domingo, 22 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 355. Ana Pérez Cañamares

Día 355. Ana Pérez Cañamares. Alfabeto de cicatrices (2013)



DE COMPRAS

Hay días en que parece
que cualquier objeto
recién comprado
va a tener el poder
de cambiarlo todo.

Miras los zapatos caros
la lámpara de diseño
la hermosa colcha india.
En silencio los miras
como adorándolos.

Los miras y los miras y sientes
que si no te responden
es porque no sabes
hablar su idioma.
Pero es que tampoco sabes
cuál es la pregunta.

Mientras la piensas
envejecen los objetos.

Envejeces tú.


sábado, 21 de diciembre de 2013

El bar de Lee, David Pérez Vega Crónica vital y sentimental de un joven y devoto lector

Alberto García-Teresa – laRepúblicaCultural.es

Arriesgada decisión la de unir, en un único volumen, dos poemarios inéditos muy distanciados en su elaboración, entre los cuales se intercala la escritura del único conjunto de poemas de David Pérez Vega publicado hasta el momento, Siempre nos quedará Casablanca. Como explica el propio autor en el prólogo, una década separa el tiempo de composición de ambos títulos, aunque encuentra una vinculación entre ellos, una continuación de temas y de espacios, que, en efecto, tiene lugar en estas páginas. Móstoles era una fiesta es el primero, donde todas las piezas aparecen fechadas, y El calvo del Sorona se titula el segundo. Además, el libro se abre con un espléndido y meritorio estudio a cargo de Alejandro Céspedes.
Pérez Vega realiza un buen trabajo con las imágenes, que puede llegar incluso al barroquismo en las descripciones. Como sucedía enSiempre nos quedará Casablanca, algunos de los textos del segundo poemario aquí recogido (recordemos, elaborado tras la escritura de aquel) están armados con desarrollos argumentales, de escenas, de construcción alrededor de una anécdota, en detrimento de la tensión poética en ocasiones. No en vano, David Pérez Vega nunca ha negado su condición de narrador.
Los versos brotan desde una mirada nostálgica, fruto del desengaño que acontece en el presente (sentimental, social, vital). El amor es un tema reiterativo y constituye un aspecto clave en el ánimo de “yo”, aunque se enfoca desde la incomunicación, desde la dificultad para conectar, para expresarse. Los poemas surgen de la observación de la ciudad gris, tediosa, de lo que evocan unas historias llenas de cotidianeidad, que conforman, no en vano, un retrato lírico de la vida urbana, que pasa sin intensidad. La práctica totalidad de las piezas se desarrollan con un mismo procedimiento consistente en observación atenta, interiorización y expresión de la subjetividad. Muchos textos, de hecho, poseen un tono de confesión, de necesidad irremediable de volcar lo que siente el “yo”; de explicar su proceder. La observación del entorno sirve de estímulo para que el “yo” recapacite sobre sus propios sentimientos.
Al respecto, abruma la melancolía del “yo”, que pasea por espacios donde domina la desolación. Podría, en ese sentido, leerse como una construcción sociológica, dada la gran diversidad de personajes y de situaciones que aparecen en estas composiciones, y que descienden hasta lo más corriente (como significativamente demuestra el explícito reto de escribir un poema metafísico a las patatas ali-oli). Sin embargo, el entorno aparece reflejado para ubicar al “yo”; para explicar de dónde surgen sus sentimientos, su tristeza. En efecto, se recogen multitud de referentes cotidianos, reales (figuran nombres propios de calles, plazas y locales), pero no se busca el reconocimiento cómplice del lector ni la identificación, sino plasmar un escenario verídico y verificable. Así, Pérez Vega desgrana una vida de estudiante (instituto, facultad), de veinteañero (primeramente), o de treintañero trabajador (a continuación).
En ella, es fundamental la literatura: llaman significativamente la atención las abundantes referencias literarias que salpican los textos. Se trata de los autores y de los títulos que han alimentado al “yo”. Las alusiones a obras o las reproducciones de versos o párrafos complementan la experiencia diaria no sólo como fiel retrato de la acción rememorada (el “yo” leía tal cosa en el momento el cual se desarrolla la anécdota), sino que sirven para ilustrar, para resolver, para extraer conclusiones la vivencia recogida. Se manifiesta, así, un orgullo de lector, pues la literatura se convierte en refugio y en espacio de vida frente al vacío constatado de la realidad. Para el sujeto de estos poemas, como se explica en una cita de Ricardo Pligia incorporada al volumen, “la literatura es una forma privada de la utopía”. Estos textos resultan, en definitiva, un sincero y cariñoso homenaje a muchos escritores, y puede leerse como una biografía (informal e incompleta) de la formación literaria de David Pérez Vega.
De esta manera, El bar de Lee resulta la crónica vital y sentimental de un joven y devoto lector, que contempla la realidad como estímulo para su proceso personal.

