jueves, 16 de enero de 2014

Edem Awumey, la literatura del exilio

Javier Mantecón 15 enero, 2014
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La literatura africana parece que poco a poco está encontrando un pequeño rincón, minoritario, pero estable dentro de la escena globalizada a través de una nueva generación de escritores nacidos en los años 70. Como ocurre en muchas otras disciplinas artísticas, muchos de los literatos publican y en ocasiones viven, en países occidentales. La realidad es que la literatura y la lectura no consiguen permeabilizar en las sociedades africanas, más allá de su élite intelectual. Algunos expertos explican esta situación debido al alto grado de analfabetismo de la población, otros lo achacan a las escasas políticas públicas de fomento de la lectura. Lo cierto es que la gran mayoría de la literatura africana de calidad es editada en el extranjero, complicando en muchos localizar las obras de los autores en sus propios países de origen.
Edem Awumey partió de Togo en el año 2000 para descubrir el mundo, para vivir otras perspectivas. Su pronta afición a la lectura y su determinación le valieron para montar obras de teatro amateur en Lomé durante sus años de universitario pero fue a partir de su asentamiento en Canadá cuando comenzó a desarrollar su carrera profesional como escritor. Actual profesor de literatura francófona en la Universidad de Mcgill en Montreal, Awumey ha publicado desde 2006 cuatro novelas, Port – Mélo, que le valió el premio Gran Premio Literario de África Negra 2006, Los pies sucios, seleccionada en 2009 para el prestigioso premio Goncourt, Rose Déluge en 2011 y Explication de la Nuit en 2013. Por otro lado también satisfizo su propia faceta de investigador publicando el trabajo ensayístico Tierno Monénembo : la novela en el exilio (WVB, 2006) sobre la figura del gran autor guineano al que tanto admira.
Partiendo de una realidad turbulenta las novelas de Edem Awumey nos sumergen en la personalidad a priori simplista pero muy compleja de sus personajes. Siempre con la idea subyacente del exilio en cada uno de sus trabajos, Awumey utiliza formalmente un lenguaje escueto y directo en sus diálogos y más lírico en su prosa, acentuando la personalidad de unos personajes muy reales en un entorno literario. Tras el éxito cosechado durante estos últimos años con su obra, en la que recomendamos fervientemente bucear, Edem publica en 2013 su última referencia Explication de la Nuit, que aúna y perfecciona las cualidades de sus anteriores obras. Su calidad literaria y su discurso resultan tan atractivos que decidimos ponernos en contacto con él para discutir de manera más profunda sus inquietudes y perspectivas.
http://www.latiendadebailedelsol.org/4-awumey-edem-los-pies-sucios-.html

