jueves, 23 de diciembre de 2021

Sobre la obra de JORGE MAJFUD en elmercuriodigital

La dimensión transnacional de la crítica en la narrativa de Jorge Majfud

elmercuriodigital.- diciembre 21, 2021


Nina Pluta (Prof. Dr. Nina Podleszańska)
Uniwersytet Pedagogiczny, Kraków


En los escritos del uruguayo Jorge Majfud (Tacuarembó, 1969) se establece con firmeza la posición de un sujeto disidente y crítico del sistema político-económico global. Comprometerse con este ámbito externo a la literatura lleva siempre a un escritor a repensar las relaciones entre literatura, política y sociedad, así como a renovar las poéticas, es decir, las maneras específicas de las que se dispone para dar cabida a la intención crítica. Esta se acrecienta, por cierto, en el contexto de crisis supranacionales (Denis 5; López Terra 126-53). Majfud, efectivamente, aborda por un lado una profusión de temas sociopolíticos, y por otro, reflexiona sobre el impacto de la cultura y la literatura. Un rasgo llamativo en su escritura es la intensa circulación de las mismas ideas críticas entre el periodismo, el ensayismo y la ficción—a veces se repiten los mismos párrafos, literalmente. ¿Procedimiento motivado por la falta de esmero? Más bien, una necesidad polémica que se sirve de todos los géneros a mano.

La libertad es una utopía en todos sus formatos conocidos. Esperate un momento. No, no estoy argumentando a favor del régimen de los Castro cuando me muero de risa al escuchar sobre “la libertad del capitalismo” que los verdaderos capitalistas (digo, los que tienen capital para comprar la libertad necesaria, los que pueden hacer lobbies en el congreso, no humildes profesores como nosotros), esos nunca se la creyeron. (Majfud, Crisis 24)

Enunciados como este abundan tanto en la prosa ficcional como en los artículos de Majfud. En consecuencia, el alter ego auctorial de las ficciones y el sujeto empírico que firma las aportaciones no literarias adquieren un mismo poder de convicción.[1] La literatura polémica y deliberadamente saturada de temas sociopolíticos suele despertar sospechas y acusaciones de propagandismo. No obstante, uno se puede preguntar por qué la literatura no serviría también para discutir con oponentes imaginarios o reales. Es más, se puede afirmar, con Terry Eagleton, que “[l]a propaganda no tiene nada de malo siempre que se haga bien […]” y que no necesariamente “todas las obras comprometidas deban ser estridentes y reduccionistas” (99-100). En cuanto a Majfud, es indudable él sí sabe sortear peligros tales como personajes acartonados o arengas ideologizadas. Sus protagonistas adoptan posturas críticas o disidentes no porque escojan sin vacilar la vía de la acción política, sino porque son aves raras cuyo temple existencialista les lleva a la rebeldía contra la violencia, abierta o soterrada. La reflexión sobre la actualidad en la obra de Majfud se inscribe además en un marco más amplio, el de su visión antropológica de la civilización: una serie de etapas de la lucha por la emancipación humana.[2] En este proceso, la literatura comprometida es la que preserva la tradición crítica del humanismo progresista bajo la bandera de la libertad.[3] En suma, en los variados textos de Majfud, viene perfilándose la silueta de un sujeto discursivo a quien la escritura sea ficcional, sea factográfica, le sirve en primer lugar para pensar y opinar, por encima de las fronteras genéricas.

En el siguiente texto se analizará, en concreto, el carácter supranacional de la crítica majfudiana en cuatro novelas: La reina de América, La ciudad de la luna, Crisis, El mar estaba sereno, haciendo referencia puntual a sus artículos. [4] En todas ellas se plantean y discuten unas cuestiones de alcance tanto latinoamericano como global: las transformaciones del sentimiento identitario de los migrantes entre Europa y las Américas, la precariedad de su destino, la violencia política en América Latina y la violencia objetiva (sistémica) del capitalismo global.

Es precisamente la perspectiva global—“más allá de la nación”[5]—la que mejor caracteriza esta escritura. Majfud, nacido en Uruguay, reside actualmente en los Estados Unidos, pero publica también en las editoriales y la prensa españolas. En su obra queda inscrita la mirada del “sujeto atlántico”, es decir, de un “sujeto itinerante entre roles y fronteras, capaz de subvertir incluso los marcos referenciales de la política” (Ortega 115, 111), dotado de “una mirada crítica sobre su entorno y el horizonte trasatlántico” (Aínsa, “Nueva” 122). El (anti)héroe de la literatura hispanoamericana del siglo XXI está deslocalizado, le afecta la transterritorialidad.[6] Tiende, por un lado, a cuestionar, espontánea o reflexivamente, la acepción tradicional del patriotismo, y por otro, a tomar en consideración los condicionamientos supranacionales de la condición humana.

Los tópicos americanos, la erosión del patriotismo y la condición migrante

Para los latinoamericanos del XIX y hasta mediados del XX, “tener identidad equivalía a ser parte de una nación o tener una ‘patria grande’”, es decir continental (García Canclini 39). En las sociedades del capitalismo tardío se observa, no obstante, la “pérdida de los tradicionales referentes telúrico-biológicos de la identidad y el desmoronamiento del metaconcepto que la unificaba alrededor de las nociones de territorio, pueblo, nación, país, comunidad, raíces” (Aínsa, “Nueva” 111). La “geografía espiritual” (Aínsa, Del canon 17-20) hoy puede constituirse con igual suerte en el entorno mediático y virtual, propiciando nuevas formas de asociación identitaria, por ejemplo, las que Appadurai llama “vecindarios virtuales” (203) o “comunidades de sentimiento” (23). Pero al calor de estos procesos, el ideario nacionalista tradicional entra en un flagrante contraste con la percepción de la identidad como híbrida y transfronteriza.

Registrando estos cambios, que son en definitiva también cambios de mentalidad individual y colectiva, Majfud narra los altibajos de la vida de los migrantes transatlánticos e interamericanos. En general, su táctica consiste en señalar, en una misma novela, problemas sociopolíticos parecidos que atañen a grupos humanos en diferentes partes del mundo. Esto le permite ir desplazando o, si se quiere, glocalizando, el tema de la hegemonía capitalista, las guerras, las migraciones con su corolario de sufrimiento, la explotación a escala planetaria.

Uno de los problemas centrales de La reina de América y El mar estaba sereno es el choque entre los rancios mensajes ideológicos y patrióticos arraigados en la tradición latinoamericana y la experiencia propia de los protagonistas, migrantes transatlánticos.

La joven española Mabel emprende un viaje a Uruguay acompañando a su aristocrático padre que huye de la ruina. Ya antes de su partida, la madre de Mabel presiente el fracaso: “Tal vez te has pensado que haréis fortuna en América, y que volveréis hecha una reina […]. Pues te diré que te equivocas, hija de mala leche. En América solo serás desgraciada. Con dolor te acostarás y con dolor deberás levantarte.” (La reina 34).[7] En efecto, la vida de Mabel, desmiente el viejo mito de la prosperidad americana. Durante la travesía en barco, se enamora perdidamente del apuesto escandinavo Jacobsen, quien le jura amor eterno, la deja embarazada y desaparece al llegar el barco a Uruguay. Pero el amor, recuerdo idealizado, permanecerá alimentando el imaginario de ambos. Marginada y sin recursos, Mabel se hace prostituta para sacar adelante su vida y la de su hija Consuelo. No obstante, para su familia española, Mabel se convierte en una “reina” americana, “porque esa era la única imagen que tenían del Río de la Plata, culpa de una postal que mi madre le envió a la abuela. […] Tampoco podían imaginarse que en un país donde todos hacían plata alguien de su familia, bien educada y de buena cepa europea, no tuviera el oro y el moro” (La reina 36).

