa, el «qué» de la historia, tengo que admitir que lo desconozco. Supongo que nos lo contará JRS enseguida. Dicho esto, pasemos a la novela.

III. REC. Mi interlocutor de hace unos días no lo sabe, pero los lectores habituales de JRS están al tanto de que en sus narraciones hay un territorio de ficción, que ha creado lo que me gusta llamar una geografía de autor en la que se desarrolla la acción de Biblia apócrifa de Aracia y de El tesoro de la isla y que vuelve a servir como escenario en El verano del endocrino. Conocemos, pues, los nombres de los lugares: Labriegos, Pomares o Aldeacárdena. Conocemos la historia del pantano del Cárdeno. E incluso reconocemos a los personajes que proceden de las novelas anteriores y que tienen aquí mayor o menor presencia. Por ejemplo, un personaje significativo pero relativamente secundario de El tesoro de la isla, Constante, el maestro de Labriegos (que junto con su sobrina Beatriz encauzó las lecturas y no solo las lecturas del protagonista de El tesoro de la isla, el adolescente Santi Alcón, durante el verano que pasó en Labriegos), es ahora el narrador de El verano del endocrino (como puede apreciarse, los veranos de Labriegos proporcionan abundante materia narrativa). El zapatero Trancón, que ya hacía profecías en versos endecasílabos y heptasílabos en Biblia apócrifa de Aracia, sigue siendo aquí profeta y remendón, haciendo botas prodigiosas e indicando la ruta que debe seguir el Endocrino y las prendas que le acompañarán en su empresa con un hermetismo aprendido en los textos de Parménides. Cierto Mateo que protagonizaba en Biblia apócrifa de Aracia el capítulo titulado «La pasión según Mateo» da pie aquí a uno de los primeros «casos» que con su agudeza y perspicacia resuelve el Endocrino. Todo esto, naturalmente, no es secundario, pero tampoco es requisito previo para la lectura. Esto es, que mi interlocutor del «tengo entendido» podría leer esta novela al margen de estos detalles sin perderse por ello en los entresijos de la historia. De hecho, si traigo aquí todo esto es un poco por presunción y otro poco por erudición: para que quede constancia de que JRS recupera personajes y escenarios de sus novelas anteriores y de que al hacerlo ensancha por una parte y da cohesión por otra a lo que, a estas alturas, ya podemos ir llamando «mundo narrativo juanramoniano».

IV. QUÉ. El caso es que a Labriegos llega un forastero sin nombre y sin pasado y más adelante podemos saber que también sin mucho futuro y que por unos u otros azares empieza a ser conocido como el endocrino y que con el nombre de Endocrino, que él mismo acepta de buen grado, se queda para el resto de la historia, una historia que enseguida arranca en sucesión rápida de episodios. Seguro que todos hemos visto algunas películas, policiacas, por ejemplo, en las que el detective soluciona de manera rápida un par de casos menores y sencillos antes de enfrentarse al caso que da pie a la trama central, la difícil, en la que debe mostrar su verdadera capacidad de investigación. Pues bien, algo así ocurre con el Endocrino: que, tras la llegada y la adquisición del nombre y la primera adecuación a la vida de Labriegos, enseguida empieza a solucionar con perspicacia deductiva algunos casos menores y digo «casos» con toda intención, porque, a la manera de las novelas policiacas clásicas, así podrían denominarse algunos de los primeros capítulos —«El caso de las gallinas asesinadas», «El caso del joven desaparecido», «El misterioso caso de la Virgen de las Jaras», etcétera—, casos todos ellos que, sin embargo, en la medida en que responden a habilidades ya adquiridas, no sacian la sed de conocimientos que padece el Endocrino. De ahí que se embarque enseguida en sucesivos episodios de aprendizaje, de adquisición de nuevos conocimientos, y en diferentes ensayos para su aplicación. Como no debo anticipar nada, me limitaré a citar de la contracubierta: «ambiciosos proyectos en los campos de la botánica, la sociología, la psicología o la historia», dice, donde, en esta preparación para el conocimiento superior, solo falta alguna alusión al «sistema filipino del nacimiento ovíparo». Porque hasta este momento el Endocrino no ha llegado todavía al destino central de la trama que los dioses estivales le han asignado y que en realidad podríamos decir que corresponde ya a la cosmología, a las leyes que rigen los movimientos del cosmos y a los desvaríos de esas mismas leyes en un verano determinado, «el verano del endocrino». Y sobre esto no voy a decir más.

