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viernes, 17 de diciembre de 2021

Reseña de A SUS NEGRAS ENTRAÑAS, de César Martín Ortiz en Plan VE

 

Hat-trick

Hay una especie de coletilla que creo haber leído en más de una ocasión en reseñas literarias, la de las “lecturas bien asimiladas”, que siempre me ha sonado a capotazo condescendiente de críticos literarios a autores primerizos en cuyas bienintencionadas obras aún se descubren brotes tiernos de Borges o Cortázar, de Carter o de Cheever. Sin embargo, y a pesar de que para mí, por esa razón, sea siempre una expresión en entredicho, no he dejado de acordarme de ella leyendo A sus negras entrañas, publicada por Baile del Sol, una de, como señala Gonzalo Hidalgo Bayal en la contraportada, “las tres grandes novelas que César Martín Ortiz (1958-2010) dejó inéditas a su muerte”.


Al leerla, en su libro primero se venían a la cabeza, por el aire de ciencia ficción, autores como Orwell, Bradbury o Stanislaw Lem, pero también novelas de campus como las de David Lodge o Tom Sharpe, para después, al pasar al segundo libro, la narración comenzarme a sonar a grandes escritores latinoamericanos como García Márquez, Vargas Llosa o, por mencionar uno más reciente, Rodrigo Rey Rosa, y, a partir de un determinado momento, en el análisis de la hipócrita mecánica del poder, al Miguel Espinosa de La fea burguesía o al de Reflexiones sobre Norteamérica y, siguiendo por este luminoso sendero, el de la reflexión téorica, a sentir ecos de clásicos de las ciencias sociales como La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber o la Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen. No digo que estas sean, necesariamente, lecturas de Martín Ortiz ni que estén presentes en A sus negras entrañas, y tampoco hablo de asimilación con el tono indulgente del crítico que ha descifrado la cocina de un relato o una novela. De lo que hablo, más que de asimilación, es de dominio, de poderío, de una narrativa contundente con la que Martín Ortiz parecía ser capaz de contarnos cualquier cosa y de hacerlo siempre con solvencia, y que le confiere un aire clásico con el que parece permitirse el lujo de mirarse y hablar de tú a tú con clásicos indiscutibles como los que he nombrado.

Pero tengo la impresión de haberme emocionado y de haberme saltado a la torera el objeto del libro para llegar, directamente, a las conclusiones, un objeto que, a la vista de los tan dispares referentes literarios que he dejado caer, podría resultar, de entrada, desconcertante. Citando de nuevo a Hidalgo Bayal, “A sus negras entrañas es una descripción combativa y dialéctica de los retorcidos métodos del poder y de la impune corrupción económica, lingüística y audiovisual con que establece, mantiene o distorsiona el orden social. […] Pero A sus negras entrañas también es la historia de una iniciación: aprender a sobrevivir —a vivir libre— en ese mundo”. Se trata, pues, de una novela que todavía podemos considerar distópica, pero que se acerca demasiado a nuestra realidad; en la que personajes como el profesor Linneus o Matías Pastrana, y antes que ellos el doctor Elizondo o Maria Sorensen, descubren la oscura matriz que se esconde detrás de todo, en la que la televisión, como medio de manipulación (me temo que Martín Ortíz no llegó a tiempo de vislumbrar el enorme potencial que en este sentido podía llegar a tener la red), juega un papel crucial, demoledor; y que, como lectores, nos hace sentir a menudo vértigo, la sensación de no saber muy bien adónde vamos, dónde vivimos.

Para terminar, no sé si esta tercera gran novela de César Martín Ortíz (las dos anteriores, por si hay algún despistado, fueron Necrosfera y De corazones y cerebros, a las que precedió, en la misma editorial, una magnífica colección de relatos, Cien centavos) nos acaba llevando o no a alguna parte, si en realidad no termina dejándonos perdidos, sin salida, pero lo que sí puedo afirmar es que es un placer seguirlo en su viaje hecho de palabras por una civilizada Quimérica de cartón piedra, por una selva sangrienta y revolucionaria o por una Europa desolada, desierta y llena de forajidos, pero también por sus lúcidas y a menudo mordaces consideraciones acerca de la realidad, y que creo que, se pierda o se encuentre al terminar, esté de acuerdo o discrepe, a ningún lector le acabará resultando indiferente esta novela.