¿Cómo nació su interés por la literatura y la escritura?
Mi interés por la literatura proviene de un conjunto de factores. En un principio, una práctica precoz de la lectura que me permitió encontrarme a una edad temprana edad con los grandes clásicos africanos y franceses (Hamadou Hampaté, Senghor, Victor Hugo, Molière…), a continuación el hecho de que crecí en África en la década de 1990, durante la cual un buen número de países del África negra, entre motines, represiones y sangre, pasaron a supuestos regímenes democráticos completamente irreales. Este clima estimuló la aparición de una escena de teatro de urgencia y revuelta en todos estos países alimentado por escritores como Kossi Efoui, Kously Lamko, etc. Me influenció muchísimo este periodo histórico y literario.
¿Qué le aporta personalmente expresarse a través de las palabras?
A través de las palabras intento satisfacer un placer, el de la creación del texto en sí, de un texto bello. Pero escribir es también para mí el medio, caminando con mis personajes, de interrogar a la realidad y a la Historia para intentar comprenderla. Escribir se antoja pues como una búsqueda del sentido de las cosas, de las vidas, de las esperanzas. Es también una manera (modesta, espero) de decirle al mundo cómo lo veo, explicárselo a otros individuos. Es un acto de solidaridad.
Antes de partir de Togo, ¿formaba parte de la escena literaria de su país ?
No realmente. La escena literaria de los años cuando yo partí (en 2000) estaba esencialmente ocupada por el teatro. Seguí esta escena desarrollada principalmente en Lomé, pero esencialmente como espectador. Pude asistir igualmente a los debates de los dramaturgos de esta nueva generación, y aunque escribí dos obras de teatro en esa época de mi vida, no lo hice de manera profesional ni seria. Con un grupo de amigos de la Universidad de Lomé montamos La boutique à Mélo (La tienda en Melo), mi primera obra, pero siempre desde una perspectiva amateur. Por puro placer.
¿Cómo definiría la influencia de sus orígenes togoleses en su escritura,  si los ha identificado?
Pienso que, aunque hace más de catorce años que no vivo en Togo, sus gentes, su cultura, sus calles, sus caras y olores están siempre presentes en mi obra. En mis novelas, el espacio, el momento del recuerdo, transporta a menudo al lector a África. Los eventos que son decisivos en el desarrollo de los personajes en muchos casos tienen lugar allí. Mis personajes, en sus pensamientos, permanecen en África. Creo que en Explication de la nuit este hecho queda muy latente.
Pregunta obligada ¿Cuáles son sus escritores de referencia?
Gabriel García-Márquez, Tierno Monénembo, Kossi Efoui, António Lobo Antunes, Juan Rulfo…
Según usted, ¿por qué cree que sus libros están logrando conectar con el público general?
No creo que mis libros sean populares. Mis obras interesan un poco a la crítica y a ciertos lectores que tienen vínculos fuertes con África, porque, de una cierta manera, participan, como antes señalaba, en el futuro de la Historia, en el presente y en el futuro del continente africano. Es cierto también que estar seleccionado para el premio Goncourt en 2009 en Canadá por “Los pies sucios” me abrió a otro tipo de público más generalista.
Hablando de premios, usted recibió el Gran Premio Literario de África Negra en 2006. ¿Qué significó para usted recibir este premio?
Fue una sorpresa muy bonita porque acababa justo de publicar mi primera novela Port-Mélo en 2006. No puedo decir que merecía ese gran reconocimiento por un primer trabajo. Fue un bello gesto por una obra apenas en periodo de gestación. Pero también significaba para mí que a partir de ese momento mi trabajo se seguiría más de cerca, lo que es claramente positivo.
Sus historias están a menudo vinculadas a la personalidad de sus personajes quienes poseen una personalidad muy profunda, y habitualmente melancólica. ¿Qué hay de esos personajes en Edem Awumey?
Ante todo, cólera. La cólera porque podemos comprobar que muchos de los países de origen de mis personajes y de África viven en estados militares represivos. La cólera también acerca de lo difícil que es un vivir una vida allí: una lucha cotidiana por la supervivencia mientras que esos canallas se llenan los bolsillos. África se mantiene como un continente que posee un cruel abismo entre ricos y pobres, pero, donde también hay sitio para la esperanza. Porque allí, al igual que en otros lugares, hay hombres y mujeres que luchan por cambiar las cosas. Hay una juventud activa y valiente que quiere conquistar el mundo.
