miércoles, 19 de junio de 2013

2013 de Poesía. Día 170. Roberto Vivero

Día 170. Roberto Vivero. Sotierra (2005)


lorenzo zeloy pastoreaba
las abejas gigantes
en los atlánticos campos de cereales.
estaba podomorfe cabe tindaya,
y entre bostezo y cuesco
garabateaba signos solares.
bueno, pues entonces va y llega
platón, para nada, de inspección,
o eso creía lerdo lorenzo zeloy,
máximo ron ayoze para los amigos.
no, no, venía el barbudo platón
a introducir cambios en la atlántida.
no sé, un poco más de materia coloreada,
para que después no pudiera reírse hegel,
tal vez un poco más de lo que llaman nobleza,
para evitar ser apuntillado por ganivet.
el cienporcién originario con denominación,
pastor de hojalata y esposa espuria de europeos,
le echa encima los insectos a platón,
que regresó a su mundo de ideas
hundido donde hölderlin lo dejó a buen recaudo,
no sin antes anatemizar, resecar,
hacer del edén un trozo de luna insípida
con somnoliento devorador de yerbajos.


martes, 18 de junio de 2013

Stoner, de John Williams







And that was one of the legends that began to attach to his name, legends that grew more detailed and elaborate year by year, progressing like myth from personal fact to ritual truth.

[Y esa fue una de las leyendas que comenzaron a ligarse a su nombre, leyendas que fueron haciéndose más detalladas y elaboradas año a año, progresando como mitos desde los hechos personales a verdades rituales.]

Stoner  (John Williams)


Hay muchas formas de llegar a un gran libro. Las principales son: los amigos, la suerte y el aburrimiento. Este descubrimiento fue para mi, consecuencia de una tarde de aburrimiento.


Estaba haciendo un pedido a una web inglesa reiteradamente mencionada por aquí y teniendo una cantidad de dinero que gastar en libros (pequeña cantidad, todo hay que decirlo), no sabiendo que comprar, me puse a vagabundear por la página. Tras mirar mis autores favoritos entre los recientes y no atraerme nada en particular, viendo un libro de esta editorial, la New York Review of Books me acordé de lo mucho que me gustan el 95% de los libros que publica. Así que piqué sobre el nombre de la editorial y me puse a ver libros, muchos de ellos desconocidos para mi. Leyendo argumentos y biografías de autores seleccioné tres de ellos. Este es el único que me quedaba por leer. Los tres han sido estupendos.

Ahora pasaré a  explicar porque esta novela es posiblemente la mejor de las que llevo leídas en todo el año (pongo el posiblemente porque para no ponerlo y nombrarla la mejor directamente me tendría que parar a repasar lo que he leído este año y realmente me da pereza, pero creo que podría ponerle los laureles con facilidad). La novela es no buena ni magnífica, sino magistral. Cualquier buen curso sobre novela debería incluirla. Y yo que no sabía nada de este autor.

John Williams. Una de las poquísimas fotos del
autor que se pueden localizar.

En realidad espero que sea algo excusable no haber sabido nada de él. Su producción literaria es muy corta. Incluye en total cuatro novelas y dos libros de poesía. Pero entre ellas está esta obra de ingeniería literaria. Y también otra (Augustus, titulada en español El hijo de César) que obtuvo uno de los pocos premios literarios contemporáneos que me parecen fiables, el National Book Award, en 1973).

Williams (1922-1994) trabajó en la Universidad de Missouri como profesor (la misma Universidad y el mismo puesto del protagonista del libro) y posteriormente trabajó en la Universidad de Denver. Encontrar muchos datos acerca de su vida es casi imposible salvo unos pocos datos repetidos en todas sus mini-biografías (soldado en la Segunda Guerra Mundial, nieto de labradores, profesor en varias Universidades...). En su introducción al libro, Williams asegura que no hay ninguna relación entre los personajes de ficción y los personajes y hechos reales que vivió durante sus años en Missouri, aunque al lector casi siempre le queda ese regusto de "no se yo... en algo se tuvo que basar para tomar la idea y al menos algunos de los personajes". Aunque eso es lo de menos, obviamente.

Las famosas seis columnas jónicas que son la imagen de la Universidad de
Missouri son todo lo que queda del edificio original destruido por un incendio
en 1892. Detrás el Jesse Hall, repetidamente citado en el libro.

