sábado, 14 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 348. Rafael Correcher

Día 348. Rafael Correcher. Por donde pasa la poesía (2011)



Te ha de salvar de un mundo
perdido en sus inercias
cuando tiembla en la tela de los labios
su ser de otro
y entonces la mirada, su propia cicatriz,
se esconde como un pez escurridizo
con el propósito de recordar
que somos breve conjunción,
fragmentos de futuro alimentando
el riesgo que produce no saber

quién vive ahora entre sus sílabas.


Los pies sucios-Edem Awumey


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Edem Awumey contesta en una entrevista a la pregunta “¿De poder elegir qué animal le gustaría ser: perro o gato?”: Al igual que Mr. Bones en la novela de Paul Auster (se refiere a “Tombuctú”), me gustaría ser un perro que viaja a Tombuctú donde todas las almas de los perros terminan su camino. Me gustaría ser un perro, pero no en cualquier parte, no en las calles y los depósitos de chatarra del Sur, donde puedo ser expulsado por los transeúntes y puedo vivir bajo amenaza de lapidación cada día. Para los seres humanos, los perros y todas las criaturas, esta es una vida difícil. Sin embargo, las personas son lapidadas hasta la muerte cada día. Entonces, ¿dónde está la diferencia en ser un perro?.
Askia, el protagonista de “Los pies sucios“, su segunda novela, tras treinta años desde que se produjo la ausencia del padre, decide buscarlo. Del Sahel a París es el viaje necesario para ello. Ese duro y agotador recorrido; del poeta palestino Mahmoud Darwish llega la primera advertencia en el poema que abre el libro ” Y guárdate del mar … y los viajes¡”.  Con él se llevará, como equipaje, los recuerdos de una niñez llena de escasez y privaciones; las palabras de su madre que le hablaban del ausente y el anhelo de encontrarlo.
Pienso en el niño que fue el protagonista. Siempre me vuelvo hacia la infancia. Un niño creciendo en los suburbios, jugando en un vertedero de basura, entre restos y deshechos, junto a otros niños que, a veces, se muestran crueles (niños del sur lapidando perros). Evocar una infancia así y continuar caminando. Después ya adulto, continuar vagando. No es difícil acertar quiénes son los pies sucios y porqué se les llama así.
En París, ejercerá de taxista (aunque no es ésta su verdadera profesión, solo una tapadera, la auténtica es mucho más terrible) y por este medio conocerá a Olia que asegura haber conocido y retratado a su padre. Dentro del taxi, recorremos con él una ciudad malvada y desoladora (es París, pero puede ser Barcelona o Londres, cualquier gran ciudad europea). Un lugar que quiere verse despoblado de negros, de inmigrantes, de pobres. Cuadrillas con cazadora de cuero negro dispuestos a pelear y matar. Vecinos que no quieren ver en su horizonte a nadie que provenga de otro sitio y no tenga nada, nada que perder ya. Un presente triste y gris (unido a la muerte, al crimen también), el de los condenados a caminar de un lado a otro. Hay geografías que se descubren a fuerza de necesidad. Los pies sucios andarán o reventarán por Europa. Otros emprenderán el camino contrario y contemplarán África como un tránsito, nuevos brujos recolonizando a los negros.
Y en el centro siempre la búsqueda del padre.
No es gratuita la mención a Telémaco en la novela. Como el hijo de Ulises, Askia ansía recobrar el rostro amado. La figura paterna, inquietante y huidiza, que aparece y desaparece. Una sombra. ¿Y que son sino estos seres humanos, obligados a abandonar sus tierras y perdidos en la demoledora ciudad?.  Bosquejos, garabatos como su padre. Sidi Ben Sylla, un nombre de alguien que existió y del que conocemos por referencias de terceros. Un padre que una fotógrafa retrató, pero del que ahora no encuentra ninguno de los retratos que le hizo; un padre cuya madre dice o soñó que se marchó a tierras francesas porque recibió una carta que le obligaba a hacerlo por “un asunto de humillación”; todo es difuso, inconcreto, evanescente. Misterioso pasado, misteriosa huida. Una obsesión encontrarlo, para entender, quizás. Para encontrarse a si mismo, tal vez. Toda una vida detrás de un único motivo.
Las fotografías tienen un gran peso en toda la narración. Pueden llegar a constituir un lugar, un país, a base de rostros desconocidos pero que evocan un momento vivido en el pasado. A falta de un sitio al que poder apelar, las instantáneas cubren la necesidad de tener una pertenencia, mitigando la soledad y el desarraigo. Olia dice hacer retratos de gente negra, porque “saben captar y retener la luz”, como esta novela.
Cuesta entrar en la trama, con multitud de referencias y con una ambientación evocadora, misteriosa, pero también confusa. A menudo las frases que usa Awumey son complejas, de gran belleza, salpicadas de metáforas, convertidas ellas mismas en eficaz espejo del que las pronuncia. Hay que releerlas porque en pocas palabras puede transmitir decenas de ideas y sensaciones. Askia, el personaje principal, se nos muestra a la vez demasiado confuso y acabamos un poco como la propia Olia, sin saber “quién es” (¿es eso lo que intenta saber él mismo?), perdidas todas la coordenadas iniciales.
Tras la lectura, perdura una narración capaz de hacernos sentir el dolor de todos aquellos que no han tenido otro remedio que vagar, sobrevivientes sin esperanza alguna, sin un lugar al que poder regresar. Tiene razón Tahar Ben Jellouncuando dice sobre esta obra “… nos encontramos con personajes que pertenecen al dolor de toda la humanidad”. Los pies sucios, los ojos llenos de salitre, los cuerpos vaciados de carne, sí, bajo nuestra mirada.
Habían sufrido la canícula, las lluvias, el monzón y el perverso harmatán. El harmatán porque tenían grietas en los talones y la piel muy seca, arrugada. Y entre los pliegues había suciedad, una mezcla de sudor y de tierra. (pág. 81).

