lunes, 21 de diciembre de 2020

EDIFICIO NAUTILUS de Inma Luna en El Imparcial


Inma Luna, poesía y cotidianeidad



Estoy atrapado en la belleza y el talento de Carl Sandburg, lo que hay en mí de escritor se interesa por él. Sandburg me da el mundo de la literatura. Ya en casa me encuentro con dos libros recién enviados por Tito Expósito, editor fuerte, que hojeo con una feroz curiosidad: la archiconocida Stoner de John Williams, novela elogiada por Enrique Vila Matas, entre otros, y Edificio Nautilus, de la poeta de gran detallismo realista, Inma Luna.

Voy imaginando los mundos de Julio Verne al leerlo, experto en mundos que son una tormenta mental. Sorprende su título. Lo excepcional es encontrar el edificio adecuado, hallar una voz propia – esa especie de victoria que siempre crea un reto para cualquier escritor. La cotidianeidad hace que Inma le dé a su imaginación la oportunidad para saltar libremente. No faltan los poemas familiares, los de humedecerse los ojos con el agua fría del mar, los de apoyar la cabeza en el hombro de otra persona y que las lágrimas rueden por las mejillas y sean enormes y pesadas. No hay páginas en este libro que no sondeen el pasado, el futuro se alía para tomar del pasado su aliento y después lo transforma, ocurriendo algo que no le da miedo. La poesía, si es de verdad, está dentro de uno, está en todo aquello contra lo que nos rebelamos. Como toda poeta verdadera, Inma Luna nada, se sienta en los cafés, está escribiendo sobre el tema de la muerte. No oculta sus referentes, de una belleza sin tacha.

No es Inma Luna la primera, ni será la última, afortunadamente, en ofrecernos un libro de poemas traducido al portugués. Me fascina la poesía portuguesa, tan en boga en las últimas décadas. La personalidad de la autora me lleva a disfrutar, revolviéndolos en mi interior, cada verso de Edificio Nautilus (Poesía A Sul), traducido por Fernando Cabrita. De vez en cuando, como ocurre en las primeras páginas, la poesía de Inma oye silbar al trenecillo oriental: “Capitán Nemo / soy cangreja ermitaña / en tu Nautilus” (“Capitão Nemo / sou carangueja eremita / no teu Nautilus”). “Piedra con piedra / en su respiración / tiembla el paisaje” (“Pedra com pedra / na sua respiração / treme a paisagem”)

El eco de la voz de Pessoa se encuentra detrás de los días que rugen vacíos. El mar es otro de los temas recurrentes en este poemario. Excelente me resulta el que habla de la intención de la espuma: “En cada ola / la intención de la espuma / impredecible” (“Em cada onda / a intenção da espuma / imprevisível”). Es heredera de la poesía Clarice Lispector, quien decía: “La lentitud es belleza / copio estas líneas ajenas / respiro / acepto la luz”. Sigo con Inma: “Cuando vivía sin escalas / no había estos embates trastornados / tampoco este fulgor de las prolongaciones”. La autora madrileña ha conseguido en Edificio Nautilus, que sus haikus – estrofa de origen japonés con aire magnánimo, a pesar de su brevedad – se alejen de las naderías y superen la montaña de dificultades para integrarse y unificarse en la madurez. Leves pinceladas pero tan grandes como una máquina parecen, las más de las veces, sus poemas más largos. “Me imaginé a mi padre buscando el mar / pero él nunca lo hizo / En un triángulo de trapo recogió un puñado de tierra / como un horizonte manejable / para marcar el límite de mis expectativas / Encuentro sus palabras escritas y sus rosas / me asomo a la ventana / doy un mordisco al vacío salino / Me imagino a mi padre buscando el mar”.

