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miércoles, 7 de octubre de 2015

Cuestionario literario a Javier Morales en Culturamas


ochoEn el país de la novela, Javier Morales ha hecho del relato breve su arte. Si bien en el 2013 con Pequeñas biografías por encargoabandonó el género del relato en favor de la novela breve, la trayectoria de Morales se define precisamente por el relato, un género que el escritor nacido en Placencia ejercita combinando las tres principales tradiciones literarias versadas precisamente en este género corto: la tradición norteamericana, la tradición argentina y la tradición rusa. “En España”, señalaba hace un par de años Morales, “el  cuento es un género bastante minoritario”, si bien reconocía que en las últimas décadas y, podría incluso especificarse, con entusiasmo, en los últimos cinco años, la popularidad del género corto ha aumentado, especialmente gracias a la labor de algunos editores –véase Salto de Página o Baile del sol, donde Morales publicó su último libro Ocho cuentos y medio– que han apostado por la publicación de libros de relatos y por autores. Enfrentándose al banal y erróneo tópico, tan difundido en este territorio, de que el relato es el hermano menor de la novela, algunos editores han decidido apostar un este género en el que se inscriben las obras cumbres y los autores canónicos de  países como Estados Unidos, Rusia y, especialmente Argentina. Publicado en el 2014 en  Baile del sol, Ocho cuentos y medio es, seguramente y hasta el momento, la obra más destacable de Morales: en un explícito y a la ver formalmente implícito homenaje a Chejov, el escritor placentino propone una serie de relatos enmarcados en la cotidianidad. Sin excesos estilísticos y sin tramas complejas, Morales busca en la más absoluta normalidad, la grieta que provoca el desconcierto, tanto para el lector tanto para los personajes, que ven desbaratarse la rutina de sus propias existencias. La grieta, como mencionaba Alex Chico en una reseña de Lisboa, puede considerarse como el liet motiv de la obra de Morales, alguien que se adentra en temas del día a día como el matrimonio, el trabajo, los hijos o el suicidio –seguramente el tema más duro, junto al de la violencia, presente en su obra- buscando en cada uno de ellos los puntos de fricción, momentos de desajuste que provocan una grieta entre lo asumido y lo inesperado. En este sentido, es difícil no ver en Morales un eco cortazariano: en efecto, si bien desde una perspectiva neofantástica del género relato, Cortázar definía sus relatos como la improvisa introducción de lo extraño en lo aparentemente anodino de la existencia. Sin explicación, sin aparente lógica y, sobre todo, sin una justificación final que dote el cuento de un sentido único e inapelable, los relatos de Cortázar “condenan” al lector a permanecer entre dos interrogantes, lo condenan al desconcierto y a la duda. ¿Qué es aquello que obliga a los dos hermanos a abandonar su casa, ocupada inesperadamente por un algo cuya identidad se desconoce?Cortázar no contesta narrativamente a esta pregunta, como tampoco contesta Javier Morales ante las quiebras que él mismo abre en sus relatos. Los finales abiertos definen todos los relatos de Morales que, si bien rehúye del explícito compromiso socio-político en sus relatos, hace de su literatura un constante interrogante acerca de nuestro presente, tan incomprensible como necesitado de cuestionamiento.
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¿Cuál es su idea de felicidad perfecta?
La felicidad, en sí misma, es algo que alude a la perfección. Por tanto es imposible conseguirla. Siempre me gustó esa frase de Bolaño cuando dijo que él había sido feliz todos los días de su vida, aunque solo fuese un poquito. Esa es mi ambición y, a veces, cuando estoy con las personas a las que quiero o en un momento en el que me siento rodeado de belleza (de cualquier tipo) tengo la impresión de haberlo conseguido.
¿Cuál es su gran miedo?
Tengo muchos, pero quizás el peor sea llegar a sentirme fracasado como padre.
¿Cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?
En esta sociedad ultracapitalista, la ambición desmedida, la dureza que ha de mostrarse para triunfar en determinados ámbitos, lo que a la larga acaba deshumanizándonos.
¿En qué ocasiones recurre a la mentira? (en el caso que confiese mentir)
Los escritores mentimos siempre, ja, ja, somos mentirosos patológicos, por lo tanto no te creas nada de lo que digo en este cuestionario. Ahora en serio, cuando considero que una mentira puede evitar que alguien lo pase mal y que lo que estoy ocultando no es importante.
¿Se muerde la lengua antes de expresar determinadas opiniones por temor al qué dirán?
Depende del contexto. Más que por temor, hay veces en las que me da mucha pereza tener que discutir con alguien, sobre todo cuando mi interlocutor muestra una intolerancia que impide cualquier diálogo civilizado.
¿Cuándo fue la última vez que tuiteó o publicó algún comentario en las redes sociales con plena libertad?
Ayer mismo, ja, ja. No suelo cortarme en las redes sociales, aunque como te decía antes, tampoco caigo en los debates estériles con gente que no merece la pena.
¿Qué es para usted la libertad?
Una aspiración, algo inalcanzable. La posibilidad de intentar ser uno mismo  sin dejar heridos en el camino.
¿Siente que ser una persona reconocida públicamente le resta libertad con respecto a la persona anónima?
Bueno, no creo que sea demasiado conocido. En cualquier caso, en los círculos en los que me muevo mi faceta “pública” no me resta libertad, al contrario, es un acicate para llegar a más gente.
¿Hablar y expresar públicamente opiniones políticas o silenciarlas?
Compartirlas y expresarlas, por supuesto, es un derecho que ha sido muy difícil de conseguir a lo largo de la historia y que siempre estará amenazado. Con todos sus defectos, en España vivimos en una democracia y debemos intervenir en el debate público. Las redes sociales han abierto grandes posibilidades en este sentido.
¿Activismo público o compromiso privado?
Lo ideal sería que ambas facetas fueran de la mano. Por ejemplo, no resulta muy coherente que uno alerte sobre los límites ecológicos del planeta y luego se mueva en coche hasta para comprar pan. Por otro lado, no creo que yo sea un activista en ninguno de los dos ámbitos, público o privado, y tampoco aspiro a ser ejemplo de nada ni ser un moralista, qué horror. Me contradigo todo el rato. Creo que era Voltaire quien decía que quien no se contradice al menos cinco veces al día es un tonto.
¿Informarse o ser informado?
Informarse, claro, quizás por deformación profesional. Trato de pensar por mí mismo, sin ideas sectarias o preconcebidas, aunque supongo que no siempre lo consigo. En este país nos movemos mucho por las consignas y por avalar incondicionalmente todo lo que dicen “los nuestros”, aunque no siempre lleven razón.
¿Qué es para usted y qué valor tiene la información?
La información es básica para construir una sociedad democrática, para ser libres y ejercer la crítica. Cercenar este derecho significa amputar la democracia y debemos estar siempre muy alerta porque la amenaza del poder para restringirla está siempre ahí. Lo hemos visto con las medidas antiterroristas, como si hubiera que elegir permanentemente entre la seguridad o la libertad, lo cual es una falacia.
morLa cultura, ¿cuestión de esnobismo o conocimiento transversal?
Cultura y esnobismo son un oxímoron, ¿no?, una contradicción en los términos. La cultura debería hacernos más empáticos, abiertos y receptivos a lo que ocurre a nuestro alrededor. De ahí que siempre deba ser un conocimiento transversal
¿Todo es cultura? O, mejor dicho, ¿qué no es cultura para usted?
A veces los límites están claros, cuando por ejemplo hablamos de algunos programas de la televisión que desde luego son la antítesis de la cultura, o de lo que debería ser al menos. Pero en otras los límites son más difusos y lo que ahora pensamos que no es cultura a la larga lo será. Como ya voy teniendo una edad, recuerdo las discusiones hace años con algunos amigos culturetas en torno a las series. Las despreciaban y me miraban por encima del hombro porque a mí siempre me han apasionado (las buenas, claro). Algunos de ellos hoy están a la última en cuanto a las series y ya no leen, dedican su tiempo libre a consumirlas, me dicen. Y ahí es donde está la clave: la cultura no se consume, se vive y se disfruta. Volvemos al esnobismo.
¿Sus referentes culturales son literarios, musicales, artísticos, cinematográficos…?
Todos ellos y me gusta que sea así. La cultura, como decías, es transversal, y no entendería mi forma de ver el mundo sin el cine que he visto, por ejemplo, sin que por eso yo me considere un cinéfilo. Uno no puede abstraerse del mundo en el que vive.
¿Un autor para releer?
Hay centenares. Pero si tuviera que recomendar un autor y un libro, así, a bote pronto, sin duda sería El Danubio, de Claudio Magris. Un libro inclasificable y cuya lectura nos ayuda a entender lo que somos. Más necesario que nunca.
¿Un autor recién descubierto?
No diría que recién descubierto, pero quizás John Williams y su novela Stoner (Baile del Sol). Una historia sencilla en torno a un profesor de inglés, contada con brillantez, con una prosa sobria, que indaga en lo más hondo de nuestros anhelos y frustraciones, en el significado de la vida.
¿Una película, una obra de teatro o un espectáculo recientemente visto y que no olvidará?
Por diversas razones voy poco al teatro, aunque me encanta. Voy  más al cine, pero reconozco que en los últimos tiempos no he visto ninguna película inolvidable, como demuestra mi respuesta. Sin embargo, hablando de series, sí hay varias que mantendré en mi retina durante mucho tiempo. Por citar algunas, Los soprano, The good wife, Boardwalk empire y Mad men.

