viernes, 7 de febrero de 2014

Cirugía poética para quiste del epidídimo, de Manuel del Barrio

Los antiguos griegos usaban el término “phármakon” para referirse  a algún tipo de sustancia que podía ser al mismo tiempo el veneno y la cura. Así que en el campo puramente material todo es cuestión de dosis, y en el terreno pantanoso del espíritu todo es cuestión de punto de vista.


Lo que consigue Manuel del Barrio en su último poemario, Cirugía para quiste del Epidídimo es realizar una indagación farmacológica sobre el miedo. El libro, dese luego, está trufado de fármacos en el sentido más estricto de la palabra (ibuprofeno, Coca-Cola, lexatín), pero al lector realmente atento no se le escapará que elfármaco realmente protagonista es un quiste en el epidídimo, es decir, el veneno del miedo a la enfermedad y la cura que supone inaugurar un nuevo punto de vista sobre la propia experiencia de estar vivo.
Con esta premisa hilvanando los distintos poemas, el autor consigue mirar la velocidad de la vida de un treintañero en la era 2.0 como una flor extraña, quizá bella, pero seguro que sin ningún aroma
Porque el aroma, como la vida, siempre está en otra parte.
Y esa otra parte sólo puede introducirse en la cotidianidad de forma dolorosa. El fármaco hace su efecto y lo que antes era un fluir indiferenciado se convierte en un espejo. El espejo de uno mismo cuando observa.
Afortunadamente Manuel, como él mismo nos advierte con la inclusión en el libro de la trascripción literal a modo de (¿poema?) del Informe Clínico que concluye que su estado de salud es normal, se ha quedado por esta vez con el antídoto y ha sabido expulsar el veneno, y de paso, nos ha regalado un interesantísimo viaje por una conciencia nueva de sí mismo, y quizá de toda una época.
Un libro altamente recomendable. Posmoderno, si se me permite decirlo. Lleno de mixturas y de suciedades.
Sin duda, los poéticos de la pureza se revolverán en sus tumbas.

jueves, 6 de febrero de 2014

LA MÁS CRUEL DE LAS CERTEZAS

Por Pedro M. Domene
/ Autor.- Mario Pérez Antolín
Editorial.- Baile de Sol
Nº Páginas.- 56

 Este libro, contemplado desde la más absoluta distancia, se resume como una escritura de circunstancias, y como esa absoluta necesidad de plasmar una libertad de pensamiento, y al final del mismo, una vez leídas todas y cada una de sus páginas, uno comprueba que se trata de todo un acierto. La más cruel de las certezas (2013), de Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964), recoge un conjunto de aforismos y algunos ensayos mínimos que manifiestan su interés por explorar el alma humana, y cuanto pueda devenirse de esta, convencido ahora, y más que nunca, de la necesidad de remover nuestras conciencias a través del género, concreto y preciso, en que se compendia el aforismo. Este conjunto de textos surgen, paralelamente de ese escepticismo que provoca un actual caduco humanismo, y así se entiende y manifiesta cargado de incertidumbre, a la par que de una melancólica visión de cuanto se presupone en la reivindicación de cualquier certeza y como esta chocará contra la más absoluta de las dignidades humanas.
                        En seis amplios apartados, Pérez Antolín, cuantifica, expone, considera y reconsidera una suma de composiciones que se convierten en una férrea lucha contra el antipoder frente a cualquier otra fe, contra una moral o una ideología, que provoque una mirada sobre la dignidad. 1. “En las simas del pensamiento”, un bloque en el que puede leerse “en toda conciencia hay alguien que pregunta y alguien que contesta, y la relación entre ambos es siempre insatisfactoria: un careo entre las dos partes del yo”; 2. “Cargas de profundidad” es el siguiente, cuyo tono se intensifica con la perspicacia del autor que afirma “el actual modelo de relaciones internacionales resulta insostenible. La multilateralidad no arregla lo que la unilateralidad destroza”; 3. “Lo mínimo de todo”, el siguiente bloque, es sin duda, el más certero de todos porque consigue esa contundente afirmación léxica que se presupone al aforismo cuando leemos algo así como “La capacidad de optar viene siendo el espejismo de la humanidad. Escogemos, sí, pero, ¿acaso preparamos nosotros las alternativas?” y aun añade, “La metamorfosis del poder: comienza siendo fisiológico, deviene jurídico y concluye paranoico. No admite regresión y propende a la metástasis”; 4. “Enunciados imposibles” se convierte en ese espacio “Donde la evidencia no llega, la suposición se afianza; y tras la suposición de primer grado viene la de segundo grado, y así hasta que desaparezca la verdad”;  5. “Escrito para ser borrado”, que contiene afirmaciones que, necesariamente, no deben ser borradas, como la presente, “De entre todas las maneras de estar en el mundo, me ha tocado la menos perceptible; una que irradia extrañamiento y desconfianza, una por la que los místicos querrían transitar transidos y traspuestos”; y finalmente, 6. “Volátil como el verbo”, la realidad misma, vislumbrada desde la óptica acertada del pensador-escritor, “Esta, en la que todos piensan, de la que todos huyen y por la que todos sufren, es la más cruel de las certezas”. Así que, en los numerosos textos, encontramos vías únicas hacia un pensamiento liberador que, sin duda, se convierten en la meta que persigue su autor y que, al final de su lectura, nos dejan esa sensación reconfortante que conlleva el poder mágico de la palabra y, por añadidura, la sanación del pensamiento. 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Quien mire hacia abajo, pierde


