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jueves, 19 de diciembre de 2019

Reseña de LA MALA ENTRAÑA, de Elena Alonso Frayle en Un espacio para la emoción

martes, 10 de diciembre de 2019









LA MALA ENTRAÑA, Elena Alonso Frayle


Conocía el nombre de Elena Alonso Frayle por ser la ganadora de diversos certámenes de cuentos. El hecho de que este año su libro La mala entraña haya recibido el Premio Setenil, que se concede al mejor libro de cuentos editado en España, me ha llevado a adquirirlo. Lo he leído de un tirón y puedo decir que he disfrutado mucho. Sin duda, el aspecto que más me interesa es la capacidad para narrar las historias con una agilidad casi inusitada y una incuestionable facilidad para indagar en la materia psicológica y conductual de los personajes. Acabado el libro, tiene uno la sensación de que Elena Alonso es una escritora que aborda cuestiones cotidianas –turbias pasiones y extraños pensamientos– y las narra impecablemente. Diría que sabe capturar al lector con las primeras líneas y llevarlo hasta las últimas. Esta era –y recuerdo de memoria– una de las más eficaces cualidades que debía poseer un cuentista, según el maestro Horacio Quiroga. Y Elena Alonso sabe hacerlo.
         Bastaría con leer el cuento “La buena hija”,  ganador del LXVI Concurso Literario de “La Felguera” –certamen de incuestionado prestigio–, para comprobar por qué vale la pena leer estos relatos. No sin cierto temor, me atrevo a decir que este cuento es un relato excepcional, un cuento que plantea el sinsentido del terrorismo etarra y cuestiona el valor de los afectos en un mundo destruido por los odios. Es el cuento perfecto para expresar las secuelas de la violencia etarra, así como Patria de Aramburu es la obra que desvela esa anomalía histórica que muchos han padecido.
         Con una mayor ambición constructiva, en “La mujer promiscua”, la autora recrea dos mundos: por un lado, el declive creativo de un escritor que acude a Zagreb para dar una charla en el Instituto Cervantes; y, por otro, el impacto que su intérprete (Silvija) le produce: una mujer que aúna entereza y sensualidad, belleza y misterio, y que poco a poco le va descubriendo el origen de un secreto que oculta, un material narrativo que descubre las violaciones de todo tipo cometidas durante la guerra de los Balcanes, porque se trata de un dolor que necesita ser narrado.
         En “Misericordia” se combinan varios elementos temáticos: la exuberancia corporal de una bella mujer que amamanta a su hijo; sus fantasías sexuales en las que tienen cabida una extraña compasión hacia un discapacitado, que llega incluso a excitarla y a sentir que la culminación de ese deseo sería algo así como un ejemplo de misericordia y generosidad; y la tensión y el miedo que ella siente también ante la imprevisible obsesión de Jonás (el joven discapacitado), quien la desea. Estos aspectos, perfectamente encajados, van tensionando el argumento de un relato que se cierra con un final abierto.
         En “La calle de Mary Quant”, quizá uno de mis preferidos, asistimos a la frustración que siente una mujer al descubrir que un antiguo amante no la reconoce, o tal vez sea todo una confusión o un error de Mabel, una mujer casada y con dos hijas que aprovecha un fin de semana sola para invitar a su antiguo amante, un relevante filósofo. Ella asiste a escuchar la conferencia que Horacio va a impartir y decide invitarle a su casa a tomar un vino francés especialmente comprado para la ocasión. Pero Horacio no la reconoce ni recuerda nada, mientras al otro lado de la puerta se escucha la parada del ascensor que anuncia que Juan, el marido de Mabel, ha regresado de manera inesperada. Un final sugerente en un cuento en el que las palabras de Mabel pueden ser certeras: “A lo mejor todos vivimos equivocados con nuestros recuerdos y con la trama de añoranzas con la que fraguamos nuestros anhelos” (p. 167).
         El cuento que da título al libro, “La mala entraña”, es un ejercicio narrativo sobresaliente, pero basado en un argumento ciertamente vacuo: la conciencia del mal acaba apareciendo en unos personajes que se cuestionan el dolor que provocan sus reiteradas bromas y maldades.
         Con un estilo limpio y cuidado, ajeno a ciertas florituras estilísticas, desenreda los argumentos de sus relatos con una gran maestría. En el cuento que cierra el volumen, “El ojo de Dios”, se crea una atmósfera inquietante que sugiere un final trágico, si bien el elemento mágico de un “ojo” en el techo del baño introduce cierta polisemia en un final otra vez abierto. Además, desliza también algunos aciertos expresivos: “Enseguida se formaba una cordillera de espuma algodonosa sobre el lecho del agua, y a Irene le gustaba sumergirse hasta que le brotaban arrugas en las yemas de los dedos” (190).   
         Para quienes quieran saber más de esta escritora tan premiada, les recomiendo que consulten su cuidada página web: http://www.elenaalonsofrayle.com/