 

A sus negras entrañas

César Martín Ortiz

Baile del Sol

25 euros

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de Libro


https://planvex.es/web/2021/08/hat-trick/


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miércoles, 8 de diciembre de 2021

Reseña de A SUS NEGRAS ENTRAÑAS, de César Martín Ortiz en Devaneos

 




A sus negras entrañas (César Martín Ortiz)

A sus negras entrañas
César Martín Ortiz
Baile del Sol Ediciones
Año de publicación: 2021
584 páginas

A su muerte, César Martín Ortiz dejó sin publicar tres obras conclusas: Necrosfera, De corazones y cerebros y A sus negras entrañas. Acerca de De corazones y cerebros ya hablé en su día, con apasionamiento, pues me encantó. Necrosfera la tengo pendiente de leer. A sus negras entrañas, al igual que De corazones y cerebros es una novela espléndida, compuesta por cinco libros. En total casi 600 páginas. Novela que plantea distintos escenarios, a futuro, que bien pueden convertirse en bonos basura. Sobre la mesa, la libertad. En este futuro el poder mundial, descontada una Europa espectral, reside en su casi totalidad en Quimérica (toda la novela abunda en un sinfín de aliteraciones referidas a actores, políticos, directores de cine, dictadores, empresas…) empeñada en difundir y extender la libertad quimericana por todos los rincones del orbe. Libertad en manos, o encadenada, a un sistema neoliberal y ultracapitalista en el que el horizonte humano da de sí lo que da el Crédito vital de cada individuo, en un sistema económico en el que todo tiene un precio, todo es objeto de compra y venta y en el que las transacciones no remuneradas, al albur por ejemplo de la amistad son reprobadas; sistema económico y estilo de vida, que van de la mano, cuyo framework es la televisión, en el futuro holovisión, y así sobre ese escenario a un público anestesiado y entontecido con millones de horas de televisión en sus pupilas y cerebros colapsados les van haciendo un traje a medida, un traje que les calienta y abriga y los preserva de cuanto les rodea, en unas vidas que se ajustan a pies juntillas a los personajes de las series que ven en la ubicuas pantallas.

No sale por la tele porque sea real, sino que es real porque sale por la tele. La emisión de este reportaje chapucero establece la realidad, prueba la realidad. Las interpretaciones escépticas ya no deben luchar contra otra interpretación, sino contra la realidad establecida como tal, lo que las coloca en una posición de extrema debilidad. No importa que los escépticos sean más consistentes que los oficiales-ya ocurrió con el 11 de Septiembre-, puesto que no se permite oponer argumentos a argumentos, sino argumentos a una realidad instituida como algo que se demuestra a sí mismo. Sería como oponer argumentos a una montaña, y una montaña no desaparece a base de argumentos sino a base de dinamita.

A la muerte de César, internet aún estaba despuntando, pero el escenario aquí descrito se ajustaría bastante a la omnipotencia y ubicuidad de las redes, vertiendo millones de noticias falsas, creando contenidos vacíos, con campañas de desinformación y manipulación y sirviéndose de servicios en streaming para que el consumo audiovisual ficcional sea todavía más ingente, logrando limar las aristas un globo que cada vez se presenta más uniforme en cuanto a contenidos e ideologías. En la novela, Cuba ya forma parte del imperio quimericano, y todos aquellos movimientos insurgentes, son narcoterroristas, yihadistas, comunistas…: la encarnación del mal, que todo espectador, a las primeras de cambio y gracias a su vasta cultura televisiva sabrá apreciar con apenas un par de imágenes en sus pantallas.

Para diseccionar todo el entramado televisivo el autor se sirve del profesor Linneus, experto en Semántica televisiva. Los movimientos revolucionarios en defensa de la libertad corren a cargo de El Bárbaro Bilbao, el doctor Elizondo, Maria Sorensen, la Santa y su memoria es la memoria de las víctimas de las injusticias siempre invisibilizadas, intercambiables, vidas de saldo. Vidas a secas, que en sí mismas, como apunta César en las postrimerías de una novela que uno quisiera infinita, y en parte lo es, porque lo aquí planteado no deja de ser un lucha entre el bien y el mal, valen menos que la vida laboral, pues este parece ser el único atributo válido aprovechable en un sistema capitalista esquilmador, que escanea y reconoce al ser humano bajo esta única cualidad, desechando cualquier otra no evaluable económicamente, bajo esa dualidad enfermiza de right/wrong, apto/no apto. Pensamiento único y binario.

http://www.devaneos.com/literatura-espanola/a-sus-negras-entranas-cesar-martin-ortiz/