La creación, ¿un arte, una pasión o un ofició que se puede aprender?
Pues todo a la vez. Es imposible escribir, que es de lo que mejor puedo hablar, sin pasión y sin oficio. Se puede aprender la técnica, sin duda, conocer las herramientas, pero requiere mucho esfuerzo y muchas lecturas. La creatividad depende de nosotros, es nuestro tesoro, y también se puede estimular.
¿Todos podemos escribir un libro?
Como decía antes, con tesón claro que se puede. Otra cosa es que el resultado sea bueno. Pero el mero hecho de haberlo conseguido, de haber trabajado con honestidad, ya es un mérito.
¿Todos podemos publicar?
Ahora, con internet, la publicación está al alcance de todo el mundo, lo que no quiere decir que lo que se publique merezca la pena. En este sentido, y con todas sus limitaciones y errores, las editoriales sirven como filtro y como el primer “crítico” de nuestro trabajo. Aunque también es verdad que cada vez más están condicionadas por el mercado, al menos las grandes.
¿Todos podemos ser artistas?
Todos tenemos esa capacidad, pero luego hay que desarrollarla. ¿Por qué unos lo consiguen y otros no, en igualdad de condiciones? La verdad es que no lo sé. Supongo que eso es lo que nos hace singulares y no meros robots.
El éxito, ¿personal o profesional?
Lo deseable sería que coincidieran, aunque el éxito personal y el profesional no suelen ir de la mano. El éxito personal abarca muchas facetas. Si hablamos de la escritura, por ejemplo, el éxito consistiría en escribir la obra que uno ambiciona, aproximarse al menos. Como son pocos quienes viven de la escritura, lo más normal es que haya que ganarse la vida de algún modo y compatibilizar la literatura con otra actividad, con otra profesión.
El éxito, ¿fama, dinero, reconocimiento o no necesariamente?
Cuando veo lo mal que lo pasan millones de personas en este planeta, que huyen del hambre o de la guerra, o viven en una dictadura, me siento un afortunado en lo material, la verdad. No necesito grandes cosas. Tampoco la fama. Aunque sí el reconocimiento de la gente que valoras y cuyo talento aprecias.
¿Cuál considera que es su gran logro?
Levantarme todas las mañanas y pensar que las cosas podrían ir a mejor.
¿Cuál es su lema?
Como decía Frank Bascombe, el protagonista de El periodista deportivo, de Richard Ford, “vive y deja vivir”.