Jacobsen encarna otra modalidad del fracaso, esta vez determinado por las circunstancias políticas (la exacerbación del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha en el Cono Sur). El amante fugaz de Mabel y padre de Consuelo, Jacobsen se implica en la clandestinidad antiestatal en Argentina y es perseguido, encarcelado y torturado. Cuando los militares lo interrogan en su propia casa, en la escena se entretejen fragmentos de discursos oficiales, patrióticos y xenófobos: “Limpiaremos este país de las ratas, especialmente de aquellas ratas que, como usted, bajaron de las bodegas de los barcos. Y seguiremos cumpliendo con nuestro deber patriótico, mandando al infierno a los que pretenden acabar con la Libertad de nuestra Nación” (La reina 29). Un oficial lo provoca insistiendo en llamar a Kierkegaard “ruso”: “Ha leído con dificultad. No comprende y se fastidia. Tira el libro sobre el escritorio y sentencia: es ruso, soldado, alguna mierda de esas que leen los bolches. Es danés—dice Jacobsen. Es ruso—ordena el coronel—Si yo te digo que es ruso, es ruso, ¿escuchaste, mierda?” (La reina 41). Este chovinismo irracional sirve para someter al enemigo político, ejerciendo sobre él una violencia pulsional. En el período histórico en cuestión, ser “rata” de barco no significa ni siquiera ser inmigrante europeo, sino, más bien, paria y comunista. Asimismo, ser “ruso” no se refiere estrictamente a la nacionalidad sino al hecho de ser enemigo de los poderes hegemónicos en todo el Occidente europeo y americano. En el contexto de la guerra sucia, “ruso” apunta pues a un elemento externo, amenazador para la “civilización” y el repudio del otro revela así su naturaleza en gran parte imaginada, su dimensión fantasmática (Žižek 85). La xenofobia de los militares—la herencia eurocéntrica que sigue marcando la vida colectiva en el Occidente (Balibar 327), América incluida––se activa aquí en nombre de la reproducción de un determinado sistema político.[8]

La violencia que marca e instala caos en las vidas de Mabel, Jacobsen y Consuelo (violada a su vez por un cliente de su madre), aquella que Žižek llama objetiva (sistémica, de la que es víctima la mujer desamparada, violada, marginalizada), así como la subjetiva y concreta, ejercida por los militares, contrasta vivamente con la retórica oficial del gobierno. Los gobiernos militares difunden el modelo del “verdadero” patriota, dócil y subalterno como antes el sujeto colonial. A punto de someterse a un aborto clandestino, Consuelo oye en la radio:

Pero hoy la Patria y el mundo continúan bajo amenaza. El enemigo de la Libertad no ha muerto y trabaja (…baja) en las sombras, tramando (…amando) el terror y la violencia que no desean nuestros pueblos. Y es por eso que hoy, ante un nuevo aniversario de la Jura de la Constitución, renovamos (…vamos) nuestros votos y juramos defenderla con nuestras vidas (…idas), así sea lo último que hagamos para legar a nuestros hijos un mundo de Paz y Libertad, para regocijo de nuestra memoria (…moría emoría). (La reina 116)

Patria, comenta Consuelo, esta “palabrita machista” que sólo sirve de pretexto a “los monstruos que le ponen precio y propiedad a todo” (La reina 130). Su compañero de la secundaria, Abayubá, disecciona irónicamente el mismo estereotipo en su versión uruguaya:

[…] le revienta ese orgullo ciego y estúpido… Oh, pues sí, somos un pueblo culto y nuestra Universidad es la envidia de los demás países; somos la Suiza de América, por lo pequeño que somos y por lo tranquilo de nuestra democracia […] un pueblo muy culto, sí, hecho y derecho en la cultura del machismo y la corrupción, aunque después se diga, con el viejo y ya-me-tiene-las-pelotas-por-el-piso argumento, que la corrupción aquí no es tanta como allá, porque, claro, en Argentina y en Brasil todo es igual pero más grande, así que no estamos tan mal después de todo […] Eso es, un pueblo culto, mezcla de cuanta orgullosa raza europea andaba desconforme por allá, y se vino a un país sin terremotos y sin indios. (La reina 102-05)

En El mar estaba sereno prosigue, ya desde la segunda década del siglo XXI, la misma desmitificación en clave irónica de las imposiciones nacionalistas. Uno de los personajes argumenta que los uruguayos son modestos: porque “la práctica y la necesidad visceral de este rinconcito del mundo […] es apedrear a todo el que ose levantar la cabeza por encima del resto. De ahí que la famosa humildad de los uruguayos tal vez no sea otra cosa que el resentimiento y la exigencia a [sic] la mediocridad general” (El mar 345).

Como en varias otras novelas latinoamericanas de las últimas décadas, donde el motivo de la búsqueda de la identidad propia genera tensión entre lo nacional y lo postnacional, los personajes majfudianos acuden “a la memoria más personal, cercana a la experiencia, para contrarrestar la influencia del adoctrinamiento” (Pérez Daniel 221). Así, Mabel busca en su fisonomía el secreto de su origen:

Me sentaba delante del espejo y estudiaba mi cara. Trataba de adivinar en estos labios, en estos ojos y en esta nariz la cara de mi padre, el país de donde había venido. Volvía al espejo y veía en mis ojos los ojos de una mujer vikinga, mirando el mar frío, esperando a su hombre […] Otras veces me peinaba y pensaba que ese mismo había sido el pelo de una joven polaca. (La reina 30)

Su supuesta sangre nórdica del lado paterno sustenta en Consuelo una fantasía identitaria privada mucho más poderosa que la que logran instalar en su mente las consignas machacadas en la escuela, como, por ejemplo, “Cantad con pasión y decoro […], la mirada al frente, la mano derecha en el corazón que late por sus Símbolos Patrios” (La reina 100). El ideologema de la pureza sanguínea (colectiva) se desactiva aquí frente a la observación del propio cuerpo al que se cree portador de una genealogía híbrida. También Jacobsen, el padre de Mabel, en la antes citada escena del interrogatorio, fantasea sobre su procedencia, involucrando los mitos (y estereotipos) escandinavos:

se pregunta qué tiene él de aquellos vikingos que cruzaron el Atlántico norte hace mil años. Desde niño se los imaginaba como dioses que solo conocían el miedo ajeno. Recorría los caminos húmedos de Fyn, donde vivía el abuelo Sune, rodeado de los campos de los Jørgensen, y no se imaginaba el dolor de la barbarie, el sudor agitado de la guerra, la tristeza del abandono. Ahí estaba delante de él ese hombre uniformado, de pelo negro y de hablar deliberadamente pausado, que en esencia no era otra cosa que uno de aquellos bárbaros que hundían barcos en Nydam Mose. Ese hombre [el coronel] tenía más de vikingo que él, que sólo tenía la sangre. (La reina 39)

Frente a la ofensiva calificación de “ruso” (antes citada), es a los militares uruguayos a quien Jakobsen equipara ahora con los bárbaros “vikingos”, invirtiendo y desactivando la ofensa. En suma, el patriotismo tradicional se ve representado en las novelas majfudianas como un dispositivo que carece ya de fuerza integradora. Apoyándose en un nacionalismo de etiquetas, se fue transformando, en la segunda mitad del siglo XX (tiempo de acción de gran parte de estas narraciones), en básicamente represivo.

En una perspectiva trasatlántica, los destinos de los protagonistas mantienen a veces un paralelo trágico entre sí, como en la novela El mar estaba sereno, en la que se cruzan dos historias de violencia bélica, generadora del trauma. De un lado está la historia de don Jordi Caballero, español asentado en Uruguay, cuyo padre fue asesinado durante la Guerra Civil española, y del otro la historia Santiago Zabala, uruguayo, cuyos padres murieron a manos de los militares y a él lo adoptó después otra familia. La vida de ambos fue marcada por una escena primordialde violencia, situada en la niñez. Otra repetición de un esquema histórico-vital afecta, en la misma novela, al viejo gallego Suárez. Este antiguo republicano español trabaja de camarero en el bar Lugano de Montevideo. Al día siguiente del golpe de Estado de 1973 le dicen que se “vaya buscando otra patria porque esta tampoco (le) iba bien” (El mar 53). Y le aconsejan con sorna mudarse al Congo. Dos veces, en la juventud y en la vejez, y en dos orillas opuestas del Atlántico, las convicciones políticas del gallego Suárez lo convierten en perseguido e indeseable.

La erosión de un patriotismo retórico y superficial (y que de hecho sirve para clasificar y subordinar), queda consignada también en la novela Crisis, que registra los infortunios de los migrantes latinos en Estados Unidos. Uno de ellos se va topando, en muchos lugares de Estados Unidos, con los mismos escenarios, para él supuestamente familares: mesas largas con comida mexicana, “con azulejos típicos que parecerán hechos a mano en Zócalo o Sevilla” (Crisis 17), repitiéndose en todos los mismos olores, motivos y disfraces. En vez de fomentar su orgullo local, esta experiencia deriva en enajenación, relativizando la carga seductora del color local.

Todo correrá como un road movie, todo será otro lugar y será el mismo […] Todo se moverá y nada cambiará como si te pudieras perder por tu propia casa. Y casi con placer vivirás huyendo de algo, del alguien y de ti mismo, porque huir y perderse es la única forma de libertad que conocerás aquí. Y te sentirás nadie y te sentirás todos. (Crisis 18)

Es lícito conectar la intensidad del tema de la identidad y los migrantes en las novelas de Majfud con la “narrativa de la crisis identitaria de una generación de uruguayos entre los veinticinco y los cuarenta años” (Montoya 46) Cabe observar, sin embargo, que dicha problemática se inserta aquí plenamente en un marco global actual, en el que la migrancia es más norma que excepción.