viernes, 9 de agosto de 2019

reseña de LA MALA ENTRAÑA en Librario íntimo

La mala entraña




Otra sorpresa agradable para empezar el mes de agosto: los magníficos relatos que forman La mala entraña, de Elena Alonso Frayle, publicados por la editorial isleña Baile del Sol, donde se analizan con escrupulosa exactitud y con encomiable belleza literaria multitud de emociones del ser humano.
Aquí nos encontramos con chicos aburridos y malévolos, que no dejan de planear y ejecutar gamberradas (telefónicas y personales), hasta que su líder pergeña una que incluso a ellos les provoca un escalofrío (“La mala entraña”); o descubrimos la inquietante electricidad sexual que se genera entre una madre lactante y su joven vecino discapacitado (“Misericordia”); o contemplamos qué siente y cómo se comporta la hija de un etarra cuando su progenitor se encuentra en los últimos días de una enfermedad terminal (“La buena hija”); o nos desasosiega el corazón el modo en que una mujer madura aprovecha el fin de semana en que sus hijos y su marido se encuentran fuera para recuperar la relación con un viejo amante parisino de su juventud (“La calle de Mary Quant”); o nos subimos en avión con una madre amargada, triste e iracunda, que viaja a Nueva York para acompañar a su hija antes de que sea tarde (“Amados hijos muertos”); o nos enfurecemos con la crueldad sádica de una sirvienta, que atormenta a una niña rica con imágenes perturbadoras (“El ojo de Dios”).
El volumen, elegante y airoso, no decae en ningún momento, y demuestra que la autora (varias veces finalista del premio Setenil, además de ganadora de premios como el Alandar o el Ala Delta) es un valor firme de la narrativa actual, con un impresionante futuro. Conviene estar pendiente de sus libros: nunca defraudan.


LO QUIERO

miércoles, 8 de mayo de 2019

Bailando con Elena Alonso Frayle: "El buen cuento exige ciertas dosis de ocultamiento para que funcione"


Baile del Sol.- ¿Qué tipo de relatos se van a encontrar las personas que lean La mala entraña?

Elena Alonso Frayle.- Mis cuentos están siempre atravesados por la idea de descubrimiento, que es casi lo que más me interesa en la literatura. En todos los cuentos que componen La mala entraña hay personajes que, mediante diferentes peripecias —con frecuencia, meros episodios triviales—, realizan un descubrimiento sobre determinados aspectos de sí mismos. Y la idea es que, con ellos, el lector quede enfrentado de alguna manera a un resumen de la condición humana. En ese sentido, y respondiendo a la pregunta sobre la tipología de los relatos, creo que podríamos decir que se trata de relatos psicológicos. Relatos, además, en los que lo más importante no queda explícitamente revelado, sino solo sutilmente indicado, para que sea el lector quien complete la historia.

BdS.- ¿Decidiste explorar el tema de la maldad a través de los cuentos o te diste cuenta posteriormente de lo que tenían en común ?