lunes, 23 de marzo de 2015

Un canto a la cotidianidad

POR MARIO S. ARSENAL , 19 SEPTIEMBRE, 2014
Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente: Escritura Creativa
Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente:Escritura Creativa
Sentir la necesidad de escribir cuando se está de vacaciones puede ser algo problemático. Significa que ni en tus días libres eres capaz de estarte quieto o, lo que es peor, que tienes el trabajo por martirio. Mi caso particular es bastante más sencillo y la conclusión es tajante. La necesidad es algo más que una contingencia, qué demonios, es la única forma posible de escribir. Pero como yo no tengo que explicarles nada dado que ustedes me entienden, habrá que seguir delegando en los escritores la responsabilidad de iluminar los postigos de nuestras sombras.
El libro del que quiero hablarles hoy pertenece a un género narrativo que permite puntuales posibilidades expresivas que usualmente la novela no alcanza dada su extensión. No me tiren piedras, existen excepciones. Me estoy refiriendo al cuento como forma concisa que trata de representar una realidad acotada por la acción y el tiempo, no tanto por sus personajes. Javier Morales no es nuevo en este terreno, ya había publicado La despedida (2008) y Lisboa (2011), además de la novela Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro, 2013). Su última criatura se llama Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014) e incorpora un relato de Gonzalo Calcedo a modo de epílogo. La honestidad me dice que a este libro no le sobra la firma de Calcedo, pero tampoco la necesita. Ocho relatos y medio se sirve de una prosa llana, horizontal, adusta en el mejor sentido de la palabra. Pulsa teclas atrancadas en nuestra realidad como la pérdida de la inocencia, los esbozos de la inmigración, la prostitución laboral encubierta y la búsqueda del sentido de la vida hasta llegar a la soledad aterradora o el brillante conato de una microfobia doméstica.
Las apenas cien páginas de este librito pueden confundirnos, pero se trata de un proyecto ambicioso. Javier pretende sondear la naturalidad del común de los mortales desde la sencillez más noble, la compleja, la que a fuerza de valerse de un vocabulario cotidiano y unas vidas corrientes en grado sumo, acaba por volcar su acento en la quietud de sus acciones, en la inmovilidad de su carácter. De ahí que la hondura de los relatos no recale en otro lugar que en la palabra desnuda y la historia despojada de un ornato que se revela innecesario.
La labor de Javier es tejer pormenorizadamente una retahíla de sucesos que, descontextualizados de la estructura narrativa que ofrece esta escritura, perderían toda su gravedad. Por esto creo que el acierto es doble, primero por no haberse dejado llevar por la mano incierta de la lírica, y después, gracias a ello, por haber sabido revalorizar la cotidianidad desde lo anodino. Confeso admirador de Chéjov, la huella del maestro ruso se hace notar en cada uno de los relatos, pero poco nos importa la influencia, esto sigue siendo cosa de culturetas que no saben qué decir y académicos embarrados en una Literatura Comparada que jamás llegará a concluir en nada. Una nada de la que precisamente se componen estas historias. Por tanto, no hay lugar para la especulación cuentista -tenía muchas ganas de decirlo- sino para el goce puro de la narración desvestida de trascendentalidad. Ocho cuentos y medio tiene la pretensión simbólica de que el medio cuento que falta para componer el número entero de nueve (¿Dante agazapado?) sea cosa del lector. Desconozco si personalmente he logrado armar ese pedacito de historia tambaleante, pero este libro de Javier Morales es como una carretera de historias bajo un horizonte bañado de trigales, extensa aunque reducida parcela de una llanura que despunta a lo lejos de nuestra mirada en la distancia. Desde esa altura, la que permite observar el paisaje desde el camino, van apareciendo los suaves amarillos tostados por el tiempo, los poderosos verdes que anuncian una forma de exuberancia, y se mezclan con el azul de un cielo que amenaza tormenta o con el ocre baldío de la tierra posado en las cunetas. Es curioso que Morales no simpatice con las historias comprometidas y sin embargo haya dado a luz esta hermosa criatura, tan apegada a la realidad, tan misteriosa y tan previsible, tan cotidiana.
Mario S. Arsenal

lunes, 19 de enero de 2015

Ocho cuentos y medio, Javier Morales Ortiz

Epílogo de Gonzalo Calcedo. Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 104 pp. 9 € 

Pedro M. Domene 

Eso y poco más es lo que interesa: contar historias. Esas que surgen de la realidad inmediata y se traducen en relaciones personales, pese a las insatisfacciones, los fracasos, o la soledad más absoluta, y alguna que otra alegría, aunque eso sí inmersos en los problemas cotidianos que se acercan a una realidad, y se traducen en unas historias que se miran, una y otra vez, en ese espejo que produce la incertidumbre diaria. Y en este sentido se mueve, Ocho cuentos y medio(2014), la nueva apuesta narrativa breve deJavier Morales Ortiz (Plasencia, 1968), que ya se había ejercitado en el género y publicado, La despedida (2008) y Lisboa(2011), dos colecciones que sobresalían por ofrecer la realidad moral de toda una vida y, sobre todo, porque sobre sus personajes recaía o, mejor, se edificaban las historias que giraban en torno a ese divino mundo cotidiano. Autor de profunda tradición chejoviana, a Morales le importa que sus textos contengan abundantes elipsis, y así va dejando el hueco necesario en sus historias para que el lector sea capaz de interpretar y aun más, en ocasiones, de reinterpretar. El narrador arranca de una realidad inmediata como punto de partida, y en ocasiones el resultado de esta resulta tan desolador como dramático porque quizá, como protagonistas únicos, no reflexionamos acerca de la percepción inconsciente del conocimiento de una vida cotidiana. Por otra parte, no encontramos en los relatos de Javier Morales detalles pormenorizados que ofrezcan una idea total de la historia que estamos leyendo, lejos de eso nos enteramos por sus personajes que ellos mismos tienen la decepcionante capacidad de mostrarse superfluos en su actitud vital, como si esa insignificancia fuese una muestra más de este complejo mundo; la mayoría han modificado sus rutinas, y de golpe y porrazo sus vidas dan un giro inesperado y se perfilan así, como incompletos y parece que no hubieran encontrado su camino en esta vida
En las historias de Ocho cuentos y medio se nos habla del profético divorcio de unos padres enmarcado en un final de año decisivo de su vida, o del inocente descubrimiento de la verdad de unos niños, y como a través del “mito de la caverna” dos seres solitarios se conocen, Gladys, una uruguaya, y el narrador, vislumbrado por la vida que esta lleva en el semisótano de un edificio viejo, y de mala construcción; o los problemas laborales que se mezclan con la vida personal, y la vida adolescente que se interrumpe frente a una responsabilidad que atormenta a los dos jóvenes, y ese espacio futuro en blanco sin que podamos discernir qué o debe ocurrir; la absoluta soledad de Bruno, o la cómica o asfixiante situación de una plaga de chinches y su descontaminación que hace aguas una relación de pareja; y el homenaje al maestroChéjov en el que, tal vez, sea el mejor relato de la colección, “Regreso a Sajalín”, el descubrimiento de su protagonista, una joven investigadora canadiense para llegar a Guantánamo, un relato paralelo que descubre y parafrasea la magia del narrador ruso.
Javier Morales concreta sus textos, hasta la expresión mínima, utilizando un lenguaje conciso y eficaz, que redondea con una aparente sencillez que se asemeja a un fogonazo que busca complacer al lector y dejarle el regusto de la buena literatura, un sano concepto de hacer las cosas bien, lejos de una retórica ampulosa que enmaraña las historias sin sentido alguno. Ocho cuentos, y ese medio, a modo de epílogo de Gonzalo Calcedo, o mejor ese relato que, de la mano de un maestro, ensaya en sus textos unas equivocas situaciones en las que todos y cada uno podemos vernos como “Caídos del cielo”.

martes, 9 de diciembre de 2014

4 imprescindibles de Baile del Sol

Sin ninguna duda, hay ciertos libros en determinadas editoriales que nos llaman más la atención que otros. En este caso no hemos tenido que rebuscar demasiado entre el maravilloso catálogo que tiene Baile del Sol. Hemos rescatado para vosotros cuatro títulos que tenéis que apuntaros para el próximo regalo que tengan que haceros. Cada uno en su temática y género son especiales, y estamos seguros de que vais a encontrar vuestra próxima lectura entre alguno de ellos, sino en todos.