A lo largo de ocho poemarios escritos en los últimos ocho años (su prolífica autora lo es a razón de libro por año), Sara Herrera Peralta ha confirmado una voz personal dentro del panorama poético joven en España.
Su nuevo trabajo, Quien mire hacia abajo, pierde, editado por Baile del Sol, es el recorrido de la línea más larga del metro de París, desde Orry-la-Ville-Colle hasta Melun, un trayecto diario de ida y vuelta, de casa al trabajo y del trabajo a casa hecho por su autora durante meses. Es en este no tiempo-no espacio donde todo sucede, puede suceder o debería hacerlo. Porque si no, corremos peligro de inexistencia, desesperanza, tristeza, locura.
La reflexión hecha poesía da lugar a este libro.
Cada poema una parada. Un nombre de estación, un poema. Algo que avanza o quiere avanzar y confía, algo de suerte, historias tan mínimas, a veces solo sensaciones efímeras como si el aire tuviera aún /un halo de certeza.
Con un lenguaje sencillo y cercano, la apuesta en sus finales, se envuelve de palabras para decir algo que puede ser importante, señala en una parada cualquiera: no le tengo miedo al cáncer /ni miedo a quedarme calva.
Y habla de las otras creencias, las que llegan tras la edad de la inocencia, en las que Sara, el personaje de este libro, se desengaña:
Pero cierto día París no será
la ciudad de las postales,
ni yo la última
que crea que esa ciudad no existe.

Comienza el libro con deseos explícitos, casi precarios: Me iré a vivir al campo /a ordeñar las vacas, porque lo que viene a continuación es un inventario de problemas y carencias, incluida la alternativa que somos capaces de desear. Le hace a una pensar que hasta los propios deseos son los deseados por otros, al igual que nos moldean la forma de pensar convenientemente.

Y termina, como no podría ser de otra manera, tras un viaje sin horizontes, con una petición, que retrata una idea, una abertura por la que todos deberíamos asomarnos a mirar, no importa cuándo, cuando se pueda, tal vez en esos momentos perdidos de un viaje en tren:

Se aceptan propuestas
para una vida más lenta y más brillante.