William Stoner es uno de esos personajes que (espero) nunca olvidaré. Un personaje que no podía dejar de recordarme a David Lurie, el protagonista de Desgracia, de Coetzee (otra de mis novelas favoritas de los últimos años). Y no solo por la coincidencia de la profesión de ambos protagonistas, profesor universitario, sino por la idiosincrasia de los personajes. El protagonista es un oscuro y totalmente anónimo docente, cuya capacidad para mimetizarse con el entorno para pasar desapercibido es digna de estudio. Nada rompe la tensión superficial el estanque que es su vida, ni matrimonio ni fracasos personales o profesionales. No nos confundamos no obstante: bajo esas aguas calmas hay corrientes y turbulencias insospechadas capaces de ahogar a cualquiera, empezando por el propio Stoner. Y la forma de narrar esas tensiones interiores es quizá el elemento más hermoso de esta novela. 

Stoner crece como hijo único de los campesinos dueños de una pequeña granja del sur de Estados Unidos. Una granja de esas de las de las novelas de Willa Cather, en la que peleando todo el día contra una tierra inhóspita y dura solo se obtiene una cosecha de una patata y media. Un día sus padres deciden enviarle a "La Universidad" para completar los estudios primarios que ha acabado. Estudios que ellos nunca han tenido y que inicialmente se decantan por motivos obvios a los estudios de agricultura. El hijo pródigo debe aprender y volver a la granja a aplicar sus conocimientos. Pero claro, el fuste torcido de Stoner acaba decantándose (sorpresa, sorpresa) por los estudios de Literatura   y lengua inglesa. La Epifanía en que descubre que son los English Studies los que le interesan es simplemente espectacular, encarnada en forma de un soneto de Shakespeare ("Mr. Shakespeare speaks to you across three hundred years, Mr. Stoner; do you hear him?"/"El Sr Shakespeare le está hablando a usted atravesando trescientos años, Sr Stoner ¿Lo oye usted?").  Pero Stoner tiene varios problemas. Es un sumiso conformista en el sentido más radical de la palabra. Y además tiene un sentido del honor personal y especialmente profesional, asociado a la importancia que da a la labor que desempeña en la Universidad, que no le permite ser conciliador con lo que considera incorrecto sean cuales sean las consecuencias.

El marco histórico puede parecer que son hechos tan "banales" como la primera Guerra Mundial o el crack del 29, pero en realidad el marco es la Universidad. O mejor la vida de un profesor universitario especial y su relación con la vida y su trabajo. ¿Es esta una historia de trasfondo moral? Puede que si. Claro que ¿no lo es cualquier buena historia, al menos en parte?.

La antigua Universidad del Sudeste de Missouri.
Para hacer una película de miedo allí mismo.
Los personajes del libro (todos y cada uno de ellos)  son cautivadores. Los buenos, los malos, los listos, los tontos... Tanto que a veces uno tiene unas ganas irrefrenables de meterse en el libro y comenzar a gritar "¡insensato!, ¿no ves a donde va abocado todo esto?. Todo, tu matrimonio, tu trabajo, tu relación con tu hija". No me puedo refrenar, y mira que he leído libros absorbentes. Todo lo que pasa ante mis ojos, hasta los hechos más simples y cotidianos están contados con una luz que atraviesa el papel.  El inglés de Williams es impresionante, hermoso, capaz de describir en cuatro palabras las implicaciones de una mirada o el sonido que hace la gasa de un vestido sobre un suelo de madera. La vida de Stoner va cogiendo momentum ante nuestros ojos. Se va embalando poco a poco. Casi inapreciablemente. Tanto que a veces nos sorprende su reacción. No esperábamos esa respuesta de ese individuo.  Ha vuelto a evolucionar. Su pensamiento va evolucionando bajo la superficie. Stoner es, ante todo, un individuo digno y coherente con su forma de pensar.

Y aunque todos querríamos oír otra vez esa historia de la gota de agua que con su perseverancia acaba horadando la roca, todos sabemos que no siempre las cosas son asi, que a veces las cosas que ocurren parecen escritas en el éter mucho tiempo atrás. Y muchas veces las historias acaban con un "me lo temía". No quiero decir (líbreme San Blogger del Spoiler) que esta historia sea de esas. Cada uno que descubra el final por si mismo. Pero que quede claro que el final vuelve a ser algo de lo menos importante.

