jueves, 30 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara, de David Pérez Vega en la revista Oculta

KOUNDARA: UNA AGUDA MIRADA GENERACIONAL A TRAVÉS DE SIETE RELATOS

escrito por Ariadna G. García 31 octubre, 2017


Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen –tenemos– puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. Hablo de novelas como Cenital, de Emilio Bueso (2012); La trabajadora, de Elvira Navarro (2014); Inercia, de quien escribe (2014); Los valientes, de Roberto de Paz (2015); La gran ola, de Daniel Ruiz García (2016); y Cuando todo era fácil, de Nando López (2017). Me refiero a libros de relatos como Contratiempos, de Pilar Tena (2014) o el que nos ocupa hoy: Koundara, de David Pérez Vega (2016). Con estos libros los lectores pueden auscultar el pecho de su época, pues trasladan al papel los mundos que sospechamos, pero que nuestra sociedad –pensada para el consumo y la satisfacción de los deseos– nos impide ver. No obstante, para eso escriben sus obras los autores, para hacernos mirar en dirección opuesta a los anuncios, la telebasura y el dircurso político de autocomplacencia. Estos títulos describen cómo los recortes de la administración incrementan la sensación de fracaso colectivo, cómo la clase obrera ha perdido derechos con la nueva reforma laboral, cómo las mujeres y los hombres que han acabado en el paro deben reinventarse para sobrevivir, cómo se ha abierto un abismo entre los sueños de juventud y los logros de adultez, cómo el mercado laboral se ha vuelto despiadado, cómo miles de españoles preparan la maleta del exilio, o cómo la incertidumbre, el miedo y la frustración se han enquistado en la ciudadanía.
Koundara es el primer libro de relatos de David Pérez Vega (1974), profesor de Economía y de Matemáticas, y autor de las novelas Los insignes (2015), El hombre ajeno (2014) y Acantilados de Howth (2010); de los poemarios El bar de Lee (2013) y Siempre nos quedará Casablanca (2011); así como de un sinfín de reseñas que ha ido publicando o bien en su blog (Desde las ciudad sin cines) o en la Revista Eñe. Con la excepción de la última novela, todas sus obras han visto la luz en Baile del Sol, una editorial prestigiosa, alternativa, que lleva veinticinco años dando a conocer nuevas voces de la literatura española.
El libro lo integran siete relatos organizados en dos secciones («Los viajes» y «Bajo determinadas circunstancias»). Me han gustado mucho cuatro de ellos: «Koundara», «Maestro», «Cazadores» y «Tetras de ojos rojos». Sin embargo, voy a comenzar mi reseña por los tres restantes.
«Acrópolis» tiene un arranque sorprendente (el gerente de una empresa abandona, con precaución y nervios, la nave donde trabaja, por temor a un atraco), pero la abrumadora retahila de datos que ofrecen –a continuación– narrador y personajes frena la historia. Las intervenciones de los interlocutores, por otro lado, son demasiado largas, lo que resta credibilidad a los diálogos. Así y todo, me gusta el sentido del relato, si bien no su construcción: la mirada nostálgica hacia el pasado donde el protagonista sentía una seguridad que ahora le falta.
«La balada de Upton Park» toca un tema interesante y actual: la emigración de españoles por culpa de la crisis. El prólogo promete una entretenida historia de terror, pero el relato que lo sigue frustra enseguida las expectativas de los lectores. El desarrollo de la historia es lento por la profusa aparición/desaparición de personajes, y por la meticulosidad con que describen escenas al margen de la trama principal.
«Quitasol» es un relato anodino, en el fondo y en la forma; que desmerece al lado de sus compañeros. Y es que dentro de la colección hay cuatro relatos realmente muy buenos. A saber:
«Koundara» tiene el atractivo de la localización espacial (Guinea Conakry); de unas descripciones muy plásticas, de gran poder evocador, que apelan a cada uno de los sentidos («El olor es lo primero en África; un olor carnal, igual que una gasa invisible sobr el cuerpo. Nada más bajar del avión, una presencia de cuero y sudor rancio»); de la sutil ironía a la que recurre el autor para criticar la actividad que desarrolla la Iglesia en Koundara (escolarización en sus centros únicamente de estudiantes ricos), así como de los privilegios de los que disfrutan sus representantes (instalación de tendido eléctrico y suministro de agua); el último aliciente del relato descansa en la aparición de personajes a los que estamos poco habituados (monjas que conducen todoterrenos de aspecto militar).
«Maestro» destaca por el tema: la denuncia de las precarias condiciones laborales en las que realizan su trabajo los maestros y profesores de un colegio privado (para el nivel de bachillerato) y concertado (para las etapas de primaria y secundaria). El narrador nos relata los esfuerzos de la dirección del centro por despedir a docentes con contrato indefinido, por minar su moral completando su horario con asignaturas para las que no están cualificados, por presionar al claustro para que los estudiantes aprueben sin abrir un libro, o por colocar a dedo a un representante sindical afín a sus intereses. Se nota que Pérez Vega conoce el oficio desde dentro.
«Cazadores» se sustenta en una estructura muy bien trabajada, donde varios relatos se insertan unos dentro de otros, como en las antiguas colecciones árabes de cuentos. Dos hombres divorciados se citan en un restaurante chino para cenar, y en la conversación se confiesan en qué momento se percataron de que sus matrimonios no les satisfacían. Este segundo estrato de la historia, que gira en torno a un perro, desemboca en un tercer recuerdo del protagonista, esta vez situado en un bar de Malasaña. Esta nueva charla con otro amigo, gemela a la de la historia-marco, sirve para rememorar un lance de la infancia en la facultad de Veterinaría de la Complutense, donde experimentó el horror de ver animales amputados y agonizantes. Estos flashback freudianos nos perfilan a un personaje inseguro, temeroso de los hombres que conforman su mundo. De ahí que el desenlace del relato nos reconforte.
«Tetras de ojos rojos» es el texto más lírico –simbólico– de las siete piezas. Su fuerza radica en la espléndida caracterización psicológica del personaje principal, la madre de un alumno diagnosticado con TDA (Transtorno por Déficit de Atención). Relatada, ahora, por un narrador omnisciente, la obra pasa revista a las emociones que Mónica padece tras entrevistarse en varias ocasiones con el tutor del chico y luego con éste: ira, desconcierto, desconsuelo, impotencia, miedo, furia, decepción. Pérez Vega, de nuevo, recurre a su experiencia docente para añadir al retrato del personaje la pintura de los obstáculos que dificultan la concentración de los adolescentes de hoy: los videojuegos, internet, el móvil y la televisión. Un acuario de peces servirá de remanso de las pasiones, banco de pruebas de madurez, y de metáfora de la extrañeza incómoda que siente una madre cuando asiste a los cambios de sus hijos. La incorporación de los diálogos al texto me parece una fórmula acertada, pues dota al texto de agilidad.
En resumen, Koundara es un buen libro de relatos, con cuatro piezas excelentes en las que el autor demuestra que tiene oficio, domina la técnica y posee una aguda mirada para observar el mundo. David Pérez Vega radiografía nuestra sociedad para ofrecernos un mosaico de personajes entre los treinta y los cuarenta años cuyas vidas, lejos de estar asentadas, zozobran en la incertidumbre. Raro será que los lectores no se identifiquen con alguno de ellos.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Reseña de MIL DOLORES PEQUEÑOS de Pablo Escudero en Eñe

Mil dolores pequeños de Pablo Escudero Abenza, una lectura de David Pérez Vega



Mil dolores pequeños, de Pablo Escudero Abenza.
Editorial Baile del Sol. 140 páginas. 1ª edición de 2016.