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domingo, 17 de mayo de 2020

Reseña de NECROSFERA, de César Martín Ortiz en El Periódico de Extremadura

LUZ PÓSTUMA


El sino de muchos precursores es ser desdeñados en vida, por un público que no estaba preparado para lo inaudito, que así quedó inédito. Me temo que esto ocurrirá con mucho de lo mejor que se está escribiendo en nuestro tiempo, pues hoy se publica más que nunca, pero la cantidad no indica variedad: el criterio de las editoriales es cada vez más homogéneo, y el rasero, más rastrero. Estas reflexiones pesimistas, nada nuevas, me han venido según leía, durante este tiempo de cuarentena, la novela Necrosfera de César Martín Ortiz, nacido en Salamanca en 1958 y afincado desde 1982 en Jaraíz de la Vera, donde ejerció como profesor de Secundaria, y donde cuando le sobrevino la muerte, en 2010, apenas era considerado como un escritor exquisito que había publicado poemas y relatos, algunos de ellos reunidos en Nuestro pequeño mundo, publicado en 2000 por la Editora Regional.
Solo después de su muerte sabríamos, por su viuda, que se esforzó en publicarlas, y por la editorial tinerfeña Baile del Sol, que tuvo el buen criterio de hacerlo, que Martín Ortiz había escrito, durante quince años, una impactante trilogía que suma casi 1.500 páginas, compuesta por las novelas De corazones y cerebros, Necrosfera y A sus negras entrañas. Sabedor de que el mundo editorial hoy no premia, sino que castiga, la audacia y la ambición, el autor no movió un dedo para publicarlas, pues debió pensar que para qué arrojar margaritas a los cerdos, y que no se hizo la miel para la boca del asno.
Necrosfera ha sido una buena lectura para estos meses de confinamiento: situada en un futuro distópico, donde la existencia se divide entre Tierra, donde viven unos humanos retornados a la barbarie, referidos irónicamente como sapiens, y Madre, lugar poblado por las Personas y los Escientes, seres más avanzados que ven a nuestra especie con compasión; dividida en catorce partes cuya relación, hasta el final, no es siempre clara, la novela, en la línea de aquel otro genio marginado que fue Miguel Espinosa, resulta un monumento a la estupidez humana y una advertencia, como tantas veces ha sido el género distópico, a lo que se nos puede venir encima.
Escrita entre 2003 y 2010, Necrosfera aparece atravesada por imágenes de una crisis devastadora que, como se muestran en la parábola de Ciudad Salvación, hubiera podido evitarse si quienes la sufrieron se hubieran dado cuenta de que «la única salida de los hombres habría sido la colaboración, pero el adoctrinamiento que habían sufrido la volvió imposible. En lugar de colaboradores se convirtieron en enemigos; todos supusieron ser los más fuertes, los más aptos, y terminaron comiéndose a los muertos».
En ese adoctrinamiento tiene su parte la degradación de la cultura. El narrador cuenta cómo, si en un principio, los poderosos «encarcelaron y corrompieron a los escritores y eliminaron a los que no pudieron comprar», un día vieron que era más práctico «pagar con esplendidez a algunas personas para que escribieran libros estúpidos e inundar el mercado de modo continuo con aquellos libros, de modo que los verdaderos libros se tornasen imperceptibles».
La «necrosfera» que da nombre a la novela, es el invento de un brigadista checo, que luchará en la guerra civil española, para comunicarse con los muertos, aparato que, como el que da nombre a Solenoide de Mircea Cartarescu, es el enigma en torno al que gravita la obra. Conmueve y compunge imaginar a César Martín Ortiz, escribiendo en Jaraíz una de las mejores novelas de lo que va de siglo, de espaldas a esa zarabanda inane de lo que se considera «vida literaria», desfile de festival en feria para soltar la chapa ante cuatro gatos y cobrar cuatro duros, celebración narcisista antagónica a la humildad que requiere la literatura que merece ese nombre.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Reseñas de CORAZONES Y CEREBROS, de César Martín Ortiz en Con VE de libro