EAF.- Los cuentos con los que formo mis volúmenes de relatos los voy escribiendo poco a poco, a menudo en las pausas que median entre otros proyectos narrativos de mayor aliento. Por ello, a diferencia de lo que ocurre cuando uno se plantea el esquema de una novela, no precedió a su escritura una toma de conciencia sobre cuál iba a ser el tema central de los mismos, ni siquiera tenía claro que un día conformarían una unidad. Simplemente, fueron saliendo como piezas aisladas, y solo cuando ya tuve unos cuantos terminados, me di cuenta de que, una y otra vez, el tema subyacente a todos ellos, aunque fuera tenuemente, era el de la maldad. En todos ellos se revela esa cuota de perversión que anida en la naturaleza humana, incluso en las situaciones cotidianas. Cuando vi tan claro el nexo entre los cuentos es cuando surgió la idea de formar con ellos un libro.

BdS.- Si tuvieses que elegir uno de ellos, con cuál te quedarías y por qué.

EAF.- Creo que elegiría «Misericordia», con el que gané el Premio «Gabriel Aresti», del Ayuntamiento de Bilbao. Tengo con él la rara sensación de haber logrado plasmar lo que me rondaba cuando lo escribí, alejándome tanto de estereotipos como de la corrección política que muy a menudo asoma cuando la literatura aborda el tema que trata este relato. Precisamente fue este rasgo el que valoró expresamente en su acta el jurado del «Gabriel Aresti», que estaba formado por Iván Repila, Jon Bilbao y Aixa de la Cruz, tres autores que admiro mucho y a los que sigo con gran interés, por lo que fue muy especial la satisfacción de que apostaran por mi cuento y lo destacaran como ganador entre varios cientos de candidatos.

"Mis cuentos están siempre atravesados por la idea de descubrimiento, que es casi lo que más me interesa en la literatura."


BdS.- En todos los cuentos de este volumen hay personajes o situaciones inquietantes, ¿qué importancia le das a las atmósferas en la construcción de tus relatos?

EAF.- Pienso que un buen cuento debe conseguir crear un clima que atrape a quien lee, que lo aísle de todo lo que le rodea y le obligue a seguir leyendo. Se trata de conseguir ese secuestro momentáneo del lector, lo que Coleridge llamaba «la suspensión de la incredulidad», es decir, la creación de una atmósfera que obligue al lector a dejar de lado su percepción de la realidad y a adentrarse en la ficción propuesta por el autor. Para ello es fundamental crear un universo cerrado en el cuento —una atmósfera— del que al lector le cueste escapar. Cada autor se vale de sus propios recursos para lograrlo, muchas veces en función de su propia concepción de lo que debe ser la literatura.  





BdS- ¿Consideras que hay un tipo de historias que se cuentan mejor en los relatos breves que en otro tipo de narrativa?

EAF.- En mi caso, escribo un cuento cuando lo que más me interesa en la historia es lo que comprendo desde el principio que no debe estar en el texto, o lo arruinaría: la elipsis. Es a lo que me refería en la respuesta a la primera pregunta: el cuento, el buen cuento, exige ciertas dosis de ocultamiento para que funcione. En otras ocasiones, en cambio, lo que busco es mostrar un proceso o una convergencia de situaciones y personajes; lo que me interesa es mostrar distintas facetas de la realidad y cómo la manera en que esa facetas se interrelacionan les dota de trascendencia. La narración, en esos casos, necesariamente se alarga y es entonces cuando hablaríamos de novela, pero creo que las fronteras entre ambos géneros muy a menudo se solapan. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con la «nouvelle», con la novela corta? ¿Cuándo optamos por ella? ¿Cuándo una novela deja de ser «corta» para ser novela propiamente dicha? Creo que no debemos dejarnos influir demasiado por los formatos ni las etiquetas. Uno tiene una historia que contar, algo que le interesa en esa historia —bien sea la elipsis o el proceso— y empieza a narrar. Ya veremos lo que sale al final; con frecuencia algo distinto de lo que uno había planeado en principio.

