miércoles, 18 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 352. Aitor Francos

Día 352. Aitor Francos. Libro de las invitaciones (2013)


http://www.latiendadebailedelsol.org/98-francos-aitor-libro-de-las-invitaciones-.html
BIOMÍMESIS

El traje mal puesto, casi a solas,
colocado en una silla,
hasta tener la inclinación deseada.
Veo pliegues en los actos
de quien no hace pausas.
Son la repetición inesperada
de algo que vi caer,
de algo que nos iba a integrar;

un toque alineado si compartimos
la creación
o el muñeco de no mentir.

http://bailedelsol.org/index.php?option=com_content&view=article&id=604&itemid=426

martes, 17 de diciembre de 2013

La posesión del humo de Violeta C. Rangel

Para Michel Foucault uno de los principales problemas cuando nos enfrentamos a un texto de poesía o ficción es el tema de la autoría. Si por azar o por omisión voluntaria se omite dicha autoría, se correrá en búsqueda del autor, sólo se acepta el anonimato en cualidad de enigma. El texto poético La posesión del humo, viene firmado por Violeta C. Rangel; pero ¿quién es en realidad Violeta?. Para responder a esa pregunta deberíamos de recordar la afirmación de Rimbaud: “Yo es otro. La verdadera vida está en otra parte”. Si rastreamos el origen de los heterónimos en la literatura europea, el primero en utilizarlos entre los grandes escritores del pasado fue Kierkegaard, al crear las identidades de Victor Eremita o Hilarius Religator, identidades creadas para enfrentarse al propio pensamiento del filósofo danés. Detrás de ese otro al que se refería Rimbaud, detrás de Violeta C. Rangel, se encuentra su ortónimo, Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960), poeta onubense de larga trayectoria, autor de una extensa obra literaria que abarca la poesía, la narrativa y la traducción. Es en esas tareas de traducción donde se ha interesado y ha profundizado en el mayor paradigma europeo en lo referente al problema de la heteronimia: Fernando Pessoa. El poeta portugués, ya de niño había creado una serie de heterónimos, hasta llegar en la edad adulta a más de cincuenta, de entre los que destacan Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Careiro. Cada uno de ellos tenían diferentes biografías, pero no sólo eso, sino que se encuentran, conocen e interactúan entre ellos.
Violeta C. Rangel es el heterónimo de Manuel Moya, pero si en todo heterónimo, intentamos para saber cuál es el origen de éste, rastrear la identidad del ortónimo, en este caso es imposible. Manuel Moya ha establecido en su personaje un cambio absoluto de identidad, comenzando por el cambio de identidad sexual, lo cual hace imposible cualquier intento de rastreo. Violeta C. Rangel esVIOLETA. Violeta la del Born, /[..]estado civil charnega […], valor tres mil, pensión aparte. Con Violeta C. Rangel se llega a la maximización de la afirmación de Rimbaud de “Yo es Otro”, pues Manuel Moya se encarna en una prostituta de arrabal, realizando uno de los mejores ejemplos de la poesía entendida como género de ficción, obviando absolutamente la identificación romántica del yo poético con el yo real.