En la obra de Williams está todo lo mejor de los mejores. A ratos me recuerda a Hemingway, a ratos a Cheever, Cather, Steinbeck, a ratos (queda prohibido pedirme una explicación acerca de esto) a Virginia Woolf. Imagino que cada uno, al saborear la obra, tendrá remembranzas de los mejores fragmentos de literatura que haya leído. Dejo aquí el primer párrafo el libro.

William Stoner entered the University of Missouri as a freshman in the year 1910, at the age of nineteen. Eight years later, during the height of World War I, he received his Doctor of Philosophy degree and accepted an instructorship at the same University, where he taught until his death in 1956. He did not rise above the rank of assistant professor, and few students remembered him with any sharpness after they had taken his courses. When he died his colleagues made a memorial contribution of a medieval manuscript to the University library. This manuscript may still be found in the Rare Books Collection, bearing the inscription: "Presented to the Library of the University of Missouri, in memory of William Stoner, Department of English. By his colleagues."
["William Stoner entró como estudiante en la Universidad de Missouri en el año 1919, a la edad de diecinueve años. Ocho años mas tarde, en pleno auge de la Primera Guerra Mundial, recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñó hasta su muerte en 1956. Nunca ascendió más allá del grado de profesor asistente y unos pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases. Cuando murió, sus colegas donaron en su memoria un manuscrito medieval a la biblioteca de la Universidad. Este manuscrito aún puede encontrarse en la Colección de Libros Raros, portando la siguiente inscripci´´on: "Donado a la Biblioteca de la Universidad de Missouri, en memoria de William Stoner, Departamento de Inglés. Por sus colegas"] 
Así que querría que quede claro. Esto es literatura de la buena, emocionante y hermosa. De la más buena. Una obra maestra, no se me llena la boca (ni el teclado) al afirmarlo. De verdad que no tengo ni idea de porqué esta obra no ocupa el lugar que merece en cualquier podio de "ineludibles". En realidad no tiene sentido seguir alabándola, simplemente hay que leerla.

Vaya, otra vez me ha salido un panegírico. Voy para mayor.

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En inglés: John Williams. Stoner. Edt New York Review of Books. 2006. 278 pps.
En español: John Williams. Stoner. Edt Baile del Sol. 2010. 246 pps.

2013 de Poesía. Día 169. Jorge Alejandro Camacho

Día 169. Jorge Alejandro Camacho. Conversaciones (1999)


FÁBULA

No fue un gran traidor
pero fue
y dio mordiscos
y tuvo víctimas
y en fin
trajo las desgracias
propias de los traidores.

Vive feliz.


lunes, 17 de junio de 2013

El zahorí del Valbanera, una novela de Juan Manuel García Ramos

“- Y ya está bien de contarte historias por hoy. Ya sabes más de mi vida que yo mismo, me has hecho memorizar cosas de las que ni me acordaba. Pero te digo algo: tu manera de escuchar mis pasos por esta vida, la atención que has puesto, el interés que me has demostrado, me permite presagiar algo, y esta vez voy en serio, esta vez hablo como zahorí de profesión: algún día te harás escritor y terminarás por contar todo lo que has oído de mis labios.”
(El zahorí del ValbaneraJuan-Manuel García Ramos, colección NarrativaBaile del Sol Ediciones)

