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martes, 15 de noviembre de 2016

Reseña de REHACER EL ALIENTO de Ernesto Suárez en Tendencia21

Palabra respirable: 'Rehacer el aliento', de Ernesto Suárez

El poeta canario parte de la metáfora de la respiración para construir una lúcida poética del arte de la palabra y de la vida


Partiendo de la metáfora de la respiración, en el poemario “Rehacer el aliento” (Baile del Sol, 2016), el poeta canario Ernesto Suárez nos invita a participar en una auténtica experiencia renovadora del ser, a través del lenguaje. En este sentido, el libro aparece como una lúcida poética del arte de la palabra y del arte de la vida. Por Ricardo Hernández Bravo.



Palabra respirable: 'Rehacer el aliento', de Ernesto Suárez
El acto de respirar es la esencia de nuestro paso por el mundo. Resulta una función tan inherente a la condición de ser vivo que la ejercemos casi como un impulso reflejo. El aire entra en nuestros pulmones, pasa por sus sensibles ramificaciones sin apenas ser notado, como parte de una elemental mecánica de supervivencia. 

Solo cuando sentimos ahogo, cuando nos paraliza el embotamiento o la asfixia, retomamos la conciencia de este acto tan simple, encargado de sostener nuestra frágil  materia, de oxigenar el pulso que nos cose a la existencia. 

Partiendo de esta metáfora de la respiración,  en el poemario Rehacer el aliento (Baile del Sol, 2016), Ernesto Suárez (Tenerife, 1963) nos invita a participar en una auténtica experiencia renovadora del ser. El poeta nos plantea la necesidad de recuperar el sentido del respirar, no como mero movimiento orgánico, muscular, sino como acto consciente de apropiación del mundo, de intercambio de fluido que desarrolla el íntimo tejido vital, de ensanchamiento del ser al llenar sus cavidades más secretas. 

En ese insuflar consciente hacia lo hondo, desde lo hondo, de impregnarse de esencia a través de la palabra, conecta Ernesto con su concepción de la poesía como espacio de resistencia: lances del ser que vive/alzado/desde el brinco del respirar, afirma nuestro poeta. 

La respiración transfigurada, reconvertida en decidido ejercicio de alzamiento del ser frente a la pérdida, frente al desvaimiento de la memoria y los sentidos, frente a la extinción de la voz en el marasmo de la uniformidad. Respirar, resistir. El alcance significativo del prefijo re- despliega, desde el propio título, todo su poder de invocación: es preciso rehacernos, recomponer, reconstruir, recuperar, volver a ganar para la palabra toda su potencia, su capacidad regeneradora del ser y la experiencia del mundo. 

Arte de la palabra y de la vida 

En este sentido, el libro se me antoja una lúcida poética del arte de la palabra y del arte de la vida. A través de las imágenes de la respiración se nos van revelando las claves del sentido de la escritura y de nuestro encuentro-o reencuentro- con el ser abierto al mundo.  

Unas claves que en Ernesto Suárez provienen de una concepción del hecho literario, y también, en lo que se me alcanza,  de su experiencia vital, de una gran coherencia y que en este poemario alcanzan una madurez excepcional. La solidez de su propuesta literaria, patente en el conjunto de su obra y, especialmente, en sus dos libros mayores, Relato del cartógrafo y La casa transparente, cristaliza de un modo brillante en Rehacer el aliento. 

La conjunción entre su propuesta teórica, expresada en apuntes de poética como los recogidos en la antología Más que el mar, y su plasmación en cada una de las composiciones de esta nueva entrega, apenas deja fisuras: no hay ni una sola que no nos toque con el halo de revelación del verdadero hallazgo transformador. 

Son poemas que crecen en la lectura atenta, que se van expandiendo en el flujo de las sucesivas respiraciones para situarnos en temblorosa insuficiencia ante el sentido. Ante la necesidad, nunca ante la saciedad. Porque forma y esencia están siempre en Ernesto Suárez ligadas al sentido. En Rehacer el aliento, en cada uno de sus versos, hay una inquebrantable voluntad de forma hacia la transparencia que viene de lo oculto. 