m154Caídos del suelo, de Ramón Betancor
Sinopsis: ¿Hasta dónde estarías dispuesto a caer y dejar caer para que tus libros sean los más leídos, tus canciones las más escuchadas o tus cuadros los más admirados? ¿Qué harías si supieras de la existencia de una organización internacional que conoce el secreto para convertir en alimento los sentimientos de quienes les rodean y, de esta forma, crear obras de arte maravillosas? A través de estas páginas, hasta la fecha inéditas y ahora en tus manos, el escritor Mario Rojas nos descubre la cara oculta de un mundo que deslumbra a la misma velocidad y tiempo en que lo cubre todo de ceniza. Un relato que te atrapará a medida que vaya avanzando y en el que nada es lo que parece ni nadie es quien aparenta ser. Ni siquiera el propio protagonista de la historia.
Valoración: La primera novela siempre es un duro paso que los escritores dan, la mayoría sin pena ni gloria. Pero en el caso de Ramón Betancor ha sido muy diferente. El éxito conseguido hace que sea recomendada por cada uno de sus lectores. Nos encantan los libros que se escriben sobre escritores. Es como si inconscientemente creyéramos estar leyendo las propias vivencias del autor. Y es que Mario Rojas, el protagonista, está vivo, muy vivo para todos. Porque primero le conocimos en las redes. El mismo Mario nos iba relatando ciertos aspectos de él mismo. Y quedamos enganchados por siempre. Y cuidado, en esta novela no todo es lo que parece; no os imagináis las cosas que pueden llegar a hacer algunos por conseguir lo que quieren… Ésta es la primera entrega de la trilogía El Reino de los Suelos, que lo completarán los dos siguientes títulos: Colgados del suelo y Camino del suelo.

 La inmortalidad del cangrejo, de Fernando J. López
Sinopsis: Septiembre 2001. Alfredo tiene veintitrés años, un novio al que apenas ve, un trabajo basura que odia y una familia a la que no soporta. La noche en que Álex, su mejor amigo, desaparece sin dejar rastro, se siente obligado a intentar dar con él. Su búsqueda  lo llevará a adentrarse en una realidad cada vez más violenta  y peligrosa, hasta que su mundo amenace con derrumbarse con la misma saña que las Torres del 11S. Un mundo obcecado en ser cangrejo y donde los titulares ya nos anunciaban, sin que lo supiéramos, cuánto habríamos retrocedido diez años después.
Valoración: Llevo tiempo diciendo lo que me atrae todo cuanto escribe Fernando. Novela, teatro, relatos… Es uno de esos escasos escritores que prueban cualquier cosa y salen con éxito de la empresa que se habían propuesto. Un gran talento español al que desde ya deberíamos seguir la pista. Leer La inmortalidad del cangrejo es como mirar a un espejo y ver en él nuestra actual sociedad. No siempre sabemos lo que nos depara el destino. Más bien nunca, por mucho que creamos que vamos por el camino correcto. A veces, como el protagonista del libro, nos encontramos a nosotros mismos buscando otras cosas. Una novela dura, impactante, enmarcado en el trágico atentado de las Torres Gemelas de NY, un suceso que nos quedó grabado a todos. Un relato contado con pasión, que habla por sí solo, que nos lleva a acompañar a Alfredo por un mundo que va derrumbándose delante de nosotros. Una historia que nos hará darnos cuenta de lo importante que es dejar de pensar en la inmortalidad del cangrejo (frase hecha que suele significar que estamos distraídos fantaseando), incluso dejar atrás nuestro deseo de seguir siendo cangrejos y mirar hacia adelante, seguir dando pasos hacia el futuro real, uno que podamos decir que hemos contribuido a crear.

thOcho cuentos y medio, de Javier Morales Ortiz
Sinopsis: Bajo el influjo de una profecía maya, un niño asiste al fin de año más importante de su vida. Una plaga de chinches pone patas arriba una relación de pareja. El mito de la caverna de Platón es el punto de partida para el encuentro de dos seres solitarios. Una escritora canadiense trata de llegar a Guantánamo para reescribir el viaje a Sajalín de Chéjov. Tras su debut en la novela con Pequeñas biografías por encargo, Javier Morales regresa al relato corto con ocho cuentos en los que nos habla de la pérdida de la inocencia, del amor y del trabajo, de la soledad y el desarraigo, de las zonas quebradizas de nuestras vidas, sin perder nunca de vista un presente que nos desconcierta y nos revuelve. Un libro donde el lector escribe el medio cuento que falta.
Valoración: No es el primer libro de cuentos de este autor. Javier Morales es un escritor que se descubre y se le hace a uno imprescindible. Un libro en el que no se puede elegir el mejor relato. Todos y cada uno de ellos tienen su importancia y su valor. Apenas ocho páginas como máximo por historia, y apreciamos más fundamento que en otras obras de cientos de páginas. La madurez narrativa de Morales queda plasmada en cada cuento. Contiene ocho cuentos más un cuento en el epílogo de Gonzalo Calcedo. ¿El otro medio cuento? El que el lector quiera añadir. Amor, soledad, trabajo… nuestra vida plasmada en las letras breves de Javier Morales.

viaje-con-una-burra-por-los-montes-de-cevennes-r-l-stevenson-trabalibrosViaje con una burra por los montes de Cévennes, de Robert Louis Stevenson

Sinopsis: En 1878, Robert Louis Stevenson quiso huir de sus numerosos problemas -salud escasa, amores tormentosos, dificultades económicas-, emprendiendo un viaje a través de los montes Cévennes, en Francia, acompañado por Modestine, una burra algo especial. Los apuntes que Stevenson recogió durante el viaje dieron origen a este libro, una entretenida descripción de los franceses y de su país.

Valoración: Cómo no incluir a Stevenson entre los autores recomendados de Baile del Sol. Este libro de viajes nos narra la experiencia del viaje que emprendió Stevenson por Cévennes, Francia, cuando necesitó huir de sus problemas amorosos, de salud y económicos, acompañado por una peculiar burra. Vemos un fiel retrato de los franceses de la época, bellos paisajes por los que nos perdemos durante la narración, sitios que nos apuntaremos para recorrer algún día nosotros mismos.