Las dos últimas novelas de Juan Manuel García Ramos son ejercicios narrativos en los que el escritor solo quiere contar historias. Se pone fin así al cripticismo experimental que caracterizó muchos de los textos de la generación del 70. Parece que ahora García Ramos, como otros compañeros de aquel fenómeno literario, desea ampliar su círculo de lectores. Llegar a un público que además de reconocer literatura quiere entretenerse, emocionarse con la literatura.
Si en El guanche en Venecia se trataba de un texto que se acoplaba cómodamente y sin sonrojarse al género de la novela histórica, el escritor apuesta ahora con El zahorí del Valbanera por la memoria familiar y también la fábula en un texto desconcertante para los que hayan seguido la producción literaria de su autor.
En este sentido, El zahorí del Valbanera es un libro que entretiene y, lo que es mejor, contagia emociones. Una novela que parece escrita más con el corazón que con la cabeza, lo que a mi juicio maximiza el interés de una obra que en apenas un centenar de páginas hace conmover y, de alguna manera, reconciliarme con las raíces de la geografía que habito.
En su nueva novela, Juan Manuel García Ramos no camufla intenciones, y ya desde el principio avisa que se trata de un libro en el que quiere reivindicar la memoria de su abuelo, pero también de todos aquellos canarios que en algún momento de su vida se vieron obligados a marcharse de su tierra por necesidad.
Esta temática resulta inquietantemente actual con los tiempos siniestros que vivimos, aunque hay otras reflexiones que empapan las páginas de un libro que se lee de una sentada.
Por un lado, describe con vigor narrativo la conexión –debido a las circunstancias– que unió durante unos años de penuria los destinos de Canarias y Cuba. Y por otro, permite al escritor reflexionar sobre la atlanticidad, pieza maestra que forma parte del discurso en el que se apoya el imaginario de García Ramos.
El zahorí del Valbanera es además una novela cuidadosamente didáctica, en la que su autor repasa y subraya cómo afecta a sus protagonistas, en especial a José Aquilino Ramos, su abuelo materno, lo que significa ser testigos involuntarios de la Historia.
Un relato, el de la Historia, tan caprichosamente próximo al mito de Sísifo.
No abruma sin embargo el escritor con precisiones, obsesiva cronología de los hechos. No, Juan Manuel García Ramos no quiere resultar denso ni pedante. Muy al contrario, apuesta por la síntesis. En su novela lo que de verdad importa es la reivindicación de la memoria de un hombre que no lo tuvo fácil en la vida.
Un hombre bueno, que mantiene un diálogo con su nieto, el mismo escritor, mientras cuenta pedazos de una existencia entregada al trabajo en una tierra que no era la suya pero que terminó siendo algo así como suya tras su regreso a Valle de Guerra, localidad del nordeste de Tenerife con la que parece García Ramos quiere ajustar cuentas. Saldar una deuda histórica.
Como novela, El zahorí del Valbanera me parece así más sincera y menos pretensiosa que El guanche en Venecia. Lo que explica su grandeza. Quizá sea porque aquí ya no se trata de reivindicar nacionalismos extremos, recurriendo para ello a un mito más cercano al hombre de acero que a la realidad sino, precisamente, por narrar desde la distancia de un observador implicado la errática existencia de un canario de a pie. La de un hombre que se fue con lo puesto a otro lugar en el que tuviera la oportunidad de manifestar el concurso de sus modestos esfuerzos.
Tiene esta novela-memoria-fábula momentos que conmueven, y logra el escritor algo fundamental para todos aquellos que, como quien ahora les escribe, pide a una novela: que le entretenga y despierte emociones.
Ha logrado además que la leyera de un tirón. Sorprendido por el relato, por el cuadro que hace de un hombre que obedeciendo a su voluntad de presagio, salva su vida y la de sus tres amigos cuando el Valbanera, el barco que más tarde desaparecería en su trayecto hacia La Habana, hizo escala en Santiago de Cuba.
Sí se le puede reprochar a García Ramos una vez leída la novela que el lector exija más. Pero esto es así porque, al menos fue mi caso, José Aquilino Ramos pasó a formar parte de mi familia.
Ya he dicho que El zahorí del Valbanera despierta demasiadas emociones. También recuerdos de personas que han marcado mi existencia y que hoy, desafortunadamente, están ausentes.
Comparto así muchas de las emociones del autor, y agradezco su sereno equilibrio porque el libro nunca cae en lo cursi, en lo fácil. En explotar la lágrima ridícula.
Mencioné antes que está escrito en forma de un diálogo donde el abuelo materno narra su historia y en la que su nieto revela sus impresiones, la nostalgia ¿amarga? de recuperar una vida que hizo del trabajo su catecismo con el único objetivo de regresar a su tierra natal.
Concluyo, citando al autor de El zahorí del Valbanera:
“El nieto huye de idealizar a su abuelo, de convertirlo en una vida ejemplar, de aquellas que leía en los colorines de su primera infancia, pero no puede dejar de considerarlo una buena muestra de lo que fue la vida para muchos valleros de su época, abocados a salir de sus lugares natales a buscar el sustento y la dignidad negados por sus entornos de origen. La emigración siempre es una manera de negarnos a ser lo que otros quisieron que fuésemos. La emigración siempre es rebeldía, y esa actitud era la que el nieto admiraba en su abuelo cansado y vencido, arrepentido por no haber dado a su descendencia lo que él fue a buscar a América, una vida distinta, un mundo abierto, una alternativa a la condena dictada por lo alrededores del lugar de nacimiento.”
Saludos, he dicho, desde este lado del ordenador.