V. MÁS. En más de una ocasión he defendido que, como lector, en las tramas narrativas me interesa más la acción que el tema, más la trama que el propósito intelectual o moral que pueda haber al final del trayecto, más la historia que se cuenta que la conclusión inmaterial o el sentido a que conduce, no porque crea que solo lo primero es lo importante y lo segundo innecesario, sino porque estoy seguro de que sin la conveniente articulación de lo primero —la acción, la trama, la historia— nunca llegaremos con bien a lo segundo —el tema, el propósito, el sentido—, que es a donde realmente hay que llegar, al centro, al fundamento, al trasfondo que hace que la literatura sea un bien necesario y perdurable. En caso contrario, si no hay sitio a donde llegar estaremos ante un texto vacío, una novela de entretenimiento, un pasatiempo que no creo que pueda acoger en modo alguno como atributo el adjetivo «literario». Y en El verano del endocrino hay a donde llegar. La trama adopta la estructura episódica de la novela picaresca o, mejor aún, la estructura aventurera de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, porque nada tiene de pícaro el Endocrino y mucho tiene, en cambio, de Quijote, un quijote del conocimiento primero y, si no de los «agravios» de los caminos, sí de los «tuertos» que las leyes del cosmos provocan en el universo mundo después, «tuertos» que el Endocrino se siente llamado a «enderezar». Y, así, como le ocurre a don Quijote en sus salidas, así el endocrino va encontrando en su aventura a los diferentes y pintorescos personajes que le llevan desde el aprendizaje botánico inicial hasta las cumbres en que la conjunción de los planetas se atraganta. Solo en la medida en que aparecen vagabundos, peregrinos, vigilantes, boy scouts, cabreros, «tecamolos», hortelanos o faunos, puede decirse que avanza la peripecia del Endocrino, la peregrinación con la que el mundo volverá a ponerse en marcha, libre de las perversiones cósmicas que lo han degradado. Incluso cabe decir que el Endocrino, protagonista indiscutible del relato, es también el imán que atrae a los pintorescos individuos con que se va encontrando en los diferentes episodios y el hilo conductor de los lances que estos personajes aportan a la historia. Se trata, pues, de un trama episódica creciente, que avanza de menos a más, de encuentros menores a grandes empeños (por eso era pertinente aquella organización inicial de capítulos con número de palabras creciente, en progresión aritmética, adecuado a la importancia y la extensión del contenido). Pero, naturalmente, la trama, por más aventurera y sorprendente que pueda ser, no se queda en mera trama. Quizás al Endocrino no le corresponda exactamente la categoría de «loco», aunque algo tiene de la «locura» ambigua de don Quijote, pero le corresponden, sin duda, la excentricidad, la originalidad y la extravagancia que hacen de él un personaje quijotesco, como excéntricos, extravagantes y quién sabe hasta qué punto reales son los sucesos que cuenta o anota en sus cuadernos. Sin embargo, por muy singulares que puedan ser los lances que le acaecen al personaje, por muy recurrente que sea el sentido del humor que recorre la novela y por muy entretenida que sea, El verano del endocrino no es una novela de entretenimiento. Su intención va más allá y su sentido es más profundo. Y cuenta, en mi opinión, con un aliciente fundamental: que la aventura no está sometida ni subordinada a la alegoría ni la visión del mundo que de la aventura se desprende condiciona la historia. Cabe decir, por tanto, que JRS ha escrito una novela en la que predomina el necesario equilibrio literario entre la acción, la trama o la historia, por una parte, y el tema, el propósito o el sentido, por otra. Y la ha escrito, además, con su estilo característico: una prosa compleja y flexible, largos periodos que fluyen sin tropiezos, ritmo envolvente y una invención léxica afortunada, lo que a menudo invita a la demora y a la relectura, no por dificultad, sino por deleite, para recrearse. Todo lo cual hace de El verano del endocrino una novela amena y muy, muy recomendable.

VI. FIN. Termino. Acaba de celebrarse el cuarto (y parece que último) encuentro Centrifugados. Aquí detrás, en unas enormes letras de cartón, podía leerse la palabra: CENTRIFUGADOS. No sé si JRS es aficionado a pasatiempos de anagramas (en su libro anterior, Perder el tiempo, hay un relato titulado «Crucigrama blanco» que podría apoyar esta conjetura), pero lo cierto es que en algún descanso entre sesiones fue el propio JRS quien advirtió que, a falta de una vocal y con la inversión de otra, CENTRIFUGADOS podía transformarse en ENDOCRINO. Después, el domingo, en esta misma tarima, se entregó hace cuatro días el II premio Centrifugados. Tengo entendido (yo también me apunto a veces al «tengo entendido») que, pese a la desaparición de Centrifugados, al menos tal y como lo conocemos hasta ahora, el premio seguirá concediéndose cada año. Si esto es efectivamente así, espero y deseo que esta conversión de CENTRIFUGADOS en ENDOCRINO sea un verdadero presagio, una suerte de oráculo equivalente a las profecías en heptasílabos y endecasílabos del zapatero Trancón, y que sea JRS quien dentro de un año, en el escenario que corresponda, recoja el III Premio Centrifugados. Así iríamos cerrando el círculo y sentiríamos que la tierra se pone de nuevo en movimiento.

* Juan Ramón Santos, El verano del endocrino, Baile del Sol, 2018
Plasencia, 1 de marzo de 2018

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