Ficha:

  • Título original:  Les pieds sales (2009)
  • Idioma: Original: Francés
  • Traducción al castellano: Colección África. Baile del Sol (2012)
  • Traductora: Laura Salas Rodríguez
  • Nº páginas: 127
  • Premios del libro: Finalista Premio Goncourt 2009
Olvier Jobard 2

viernes, 13 de diciembre de 2013

Caídos del suelo, una novela de Ramón Betancor

“Sentí un deseo tan intenso por sumergirme en su sexo que me llegó a doler el aliento. Durante unos segundos, todos los colchones de mi vida pasaron ante mis ojos, pero no recordé haber percibido antes, en otras pieles y otros besos, algo parecido. Porque ahora solo quería deslizarme por su piel, que era la piel de todas las mujeres del mundo. Las que fueron y las que ya no serían. Esconderme en cada esquina de su cuerpo y de su alma sin más límite que el borde de aquella pequeña cama en un pequeño camarote de un pequeño velero fondeado en una pequeña isla de un archipiélago pequeño. Muchas pequeñas cosas y cosas pequeñas que se hacían gigantes dentro de mi y que en aquel instante no era capaz de entender.”
(Caídos del suelo. La noche que cambió nuestros días, Ramón Betancor. Colección Narrativa, Baile del Sol Ediciones)


Ramón Betancor ha escrito, creo que sabiéndolo, esa novela –Caídos del suelo. La noche que cambió nuestros días– que todo aspirante a escritor querría haber escrito. Encuentro muchos puntos en contacto, y también singulares obsesiones, con Yo debería estar muerto (colecciónG21: Narrativa Canaria Actual) de Santiago Gil.

Los protagonistas de ambas historias son escritores en la sombra que sueñan con publicar y que su obra resulte un éxito de ventas. Aspiran en definitiva a vivir y a ser reconocido por sus libros, solo que en el caso de Mario Rojas, el protagonista de Caídos del suelo, la fama implica vacío, a un vivir sin vivir en mí.

Y para elaborarlo, la novela de Betancor propone una extraña y ambiciosa combinación de géneros.

Tiene rastro fantástico, también de novela de suspense y criminal, así como la creación de una ambiciosa organización que mueve los hilos en la sombra y que decide quién puede alcanzar el éxito y quién no. El Clan, la conocen sus iniciados. Un poder en la oscuridad que deshace en pedazos cualquier teoría sobre el azar.

La clave de Caídos del suelo descansa así en esta discreta sociedad y en cómo absorbe a un aspirante a escritor. El relato de su largo –la novela consta de más cuatrocientas páginas– proceso de redentora aniquilación. Comenzando por el descubrimiento repentino que todo lo que se escribe no es sino una mentira que si sirve para algo es para hinchar el ego del escritor.

Ramón Betancor cuenta más cosas.

Y describe, a veces con lentitud, que todo cuanto vemos puede ser distinto.

Estimo, no obstante, su escéptico mensaje pero no sé cómo lo desarrollará en las otras dos novelas que, al parecer, forma con Caídos del suelo una trilogía donde no existe Tierra Media.