Desde 2005, usted vive en Canadá. ¿Este hecho ha influenciado su estilo?
No demasiado, aunque sí creo que vivir en Canadá sí ha hecho más complejo mi universo novelesco. La cultura, la Historia y la geografía norteamericanas se han mezclado con mi herencia africana y con aquello que aprendí en Europa, donde residí durante cinco años. Mi estilo sería pues, el fruto de mi cólera interior y de todo el bagaje de lecturas que he podido hacer. Aún así, es lógico que aparezcan palabras y expresiones norteamericanas de manera natural en mis novelas.
En sus obras, el exilio es siempre un tema recurrente. ¿Cómo vivió usted su exilio particular? ¿Cómo influenció sus historias?
Yo soy un exiliado por elección, por deseo de espacio y de saber. No puedo pues considerarme un exiliado en el sentido más doloroso del término, con esto quiero decir, que no me fui de mi país por razones políticas que pudieran impedirme volver. Pero, como todos los expatriados, he recorrido muchos caminos y vivido el paradigma que el exilio supone. Este debate constituye un elemento recurrente en mis libros. No he vivido un exilio realmente doloroso y de hecho creo que la posibilidad de vivir una suma de experiencias como las que yo he vivido me ha hecho más agudo y receptivo como artista.
Su manera de escribir podríamos decir que es muy precisa y al mismo tiempo cargada de significado. ¿Cree usted que este estilo ayuda al lector a implicarse en la profundidad de los personajes de sus novelas?
Digo muy a menudo que cada libro puede imponer al autor un estilo particular que se traduce en situaciones, luchas o emociones a las que el personaje se enfrenta. Intento estar lo más cerca de mi personaje esperando ser lo más convincente dentro del libro en el que él vive. Y si es posible, que el lector también se sienta más implicado e involucrado por el destino del personaje. Es una cuestión de estimular la humanidad de un dolor o de una ilusión.
Sus novelas nos ayudan a comprender algunos problemas políticos y sociales actuales a través de sus personajes. ¿Son éstos una extensión de su pensamiento político y social personal?
Es evidente que nuestros personajes son, en una cierta forma, portadores de nuestros sueños, convicciones y luchas.  Son la expresión de aquello que aceptamos y lo que no. Así pues, el acto de escribir, incluso si no surge ni se etiqueta desde una perspectiva política, es siempre político.
Port Mélo podría ser una buena analogía de la situación actual que vive Togo. ¿Piensa que ésta podría mejorar?
Si los diferentes actores políticos togoleses llegan a dejar de lado sus intereses personales, sí, creo que podríamos comenzar a entrever un cambio en Togo. Para ello se necesitaría buena fe y un sentido individual y colectivo del sacrificio. Sin embargo, hace más de veinte años que Togo intenta salir del túnel, hemos tenido tiempo suficiente para observar que muchos políticos son unos sinvergüenzas. Y es la población, el pueblo, quien continúa siendo la víctima de esta desvergüenza tropical.
En 2013 usted publicó su última novela Explication de la nuit con un éxito considerable. ¿Cree usted que la literatura africana puede ser atractiva para el público de otros continentes?
Creo que sí, con el tiempo, las letras africanas pueden conquistar una mejor audiencia fuera de su continente. Ya disfrutan de una relativa visibilidad en Europa a través de un cierto número de autores expatriados. Mi sueño es que podamos tanto en París, Londres o Montreal, hablar de un escritor que vive, trabaja y publica en Lomé o Yaundé. Pero esto no llegará en un futuro próximo desgraciadamente. Las problemáticas de las literaturas del Sur son parecidas en todo el mundo. Esto quiere decir que aquello que ha escrito un autor de San Luis en Senegal pueda suscitar interés en un lector de Chicago. Para que esto ocurra, se necesitará una mejor circulación de los textos.
De sus novelas, Los pies sucios es la única traducida al español. ¿Piensa que podremos encontrar en un futuro próximo sus otras novelas traducidas?
Eso espero. Sin embargo, este tipo de asuntos no dependen realmente de los autores. Si otros editores españoles o ingleses se interesan por estos libros, entonces sí, podrán traducirse en otras lenguas.