viernes, 19 de septiembre de 2014

Un canto a la cotidianidad


Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente: Escritura Creativa
Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente:Escritura Creativa
Sentir la necesidad de escribir cuando se está de vacaciones puede ser algo problemático. Significa que ni en tus días libres eres capaz de estarte quieto o, lo que es peor, que tienes el trabajo por martirio. Mi caso particular es bastante más sencillo y la conclusión es tajante. La necesidad es algo más que una contingencia, qué demonios, es la única forma posible de escribir. Pero como yo no tengo que explicarles nada dado que ustedes me entienden, habrá que seguir delegando en los escritores la responsabilidad de iluminar los postigos de nuestras sombras.
El libro del que quiero hablarles hoy pertenece a un género narrativo que permite puntuales posibilidades expresivas que usualmente la novela no alcanza dada su extensión. No me tiren piedras, existen excepciones. Me estoy refiriendo al cuento como forma concisa que trata de representar una realidad acotada por la acción y el tiempo, no tanto por sus personajes. Javier Morales no es nuevo en este terreno, ya había publicado La despedida (2008) y Lisboa (2011), además de la novela Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro, 2013). Su última criatura se llama Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014) e incorpora un relato de Gonzalo Calcedo a modo de epílogo. La honestidad me dice que a este libro no le sobra la firma de Calcedo, pero tampoco la necesita. Ocho relatos y medio se sirve de una prosa llana, horizontal, adusta en el mejor sentido de la palabra. Pulsa teclas atrancadas en nuestra realidad como la pérdida de la inocencia, los esbozos de la inmigración, la prostitución laboral encubierta y la búsqueda del sentido de la vida hasta llegar a la soledad aterradora o el brillante conato de una microfobia doméstica.
Las apenas cien páginas de este librito puede confundirnos, pero se trata de un proyecto ambicioso. Javier pretende sondear la naturalidad del común de los mortales desde la sencillez más noble, la compleja, la que a fuerza de valerse de un vocabulario cotidiano y unas vidas corrientes en grado sumo, acaba por volcar su acento en la quietud de sus acciones, en la inmovilidad de su carácter. De ahí que la hondura de los relatos no recale en otro lugar que la palabra desnuda y la historia despojada de un ornato que es innecesario.
La labor de Javier es tejer pormenorizadamente una retahíla de sucesos que, descontextualizados de la estructura narrativa que ofrece esta escritura, perderían toda su gravedad. Por esto creo que el acierto es doble, primero por no haberse dejado llevar por la mano incierta de la lírica, y después, gracias a ello, haber sabido revalorizar la cotidianidad desde lo anodino. Confeso admirador de Chéjov, la huella del maestro ruso se hace notar en cada uno de los relatos, pero poco nos importa la influencia, eso sigue siendo cosa de culturetas que no saben qué decir y académicos embarrados en una Literatura Comparada que jamás llegará a concluir en nada. Una nada de la que precisamente se componen estas historias, por tanto no hay lugar para la especulación cuentista -tenía muchas ganas de decirlo- sino para el goce puro de la narración desvestida de trascendentalidad. Ocho cuentos y medio tiene la pretensión simbólica de que el medio cuento que falta para componer el número entero de nueve (¿Dante agazapado?) sea cosa del lector. Desconozco si personalmente he logrado armar ese pedacito de historia tambaleante, pero este libro de Javier Morales es como una carretera de historias bajo un horizonte bañado de trigales multicolores, extensa aunque reducida parcela de una llanura que despunta a lo lejos de nuestra mirada en la distancia. Desde esa altura, la que permite observar el paisaje desde el camino, aparecen los suaves amarillos tostados por el tiempo, los poderosos verdes que anuncian una forma de exuberancia, y se mezclan con el azul de un cielo que amenaza tormenta o el ocre baldío de la tierra posado en las cunetas. Es curioso que Morales no simpatice con las historias comprometidas y sin embargo haya dado a luz esta hermosa criatura apegada a la realidad, tan misteriosa y tan previsible, tan cotidiana.
Mario S. Arsenal

lunes, 28 de julio de 2014

Cuentos nacidos de la constancia

EL AUTOR ASEGURA QUE UN BUEN CUENTO PUEDE APORTAR LO MISMO QUE UNA NOVELA

El escritor y periodista placentino Javier Morales ha presentado en la Puerta de Tannhäuser su última obra, 'Ocho cuentos y medio'

  •  Autor  El escritor placentino Javier Morales. - Foto:SOLE GONZALEZ
    Autor El escritor placentino Javier Morales. - Foto:SOLE GONZALEZ
SERGIO DIAZ 17/07/2014

El escritor y periodista placentino Javier Morales ha lanzado al mercado recientemente su última obra, Ocho cuentos y medio, que, según Morales, "sigue la misma semilla" que sus otros dos compendios de cuentos, La despedida (2008) y Lisboa (2011), que es "admiración por el cuento naturalista de Antón Chéjov", del que se distancia para "abrir caminos propios".
Morales no considera que haya "mucha diferencia entre cuento, relato y novela. Un buen relato puede aportarte lo mismo que una novela". Aunque, como aliciente para los relatos más breves, el autor considera que el cuento se ajusta perfectamente "al mundo fragmentario en el que vivimos actualmente".
Sus obras son fruto del esfuerzo, "la historia no te abandona durante el tiempo en que la escribes, pero tienes que hacerlo todos los días", asegura el autor de la novela Pequeñas biografías por encargo (2011).
En cualquier caso, Morales se toma descansos entre cada pieza que crea. Nacida de su forma de escribir, ha terminado una novela, aún inédita, llamada Expediente de regulación de empleo , y planea una hibridación entre novela, crónica y documental sobre el poeta Angel Campos Pámpano, que lleva por título provisional Viaje a la ciudad blanca. 