Crítica universal de la crueldad

De acuerdo con su tendencia a la universalización de los problemas identitarios, Majfud retoma su crítica del chovinismo trasladándola a un territorio fantástico, la ciudad de Catalaid, supuesto “oasis de cristianos blancos”, quienes se refugiaron ahí después de la liberación de Argel en los años cincuenta del siglo XX. En la historia de la ciudad convive lo remoto con lo moderno y lo realista con lo mágico. Majfud inventa incluso, para este espacio heterotópico, una variedad ficticia del castellano con regusto arcaizante.[9] La mentalidad de la sociedad local es la quintaesencia de la cerrazón mental, la crueldad, la estulticia y la pulsión de integración colectiva – con su correspondiente cuota de racismo e intolerancia:

[…] en Calataid odiaban más a los negros que a los americanos en general, ya que estos apenas si eran seres imaginarios. No sólo porque de Europa central había llegado el mito del blanco ario, o blanco a secas, no sólo porque Calataid era un oasis de cristianos blancos en el desierto, definitivamente solos desde la independencia de Argel, sino porque estaban rodeados de mauros salvajes […] A su vez, estos odios secretos no impedían que los habitantes de Calataid se considerasen la reserva moral del mundo, por lo cual cada uno de ellos adolecía de un patriotismo crónico que se expresaba en la idolatría de los símbolos del pueblo. […] un pueblo que sufre de fragmentaciones necesita una bandera que diga Unión, necesita de esa mentira para sobrevivir a su propia disolución, para hacerse monstruosamente fuerte, hasta que finalmente triunfe la uniformización y la decadencia definitiva. (La ciudad 14-15)

Los protagonistas principales, Basílides y su hermana, apodada el “Pájaro”, son repudiados por el entorno por sus rarezas físicas (él con su monstruosa cabeza de Minotauro, ella, lesbiana y sin piernas desde el nacimiento) y sus talentos artísticos. El implacable conservadurismo y la crueldad de los habitantes de Catalaid adquieren tintes fantástico-grotescos: se teme a los moros, se cortan manos como castigo, se hace sufrir a los animales, se queman libros.

Con esta historia de fantasía y terror, Majfud crea una alegoría de la decadencia moral actual que acompaña al impresionante progreso tecnológico de la modernidad. La imagen de una sociedad seudo medieval cerrada sobre sí misma, remite a ciertos fenómenos actuales, como lo es, por ejemplo, la disociación de la conciencia colectiva, incapaz de procesar la información sobre la injusticia global y ajustarla a una toma de posición moral efectiva. La novela caricaturiza esta tendencia al olvido del sufrimiento ajeno (que padecen los “otros”, tanto cercanos como los de otras partes del mundo). Muchos individuos hoy reniegan de una moral solidaria y “estarían dispuestos a entregar una parte de su libertad a cambio de poder olvidar el espectro aterrador de la inseguridad existencial” (Bauman y Donskis 129). La heterotopía “lunar” de Catalaid apunta, en definitiva, a ciertos reflejos colectivos, viejos como la humanidad, que pueden brotar tanto del uno como del otro lado del Atlántico, en los antiguos “centros” y “periferias”: brutalidad anticivilizada, hostilidad hacia los inadaptados, hacia los inmigrantes externos o internos.

“Las entrañas del monstruo”

Más realista es la denuncia social y política en la novela Crisis, donde el estatus ficcional no le impide al autor realizar un análisis tajante de los mecanismos del capitalismo en la fase actual, que confina a masas de migrantes a una situación de precariedad sin salida. Un patchwork narrativo, Crisis está compuesta de breves relatos sobre los migrantes latinos que llegan al “Imperio” y de reflexiones sobre la explotación insensible de los más frágiles. Mexicanos, salvadoreños, colombianos, uruguayos de la más diversa procedencia y profesiones—mujeres y hombres que recogen fruta o trabajan ilegalmente en empresas productoras, un cantante de narcocorridos, una mujer latina detenida por la “migra”, un padre de familia, un intelectual—ven sus ganas de radicarse en el Norte minadas por el cansancio de vivir en constante inseguridad. El narrador se solidariza con estos “hermanas y hermanos” suyos, los outsiders (Crisis 18) de la “Sociedad Anónima” de los gringos blancos.

La migración revela su lado oscuro; ya no significa aventura y esperanza sino aplanamiento o anulación de la identidad. Los norteamericanos tienden a rebajar a los latinos al estereotipo e identificarlos con los sucedáneos de la cultura tex-mex. A lo largo del texto se suceden varias historias de mujeres, pero a todas se las llama “Guadalupe”, nombre genérico de la latina explotada por los “coyotes”, empresarios e intermediarios. También a los hombres se les designa con el mismo nombre, “Ernesto”. Si bien, en un principio, las vidas de los Ernestos y las Lupitas no siempre parecen “superfluas” en el sentido estricto que le da Bauman (Vidas 21-50)—porque la mano de obra latina sí es necesaria a la economía norteamericana—son, sin embargo, ellos los más expuestos a sufrir las causas de las crisis, siempre a punto de deslizarse en la masa socialmente excluida, “residual” y “desechable”. En sus destinos siguen repercutiendo las consecuencias de una globalización cuyo comienzo se ubica, según las teorías descoloniales, en 1492. Primero se incluyeron violentamente millones de seres en la economía planetaria y después, es decir, en nuestros tiempos, se viene excluyendo a otros tantos al margen de las sociedades de progreso y consumo (sin que la ideología fundamental haya cambiado, ver Dussel 345-86; Bauman, Vidas). En la novela se crea una tensión entre, por un lado, las terribles experiencias de algunos personajes y, por otro, el anonimato de los nombres repetidos, con el que se alude a la miseria multiplicada por los grandes números. Este efecto de “deshumanización” hace que la novela consiga un efecto anti épico (Taiano 52).

Paliando los problemas que les aquejan, los migrantes pueden recurrir a las “sociedades de sentimiento” (término de Appadurai) respectivas, formadas alrededor de símbolos religiosos o culturales. Estas reciben en la novela un tratamiento más bien paródico. Un cantante de narcocorridos explica así su misión desde los Estados Unidos: “la raza siempre mantiene las tradiciones y disfruta de nuestro pasito narcocorrido que llevamos a todos los hermanos latinos para que mantengan la alegría y no se desanimen ante el primer obstáculo y recuerden siempre a la santa muerte que es capaz de terribles castigos a quienes se burlan de ella” (Crisis 45). La exclusión de los inmigrantes a golpe de estereotipo se debe no pues no solo a los prejuicios de los estadounidenses de origen europeo, sino también a los de otros latinos, nacidos ya en el Norte, ansiosos de integrarse a costa de renegar de sus raíces.[10] Un adolescente latino integrado, acepta que le den una paliza a un amigo, hijo de inmigrantes más recientes, por haber abrazado y besado en la despedida de su fiesta a una quinceañera: “No la manoseó, pero así empiezan todos ellos. Ellos, usted sabe a quién me refiero. […] Ellos no saben respetar la distancia personal y luego pierden el control. No, mis padres eran mexicanos pero entraron legales y se graduaron en la universidad de San Diego. No, no, no… Yo soy americano, señor, no confunda” (Crisis 35).

Crisis ilustra así la diversificación social e ideológica de las decenas de millones de latinos viviendo en el Norte.[11] Muchos de ellos son conservadores, incluso chovinistas proamericanos, que tildan de “comunistas” a los opositores al poder (61, 85), que apoyan a los congresistas republicanos y que ven con buenos ojos las intervenciones “en defensa” de la democracia mundial (29-32).[12]

En suma, la sociedad norteamericana a principios del siglo XXI, se parece en Crisis más a una mescolanza de estereotipos que a un melting pot de culturas políticamente correcto. También los latinos contribuyen a ello con sus simplificaciones e ingenuidades.[13] De este modo se agravan las diferencias y crecen las fronteras internas, visibles e invisibles, raciales, sociales y culturales. Los adinerados se distancian de los pobres, los “mejiamericanos” de los otros latinos, y los anglosajones de todos los demás.

Una crítica “situada”

En la multitud de los protagonistas de Crisis se distingue la conciencia de un sujeto más privilegiado por su educación, quien sin embargo no dejará de ser “un golpeado, un resentido por la peor suerte de [sus] hermanos y hermanas” (Crisis 18). En semejantes fragmentos la novela manifiesta su intención reivindicatoria—convertir las desdichas de los protagonistas fugaces y anónimos en vida novelable.[14] La voz portadora de este compromiso apunta a un probable alter ego del autor y, a la vez, a uno de los protagonistas masculinos (uno de los “Ernestos”), que es un intelectual uruguayo rebajado a la condición de precario. Presa de múltiples contradicciones, Ernesto se resiente de tener que acomodarse, por razones materiales, a unas condiciones que le parecen humillantes (“fuimos a donde se imprimen los dólares” 94) y de tener que tragarse “todas las mentiras que chorrean edulcoradas desde las esferas de Wall Street” (105). Su mala conciencia sugiere pues otra posible interpretación del título de la novela.