Nos encontramos ante una poeta autobiográfica que nos lleva a su mundo con ella. En un poema que se titula “Seguiremos bailando” nos dice: “La puerta de la casa está entornada / nos hemos rescostado sobre los cabeceros de papeles / escritos / una palabra / una sola palabra más / para sentirnos para sentirnos”. Fue Eugénio de Andrade quien escribió: “Haz una llave, aunque sea pequeña, / entra en la casa. / Consiente en la dulzura, ten piedad / de la materia de los sueños y de las aves”. La poesía es adivina y sabe cómo, por qué y dónde nos desviamos todos. Es mirar al campo con conocimiento y perspicacia, mirar al campo de exterminio, al campo de fresas prodigiosas o al campo de minas tras los arbustos. “La poesía mira al campo / la poeta / dispara”. Poeta de línea auténtica, Julio Verne con Inma Luna no es un sueño olvidado hace mucho tiempo. Se sienta en su diván y sorbe una bebida fría. Una de sus citas es esta: “Durante el monzón del este, las aves del paraíso pierden las magníficas plumas que rodean su cola. Los falsificadores recogen esas plumas y las adaptan con mucha destreza a una pobre cotorra, previamente mutilada. Luego tiñen las suturas, barnizan al pájaro y lo venden”. (Veinte mil leguas de viaje submarino).

Destaca en Inma Luna la capacidad de traer con entusiasmo cada una de las anécdotas cotidianas. Este poema sin título puede servir de ejemplo: “La surfera abandona la playa; la pescadora / es poderosa y humilde; las olas continúan reventando / de espuma la escollera. / Si Stendhal hubiera sido mi vecino no habría precisado / ir a Florencia para experimentar el jamacuco”.

Quizá la literatura sea eso: no temer los momentos que crean nuestra soledad o lanzan serpentinas de hierro que dibujan círculos. Pequeños poemas inteligentes, pulcros, los de Inma Luna, que hablan de los cimientos de una casa sin murmullo de ira, de paseos junto al mar, de olas que revientan con una amabilidad extrema, un libro de necesidades oscuras y necesidades vitales, con el bello don de la emoción directa.

Miguel Ángel Gómez


https://www.elimparcial.es/noticia/209133/opinion/inma-luna-poesia-y-cotidianeidad.html


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sábado, 19 de diciembre de 2020

BAJO LAS RAMAS DE LOS UDALAS de Chinelo Okparanta en The New York Times

De 1967 a 1970, el estado nigeriano de Biafra intentó, pero no logró, su independencia, en una guerra civil que dejó un millón de muertos. Cabezas separadas de sus cuerpos, desmembramientos, inolvidables niños famélicos, imágenes quemadas en la retina colectiva de la época. En Bajo las ramas de los udalas, la primera novela de la escritora nacida en Nigeria Chinelo Okparanta (después de su colección de cuentos, La felicidad, como el agua, que fue preseleccionada para el Premio Caine), la protagonista, Ijeoma, es una niña, espectadora de esos días horribles. Su padre se niega, por principios, a esconderse en el búnker familiar y muere en un ataque aéreo. Su madre, incapaz de soportar esta pérdida, se derrumba. No todo el mundo se eleva al heroísmo en tiempos difíciles. Incapaz de cuidar a su hija, deja Ijeoma a un amigo en otro pueblo, un profesor de secundaria y su esposa, para que la utilicen como su sirvienta.

Allí Ijeoma conoce a Amina, una chica aún más a la deriva que ella, separada de su familia en el norte del país. Ijeoma convence a la maestra para que acepte a su nueva amiga como segunda ama de llaves. A partir de ahí las dos chicas se enamoran de inmediato, tan jóvenes y vitales, tan distantes de todo lo que conocen, que podrían haberlo inventado.

Cada historia establece sus coordenadas, sus intersecciones de tiempo y lugar, pero en este libro los mapas de la narración se barajan y, a medida que la guerra termina, la Nigeria de los años 70 se desvanece como telón de fondo -árboles udala para sentarse, ñame machacado para la cena-. La historia que se desliza sobre ella se lee de manera muy parecida a las novelas de lesbianas americanas de los años 50. Ijeoma aplica la clásica estrategia de ser homosexual en una sociedad ignorante: suprimir el deseo, ceder a él (tan delicioso), perder un amante en el mundo convencional (¿a quién culpar?), probar la idea realmente mala de un matrimonio forzado, encontrar el bar clandestino (tocar tres veces), sentir el asombroso poder en el roce de las yemas de los dedos (de la mano derecha).