Caídos del suelo es una novela desconcertante, que sabe transmitir en ocasiones emociones, pero que no termina de cerrar el círculo. A veces, incluso, se complica demasiado.

Pero pese a sus contras, la novela revela a un autor preocupado por hacer legible su ficción alternativa.

Y lo consigue al mantener el pulso. Ese mismo pulso que enciende el interés del lector para conocer esa otra realidad en la que todo lo que te rodea cambia y parece querer abandonarte.

Como relato de un largo y complejo proceso de iniciación, Caídos del suelo tiene gancho al sostener su credibilidad. Resulta, en este sentido además, un texto sincero, que quiere huir de imposturas. Es una novela bien escrita, que maneja los resortes del suspense como elementos a través del cual navegar por el relato.

Y su resultado final es bueno, aunque no tan bueno como, a mi juicio, tendría que haberle salido.

Deja, entre otras, la sensación  de que Caídos del cielo pedía criba.

Cribar no significa reformular, solo podar capítulos que poco aportan a esta especie de diario de un autor que se rebela contra el mundo.

Con todo, es un título apreciable por llamativo.

Por distinto en la actual literatura que se escribe en este país y en esta comunidad autónoma que es Canarias.

Es un libro que esconde mensaje en el interior de su botella.

Esa misma botella que flota en el mar hasta que la marea la arrastra a la costa.

Saludos, rodando otra vez, desde este lado del ordenador.


2013 de Poesía. Día 347. Olga Lucas

Día 347. Olga Lucas. Por donde pasa la poesía (2011)


LOS LISTOS

Los listos todo lo saben,
para eso son listos.
Saben lo que hacen,
dicen, piensan y oyen.
Saben lo que hago,
digo, pienso y oigo.
Más aún, saben
lo que les conviene
y lo que me conviene,
lo que deben hacer
y lo que yo debo hacer.

Los listos, ¡qué listos son!
Lástima que no sean mudos.


jueves, 12 de diciembre de 2013

Bailando con Fernando J. López: "La novela no la escribí con afán testimonial, pero una vez publicada ha cobrado una dimensión que me supera y da pie a un intenso debate con quien la lee"






Baile del Sol.- ¿Por qué La inmortalidad del cangrejo?

Fernando J. López.- Porque necesitaba escribir una novela que tradujese en imágenes y en palabras contundentes mi visión del arranque del siglo XXI. Su título nace de la metáfora que articula la obra tanto en lo colectivo -lo histórico- como en lo individual -la vida del protagonista-: el cangrejo es el retroceso y la cobardía de un tiempo en que parecemos resignados a perder aquello por lo que deberíamos luchar.


BdS.- ¿Cómo te relacionas con el protagonista de tu novela?

F.J.L.- Desde una perversa -y antitética- simetría: en él falla todo cuanto a mí me equilibra. Para construirlo me desprendí de mis puntos de apoyo -mis amigos, mi pasión por la literatura, mi pareja, mi familia- y concebí una némesis de mí mismo que acabó tomando vida propia. Es un personaje complejo y absorbente que es mejor tener lejos..., aunque su visceralidad acaba produciéndome una cierta ternura.


BdS.- Se trata de una novela dura y poco convencional, ¿cuál fue su germen?

F.J.L.-Los titulares que preceden a cada capítulo. La novela nace de la realidad y crea una línea difícil de discernir entre lo ficticio y lo que realmente sucedió. En ese sentido, se trata de una novela que alterna el realismo -casi periodístico o documental- con una trama propia del género negro llena de intriga y misterio. La dureza de sus páginas responde a la dureza del contexto en que transcurren los hechos: la violencia -verbal, física, social, económica- es la gran protagonista del libro, de ahí que no haya concesiones al lector y que el lenguaje sea también directo, conciso y con predominio de oraciones breves e igualmente precisas en las que, bajo esa dureza, hay un cierto aliento lírico.


BdS.- Se ha dicho que La inmortalidad del cangrejo podría ser una novela referente de principios del siglo XXI, ¿cómo te sientes con esa responsabilidad?

F.J.L.-Abrumado..., pero lo cierto es que no dejan de llegarme críticas, reseñas y correos de lectores que la catalogan así. Todos se ven reflejados en la peripecia de los personajes a pesar de la oscuridad que esta implica, porque más allá de los hechos, lo que comparten con Alfredo es su inquietud, sus dudas y su visión de un mundo que se tambalea y que, como las torres del fatídico 11S, parece haberse derruido ante nuestros pies. La novela no la escribí con ese afán testimonial, pero lo cierto es que una vez publicada ha cobrado una dimensión que me supera y que da pie a un intenso debate con quien la lee.