Es de notar, por cierto, que Majfud trata a su posible alter ego con autoironía: “hay que aguantar a Ernesto fastidiando”, comenta un personaje, “[…] ahora parece que también escribe en los Chili’s,otra excentricidad de los intelectuales, esas notitas que le publican los pasquines del subcontinente como si fuesen ensayos que van a salvar a la especie humana” (Crisis 68). Ernesto es de la estirpe de los intelectuales ingratos que muerden la mano que le da de comer y suelen aguar las fiestas patrióticas y los banquetes consumistas con comentarios como el siguiente:

Ahora sí, si la lógica del beneficio no es mala ni para un socialista que vive en un mundo capitalista, ¿por qué ocultarla? ‘No importa el valor del regalo sino que este sea hecho con el corazón’. Sic, Best Buy. … Toda nuestra cultura está basada en máscaras, casi todas narrativas. De la misma forma, el mundo secular del capitalismo se enmascara con la narración religiosa que predomina en sociedades como Estados Unidos. (Crisis 67)

Este último fragmento argumentativo apareció primero en el artículo “Consumo, ergo soy”, fechado en 2008, y de ahí pasó, literalmente, a Crisis. Y es que para Majfud, la literatura no sólo vehicula “la múltiple profundidad de las emociones”, sino también “el vértigo de las ideas” (Majfud, “¿Para qué sirve?”). De ahí que no le importe potenciar este tipo de trasvases entre periodismo y ficción, haciendo ostensible su compromiso personal con la crítica de la “mano oculta” del mercado y del capitalismo. Se podría objetarle su excesivo gusto de la polémica, que, efectivamente, suele extenderse en las novelas. Él consigue, no obstante, equilibrar la cuota de los debates novelescos con los aciertos de un estilo dado a la brevedad aforística, con su talento para tramar historias y, finalmente, con la intensidad de un tono que transmite su urgencia personal por defender los valores útiles para las comunidades humanas.

La crítica de Majfud coincide en grandes líneas con la de la filosofía de la liberación y de la teoría descolonial (Quijano, Dussel, Mignolo), la cual rastrea la herencia colonial en el actual proceso de “globalización-exclusión”. Los migrantes en las novelas comentadas se pueden concebir como casos de injusticia sistémica inherente del capitalismo global, difuso e inalienable. Mabel, la joven española devenida prostituta (La reina), Jacobsen, el militante que va a parar en la prisión (La reina), la prostituta cubana, madre de Enrique Sosa (El mar), la bebé Lucía, huérfana encontrada en la calle (El mar) o Hatuey, veterano de Iraq, traumatizado durante su misión en Iraq e incapaz de llevar una vida normal a la vuelta (Crisis, El mar): a todos les amenaza el riesgo de convertirse en parias, “superfluos” al orden capitalista, verdaderos “desperdicios” y “residuos” humanos (Bauman, Vidas 24-28). No obstante, varios entre ellos desarrollan una mentalidad flexible y tolerante, “which measures global progress from the minoritarian perspective,” lo que, según Homi Bhabha caracteriza el “cosmopolitismo local” (vernacular cosmpolitanism, XVI): son así, por ejemplo, Abayubá de El mar estaba sereno o Basílides de La ciudad de la luna. Estos protagonistas plasman, junto con los narradores (muy cercanos a su vez al autor), una “conciencia ética situada”, representando una nueva modalidad de la inteligencia americana, muy ajustada a nuestros tiempos (Dussel, Hacia 445; Filosofías 42).[15]





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Majfud, Jorge. “¿Para qué sirve la literatura? (II)”. Escritos críticos, 2003, https://majfud.org/2011/03/05/nuevo-%C2%BFpara-que-sirve-la-literatura-ii/ (acceso 13.05.2019)

—. Crisis, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, 2012.

—.Crítica de la pasión pura, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, [1998] 2007.

—. El mar estaba sereno, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, 2017.

—. La ciudad de la luna, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, 2007.

—. La literatura del compromiso, tesis doctoral. Athens: The University of Georgia, 2008.

—. La reina de América, Tenerife: Baile del Sol Ediciones, [2002] 2018.

Montoya Juárez, Jesús. “ ‘La Suisse n’existe pas’. Una reescritura poshumana y transnacional de la identidad uruguaya.” Literatura más allá de la nación. De lo centrípeto y lo centrífugo en la literatura hispanoamericana del siglo XXI, Francisca Noguerol, et al. eds. Madrid-Frankfurt: Iberoamericana-Vervuert, 2011. 45-59.

López-Terra, Federico. “Narrar la crisis. Representación y agencia en la España poscrisis”. Narrativas precarias. Crisis y subjetividad en la cultura española actual. Ed. Christian Claesson. Gijón: Hoja de Lata, 2019.

Ortega, Julio. “Post-teoría y estudios transatlánticos”, Iberoamericana. América Latina–España–Portugal, 3.9 (2003). 110-17.

Pérez Daniel, Iván. “Memorias del derrumbe: representaciones de la Historia y del nacionalismo mexicano en ‘Materia dispuesta’, de Juan Villoro”, Hispanic Review. 81.2 (2013): 201-23.

Quijano, Aníbal. “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Lander, Edgardo. ed. Buenos Aires: CLACSO, 2000: 201-46.

Taiano, Leonor. “Crisis: el compromiso majfudiano y la diáspora latinoamericana”. Cincinnati Romance Review 44 (2018). 48-65.

Žižek, Slavoj. Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Antón Fernández, Antonio J.. Trad. Barcelona: Paidós, 2009.

[1]Además de ser autor de seis novelas y tres volúmenes de relatos, ha escrito un número imponente de artículos sobre la realidad cultural y política latinoamericana y mundial (ver su página majfud.org). Ha colaborado con influyentes periódicos de grandes tiradas (El País o Página/12), revistas de cultura y portales informativos, tanto generales (Huffington Post) como alternativos (rebelion.org). Tiene asimismo en su haber estudios de corte más académico: La narración de lo invisible / Significados ideológicos de América Latina o Cine político latinoamericano. Su primera novela, Hacia qué patrias del silencio: historia de un desaparecido, obtuvo críticas favorables en el ámbito latinoamericano y La reina del América, una mención en el Premio Casa de las Américas.

[2] Véanse los ensayos Crítica de la pasión pura, con su concepción del hombre como criatura metafísica, o El eterno retorno de Quetzalcóatl, con el paradigma universal del héroe mítico, que se sacrifica por el bien común.

[3] “Una bandera nunca clara del todo, de múltiples colores y con frecuencia ambiguos o contradictorios; pero una bandera que reclama permanentemente una mirada crítica, lo que sigue siendo su única guía y fundamento” (Majfud, La literatura del compromiso 5).

[4] Las citas que aparecerán a continuación proceden de las ediciones que aparecen en la bibliografía.

[5] Cita parcial del título de un volumen sobre la transnacionalidad de Francisca Noguerol, et al.

[6] Todo un tópico en los estudios de la literatura latinaomericana en el s. XXI. Ver, entre otros: Fernando Aínsa, Francisca Noguerol, Ángel Esteban y Jesús Montoya Juárez.

[7] Majfud caricaturiza aquía la dicción “aristocrática” española.

[8] El racismo eurocéntrico implantado en América Latina por los colonizadores europeos como “un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista” (Quijano 203 y ss.)

[9] Ellos no podían sentir nada, mas nosotras imaginábamos cosas fasta que nos fervía la sangre e quedábamos prontas para nostros maridos” (La ciudad 12).

[10] La crisis de adaptación de los latinos en los Estados Unidos: así interpreta el título Karen Barahona.

[11] Las identidades transnacionales no son homogéneas. No solo se forjan a base de desplazamientos diversos, sino que abarcan también a grupos socialmente heterogéneos. El profesional cualificado por lo general no formará vínculos con el obrero sin papeles. “Las aperturas de fronteras van de mano de formas nuevas de discriminación”, apunta García Canclini 20-24. Ver también Hannerz 165-80.

[12] El tema vuelve en El mar estaba sereno: un latino integrado le echa en cara a otro que lo malo que tieneEstados Unidos es “toda esa escoria que llega rompiendo la ley y luego se dedica a criticar al país que les mató el hambre” (162).

[13] “Manhattan es así, siempre feliz, siempre indiferente. Tanta gente, piensa Lupita, tanta gente y todos solos”(Crisis 58); y Ernesto, el intelectual, comenta: “Sus cementerios son bonitos, parques abiertos, sin muros y sin rejas. … Los anglos sí que saben morir. Pero no saben vivir. No saben comer, no saben perder el tiempo, no saben conversar. De los containers de sus casas pasan a los containers de sus autos” (Crisis 41-42).

[14] La novela parte de un suceso real, la muerte en un viñedo de California, de María Isabel Vásquez Jiménez, joven emigrante mexicana.

[15] Una conciencia, según Dussel, sensible a todos tipos de alteridad posible y capaz de indignarse ante la injusticia que sufre algún Otro.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Reseña de ADIOS VAQUERO, de Adiós Cowboy, de Olja Savičević en The Irish Times

Adiós Vaquero, de Olja Savičević: una novela hermosa y subversivamente atractiva.

En Dada, la escritora croata Olja Savičević ha creado un testigo convincente que también es un superviviente, no especialmente heroico, pero sí simpático y agradable.