miércoles, 15 de enero de 2014

La poética del fancotirador/6

SALVAR LA PRIMAVERA

Para Antonio Martínez i Ferrer


Está la ciudad que estalla de brotes
y tulipanes. Pero los ojos de los adultos
se cierran con el mismo sueño.
Despiértame de esta madrugada
que no se acaba nunca.
Tenemos que correr delante
arrancar para ellos las cortinas:
los niños no se bastarán solos
para salvar la primavera.


ALFABETO DE CICATRICES. Pérez Cañamares, Ana

  • ISBN-10(13): 978-84-15019-38-8
  • Fecha de publicación: Segunda edición, 2013
  • Número de páginas: 114

martes, 14 de enero de 2014

‘Los mundos separados que compartimos’, de Paulo Kellerman

Digamos rápidamente que Los mundos separados que compartimos (Baile del Sol, 2013), del escritor portugués Paulo Kellerman (Leiria, 1974), es un libro triste, emotivo, que conmueve. Y digámoslo sin demora porque así es, también, como se nos presentan los breves veinte relatos del volumen que nos ocupa: directos y ágiles, sin preámbulos.
En Los mundos separados que compartimos se piensa en voz alta, en una alternancia constante de puntos de vista (masculino/femenino), lo que le da al conjunto una polaridad vibrante, no confrontativa, pero sí tensional, ambigua. O, mejor dicho, ambivalente. Aunque no es menos cierto que esta variación se revela más eficaz cuando no se da inserta en el mismo relato, sino que se produce sucesivamente, en historias diferentes (Un ejemplo de cómo este efecto se convierte en un truco efectista -por previsible- sería el relato “Las sirenas” e incluso sucede lo mismo en “Arena”).
Es un libro triste, ya lo dijimos, el de Kellerman, que se pregunta constantemente por la felicidad, la que fue y la que pudo ser o la que será. Y en ella, en la felicidad pretérita, tiene un gran peso el motivo de la infancia (la idea de la arcadia perdida, pero no por añorada, sino en trance de extravío; desatendida, más bien). “Como si fuera difícil estar con quien nos quiere”, se nos dice en el relato “Un reloj que hace tic-tac”. A lo que habría que añadir(le) la siguiente variación: “como si fuera difícil querer lo que quisimos o creer que querremos lo que ahoraparece que queremos”.
En Los mundos separados que compartimos se habla de muertes, de cómo uno debería o podría prepararse para la muerte de los otros, y de la muerte entendida como “la incapacidad de seguir esperando”.  De las separaciones, de los compases de espera. Pero también de Dios y el ateísmo. Y todo perfilado por la tirantez de las relaciones entre el ideario de la sociedad de consumo y el pasado tradicional, rural, a veces incluso arcaico: que es, de facto, analfabeto. Esto tiene su codificación más clara en el temor que se expresa de continuo a los “sentimientos de plástico” y a la soledad. Se habla en Los mundos separados… de la insalvable distancia entre las diferentes generaciones de una misma familia, de su entendimiento dificultoso. Pero también se habla de la risa, y de su capacidad para la empatía. Aunque si hubiera de destacarse un tema que atraviesa todas las ficciones, sus vísceras, por así decir, me atrevería a sugerir que es la idea del pensamiento como recuerdo y la especulación de la inteligencia como una forma de enriquecer la nostalgia. Ello se concreta en el anhelo corporal de las voces vaporosas y, hasta cierto punto, irreales que hablan y hablan, agónicas e insatisfechas, en los diferentes relatos. El personaje del relato “Lencería azul” expresa muy bien esta contradicción al afirmar: “Me acuerdo de haber pensado, para mí, para el mundo: felicidad es conseguir no pensar”.
La escritura de Kellerman es de estilo parco, pero de ritmo poético, de frase secas, punzantes y, por lo general, cortas. Y va siempre al grano; no hay en los textos espacio para las migajas, ni los aledaños: el contexto es la propia elocución verbal. Lo que significa que el paisaje es un estado mental y la personalidad de los personajes nada más que un determinado registro lingüístico. En ocasiones hablan entre ellos, los personajes, pero las más de las veces hablan para nadie, reflexionan en alto; quieren creer que se comunican cuando, en realidad, hablan solos, para sí, y hablan para nada, para nada más que para seguir hablando (y no por el mero gusto del lenguaje, sino que se sirven de él para que cumpla la función de aplazamiento; de moratoria de la muerte). Por ello, no sorprende que ninguno de los personajes tenga nombre o que no se mencione ninguna ciudad ni lugar en concreto (sólo aparece América, como espacio de ensoñación para la prosperidad, y una breve mención a las “tiendas españolas” de ropa de mujer). Así, el escenario es el lenguaje. Y, de ahí, que se hable con razón y sin razón, con motivo y sin él. Que se hable por hablar.
No es, sin embargo, y como quizá pudiese dar la impresión, lúgubre, el entorno que se nos presenta en los relatos de Kellerman, sino más bien funcional. Al servicio de esas voces que van expeliendo fugazmente, una tras otra, sus emociones, cegándonos con pequeños destellos de luz, constantes, diamantinos. Kellerman trabaja con bastante firmeza las elipsis, y gracias a ellas consigue que muchos de sus textos finalicen en un punto de intensidad bien alto, no a la manera de la sorpresa o desvelando un pretendido enigma, sino con breves enunciaciones que delatan un estado de animo o una voluntad y que funcionan tal que una mini tesis para la que los relatos servirían de ensayo empírico, por así decir. Pongámoslo en ortos términos: los relatos que componen Los mundos separados que compartimos se puden considerar ejemplificaciones diversas del hecho de que mientras haya una voz que hable, habrá vida, de que mientras el ser humano se demore en relatarse, seguirá existiendo. Cada uno de los finales cumple el objetivo de ser flecha que avanza hacia delante o hacia detrás, buscando anclarse a la vida: por la vía del recuerdo o por la vía de la reflexión. Huyendo siempre de la muerte. Es iluminador a este respecto una declaración que hace el protagonista del relato “Ay”. Dice así: “(Creo que el acto más egoísta del que alguien puede ser capaz, es morir; y el segundo acto más egoísta -ante la imposibilidad de morir- es el modo personal e individualista con que los vivos se enfrentan a la muerte de quien aman.)”.  En este sentido, el libro de Kellerman es un compendio de egoísmos que se nos presentan al modo del monólogo íntimo y que, en última instancia, quieren ser invitaciones al diálogo, a la confraternización, a la ternura.
J.S. de Montfort
http://www.paisajeselectricos.com/2014/01/13/los-mundos-separados-que-compartimos-hablar-por-hablar/

lunes, 13 de enero de 2014

«La sociedad se ha ido narcotizando durante decenios y ha vivido como si fueran tiempos de avance y progreso»

Entrevista a  Jorge Riechmann


Esther Marín - domingo, 12 de enero de 2014


Foto: Eva Garrido
 EVA GARRIDOPoeta poco convencional y con una amplísima variedad de registros es, además, profesor titular de Filosofía Moral en la UAM (Universidad Autónoma de Madrid). Experto en ecología, insiste en que no vamos por el buen camino y el siglo XXI será una gran prueba de la que no tiene nada claro que podamos salir indemnes.

Con apenas trece años cogió pluma y papel y comenzó a escribir poesía. Ese fue el principio de una larga lista de publicaciones, obras y trabajos. Es ineludible preguntarle si uno nace o se hace escritor
En los años 70 no estaba solo, cuando yo empezaba a leer y escribir lo hacía con un grupo de amigos con los que compartía inquietudes.
A menudo en la adolescencia  hay un tipo de necesidad de expresión que se puede canalizar por esa vía y además si uno persevera se da cuenta de que la escritura, además de exhibir ante los demás inquietudes y emociones, sirve para cosas más importantes: puede convertirse en una herramienta de indagación de las realidades para explorarnos a nosotros mismos, los vínculos que nos unen con los demás y los mundos en los que vivimos.
Suele ser muy decisivo en esas edades el encontrarnos con personas mayores que apoyen esa especie de vocación incipiente.