BdS.- ¿Cómo empezó tu interés por la escritura y concretamente por los cuentos?

EAF.- Yo creo que el afán de la escritura me ha acompañado siempre, desde que, a los ocho o nueve años, escribía historias folletinescas sobre niñas huérfanas, que luego vendía a mis padres. Más adelante, la profesión de escritor me parecía la más noble y admirable de cuantas existen, pero, jurista de formación, siempre consideré que yo había encaminado mis pasos por otro camino, que el convertirme en escritora era algo así como un sueño irrealizable, un tren que había dejado pasar. Quiso el destino que en un momento de mi vida me trasladara a vivir a Buenos Aires, una ciudad de la que se dice que tiene más escritores que lectores; una ciudad, además, epicentro de la tradición rioplatense del cuento, un género que, en cualquier caso, está allí mucho más valorado que en España. Durante los años que viví en Argentina asistí al taller literario de Liliana Heker, empecé a escribir cuentos; allí aprendí no solo la técnica, sino también la importancia de la corrección exhaustiva de los propios textos y, sobre todo, la enseñanza más valiosa: la humildad necesaria para enfrentarse al oficio de escribir, pues uno, en esos talleres, expone su obra al juicio de los compañeros y debe encarar las críticas más despiadadas… Aprendes así a ejercer una crítica feroz con tu propia obra desde el principio. Y ese aprendizaje creo que es el que más me ha ayudado a la larga.

BdS.-¿Qué otros autores o autoras de relato nos recomendarías?

EAF.- Muy a menudo, cuando me hacen esa pregunta, menciono a un puñado de autores que creo que todos los cuentistas leemos con fruición, y a los que volvemos una y otra vez, al menos yo lo hago: Salinger, Nabokov, Alice Munro, Borges, Cortázar, Sara Mesa, Eloy Tizón, etc. Sin embargo, el año pasado recibí el encargo por parte de una editorial de Mongolia de preparar una antología de narrativa corta española. Para realizar la selección de los textos, he pasado el último año leyendo, literalmente, miles de páginas de narrativa corta española a partir del despegue del género en España, en el siglo XIX. Y me he reencontrado con autores y cuentos a los que no había leído en años o décadas; debo decir que el reencuentro ha sido grato y aleccionador. Volver por ejemplo a Clarín o a Pío Baroja, y releer los que en su día fueron lecturas obligatorias en el colegio como «¡Adiós, Cordera!» o «La sima» con el bagaje que hoy me acompaña ha constituido una experiencia reveladora. Lo mismo que releer a la gran Rosa Chacel injustamentente relegada o a Francisco Ayala, cuyo deslumbrante cuento «El Hechizado» creo que fue calificado por Borges como el mejor cuento jamás escrito. O a Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile… Todos ellos autores que integran la antología que he preparado para el público mongol y que recomendaría igualmente que fueran releídos —acaso recuperados— en España.

BdS.- ¿En qué proyecto literario trabajas en la actualidad?

EAF.- En un libro sobre Mongolia, cómo no. Llevo más de un año trabajando en él, razón por la que últimamente he estado más alejada de la escritura de cuentos. De todas formas, lo que empezó como una novela, poco a poco ha ido deslizándose hacia un híbrido en el que se entremezclan la literatura de viajes, los relatos puntuales, la crónica y la novela propiamente dicha, lo cual ilustra aquello a lo que me refería antes cuando hablaba del solapamiento de géneros y la inutilidad de las etiquetas.

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miércoles, 23 de marzo de 2016

Bailando con Elena Alonso Frayle: "Lo más difícil para el cuentista es encontrar el camino que convierta la anécdota llamativa en material narrativo".



Baile del Sol.- Cambios de última hora es un libro que recoge diez de tus relatos, ¿que nexo dirías que los une?