En su camino hasta la esencia, Ernesto, en sintonía con la cita de Víctor Hugo «la forma es la esencia llevada a la superficie», combina la habitual condensación  de su verso, bajo la figura de poema breve, tenso, heridor, casi de inspiración oriental, (ardentía el silencio/ o tajamar), con poemas de aliento más amplio, fundados en la experiencia sensorial, en la memoria íntima o familiar, a través de cuyo marco espacio-temporal aflora, se transparenta, el aliento. 

Una forma precisa, nítida, ajustada a la perfección al trasvase entre el afuera y el adentro del que nace el hallazgo, la revelación del sentido. Una forma que se despoja de signos de puntuación y de mayúsculas iniciales -salvo en pocos poemas-, que juega con los espacios y silencios, con los finales abiertos, como si quisiera liberar de obstáculos el camino para la palabra en su trasiego oxigenador. Una forma henchida en la afirmación de las certezas, pero que abunda también en interrogantes al alongarse al encuentro de lo indeterminado pero posible.


Es necesario admirar el mundo 

Todo el libro transpira esencia a través de la forma. Y, por medio de ella, esa metáfora de la vida y de la palabra que encierran sus páginas se va materializando de manera progresiva a lo largo de las tres partes que estructuran el libro. 

En ese proceso de reconstrucción del aliento, ya desde los dos hermosos poemas de advertencia iniciales, los signos de la vida se nos revelan en su inalienable pujanza por dejar atrás la incertidumbre, el acaso nunca fuese y dar paso a un secreto renacerse que se convertirá en briosa voluntad vertebradora del libro. 

En la primera parte, Conjeturas, el mundo se torna anuncio, está ahí para nosotros, pero se nos presenta como posibilidad que hemos de aprehender. Para recibirlo, para llenarnos de su aliento, para descubrirnos en el vertiginoso fluir de la vida ante nuestros ojos, es preciso un estado especial de quietud, de  mudez, de abandono a la percepción. 

mudo entre tanto rumor/permanezca/si es el mundo y su anuncio 

Y, enseguida, tenemos la intuición de que ese encuentro con el ser, con la respiración verdadera-si realmente fuese, si tuviéramos el valor de abrirnos a ella, parece querer decirnos Ernesto- nace de la precariedad. El temblor, la carencia, la incertidumbre son la llave que conduce a nuestro centro. 

el aliento se nos desvela con el frío/pero el frío ahoga 
¿necesaria es la precariedad/para toda condición de milagro? 

Entre la necesidad de apertura y la conciencia de pérdida, en ese espacio de inestabilidad, alienta el mundo. De ahí la presencia constante del condicional, del subjuntivo, que nos transportan a un escenario de indeterminación en que irrealidad y probabilidad se confunden. 

si dios escuchara de ti/la sílaba precisa para tu primer aliento/si dios escuchara  
si la llave es entonces la pérdida/el hueco/si lo que falta hace las veces de cancela/y alcanza justo el centro de aquello que luce: 
si es invisible el/fruto (…) si todo es/entonces 

En ese territorio de la conjetura, de lo que oscila entre lo nunca realizado y el advenimiento aún posible, es en el que Ernesto Suárez nos sitúa para mostrarnos los resquicios por los que ha de entrar el aire renovador: esa especie de pliegue del tiempo por el que el misterio aflora un instante para cegarnos con su soplo de verdad, esa intuición de nuestro verdadero hálito atemporal, de que lo que es/ya fue su paso invisible. 

caminaba en la umbría sin saber 
qué pasos daba 
si avanzaba o volvía 

qué futuro correspondía a qué pasado 

cuál edad atravesaba las huellas 

  
Una vez desbrozado el terreno, dada la condición para ser inseminado, llega el momento de recuperar el asombro. Esa celebración del asombro es el motivo principal que recorre Los días, la segunda parte del libro.  “En su esencia la palabra humana no es posesión sino éxtasis ante la aparición” ha dicho Ernesto. Su poesía se abre aquí a los signos elementales de la vida, se entrega a ellos para impregnarse de su energía fecundante. Para “rehacer el aliento”, ahora es necesario ver las cosas, admirar el mundo. 