Las dos chicas son, por supuesto, descubiertas en un momento íntimo, y luego, inmediatamente separadas. Amina se queda con el profesor, mientras que la madre de Ijeoma es requerida para que lleve a su hija de vuelta y se ocupe de su sano juicio. Al principio mamá no entiende cuál es el problema, e Ijeoma se ve obligada a explicárselo. Okparanta, una escritora elegante y precisa, capta la agitación interna que precede inmediatamente a ese momento: "Me encontré a mí misma desvaneciéndome en mis pensamientos. Me imaginé alejada del tiempo y del lugar. O mejor dicho, me imaginé en un lugar donde nada había sucedido en el pasado y nada sucedía ahora, y en el futuro nada sería la consecuencia de todas las cosas que habían sucedido antes."


Mamá demuestra ser una oponente formidable. Armada con el cristianismo, ataca el incipiente lesbianismo de su hija con el estudio diario de la Biblia. Desde el Levítico, Marcos, Romanos, ella reúne todos los ejemplos que cree que serán persuasivos. Su lógica es a veces hilarante. Cuenta una historia del Libro de los Juicios en la que un grupo de alborotadores del pueblo desciende sobre un levita y su prometida, con la intención de violarlo. El levita les ofrece a su prometida en su lugar. La madre de Ijeoma interpreta esto como un comportamiento justo: la sodomía del hombre habría sido una abominación a los ojos de Dios.

Claramente, Ijeoma tiene un largo camino por delante para convencer a su madre... y para averiguar cómo ser ella misma y vivir en una cultura profundamente conservadora.

Una vez que termina la escuela, ella y su madre dirigen una pequeña tienda. Un día, una joven profesora, Ndidi, entra en la tienda. Se produce una conversación de flirteo ("Si había alguna confusión por mi parte sobre cuál era la conexión entre nosotras, en este punto toda la confusión desapareció").

A pesar de su dulce relación bajo el radar, Ijeoma sigue siendo susceptible al acoso de su madre, y se casa con un hombre. Todo en la unión es triste, incluso su casa. "Tantas cosas viejas y que se están desmoronando, era un hogar que alimentaba nuestro mal humor. Si hubiera podido hacer todo eso, el propio hogar se habría enfurruñado con nosotros.".

El libro funciona en un modo de narración, una reminiscencia en bucle de una Ijeoma adulta. Algunas veces incluso se adelanta para dirigirse al lector en un tono confidencial. Hay pocas florituras estilísticas; Okparanta prefiere hacerse a un lado y permitir que Ijeoma cuente su historia con sencillez, dando a la novela una sensación de intimidad.

William Gibson supuestamente dijo: "El futuro ya está aquí. Solo que aún no está distribuido uniformemente". Lo mismo ocurre con el pasado. El matrimonio entre homosexuales es ahora legal en Estados Unidos, pero en Nigeria, como escribe Okparanta en su nota de autora, las relaciones entre personas del mismo sexo son actualmente delitos penados con hasta 14 años de prisión y muerte por lapidación en los estados del norte. Okparanta escribe que espera que su novela dé "a los ciudadanos marginados de Nigeria del L.G.T.B.I.Q. una voz más poderosa y un lugar en la historia de nuestra nación".

Este sentimiento encuentra una dulce manifestación en el lecho de Ijeoma y Ndidi, que dice conocer un pueblo donde "el amor puede ser amor". Cada noche cambia el nombre del pueblo. Una noche es Aba. La siguiente es Umuahia. "Finalmente tengo que reírme", dice Ijeoma. "¿Cómo es que este pueblo puede ser tantos lugares a la vez?".  "Todos ellos están aquí en Nigeria", responde Ndidi. "Verás, este lugar será toda Nigeria."


viernes, 18 de diciembre de 2020

Sobre EL AGUA DEL BUITRE, de Andrés Ortiz Tafur en la ContradeJaén

"Al coronavirus espero no dedicarle ni una línea en mis libros"

Por Javier Cano - Octubre 21, 2020
"Al coronavirus espero no dedicarle ni una línea en mis libros"
Ortiz Tafur posa con su libro en la iglesia ubetense de San Lorenzo.