Dada es una joven cándida con pocas ilusiones sobre su lugar en el mundo. Pertenece a una generación perdida y lo sabe. La distancia geográfica y el tiempo le han dado el valor de enfrentarse a su pasado. En Dada, la escritora croata Olja Savičević ha creado un testigo convincente que también es un superviviente, no especialmente heroico, pero sí simpático y agradable.

Al comienzo de la novela, Dada está regresando a su casa en un pequeño pueblo costero de Croacia donde, para ella, sólo quedan su madre y su hermana. Aunque la guerra haya terminado, el olor persiste al igual que los recuerdos, los escombros siguen siendo visibles al igual que las pintadas.

"Mirando hacia atrás, puedo ver claramente que todo había cambiado más rápido y de forma más fundamental que yo. Debo haber pasado los últimos años inmóvil en una cinta transportadora, mientras todo lo demás se precipitaba y crecía. Rara vez volvía a casa, me pillaba desprevenida cada vez que iba al centro, al oeste de la ciudad, donde vive mi hermana, a la centelleante sala de exposiciones, ese escaparate chillón de un mundo roto y robado. Ir a la ciudad es una aventura digital en la que me esperan en las esquinas conocidas hordas de silicio cada vez más nuevas y desenfrenadas. La adrenalina esparcida por el aire es un aerosol que llena y perfora mis pulmones".

Su estado de ánimo de desplazamiento se establece rápidamente, así como su lacónica desilusión filtrada a través de un tono conversacional. Sin embargo, la sexualmente liberada Dada es también una soñadora, su mente está viva por las imágenes de su infancia y los pensamientos sobre su padre, que murió joven. A causa de su enfermedad fue puesto a cargo del cine de la fábrica de cemento; "El cine de los Balcanes se llamaba entonces".

Unas páginas antes, Savičević ya ha introducido las películas del Oeste, uno de los motivos que definen esta maravillosa novela, y en realidad ella misma es una especie de pistolera solitaria. Ha llegado a la ciudad a caballo, bueno, no del todo, ha adquirido un Zippo, un pequeño scooter y necesita descubrir la verdad detrás de una tragedia familiar.

Así que a su padre le gustaban los vaqueros. Hace tiempo, en la antigua Yugoslavia, donde se rodaban tantos westerns baratos, todos los demás preferían a los indios: "Sólo mucho más tarde los vaqueros se impusieron. Pero a mi padre le encantaban los vaqueros de verdad: John Ford, Zinnemann, solía decir. Adoraba los westerns italianos de Leone y Sergio Corbucci..." Su padre también tenía una cacatúa blanca que, después de su muerte, fue salvada por el gato de la familia.

La abuela de su madre había vivido una vez con ellos y aún puede recordar a la anciana que había enterrado a tres maridos y vivido sus últimos años en una muerte en vida. El más vivo en los recuerdos de Dada es, con mucho, su hermano Daniel, al que se parece: el hermoso, inteligente y algo extraño Daniel que se tiró a las vías del tren. Al final de la novela, un desconocido, al intentar entablar conversación con Dada, declara: "Me gustan los trenes, a pesar del mal aire", y luego pregunta: "¿Qué es precisamente lo que no le gusta de los trenes?". La respuesta de Dada es característicamente directa: "Alguien cercano a mí se tiró debajo de uno. Así que sería estúpido que dijera que me gustan los trenes. Por lo demás, no tengo nada en contra de ellos".

Retrato vívido

Para entonces, Dada y Savičević han elaborado un vívido retrato del mercurial hermano al que Dada se da cuenta de que apenas conoció. Sus dudas son el resultado de una serie de correos electrónicos que lee y que él había enviado una vez al veterinario local, un hombre inteligente con el que había compartido una compleja amistad. El veterinario, Karlo Sain, también es un misterio; él también se había ido para volver. "Tal vez te parezca extraño, querida Dada, pero tu hermano fue mi mejor, tal vez incluso mi único amigo... lo único radiante de mi vida", le dice, "fue mi amistad con Daniel".

Encuentros extraños

La narración se desarrolla a través de una serie de extraños encuentros con diversos personajes, muchos de los cuales son extraños o problemáticos. Aparte, es decir, de la hermana de Dada, que se expresa en jerga, se siente cómoda en su piel y tiende a encuestar a todo el mundo con humor cáustico. Dada recuerda que le entrevistaron para un programa de radio estudiantil alemán "sobre la vida de los jóvenes de la posguerra en Croacia". El estudiante sostenía un dictáfono y precedía su pregunta diciéndole a Dada que ella vivía en un país multicultural. Dada lo discutió, pero su hermana tomó el relevo: "Oh, ya sé lo que quiere decir . . . Aquí hay varias naciones, al menos dos naciones en cada casa de nuestra calle, pero todo es la misma cultura sarnosa, si me preguntas. Sólo los chinos pueden salvarme del aburrimiento".


Un simple intercambio revela mucho. Savičević, que nació en 1974 y creció con la guerra, también pertenece a una generación perdida. Esta novela, que parece el relato de una búsqueda personal, trata de mucho más. La Croacia de hoy es ahora un destino turístico y había llegado a serlo, incluso antes de que las cicatrices de la guerra empezaran a cicatrizar. "Los ingleses y los holandeses se habían instalado recientemente en nuestra estrecha tierra, seguidos de los belgas y los franceses; no creo que los chinos crean que la pobreza es especialmente romántica. Era fascinante ver cómo las viviendas pegadas con piedra, cemento y excrementos de pájaros... se convertían en casitas de libro", comenta Dada, que añade: "Mi hermana llama turistas a todos los occidentales que se han instalado en nuestra calle en los últimos años, transformando esas casuchas en agradables casas de verano".

Cuanto más indaga Dada, más descubre. Es cierto que gran parte de su investigación está contenida en el más arcaico de los aparatos, el disquete: "... ¿quién utiliza todavía alguna de esas cosas? De hecho, es más fácil encontrar a alguien que reproduzca discos de gramófono...".

En la larga secuencia inicial, "Oriental", se hace hincapié en la Croacia contemporánea y en los cambios que Dada observa a su alrededor, cuando no piensa en su infancia o recuerda al hermano que creía conocer y las veces que casi parecía morir, antes de que se quitara la vida.

La segunda sección, "Western", es interesantemente ambivalente. Por un lado, es una inteligente parodia del género del Oeste. Pero también persigue una tragedia aún más conmovedora, la de una joven inicialmente cómica que no ha encontrado ningún refugio seguro. María Carija es maltratada por su familia y ridiculizada por todos los demás. Sus intentos desesperados por pertenecer a la sociedad la acercan cada vez más al desastre. Al final se ve envuelta en una parodia de un tiroteo en el Salvaje Oeste.

La prosa de Savičević, siempre relajada y descriptiva, y sostenida con facilidad conversacional, se vuelve cada vez más bella en los momentos de mayor dramatismo. La distinguida traductora Celia Hawkesworth sigue sirviendo brillantemente a la literatura balcánica y transmite el estado de ánimo del momento en Adiós, vaquero, tan bien como lo hizo en el envío mucho más temprano de Vladimir Arsenijevic, En la bodega (1994), que apareció en inglés dos años después.

Dada, una vez cumplida su misión, se despide no sólo de su ciudad natal, sino de su yo más joven e ingenuo. Una versión dramática de esta novela está a punto de ser escenificada, y también debería ser filmada. El humor y la pura anarquía de la acción, combinados con la exasperación cómica, los personajes inolvidables y la irónica aceptación de Dada de cómo es la vida, hacen que esta novela subversivamente atractiva sea aún más profunda; incluso, inesperadamente, hermosa.


https://www.irishtimes.com/culture/books/farewell-cowboy-by-olja-savi%C4%8Devi%C4%87-a-beautiful-subversively-appealing-novel-1.2161300


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martes, 21 de diciembre de 2021

Reseñas de TERRAMORES, de Víctor Álamo de la Rosa en Babelio

 



anitalectora 31 octubre 2021

Terramores es una obra muy peculiar en su forma y en su fondo. Narrada con gran lirismo, desvela las relaciones que se establecen en la isla de El Hierro entre sus habitantes (tanto humanos como animales) y su paisaje.
Un entorno aislado, tanto por ser una isla como por la dictadura franquista, influye el desarrollo de la historia.y de los personajes. Todos se conocen, pero a la vez no están al tanto de sus mas profundos secretos. Los tubos volcánicos que atraviesan la isla me han parecido una metáfora muy particular. Todos estamos conectados, pero de forma secreta, como hacen los amores escondidos.
Si mi valoración estuviera determinada por la prosa del escritor, sería una puntuación de 5. La narración es excelente. No obstante, la historia en general me ha hecho sentirme incómoda durante casi todo el libro. La violencia de los personajes, las escenas sexuales (demasiado fálicas y explícitas para mi gusto) y la desazón que me ha producido durante su lectura hace que de esta nota al libro. Eso sí, es un libro que me ha llevado a reflexionar y mucho.
Destacaría dos reflexiones. Una la he ido rumiando durante todo el libro y es cómo, en este libro, los animales parecen mucho más humanos que las propias personas. de forma casi continua, aparece violencia contra los animales (contra los humanos también). Algunos animales y contados humanos, sufren las decisiones de los demás o la mala suerte, pero parecen ser recompensados en el más allá.
La segunda reflexión es que parece que los únicos que tienen derecho a vivir unas vidas en cierto modo felices, son aquellos que realizan sus actos por amor, no por egoísmo o interés propio. Una de las relaciones del libro, que no voy a desvelar aquí, surge del amor y parece tener su recompensa. Los que se dejan llevar por sus pasiones y pecados, sufren el castigo. Aunque sea el castigo por lo que otros hicieron antes que ellos.
Una obra de Shakespeare en El Hierro.