¿Ahora los jóvenes están inmersos en otras inquietudes o no tienen la oportunidad de mostrar el poeta que llevan dentro?
Sigue habiendo mucha gente que lee e intenta escribir a esas edades. Yo tengo trato con universitarios y hay varios que escriben. Hay mucha actividad en nuestro país y es raro ir a una ciudad o pueblo donde no haya un círculo poético, una revista o una colección local. Antes había más apoyos, pero en los últimos años se han venido abajo, aunque frente a otras artes que se resienten mucho más de cierto apoyo público  tiene la buena fortuna de vivir más al margen de la mercantilización de la cultura para salir adelante; está más preparada para sobrellevar las épocas duras.

¿Qué busca con su poesía: remover conciencias, mostrar su indignación, dar un toque a los que están más arriba?
La poesía no tiene una función instrumental. Cuando deseamos un cambio y una transformación social enseguida miramos a la Educación y con eso nos lavamos las manos. Pensando en que intentaremos educar mejor a las generaciones venideras.
Parafraseando al gran pedadogo brasileño Paulo Freire: la Educación no transforma el mundo, pero puede ayudar a cambiar a las personas, que sí pueden ayudar a cambiarlo. Esto mismo puede aplicarse a la poesía: no cambia el mundo, pero puede participar en el cambio de las personas a través de la capacidad de apertura, de extrañamiento y de mirar con otros ojos las realidades que tenemos ante nosotros, las posibilidades de exploración lingüística.
La poesía puede contribuir a despertar, afinar y fortalecer esas capacidades humanas, algo muy importante en esta época de alienación generalizada.

Esta situación explica movimientos como el 15M. ¿Qué opina sobre esa lucha que para muchos es utópica?
Parece utópica a la gente que  no se da cuenta del abismo delante del que estamos y avanzamos a toda velocidad. Una fantasía irresponsable es el pensar que este sistema organizado, tal y como está funcionando, puede seguir adelante mucho tiempo más. Movimientos como el 15M han sido de lo más esperanzador que ha ocurrido en la sociedad desde hace tiempo, a pesar de sus limitaciones. Uno de los lemas escritos en la Puerta del Sol en 2011 era: Dormiamos, pero hemos despertado. Eso es importantísimo, ya que estamos en una sociedad que ha ido adormeciéndose y narcotizándose durante decenios. Mientras el país ha ido degradándose y corrompiéndose en los últimos tres decenios, hemos ido haciéndonos más sumisos y acomodaticios, menos solidarios y descuidando dimensiones importantes de la existencia humana.
Al mismo tiempo la inmensa mayoría de la sociedad ha ido viviendo esos tiempos como si fueran de avance, progreso y enriquecimiento personal y colectivo. Algunos elementos de esa percepción son reales -la creación de un sistema de protección social mejor, servicios públicos razonables- pero hay mucho de engaño y autoengaño. Nos hemos dejado narcotizar, pero parece que ese despertar ha tocado solo a una parte de la sociedad relativamente pequeña y eso es extraordinariamente peligroso, porque aunque haya un deseo generalizado de volver a la etapa de prosperidad económica, las cosas no van a ir por ahí.
Tenemos por delante dificultades crecientes, no solo en los planos más visibles como el desempleo o el aumento de la pobreza, sino en otros más determinantes como los que tienen que ver con la crisis energética y la ecológico-social.

Diferencias sociales y económicas, pérdida de valores, sumisión... ¿Qué estamos dejando a las generaciones futuras?
Estamos avanzando hacia un abismo ecológico-social. A mi me impresionan mucho los aspectos de ruptura generacional que hay en todo esto, como las reformas del mercado de trabajo o las pensiones, porque son golpes que se asestan a las generaciones que vienen; están cercenando sus posibilidades de futuro.
Pero más me duele  lo que se está haciendo con los recursos energéticos y naturales, con el estado de salud de los ecosistemas y la biosfera. Está sometida a una degradación impresionantemente rápida que nos lleva a dificultades muy severas.
Por ejemplo, el sistema agroalimentario tal y como lo tenemos montado depende del uso de cantidades importantes de fertilizantes sintéticos. Para su fabricación hacen falta grandes cantidades de fosfatos que son un recurso escaso y su cenit está tan cerca como en 2030. Sin olvidarnos del petróleo o de metales importantes para la estructura industrial. El físico italiano Ugo Bardi recoge muy bien esta situación en  Los límites del crecimiento retomados, una publicación que acaba de ver la luz.
El siglo XXI va a ser un mundo malthusiano: recursos escasos en una biosfera limitada. En El siglo de la gran prueba -el libro que acabo de publicar-, indico que el gran reto es conseguir que ese mundo malthusiano no se convierta en un mundo hobbesiano, de guerra de todos contra todos. Necesitamos un cambio de rumbo rápido y radical.