viernes, 20 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 354. Guadalupe Grande

Día 354. Guadalupe Grande. Por donde pasa la poesía (2011)



minuto y cuarto a la derecha del hemisferio que linda con el tranvía 33
se derrama definitivamente el cántaro de leche,
a tres pasos de la constelación del oso hormiguero,
segundo y micra a la izquierda de los zapatos imantados por el fósforo de la inanidad,
justo a la vuelta de la esquina,
a medio pie y dos sandalias
no hay nada que temer,
todos los caminos conducen al camino

y a nadie le gusta que le persigan la brújula con la nariz


Los pies sucios de Edem Awumey y la maldición del camino

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Edem Awumey. Fuente: www.lapresse.ca
Edem Awumey. Fuente: www.lapresse.ca

“-Bueno, ¿y los viajes? Cuenta. Porque tú eres una chalupa azotada por el viento de los viajes”. Sí, así es Askia, una “chalupa azotada por el viento de los viajes”. Sin embargo, esta definición está, en Los pies sucios, exenta de cualquier rastro del romanticismo, del atractivo de la aventura. Es más bien, una maldición. El propio Askia lo dice, él y los suyos están malditos por el camino, condenados a vagar por el mundo sin posibilidad de detenerse, son el polvo de los senderos que no puede aferrarse a la piedra. Esa es la historia que cuenta el togolés Edem Awumey, en su segunda novela, Los pies sucios, publicada en español por la editorial Baile del sol. Askia es un joven que misteriosamente ha llegado a Paris desde el Golfo de Guinea, persiguiendo la no menos misteriosa figura de Sidi Ben Sylla Mohammed, su padre.

Cubierta de Los pies sucios
Los pies sucios retrata el punto de encuentro en un lugar y un tiempo de un grupo de incansables viajeros, desde Askia, el taxista africanos errante, hasta Olia, la fotógrafa búlgara tan frágil como obstinada; desde Petite-Guinée, el mercenario que descubrió demasiado tarde que su verdadero amor estaba en África, hasta Ali de Puerto Said, el castañero que quería enseñar poesía. Todos ellos persiguen fantasmas, cada uno los suyos, como el propio Sidi que guía los pasos de Askia y que tan pronto se materializan en una realidad absolutamente tangible, como se desvanecen dejando apenas un imperceptible rastro.
Askia acaba por comprender, en esta etapa de su viaje, las advertencias y los consejos de su madre: el camino es, en realidad, una maldición y ellos, “los pies sucios”, son condenados a vagar sin un destino claro porque, en realidad el viaje es su destino. “Los pies sucios” son casi una especie en sí mismos, que se extiende en todo el planeta y que se prolonga a lo largo de la historia. Lo único que ocurre en la historia del escritor togolés afincado en Canadá es que algunos de esos caminos se encuentran.
Awumey narra, a menudo, como si escribiese un guión y por ello las descripciones minuciosas de los detalles nimios y de las situaciones se componen de frases cortas, sin verbo, siquiera. Son pinceladas que dibujan cuadros en los que no necesariamente la acción es lo importante, pero tampoco se alardea con el lenguaje. Los flases que forman el dibujo, sin embargo, generan un resultado que resulta muy gráfico y que facilitan que el lector se imagine claramente las escenas.
El camino, el viaje, el recorrido que narra Awumey a través de Askia es en realidad una historia de exilio. No en vano, ese es el tema de la actividad investigadora del autor, la literatura del exilio, con el que se doctoró. El propio autor tiene una prolongada historia de exilio, nacido y diplomado en Lomé, la capital togolesa, Awumey completó sus estudios en París. Acabó trasladándose a una zona fronteriza en la que parece encontrarse cómodo, concretamente el límite entre el Canadá francófono y el anglófono. El novelista togolés tuvo un pequeño momento de gloria, primero al recibir en 2006 el Grand prix littéraire d’Afrique noire por su primera novela, Port-Mélo; y después, precisamente, cuando su Los pies sucios (Les pieds sales, en la versión original) fue preseleccionada para el premio Renaudot, en 2009. Sin embargo, los buenos augurios de la euforia mediática no se cumplieron en el momento inmediatamente posterior. El autor parece moverse más cómodamente en la tranquilidad y la serenidad que en el torbellino del éxito inmediato.
El de Awumey es un concepto del exilio que de alguna manera lo tiñe todo. Y de ahí, seguramente una referencia a Télemaco, el hijo de Ulises, al que asemeja con el protagonista de Los pies sucios, al menos en la preocupación por la búsqueda del padre. Así el exilio está en la historia, pero también en el escenario. La narración se desarrolla en la noche parisina, pero una noche desprovista de idealismo, es una noche cruda, áspera y, sobre todo, oscura, como el mismo protagonista reconoce, al margen de que algunos de los personajes secundarios puedan empeñarse en arrojar un poco de luz (y de ilusión). A través de Askia, Awumey se mueve entre los personajes que se encuentran en la periferia de la sociedad, los solitarios, a menudo abandonados, los de los pies sucios, los que están en la cuneta del camino. Askia recorre las calles de un París nada imaginario en el que arden los edificios abandonados y ocupados por inmigrantes (como ocurrió hace menos de diez años) y los cabezas rapadas se empeñan en ser los enviados para “limpiar” las calles de la ciudad.
La búsqueda de Askia, su experiencia de exilio, sus relaciones personales, sus vivencias en las cloacas de la ciudad, van tomando poco a poco un cierto sabor de novela negra. Awumey va suministrando en pequeñas dosis pinceladas de un misterio y una acción que apoya a la propia trama en el objetivo de hacerse cautivadora y sobrecogedora.