martazorin 19 noviembre 2021

Terramores.
Victor Álamo de la Rosa
258 páginas.
Crítica.
Particularmente este libro me ha recordado al estilo que se leía sobre todo en la época del colegio. Esa narrativa tan cultivada, tan bien escrita y tan elocuente.
La historia se desarrolla en la primera mitad de la postguerra, y nos va contando la historia de distintos personajes, cuyas historias se entremezclan.
A lo largo de la obra vamos a encontrar escenas de verdadera violencia, (no apto para todo el mundo), tanto hacia las personas como hacia los animales. Bien es cierto que nos tenemos que situar en una época donde la consideración y el bienestar de éstos se aleja mucho de lo que pensamos hoy en día.
Vamos a encontrar también una prosa cuidada, romántica, muchas veces prosa poética, escenas con cierto humor.
En definitiva, nos vamos a encontrar con multitud de sentimientos diferentes en función de lo que nos esté narrando el autor.
Personalmente, me ha encatado. He vivido de cerca las aventuras y desventuras de los personajes, sus historias de amor, he recordado cierta parte de la vida de mis padres, incluso de la mía en el colegio.




lunes, 20 de diciembre de 2021

Reseña de ADIÓS VAQUERO, de Olja Savičević en The Guardian

Adiós, vaquero, de Olja Savičević, reseña: la mayoría de edad en una pequeña ciudad de Croacia

Deslumbrante, divertida y mortalmente seria, esta novela perfectamente ajustada sobre el legado de la guerra de Yugoslavia anuncia la llegada de una nueva y emocionante voz europea


La publicación de esta novela deslumbrante, divertida y mortalmente seria, alimentará a los lectores ávidos de la mejor nueva ficción europea, y a los que se preguntan dónde está la nueva generación de novelistas post-yugoslavos. Istros Books, editorial británica de autores del sureste de Europa, nos trajo anteriormente Siete terrores, de Selvedin Avdić, y El hijo, de Andrej Nikolaidis, pero ahí debe acabar toda agrupación específica de regiones, porque Adiós, vaquero no la necesita. Brilla por sí solo, con la ayuda de una impecable traducción del croata realizada por Celia Hawkesworth.


En su polvoriento pueblo natal de la costa adriática, donde "las rosas de primavera caducan en los parques" y las pintadas dicen "Forastero, la ley no te protege aquí", la veinteañera Dada está en un callejón sin salida. Su mundo se desmantela a todos los niveles: colectivamente, por la guerra de los noventa; familiarmente, por el presunto suicidio de su hermano; y personalmente, tras el fin de una relación, una carrera interrumpida y la decisión de abandonar "la única cuasi-ciudad de este páramo" (Zagreb) y volver a la vida de pueblo (Split) con su madre y los fantasmas de los problemas sin resolver. Uno de estos fantasmas es su hermano Daniel, fanático de las películas de vaqueros, que era muy querido en el barrio del Antiguo Asentamiento, y que ahora es objeto de pintadas en un edificio destruido. Otro fantasma es la guerra de Yugoslavia, cuyo residuo tóxico respira por los poros del lánguido paisaje oliváceo y hace que las mujeres del barrio, "que aquí son más fogosas y más nerviosas que sus cansados maridos, se peleen para que les brillen las tetas y les brillen los dientes y los cuchillos de cocina". Todos los chicos de la posguerra hablan con la voz mordaz y desilusionada de Dada y su descarada hermana: "Hay algo reprimido en el viejo asentamiento, como una enfermedad venérea del cerebro".

Olja Savičević y la generación de sus personajes crecieron "en una depresión, en una hendidura entre dos casas", y lo turbio de la muerte de su hermano tiene tintes de venganza vecinal, el legado de una guerra que "tenía una forma de hacer que la etnia de la gente fuera asunto de todos". También su sexualidad, resulta. El gancho narrativo de la novela es el deseo de Dada de desentrañar las circunstancias que rodean la muerte de Daniel, pero su búsqueda privada se transforma en algo más enrevesado, un viaje a las oscuras pasiones de la vida de un pueblo. Todo el mundo está implicado, y surgen una serie de retratos sorprendentes: el "profesor" de al lado, con "su parecido físico con un ahogado" y la costumbre de guardar salamandras en frascos de formol en su salón "como la gente [...] ...] guarda las fotos de sus parientes más cercanos"; la vieja tía discapacitada de la infancia apodada "la insaciable" por los niños debido a su lubricidad; María, la gitana lenta de los barrios bajos que amaba a Daniel, una rara alma impoluta; mamá, con su conmovedora "sonrisa de Hollywood", que vive a base de televisión y antidepresivos; Angelo, el gigoló ("hay algo en la gente guapa que sugiere una buena fortuna engañosa") que creció huérfano de la guerra y ahora seduce a los turistas en los bares. Nunca hay un deslizamiento hacia el sentimentalismo, el patetismo o la indulgencia de los fenómenos: Savičević es un satírico demasiado dotado para eso, y un poeta demasiado fino. Con una prosa perfectamente afinada que casi se mueve en la página, nos transmite el pulso de la tierra donde "en la saturada oscuridad explotan las vetas de plata y oro, los minerales crepitan, las raíces de mandrágora gritan, mientras los ocupantes muertos reorganizan sus huesos". En una escena dolorosamente cómica, el gángster local da una rutilante fiesta para celebrar su nuevo hotel, que se completa con turbo-folk balcánico y un burro asado: "Y todo cayó en el olvido, en un plato poco profundo lleno de grasa".

Savičević tiene una rara habilidad para hablar de lo mortalmente serio con una ligereza hedonista que te atrae hacia un espíritu de abandono, sólo para pasar a dar impresionantes golpes de perspicacia. "Mamá" nunca habla de su dolor. En cambio, cuando desaparece una noche, Dada reflexiona: "La gente que ha tenido suerte habla de los peores y mejores días de su vida. Los que hemos tenido menos suerte no hablamos de eso". La sección del "western", deliberadamente chillona, a mitad de la historia, en la que un complaciente equipo de cine extranjero viene a rodar una escena de vaqueros a bajo precio en los polvorientos Balcanes, se inclina de repente hacia la pesadilla. La sangre nunca es sólo una fantasía, sugiere Savičević con escalofriante despreocupación, y quien crea que las películas de vaqueros, los niños jugando o las personas enamoradas son inocentes es uno de los afortunados. Con esta novela, que se aloja en el pecho como una bala amiga, ha llegado una nueva y gloriosa voz europea.

Kapka Kassabova

https://www.theguardian.com/books/2015/may/09/farewell-cowboy-olja-sevicevic-review-kapka-kassabova

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domingo, 19 de diciembre de 2021

Reseña de CARCOMA, de Yurena González Herrera en SOLTADAS

 

Otredades y miedos en el insectario de «Carcoma»

I

Creo que hay muy pocas metáforas en la literatura tan celebradas, conocidas y admiradas que superen a la que recoge La metamorfosis de Franz Kafka (1915), donde se narra las consecuencias de la conversión en insecto de su protagonista, Gregorio Samsa. Es posible que esta imagen se sitúe a la altura de la perturbadora vida como ríos que van a dar a la mar, que es el morir, de Jorge Manrique. La profunda carga simbólica que posee el supuesto escarabajo kafkiano (aunque no se explicite su condición en el relato) nada tiene que ver con la presencia en numerosas obras de artrópodos gigantes que sirven de pretexto para dar pie a determinadas aventuras, preludiar desgracias o como destacado complemento de los espacios que se describen.


Este peso interpretativo que posee la figura insectil del praguense, equiparable a la significativa alegoría que contiene, desde el punto de vista zoológico, Rebelión en la granja de George Orwell (1945), es la que me ha acompañado a la hora de adentrarme en Carcoma (Baile del Sol, 2020)el segundo título de Yurena González Herrera, una escritora tinerfeña que merece todas nuestras atenciones porque se está erigiendo como una de las autoras literarias de referencia dentro del complejísimo género de la microficción. Su anterior libro (El diablo se esconde en los detalles, Escritura entre las nubes, 2016) y el que nos convoca pruebas son de lo que con tanta convicción afirmo.