El insólito caso de César Martín Ortiz


Tendría que pensarlo largo tiempo y por escrito, y, francamente, me da pereza, pero intuyo que la razón última de ser del fenómeno literario, al menos desde la perspectiva del autor, de quien escribe, se debe de encontrar en buena medida en el insólito caso de César Martín Ortiz, autor salmantino afincado en Jaraíz de la Vera que dejó tras de sí, al fallecer inesperadamente en 2010, varias novelas y libros de relatos escritos que no llegó a publicar no porque no pudiera, sino porque ni siquiera se molestó en intentarlo, quizá porque, como apunta Gonzalo Hidalgo Bayal en la contraportada de De corazones y cerebros novela publicada hace pocas semanas por la editorial Baile del Sol– citando un pasaje del propio libro, pensaba “que publicar pensamientos o novelas tiene algo de banal, es inferior a escribirlos, y que escribirlos también es inferior a pensarlos. Que escribir y publicar son actos de reciclaje respecto a pensar e imaginar: algo que se hace con fines distintos y cuyo resultado también es distinto, más gris y menos fino”. Doy fe de sus reticencias porque cuando, hace ya bastantes años, alrededor de quince, contactamos con él para que publicara algo en nuestra pequeña colección de libros, la de la Asociación Cultural Alcancía, nos costó trabajo que nos cedieran los cuentos que al final integraron Paso de contarlo. Extrañamente, y en contra de lo que es habitual, César Martín Ortiz no tenía necesidad de ver editados sus libros, quizá ni siquiera necesidad de que lo leyesen, y en esa falta de necesidad, en esa renuncia, y en el hecho de que en ningún momento dejase, a pesar de todo, de escribir (fue un Bartleby de la publicación, no de la escritura), puede que se encuentre, como digo, la razón última de ser de la Literatura, de la Literatura de verdad, quiero decir.
Porque, además, escribía divinamente. Ya lo había demostrado con los libros de relatos Un poco de ordenNuestro pequeño mundo y el ya mencionado Paso de contarlo, publicados en vida (de los libros de poemas Dedicatoria o despedida y Toques de transito nada puedo decir, porque no los he leído), con los que se había ganado un notable grupo de lectores fieles y entusiastas, y lo sigue demostrando con los libros que la editorial Baile del Sol, de manera póstuma, ha venido publicando estos últimos años, Cien centavosNecrosfera (títulos ambos reseñados en este mismo rincón de PlanVE) y el reciente De corazones y cerebros, que es del que quería hablar hoy.
Resumiendo mucho el argumento, podríamos decir que la novela cuenta la historia de Manuel Medina, un profesor de Bellas Artes que rehace su vida en un pueblo después de sufrir un doble fracaso, amoroso y profesional, al ver cómo se desmoronan, casi a la par, su matrimonio y una especie de falansterio educativo, una suerte de electrizante utopía pedagógica en la que se había visto enrolado durante algunos años. Así contado, podría parecer que hablamos de una novela rosa o de un telefilme alemán de sobremesa, pero lo que sucede es que lo que mejor se presta a ser resumido del libro es justo la trama cordial, la que habla de corazones. Faltaría la parte más cerebral, que tiene que ver, a parte de con la trama pedagógica, con la forma de narrar esos sucesos, más complejos e interesantes de lo que pueda parece a simple vista, pero también con las numerosas digresiones que jalonan la narración, en las que, con rigurosa vocación de ensayo, el autor diserta sobre asuntos de lo más variado, pedagógicos, psicológicos y sociológicos en su mayor parte, demostrando tener, además de una prosa magnífica, una aguda, certera, envidiable capacidad de análisis, un repertorio ensayístico este que, lejos de lastrar la trama, la enriquece, otorgándole al libro una suculenta sustancia.
Aun así reconozco que quizá esos devaneos puedan resultar, en ocasiones, excesivos, y que si a mí no me lo parecen es porque me gusta tanto el autor que hubiera querido leer hasta sus listas de la compra, pero también es probable que el exceso se deba al hecho de tratarse de una obra pensada y escrita, tal vez, no para ser publicada y leída, sino para ser disfrutada a lo largo de todo el proceso de escritura aprovechando sus vericuetos para pensar, de paso, un poco el mundo por escrito, circunstancia por la que quizá no sea una novela perfecta, pero sí un perfecto modo de comprobar la inteligente manera que tenía César Martín Ortiz de asomarse a la realidad.
Ahora solo queda esperar que la editorial Baile del Sol siga adelante con la encomiable empresa de publicar la obra inédita de este insólito escritor, y que no tardemos de ver, en papel, como quizá nunca se molestó en pensarlo, A sus negras entrañas.

De corazones y cerebros
César Martín Ortiz
Editorial Baile del Sol
28 euros



viernes, 11 de enero de 2019

Reseña de CIEN CENTAVOS de César Martín y de EL VERANO DEL ENDOCRINO de Juan Ramón Santos en El Asombrario