Aquí se puede aplicar su argumento de la necesidad de aumentar nuestra conciencia de especie. ¿Qué puede hacer el ciudadano de a pie para cambiar una sociedad que cada día le gusta menos?
Ese concepto proviene de la toma de conciencia de la crisis civilizatoria en la cual nos encontramos desde los años 70 y sobre el cuál insistía mucho el palentino  Francisco Fernández Buey.  Quiere decir que más allá de esos grupos, familias o tribus de personas cercanas, deberíamos pensarnos como ciudadanos del planeta Tierra y miembros de una especie humana que se encuentra en una situación muy difícil.
La última entrevista que dio el poeta y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini antes de su asesinato se titulaba: Estamos todos en peligro. Lo veía igual que autores como los de Los límites del crecimiento, que hablaban de esos peligros que hoy se han intensificado. Es sorprendente el nivel de irresponsabilidad que hay en la sociedad, tanto por arriba como en otros niveles. Me impresiona la irresponsabilidad de las élites políticas y económicas con las que estamos funcionando. Nos hace falta mirar de frente las realidades -aunque sean duras y difíciles- y proponernos cambiar, pese a que no sea sencillo.
Hay cosas que uno puede hacer a escala individual -como el moverse en transporte público o caminar y reducir la huella ecológica personal consumiendo menos carne y pescado-, pero la mayor parte de la transformación no la podemos hacer como individuos aislados sino aunando fuerzas y organizándonos.
Decía Oscar Wilde que «el socialismos cuesta demasiadas tardes libres». La democracia cuesta demasiadas tardes libres y la acción colectiva cuesta muchas tardes libres; hay que estar dispuestos a echar mucho tiempo trabajando con los demás para cambiar esas situaciones difíciles.
Frente a las fuerzas organizadas del dinero y del poder militar tal como existen en nuestras sociedades, desde abajo lo único que podemos oponer es la fuerza de la organización. Puede ser desde una asociación, un sindicato o una organización que tenga un compromiso colectivo para salir adelante.

sábado, 11 de enero de 2014

Perspectivas: La más cruel de las certezas. Mario Pérez Antolín

 En su indefinición el aforismo acoge ingredientes heterodoxos que se mezclan como un material genérico. Son elementos compactos que fortalecen la práctica escritural y que podrían resumirse en tres itinerarios conceptuales: poesía, ética y filosofía. De esos componentes se nutre la aforística de Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964), poeta, ensayista y profesor. Ya en 2011 editó su primera colección de sentencias, Profanación del poder. Esta salida ampliaba la más convencional semántica del aforismo; el prólogo, firmado por Eugenio Trías, avalaba la inclinación a la incidencia reflexiva y a la escritura de pensamiento de un escritor que prefiere la disertación pautada al vuelo simple y despojado de la frase.
 El libro que aquí comento, La más cruel de las certezas, emplea en su desarrollo un muestrario temático que perfila secuencias de nuestro tiempo. El viaje interior –en el que deambula un sujeto concreto que nos permite asomarnos a los devaneos de lo confesional- se da la mano con el ser colectivo, con los contraluces de una sociedad aglutinadora de aciertos y desajustes. En las líneas introductorias, Victoria Camps asevera: “Un buen aforismo es la síntesis lograda de una idea que no precisa de ulterior desarrollo y que desvela la substancia de la autorreflexión”. Es una frase de corte perfecto que invita a entrar en las premisas estéticas de Mario Pérez Antolín para madurar despacio cada una de sus aseveraciones. Nada entorpece más la lectura aforística que el galope alocado de las ocurrencias al paso; por otra parte, la escueta talla del aforismo se lleva mal con oropeles retóricos.
  En el extenso páramo de la realidad es donde el buen aforista protagoniza sus incursiones más fértiles. Así sucede en La más cruel de las certezas.Allí están los acontecimientos que jalonan cualquier existencia y que suelen aposentarse entre la emoción y el pensamiento, aunque las notas avancen en ese itinerario azaroso que eligen las nubes de lo cotidiano.
  Pérez Antolín halla abundantes estímulos en la sociología. Con innegable afán vindicativo, en un tiempo en el que la práctica de lo público parece un cenagal, el poeta alza la voz y hace de la crítica una baliza disuasoria. El yo se exige a sí mismo coherencia y razones existenciales que vayan más allá del mero reconocimiento de fracturas y rumbos contradictorios; que propicien un convivir bajo una mayor claridad ética. No duda en situarse frente al espejo: “Por lo que se refiere a mis credenciales políticas me considero demasiado nietzscheano para ser de izquierdas y demasiado marxista para ser de derechas. Soy un polemista premeditadamente crítico y ambiguo”.
  La más cruel de las certezas muestra un dilatado espacio de intereses. En él dialogan “una poesía que piensa y una filosofía que emociona”. En su diversidad confraternizan una inquieta atención a los episodios del entorno, que siempre dejan entre las manos gotas de conocimiento y belleza, y esa mirada disconforme y porosa que cuestiona apariencias y otorga confianza al pensamiento. Mario Pérez Antolín nos deja sobre la mesa un libro inteligente empeñado en la búsqueda de la palabra exacta.