Violeta nos descubre un mundo que existe en todas las ciudades, el arrabal, un mundo sórdido, feo, salvaje, donde cada cual sobrevive como puede entre las pensiones de mala muerte y el jaco, entre los callejones mal iluminados donde todo sucede y las vidas reventadas. Es un personaje que cuestiona a todos, el rey sonriendo, como siempre, / a la parroquia, se afirma en “Día del libro”, una mujer con un corazón herido que nadie lo puede reparar, cuyos días son Días, como todos, / de garrafa, días que son todos iguales unos a otros en su brutalidad, en su despojamiento, días que son atravesados por los personajes del arrabal, como La Guanchi, que es, la que vino de Canarias. / Jodida y bien jodida, se quiere abrir las venas / con un simple abrelatas. /Hace meses que se mete optalidones y basura que encuentra en los derribos, días que están sólo repletos de horror y espanto, donde se camina siempre mucho más allá del lado más salvaje de la vida, días en los queEstá nevando estiércoly un fulano / va y te dice, oye nena, a ver, a ver / mueve ese culo.
Pero la maestría de Manuel Moya en la construcción del heterónimo Violeta C. Rangel, no sólo se reduce a la creación de una identidad plena y llena de matices, sino que es capaz de crear un universo propio en los más peculiares detalles, como los personajes ficticios que pueblan las dedicatorias de los poemas, como a manolo alonso pazos, que una vez me salvó la vida, a quien va dedicado el poema “Savoir Faire”, un texto brutal donde se retrata la realidad más salvaje de la prostitución: Crees que ir de pavo en pavo es estupendo, / pero ¿qué me dices de bregar con esos bestias / que acaban poniéndote la pipa entre las piernas / cuando les hablas de condón?. Una prostituta, que como tantos personajes del arrabal, está en tratos con la heroína: No te tardes, ¡llévame!, jaco de Mierda. Un arrabal que toma vida cuando llega la noche y todos sus pobladores surgen como espectros a buscarse la vida como pueden, vendiendo sus cuerpos reventados o con sus trapicheos chungos de drogas cortadas con matarratas, mientras en los barrios de clase media, los biempensantes duermen plácidamente en sus cálidos lechos, ajenos a todo este enorme drama humano que se desarrolla en la noche, PORQUE la noche, niña, tiene sus gorilas / sus putas, sus tarados.
Violeta tiene que vender su cuerpo reventado para subsistir en el barrio, prostituta de calle y pensión barata con cama llena de chinches, haciendo la calle en las madrugadas frías, cuando el viento húmedo del invierno sopla sin piedad y la soledad más terrible es la única compañera de acera, prostituirse con tipos sórdidos, malencarados y malnacidos, estos mendas que se dejan / sus escombros y su hiel sobre tu colcha, que tienen su reverso en tipos, fulanos, que en mitad de una borrachera de vino barato le prometen sacarla de la calle y darle una nueva vida: la voz sesgada de un fulano / que promete sacarte de la calle / con fragatas y tanques y alguaciles, pero tan sólo son una broma más de la vida, unas palabras vacías de unos tipos a los que se les va toda la fuerza por la boca cuando han bebido demasiadas copas; Violeta sabe muy bien al mundo que pertenece y del que nunca saldrá, salvo con los pies por delante.
Una mujer de origen humilde cuya vida ha estado marcada siempre por la marginalidad y el abandono: SIEMPRE he vivido en cuartuchos desalmados / y a mi padre lo vi, tres cuatro veces; personaje desarraigado, sin raíces, charnega, como se define nada más comenzar el poemario, que nos revela todo un mundo oculto a la mirada cotidiana con sus palabras, que tiene incluso su propia visión de la poesía, su propia poética: no, no es esta una poesía / sino la mala vida, ¡joder!. Pero en tanta mala vida hay también un pequeño hueco para el amor, para encontrarse en el otro, aunque no sea un amor ortodoxo, si es que en asuntos de amor se puede hablar de ortodoxia, un amor que desborda y supera, tan intenso como el que se pueda tener en los buenos barrios donde los amantes se encuentran en restaurantes de comida japonesa: ¿y el amor, qué fue de aquello? / Una polla me tiene entre las cuerdas / la misma a la que amé más que a mí misma.