Los pies sucios es un auténtico puzle de letras, pero también de imágenes, de lugares e, incluso, de notas musicales. Hay, como ya hemos dicho un toque de la Odisea, pero también hay una pizca del Pedro Páramo de Juan Rulfo o del mismo Don Quijote de Cervantes. Y además flota la música de Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, de Duke Ellington o de Miles Davis, aparecen las fotos de los escritores del Renacimiento de Harlem, junto a una obra de Modigliani. Y los pasos llevan en un momento u otro desde Nioro, hasta Groenlandia, pasando por Biafra, Kamchatka, Lima, Recife o un larguísimo etcétera de ciudades, para converger en París. París, una ciudad inclemente pero de la que no se puede escapar; una mala ciudad para esconderse, pero en la que todo se desarrolla y todo termina.
En una entrevista con motivo de su última novela Awumey atribuye a uno de sus personajes unos sentimientos que nos hacen pensar en rasgos muy autobiográficos: Dice del protagonista de esa obra que “escribe para intentar pintar un África que no es ni la guerra ni las playas hermosas, un África que vive entre esos dos extremos. Y escribe para explicar su propia oscuridad…”.

Obras de Edem Awumey
- Port-Mélo, 2006.
- Les pieds sales, 2009. En español: Los pies sucios, 2012.
- Rose déluge, 2012.
- Explication de la nuit, 2013.

http://www.wiriko.org/wiriko/los-pies-sucios-de-edem-awumey-y-la-maldicion-del-camino/

2013 de Poesía. Día 353. María José Pastor

Día 353. María José Pastor. Por donde pasa la poesía (2011)


CIUDAD JUÁREZ

Con savia de maquila se alimentan las cruces
de unas niñas espinas hincadas en la plaza
mímesis de reptiles
abrigo de silencio
en mi calle el parterre hoy viste tulipanes.

http://conciliadosmila.blogspot.com.es/p/mjpastor.html

jueves, 19 de diciembre de 2013

Stoner, John Williams

Había querido ser profesor, y lo fue, aunque
sabía, siempre lo supo,que durante la mayor
parte de su vida había sido uno cualquiera.