viernes, 25 de julio de 2014

Tradición chejoviana

Anun­cia Javier Mora­les Ortiz, escri­tor, perio­dista, pro­fe­sor y cola­bo­ra­dor de varios medios, entre ellos Leer, que su pró­xima publi­ca­ción será la novela Expe­diente de regu­la­ción de empleo, que, a tenor de lo ade­lan­tado por el autor pla­cen­tino afin­cado en Madrid, se vis­lum­bra de enorme inte­rés por el asunto que aborda: la devas­ta­dora cri­sis que nos asola y su terri­ble con­se­cuen­cia de las enor­mes cifras de des­em­pleo. Y no solo por el tema, dando mues­tra de la nece­si­dad de una lite­ra­tura que, sin rego­dearse en solip­sis­mos, nos sitúe en el com­pli­cado aquí y ahora. Javier Mora­les debutó en el género nove­lís­tico el año pasado con Peque­ñas bio­gra­fías por encargo (Huerga &Fie­rro), una tan ori­gi­nal como suge­rente pro­puesta, que, a tra­vés de su pro­ta­go­nista, Samuel, que se dedica a la curiosa tarea mer­ce­na­ria de escri­bir la vida de otros, logra sumer­gir­nos en una trama que, sin olvi­dar su punto de intriga, sabe des­cu­brir los inquie­tan­tes plie­gues que encie­rra la más apa­ren­te­mente ano­dina realidad.
Pero antes de la apa­ri­ción de esa pró­xima novela, Javier Mora­les nos regalaun nuevo volu­men de rela­tos, moda­li­dad de la que es bri­llante y fiel cul­ti­va­dor en una opor­tuna inten­ción de poner en valor un género que no siem­pre se estima como merece. Su domi­nio del cuento quedó patente en dos ante­rio­res reco­pi­la­cio­nes: La des­pe­dida (2008) yLis­boa (2011), apa­re­ci­das ambas en laEdi­tora Regio­nal de Extre­ma­dura. Y vuelve a mani­fes­tarse ahora en Ocho cuen­tos y medio, que nos llega de la mano de la edi­to­rial Baile del Sol.
Como su pro­pio autor señala en una nota ini­cial, la obra pre­senta dos pecu­lia­ri­da­des: por un lado, pro­mete ocho cuen­tos y medio, pero en sus pági­nas solo encon­tra­mos ocho. Por otro, a modo de epí­logo, incluye un relato de otro escri­tor: “Caí­dos del cielo”, de Gon­zalo Cal­cedo. La pri­mera obe­dece a que, según apunta Mora­les, “el medio cuento que falta es el que crea cada lec­tor des­pués de haber lle­gado a la última página”. La segunda se pro­pone “esta­ble­cer un ‘diá­logo’ en el plano de la fic­ción con uno de los refe­ren­tes del cuento en espa­ñol”, a quien Mora­les agra­dece su gene­ro­si­dad. Nin­guna, pues, de estas dos sin­gu­la­ri­da­des resulta gra­tuita. Mora­les Ortiz plan­tea de esta forma un “diá­logo” no solo con Cal­cedo, sino con los pro­pios lec­to­res que resulta, cier­ta­mente, enriquecedor.
Ocho cuen­tos y medio se abre con “Pro­fe­cías”, donde la voz narra­dora, en pri­mera per­sona, recuerda epi­so­dios de su infan­cia, etapa de la vida en la que tam­bién se cen­tra el siguiente, “Nidos”, para pasar a con­ti­nua­ción a “Más allá de la caverna”, cre­pus­cu­lar relato en el que se da una vuelta de tuerca al mito pla­tó­nico de la caverna en el encuen­tro de dos sole­da­des, que hace pre­ver a su pro­ta­go­nista un giro ines­pe­rado. Ima­gine aquí, por ejem­plo, el lec­tor cuál puede ser ese giro en el crea­tivo juego al que nos invita Javier Mora­les. En “Es tra­bajo, idiota, no es amor” se plan­tea una situa­ción por des­gra­cia muy habi­tual en la actua­li­dad como son los des­pi­dos labo­ra­les, asunto que tam­bién está pre­sente en otros rela­tos del libro, y que ocu­pará, como antes indi­ca­mos, la pró­xima entrega nove­lís­tica de Mora­les Ortiz. En “Final de verano” somos tes­ti­gos de un amor esti­val con dra­má­tico desen­lace y en “Navi­dad” nos alo­ja­mos en el hotel Almi­rante, donde Bruno tra­baja como recepcionista.
Cie­rran el volu­men, antes del bro­che final de la con­tri­bu­ción de Gon­zalo Cal­cedo, dos mues­tras espe­cial­mente atrac­ti­vas. “Mos­qui­tos” me ha evo­cado la desa­so­se­gante pelí­cula La car­coma, de Ing­mar Berg­man, con su gran metá­fora en torno a la com­ple­ji­dad y dete­rioro de las rela­cio­nes de pareja. En el relato de Mora­les, una plaga de chin­ches obliga a Mónica y a Robe a desa­lo­jar su casa. Pero no será solo esa la nove­dad que tras­to­cará sus vidas. Por­que la vida no es per­fecta, como pen­saba Mónica antes de que la des­pi­die­ran ni “exis­tía solo para que Robe y ella la con­su­mie­ran”. En “Regreso a Saja­lín”, su per­so­naje prin­ci­pal, Becky, alumna de un Más­ter de escri­tura crea­tiva en la Uni­ver­si­dad de Toronto, se ins­pira en “La isla de Saja­lín”, de Antón Ché­jov, para rea­li­zar un tra­bajo de fin de curso sobre los pre­sos de Guantánamo.
No es “Regreso a Saja­lín” el único caso donde la som­bra pro­tec­tora de Ché­jov, por quien Mora­les ha con­fe­sado admi­ra­ción, se alza en la manera en que con­cibe el género del relato. Como en los del ruso,en los cuen­tos de Mora­les, el fra­caso, la sole­dad, la inco­mu­ni­ca­ción, el dolor, las insa­tis­fac­cio­nes vita­les, el paso del tiempo, dis­cu­rren impla­ca­bles pero sin estri­den­cias, en un sub­suelo del alma car­gado de silen­cio­sas tor­men­tas. Home­na­jea así Javier Mora­les Ortiz al egre­gio maes­tro, sin per­der sus señas de identidad.
CARMEN R. SANTOS

martes, 22 de julio de 2014

"Ocho cuentos y medio", un homenaje a Chejov con final abierto

Madrid, 8 jul (EFE).- El escritor Javier Morales Ortiz escribió su última obra, "Ocho cuentos y medio", un conjunto de relatos en el que el lector debe escribir el final, como un homenaje al autor ruso Antón Chéjov, considerado uno de los creadores de relatos más importantes de la literatura.
En ella, Javier Morales (Plasencia, 1968) habla del suicidio, de la naturaleza, de la inmigración, del trabajo, de las relaciones de pareja y hasta de los chinches, cuenta en una entrevista con Efe.
"No me gusta la literatura comprometida, pero los personajes viven en un mundo concreto que les afecta", asegura el también autor de los libros de relatos "La despedida" y "Lisboa", así como de la novela "Pequeñas biografías por encargo".
Por eso, el libro está ambientado "en el momento presente" y algunas de sus historias son "bastante dramáticas", como las relativas a la angustia por perder el empleo, en una obra "de tradición chejoviana", escritor por el Morales siente pasión, quien animaba a escribir relatos "de cualquier cosa".
"El punto de partida siempre es la realidad y lo que te rodea", asegura Morales, quien subraya que como trasfondo de sus historias siempre están "las insatisfacciones de la vida, los fracasos, la muerte, la infancia o la sensación de que el tiempo se escapa entre los dedos".
Además, con "Ocho cuentos y medio" su creador también indaga en sus recuerdos infantiles de la mano de dos jóvenes protagonistas, mientras que para el final deja el capítulo más político, "Regreso a Sajalín", inspirado en "La isla de Sajalín", el relato de Antón Chéjov sobre su viaje a esta isla, en el Pacífico, para documentar las condiciones de vida de los presos rusos.
En esa última historia, la protagonista, Becky, toma este libro como base para su relato de fin de curso, pero antes decide viajar a Guantánamo para trazar un paralelismo entre los presos rusos confinados en Sajalín y los apresados por EEUU en Guantánamo, a 64 kilómetros de Santiago de Cuba, por sus supuestas vinculaciones con Al-Qaeda y los talibanes.
"Pensé que lo que ocurría en Sajalín es lo mismo que ahora puede ocurrir en Guantánamo, un sitio del que no existen datos sobre los presos que hay ni de su vida", asegura.
La obra, con epílogo de Gonzalo Calcedo, autor de referencia para todos los lectores de relatos, muestra la habilidad de su creador como narrador, algo que aplica también a su oficio de periodista ante su creencia de que el buen periodismo "trata de contar historias", en este caso reales, y también forma parte de la literatura.
Según Morales, el relato En España, a diferencia de lo que ocurre en EEUU o en América Latina, sigue siendo un género "bastante minoritario", al decantarse la mayoría de lectores por las novelas "de tipo de comercial", aunque reconoce que su popularidad ha aumentado en las últimas décadas.
Su próximo trabajo es una novela titulada "Expediente de regulación de empleo", que tiene que ver "con una experiencia bastante personal" y con un proceso en el que se han visto envueltas, en los últimos años y como consecuencia de la crisis, miles de personas.
Todos sus relatos, también los de sus obras anteriores, mantienen ese final abierto que encierran "una historia soterrada: la que debería escribir el lector cuando los lea", una corriente que también creó Chejov, al no cerrar algunas de sus historias y mantener en las mismas un final sorprendente.
"Me gusta más dejarlo abierto porque ese tipo de historia conecta más con la vida, que no deja de tener un final abierto", asegura. EFE