En junio de 2016 coincidí con Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984) en el bar-librería Vergüenza ajena de Madrid. La editorial Baile del Sol había organizado una presentación conjunta con los autores que acabábamos de sacar libro con ellos. Pablo presentaba su novela Mil dolores pequeños y yo mi libro de relatos Koundara. Acabamos charlando e intercambiando libros. Creo que más que el hecho de acabar de publicar un libro, nos unió la circunstancia de que, en aquel momento, ambos éramos profesores de matemáticas en secundaria.
Pablo Escudero mantiene un blog literario llamado Cuentos pendientes. En el verano de 2016 publicó allí una reseña sobre Koundara. Un año más tarde, dentro de mi campaña a favor de poner orden en el deslavazado montón de libros que suponen mis lecturas pendientes, me he acercado al fin a Mil dolores pequeños.
En Mil dolores pequeños, la historia nos la cuenta un narrador innominado que sufre una extraña dolencia: «La memoria y el olvido son selectivos. Eso desde luego. Eso como mínimo. La mía no, por supuesto. Mi memoria nunca aprendió a filtrar ni a olvidar» (pág. 34). Durante unas horas al día, nuestro particular «Funes el memorioso» tiene que acudir a una clínica llamada Museo del Olvido y la Memoria, donde le tratan de sus problemas. Allí, como terapia, los médicos le piden que escriba sobre sus recuerdos.
En la dedicatoria que me firmó Escudero el día de la presentación se refiere a su novela como «esta sarta de mentiras». Creo que una tentación que puede tener el lector al acercarse a este libro es pensar que se trata de una novela autobiográfica. Por lo poco que sé del autor, me doy cuenta de que algunas características del narrador coinciden con las suyas: ambos estudiaron Ciencias Físicas, son de una ciudad de provincia y escriben relatos con los que han ganado algún premio.
La novela está dividida en sesenta y ocho capítulos, que no suelen ser muy largos. En ellos, el narrador va enlazando recuerdos, que en muchos casos se convierten en pequeños relatos. Éstos tienen que ver principalmente con su entorno familiar (sobre todo con el padre y el abuelo) y con los compañeros del colegio (el chico especial, el chico más guapo de la clase…), o con personas con las que se cruza en el metro, en la calle o en las clases de la facultad (Caperucita, Gómez Salto…).
A través de estos recuerdos o digresiones de la historia, el narrador va desgranando algunos de los momentos más significativos de su infancia, adolescencia o primera juventud, que se sitúan principalmente (aunque no sólo) en la década de 1990. Así, se evocan desde los desaparecidos videoclubs hasta los niños de Chernóbil que visitaban España durante unas semanas de verano.
Se juega al contraste con la figura del padre: mientras el narrador no puede olvidar nada, el padre está perdiendo la memoria; o mientras que el padre es alguien que corre muy rápido, el hijo siempre es el último chico de la clase en una carrera.
El narrador siempre ha querido ser escritor. Aquí debemos enfrentarnos a una paradoja en la construcción de la novela. En la página 39 leemos: «Yo quería ser escritor pero los médicos me lo prohibieron. Mi mente no podía soportar tanto tráfico. Al principio quizás, cuando era más joven, pero ya no. (…) Me mareaba cuando terminaba un relato. Me caía desmayado en cualquier parte». Ahora, sin embargo, son los mismos médicos que le prohibieron escribir relatos los que le piden que escriba sobre sus recuerdos. Esta escritura, ejecutada en la clínica de la Memoria, sin la esperanza de que nadie se acerque a ella, constituiría la novela que el lector tiene en las manos.