maravilla y asombro 
balanza inquieta del mundo 

abiertos sobre su vientre 
todos los nidos 


Exaltación de los dones de la vida en estos poemas de respiración íntima en la proximidad de la naturaleza y su ofrenda luminosa (este sol de tanta demasiada vida), en la fraternidad de los seres que conforman ese aliento común. Ernesto va desgranando aquí los dones de su mundo más personal: el de la memoria familiar, la infancia (la inocencia y su pérdida), el don del padre (que le dio el nombre limpio de la vida y en el que ahora, como en la lucidez que da la anticipación de la despedida, el poeta se mira para reafirmarse en ella), el de la madre (de cuyas manos una vez provino todo el pan…/la mansa harina del sol/su salpicadura: toda vida), la hija (en cuya protección se prolonga y trasciende), la mujer y sus amigas de siempre (su reencuentro regocijado a través de los años en la mirada de sus hijas), el don de los poetas con los que su voz confluye en la respiración compartida... 

Es como si Ernesto Suárez quisiera convocarlos a todos en un ceremonial jubiloso de acción de gracias, de ofrenda, de rendición de cuentas ante el milagro de la vida que nos insufla su halo reparador. Como si quisiera invitarnos a esa fiesta de la luz, a ese cántico de las criaturas que nos devuelve nuestro rostro vivificado. Como esos huéspedes a los que el viajero inmóvil de uno de los poemas acoge, y que dejan, al abandonar la casa, en cada habitación, una lámpara alumbrando. 

Esta convocatoria de celebración parece rebasar los límites del tiempo (y de la muerte). En esa suerte de temporalidad difusa, de bucle del tiempo en que las edades se superponen, queda abierta la puerta al misterio. Pareciera que los polos sobre los que gira el mundo se cruzaran causando admiración y desconcierto, dejando en la memoria una ambigua sensación de consumación en lo cíclico, de permanencia, de impronta imperecedera en todo lo que alienta. 

Camino de reconstrucción 

La maravilla encontrada en esas ventanas por las que el tiempo circula de atrás hacia delante y al revés hacia esedía del futuro que fue es un anticipo o prefiguración de la luz a que aspiramos. La luz hirviendo en el tajo de la palabra/el único reflejo posible de nuestro solo/ rostro verdadero. Fusión de vida y palabra, de palabra y mundo. Por eso, Rehacer el aliento es un libro vitalista a pesar de la presencia ineludible de la muerte. 

Por eso es preciso, como reclama el poeta, ante los ojos de la muerte limpiar la voz (…) porque la vida defiende la vida/y su semilla es siempre tránsito. Por eso no hay estaciones para adoptar la muerte. Por eso es necesario besar todas las bocas de la vida, en el aquí que inunda y apenas guarece. 

La sombra de la muerte queda diluida en esta exaltación vivificante, en la celebración del encuentro, en la aceptación de la despedida mientras aún permanecemos aquí, juntos, reunidos. 

Es solo tras este necesario recorrido por los días, en el que el poeta culmina su ejercicio de recuperación de  la capacidad de asombro, cuando comienza el verdadero viaje hacia la voz, hacia el ser en la palabra. 
Ahora que he regresado 
comienza el viaje
 
  
Dos únicos poemas configuran la última parte del libro: Raíz y Rehacer el aliento (título a su vez de esta sección y del propio poemario). Aquí Ernesto nos hace testigos de ese viaje hacia la palabra esencial, ese aliento al que se orienta la búsqueda del poeta. La palabra como raíz que debe brotar en lo oculto, en lo hondo, en la espesura. No en la fijeza, sino en lo aéreo, en lo volátil (mis pies son raíces que vuelan/lengua de aire es el idioma de mis pies). La palabra ateada como viva materia para apuntalar nuestro centro. 

En este camino de reconstrucción interior en la palabra, nos asaltan las voces de recibimiento, de reencuentro con el ser: bienvenido, bienhallado, te esperaba. Es una experiencia que emana de una conciencia preexistente. Llevo en mí el retorno, anuncia el poeta. Cada paso adelante nos reúne con lo que fue/cada huella nos anuncia el resplandor. Retorno al origen, al verbo primigenio al que pertenecemos, al ser antiguo que nos alumbra. Ese que renace en la aceptación tanto de lo que se mira/como de la forma de ver (…) En su justa detención del aire / en el necesitado silencio del respirar. 