La poesía como billete usado y sucio que va pasando de mano en mano, también circula por el arrabal: Solos los tres / me larga algunos de sus versos tan manidos. Pero el tono de La posesión del humo, es el de la confesión brutal, descarnada, sin ornamentos, con un lenguaje que surge de las entrañas doloridas: CON dientes de verdín le comí el rabo / que tenía un sabor a pollo frito, a cosa helada. Pero a pesar de todo, de tanta brutalidad, de una vida que se vende por tres mil, pensión aparte, Violeta también ha encontrado el calor de una mano amiga que se apoya en su brazo, porque en los límites del arrabal, también existe el cariño, el afecto, los perdedores se dan calor los unos a los otros, en un camino que saben conduce a ninguna parte: NO he perdido el tiempo / y aunque haya dejado la vida / en el peor de los muelles, / de algunas noches guardo […] la sagrada compaña de un amigo, todos esos amigos que la mala vida o el jaco ha ido arrastrando hacía la muerte. También hay lugar en La posesión del humo, para la reflexión moral, cuando se afirma: He huido en otros trenes,/ me he roto en otros cuerpos, y es mentira el mundo.
Sin embargo, no hay en La posesión del humo, una épica del perdedor, no se ensalza a nivel de mito al outsider, al que vive en los márgenes: NO eres la mejor por haber perdido siempre / o por perderlo todo, son seres humanos a los que les han venido mal dadas las cartas, que recibieron malas manos desde el principio, desde que todo comenzó, y que han hecho todo lo que se podía hacer en la vida, mal, todas las decisiones han sido erróneas, existe como una voluntad enfermiza en hacerlo mal, en dirigirse a la desgracia, vidas perdidas en los descampados poblados de jeringuillas usadas y condones resecos: perdí la vida / como se pierde un bolso en un atraco. […], la juventud perdí en un mal sueño.
La posesión de humo, reeditado muy acertadamente, dieciséis años después de su publicación, por Ediciones Baile del Sol, fue Premio Ricardo Molina en 1997, y constituye uno de los libros ya clásicos dentro de la reciente poesía contemporánea. Y sé del riesgo que tiene acuñarle el término de clásico a una obra tan reciente, pero otorgarle otro calificativo sería un error. No sólo es insólito por la utilización de un heterónimo de sexo femenino, sino que el poemario nos revela a un personaje oculto por el rumor cotidiano de la vida en las ciudades, un ser humano que vive en los límites, cuyas vivencias son brutales y descarnadas, muestra una realidad ante la cual volvemos la cara o bajamos la mirada; Violeta es un personaje al que no queremos en nuestras vidas, a quien nunca invitaríamos a nuestra casa ni le presentaríamos a nuestro hijo mayor, porque son personas que deben de vivir en el margen y mantenerse allí para siempre, sin salir de él, y sin interferir en nuestras vidas. La posesión del humo es también una interpelación a la hipocresía del lector de clase media, que disfruta comentando en una tertulia con sus amigos universitarios las andanzas delYonqui de William Burroughs, pero que cambia de acera cuando se encuentra con un adicto en la vida real. Violeta nos habla claro, nos cuenta las intimidades de su existencia reventada en pensiones baratas y malos barrios, se nos planta de cara y nos mira a los ojos directamente, con descaro, como sólo la verdadera vida sabe mirar.
Rangel, C. Violeta. La posesión del humo, Tenerife: Ediciones de Baile del Sol, 2013. 82 páginas. 10€.0.