La ‘parte positiva’ del intolerable tren a Extremadura

El tren de Badajoz con destino Madrid del pasado día 1 de enero, tras salir con 1 hora de retraso, se averió en mitad del campo cerca de Navalmoral. Foto: Extremaduraenred.
El tren de Badajoz con destino a Madrid del pasado día 1 de enero, tras salir con 1 hora de retraso, se averió en mitad del campo cerca de Navalmoral. Foto: Extremaduraenred.
A pesar del miedo real que se ha instalado entre los viajeros a quedarse tirados en medio de la noche y la nada, el autor reivindica una pronta solución y confiesa que este 2019 seguirá viajando a Extremadura en tren. “Me parece el medio de transporte más civilizado después de la bicicleta. La simbiosis con la lectura es perfecta, uno se dejar llevar por el paisaje, que se desliza cuando levantas la vista de las páginas”.
No sé cuántos libros habré leído en el trayecto de tren que va de Madrid a Plasencia. Han sido muchos años. Desde la época en la que empecé a estudiar Periodismo, a finales de los ochenta, hasta hoy.
De los libros que leí en 2018 hay dos de autores extremeños que, por distintos motivos, me gustaron especialmente, Cien centavos, de César Martín, y El verano del endocrino, de Juan Ramón Santos. Ambos están publicados por Baile del Sol, una editorial encomiable que, calladamente y con el único criterio de la calidad, lleva apostando desde hace más de 25 años por la literatura periférica, por autores españoles de hoy, tanto de narrativa como de poesía o ensayo. Sin olvidar a nuestros vecinos africanos, con los que la editorial mantiene una fértil relación, entre otras cosas porque la sede de este pequeño sello está en Canarias.
De Cien centavos, con prólogo entusiasta de José María Cumbreñome habló un día Gonzalo Hidalgo Bayal en la librería Puerta de Tannhäuser, en Plasencia. Y, como tantos lectores, le estaré eternamente agradecido por la recomendación. Hidalgo Bayal ha sido uno de los grandes valedores de César Martín y de esta obra que reúne una buena parte de sus cuentos, aunque algunos se acerquen más a la reflexión o incluso al artículo periodístico. El propio Martín, salmantino pero que vivió y trabajó como profesor de instituto en Jaraíz de la Vera hasta su prematura muerte, habla en uno de los textos, Cuaderno, del proceso de escritura de esta especie de diario. “Empecé el cuaderno algo estragado por la larga novela, bastante cansado de tratar durante tanto tiempo a los mismos personajes; me propuse cambiar de tema cada dos páginas, cambiar de género cada vez que me apeteciera y tantear registros con la libertad de quien no se ha propuesto algo importante”. Esa libertad, en todo caso, quizás encaja bien con esa idea del postcuento que abraza el escritor Eloy Tizón. Cuentos, postcuentos, reflexiones o artículos, poco importa la etiqueta, o el género, porque todos los textos incluidos en este cuaderno están atravesados por una escritura sobresaliente.
Martín me deslumbra por su capacidad de observación, por su ironía, por su callada erudición, por su vasta cultura literaria, que entrevera con anécdotas cotidianas, por su mirada compasiva hacia sus paisanos, a quienes a veces convierte en personajes, una mirada que contrasta con la que tiene en otras ocasiones hacia eso que podemos llamar “el mundillo literario” y el canon establecido. Los textos de este cuaderno, dice el autor, están escritos “sin mucho encumbramiento ni pretensiones, redactados en una prosa que es de su tiempo y que no aspira a la hermosura ni a la sorpresa, salvo excepciones, porque tampoco en esto he querido adoptar actitudes tajantes y hay días en que uno se levanta con ganas de sorpresa y hasta de hermosura”.
Y sí, estamos ante un libro hermoso, en el que Martín se lamenta de que nos robaran Francia, cuando el país vecino había sido nuestro referente cultural durante años. Un libro que puede y debe leerse como si uno comiera cerezas, texto a texto, por puro placer. Cien Centavos puede concebirse como un diario íntimo y también como una novela. En uno de los textos, que lleva ese título, escribe el autor: “Creo que la ventaja del diario sobre la novela es que la novela es, por así decirlo, una ilusión de segunda mano”.
Y ya que menciono a Hidalgo Bayal, creo que El verano del endocrino es la novela más bayaliana del escritor placentino Juan Ramón Santos. Los ecos de Paradoja del interventor o Nemo, dos de las grandes novelas de Bayal, resuenan en la última historia de Santos, quien regresa al espacio imaginario que desarrolló en sus anteriores narraciones largas, Biblia apócrifa de Aracia y El tesoro de la isla. Escrita con una prosa envolvente y en un tono casi de novela picaresca, El verano del endocrino cuenta la llegada de un extraño personaje a Labriegos. Su relación con los vecinos, que a falta de otro nombre comienzan a llamarle El Endocrino, le llevará a ejercer de detective amateur, pero la historia da un giro sorprendente cuando la Tierra, inesperadamente, se detiene un día de agosto. El Endocrino, a quien bien podríamos emparentar con el Quijote, aprovechará este acontecimiento para indagar en los límites de la naturaleza humana. El verano del endocrino, escrita con un gran pulso narrativo, es una novela muy entretenida, en la que su autor se adentra en los límites del conocimiento, de lo que somos y lo que nos espera, de lo que es verdad, de la ilusión de la que están hechos los sueños.
Estos libros, como decía, los leí en 2018, en el mismo tren que dejó varadas a casi 200 personas en un descampado el otro día, en plena noche, sin agua, ni comida, ni calefacción. Pero a pesar del miedo que se ha instalado entre los viajeros, un miedo real, este 2019 seguiré viajando en este tren. Porque después de la bicicleta, el tren me parece el medio de transporte más civilizado, y por tanto más ecológico. La simbiosis con la lectura es perfecta, uno se dejar llevar por el paisaje, que se desliza cuando levantas la vista de las páginas. Lo que ves se confunde entonces con lo que imaginas, con el mundo que sale del libro que tienes entre manos. Uno puede levantarse del asiento, pasear incluso, escuchar música o dormirse con el ronroneo de la marcha, aunque en los últimos tiempos los móviles hayan matado gran parte de este encanto.
En la década de los ochenta el primer gobierno socialista, el de González y Guerra, decidió –y fue una decisión nefasta para el futuro de España, equiparable a mantener la escuela concertada– cerrar numerosas vías regionales –entre otras la Ruta de la Plata–, las que de verdad vertebran el país, y apostar por la alta velocidad. Ahí comenzó a romperse España. La alta velocidad era una apuesta de relumbrón, movida por el mismo impulso de quienes son pobres pero se compran ropa falsificada, de marca, solo para aparentar. Era el momento previo a los fuegos artificiales del 92. España debía parecer el país más moderno del mundo, debíamos mostrar al mundo que nos habíamos quitado la caspa para siempre y que ya no nos olían los calcetines, como aseguraba Vázquez Montalbán. Luego se desvaneció todo y tuvimos que esperar a la burbuja inmobiliaria para que volviéramos a sentirnos ricos de nuevo.
Desde hace años, los sucesivos gobiernos han prometido a Extremadura un Ave, que en su origen iba a unir Madrid con Lisboa. Con la crisis, el país vecino decidió abandonar el proyecto para momentos más halagüeños, pero el Ministerio de Fomento optó por seguir adelante. En las planificaciones, las obras se aplazan un poco más. Mientras tanto, el tren que une Extremadura con la capital de España está cada vez más degradado, con algunas vías que son de finales del XIX. Son frecuentes los retrasos, las averías, el miedo (real) a que el tren te deje tirado en medio del campo, de noche o de día, en verano o en invierno.
Los extremeños, que en general somos poco reivindicativos (a pesar de la aparente controversia, en el fondo siempre hemos envidiado la capacidad de lucha que ha tenido la sociedad catalana, por ejemplo), parece que hemos salido de nuestro letargo ancestral y nos hemos manifestado en varias ocasiones por un tren digno. No necesitamos un Ave. Solo un tren que nos lleve y no nos descuelgue para siempre del futuro.
LOS QUIERO