http://www.estedemadrid.com/noticia.asp?ref=32985&cadena=mario_perez_antolin&como=2

viernes, 10 de enero de 2014

STONER

Stoner
© John Williams (1965)
© Editorial: Ediciones de Baile del Sol  
Colección: Narrativa 
© Traducción: Antonio Díez Fernández
3ª edición: diciembre de 2011
246 páginas
ISBN: 9788415019848

Cuando el escritor Ian McEwan leyó Stoner dijo que estaba sorprendido de que una novela tan buena hubiera podido pasar tan desapercibida durante tanto tiempo. No le faltaba razón porque es lo mismo que está bullendo en el sentir general de los lectores que se están acercando a la novela del escritor estadounidense John Williams. 

Yo me acerqué a la novela después de ver varias reseñas entusiastas de blogueros a los que sigo habitualmente, de no haber sido por eso igual me habría quedado en la mesa de los más vendidos de las librerías y me habría perdido esta soberbia novela (mis felicitaciones a Baile del Sol por contar con esta joya en su catálogo) de la que honestamente pienso que ni la portada tan anodina, ni el título, que no dice nada, le benefician en lo más mínimo. 

Pero ¿de qué va Stoner? Pues mirad, os lo voy a decir con una frase de Tom Hanks, sí, el mismo, el famosísimo actor: “Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va a la universidad y se convierte en un maestro. Pero es una de las cosas más fascinantes que jamás he encontrado.” 


Francamente, pese a todas las alabanzas que he leído de la crítica profesional sobre el libro, ninguna me ha parecido tan directa y acertada como la de Tom Hanks, porque en realidad eso es Stoner, la historia de un tipo que se convierte en maestro, así de simple y así de fascinante.

Varias cosas me han llamado la atención de la novela. La primera es la pericia del escritor al condensar en tan pocas páginas toda la vida de una persona. Hay escritores que para eso mismo habrían llenado 1000 páginas y probablemente les habría quedado un folletín de mucho cuidado, pero este hombre ha sido capaz de hacerlo gracias al detalle preciso, al uso más que concreto (que no simple) de los sustantivos, verbos, adjetivos, adverbios... Una prosa eficaz, la más adecuada, la perfecta elección de las palabras y la perfecta conjugación de frases consiguen que se llegue a transmitir toda la vida de un personaje en un libro que no llega ni a las 250 páginas. Y eso no es solo economía del lenguaje, porque se puede economizar pero no acertar en la elección del vocabulario, es sentir que ninguna palabra podría haber sido más acertada que la escrita, sentir que ninguna otra expresaría de forma tan clara lo narrado. Desde aquí me gustaría felicitar también al traductor de la novela porque os puedo asegurar que no me he encontrado ninguna palabra ni expresión que sonara fuera de lugar, de manera que también un bravo para él.

Stoner es una historia sencilla, escrita de forma amena, entretenida, fluida, y además fácil de leer, y con todos esos atributos que para muchos ya serían suficientes para tildar una novela como de mediocre, siente el lector sin embargo que tiene en sus manos un libro con sabor a buena literatura, lo que demuestra que no hacen falta frases despampanantes para lograr una buena novela, lo que hace falta es talento y buena técnica, y sin duda John Williams los posee.

Pero la mayor genialidad de Stoner es precisamente su personaje, William, cuyo apellido da vida al título; y aquí sí que me atrevería a ir más allá. Para muchos las novelas de personajes son las buenas novelas de verdad, y si esto es así, Stoner es entonces una obra maestra. Y no deja de ser irónico porque el protagonista es un tipo de un gris apagado, anodino, triste, cobarde, resignado, acomodadizo. Un personaje que parece puesto para verlas venir y aguantarlas sin más, sin reaccionar, carente de interés y entusiasmo excepto por la literatura; con un carácter que parece impropio de una persona curtida en el mundo de las letras pero que no es sino un fiel reflejo de su pasado, herencia de sus padres, de esa tierra que le dejó para siempre una impronta de granjero del Missouri más profundo y deprimido.

Pero William Stoner es algo más, y ahí radica la grandeza del personaje, porque esa especie de acomodo también le sirve para encarar con una inmensa dignidad los palos que le da la vida (sublime cómo se enfrenta a su enfermedad), una persona que en un momento dado sí supo reaccionar al abandonar sus estudios de agricultura por los de literatura. Un personaje que en el fondo todo lo hace por amor, la causa más noble por la que se puede hacer algo en esta vida, amor a la literatura, sí, pero amor al fin y al cabo.