domingo, 2 de febrero de 2014

El periplo de Stevenson por la Francia profunda


Eugenio Fuentes/La Brújula/La Nueva España 23/01/2014

Waberi, la metáfora de los pasajes de Yibuti

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Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons - Paolo Montanaro
Abdourahman A. Waberi. Fuente: Wikimedia Commons – Paolo Montanaro
Pasaje de lágrimas nos plantea un primer problema ¿En qué género encajamos esta obra? Se trata de la novela más reciente del yibutí Abdourrahman A. Waberi, uno de losautores con más proyección de la región del Cuerno de África. Dándole vueltas y vueltas, quizá lo más sensato sea no intentar clasificarla. En realidad, tiene tanto que aportar que poniéndole etiquetas, seguramente, lo único que consigamos es perdernos detalles y, sobre todo, derrochar un tiempo precioso. Así que lo más práctico será, simplemente,hablar sobre ella.
Pasaje de lágrimas fue escrita por Waberi en 2009 y publicada en español por la editorial Baile del Sol dos años después, en 2011. Sólo la compañía editora canaria ha sido capaz de acercar hasta los lectores hispanohablantes a este autor que ofrece, a través de sus obras, una visión tan particular como precisa de Yibuti y de la región, en general. No nos engañemos, el Cuerno de África es probablemente la zona más desconocida de África subsahariana. Nos suenan las cíclicas hambrunas, aquellas imágenes de niños con vientre abultados que nos llegan de tanto en tanto. Nos suenan también las idas y venidas de los piratas del Mar de Arabia. O cómo mucho, hemos escuchado alguna vez el caso de Eritrea, uno de los pocos estados surgidos en África modificando las fronteras establecidas en la colonización. Pues bien, aun sabiendo todo eso, Waberi nos demuestra que no sabemos nada del Cuerno de África.
Aparentemente, Djibril es el principal protagonista de Pasaje de lágrimas, quizá acompañado un poco en la sombra por su hermano gemelo Djamal. Sin embargo, todo nos hace pensar que el verdadero protagonista de fondo de esta historia es en realidad Yibuti. No puede ser casualidad que los dos personajes que llevan el peso de este relato naciesen en 1977, el año en el que el país se independizó de la antigua metrópoli, Francia. Tampoco debe ser una coincidencia que las vidas de cada uno de ellos tomasen caminos divergentes. Uno, prácticamente, reniega de su origen y se vuelve hacia el mundo occidental. El otro, después de una experiencia traumática, parece que se refugia en el fanatismo religioso.
Cubierta de Pasaje de lágrimas.
Cubierta de Pasaje de lágrimas.
Yibuti es un país de poco más de 23.000 kilómetros cuadrados que alberga menos de un millón de almas, pero se encuentra ubicado en pleno Cuerno de África. Se trata de un emplazamiento tan estratégico como la salida del Mar Rojo, el punto en el que más cerca se encuentra la región africana de la península arábiga. Por ello, el asentamiento ha sido históricamente una plaza muy codiciada, controlada durante años por la administración colonial francesa. En los últimos años, Francia, Estados Unidos o las potencias petroleras del Golfo Pérsico han pugnado por afianzar su influencia en la zona. Este no sólo es el contexto en el que se desarrolla Pasaje de lágrimas, tampoco son sólo detalles fundamentales en el desarrollo de la historia, sino que el propio relato se convierte en la narración más agradable y menos farragosa de una situación geoestratégica tan compleja.Waberi aprovecha la trama para explicar todos estos detalles.
Djibril abandonó Yibuti quince años atrás. Lo hizo escapando de una experiencia familiar traumática y de un entorno en el que nunca se ha sentido querido. Por ello, en su fuero interno ha renunciado a su tierra natal. En realidad, el único personaje que se libra de la quema de su pasado, el único vínculo que mantiene a Djibril enraizado débilmente a su país es Assod, el abuelo del protagonista, que además es un lazo con toda una tradición. Abdourrahman A. Waberi deja muy claro desde un principio que Djibril huyó. Su regreso, para cumplir una “misión” como trabajador de una oscura agencia de información (léase, espionaje), le obliga a enfrentarse a sus propios recuerdos, a sus frustraciones y a la íntima convicción de que se comporta como un traidor.
Una imagen del autor extraída de su propia página web personal.
Una imagen del autor extraída de su propia página web personal.
El relato en primera persona del propio Djibril, se mezcla con el de su hermano, que misteriosamente conoce perfectamente todos los movimientos del otro protagonista a pesar de encontrarse encarcelado. Desde la distancia, ambos están conectados, probablemente, por los invisibles vínculos que unen a los hermanos gemelos; pero también por las cuentas pendientes que dejó la huida de Djibril y la profunda herida que dejó en su hermano. Esa dimensión humana, la crudeza de las reflexiones de los personajes en torno al desarraigo, al desamparo, a la frustración y a la búsqueda de sentido a una vida completamente desmantelada, se entrelazan con la trama de una novela de espías que se desarrolla entre servicios de inteligencia, integristas religiosos e intereses económicos. Y una pieza, que durante muchas páginas parece inconexa, el relato de los últimos días del filósofo Walter Benjamin, una figura que fascina al autor.
Pasaje de lágrimas exige atención y no es una lectura para nada ligera. Sin embargo, Waberi tiene la maestría de ir dando pinceladas, ir haciendo una serie de dibujos, de trazos parciales. Y tiene, sobre todo, la habilidad de obligar al lector a separarse lo suficiente para que esos trazos adquieran una forma bien definida. La historia, al finalizar el relato, es sorprendentemente redonda.