sábado, 25 de agosto de 2018

Reseña de NECROSFERA de César Martín Ortiz en PlanVE - Con Ve de libro

Humus

No entres tan deprisa en esa noche oscura es el título de un libro del escritor portugués António Lobo Antunes, pero bien podría funcionar como advertencia para el que quiera adentrarse en Necrosfera, la novela del desaparecido César Martín Ortiz publicada hace unos meses por la editorial Baile del Sol.
De entrada, porque no conviene correr si uno quiere disfrutar de verdad de Necrosfera. Y lo digo por experiencia, porque yo mismo, ansioso por devorar el libro, me metí demasiado deprisa en él cuando lo conseguí, allá por febrero, en Centrifugados, y no tardé en perderme, con lo que enseguida me di cuenta de que exigía tiempo y otro tipo de lectura. Primero, por la propia prosa del autor, cocinada más al modo tradicional que al de la comida rápida, y, segundo, porque la arquitectura de Necrosfera, integrada por trece textos tan heterogéneos que bien podrían funcionar como relatos independientes, es compleja, sin una línea narrativa clara ni unidireccional, sostenida, más bien, por líneas de fuerza, que reclama, como señala Gonzalo Hidalgo Bayal en el texto de la contraportada, “una lectura exigente y radical”, o, lo que es lo mismo, el tiempo y la atención debidos para integrar elementos tan dispares como un mundo hecho a semejanza de las películas de Harold Lloyd, la invención del necrófono o los restos arqueológicos de una sociedad secreta, secular, opuesta a la Iglesia, y que pareció rendir un inquietante culto a la muerte.
Pero el título de Lobo Antunes no sirve como advertencia al lector sólo por esa alusión inicial a la calma, sino también por la idea final de noche oscura, pues Necrosfera tiene mucho de relato crepuscular. El más crepuscular, sin duda, pues está narrado desde un tiempo en el que nuestra especie, la de los homo sapiens, prácticamente se ha extinguido de la Tierra, en un escenario de devastación que recuerda a cierto cine apocalíptico y desde una perspectiva, la de las Personas o la de los Escientes, que contempla nuestros últimos estertores con la fría curiosidad de un entomólogo. En cualquier caso, esa idea de oscuridad es, después de todo, relativa, pues aunque el de Necrosfera sea un tiempo tenebroso, lo es únicamente para la raza humana, pues nada en el libro sugiere que lo sea también para la Tierra, para el Universo o para el propio autor, que parece tener un concepto muy negativo de nuestra especie, a la que retrata como estúpida y miope (ciegas hormigas, podríamos decir remedando a Ramiro Pinilla, aunque también se me viene a la cabeza el título de un célebre tema de Siniestro Total), incapaz de no dejarse llevar, por su instinto fatal, hacia la destrucción.
Necrosfera es, en resumen, una apasionante anatomía del humus, de cómo llega a formarse la “inmóvil capa de muertos situada entre la esfera de las piedras y la esfera de la vida”, el relato del fin de una odisea, la nuestra, una pequeña joya narrativa en la que César Martín Ortiz nos asoma a un futuro inaudito, aunque posible, en el que nos habremos convertido, como especie -por emplear de nuevo una cita, esta vez del célebre soneto de Góngora-, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”, un libro que, en definitiva, no deberían dejar de leer.


viernes, 18 de mayo de 2018

Reseña de NECROSFERA, de César Martín Ortíz en Babelia (El País)

Un gran descubrimiento póstumo

'Necrosfera' es una novela deslumbrante, de prosa tan clásica como transgresora, a la que dedicó los últimos años de su vida el escritor César Martín Ortiz

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
30 ABR 2018 - 18:41 CEST
Autorretrato de César Martín Ortiz.