viernes, 18 de julio de 2014

JAVIER MORALES, EL BREVE: “LA BUENA LITERATURA SIEMPRE HA SIDO COSA DE UNAS MINORÍAS” (ENTREVISTA)


Javier 09
Foto de Sole González

Por: José M. Sánchez Moro.

Ser intelectual en los tiempos del cólera. Bien se podría hablar de Javier Morales en estos términos. Periodista y escritor, nace en Plasencia en 1968. Cursa estudios de periodismo y derecho en Madrid donde actualmente reside. Su incursión en la literatura vino de la mano de la Editora Regional de Extremadura, donde aparecieron “La despedida” y “Lisboa” (dos libros de relatos). En “Huerga y Fierro Ediciones”, la que también fuera casa del poeta Leopoldo María Panero, años después, Javier Morales, con “Pequeñas biografías por encargo”, se acerca a la novela. Acaba de publicar un nuevo libro de relatos “Ocho cuentos y medio” en la editorial Baile del Sol. Colaborador con distintos diarios y suplementos, imparte talleres de narrativa en La Librería Rafael Alberti (Barrio de Argüelles, Madrid).

Aldecoa o, recuerdo, Augusto Monterroso se veían más cómodos en el relato corto y la narración breve. Ambos se definían como escritores perezosos. ¿Te pasa igual?
Es cierto que una novela exige una disciplina mayor, pero creo que ser “perezoso” o no a la hora de escribir nada tiene que ver con el hecho de que uno opte por el cuento o la novela. En esta elección ni siquiera influyen las condiciones vitales, aunque maestros como Carver aseguraban que nunca habían escrito una novela porque debían ocuparse de la crianza de tres hijos. Simplemente, algunos escritores están más dotados para un género que para otro. Me gusta ese ritual de César Aira, quien asegura que dedica a la escritura una hora al día, en un café de su barrio bonaerense, tanto ahora, que tiene todo el tiempo para hacerlo, como antes, cuando impartía clases y escribía para los periódicos. En mi caso, trabajo mucho para ganarme la vida y tengo un hijo, lo que no me impide escribir todos los días, incluidos los fines de semana. Pero tal vez, si tuviera todo el tiempo por delante me ocurriría como a César Aira.

No obstante, Aldecoa hablaba de que narración corta y novela, imaginando un tren en su curso por una vía, iban en el mismo trayecto. Viendo la estructura de “Pequeñas biografía por encargo” parece ser una afirmación cierta.
Sin duda es una buena imagen, aunque cada género tenga sus peculiaridades, su disciplina. Me parece correcta la afirmación de Ricardo Menéndez Salmón cuando dice que más que cuentista o novelista se considera un narrador. A mí me ocurre igual, solo que incluiría el periodismo, donde también se puede hacer literatura, solo hay que leer alguna de las crónicas de Chaves Nogales o de Josep Pla, por citar a dos de los grandes.

Sus personajes, ¿de dónde vienen?
A la hora de crear un personaje siempre hay una parte de uno mismo y otra de los demás. Un escritor es un “ladrón”, roba las historias y la adapta, unos más y otros menos. En este sentido, me parece curiosa la anécdota que cuenta James Salter en torno a su novela Años luz. Cuando salía de la editorial con el primer ejemplar de la novela se encontró con una antigua amiga y con su hija, a quienes no veía desde hacía años. Aturdido por el reencuentro, confuso, Salter le regaló el ejemplar a su amiga. Mientras ésta conducía de vuelta a casa, su hija comenzó a leer la novela en voz alta. Menuda sorpresa. Salter les había robado su propia historia. Se detallaban la infidelidades de la amiga, las mentiras de su matrimonio, tanto las suyas como las de su marido. Salter las había conocido de primera mano. Tras la publicación de Años luz, la pareja se divorció.

Más experiencia de la vida que fabulación.
La literatura siempre nace de la vida, aunque luego uno puede trasladar esa experiencia a su antojo. No creo que sea menos real La metamorfosis que El gran Gatsby. La ficción se diferencia de la no ficción en el dni de los personajes. En el primer caso los personajes carecen de él, en el segundo no. La fabulación es intrínseca a la ficción, en la no ficción esta prohibido inventarse los hechos. Por lo demás, el proceso creativo es parecido.

¿Serían los mismos en distancias más largas como la novela?
En mi caso, al menos, el género no influye a la hora de crear a los personajes. Es más bien la historia la que define la extensión. En cuanto uno la concibe, más o menos puede intuir el desarrollo que necesita.

En esta era de prisas y digitalización, existe un repunte, fomentado por la industria del blogger y demás plataformas, del microrrelato y las piezas breves tanto en crítica como en creación literaria. ¿Hay un tiempo de lectura reservado, a tu parecer, para cada género?
Por supuesto que lo hay. No estoy en contra de los nuevos soportes porque atraen a nuevos lectores. El problema, creo yo, no viene tanto de las nuevas tecnologías como de la calidad de lo que se escribe y de la forma en que a veces se lee. La “democratización” de la escritura está muy bien, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que todo lo que se escriba con intención literaria, incluso periodística, lo sea. Es cierto que las grandes historias, como Guerra y Paz o Madame Bovary, tienen ahora nuevos “competidores”, pero no nos engañemos, la buena literatura siempre ha sido cosa de unas minorías. En cualquier caso, estoy convencido de que, en contra de lo que se piensa, los clásicos son un refugio contra las prisas y el ritmo endiablado en el que vivimos. Sentarse en una butaca a leer un buen novelón no tiene precio.