Andrés Ortiz Tafur (Linares, 1972) presenta estos días su último libro, El agua del buitre (Ed. Baile del Sol), una colección de relatos cortos protagonizados, en su mayoría, por la temática social. Con cinco obras ya a sus espaldas, el escritor vuelve a apostar por un género en el que se mueve como pez en el agua y para el que reivindica una consideración que, a su parecer, los lectores españoles le niegan. 

—De sus cinco libros, cuatro son de cuentos. Parece que se siente usted cómodo en este género, ¿no?

—Esa es la palabra, sí, comodidad, o más bien seguridad. Es un género que me da esa seguridad y reconozco que mi favorito como lector. Al final la cabra tira al monte y si lees muchos cuentos, acabas escribiéndolos.

—¿Cuáles son sus referentes, qué autores marcan su trayectoria como narrador breve?

—Los americanos me gustan mucho: Auster, Monroe, Carver... Lillo, que ahora saca su próximo libro, y también muchos españoles que me aportan mucho, como Juan Carlos Márquez, Miguel Ángel Zapata, Carlos Castán... En el género corto se están haciendo cosas muy bonitas en España.

—Pero, ¿cree usted que en España el género del cuento, del relato breve, tiene la consideración de la que goza en otros países?

—Cuando visito los institutos incido mucho en las ventajas del género corto; ahora que vivimos entre tantas prisas, da una oportunidad para sacar un ratito al dia y leer. Pero, como a la poesía, en este país no se le da el sitio que merece, son los grandes denostados entre los géneros literarios españoles, donde prima la novela o el ensayo, no como en Estados Unidos, por ejemplo.

El agua del buitre: ¿cómo define su nueva obra literaria Andrés Ortiz Tafur?

—Definir un libro de cuentos es difícil; además no hay un mensaje común ni en este ni en ninguno de mis libros. Por lo que me cuentan los lectores, parece que hay mucho tema social, y evidentemente así es. El libro parte de un modo muy triste, no es la alegría de la huerta precisamente, es áspero, con cuentos que cuentan la realidad de nuestro tiempo a mi estilo, que es un poco particular.  

—¿Qué tiene de particular ese estilo al que alude?

—Que me recreo un poco en el surrealismo, por ejemplo.

—Curioso título el que ha elegido...

—Alude a un barranco, un salto de agua que hay en La Toba, en Santiago-Pontones, por donde yo pasaba muy frecuentemente. Es muy bello y me quedaba horas mirándolo, siempre pensé que un libro mío se iba a llamar así y ha sido este. Es un pequeño homenaje.

—La temática del libro entronca quizá con la obra de grandes autores de los 50 como Cela, Delibes y otros que engendraron, precisamente, el conocido como realismo social. ¿Qué asuntos aborda El agua del buitre, Andrés?

—Por ejemplo, hay un cuento que habla mucho sobre la vejez, el abandono de las personas mayores; también trato los fracasos amorosos, hay uno de maltrato hacia las mujeres, otro de bullying... pero ha sido sin querer, ha salido así.

—Y el coronavirus, ¿se ha colado en el libro también?

—No, al coronavirus espero no dedicarle un minuto, bastante le he dedicado ya en artículos. Que escriba sobre él la próxima generación.

 Numeroso público se dio cita en San Lorenzo para conocer el nuevo libro de Ortiz Tafur, presentado por Luis Foronda. Foto: Fundación Huerta de San Antonio.
Numeroso público se dio cita en San Lorenzo para conocer el nuevo libro de Ortiz Tafur, presentado por Luis Foronda. Foto: Fundación Huerta de San Antonio.

https://lacontradejaen.com/libro-tafur-jaen/

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jueves, 17 de diciembre de 2020

Reflexiones: LA TRANQUILA VIOLENCIA DE LOS SUEÑOS, de K. Sello Duiker en Queer Consciousness

 "Crecer es una actividad traicionera. Nunca la ves venir". - Mmabatho



Para mi cumpleaños el año pasado, un buen amigo me regaló La tranquila violencia de los sueños de K Sello Duiker. Nunca había leído el libro y mi amigo insistió en que lo leyera, así que me lo compró. A menudo me gusta contar cómo los libros me llegan porque el viaje del libro a mi pequeña biblioteca a menudo cuenta sobre el libro en sí. Así que hay una historia sobre el libro antes de que yo llegue a la historia del libro. Justo antes de empezar a leer este libro, vi que estaba en la lista de "100 lecturas africanas", así que estaba emocionado de empezar a leerlo.