La experiencia dicta que existen al menos dos posibles relatos de la literatura. El primero de ellos viene sancionado por las esferas del gusto y de la opinión, por los esfuerzos a la hora de generar una canónica y por la estructura de las grandes editoriales, a menudo canibalizadoras del sistema cultural. No resulta muy complejo describir este relato, diagnosticar sus fortalezas y prever sus debilidades. Sus líneas de interés se dibujan con claridad y los nombres que lo conforman vertebran el cronomapa literario de una época. Por debajo, al lado o en paralelo, pero casi siempre oculta ante esta narración “oficial”, discurre otra evidencia de la literatura muchas veces indetectable, invisible en el límite, y que cuando asoma se menciona como circunstancia excéntrica, nota folclórica o apunte para curiosos. La visibilidad del primer relato aplasta, de facto, la existencia del segundo, lo cual puede provocar malentendidos, omisiones e incluso dislates. Baste recordar que sólo la terquedad de Max Brod impidió convertirse en un exponente de este segundo orden a quien con más razón que ningún otro autor pudo declarar: “Yo soy la literatura”.

Esta historia alternativa se construye en condiciones envidiables desde el punto de vista de la creación, pues el motor que la anima es la certidumbre de que la única recompensa que existe en literatura es el texto. Una situación impulsada por cierta formidable necesidad que hace al escritor trabajar desde una ambición desnuda y una desesperanzada audacia. Así, escribir sin esperar nada a cambio que no sea la propia obra parece el punto de partida idóneo para alcanzar un objetivo que no nace de la coyuntura de premios, plazos o recompensas económicas, como buena parte de la producción que sustenta el mercado, sino de la abrupta exigencia del hecho creativo.


A la vista de los datos que poseemos, cabe colegir que César Martín Ortiz navegó aplicadamente por estas aguas ignoradas de la literatura. Tras entregar a la imprenta varios libros de poesía y relato, en 2004 dio la espalda a la edición y no volvió a publicar hasta su muerte, acaecida en 2010, cuando contaba 52 años. Ese silencio editorial no significó, sin embargo, un abandono de la escritura. Al contrario. En los últimos años de su vida, Martín Ortiz escribió con la desesperada ambición mencionada. Y su fruto se encarna ahora en Necrosfera,una novela deslumbrante y soberana, radical en su forma y en su contenido.



La impedimenta que la soporta opera en la estela de las indagaciones filosóficas de Stanislaw Lem, las fantasías especulativas de J. G. Ballardy las conjeturas acerca del animal político que animaron el genio de Miguel Espinosa. Ello no implica una sujeción a las claves de ciertos subgéneros, sino la conquista de un acervo que redunda en la libertad estructural que la novela atesora. Lo que Martín Ortiz faculta en estas páginas es la interacción entre dos mundos: Tierra, un territorio en el que la iniquidad se ha convertido en destino común de la especie, y Madre, un lugar poblado por Personas y Escientes, entes que no admiten ser reducidos a un canon humano y que estudian con desapego etnográfico y desdén oracular las manifestaciones diversas de la sevicia terrícola.

El vínculo entre estos escenarios se satisface mediante el Navegante y el Segundo Piloto, Persona aquél, humano éste, caracteres cuyos trayectos fatigan tiempos y salvan distancias que revisitan a nuestros ancestros y pronostican lo transhumano, pero que se muevan en el pasado o se asomen al porvenir alumbran en ambos casos la indigencia moral que define la existencia en la Tierra. Y es ahí, en la biopsia del gigantesco organismo, donde Necrosfera se muestra como un réquiem anticipado por nuestra ruina, un alegato contra la sinrazón y sus símbolos, y la constatación de una certeza, la inhumanidad, que ya desde la frase de George Steiner que sirve de pórtico al libro no se contempla como excepción, sino como norma definitoria en la aventura del sapiens.

Todo ello servido en una prosa de raro equilibrio e inusitada fuerza, clásica a la vez que transgresora, y que rinde, póstumamente, justicia a un autor a quien hoy descubrimos con la auténtica sal de la tierra: la admiración.

https://elpais.com/cultura/2018/04/26/babelia/1524740013_494939.html

Autor: Martín César.
Editorial: Baile Del Sol Ediciones (2018).
Formato: tapa blanda (410 páginas)

miércoles, 11 de abril de 2018

Reseña de CIEN CENTAVOS, de César Martín Ortiz en el blog de GONZALO HIDALGO BAYAL