2013 de Poesía. Día 351. Sebensuí Álvarez Sánchez

Día 351. Sebensuí Álvarez Sánchez. Poemas de un martirio adolescente (2013)


El cielo se lo come todo
Al igual que nosotros
Pequeños monstruos
Tiene dientes largos y fríos
Que nos va mordiendo
Como muñecas de vudú
Y tiene un horno para llorar
Y un pequeño infierno distinto para cada uno
Pero no lo vemos, sólo un poquito...
Pequeños atisbos de que existe


Fugaces sonidos, fugaces imágenes


lunes, 16 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 350. Cecilia Quilez

Día 350. Cecilia Quilez. Por donde pasa la poesía (2011)



MI PERRO HA entrado por la ventana.
Apaga del agua el sonido
y lame la tinta borrosa de la tarde.

La otra lo acaricia.
Ensayo una máxima
donde escapen las palabras baldías
para no romper este espejismo.

Necia, me digo:
Tú no haces música,

estás inventando la sordera.


`Psoriasis´ poética para curar las heridas

Manuela Paso, autora de `Psoriasis´. Foto: Sergio Parra
Manuela Paso, autora de `Psoriasis´. Foto: Sergio Parra


Laura Fraile
Valladolid
Aunque la mayor parte de su vida la ha dedicado a trabajar como actriz, ahora se decide a publicar su primer libro. En cualquier caso, Manuela prefiere dejar a un lado el vicio de etiquetar cualquier realidad, sea la de actriz o escritora, en parcelas cerradas. Hija de un escritor de teatro y de una actriz, reconoce que la necesidad de escribir y actuar siempre han estado muy unidas en su vida, siendo ambas unas disciplinas que en definitiva buscan expresar, narrar, compartir. "El artista no es nada más y nada menos que una persona que viene a expresarse. Independientemente del soporte que emplee, cualquier persona que haga un intento por expresar ya está haciendo un intento artístico. La expresión está viva y sólo busca un soporte que se puede encontrar recitando, esculpiendo o escribiendo", comienza explicando Manuela.
Hace un mes esta madrileña publicó `Psoriasis´, un poemario con el que esta ganadora de un premio Max a la mejor actriz de reparto ha conseguido al fin dar a conocer sus pensamientos más íntimos. "Mi entrada en la poesía ha tenido mucho que ver con la necesidad de decir mi propia palabra, ya que llevo mucho tiempo diciendo la de otros a través de personajes narrados por autores como Valle-Inclán o Lope de Vega. Necesitaba empezar a dedicarle esa energía a escribir mis propias palabras, mi propio conflicto, y a escribirlo interpretando mi dolor, mi pasado, todo lo que me indigna. Empecé a escribir hace un par de años. En ese momento empecé a leer los poemas en sitios como el Bukowski o Diablos azules, ya que necesitaba ver si funcionaban y transmitían. A partir de ahí me di cuenta del bien que me hacían y de cómo provocaban que las cosas se colocaran en su sitio", indica Manuela.
Unas líneas escritas a modo de presentación de la primera parte de su libro nos dan algunas pistas de lo que nos encontraremos a medida que vayamos profundizando en sus páginas: "La psoriasis (del griego, picor) es una enfermedad (no contagiosa) inflamatoria crónica de la piel que produce lesiones escamosas e inflamadas. Se cree que tiene una importante agregación familiar y que afecta a individuos con predisposición genética", escribe su autora. Durante la entrevista profundiza en esta cuestión: "La psoriasis es una enfermedad crónica que persigue al que la tiene durante toda su vida. Es como una mochila que esta persona lleva a cuestas. Este picor es una metáfora de lo que incomoda porque no ha sido expresado, ventilado o saneado, a pesar de que se puede curar expresándolo y dejando las heridas al aire", comenta Manuela durante una conversación telefónica.
Según reconoce, algunos amigos han manifestado su disconformidad con el título de su poemario, pero ella lo defiende por encima de todo. "Es un título expresivo que he usado porque quería hablar del pasado y de una familia disfuncional. En cualquier caso es un libro optimista porque, a pesar del estorbo de la enfermedad, ésta es una buena excusa para ventilar los problemas y las carencias. Mantengo una sensación optimista con la poesía. Para mí un poema es luz. En el momento en el que es expresión se convierte en pura vibración y pura vida", indica más tarde.