http://www.elescobillon.com/2013/06/el-zahori-del-valbanera-una-novela-de-juan-manuel-garcia-ramos/


2013 de Poesía. Día 168. Santiago Bolaños

2013 de Poesía. Día 168. Santiago Bolaños. Entre las venas (2005)



Si pudiera...
Si pudiera recortar la noche,
la tela negra que fragua tus ojos.
Si pudiera...
Si pudiera fraccionar el pan,
más allá de mi silencio solidario.
Si pudiera...
Si pudiera elevar mis hombros
por encima de la justicia ahogada.
Si pudiera...
Si pudiera cambiar el pensamiento
erróneo y vagabundo que pasea por la oscuridad.
Si pudiera...
Sentirme hombre. Inmenso, llano y dividido.
¡Si pudiera...!


domingo, 16 de junio de 2013

‘Qué bien, qué bonito’, plegarias atendidas Ivica Prtenjaca, 2013 | Novela

Qué bien, qué bonito (Baile del Sol, 2013) es la primera novela publicada del escritor croata Ivica Prtenjaca (y, de momento, la única), un autor reconocido mayormente por su obra poética, pero que también ha publicado un libro de cuentos y una obra de teatro. Qué bien, qué bonito es asimismo la única obra de Prtenjaca (Rijeka, Croacia, 1969) volcada al castellano y no un acontecimiento su edición (cosa que desagradaría al propio Prtenjaca), pero sí una alegría, una bendita y gran alegría para sus lectores futuribles. La narración, que podríamos considerar tal que una nouvelle (137 páginas) cuenta la vida de un escritor de provincias, procedente de Rijeka, y que se viene a vivir a Zagreb, la capital de Croacia, a trabajar en una librería de inminente apertura. Así nos lo cuenta el propio narrador en la primera página: “Tengo treinta y cuatro años, por fin tengo trabajo. Venderé libros en una librería que acaba de abrir, pero siempre me he considerado, escritor”.
A Ivica, el narrador de Qué bien, qué bonito (y que comparte el nombre y diferentes datos biográficos con el propio autor) nos lo encontramos en las primeras páginas yendo camino de su trabajo, ilusionado -hasta cierto punto-, impaciente y preso de una precaria y engañosa esperanza. Así lo expresa él:“voy hacia mi trabajo, hacia un futuro mejor y hacia la seguridad. Voy a un lugar, a cualquier lugar. Y eso me basta”. Pero ese luminoso aserto se matiza pronto, con la laxitud del desasosiego: “planeo emborracharme cuando me llegue la primera paga”. Y es que nos encontramos con Ivica justo después de un período en el que “de verdad que me había hundido y humillado hasta el final” y ahora ha crecido, y no puede ya más tomar la excusa de la renuncia, sino que tiene que tirar hacia delante, como sea, evitando atragantarse con su propio veneno, nos dice. O emborrachándose para hacer llevaderos los tiempos muertos.
El protagonista del libro, Ivica (“Juanito”, su correspondencia española), es un hombre proclive a los ensueños y, poco a poco, nos va dejando ver muestras de su personalidad de raigambre tragicómica. Así su relación con la vida no es medular sino marcada por una geometría de equidistancias: tan lejos como cerca de todo, del amor, de la felicidad, de la dicha, del infortunio. Pero resulta cómico en su sarcasmo, Ivica, y, aún más, en una socarronería indeliberada; trágico en su belleza prístina, que surge en el lugar más imprevisto. Él lo expresa así: “la mentira no es más que una herramienta de la exageración, nada terrible”. Y sobre sus gustos, nos dice: “sentido del humor, eros, inteligencia, bondad y belleza”. Su jefa en la librería lo constata de un modo más prosaico: “contigo no le va a tocar la lotería a ninguna”.
Aparte de la misma ciudad de Zagreb (y a excepción de una visita final -fugaz- a Rijeka) hay dos lugares o espacios preferenciales -y simbólicamente exiguos- en la novela: la casa -alquilada- de Ivica y la librería donde trabaja. La librería, que se llama Gloria (nótese la guasa), abierta sin ningún anuncio ni publicidad y que no tenía más de cincuenta metros cuadrados, sirve para la convivencia de Daniela (la jefa), quien “se fumaba dos cajetillas de Ronhill blanco al día”, Iris, “estudiante de filología checa y literatura comparada sin terminar”, y él mismo, Ivica, “estudiante de filología yugoslava sin terminar, jugador de balonmano fracasado, poeta con dos libros