
Esas historias. Una como la que yo quiero escribir por todas esas causas irracionales e inexplicables.
Y entonces empiezo a leer esta mañana fría de invierno el libro que mi amigo Gonzo, en Singapur ahora por extrañas razones y afectos irrenunciables, me recomendó antes de marcharse, Stoner de John Williams, y me encuentro con un verso de Shakespeare que cambió la vida del protagonista de la novela, de William Stoner.
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En aquella época del año puedes contemplar en mi,
cuando las hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan
de esas ramas que se agitan frente al frío,
desnudos coros ruinosos en los que tarde cantaban dulces pájaros.
En mí ves el ocaso de aquel día
después de que la puesta de sol se funda en poniente;
por la negra noche arrebatada,
la otra cara de la Muerte, que condena al descanso.
En mí ves el resplandor de aquel fuego,
el que sobre las cenizas de su juventud yace,
como el lecho de muerte en que ha de expirar,
consumido por aquello que le alimentaba.
Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,
amar bien aquello que debes abandonar pronto.
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El joven Stoner es hijo de granjeros pobres norteamericanos de principios del siglo pasado. Estudia ingeniera agrícola por el esfuerzo de su padre, que comprende la necesidad de incrementar la rentabilidad de las tierras y explotar cultivos más productivos. En el aula, el profesor de literatura Sloane, que parece “enseñar su tarea con aparente desdén y apatía, como si percibiera que entre su conocimiento y lo que podía decir hubiera un abismo tan profundo que no merecía la pena hacer ningún esfuerzo para cruzarlo“, va a recitar ese poema de William Shakespeare, escrito trescientos años antes, y preguntará después a los alumnos por lo que les sugiere.
Cuando leo la frase entrecomillada en la que John Williams describe al profesor, encuentro una buena definición de la literatura que he leído y pretendido muchos años, sin darme cuenta, sin saber lo que le sucederá después a Stoner. Se refiere a algo que aporta un conocimiento misterioso y profundo que no es posible explicar con palabras corrientes a ese grupo de alumnos que Sloan tiene delante, sino sólo comunicarse en el milagro de su propia esencia, en el destino de quienes leen con atención. Por eso Sloane, viejo sabio desmedido y huraño, al menos en estas primeras páginas, posee ese desdén, ese malestar extraño ante el proceso de enseñar a los alumnos el significado de ese secreto. Es consciente de que a veces roza el orden inaccesible del mundo, pero vuelve sin remedio a la ignorancia cotidiana a los pocos minutos
¿Cómo explicar eso a quien no le interesa la literatura en apariencia más allá de una nota en un panel de resultados académicos o de los créditos universitarios que complementan una carrera?
Tras leer el poema Sloane pregunta al azar a dos alumnos, pero se detiene en el tercero con mayor insistencia. Inquiere a Stoner a fin de que explique qué le dice el poema, y al joven granjero no le salen las palabras. Entonces John Williams describe un fenómeno fascinante, un acercamiento al sentido de este antiguo arte vigente mientras exista la humanidad casi sin que el lector lo perciba.
Stoner contiene el aliento. Lo expulsa suavemente. Desvía la mirada de Sloane como si no fuera con él esa pregunta que el profesor le hace, pero mira la luz que entra por el amplio ventanal y el rostro de sus compañeros. Comprende que la luz del sol de la mañana se une al efecto extraño y profundo del poema, y provoca una iluminación que quizá sólo él perciba y que parece no ya surgir de los rayos de sol que se cuelan por los cristales del aula, sino de las caras de los alumnos mismo, rompiendo la oscuridad anodina que a menudo ve en todos ellos. Contempla con asombro el pestañeo de uno de sus compañeros, y se maravilla ante “una sombra delgada” que cae “sobre una mejilla cuya parte inferior” ha recogido la luz del sol. Advierte que sus dedos se están soltando de su firme agarre al escritorio. Se fija en sus manos, en lo morenas que están, “en la intrincada manera en que las uñas” se adaptan “al romo final de los dedos”. Presiente incluso la sangre fluir invisible a través de sus diminutas venas y arterias, como pulsan delicadamente “las yemas de los dedos a través de su cuerpo.
Un poco más adelante, el profesor Sloan hará una proposición a Stoner que, junto con el efecto de ese poema de Shakespeare, guiará su destino sean cual sean las consecuencias. Hablará de la intensa fascinación de un poema escrito por un poeta muerto tres siglos atrás capaz de describir tanto tiempo después el estado decadente y otoñal, a punto del invierno, de la vejez y su sentido. Un canto sobrio y veraz sobre la vida. Algo que tal vez se podrá expresar en la brevedad de muchas formas de comunicación pero difícilmente con la belleza y la exactitud, con el conocimiento profundo y esencial sobre lo humano eterno guarecido en el poema de Shakespeare.
“Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte/ amar bien aquello que debes abandonar pronto”
John Williams, sesenta años antes de que yo lea Stoner y ese poema, encontró una razón mas allá de lo racional para escribir su novela. Algo que me comunicó Gonzo poco antes de irse hace apenas unas semanas a Singapur. Una esencia que mi amigo pensó como un regalo valioso que a mí -al menos a mí y a él- podía servirme. Tal vez el mismo aliento que llevó al escritor norteamericano a concluir su extraordinaria novela.
Pero no encontrarán su sabiduría en este blog, tampoco en ninguna frase entresacada de la novela repetida hasta la saciedad en twitter o en un posteo de facebook o unas fotografías de Pinterest o Instagram. Para adentrarse en su sabiduría es necesario leer Stoner, cada una de sus páginas y párrafos, a solas, sin sonidos digitales ni interrupciones. Un lector adentrándose en el lenguaje que construye la historia de ficción. Un intento de encontrar en el fondo un sentido al oficio de construir novelas, poemas, textos literarios, a este absurdo e irrenunciable deseo de escribir. Ese secreto placer lleno del inexplicable conocimiento que constituye la literatura, que sirve para vivir, lleno del placer de su estremecedor alumbramiento, lleno de aquello que todavía nos pertenece.
Justo estaba haciendo una entrada en mi blog conmemorando la muerte de este Autor maravilloso. Voy a citar vuestra entrada es mi blog, con vuestro permiso. Me ha parecido una maravilla de entrada.
ResponderEliminarmuchas gracias. saludos
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