Leo que impartes talleres de narrativa en la Librería Alberti. No he podido acudir a ninguno, pero sí frecuenté algunos de sus “Encuentros”. Elegante, histórica y coqueta casa…
La Alberti es un referente cultural en Madrid, es algo más que una librería. Lola Larumbe, Iñaki y Miguel Ángel me hacen sentir como en casa. Lola es además una gran lectora, algo que se va perdiendo en la profesión de librero. La Alberti, como ocurre en otros ámbitos de la cultura, se enfrenta ahora al reto de la piratería y de la era digital. Los talleres y los encuentros pueden ser una alternativa al nuevo contexto, pero no son suficientes. En cuanto a mi experiencia como profesor, disfruto impartiendo clases, aprendo y valoro la extrema motivación de los alumnos. Un lujo.

¿Qué le dice a aquel que quiera “aprender a narrar”?
Sobre todo que lea. Y luego que escriba, en un taller o por su cuenta, eso da igual. Me cuenta una amiga profesora de escritura creativa que a veces llegan a sus clases alumnos a los que no les gusta leer. A mí nunca me ha pasado. Uno no puede escribir sin haber leído antes. Las lecturas pueden ser más o menos vastas (alguien como Clarice Lispector decía que había leído poco, el mismo Borges lo aseguraba), pero las palabras deben correr por tus venas.

Porque es aprender, ¿no?
Se puede aprender el oficio, pero eso no garantiza que uno llegue a ser un buen escritor. Ocurre con otras manifestaciones artísticas. Debe haber algo más. Richard Ford dice que el ochenta por ciento de lo que escribe es oficio y el resto magia. No todo el mundo tiene esa magia.

¿Cuál es la metodología que sigue en sus talleres?
Aunque la teoría siempre es necesaria, un taller tiene una connotación eminentemente práctica. En esencia lo que hacemos es leer y escribir. Y analizar lo que leemos y escribimos bajo unos criterios y unos presupuestos que nunca son inamovibles.

Borges dijo que era mejor lector que escritor. Esto no necesitaría escuela, ¿no?
Borges dijo también que no había leído mucho, pero que había leído bien. Creo que ahí está la clave. Puedes haber consumido miles de libros sin haberlos digerido. O haber leído menos pero con ojo clínico, asimilando la narración hasta el punto de incorporarla a tu propio bagaje. Antes citaba a la gran Clarice Lispector, podría ser un ejemplo de lo que hablamos. Aseguraba que sus lecturas no habían sido muy amplias, sin embargo las había aprovechado a fondo, vaya si lo hizo. En el Museo Thyssen imparto un taller de lectura ligado a la colección permanente del museo, Un cuadro/Un libro, y compruebo que cuando se lee atentamente podemos descubrir en el texto señales que antes no habíamos visto.

¿Visita mucho Extremadura?
Menos de lo que me gustaría. Llevo mucho tiempo viviendo en Madrid pero nunca he dejado de considerarme extremeño. Ya dijo Rilke que la patria es la infancia y en Plasencia viví mi infancia y mi adolescencia. Nada podrá cambiar eso. Pero además de por motivos sentimentales, el paisaje extremeño me renueva. En cuanto me adentro en la dehesa o paseo por los valles del norte de la región, donde suelo ir con más frecuencia, comienzo a respirar de nuevo. Cáceres me parece una ciudad estupenda para vivir. Ahora he comenzado a escribir un libro de no ficción, un libro de viaje en torno a la figura de uno de los grandes poetas españoles de las últimas décadas, Ángel Campos Pámpano, que en gran parte transcurrirá en Extremadura. Lo que lamento es que el transporte público, en concreto el tren, sea tan deficiente. Mejorarlo sí sería una buena forma de vertebrar España.

Hace escasos días leía un post en el blog de Álvaro Valverde (el que fuera director) muy duro contra el estado actual de la Editora Regional de Extremadura. ¿A quién mirar?
No sigo muy de cerca la labor de la Editora y solo puedo hablar de mi experiencia personal tras haber publicado ahí dos libros y de las noticias que me llegan de los amigos, como Álvaro, y por mi propia profesión. Leí la entrada que escribió Valverde y ciertamente lo que cuenta es muy grave. La creación de una editorial pública y prestigiosa como la Editora ha sido un logro de los extremeños y de las personas que a lo largo de las años la han dirigido o han colaborado con ella. Sería una lástima perder un activo que ha costado tanto crear, que había alcanzado un prestigio sorprendente en el resto del Estado y que era una salida muy digna para muchos escritores extremeños que tenían dificultad para publicar sus primeras obras. En el mercado editorial cada vez tienen menos salida las obras “no comerciales” y precisamente una de las ventajas de la Editora era que sus criterios eran exclusivamente literarios. Creo que la Editora debería estar al margen del juego político, lo que es mucho pedir en estos tiempos. ¿Hacia dónde mirar? Quizás hacia las pequeñas editoriales independientes que han ido surgiendo en los últimos años.

En este punto, ¿por qué Madrid y Barcelona albergan (Tusquets, Seix Barral…) las editoriales más consolidadas? ¿Circunstancias históricas, falta de población lectora?
Supongo que por un poco de todo. No obstante, aun con las similitudes, el caso de Barcelona y Madrid son diferentes. Después de la Guerra Civil, la capital se llenó de funcionarios franquistas y buena parte de la burguesía ilustrada existente tuvo que exiliarse. El nivel cultural bajó tanto que aún hoy padecemos sus consecuencias. Barcelona, en aquel momento más abierta (todos conocemos el boom), tomó el relevo, aunque igualmente hubiera que ir a Madrid a “prosperar”. Creo que la situación ha cambiado en los últimos años, en parte gracias a las nuevas tecnologías, que han abaratado mucho los costes de producción y distribución. Una prueba de ello es la Editorial Periférica, ubicada en Cáceres, que está haciendo una labor encomiable a la hora de descubrirnos autores del otro lado del charco.

¿La situación es irrevertible?

La globalización lo ha cambiado todo y no sabemos adónde vamos, tampoco en el mundo editorial. Dentro de las grandes empresas hay movimientos de concentración editorial, de los propios agentes (hemos visto hace poco la fusión entre Wily “El Chacal” y Balcells)…Todo esto sería muy peligroso si al mismo tiempo no hubieran surgido pequeñas editoriales que pueden sobrevivir con menos márgenes de beneficio. Quizás ocurra como en el Cretáceo, cuando desaparecieron casi todos los dinosaurios…Quién sabe.