La primera frase del libro invita a la extrañeza: «Mi padre sabía volar». Es un truco que ejecuta durante los cumpleaños de la infancia del narrador. Dentro del contexto de una narración realista (salvo por el detalle del Museo del Olvido y la Memoria), este dato, al que se vuelve de forma reiterada en el libro, parece tener principalmente una carga metafórica y no literal. Abunda en Mil pequeños dolores el recuento de las derrotas cotidianas, en las que el padre (en paro, clínicamente deprimido y que gana algo de dinero gracias a la escritura de reseñas literarias) suele ser uno de los máximos exponentes en este Museo de la Derrota y la Pérdida, que constituyen las páginas de la novela.
«No suelo caer en la nostalgia», nos dice el narrador en la página 32. El mundo que se evoca y refleja aquí, es cierto, no está idealizado; más que caer en la nostalgia, lo que hace nuestro narrador es caer en la melancolía. «Tantos recuerdos me han inoculado al fin la tristeza», leemos en la última página del libro.
Nunca se nombra la ciudad de provincias original del narrador, ni se dice cuál es la ciudad a la que se ha marchado a estudiar Ciencias Físicas, en la que los viajes en metro se convierten en una de sus principales rutinas, pero yo he supuesto, por inercia, que se trataba de Orihuela y Madrid.
La narración no sigue un orden lineal; en cada capítulo, los hechos evocados pueden ser nuevos o también se puede volver sobre escenas ya mostradas antes y completarlas o narrarlas desde otros ángulos (esto ocurre sobre todo cuando se habla del padre, del abuelo o de alguno de los compañeros de clase). Muchos de los pequeños motivos narrativos que se pueden leer en estas páginas tienen que ver con el arte o el deporte; algunos de los capítulos hablan de natación o fútbol, pero también de músicos y escritores. Aquí, destaca la figura del albanés Ismaíl Kadaré; el tema albanés acaba tomando importancia narrativa en la historia. Las apreciaciones de Escudero Abenza sobre las realidades que muestra pueden ser en algunos casos típicas, como cuando se habla del chico gordo que era el portero del equipo de fútbol o del ambiente varonil de las peluquerías de caballeros a las que empieza a ir a los diez años, pero muchas otras (la mayoría) son apreciaciones bastante originales de la realidad; en este sentido, me han gustado las notas sobre las inundaciones que sufría su barrio cuando era pequeño, o el tema narrativo ‒como ya he comentado‒ en que se acaba convirtiendo Albania: sus escritores y deportistas, su política…
Dentro de un tono sencillo, pero marcadamente melancólico, se tiende a la página poética (de hecho, más de uno de los capítulos cortos se podrían leer como poemas en prosa), no exenta de un particular sentido del humor: «Seguramente la siguiente moda estúpida será la de blanquearse los huesos para que brillen más en las radiografías», leemos en la página 61.
En la contraportada, para emparentar el libro con otros en los que se ha podido inspirar el autor, se citan dos: Yo recuerdo de Joe Brainard y Me acuerdo de Georges Perec. Son dos libros que no he leído, pero sí he hojeado. En más de una ocasión, la escritura morosa y evocadora de Escudero Abenza me ha recordado al Ray Loriga de Lo peor de todo o Héroes, pero ignoro si se trata de una referencia válida para alguien nacido en 1984.
La pega que se le puede poner a un libro como Mil dolores pequeños es que, al estar construido como un conjunto de recuerdos aparentemente deshilvanados, no tiene demasiada tensión narrativa. Imagino que Escudero Abenza no quería escribir una novela con tensión narrativa, para la que se requieren otro tipo de planteamientos. Él ha escrito una novela ‒sobre el fin de una juventud humilde‒ poética, nostálgica y evocadora, con algunas digresiones muy originales e imágenes potentes, que se lee siempre con agrado.