viernes, 31 de enero de 2014

Mi vida con Potlach



Ediciones Baile del Sol, Tenerife (España), 2013


«Mi Vida con Potlach» es la primera novela de la poeta Inma Luna, antropóloga y periodista madrileña, publicada en 2013 por la editorial tinerfeña Ediciones Baile del Sol.
Relato en forma de diario, iniciado por prescripción facultativa, cuyo protagonista, en puertas de la mediana edad, atraviesa una etapa crítica de su vida, un tiempo de cambios radicales. Luis es un excéntrico personaje, al borde mismo de la locura. Cuando su vida anterior se desmorona, y él mismo se vuelve un juguete roto, decide agarrarse al orden más estricto como tabla de salvación e iniciar una nueva vida.
Su singular remedio consiste en llevar una vida de eremita, pero no en una cueva, sino trabajando como contable en una inmobiliaria y viviendo en un desangelado barrio del extrarradio de Madrid. Sin más compañía que la de un perro, y decidido a esquivar el trato con las personas para evitar todo daño, se empeña en su propósito de tenerlo todo bajo control.

Blogs de INMA LUNA.






Esta novela, hecha de frases cortas, directas, con un lenguaje relativamente sencillo y moderada extensión -poco menos de 300 páginas-, engancha al lector con su poderoso arranque. Tiene forma de diario y su narrador y protagonista coinciden en la persona del estrambótico Luis, informático en una universidad de Madrid. Por prescripción facultativa empieza a escribir su diario en medio de la carísima calma de una clínica psiquiátrica de lujo.

El ritmo narrativo de «Mi Vida con Potlach» sufre importantes cambios. El diario de Luis se ralentiza o acelera de forma paralela a cómo evoluciona la vida de su autor, cuya trayectoria vital, en parte excepcional y en parte muy común, es decir, como una vida cualquiera, como todas las vidas, va desvelándose de forma muy paulatina.

Luis llevaba una vida aparentemente normal, lo que quiera que ello signifique y de pronto aquella, como su cabeza, se desmorona, revienta por la presión. El desencanto con el trabajo, la decepción en el amor, el estrés provocado por una vida a la que Luis parece no adaptarse o con la que no se conforma, el mundo, en general, al que encuentra absurdo y sin sentido, lo suman en “estrés patológico”. Tan parco y genérico diagnóstico tiene, sin embargo, un elevadísimo coste.

Su diario es inconstante, como el propio Luis. Se interrumpe durante largos períodos, en los que no obstante intuimos que no ocurren grandes cosas. De forma acorde con su hastío vital y extrema apatía, la escritura de Luis no se mantiene como un propósito constante y el hallazgo casual del ya olvidado diario da lugar a su reanudación.

En «Mi Vida con Potlach» hay una vida vieja y una vida nueva,  un antes y un después del internamiento de Luis, hasta cierto punto voluntario, y del que acaba dándose a sí mismo el alta. Se vuelve demasiado consciente de que a los médicos, como a los hoteleros, les beneficia, una prolongada estancia del paciente-huésped y, sobre todo, pierde la fe en la utilidad del tratamiento, entre otros descreimientos que le van llegando a nuestro protagonista en su avance por la vida. Llega a la conclusión de que sólo él puede curarse o salvarse a sí mismo.

Comienza una nueva vida, que es sin embargo una deliberada no vida, en la cual el narrador-protagonista quiere ante todo protegerse de un mundo que percibe insatisfactorio, amenazador y hostil. Pretende la salud, un mínimo equilibrio, imponiéndose un orden de tal calibre que paradójicamente pide a voces el adjetivo enfermizo. Sus mecanismos de defensa son el aislamiento, la rutina, el orden y la meticulosidad. Luis aspira a vivir como un eremita en medio de un inhóspito barrio obrero de la periferia de Madrid, y ejerciendo su nuevo oficio de contable en una inmobiliaria cochambrosa y en pleno hundimiento. A sus compañeros y jefes los encuentra en el fondo despreciables, por vulgares, imbéciles y alienados y, por ello, socialmente adaptados.