El título es cautivador, La tranquila violencia de los sueños, y captura absolutamente la esencia del trabajo de K Sello Duiker.


La salud mental es uno de los temas de los que menos se habla en las comunidades negras sudafricanas, y este libro lo sitúa en el centro del escenario. A las personas que crecían con enfermedades mentales se les llamaba a menudo personas hechizadas, y a menudo no recibían ningún tratamiento real. Incluso hoy en día las personas con enfermedades mentales vagan por las calles de los municipios sudafricanos sin ninguna asistencia médica real. Este libro muestra cómo las personas sin enfermedades mentales están tan poco preparadas para tratar con personas con enfermedades mentales.

A menudo pensamos que conocemos la línea que separa lo bueno de lo malo, lo normal de lo anormal, lo demente de lo cuerdo, pero la realidad es un poco más compleja que estos casos. Cuando Tshepo, el protagonista, es admitido en una institución mental en Ciudad del Cabo hace esta observación, que me pareció muy reveladora:

"Aquí todo el mundo sabe que hay más locos por ahí, y que la mayoría de ellos son políticos, abogados, jueces, contables y banqueros. Parece solo una cuestión de suerte que nosotros estemos aquí y ellos estén allá afuera."


Tshepo está aquí en el punto de mira sobre la imprevisibilidad de la vida y cómo solo depende de nosotros y el resto quedemos a mano de los caprichos del universo (cualquiera que sea la forma en que el universo esté representado en tu vida). La imprevisibilidad de la vida y las opciones que se dejan al azar se revelan más adelante en el libro cuando nos enteramos del traumático incidente que Tshepo tuvo en su niñez cuando vivía en su casa familiar y la consiguientemente relación conflictiva relación que mantendrá en el futuro con su padre.

Nunca conocí a Duiker personalmente, pero al leer este libro me inclino a creer que era feminista o que creía en la filosofía feminista. A través del personaje de Mmabatho vemos la dificultad, a veces desgarradora, que tienen las mujeres para navegar en las relaciones con los hombres en una sociedad patriarcal como la nuestra. Atesoré los momentos en que Mmabatho dialogaba consigo misma sobre sus tumultuosas relaciones con los hombres; se capta cuando dice:

"Llevo demasiado tiempo cargando con la depresión residual de relaciones fallidas... Me he estado engañando a mí misma de que podría domesticar el amor, de que podría conocer a un hombre en mis propias condiciones cuando me conviniese. He estado leyendo demasiadas revistas, escuchando demasiada psicología pop y expertos que solo parecen haber logrado llevarme a más confusión.... Y lo triste es que nunca lo sabrá. Nunca sabrá la cantidad de preparación que se necesita para ser mujer, el grado de precaución. Nunca sabrá cómo lucho conmigo misma, con otras mujeres. Para él seré solo otra mujer llorando porque las mujeres hacen eso... Una mujer tiene que ir lejos para buscarse a sí misma."


Ciudad del Cabo y sus complejidades raciales, espaciales, de clase, de género y de sexualidad son un rasgo destacado de la novela, y de manera brillante. Tshepo incluso tiene una teoría de Ciudad del Cabo y es condenatoria. Su teoría de Ciudad del Cabo apoyaría algunas de las recientes acusaciones de que Ciudad del Cabo es racista y no funciona para la gente que vive en los Cape Flats y Gugulethu. Los artículos fueron publicados aquí, aquí y aquí. Cuando Tshepo, que es negro, conoce a Chris, que es de color, se ve el residuo del apartheid en la forma en que interactúan entre sí. Ves las cajas en las que los sudafricanos se meten unos a otros, y cómo no sabemos mucho unos de otros, y aparentemente no nos importa. La lectura que Chris hace de Tshepo es cómica y esclarecedora cuando lo describe:

"Es un poco mimado, uno de esos negros que fueron a las escuelas de Larney y aprendieron a hablar con ellos (los blancos). También se viste como ellos (los blancos). No usa tackies All Star como los demás (negros), nunca come pan blanco -ya sabes cómo son (los blancos) sobre la salud- y a veces escucha 5fm."