Además Stoner es un tipo íntegro y noble y lo demuestra, una vez más, por amor a su profesión. El ejemplo más claro de esa integridad se refleja en una de las escenas más soberbias, fascinantes y con más ritmo narrativo de toda la novela en la cual se enfrenta, aunque sea de un modo muy particular, por causa de un alumno a sus compañeros de departamento aun sabiendo lo negativo que eso puede resultar para su carrera. El amor a la literatura volverá a triunfar nuevamente sobre el amor carnal que siente por una amante en la que encuentra una vía de escape a su fracasado matrimonio. El amor, siempre el amor... pero en este caso al que siente como el más poderoso: su profesión, sus letras. El amor también está presente cuando conoce a su esposa, en la relación con su hija, un personaje que te encoge el corazón porque la sigues desde que nació y cuando ves en lo que se ha convertido, en otra víctima más de las circunstancias, sientes una lástima infinita.

El final del libro es una maravilla. Es un final tan esperado como trágico y tan emotivo que sobrecoge. Contenido como toda la prosa del autor pero narrado con tanta musicalidad, tanta poesía y tanto lirismo que el nudo en la garganta no hay quien te lo quite.

Stoner es una lectura triste pero entrañable, corta pero intensa. Soberbiamente narrada, reflejo de un estado de ánimo de eterna melancolía y con un desenlace sublime. De verdad, hacedme caso: Stoner es un prodigio. 





jueves, 9 de enero de 2014

Viaje con una burra por los montes de Cévennes, de Robert Louis Stevenson

http://www.latiendadebailedelsol.org/96-stevenson-robert-louis-viaje-con-una-burra-por-los-montes-de-c%C3%A9vennes-.html
"El que pertenece realmente a la hermandad no viaja en busca de lo pintoresco, sino de ciertos humores joviales: de la esperanza y energía con que se inicia la marcha por la mañana, y la paz y la saciedad espiritual del descanso vespertino. No puede decir qué le da más placer, si ponerse la mochila a la espalda o descargarse de ella".

("Excursiones a pie" - Robert Louis Stevenson)


Para Stevenson viajar a pie no es simplemente hacer una excursión en busca de bonitos paisajes, es un ejercicio de libertad que sólo puede disfrutarse viajando en solitario. La compañía humana en el camino convierte la travesía en algo más parecido a un picnic que a un auténtico viaje a pie. Caminar y hablar al mismo tiempo impiden la concentración necesaria para conseguir que los pensamientos vayan adquiriendo el color de lo que se ve. Como decía Hazlitt, cuando se está en el campo hay que "vegetar como el campo", intoxicarse con el movimiento al aire libre. Según Stevenson, de todos los estados de ánimo posibles el mejor es el de un hombre que se pone a caminar y termina la jornada "con una paz que está más allá de lo comprensible. Una especie de ebriedad de los espacios abiertos acompaña al viajero que camina, el cual, tras una larga caminata se siente purgado "de toda estrechez y todo orgullo", recuperando incluso la curiosidad infantil y la felicidad de pensar.

Estamos en 1878 y en Francia resulta muy extraño y poco frecuente encontrarse con gente que viaja a pie por el puro placer de viajar, por la necesidad de "salirse de ese colchón de plumas que es la civilización y encontrar bajo los pies el granito del globo". Stevenson es uno de estos viajeros. Dispone de la libertad necesaria para andar sin rumbo fijo, se considera un "hedonista circunstancial" que ansía disfrutar el momento presente y, al igual que los primeros heroicos viajeros, "ha estado toda la vida detrás de una aventura, una aventura objetivamente pura". El escritor escocés ha decidido recorrer los montes de Cévennes, una región muy montañosa del sur de Francia, y lo hace acompañado por Modestina, una pequeña y elegante burra de carga.

Durante doce días el viajero y su burra recorren 120 millas, impulsados por sus seis extremidades y sin ninguna prisa. En el camino se encontrarán con todo tipo de adversidades, pero para Stevenson "la verdadera adversidad consiste en ser un estúpido obtuso que se permite desperdiciar la vida a su obtusa y estúpida manera", aunque también con excelentes e interesantes personas y paisajes magníficos. Pero, sobre todo, gozará en este viaje de una posesión más serena de sí mismo, de una independencia casi total de auxilios materiales, de mucho tiempo libre para pensar serenamente y del descubrimiento de una de esas "verdades que le son reveladas a los salvajes y ocultadas a los economistas políticos, a saber: que el mundo exterior, la naturaleza de la cual nos protegen nuestras casas, puede ser un lugar acogedor y agradable, una casa que Dios mantiene siempre abierta".

Bruno Montano

http://trabalibros.com/libros/i/15978/55/viaje-con-una-burra-por-los-montes-de-cevennes