Pero se trata de una quimera, de un propósito imposible, delirante incluso. Como el agua o el aire, lo imprevisto, la relación con los otros, las emociones y sentimientos , encuentran indefectiblemente algún hueco por donde colarse. El tupperware ­­–fetiche del protagonista y motivo de la portada de la novela– es un objeto y el ser humano, que respira, que transpira, que produce fluidos y secreciones, come, digiere, huele, no puede emularlo. La risa, el llanto, la ira, los afectos, la excitación sexual terminan por hacer siempre su aparición en escena. Los humanos somos seres sociales, seamos o no individualmente sociables y somos, ante todo, sentimientos. Por mucho que se planifique sobrevienen siempre hechos o circunstancias imprevisibles e incontrolables que nos conducen, incluso a rastras, a lo que es propio de nuestra naturaleza. Vivir es sentir y lo de morir en vida no pasa de ser una frase hecha.

En «Mi Vida con Potlach», a través de las ideas, lúcidas y originales, e incluso tan excéntricas a menudo como el propio protagonista, asistimos a una disección poco misericordiosa de la sociedad entera, en la que se van desgranando aceradas opiniones, por completo alejadas de los tópicos y lugares comunes. El bisturí de Luis abarca cuestiones tan diversas como los tratamientos y clínicas psiquiátricos, las relaciones entre padres e hijos, el amor, el sexo, las relaciones del mundo del trabajo, tanto entre jefes y empleados, como entre compañeros, el abuso, la explotación, las diferencias económicas, la lucha de clases. Incluso el lenguaje y los argots merecen alguna reflexión, como por ejemplo la redicha cursilería de la correspondencia comercial y el perifrástico, críptico y eufemístico del ámbito administrativo y legal. El funcionamiento de la justicia, del Estado y de la burocracia, en general, también son objeto de la implacable y sincera observación de Luis, en el polo opuesto del pensamiento desiderativo (“wishful thinking”), lo políticamente correcto o la mentira piadosa. Esas visiones nos enfrentan al absurdo, la injusticia y la fealdad que frecuentemente nos rodean. Hay alguna que otra referencia incidental a la antropología, ligada a uno de los personajes esenciales en la vida de Luis. Y también reiteradas alusiones a las tareas domésticas, como la limpieza y la compra, con marcada reiteración a la cocina, pasión confesada de la autora, habilidad en la que el protagonista nos cuenta, por excepción y con no disimulado orgullo, su progreso.

Espigadas por las páginas de la novela se encuentran también referencias a esta época de crisis económica en que el empleo precario, el trabajo-basura, ha adquirido increíblemente la condición de privilegio. Lo que antes motivaba la protesta social, y cada cual trataba de evitar para sí  mismo como buenamente pudiese, es ahora considerado como un bien que debe protegerse con uñas y dientes, un bien envidiado y que mirado en retrospectiva por quienes lo han perdido y no tienen mucha esperanza de recuperar es añorado como una situación vital lindante con lo idílico. Algo a lo que adjetivar como basura parece un sacrilegio, un acto de ingratitud, una muestra de falta de sentido de la realidad y una prueba de intolerable insensibilidad hacia quienes ni siquiera tienen eso, ni parece que lo vayan a “conseguir”.

Luis es un juguete roto, un desencantado total, un derrotado por la vida. Al no esperar ya nada de ésta, al estar o considerarse, al menos, de vuelta de todo, no teme perder nada. Apenas tiene preocupaciones económicas. Su nivel de subsistencia, al menos, está prácticamente asegurado para el resto de sus días y carece por completo de ambiciones materiales. Todo eso, junto con su decisión de ser radicalmente asocial, lo sitúan en un plano que le permite opinar con libertad absoluta, sin miramientos, ni cortapisas. Es un frío observador de la realidad circundante. Muy a resguardo de las turbulentas aguas de la crisis económica y por completo indiferente a lo que los demás opinen de él, habla con la sinceridad del que ha abandonado la partido del juego social y ha decidido evitar todo fingimiento o, cuanto menos, con la crudeza de alguien convencido de que se encuentra en esa posición.