Llegado a este punto, me atrevería a sugerir que, a través de las tres estancias de este libro, el lector parece realizar con Ernesto un recorrido paralelo, en cierto sentido, a las tres vías del proceso místico: preparación en la conciencia de la precariedad, iluminación, unión en la palabra. Solo que, quizá, en el caso de nuestro poeta, la iluminación que lo lleva a esa sabiduría oscura, secreta, no viene del despojamiento de toda relación con el mundo y sus criaturas, sino precisamente de su inmersión en él, de su fusión con ellas. 

En Rehacer el aliento, en definitiva, Ernesto Suárez, el poeta, sale al mundo. Lleva en los ojos su sed de forma, el verbo de su ser agazapado. Se adentra en la sombra, en el aire en vilo. Permanece al acecho, mudo en el rumor de lo innombrado. Mira la tierra con voluntad de haijin, del fotógrafo de instantes que viaja inmóvil, que recorre un dudoso camino sin camino hacia ese centro iluminado que lo guía desde lo hondo. Tantea los ribanzos, el suelo inestable donde ha de asentar su decir fluyente. Y, al afirmarse en él, en ese acto de resistencia, siente bajo sus pies, sobre su mano abierta, el agua ignota. Va leyendo sus pasos, reconociendo en el piso hollado, en las vidas que se cruzan sobre el espacio hendido, ese agujero del tiempo por el que asoma su rostro verdadero. 

A cada paso se hace y se deshace, se siente de vuelta hacia la casa transparente, esa casa escondida con luz al fondo. Se descubre en el hueco que somos, un hueco con pulmones que respira. En el aire retenido un instante, en el vaciamiento del aire espirado, halla el verdadero aliento, ese venido desde fuera para revelarnos, dentro, el verdadero ser. El poema como ejercicio de recuperación del ser, como conciencia y celebración del ser. El poema construido con la voz más simple: la respirable. Palabra respirable.    

Miércoles, 9 de Noviembre 2016

sábado, 4 de junio de 2016

Reseña de REHACER EL ALIENTO de Ernesto Suárez, en El Fogal

A propósito de Rehacer el aliento de Ernesto Suárez

Cecilia Domínguez Luis

María Zambrano decía que «escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que solo brota desde un aislamiento efectivo pero comunicable en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas.» Y este  aislamiento comunicable en el que acontece la búsqueda de ese momento de revelación del yo a uno mismo, conforma el hacer poético de Ernesto Suárez, y puede encontrarse en cada uno de sus libros publicados.


En Rehacer el aliento, libro cuidadosamente editado por Baile del Sol, la poesía se convierte en una realidad a la que recurrir cuando todo parece fallar a nuestro alrededor. Una realidad que a veces se muestra y otras se sugiere.
En su soledad, el poeta contempla, serenamente, todo lo que lo rodea y de pronto, en un instante, esas cosas, esas personas, esos sucesos cambian de valor y se convierten en objetos poéticos que se asocian de forma diferente a la habitual, de tal modo que producen un universo propio. Le queda, entonces, la difícil tarea de transmitir a los otros el mismo sentir que el poeta experimenta en ese determinado momento. Lo que deriva en la necesidad de búsqueda de un lenguaje, esa selva intrincada en la que internarse, buscando o dejándose llevar por significados imprevistos, por voces y ecos que oscilan entre el extravío y el encuentro con lo extraño.

Como apunté antes, la trayectoria de Ernesto Suárez es fiel reflejo de esa indagación. Desde sus primeros poemas, publicados en Cuadernos Insulares de Poesía, con el título deEspumas de carrusel, en los que el autor acude al mundo de lo onírico y la ensoñación, el poeta va buscando nuevas formas de expresión porque sabe que no puede quedarse solo en el ensueño.

En un principio acude al verso corto, en el que «cada palabra tensiona desde dentro», lo que da lugar a sus Ocho tankas oscuros, poemas que captan el instante de asombro en la contemplación de lo que lo rodea, y donde el erotismo y lo sensual envuelven cada uno de sus versos. Esa preferencia por el verso corto la vemos también en El relato del cartógrafo, un libro donde el autor funda un territorio del que se adueñan amor, vida y muerte.