Es posible que ese «retablo colgado en la pared» que aparece en su relato “Jerónimo” haya servido de inspiración para que mi imaginación transmutara el sinfín de impresiones que me ha causado este pequeño libro en una galería de cuadros (párrafos) que recogen escenas, instantes, situaciones… puntuales que han sido pintadas sobre diversos soportes y que admiten una primera visión (lectura) que nunca será la misma. Cuando descolgamos una pintura, descubrimos una ventana que nos da acceso a un universo de interpretaciones que varía siempre que nos asomamos con las relecturas. Detrás de cada cuadro, pues, el enigma de una apreciación que se amolda a nuestro estado de ánimo y de captación intelectual. Siendo tan asible el producto por sus dimensiones físicas, qué inabarcable se vuelve el resultado de su lectura. Es la espléndida capacidad para expandir los significados de las piezas textuales lo que fija de algún modo el vínculo entre la obra que nos convoca y la de Kafka; una ligazón que, además, se refuerza con el universo connotativo de la voz “insecto” en Occidente: fragilidad, sufrimiento, desgracia, supervivencia, asco… y, sobre todo, miedo.

De las reproducidas percepciones participan los microrrelatos que componen Carcoma y que desmontan el mito (tan propio de lectores bisoños) de que aquello que se nos presenta en pocos renglones o versos es asequible; y lo asequible, por tanto, fácil. Craso error. En el caso que nos ocupa, el acceso a la comprensión de las piezas reclama de quien lee la asunción de una posición proactiva frente al texto: es inevitable el uso de un lápiz para subrayar y realizar anotaciones marginales porque no es posible leer sin intervenir; es necesario calibrar constantemente los significados denotativos durante su mutación en metáfora y símbolo; es imprescindible considerar las adhesiones que manifiesta la autora hacia referentes culturales que le han servido de directriz inspiradora para el trazado de muchos relatos (Ken Bruen, Óscar Domínguez, etc.); y es obligatorio, fundamental, esencial, atender a la singular y enriquecedora percepción del mundo que siempre aporta la condición de mujer (visible, por ejemplo, en “Dolores”) y que, en el caso de Yurena, le permite unirse al magnífico plantel de escritoras que, para fortuna de los que amamos las buenas letras, engrandece el patrimonio literario de nuestras islas.

II

El análisis sucinto de la obra que nos impone el formato nos debe conducir a destacar ciertos detalles que, a mi juicio, contribuyen a consolidar el valor de las 68 piezas de Carcoma, que se distribuyen en cinco partes: “Caja de insectos” (13 escritos); “Desperdicio cero” (10); “Patrón larvario” (19); “Entre la savia” (10); y “Triturador de pesadillas” (16).

Empecemos por el título del libro, que es toda una declaración de por dónde va a encaminarse el sentido de la voz poética. Su elección, con respecto a los distintos textos que componen la obra, es un inmenso acierto. Las cuatro acepciones que recoge el DRAE de la palabra “carcoma” representan el cauce para captar el despliegue metafórico que envuelve los pequeños relatos: larvas que roen y taladran la madera, larvas que en su voracidad producen un ruido perceptible, polvo que queda tras digerir la madera roída, ‘preocupación grave y continua que mortifica y consume a quien la tiene’ e individuo que agota su hacienda.

Al enunciado atractivo le siguen una dedicatoria y una cita que me resultan muy elocuentes y que conviene no desatender porque poseen más peso del que cabe imaginar de cara a configurar el universo retórico que ilumina las páginas de la obra. La ofrenda va dirigida a «quienes no me permitieron rendirme»; o sea, los que le “impusieron” ser luchadora. Dicho de otro modo: a cuantos le “exigieron” que sobreviviera en un mundo donde se puede adquirir la condición de insecto y en el que es posible ser testigo de cómo las larvas, el futuro en el presente, tienen la capacidad de roer las esperanzas de lo que hay y de lo que se desea, y convertirlo en materia que el viento lleva. La cita, por su parte, es de Pessoa. Trata sobre la relatividad que encierra la fortuna: «haber estado en un naufragio o en una batalla es algo bello y glorioso; lo peor es que hubo que estar allí para estar allí».

Encarrilada la obra con lo expuesto, conviene fijarnos en lo que cada bloque nos ofrece atendiendo, en primer lugar, al enunciado que lo identifica. El inicial, “Caja de insectos”, parece ahondar en la insignificancia de un individuo frente a una multitud de semejantes. Me atraen las piezas que se adentran en la idea del doble y de lo que se muestra como una dualidad; de la proyección de uno contemplando lo que otros hacen, que no es más que observar al que mira; y de la relatividad con visos paradójicos entre lo que se es y cómo se está en comparación con los demás (pienso en “Negligente”, por ejemplo). Al igual que en el cuento de los altramuces de El Conde Lucanor, siempre hay alguien peor, alguien cuyo fracaso supera al de cualquiera de los insignificantes individuos derrotados. Mas como todo tiene su sesgo contradictorio, no faltan los casos donde es posible percibir cierta luz en los resquicios de los renglones: no traga cáscaras de altramuces quien sale con «ganas de vivir» del vertedero en “Morder la tristeza”.

El segundo bloque se titula “Desperdicio cero”. Me ha resultado muy difícil no pensar en la ejemplaridad entendida en el sentido cervantino: todo es aprovechable, es “nutritivo”, porque de todo se aprende. Siguen presentes los matices sombríos en los temas abordados, que llegan a componerse sobre la base de cierto humor negro donde lo negativo (la desgracia) termina teniendo algo de positivo (la culminación de un propósito): el moribundo escritor que quiere ser uno de sus personajes, la seducción para el público del circo de los desarreglos amorosos y familiares de algunos artistas, la actriz que feliz se muestra de su última actuación dentro de su ataúd, ese Houdini que solo será fotografiado cuando su truco falle mortalmente, el fin del autor a manos del narrador y de los personajes que no termina de contentar a nadie…

“Patrón larvario”, el tercer bloque, hace alusión en su título a una conducta (“roer”) que se desarrolla por imitación y que, conocida, puede llegar a ser “ejemplar”, tanto para su realización como para su evitación. Los actos ejecutados se asientan sobre la concepción del reflejo, que no es más que un modo de consolidar la noción de dualidad y, en consecuencia, de conflicto identitario tan presente a lo largo de Carcoma. Este enfrentamiento lo es, en el fondo, con la verdad (“Señor Memoria” y “La llave”, por ejemplo): la vida vivida se retiene porque la experiencia se consigue asir; lo impuesto, lo falso, no. Mentir es difícil, muy difícil; y, por eso, es muy complicado no virar hacia lo veraz, donde habitan los aspectos más sórdidos, vergonzantes y comprometidos de los individuos.

En este constante juego borgiano de lo otro, se pueden llegar a producir encuentros inesperados con entes extraños en lugares exóticos (“Perdida y encontrada”). En “Fate”, la confluencia altera nuestras percepciones desde el instante en que nos vemos obligados a cuestionarnos si la voz narrativa es el reflejo, ese “otro yo” que, contemplando, es en realidad el contemplado. Verse como una proyección es en el fondo una manera de mostrar las debilidades, los traumas que conviven alrededor de una pregunta clave: ¿Soy una imagen de mi imagen? Resulta fascinante adentrarse en este mecano de impresiones que se articula sobre los estímulos de unas oraciones que tienden a multiplicar sus sentidos conforme las leemos y las releemos. Sea cual sea el bando, siempre se ignorará «la fuerza de ese otro lado» (“Hielo negro”).

De esta tercera parte destaco la fortaleza de las voces “culpabilidad”, “fracaso” y “recreación”; y la explicitud de algunas secuencias, como la del suicidio en “Señales de auxilio”, que rompe el habitual aroma críptico de las microficciones en su remate final. “Galaxias circulares” es un ejemplo de pasado-presente, de eterno retorno, de vuelta al punto de partida que, en la conciencia, se traduce en las obsesiones, en la no-salida a los atascos, a los callejones por donde transitan los que, como en “Conexión internacional”, necesitan imaginar aquello que les dé el consuelo que la realidad les niega.

“Entre la savia”, el penúltimo bloque, apunta en su título a un término que asienta la noción de alimento, de nutriente, que ilumina el sombrío camino que recorremos con Carcoma. El primer texto, “Yugular”, me parece sumamente significativo de cara a consolidar la idea de que el olvido («a mí también han dejado de buscarme») sacia la necesidad de paz y silencia la “hambrienta” inquietud de localizar a desaparecidos, ya sean reales (los chicos, el narrador), ya imaginarios.