Aunque las fuerzas de la oscuridad eventualmente se tragan la relación entre Chris y Tshepo, cuando Chris hace lo impensable a Tshepo, es esta relación la que primero experimenta las tendencias homosexuales de Tsepo. Tshepo se enamora de Chris pero nunca deja que Chris lo sepa. Leyendo las dos páginas dedicadas exclusivamente a lo que Tshepo siente por Chris, me emocionó, de cuando me enamoré de mis amigos heterosexuales creciendo y no sabiendo qué pasa y cómo canalizar esos sentimientos. La comprensión de que estás enamorado es a la vez estimulante y desconcertante. Tshepo describe su enamoramiento de Chris:

"Hay determinación en sus ojos, como alguien que persigue locamente al sol aunque solo quiera estar en paz. Hay una determinación de hacer o morir en él. Es devastador mirarlo. Solo quiero correr hacia él y ser tragado por su sensual presencia. Quiero desaparecer para siempre en sus ojos."



Siempre estoy a favor de las historias que muestran a hombres negros enamorándose de otros hombres negros. Es una narración que falta en la literatura sudafricana y siempre es un placer leer tales historias. Muchos han lamentado que el hecho de que los negros amen a otros negros es un acto revolucionario, y me inclino a estar de acuerdo.

Una de las características sorprendentes de Tshepo es que miente a todo el mundo. Casi todo en su vida está oculto a las personas que son sus amigos y conocidos. Supongo que siente que no puede confiar en nadie con la verdad, su verdad, y por lo tanto se ve obligado a mentir incluso sobre las pequeñas cosas que realmente no necesitan mentir. Esto me hizo pensar en la cultura de la mentira en este país y lo penetrante que es, desde las personas más altas del gobierno hasta la gente de la calle. Incluso cuando decir la verdad no causará daño o vergüenza, la gente elige mentir.

El viaje de Tshepo lo lleva a trabajar como trabajador sexual en un "salón de masajes" masculino en el distrito gay. Irónicamente (o tal vez nada irónico) es durante su período como trabajador sexual que Tshepo se descubre a sí mismo. Aquí es donde explora su propia sexualidad, y cómo estar algo cómodo con esa sexualidad en el mundo. A través de su trabajo en la agencia de acompañantes clandestina, aprende mucho sobre la gente y sus diferentes viajes a través de la interacción con ellos como compañeros de trabajo y como clientes. Una de esas interacciones es con Afrikaans hablando en occidente, un compañero de compañía que se convierte en un amigo cercano, y dice que se convirtió en un trabajador del sexo porque "no estaba preparado para ser una víctima de los mediocres". Y describe mediocre como casarse, tener hijos y luego divorciarse. Otra interacción fascinante es con un cliente llamado Peter, que le dice a Tsepo:

"La verdad es que me he vuelto perezoso, complaciente. Es una cosa sudafricana inglesa... En los viejos tiempos aprendí que odiar el afrikáans era una forma conveniente de sugerir que estás condenando al gobierno sin tener que hacer nada al respecto. Era una excusa porque mientras los bóer se llevaban la culpa, nosotros, generalmente, nos aprovechábamos."


K Sello Duiker realmente captura la intersección de raza, clase, sexualidad que impregna las experiencias de los sudafricanos en esta maravillosa novela. Capta la dureza de la sociedad sudafricana y la naturaleza violenta de la restricción de las identidades y opciones de la gente. En particular, capta las dificultades que incluso los negros de clase media "larney" experimentan al navegar por las creencias y estereotipos sobre los negros de los años del apartheid.