Sin embargo, este interés va derivando hacia el  versículo  y el poema en prosa, de lo que es una muestra su libro La casa transparente, pues, como el mismo autor afirma, «el versículo me permite incorporar elementos ajenos a la escritura propia». Así, hasta llegar al poema inacabado o en suspenso, que ya se inicia en algunos poemas de su bello “cuaderno de viaje” Spree , editado por Cartoneras Island en 2013 y que constituye gran parte de los que integran Rehacer el aliento, donde la primera declaración de intenciones la vemos en la elección de las tres citas que abren el libro y que, curiosamente, si se las utiliza como versos, pueden conformar un poema:

En las mañanas de poca luz   (Miguel Casado)
El alma es una región sin límites definidos  (A.R.Ammons)
Lo que venga será invisible y ligero  (Adam Zagajewski)

A Ernesto siempre le ha preocupado la utilización del lenguaje, la sonoridad y el gesto del poema. De ahí que utilice diferentes recursos gráficos en el poema escrito para, como él mismo dice, «intentar simular esta clave afectiva y no verbal de la comunicación».

Ya desde Advertencia del poema, dos poemas a manera de prólogo, vemos su intención de dejarse llevar por el sonido interior, lo que se une a su búsqueda en la naturaleza, de la medida abierta y precisa, como los surcos de la tierra, para plantar la semilla de su voz y esperar los posibles brotes. Una naturaleza que va a tener una presencia constante en este libro.

Estos versos dan paso a Conjeturas, un título que define muy bien la serie de poemas  que lo compone, donde un “si” condicional, va a ser elemento recurrente que nos habla del deseo de que algo que aún no es, tenga la posibilidad de existir, no solo a través de la palabra sino también de sus sonido, del silencio y de los gestos. De ahí que la colocación de los versos intente señalar una posición gestual de acercamiento al lector.


El primer poema comienza ya con ese “si” condicional: si arde el incienso, y acaba con para la tierra música constante y para todas las rutas, verso que deja en suspenso el significado final.

A continuación aparece un poema corto que dice:

mudo entre tanto rumor
permanezca


si es el mundo su anuncio
Aquí, el orden sintáctico trastocado y la doble separación entre el penúltimo y último verso, hacen más patente la mudez. Un silencio que comunica incluso más que la palabra.

Pero esta necesidad de instantes de silencio, de suspensos interrogantes, se hace más patente si cabe en el poema III, poema inconcluso en el que vuelve a aparecer el “si” condicional que pregunta a la palabra dejada en el muro, tal vez sin esperar respuesta.

para qué…
si el muro  ahuecado por la yema de los dedos
que lo avientan
es la memoria la más antigua

                                   aquella
Si me he detenido en estos poemas iniciales es porque pienso que en ellos están todos los caminos y encrucijadas por los que el poeta va a discurrir a lo largo de este libro, en su búsqueda por rehacer el aliento.

Los poemas que siguen plantean las cuestiones del descubrimiento a través del asombro- algo para lo que se requiere la mirada de un niño-, de la creación por medio del acto de siembra del campesino, o de la necesidad de reconocernos fugaces como el río, imagen de todo lo que fluye y que arrastra una mirada, la nuestra que, a su paso, deja de pertenecernos, como el tiempo.

De nuevo el “si” condicional que acaba en una pregunta sin respuesta. Una idea que se repite cuando escribe: miramos al cielo/ en busca de noticias sobre la vida/  bajo nuestros pies/ simple y oculta/ corre el agua

Los poemas ahora tienen un principio y un final y en ellos el poeta insiste en la contemplación serena de la naturaleza y en su reflexión sobre ella, sobre su influjo en nuestras vidas y lo que puede enseñarnos si nos detenemos a contemplarla: si se mira…

Lo conjetural sigue planeando en los poemas, como el que se inicia con un verso de Yehuda Amijai, poeta israelí fallecido en 2000: Y hay una ventana que no cerrará/ el que la abre, y otros en los que el juego rítmico y de significados nos insisten en la necesidad del encuentro con uno mismo.