Mucho tiempo. Hacia mucho tiempo que no pasaba por mis manos una novela tan intensa, de esas que no podemos soltar hasta llegar a la palabra fin: Stoner, de John Williams –por favor no confundir con el compositor de Bandas Sonoras–.
A lo largo de sus doscientas cuarenta páginas nos encontramos con una historia simple, contada de forma cronológica: la de un profesor de Universidad, William Stoner, en Missouri, en los Estados Unidos de principios del siglo XX, desde que sus padres lo mandan a la Universidad hasta su muerte. Publicada por primera vez en 1965, está claramente influencia por las secuelas que dejó la generación perdida. Nos muestra la melancolía, el desencanto, la tristeza que ocasionó en Estados Unidos la primera Guerra Mundial, la crisis del 29, la ley seca,...
¿Qué es lo que tiene de extraordinario la novela, si narra la vida cotidiana de un profesor de Universidad? Y es eso mismo, el hecho de que sea una historia simple, sencilla, verosímil, lo que nos seduce y nos lleva a continuar leyendo página tras página. Recorremos su historia, desde sus comienzos como estudiante en la Universidad –en un principio va a estudiar agronomía, pero la cambia por la literatura–, su graduación, su boda, sus problemas –tanto en el trabajo como en el día a día–, su descendencia ..., es decir, la vida de una persona, de un ciudadano de a pie, de un individuo que no se rebela contra nada ni nadie, lo que puede provocar que sea considerada como una vida monótona o aburrida. Es la forma ágil de narrar lo que atrapa, cómo nos muestra la vida de William Stoner y la de los personajes satélites que pasan por la vida del protagonista, sobre los que quisiéramos saber más y que son merecedores de tener su propia novela.
Por otro lado surge el inconformismo del lector sobre el modo de actuar del protagonista ante los hechos que se le van presentando: ¿Actúa con coherencia? ¿Es cobarde al no rebelarse, al aceptar todo lo que le sucede?... y es por ese motivo por el cual la novela no deja indiferente al lector, que no puede permanecer pasivo al finalizar su lectura. Bajo una narración sencilla subyace un trasfondo de ideas, de sentimientos que provocan interpretaciones múltiples sobre lo que nos cuenta John Williams en su novela.
Stoner es un libro al que le ha faltado una campaña de publicidad adecuada. Ha sido el boca a boca lo que la ha ido asentando como una de las novelas más recomendadas últimamente. La novela esta publicada en Baile del Sol. Va por su cuarta edición.
Su lectura no defraudará. Estoy convencido.

© Miguel Urda

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Bailando con Sara Herrera Peralta: "Quisiera escribir una poesía cercana, que hable desde la sencillez del lenguaje"



Baile del Sol.- ¿Cómo surge este recorrido poético por las líneas ferroviarias parisinas?

Sara Herrera Peralta.- Quien mire hacia abajo pierde recupera la estructura que ya utilicé en uno de mis libros anteriores, De ida y vuelta, con una pequeña diferencia: los poemas en lugar de llevar por título el nombre de las paradas de metro de una de las líneas de París, llevan el de las paradas de una de las líneas de RER, que equivale a nuestro tren de cercanías.

Me obsesiona el mundo que se crea dentro del propio mundo de las capitales, el de los habitantes que (sobre)viven en los vagones durante horas diarias para ir a trabajar a oficinas o fábricas de los grandes núcleos de negocios o del extrarradio. Me obsesiona ese mundo y la vida de esos habitantes, a menudo dejándose llevar por la inercia, el estrés y el ritmo vertiginoso en el que con frecuencia dejamos pasar los días.

BdS.- ¿París es cualquier lugar?

SHP.- París me parece la ciudad más bella del mundo, pero París puede ser tan traicionera como cualquier otra capital. París no es una ciudad amable para llegar, instalarse e iniciar una nueva vida. Hacerse un hueco en ella siendo extranjero supone sacrificar algunas cosas. Pero yo llegué a París persiguiendo un sueño y luego París me regaló muchas otras cosas, así que no soy objetiva, a pesar de todo eso, París no podrá ser nunca cualquier lugar.

BdS.- La rutina, la gente, el día a día, el transporte público ¿espacios para la trascendencia?

SHP.- Por supuesto. La realidad siempre me ha parecido materia poética.




BdS.- El amor, el miedo, la vida, los sueños, la maternidad ¿viajan en los trenes de cercanías?

SHP.- Forman parte de esa realidad y yo en este último tiempo he sentido necesidad de hablar del miedo, de la enfermedad, de la maternidad y de otros temas que tienen un vínculo inevitable con mi forma y mi ritmo de vida, con el mundo que tal vez yo no elegiría si no fuera porque tengo que pagar un alquiler a final de mes y porque me apasiona viajar, porque quiero poder permitirme elegir determinadas cosas que no podría elegir probablemente si no existieran todos esos vagones.

BdS.- ¿Cuál dirías que es tu lenguaje poético?

SHP.- Quisiera escribir una poesía cercana, que hable desde la sencillez del lenguaje, busco esa naturalidad.

 BdS.- ¿Quien mire hacia abajo pierde?

SHP. -Eso es lo que nos quieren hacer creer. Dijo Ángel González que hay que ser muy valiente para vivir con miedo. Esa es, desde hace un tiempo, una máxima impuesta para vivir, sabiendo que, aunque soy una persona tremendamente afortunada, en estos últimos años he tenido que buscar un espacio en el que reflexionar y reconciliarme con el dolor por la pérdida, la enfermedad o el fracaso laboral o personal.