Hacia el final del libro, el protagonista Tshepo dice, "tal vez siento que moriré joven.... La muerte me está pisando los talones en mis sueños". Esto es conmovedor solo porque K Sello Duiker se suicidó en 2005, y al leer este libro me llamó la atención el sentido de "la vida imitando al arte" de ese pasaje. En ese sentido no puedo sino estar de acuerdo con Siphiwo Mahala que describió a K Sello Duiker diciendo "Duiker es para la literatura lo que Steve Biko fue para la política, ambos murieron a la tierna edad de treinta años pero dejando huellas imborrables en nuestra memoria colectiva". Y yo añadiría, aunque en circunstancias diferentes, que ambos profesaron de alguna manera sus muertes.

Lo que saco de esta novela y lo que esta novela representa para mí está plasmado en la interacción entre Tshepo y West después de hacer el amor por primera vez y de ir a nadar después. West le dice a Tshepo mientras yacen en la oscuridad en diferentes camas en la misma habitación en algún lugar de Stellenbosch "debes ir a donde te lleve el amor, incluso cuando vas hacia los problemas". Imagina una Sudáfrica donde todos hicimos eso.

Lwando Scott

https://queerconsciousness.com/the-quiet-violence-of-dreams/


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martes, 15 de diciembre de 2020

Reseña de EL AGUA DEL BUITRE, de Andrés Ortiz Tafur en EL PESO DE LAS PALABRAS

 

EL AGUA DEL BUITRE, UN LIBRO HECHO FUEGO

Cuando comienzo a escribir la reseña de un libro, en ningún momento me planteo si lo que escribo cuadra con la intención del autor. Sepan los autores que sus libros, una vez caen en las manos de cada lector, dejan de pertenecerles, y que un libro, una vez escrito, su único fin es la lectura y eso lo convierte en un elemento polisémico, con cientos de miradas que ojean y se apropian de cada palabra, de cada historia y de cada interpretación.

'El agua del buitre' (Edit. Baile del sol), de Andrés Ortiz Tafur, es un libro de cuentos para leer despacio, porque, a veces, es tal su brutalidad que requiere detenerse y digerir su intensidad. He leído todos los libros que ha escrito Andrés Ortiz Tafur (me gusta este segundo apellido), y siempre que edita uno nuevo, vengo a él  con la certeza de que me voy a encontrar con el disparate, un cruento disparate o un irónico disparate, con un surrealismo amable, porque ¿quién no querría patear una piedra y que, mientras rueda, recitase versos de Machado?, y otras cruel, como ese hombre que yace con la cabeza cortada y deambula entre recuerdos, a la espera de ser echado en falta y de que su cadáver sea hallado. Y casi siempre, cuando acabo cada cuento, suelo decir en voz alta: "¡Qué cabrón!", porque, en los relatos de Tafur, el giro inesperado surge en cualquier momento y sus finales son el cierre de todo drama, como dice el protagonista del relato Sábado noche, sé que la película termina mal. 

Si Cortázar hablaba de la coma como la puerta giratoria del pensamiento, el estilo Tafur (ya dije que me gustaba este apellido, este fenómeno) encierra la posibilidad de todos los finales, y siempre va a elegir el más descabellado y el que mejor aderece el drama, ya sea un conflicto de pareja, en El hundimiento o en San Antonio, o los miedos infundados a ser atacados por una amenaza que ni tan siquiera existe, en El espejismo. 


Nadie piense encontrar en esta lectura realidades edulcoradas, no, cada historia es un caramelo amargo por la realidad que expone, porque constatamos que existe ese alguien dispuesto a lanzar una piedra que acaba matando lo que nos une e ilusiona, en Golpe a golpe. Porque la enfermedad, la vejez y el abandono de los hijos pesa y envilece, y la ausencia de amor destruye, y la soledad comba colchones, y el deseo materializado, a veces, es una la realidad que salta en pedazos, y el engaño mata, y el miedo conduce a la locura...