Elena Alonso Frayle.- Todos ellos comparten el hecho de haber sido galardonados en algún certamen literario; ese sería el vínculo aparente. Sin embargo, creo que hay algo más, y es que en todos los cuentos que componen el volumen está presente lo que llamaría mi «universo narrativo», es decir, los temas o las ideas que más me interesan en literatura sobre todo cuando escribo cuento, y que pueden resumirse en el descubrimiento; el descubrimiento que realizan los protagonistas de las historias, que casi siempre tiene que ver con la perplejidad, con el desvalimiento que impone la fugacidad.

BdS.- Hay una atmósfera de inquietud en la mayoría de las historias que mantiene alerta al lector, ¿buscas así su complicidad?

EAF.- Diría que los autores siempre buscamos la complicidad del lector, complicidad en el sentido de que este entienda las claves que manejamos, los códigos que el autor despliega en una historia, para lograr transmitirla, compartirla con él. Esta complicidad la establece cada uno de diferentes maneras y de acuerdo con los parámetros de lo que cada cual entiende o espera de la literatura. La creación de una atmósfera de inquietud puede ser una manera de lograrlo, puesto que atrapa al lector, despierta su interés y lo predispone para recibir esa historia que deseo transmitir. Además, la propia atmósfera de inquietud con frecuencia constituye en sí misma una clave para desentrañar el sentido de la historia.

BdS.- La personalidad de tus personajes también es muy interesante, ¿de dónde surgen?

EAF.- Yo creo que, a la hora de crear personajes, la mayoría de los autores nos inspiramos con frecuencia en personas reales, que conocemos o de las que hemos oído hablar. De ellas tomamos prestados ciertos rasgos, a veces físicos, a veces de carácter; se trata de pinceladas, que muchas veces incluso proceden de personas diferentes, y con ellas creamos una especie de Frankenstein formado de retazos. Al menos ese es el punto de partida. Después el personaje crece y se desarrolla en función de lo que encarna en el relato, de la faceta de la condición humana que, a través de él, nos interese explorar en cada caso.

BdS.- Además de los personajes, los objetos y el entorno cobran protagonismo en las historias. Háblanos de tu forma de construir con ellos el relato.

      EAF.- Igual que ocurre con los personajes, mis historias siempre, o casi siempre, surgen de un chispazo de realidad. Un recuerdo, una anécdota, una situación anómala o perturbadora que presencio o que me refieren. Algo que se me queda rondando y que no me suelta, a veces durante años, hasta que comprendo que debo escribir sobre ello. Ahora bien, el hecho aislado, el detalle conmovedor, la situación insólita por sí solos no son nada. Lo más difícil para el cuentista, creo, es encontrar el camino justo que convierta la anécdota llamativa en material narrativo; el camino que lo lleve de lo particular a lo universal, que transforme lo que en principio es insignificante en algo significativo para el lector. En definitiva, en lograr que incluso un trivial episodio doméstico —muchos de mis cuentos se ocupan de ellos: la visita de un vendedor de productos congelados a domicilio, el encargo de una vecina de regar las plantas del balcón, el pedido de un producto adelgazante contrarreembolso— aparezca revestido de la facultad de encarnar determinados aspectos de los destinos humanos.
Y para lograrlo el autor despliega todas las herramientas que le procura el oficio; es ahí cuando entran en juego la tan comentada intensidad, la tan comentada tensión que debe tener un buen cuento. Es fundamental el tratamiento expresivo del tema que abordamos, la utilización de los recursos estilísticos apropiados. Se trata, como decía antes, de secuestrar al lector, de crear un clima que lo incite a creerse lo que está leyendo, y para ello resulta esencial crear una verosimilitud que a mí me gusta procurar mediante la «escritura con relieve»: dotando a los objetos de cualidades físicas que resuenen en la mente del lector, que lo lleven casi a visualizarlo, a olerlo, a sentir su tacto. Con ello estoy trayendo al lector a mi terreno, lo estoy haciendo pasar al otro lado, al de la ficción, estoy haciendo que se instale en el cuento.