Poemas cortos y largos se entremezclan, y lo gráfico de sus versos nos comunica esa duda, esa sensación de marcha, de ausencia irredimible pero necesaria, en ese fluir de los días en los que nos es preciso retener cualquier segundo de asombro y descubrimiento.

hacia el poniente
como la vida
y sin embargo

y aún

Con Los días, otra de las partes de este sugerente libro, se produce una inmersión del poeta en lo cotidiano, sin abandonar esas preguntas sobre la existencia, y que se inicia con una especie de letanía o enumeración, a manera de guía de los poemas que vendrán: los días del indulto/ los días de gracia/ los días de misericordia/ los días del perfume y el aceite/ los dones/ los días

La contemplación de los otros, de los objetos cotidianos, del orden de la naturaleza; el escuchar esa “melodía a ciegas” de la tierra, el agua y el aire; el simple hecho de andar bajo la luz plena del día /camino hacia otras horas, despiertan en el poeta ese impulso por traducir y comunicar lo que siente en ese instante, aun sabiendo la dificultad que se le presenta a la hora de convertir esas emociones y sensaciones en palabras.

La memoria trae momentos de un pasado no vivido pero que está en la mirada de los otros cuando los presos están cerca del mar, cuando el padre llega, desde otro tiempo para darme el nombre/ limpio de la vida o cuando llega la madre de cuyas manos pacientes/ una vez provino todo el pan, sin que falte  esa memoria del futuro en quien llega a esa vida que defiende la vida.

Los versos se tornan ahora versiculares porque así lo requiere la memoria de los días que fueron, de los que son o de los que hayan de venir, mientras la luz se posa sobre los hombros de los niños

A partir del Viajero inmóvil, se suceden una serie de poemas en prosa donde ese Viajero elige para su inmovilidad un jardín. ¿Paraíso perdido y recobrado en la savia del árbol central que el Viajero toca y que podría ser –siempre el condicional- el árbol de la vida?

Lo cierto es que el jardín aparece como lugar de conocimiento, donde cada cual aprende a mirar de nuevo, a nombrar de nuevo, como el Viajero que mira afuera desde su jardín y también hacia adentro de él que no es otra cosa que una manera de mirar hacia su propio interior.

Todos sabemos que, en toda búsqueda son inevitables las pérdidas porque la vida abierta ni va ni vuelve a la cerrazón ineludible que espera. De ahí el deseo y la voluntad de aprovechar cada momento en el lugar donde abrimos los ojos cada mañana, mientras aún permanecemos aquí juntos, reunidos. Y así vuelve el deseo de comunicación unido a la aceptación de la vida, el paso del tiempo y la muerte.

En los últimos poemas de esta parte el poeta regresa al verso corto, del que no descarta el haiku, en esa intención del poeta por detener el tiempo a partir de la sensación en el aquí y el ahora que le revela la intimidad de lo que contempla; aquello sobre lo que, con frecuencia, nuestra mirada pasa distraída.

bajo el puente que ya solo cruza
el cauce seco

vi la flor blanca

Rehacer el aliento es el título de la última parte de este libro, que además da título a toda  la obra, y que nos lleva a la pregunta ¿desde dónde rehacer el aliento?

El poeta tiene claro que hay que acudir a la Raíz; no en vano esta palabra da título a los cinco primeros poemas de esta última parte.

De nuevo el árbol como símbolo, como principio de generación y regeneración, como eje de la vida. Y la raíz, como origen que se hunde en el corazón de la tierra para buscar en ella las sustancias que nutran al árbol que sostiene,  es el elemento elegido por nuestro autor para preguntarse por su propia identidad.

Yo digo
mis pies son raíces que vuelan

Una identidad que se apuntala como la raíz en la tierra, pero que no impide el vuelo con el que encuentra las huellas de los otros, el paisaje que descubre cada día y en el que se descubre a sí mismo, para renacer con la palabra precisa y necesaria, con el hallazgo de lo que se encuentra hacia dentro pero afuera.

Llegamos al final del libro con el deseo de atrapar ese instante en el que rehacer el aliento.

Tal vez baste solo con estar dispuesto a escuchar esa palabra que nos señala el camino hacia las voces que provienen de dentro, de muy dentro de nosotros mismos. Esa palabra que define el mundo y con la que penetramos, de la mano del poeta, en el atrayente y oscuro reino de lo inexpresable.