El libro, que está dedicado a sus dos madres, su padre, sus hermanas y su hermano, habla de la disfuncionalidad del pasado y de la vida familiar, pero por encima de todo habla de la relación de Manuela con sus padres. "Este libro es un reconocimiento de lo que han hecho mal pero también de lo que hacen bien. Son poemas en los que hablo de cómo nuestros padres no son perfectos. Esta imperfección también deja un mensaje muy valioso para la vida: puede parecer que todo esto es un sufrimiento pero, bien entendidas, bien recicladas y bien perdonadas, estas cuestiones pueden convertirse en un tesoro. Este libro también se puede ver como un reconocimiento a la imperfección de la vida, como una limpieza de los reproches", continúa su autora.
Su poemario, que fue publicado el pasado mes de junio por la editorial canaria el Baile del Sol, está dividido en cuatro partes: `Etiología´, `Epidemiología´, `Pronóstico´ y `Tratamiento´. "En la primera, donde ya indico que todo esto tiene una importante agregación familiar, hablo de lo genético y de lo heredado. Esta parte me sirve para presentar la situación y para narrar el pasado, lo que sirve de caldo de cultivo para lo que viene posteriormente. Después hablo de mi etapa como adolescente, en la que escribo sobre cómo fui descubriendo a otras mujeres. Por cierto, suele haber una mayor predisposición a encontrar a psoriáticas que psoriáticos. Estas mujeres me han ayudado a ser la mujer que ahora soy y son las mujeres a las que quería parecerme y a las que creo que me parezco", aclara Manuela. Entre estas mujeres se encuentran dos muy concretas a las que dedica un par de poemas: Juana Ginzo, a la que rinde homenaje en unos versos que hablan de una niña que ve de lejos a esa mujer a la que le gustaría parecerse, y Ana Rossetti, una escritora a la que Manuela valora especialmente por su generosidad y cercanía. "Me ayudó a plantear el poemario y a darle sentido. Ha sido como mi comadrona", reconoce esta autora.
`Psoriasis´, que será presentado el sábado 14 de noviembre a las 13.30 horas en la librería A pie de página, se completa con dos partes más. Por un lado está `Pronóstico´: "En ella hablo de las personas que tenemos algo crónico y de las mochilas o alforjas que todos llevamos. Son mochilas que nos hacen como somos, que nos dan problemas y cosas maravillosas. En el fondo hablo de esa mochila familiar y de mi vida presente, que es la de esa psoriática que va por la vida viviendo diferentes experiencias como la de un viaje por el Ganges o la experiencia con la muerte, donde narro el contacto con una mujer que se me murió en los brazos porque la ambulancia no llegó a tiempo", explica Manuela.
El libro termina con `Tratamiento´, una parte que su autora presenta con estas palabras: "Los afectados por esta enfermedad tienden a aislarse socialmente debido al miedo al rechazo. En estos casos puede ser necesario el tratamiento psicológico". Así la describe Manuela: "Hablo de la importancia de saber hacer un balance y una terapia, de comprender de dónde vienes, de perdonar, de no hacer reproches".
Enfermedades, tratamientos... ¿hay cura para todo esto?, nos podríamos preguntar. Manuela nos da su respuesta: "La curación sólo es parcial, aunque para ello hay que dejar al aire las heridas. Es muy difícil quitarse la mochila de encima, porque va siempre contigo. Lo importante es cuando te das cuenta de que la tienes llena de culpas y errores. Entonces puedes quitártela, mirar lo que llevas dentro y ver qué puedes hacer con eso. No hay que negar la imperfección, hay que trabajar con ese material, expresarlo".
En definitiva, se trata de comunicar, pero también de conocerse mejor a una misma durante ese proceso. "La capacidad de intimar con una misma es ya una revolución. Sin una revolución íntima no puede haber cualquier otra, como puede ser la del entorno, que requiere de esta intimidad para entregarse a él de una forma limpia y eficaz. Este libro me ha servido para conocerme mejor", concluye Manuela.
Su libro ha sido publicado por Baile del Sol, una editorial que lleva asentada una veintena de años en la localidad tinerfeña de Tegueste. Según afirma Tito, uno de sus responsables, la idea de montar este proyecto editorial provino de un hecho muy concreto: "Todos proveníamos del mundo de los fanzines y de la música alternativa, pero no teníamos a nadie que nos publicara. Ahora nosotros nos hemos convertido en los editores de la gente a la que le pasa lo mismo", explica. En todo este tiempo han publicado alrededor de 600 obras distribuidas en una veintena de colecciones, aunque la mayoría de ellas pertenecen a una poesía con una vertiente social y reivindicativa. Entre las próximas publicaciones de esta editorial, dentro de la que el vallisoletano Luis Santana ha sacado a la luz su novela `Al final ni nos despedimos´, se encuentra un poemario de Karmelo C. Iribarren.