BdS.- También es una historia de búsqueda en varios sentidos ¿has encontrado algo al escribirla?, ¿algún destino válido?

F.J.L.- Encontré más preguntas y ese, en el fondo, es el mejor de los destinos para cualquier autor. Supongo que si encontrase respuestas no sentiría esta necesidad -absoluta y desbordante- de seguir escribiendo e indagando. Quizá lo único que aprendí tras ella fue a controlar un poco más mis impulsos de autocompasión, esa peligrosa manera que tenemos -a veces- de recrearnos en las heridas en vez de intentar sanarlas y buscar formas y caminos nuevos. La actitud de Alfredo y sus consecuencias -que ni yo mismo preveía- en la novela ha sido clave en ese sentido. En cierto modo, escribir sobre los años en los que tenía -como los protagonistas del libro- veintipocos me ha ayudado a desterrar cualquier arrebato nostálgico. Al menos, de momento.


BdS.- ¿Y qué tiene de reivindicativa?

F.J.L.- No creo que la literatura comprometida deba ser obvia ni evidente. La reivindicación existe en sus páginas, pero se desprende de lo que sucede. Concibo la novela como un género en el que se desarrolla una historia y es esa historia la responsable de desencadenar emociones y reacciones en el lector. En este caso, solo espero que la lectura lleve a la autocrítica y a la reflexión. Lo que cada cual haga con ese proceso después ya es cosa suya.


BdS.- Sabemos que te interesa el fomento de la lectura entre los más jóvenes, también escribes novelas juveniles y estás en contacto con adolescentes por tu profesión de docente, ¿cómo se acerca esta generación a los libros?


F.J.L.- Se acerca con más curiosidad de la que creemos, pero los espantamos al condenarlos a dos extremos:  los clásicos que no les interesan -con aberraciones como adaptaciones del Mio Cid o textos teatrales de Moratín, que nada importan a un lector adolescente- y los best-sellers facilones que se repiten siempre a sí mismos. Ni los unos ni los otros sirven para fomentar la lectura. En ese sentido, cuando escribo novela juvenil no pienso en la edad de quienes me van a leer, porque estoy convencido de que les subestimamos, sino que escribo aquello que a mí me gustaría leer. No sé si el resultado final es el que me gustaría -no conozco ni un solo autor que no se fustigue con su particular látigo tras cada nueva creación- pero, al menos, intento no repetir los errores -el infantilismo, la moralina o la obviedad- que veo en muchos de los textos dedicados al público de su edad.

2013 de Poesía. Día 346. Javier Cánaves

Día 346. Javier Cánaves. Momentos estelares (2013)


Una luz

Persigues una luz. A veces quema,
te seca la garganta igual que una necrosis muscular.
Tu cuerpo sufre convulsiones,
pero nadie parece percatarse.
La tormenta se oculta en tus arterias,
desciende a los riñones, se hace grito
y tú sigues en pos de aquella luz.
A veces hiela igual que el abandono.
Tú haces ver que consigues controlarlo.
No es la falta de amor sino su exceso
lo que te obliga a zambullirte en su oleaje.
Las olas te recuerdan que es preciso volver.
Después de la avalancha, queda el frío
y la tele encendida sin volumen.
No intentes compartirlo, nadie va a comprenderte.
Persigues como un loco aquella luz.
Hay un túnel y debes caminarlo.
Solo.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 345. Juan Carlos Mestre

Día 345. Juan Carlos Mestre. Por donde pasa la poesía (2011)



PÁGINA CON PERRO

a Jorge Riechmann

Los carabineros detuvieron a mis amigos,
les ataron las manos a los raíles,
me obligaron como se obliga a un extranjero
a subir a un tren y abandonar la ciudad.

Mis amigos enfermaron en el silencio,
tuvieron visiones en las cercanías de lo sagrado.

No la herida del inocente,
no la cuerda del cazador de reptiles,
en mi pensamiento la crueldad tiene nombre.

Me llamaron judío,
perro judío,
comunista judío hijo de perro.

Este no es un asunto que se pueda solucionar con tres palabras,
porque para cada uno de nosotros
esas palabras tampoco significan lo mismo.


Yo he tenido un perro,
he hablado con él,
le he dado comida.

Para alguien que ha tenido un perro
la palabra perro es fiel como la palabra amigo,
hermosa como la palabra estrella,
necesaria como la palabra martillo.