Pero surge la paradoja, la contradicción, el conflicto interior, ya que al mismo tiempo siente el aguijonazo de la envidia del hombre común. Anhela vivir sin pensar, sin cuestionárselo todo, el conformismo, la intrascendencia, la superficialidad. Querría zambullirse en la banalidad de los actos sociales repetidos y en las conversaciones vacuas que sin embargo sirven para llenar el vacío de la vida y para ahuyentar la angustia y el desasosiego que brotan de los pensamientos profundos. Luis es consciente, quizá exageradamente, de su diferencia y con frecuencia querría ser uno más, el hombre de la calle, uno del montón, no ser tan lúcido y consciente de todo. Íntimamente se duele de ser el que ve en un mundo en el que la masa ha optado por la ceguera. Le intriga cómo será eso de representar bien un papel en el gran teatro del mundo, actuar con convicción en la función de la vida, caminar como sabiendo a dónde va y no sin rumbo fijo. Se diría que añora ser actor, aunque sea de reparto y hasta mero figurante incluso, en vez del espectador, el observador, el antropólogo que interpreta al grupo humano o el biólogo que disecciona la rana y sabe ya lo que hay en su interior, el que ve lo que los otros parecen no ver o no querer ver.

No se respeta un juego en el que no se aspira a ganar nada, ni a divertirse siquiera. Hay en Luis claros elementos del anti-héroe, que por momentos recuerdan al célebre Ignatius J. Reilly de “La Conjura de los Necios”, aunque Luis tiene un núcleo de valores y de dignidad personal, alguna creencia en la persona concreta y no es rastrero, ni miserable, ni aprovechado. Incluso intuimos que por su aspecto físico debe resultar bastante atractivo para las mujeres, a pesar de su manifiesta ineptitud social, su desgana existencial, su carácter esquivo y su incapacidad para afrontar muchas situaciones de la vida corriente.

En «Mi Vida con Potlach» se desvela también el engaño de las apariencias, el timo o falsedad de la felicidad de anuncio, de revista de decoración, de fin de semana en “casa rural con encanto” y resulta que lo más bello, lo más deseable y necesario es lo intangible, lo que no puede comprarse, lo que se da y se recibe por generosidad o amor. En esta novela todo eso sucede, junto con a lo heroico cotidiano, esto es, el día a día de muchas personas abocadas a una vida muy dura y a la que Luis era antes completamente ajeno. El "milagro" ocurre en medio de la fealdad de un desangelado barrio del extrarradio de la gran ciudad, descuidado por las autoridades, y se manifiesta acompañado del defecto físico, de la minusvalía de algunos personajes. Personas que viven en la escasez de medios, en la estrechez física y económica, rodeados por lo vulgar, e incluso en situación de grave riesgo de perder lo más querido. Y ese riesgo lo encarnan quienes, a su vez, creen estar obrando bien, imbuidos de ese fetichismo de la imagen, del bienestar material como condición necesaria para una vida feliz y casi sinónimo de ésta. Con Luis vamos descubriendo la rapidez con que juzgamos y etiquetamos a los demás y la hostil desconfianza que nos genera todo aquello que desconocemos, frente a lo que reaccionamos nerviosamente, con un despectivo y airado rechazo apriorístico, como de niño al que le sobreviene una pataleta.

La novela puede quizás incurrir en algún que otro desliz hacia lo tópico, exhalar esporádicamente un cierto aire de enseñanza moral, así como perder momentáneamente cierta verosimilitud por la aparición de escenas rocambolescas, con un nítido olor a comedia cinematográfica. Asimismo, presenta algunas derivas o giros de guión cinematográfico de película romanticona, bastante previsibles y algunos personajes secundarios pueden resultar algo acartonados y estereotipados, como arquetipos o clichés de determinados ambientes, clases sociales, países o épocas. Pero lo estrambótico, lo grotesco y hasta esperpéntico también ocurre y muy rara vez se cuenta, cosa que sí hace esta novela, que relata varias de esas situaciones en las que para evitar el embarazo propio o el ajeno hacemos como que no vemos, como si jamás hubiesen ocurrido.

A mi juicio, la narración pierde algo de fuelle e interés en su conclusión respecto de su poderoso arranque y más que aceptable parte media o nudo. En su desenlace resulta menos genuina, como lastrada por algo de impostura frente a su autenticidad precedente; pero antes de ese desfallecimiento o ataque de dudas arquitectónicas de su autora ante el abanico de posibilidades -¿quién sabe?-, «Mi Vida con Potlach» se enriquece con un progresivo entrelazamiento de una pluralidad de historias que la van haciendo más compleja, crecientemente viva, como a su narrador-protagonista.