Desconocer es una manera de adentrarse en la tranquilidad cuando se asume que no merece la pena indagar para hallar respuestas porque estas, de algún modo, pueden ser amargas o llevarnos a descubrir la existencia de una realidad que, como una pesadilla, es molesta o desagradable (“Historia de una escalera”). En ocasiones, la necesidad de no saber conduce a la destrucción del propio individuo: en unos casos, a través de la constatación del paso del tiempo reflejado en la decrepitud («podredumbre de la carne») y que se convierte en una “señal de auxilio” que empuja a una solución drástica, como se apunta en “Childhood”; en otros, por medio de las metamorfosis que, entre los claroscuros de los eclipses nocturnos, transforman lo inanimado en animado para volver más adelante a su forma primigenia (“Secretos de Maine”). Retornar es, de algún modo, renacer. En el último bloque, este concepto se consolida.

La noción de olvido como arma liberadora convive con la que proviene de la venganza que, en “Aquel que odia”, orbita alrededor de la otredad y la ficción recreada: «en la magia del engaño está mi oportunidad de ser otro»; en “Polidpsia psicodélica” se vertebra en torno al convencimiento de que bien merece la pena ponerla en práctica para dar sentido a una vida y, sobre todo, a una muerte; y en “El hombre torcido” se aborda desde el perfil de un guardián y justiciero condenado por su propósito inmoral de castigar las inmorales acciones de otro.

Los enfoques bidireccionales de las historias siguen presentes en este apartado del libro. En ocasiones, la referencia al espejo es inequívoca (“Las enseñanzas de un monstruo”) y, en otras, forma parte de preguntas que consiguen envolver el cuadro, siguiendo con la metáfora planteada hace unos párrafos, en un aura de misterio y enigma que va más allá del contenido que se reproduce: ¿quién lee a quién?, es la duda que surge tras leer “La zona muerta”. ¿Y quién escribe sobre quién?, es la cuestión que irrumpe en el admirable juego de recreaciones y pérdidas de la identidad que hay en “Álvaro, Ricardo, Alberto, Bernardo”, uno de los no pocos relatos de Carcoma donde la metaliteratura puja por formar parte del mensaje que se traslada al lector.

El bloque final quizás contenga el enunciado más positivo de todos. Quizás. Desde luego, las diferencias entre el primero, que conducía a esa “occidental” repulsa hacia la representación de una caja con bichos, y el último, el liberador “triturador” que elimina las pesadillas, son más que evidentes. Pero esta circunstancia bien puede quedar anulada si nos atenemos a esa tendencia generalizada de la obra de González Herrera a mostrar el otro lado de los individuos y de las situaciones: si el sueño, como trasunto de la vida con independencia de su calidad, desaparece machacado, ¿no es la muerte la que termina prevaleciendo? ¿No es el triunfo de aquello que jamás podrá reflejar nada, de lo que anula cualquier otredad?

Las dieciséis narraciones de este último bloque mantienen una estrecha ligazón entre sí debida, en gran parte, a la presencia de términos con permiten el establecimiento de sólidas alianzas conceptuales: “fantasma” e “invisible” son significantes y significados frecuentes, “memoria” y “olvido” son ideas constantes; y la palabra “miedo” es permanente. El apartado se compone alrededor de este vocablo, que antecede a la omnipresente noción de “muerte”; que, a su vez, se completa con  las referencias a lo que regresa, a la vuelta tras una ida que conlleva la asunción de una nueva realidad, como se nos cuenta en “Metamorfosis” y, sobre todo, en ese rescate del mito de Dafne y Apolo que representa de algún modo el texto que da título al libro, “Carcoma”, donde la huida al bosque por culpa del miedo («el peor masticador de tripas») se resuelve hacia el final con la transformación en un nuevo estado que imita el del entorno. El insecto entre insectos pasa a ser árbol entre árboles. Nueva vida, nueva razón para no pensar en la multiplicidad.

Sobrevivir a lo que sea (al mismo “Sistema” o al caos programado de “Gemido”, por ejemplo), aunque por medio esté la muerte o se detecte su proximidad, realza la individualidad frente a los yoes reflejados (“Palíndromo”) que se han anulado por el ninguneo (esa condición de desechables que recoge “Alienación”) y por la incertidumbre sobre la efimeridad que provoca no saber qué responder a «¿cómo vivir cuando tienes la certeza de que no existes?» (“Yo tengo mis propios secretos”).

Las causas y, de alguna manera, las consecuencias importan poco en Carcoma. Lo sustancial son los estados. Los motivos son secundarios porque, en el fondo, son interpretables. Por eso las historias comienzan in media res y se centran en instantes puntuales, en esas mordidas de la realidad regurgitadas en volátil polvo, en carcoma donde la identidad fingida o desconocida, el doble y el reflejo egocéntrico representan la posibilidad de un cambio cuya validez siempre será relativa.

https://soltadas.sadalone.org/resena-y-prologos/otredades-y-miedos-en-el-insectario-de-carcoma/

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viernes, 17 de diciembre de 2021

Reseña de A SUS NEGRAS ENTRAÑAS, de César Martín Ortiz en Plan VE

 

Hat-trick

Hay una especie de coletilla que creo haber leído en más de una ocasión en reseñas literarias, la de las “lecturas bien asimiladas”, que siempre me ha sonado a capotazo condescendiente de críticos literarios a autores primerizos en cuyas bienintencionadas obras aún se descubren brotes tiernos de Borges o Cortázar, de Carter o de Cheever. Sin embargo, y a pesar de que para mí, por esa razón, sea siempre una expresión en entredicho, no he dejado de acordarme de ella leyendo A sus negras entrañas, publicada por Baile del Sol, una de, como señala Gonzalo Hidalgo Bayal en la contraportada, “las tres grandes novelas que César Martín Ortiz (1958-2010) dejó inéditas a su muerte”.


Al leerla, en su libro primero se venían a la cabeza, por el aire de ciencia ficción, autores como Orwell, Bradbury o Stanislaw Lem, pero también novelas de campus como las de David Lodge o Tom Sharpe, para después, al pasar al segundo libro, la narración comenzarme a sonar a grandes escritores latinoamericanos como García Márquez, Vargas Llosa o, por mencionar uno más reciente, Rodrigo Rey Rosa, y, a partir de un determinado momento, en el análisis de la hipócrita mecánica del poder, al Miguel Espinosa de La fea burguesía o al de Reflexiones sobre Norteamérica y, siguiendo por este luminoso sendero, el de la reflexión téorica, a sentir ecos de clásicos de las ciencias sociales como La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber o la Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen. No digo que estas sean, necesariamente, lecturas de Martín Ortiz ni que estén presentes en A sus negras entrañas, y tampoco hablo de asimilación con el tono indulgente del crítico que ha descifrado la cocina de un relato o una novela. De lo que hablo, más que de asimilación, es de dominio, de poderío, de una narrativa contundente con la que Martín Ortiz parecía ser capaz de contarnos cualquier cosa y de hacerlo siempre con solvencia, y que le confiere un aire clásico con el que parece permitirse el lujo de mirarse y hablar de tú a tú con clásicos indiscutibles como los que he nombrado.

Pero tengo la impresión de haberme emocionado y de haberme saltado a la torera el objeto del libro para llegar, directamente, a las conclusiones, un objeto que, a la vista de los tan dispares referentes literarios que he dejado caer, podría resultar, de entrada, desconcertante. Citando de nuevo a Hidalgo Bayal, “A sus negras entrañas es una descripción combativa y dialéctica de los retorcidos métodos del poder y de la impune corrupción económica, lingüística y audiovisual con que establece, mantiene o distorsiona el orden social. […] Pero A sus negras entrañas también es la historia de una iniciación: aprender a sobrevivir —a vivir libre— en ese mundo”. Se trata, pues, de una novela que todavía podemos considerar distópica, pero que se acerca demasiado a nuestra realidad; en la que personajes como el profesor Linneus o Matías Pastrana, y antes que ellos el doctor Elizondo o Maria Sorensen, descubren la oscura matriz que se esconde detrás de todo, en la que la televisión, como medio de manipulación (me temo que Martín Ortíz no llegó a tiempo de vislumbrar el enorme potencial que en este sentido podía llegar a tener la red), juega un papel crucial, demoledor; y que, como lectores, nos hace sentir a menudo vértigo, la sensación de no saber muy bien adónde vamos, dónde vivimos.

Para terminar, no sé si esta tercera gran novela de César Martín Ortíz (las dos anteriores, por si hay algún despistado, fueron Necrosfera y De corazones y cerebros, a las que precedió, en la misma editorial, una magnífica colección de relatos, Cien centavos) nos acaba llevando o no a alguna parte, si en realidad no termina dejándonos perdidos, sin salida, pero lo que sí puedo afirmar es que es un placer seguirlo en su viaje hecho de palabras por una civilizada Quimérica de cartón piedra, por una selva sangrienta y revolucionaria o por una Europa desolada, desierta y llena de forajidos, pero también por sus lúcidas y a menudo mordaces consideraciones acerca de la realidad, y que creo que, se pierda o se encuentre al terminar, esté de acuerdo o discrepe, a ningún lector le acabará resultando indiferente esta novela.

 

A sus negras entrañas

César Martín Ortiz

Baile del Sol

25 euros

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de Libro


https://planvex.es/web/2021/08/hat-trick/


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