«Empecé este cuaderno o documento hace un año más o menos, después de terminar una novela cuya redacción me llevó ocho años o más bien se llevó ocho años de mi vida», escribe César Martín Ortiz (1958-2010) en el texto titulado precisamente «Cuaderno» («no es un cuaderno sino un documento de Word», puntualiza, «pero los escritores todavía hablaban de plumas y de cálamos cuando ya le daban a la Olivetti manual, y hasta a la IBM eléctrica») y habrá que subrayar con esmerado énfasis los ocho años dedicados a esa novela, pues hasta el momento (tan objetivamente prematuro) de su muerte, Martín Ortiz apenas había publicado un par de libros de poesía —Dedicatoria o despedida (1990) y Toques de tránsito (1995)— y tres breves libros de cuentos —Un poco de orden (1997), Nuestro pequeño mundo (2000) y  Paso de contarlo (2004)— de reducido alcance editorial y, salvo tal vez el primero, un tanto a regañadientes. Sospecho, pues, que a partir de 1997, bien fuera por los desengaños de la experiencia, por una consideración adversa del panorama literario o por rasgos esquivos del carácter, Martín Ortiz renunció a la literatura pública y publicada —«paso de contarlo» equivale a un laborioso lema heráldico— y se entregó de lleno y a solas a la escritura. De esa obstinación procede una abundante obra inédita: las novelas A sus negras entrañas, Necrosfera, De corazones y cerebros e (inconclusa) Pecado; las colecciones de relatos Los jardines de belén, Noticias de otro país, El cuchillo de Jorge Cafrune; y estos Cien centavos* que ahora, afortunadamente, se publican, cuyo mérito, sin embargo (me apresuro a subrayarlo), no reside en la vida retirada del autor, ni en el obstinado encubrimiento de su obra, por mucho que nos seduzca esa suerte de exilio al que se acogen quienes deciden abstraerse del mercado editorial (circunstancias a fin de cuentas secundarias, ecos de romanticismos narrativos complacientes), sino en la calidad formal y material del contenido.
Siempre he creído que los buenos libros contienen sus propias guías de lectura, pero Cien centavos incluye, además, su propia reseña: da cuenta a un tiempo del propósito y del resultado, muestra el equilibrio entre ambos términos y aventura su porvenir. Por eso conviene atender a sus palabras: «Me propuse cambiar de tema cada dos páginas, cambiar de género cada vez que me apeteciera y tantear registros con la libertad de quien no se ha propuesto algo importante», se sigue leyendo en «Cuaderno» y tal vez quepan descripciones más minuciosas del contenido de estos Cien centavos, pero nada tan útil como el propósito declarado de su autor. Pues de eso se trata, en suma, no de un libro de relatos tradicional, sino de una suerte de diario narrativo sobre lo inmediato repartido en (si no he contado mal) ochenta y dos textos que acogen narración, reflexión y opinión, por lo que se refiere al género (también algunos poemas), y que combinan, en lo que al autor se refiere, observación, lucidez, humor y melancolía. Es, también, uno de esos libros que no admiten resumen, sólo los elogios del deslumbramiento, pues en su catálogo, tan polícromo como extenso, tienen cabida utopías antropológicas, sociológicas y filológicas, apuntes sobre el entorno del narrador (un local comercial, un accidente, unos vecinos marroquíes, un compañero obsesionado con la carretera que va de J. a S.), semblanzas de caracteres solitarios y, por lo general, desventurados (la mujer ordenada, el hombre mediano, el americano sabático, el joven tarado, la mujer rara), relatos tradicionales en los que el narrador cede el «yo» a personajes anónimos (un camarero, por ejemplo, o una especie de médium de la muerte), lecturas (Bolaño, Garmendia), hábitos y costumbres ( las estaciones alteradas, el cambio de hora, la pólizas de seguro, las romerías, los jardines) o, en fin, sin agotar por ello la enumeración, leves episodios conyugales, mustias rutinas de parejas.
Y en cuanto al destino futuro de Cien centavos bien que me gustaría que se cumplieran, en parte al menos, los pronósticos del autor. «Es posible que cuando esté muerto», escribe, «haya quien diga que es mi mejor libro; a fin de cuentas son cosas por este estilo las que han durado, textos sin mucho encumbramiento ni pretensiones, redactados en una prosa que es de su tiempo y que no aspira a la hermosura ni a la sorpresa, salvo excepciones, porque tampoco en esto he querido adoptar actitudes tajantes y hay días en que uno se levanta con ganas de sorpresa y hasta de hermosura», lo que me ha hecho recordar las palabras con que se refirió fray Luis de León a sus poemas —«entre las ocupaciones de mis estudios en mi mocedad, y casi en mi niñez, se me cayeron como de entre las manos estas obrecillas»—, pues son sobre todo esas «obrecillas» las que seguimos leyendo y celebrando. No lo sé. Sí sé que Cien centavos es un libro íntimo, ajeno a toda ambición y a toda trascendencia, y es por eso un libro que se basta a sí mismo, que no pretende cambiar el mundo ni influir en el curso de los acontecimientos, más próximo a la resignación y la tristeza que a la rebeldía y la militancia,  tan sólo —y es lo que da sentido al todo— el discurrir de una prosa que avanza suavemente por entre las melancolías del atardecer, los mismos atardeceres en que uno imagina al escritor yendo del ordenador a sus paseos y de sus paseos (con perro) al ordenador. Y si me atrevo a poner un límite a los pronósticos del autor —«en parte al menos», he escrito— es porque no habría mejor ventura para las novelas y los relatos a que se entregó durante años César Martín Ortiz, y para quienes admiramos su escritura, que encontrar pronto y adecuado acomodo editorial.
 * César Martín Ortiz, Cien centavos, Baile del sol, 2015