BdS.-¿Crees que lo extraordinario se desarrolla en los espacios más ordinarios?

EAF.- Rimbaud hablaba de «la visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato». Ello enlaza con lo que decía antes: a los autores con frecuencia nos asalta el chispazo creador a partir de objetos y situaciones cotidianas en los que, de pronto, percibimos su facultad de encarnar los atributos de lo trascendente. Hay que estar atento, pues la mayor parte de nuestras vidas discurre rodeados de eso que llamas «espacios ordinarios», con lo que, si de verdad queremos escribir sobre lo extraordinario —es decir, lo trascendente— no nos queda más remedio que abrir bien los ojos para detectarlo. En eso, además de sentarse ante el ordenador para teclear una historia, consiste el oficio de escritor. En la curiosidad. En mantener viva la perplejidad ante lo que nos rodea, por muy vulgar u ordinario que parezca a primera vista.

BdS.-Todos los relatos de este libro han sido premiados en algún concurso, ¿de qué forma te han animado los galardones literarios que has obtenido?

EAF.- Yo empecé a escribir durante los años en que viví en Buenos Aires. Allí acudía a un taller donde cada uno leía sus obras y escuchaba las críticas de los demás. Así es como me fue formando en el oficio de escribir, y, sobre todo, así es como contaba con un público al que leer mis obras primerizas. Después me trasladé a Berlín y aquello me faltó. Escribía, pero no tenía a nadie que leyera lo que iba haciendo. Y uno siempre escribe para ser leído. Entonces se me ocurrió empezar a enviar mis textos a concursos literarios: para que me leyeran los jurados. Me bastaba con eso, saber que alguien me leería, y, desde luego, no se me ocurría ni soñar que alguna vez ganaría algún premio. La sorpresa fue enorme cuando, al poco tiempo de empezar a enviar mis relatos a concursos, comencé a recibir llamadas y correos anunciándome un premio tras otro. Apenas podía creer lo que estaba ocurriendo. Después los galardones se fueron sucediendo con regularidad y la incredulidad fue cediendo paso a la satisfacción y también un poco a la vanidad, qué duda cabe. A ratos los premios me proporcionan la ilusión de tal vez hallarme en el camino correcto. Tal vez. La inseguridad y la crítica feroz sobre mi propia obra persiste, a pesar de los premios, y creo que, hasta cierto punto, es saludable.


"Si de verdad queremos escribir sobre lo extraordinario —es decir, lo trascendente— no nos queda más remedio que abrir bien los ojos para detectarlo".

      BdS.-¿Tienes algún relato favorito entre los que conforman Cambios de última hora?

EAF.-Quizás «Agua para las flores» es el que me parece más redondo; además, me gusta recordar la manera tan anecdótica en que surgió (realmente mi vecina me pidió que regara sus flores, es el chispazo de realidad del que hablaba antes), algo tan trivial que, sin embargo, me llevó hasta la inmensa satisfacción de obtener con él el «Ignacio Aldecoa». Pero siento una debilidad especial por «Felice cuenta», acaso porque constituye una de las pocas ocasiones en que me he atrevido a escribir algo cercano a lo humorístico; acaso por el juego metaliterario; acaso porque, en realidad, es el que más cuajo de mí misma lleva consigo.

BdS.-¿A qué autores de relato breve sueles leer?