domingo, 26 de noviembre de 2017

OBRAS SON AMORES: Jorge Majfud, CRISIS


Entrevista a Raquel Morán en Libros Prohibidos


Nominadas #PGB17: Raquel Morán


«Stephen King debería ser premio Nobel».

Seguimos trayendo a las nominadas a los Premios Guillermo de Baskeville 2017. La finalista de hoy opta al premio en la categoría de novela por Caín volvería a matarte mañana. Se trata de Raquel Morán.

Raquel Morán nació en Oviedo en 1969. Allí vivió y se licenció en Geografía. Nos cuenta que iba para historiadora del arte, pero acabó decantándose por la Geografía porque explica el mundo en que vivimos un poco mejor.

Asegura que su infancia transcurrió entre Enid Blyton y Julio Verne, y visitaba más veces la biblioteca que la confitería —y eso que en su pueblo estaban en la misma calle—. Con la ayuda del carnet de socio de uno de sus hermanos, comenzó a acceder a libros «de mayores» y así fue cómo conoció a Agatha Christie y Stephen King. Eso se terminó cuando el bibliotecario le preguntó: «¿Tú sacas los libros para ti o para tu hermano?»


Me dio un susto de muerte. El episodio todavía me traumatiza, después de tantos años.

A partir de ahí, Raquel Morán creció con Umbral, Juan Marsé y Clarín, y maduró con Vargas Llosa, Cortázar y Rulfo y con la nueva narrativa española de la post-transición: Javier García Sánchez, Millás, Soledad Puértolas, etc.


Vengo de una familia del Bierzo afincada en Asturias que las pasó canutas en la posguerra, y soy la única de mis hermanos que ha ido a la universidad. En mi casa y la casa de alguna vecina, se recuerda mucho la posguerra, no por la represión, sino por el hambre.

Antes de emigrar a Londres solamente había escrito relatos cortos, que enviaba sin éxito a algunos premios. Siempre dice que viajó a Londres para escribir, y desde allí ha producido todas sus novelas: Apolo y los centauros (autopublicada) la que considera la mejor hasta la fecha; el relato Cambio de sentido en la autopista, parte del libro El ahorcado y otros cuentos fantásticos (Editorial Rubeo), y No Smoking y Caín volvería a matarte mañana, ambas con la editorial Baile del Sol. La firma canaria publicará en breve Idus de agosto.


Les estoy muy agradecida por su tenacidad en luchar contra los grandes monstruos editoriales, a contracorriente, siempre a contracorriente.

En Inglaterra comenzó a leer a Graham Greene, Iris Murdoch, Thomas Hardy, Henry James y J.C. Coetzee. Confiesa que desde entonces decidió que si un escritor debe, para no volverse loco, elegir entre forma y fondo, ella se quedaría con el fondo. Desea escribir sobre temas universales: la naturaleza del mal, los pecados inconfesables, las relaciones familiares, la imposibilidad de comunicarse, la manera en que la tecnología ha alterado nuestras relaciones personales… Desde el fondo, y no la forma, siendo como es España un país de grandes escritores, sería maravilloso poder honrar un día esa tradición, asegura.

También ha reseñado novelas para The Barcelona Review y el sitio web de la escritora británica Laura Hird.

En inglés, ha escrito un libro sobre la escena musical en Manchester, editado por su propio sello, LittleAsturias Publishing, y titulado Mancunians and Music: tales of the underground, the Internet and the Manchester music scene. También ha publicado un relato en la revista en línea Gloom Cupboard. Asegura que está a la espera de que alguien quiera publicar su primera novela en inglés, titulada Dolphin Square.

En la actualidad trabaja como profesora de francés y español en un instituto de enseñanza secundaria de Hackney, Londres, y gracias a esto, confiesa que lo único que tiene en común con Tony Blair es su lema: «Education, education, education».


Que algunas de las alumnas a las que he enseñado español desde los once a los dieciocho años quieran estudiar luego español en la universidad me llena de orgullo y paga con creces lo duro que es ser profesor.

Recientemente, ha terminado de escribir la novela Los arsenales de Goliat, que reflexiona sobre el terrorismo etarra y el de ISIS. También está escribiendo en inglés: Brexit Ballad.