domingo, 15 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 349. Marcos Canteli

Día 349. Marcos Canteli. Por donde pasa la poesía (2011)



LO QUE NO poseemos
va a durar

la bañera sobre la hierba el abrevadero al fondo
moho de los ojos la depresión musical
que no existe

ni tus pétalos abiertos pero en otro mundo sí

la lámina que escribo
en la disolución

y que al volver a casa la casa ya no está



Nos la jugamos

el siglo de la gran prueba

El siglo de la gran prueba
Jorge Riechmann
Baile del Sol, 2013. Colección “Textos del desorden”
ISBN: 978-84-15700-87-6
166 páginas
12 €



Alejandro Luque
Quienes sean lectores asiduos de Jorge Riechmann estarán familiarizados con esa escritura que, más que ensayística, se asemeja a un cuaderno de notas. Notas, eso sí, producto de la meditación larga y aguda, y rara vez de apresurados raptos de inspiración. Ello permite que el lector se acerque a estos libros sin los prejuicios que suelen acompañar a los libros de un filósofo, aunque no se recomienda consumir estos apuntes como quien come pipas, si se aspira a un óptimo aprovechamiento: su alto contenido nutritivo lo desaconseja. Prueben, si no, con El siglo de la gran prueba.
Cada uno de los trece bloques que integran el volumen aborda una cuestión más o menos concreta, aunque la digresión se permite tanto como la licencia lírica, el testimonio personal comparte pared con el aforismo y tiene como vecino de arriba a la cita textual. El primer capítulo, “¿Socialismo en el siglo XXII?”, es una clara declaración de intenciones: para el autor, el sistema capitalista es del todo inviable a medio plazo, y esta inviabilidad es doblemente inquietante si tenemos en cuenta que para la inmensa mayoría de la gente es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Consciente de la devaluación de la que ha sido objeto el término socialismo en las últimas décadas, Riechmann solo concibe la salvación del planeta desde una postura ecosocialista, que atienda a la sociedad más allá del puro abastecimiento mercantilista sin descuidar la conservación del medio ambiente.
Le sigue un doble elogio de la poesía, primero en forma de homenaje a Juan Gelman y luego como reflexión general -“¿Por qué la poesía… con la que está cayendo?”- que defiende el verso como herramienta de conocimiento y trinchera moral. Tras una serie de anotaciones sobre arte y civismo y una crítica a la posmodernidad, entramos en sendos capítulos sobre Nietzsche y la moral de la transgresión, y otro sobre poesía y filosofía con ideas tan felices como esta: “Dónde estoy, pregunta la filosofía; qué raro encontrarnos aquí, observa la poesía”.
A Riechmann cabe agradecerle la claridad, la amenidad y la concisión, esa gran deferencia para con nuestro tiempo, que tanto escasean en las obras de algunos colegas. Sus anotaciones sobre un viaje a Grecia –”El coche atropelló al gatito, el autobús esquivó a la tortuga”– constituyen un delicioso cuaderno de viaje, como las páginas escritas en un bucólico retiro en Bubión de las Alpujarras, “Un árbol de cien años para una casa de cien años”, que vio la luz como adelanto el año pasado en la revista Sibila.
Parece difícil no estar de acuerdo en casi todo con este poeta, profesor y traductor de notables logros –le debemos a René Char y a Henri Michaux, entre otros–, y pepitogrillo de largo recorrido; difícil no comulgar con esa denuncia contra la sinrazón del mercado, contra la estupidez de las masas ciegas y la desvergüenza de los gobiernos. Uno cierra las páginas de El siglo de la gran prueba comprometiéndose, y lo digo sin ningún sarcasmo, a cocer cuatro huevos en el mismo cazo en lugar de uno, a usar los folios por las dos caras y a no abandonarse al chorro del agua caliente de la ducha, por mucho frío que haga afuera. Insisto, lo digo sin ánimo de broma: el autor nos ha convencido –como lo hace a su manera Mauro Corona en Fin del mundo equivocado, por citar otro título reciente– de que si no queremos vivir como si fuésemos los últimos inquilinos de la Tierra, hay que empezar a pensar en el legado que dejaremos a los nietos. Y eso incluye, cómo no, cobrar conciencia de nuestro papel ciudadano, político y cultural, sin buenismos, sí, pero sin confundirnos acerca de dónde está el mal.