publicados, un hombre que hacía tiempo había decidido ser escritor, hacía mucho tiempo”. Más tarde se les incorporará Mirna, “una estudiante de filosofía e indología […] una cría mimada de Zagreb“. La casa donde vive Ivica es un habitáculo mínimo, un piso de cuarenta y ocho metros cuadrados y que consiste en una habitación y media, un piso con balconcito y poco más, repleto de las pertenencias abandonadas por sus antiguos propietarios: sábanas, juegos de los niños, etc. Espacios mínimos, libertades ínfimas, que contrastan con la opulencia industrial de Zagreb, ciudad que alberga a más de la mitad de la industria en Croacia.
La trama de la novela se sustenta es el modo en el que Ivica tratará de sobrellevar su “completa soledad y aislamiento” y que le amarra a Zagreb y le subyuga, la manera en la que Ivica será capaz (o no) de matar el tiempo libre (que le ahoga) y ese sensación suya de no saber qué hacer consigo mismo, cómo bien manejarse. Y de cuál será el sortilegio poético (o la plegaria atendida, si se quiere) y la conjura casi mágica -el amor- que le permitirá salir de sí mismo, desatender a su malestar y a su soledad. Su modo de aceptar la natural sedimentación de unas cosas por sobre otras, esa gravedad que alienta la construcción de la historia individual y que le será proporcionado gracias a la intermediación casual de Ema, su vecina y estudiante de bachillerato, de diecisiete años y con la que tiene un romance que, como él mismo dice, le salva.
Estructuralmente la narración se va construyendo en torno a pequeños dilemas, leves lances, encontronazos livianos, comprimidos en capítulos breves, en torno a la media docena de páginas cada uno. Y, en ellos, los recuerdos, los sueños antiguos, las pérdidas. Así el enamoramiento infantil de Buga Busic, “una niña guapa, rubia, inteligente y callada, educada estrictamente y siempre formal”, la muerte de su amigo Kristian, la seducción fallida con Daniela, un robo en la librería, etc . Hay muchos y variopintos pasajes, algunos hermosos y poéticos, otros más humorísticos (algunos un poco forzados, como por ejemplo el capítulo “Día de tempo insólito”), los menos: dramáticos. Y es que hay un mantra que se repite en la narración de Ivica Prtenjaca y es este:“la mejor manera de no llorar es reír”. Pero hay muchas formas de reír y, además, la risa no tiene que provenir necesariamente de la comicidad, esa es la lección de Qué bien, qué bonito. La mayor de las virtudes de Prtenjaca, de hecho, es que provoca la risa que emana del propio deseo por reír, un afán que sosiega calamidades y desdichas, y no desde el nihilismo o la tristeza o la gracieta chusca.
Dice el traductor Francisco Javier Juez Gálvez en el prólogo que hay un rasgo que distingue a Prtenjaca y es “el optimismo de su aproximación a la novela, frente al sombrío pesimismo de sus colegas”. Un optimismo que, por establecer analogías para el lector español y con escritores de filiación más o menos parecida y con libros recientes en el mercado ibérico, sería equiparable al del Ugo Cornía de Sobre la felicidad a ultranza, pero menos forzoso y autoimpuesto (ergo más autoirónico). También podría pensarse en el Bora Cosic de El papel de mi familia en la revolución mundial, solo que bastante menos estrambótico. Diría, para que se me entienda, que estaría en la estirpe del primer Danilo Kis; es decir, no por la vía de Borges, sino de Schulz. O dicho de otra manera: Qué bien, qué bonito podría ser el bello epílogo para un cuento de hadas imposible en esta contemporaneidad nuestra, la del inútil y alocado mirar poético postmoderno que intenta resarcirse de la mediocridad de esas pequeñas vidas nuestras, casi cómodas, habituales y que nos colman “con su terrible, antiheroica estupidez”.
J.S. de Montfort
http://www.paisajeselectricos.com/2013/06/12/que-bien-que-bonito-plegarias-atendidas/

2013 de Poesía. Día 167. David González

Día 167. David González. Once poetas críticos en la poesía española reciente (2007)


LAS MANOS

Las manos,
me decían mis padres
antes de sentarme
a la mesa a comer,
lávate bien
las manos.
No alcanzaban
a comprender
que los niños
las tenemos siempre
limpias.