Andrés Ortiz Tafur es otra forma de escribir cuentos, 'El agua del buitre' es la prueba indiscutible de ello.

https://viviendoenlaspalabras.blogspot.com/2020/11/el-agua-del-buitre-un-libro-hecho-fuego.html?spref=fb&m=1&fbclid=IwAR3Ej_y9ZXfrd9Ob36yhfuJdT-yMy577LLOrutqStCJxfJ4RQT50pwwXDG4


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martes, 8 de diciembre de 2020

Sobre LA MUJER QUE HUYE, de Anaïs Barbeau-Lavalette en leDroit Numerique

 El camino hacia ti desde La Mujer que Huye

Valérie Lessard


Anaïs Barbeau-Lavalette


Cuando se presentó en Ottawa para inspeccionar los barrios donde creció y murió su abuela, Anaïs Barbeau-Lavalette no podía prever que su pluma la traería de vuelta a la región como presidenta honoraria del próximo Salon du livre de l'Outaouais.

"Es como si siguiera el camino del salmón, que está volviendo a su fuente", afirmó alegremente al otro lado del teléfono.

Porque fue aquí donde dio sus primeros pasos como novelista, siguiendo los pasos de Suzanne Meloche, la abuela que nunca conoció. Esposa del pintor Marcel Barbeau. Casi un firmante de la "Denegación Global". Poeta y artista. De mujer a hombre. Y una madre que abandonó a sus dos hijos en 1952.

"Cuando me propuse penetrar en el secreto de esta mujer, no había ninguna línea de modestia", dice. "Todo lo que encontré, lo escribí. Todo lo que me perdí, me permití imaginarlo."

Si no se censuró a sí misma, es porque estaba impulsada por la "ternura", alimentada por "el combustible de la reconciliación".

"Me encontré amando a esta mujer por escrito", admite Anaïs Barbeau-Lavalette. "Porque terminé conociéndola al indagar en su historia. No era solo una niña que abandonaba."

Como cineasta, Anaïs Barbeau-Lavalette se describió a sí misma como una "visitante" del mundo literario. Ya había firmado Je voudrais qu'on m'efface y Embrasser Yasser Arafat. Sin embargo, fue La mujer que huye la que la "enraizó" en el medio. "Gracias a los lectores", dice.

Un año y medio después del lanzamiento de su novela, que ha ganado varios premios (el Prix littéraire France-Québec y el Prix des libraires), la escritora dice que está tan sorprendida como conmovida por la reacción del público ante su viaje y el de su abuela.

"Nunca podría haber imaginado la magnitud del fenómeno", dice. Cada día recibo cuatro o cinco testimonios de personas que me han leído. Todavía es algo muy conmovedor para mí, estos momentos de compartir."


Está aún más encantada de que La mujer que huye haya tocado un amplio espectro de personas, desde los primeros lectores hasta los más experimentados, de todas las edades y orígenes.

Como si el libro fuera oportuno, dice.

"Hay algo universal en la paradoja que encarna mi abuela. Todo el mundo está, en algún momento, dividido entre la necesidad de libertad total y la voluntad de echar raíces, de involucrarse. Pero estas dos sedes, estos dos impulsos, no siempre van bien juntos..."

Anaïs Barbeau-Lavalette también cree que su forma de sumergirse en un Quebec poco conocido cuenta mucho en la cálida acogida de la gente.

"El Refus (manifiesto antisistema y antirreligioso publicado el 9 de agosto de 1948 en Montreal por un grupo de dieciséis jóvenes artistas e intelectuales quebequenses) global raramente se ha mencionado, estos hombres y mujeres que crearon y aspiraron a cambiar la sociedad a su manera, diciéndolo desde dentro." Un ardor que atrae a las nuevas generaciones.

Hoy en día, La mujer que huye se lee en unos 40 colegios. "Cuando voy a su encuentro, veo cómo los jóvenes se identifican con el ardor de estos artistas, sin importar si nacieron aquí o vienen de otro lugar: se reconocen en este deseo de salir del molde." 

Como ella misma se reconoció en él, escribiendo "sin manipular" su impulso, transportada por la sinceridad y el ardor de sus propias palabras.

 "Ofreces un libro al mundo que termina resonando en la intimidad de la persona que lo lee. Por lo tanto, cada libro vive en un espacio único, ya que aborda la individualidad del lector, que es un país en sí mismo...".

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Reseña de Caja de Bestias/Caixa das bestas, de Begoña Paz en Diario Nós

 


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