Aunque la prosa de Riechmann cede en muy contadas ocasiones a la retórica mitinera (ese legítimo pero innecesario en un ensayo “compañeros y compañeras…”) y al ramalazo de la autoayuda paulocoelhiana (“Llega a ser el que eres/ Llega a habitar el lugar donde vives./ Llega a pensar tus propios pensamientos…”), los desacuerdos que puedan plantearse, al menos por la parte que me toca, son producto del propio estilo del madrileño, que en general no parece hablar desde el púlpito, sino que estimula el debate. Por ejemplo, cuando lamenta que a John Berger o a Gore Vidal “no los publican ya en EE.UU.” por conciencias incómodas, incurre en un viejo prejuicio progresista, el de pensar que el Imperio acalla a sus críticos al viejo estilo censor. Si entrara, por ejemplo, en la web de Barnes & Noble, comprobaría que cualquier estadounidense tiene a su alcance más de un centenar de títulos de Vidal, y otros tantos de Berger. Hace rato que el capitalismo entendió que era mucho más efectivo darle voz a estos subversivos y ponerlos al lado de, pongamos por caso, Belén Esteban: problema resuelto.
Otro asunto discutible es el alegato anti-nietzscheano que acapara las páginas centrales del volumen. Estoy seguro de que sé mucho menos de Nietzsche que Riechmann, que además puede leerlo en versión original. Pero me parece que su crítica al autor de Así habló Zaratustra se basa en el temor de que sus lectores lo tomen como código moral o guía práctica para conducirse por la vida. ¿Por qué no estudiarlo como reflejo de una época, como producto genuino del tiempo y el mundo en que vivió, un mundo por cierto no del todo periclitado? “Se puede, de forma coherente, ser nietzscheano y banquero en Wall Strret”, escribe el autor. “No se puede, de forma coherente, ser obrero –o campesino- y nietzscheano”. La sentencia es redonda, pero tiene trampa: la apelación a la coherencia. Y Nietzsche es la pura contradicción: ¿Por qué no lo empleamos para analizar las múltiples contradicciones de nuestra clase obrera? Es una sugerencia, repito, desde el atrevimiento de la ignorancia.
Termino con un desacuerdo más, y pido que no se engañen pensando que los desacuerdos ocupan más espacio en esta reseña que los acuerdos: éstos están en el libro, léanlo. Riechmann visita el Museo Arqueológico de Atenas durante cuatro horas. “Haría falta una semana, a razón de cuatro o cinco horas diarias, para visitarlo en condiciones (…) Pero el visitante promedio de un museo como éste medirá su atención en segundos…”. Bueno, todos hemos sentido alguna vez eso, la impotencia de querer verlo todo y el desprecio hacia la mirada vaga y huidiza del tan denostado turista. Pero, ¿realmente queremos ver “todo” el museo? ¿Cuál sería el cálculo equivalente para el British Museum? ¿Y cómo pretendería mantener la atención más allá de esas cuatro horas, durante varios días? Personalmente, creo que el error está en haber entregado los museos a los visitantes foráneos, y limitarnos a visitarlos solo cuando nos atrae el reclamo de una gran exposición temporal. Y que el sentido de un museo no es –no ya, habida cuenta de lo saturados que están todos– darse un atracón, sino visitarlo muchas veces, con ojos distintos, con diferentes compañías. Esto no solo redundará beneficiosamente en dichos espacios, también permitirá un disfrute mayor. Y si hay que ir a Atenas, se va todo lo que haga falta.
En fin, ya ven que el libro de Riechmann da para mucho, pero lo fundamental ya se ha dicho: sí, nos la jugamos. Del pozo económico en el que nos hallamos no nos sacará el mismo sistema que nos ha metido en él, y la ruina del aire, el agua y la tierra no será redimida por aquellos que llevan años saqueándolos y envenenándolos. Suena a sermón hippie, de los que este escritor lleva muchos años pronunciando. Solo que con el paso de los años suenan más y más verosímiles, más y más urgentes.