      EAF.- Hay unos cuantos autores a los que vuelvo una y otra vez, porque cada vez que releo esos relatos aprendo algo nuevo. Son, en su mayor parte, autores norteamericanos, que se centran en ese momento de descubrimiento, de revelación epifánica en las vidas de tipos anodinos, algo que tanto me interesa cuando escribo cuento. Me refiero a autores como Richard Ford, Tobias Wolff, Sam Shepard, James Salter, Alice Munro, Lorrie Moore y, desde luego, los «Nueve cuentos», de Salinger, además de clásicos como Hemingway y Scott Fitzgerald, junto a otros autores posteriores, los que conforman lo que se ha llamado la «Generación quemada», el cuento de David Foster Wallace que da nombre a la generación es uno de los que más me ha impresionado en toda mi vida.
Y siempre Chéjov, por supuesto. Y el gran Nabokov.
El cuento fantástico —nos llevaría un rato tratar de dilucidar qué entendemos por tal— nunca me ha seducido en exceso, y sin embargo, es justo reconocer que mi pasión por el cuento debe muchísimo a Cortázar, a quien siempre vuelvo. Más tarde descubrí a Dino Buzzati, que no sé si se puede calificar de autor de relato fantástico, pero, a quien, en cualquier caso, leo y releo con entusiasmo.
En cuanto a los autores hispanos, también releo a Bolaño, a Borges —cómo no—, a Aberlardo Castillo. Me gustan mucho José Emilio Pacheco, Fabio Morábito, Clara Obligado y Eduardo Halfon, con sus juegos autorreferenciales y metaliterarios. Y entre los españoles, Gonzalo Calcedo, Carlos Castán, Jon Bilbao, Juan Bonilla, Sara Mesa y Soledad Puértolas.



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jueves, 22 de octubre de 2015

Reseña de Cambios de última hora, de Elena Alonso Frayle en Libros Prohibidos

Elena Alonso Frayle: Cambios de última hora

Año: 2015
Editorial: Baile del Sol
Género: Cuentos
Valoración: Muy recomendable
Volvemos a la carga con otra de las novedades de Baile del Sol, una de las editoriales más activas del panorama independiente. Se trata de Cambios de última hora, antología de cuentos de la autora Elena Alonso Frayle. Y no, no nos hemos vuelto locos por los libros de cuentos, solo es que han coincidido unos cuantos (y los que quedan…).
El nexo temático que une estos cuentos es el haber resultado ganadores de algún premio especializado o, al menos, haber entrado en la fase final de los mismos. Y los hay de gran prestigio: Ignacio AldecoaFernández LermaMiguel de UnamunoJuan RulfoVargas Llosa… Esta muestra de poderío puede dar una idea de la calidad que se encuentra entre las páginas de este recopilatorio.
Elena Alonso Frayle destapa el tarro de las esencias y comienza a especular, desde la primera línea, con lo que fue, lo que pudo haber sido y lo que jamás será. Y lo hace de forma pausada, tomándose su tiempo, dejando que el lector aterrice en el cuento, se acomode, y lo abandone como si nada. Ahí está la mayor cualidad exhibida en los relatos de Cambios de última hora: captar con gran naturalidad la esencia de un instante en historias mucho más extensas, para luego dejarlas ir.
El lenguaje desplegado es de una belleza y una precisión sobrecogedoras. La autora es capaz de centrar la atención del lector en el cómo más que en el qué, dando una poderosa sensación de pertenencia al relato, de presencia. Es muy fácil conectar con la narración y dejarse llevar hasta al punto donde pretende la historia. Sin duda, este libro lo disfrutarán aquellos que leen por el simple placer de paladear palabras.
Y si bien, como ya comentamos, el punto en común de los cuentos es haber sido finalistas o premiados en algún certamen, yo me atrevo a decir que esto no es del todo exacto. Cada uno de los relatos comparte el mismo aire a pasado, a manojo de páginas de un diario olvidado, a caja de zapatos llena de fotos y recuerdos, a niñez, a los cambios inesperados (de última hora) que sufren los niños para hacerse adultos y que borran de un plumazo lo que había sido todo su mundo hasta entonces.
Podría empezar a desgranar los diez relatos uno por uno (de hecho, me encantaría), pero voy a dejarlo en este punto para que ustedes, lectores, disfruten este delicioso Cambios de última hora que con tanto gusto les recomiendo.