(Fotografía de Inma Luna, autora de "Mi Vida con Potlach")

Aunque en esto de la literatura todo es opinable y habrá, seguro, quienes hubieran preferido el mundo cerrado del diarista con su propio pensamiento o conciencia y la abstracción y generalidad de las experiencias vividas por el personaje, mediante su despersonalización, mediante la elipsis de su biografía y hasta de su identidad, al modo de algunos de los relatos de Kafka, por ejemplo. Diría que su autora, Inma Luna, ha coqueteado en algún momento con esa forma de contar una historia. Parece haber sentido la tentación de la supresión de toda información contingente y no esencial para la comprensión de los hechos, forma narrativa que genera misterio e intriga al lector; pero que después la ha abandonado, para entregarse a formas narrativas más convencionales, de mayor aceptación por el público contemporáneo, mediante la aclaración, la supresión de incertidumbres, el relleno de los vanos o lagunas; pero lo ha hecho sin caer, afortunadamente, en temáticas tópicas. La historia es muy original y tiene el valor de presentar una gama de personajes de grupos sociales y oficios de los que rara vez se ocupa la literatura (una limpiadora minusválida, una cajera de supermercado, un curandero inmigrante, los empleados de una inmobiliaria de barrio, etc.). Un verdadero contrapunto a la felicidad publicitaria de la era de la imagen. 

Tras haber descartado la autora esa forma narrativa, según esta conjetura, bien avanzada la novela se van desempolvando hechos bastante sorprendentes del pasado, que nos trasladan brevemente hasta el Berlín actual, al de los tiempos de la construcción del famoso muro, y también a la fría ciudad castellana de Burgos en los tiempos de la dictadura del General Franco. Esos hechos le hacen replantearse al lector varias de las asunciones que había realizado bastantes páginas atrás sobre el narrador-protagonista y algunos otros personajes cruciales en la vida del mismo, de forma que completado el puzle se produce una cierta reinterpretación del conjunto del relato. El lector se descubre jugando inopinadamente a psicoanalista y basando su interpretación de la forma de ser y el comportamiento del protagonista en las experiencias vividas durante su infancia.

Es muy probable que el lector de «Mi Vida con Potlach» se descubra a sí mismo acercándose y alejándose de Luis, alternativamente entendiéndolo a la perfección o no comprendiendo en absoluto su comportamiento; oscilando entre la identificación y la extrañeza; entre el rechazo y la comprensión; entre la lástima y hasta la envidia por el narrador-protagonista. El acierto en la construcción de este personaje constituye, qué duda cabe, una prueba de talento literario por parte de su creadora, Inma Luna.

Otra idea interesante, no sé si machista o feminista o si incluso ambas cosas a la vez, es el evidente paralelismo entre el ánimo de Luis y las reacciones de su pene. Su ánimo y su pene llevan vidas paralelas. Ambos pasan del abatimiento absoluto al resurgimiento, de la atonía a la excitación, a pesar de que el sexo es aparentemente muy secundario para Luis, así como en cuanto a su presencia cuantitativa en los hábitos y preocupaciones de casi todos los personajes que pululan por la novela. Pero una vez más las apariencias engañan. Hay  fuerzas que aunque ocultas siempre están ahí, en estado de latencia, y su influencia es crucial.



«Mi Vida con Potlach» —publicada en 2013 por la editorial canaria Ediciones Baile del Sol, ópera primera en el campo de la novela de Inma Luna, quien ya había publicado una colección de relatos cortos, titulada «Las mujeres no tienen que machacar con ajos su corazón en el mortero», pero que hasta el momento se ha dedicado de manera muy principal a la poesía— es una buena “inversión lectora”, expresión que por mercantil y reductora viene a ser a la literatura como “la marca España” a una nación entera; pero que ahí se queda, pues también el crítico desfallece, duda, y no da con la expresión que quisiera.

Se trata, en definitiva, de una narración que atrapa pronto al lector, que en su mayor parte lo incita a ir devorando páginas, y que en determinados pasajes o escenas resulta francamente divertida. A la vez, esta novela estimula su sentido crítico al ponerlo frente al espejo de nuestra colectiva aceptación, pasiva y confiada, de muchas cosas que tomamos por serias, fiables, lógicas, fundadas, como elementos de un orden necesario; pero que, miradas con ojos nuevos, con un poco de rigor y perspectiva, resultan absurdas, ilógicas, infundadas, contingentes o arbitrarias, en verdad partes de un conjunto más bien caótico y casual. Y, lo que es peor, con demasiada frecuencia ese supuesto orden social produce hechos o situaciones intolerables por su radical injusticia.

Es, por tanto, un prometedor debut en el campo de la narrativa larga, tal vez el despegue de una novelista de largo recorrido y altos vuelos, Inma Luna, a la que habrá que seguir de ahora en adelante con atenta mirada e interés. Tal y como le pasa a Luis de forma inopinada con una protagonista femenina, la visión de cuyo apetecible cuerpo, lo asalta y enardece en el más inoportuno de los momentos y en el menos erótico de los entornos; pero así es la vida y así se cuenta en “Mi Vida con Potlach». ¿No les parece?

jueves, 30 de enero de 2014

Cuaderno de interior (Diarios 2003-2004), de Ricardo Virtanen

Cuaderno de interior (Diarios 2003-2004)
Ricardo Virtanen
Baile del Sol, Tegueste, 2013


A la literatura autobiográfica le viene bien la luz natural, esa claridad justa para percibir una dimensión adecuada de las cosas sencillas que conforman el entorno. El primer volumen de los diarios del poeta, músico y profesor universitario Ricardo Virtanen desprende esa sensación desde el comienzo. La escritura no compone el gesto; comparte pormenores de una biografía al paso que tiende más a caminar hacia dentro que hacia fuera.
En su ejemplar currículo profesional, Ricardo Virtanen conjuga dos facetas artísticas, la música y la escritura, abordadas con perseverancia. Nacido en Madrid e hijo de un músico de jazz profesional, Santiago Pérez, desde sus días infantiles comenzó a tocar varios instrumentos y es una costumbre mantenida. Cuando las tareas docentes languidecen acude a los ensayos o toca en conciertos dispersos por una geografía que reclama los grupos musicales donde actúa como batería, o guitarra. Y además escribe poesía, novela, ensayo, reseñas y diarios, como si los días del autor tuviesen un ritmo temporal distinto, más intenso y más pleno.
Desde hace una década el autor se trasladó a vivir a Rivas-Vaciamadrid con su familia. La ciudad del este de Madrid es su reducto doméstico y está presente en el círculo relacional y en las inquietudes literarias del  momento vital en el que surge este diario. Esos años, la punta de lanza era Prima Littera y a los nombres que impulsaban la revista dedica variadas reflexiones. De igual modo, están presentes algunos ciclos literarios en los que visitaron la localidad poetas como Joan Margarit, Luis Alberto de Cuenca o José Cereijo. Además se describen convocatorias de la capital y encuentros con amigos del gremio; la sociología escritural ocupa un tramo grande de esta autobiografía..
El cauce introspectivo del diario tiene por norma transcender la anécdota para apuntar una consecuencia moral. Cada ser lleva en su acontecer algunas preguntas claves como el sentido existencial, o la condición fugaz del ser. El ejercicio de vivir impone sus gravámenes.
Hay acontecimientos que convulsionan el solipsismo del yo y le conminan a definirse desde el nosotros. El 11 de marzo de 2004 Madrid sufrió el mayor atentado terrorista de su historia. Fue un día para la mudez –el escritor deja esa fecha en blanco-:”el poeta –y no pienso en el escritor panfletario-tiene que reflexionar en voz baja, padecer lo ocurrido, tragarlo, y un día, cómo no, vomitarlo.” Aquella masacre tuvo una inmensa marea en las calles y es tarea de todos, también del escritor de diarios. Junto a esas muertes del fanatismo totalitario emergen las otras, las que separan de seres queridos o de figuras del jazz que dejan un hondo hueco en el ánimo del escritor.
Cuaderno de interior es la imagen fija de una soledad que sólo a veces se cura con los analgésicos del afecto, que tienen en la pequeña Sofía –la hija del escritor- el mejor remanso. Nos deja subrayados  y anotaciones que conforman el carácter de una sensibilidad que casi siempre mira con melancolía. Es sabido que el diario no es más que una propuesta para deambular de un asunto a otro sin que ese recorrido diverso pierda el interés y la complicidad del lector. Y eso sólo lo consigue el talento. De buena, de excelente literatura está hecho Cuaderno de interior. El libro descubre un diarista de estatura.

Redacción: José Luis Morante