martes, 10 de junio de 2014

Ramón J. Soria Breña : “Nuestra cultura gastronómica es un tesoro que debe estar vivo en cada casa y no en los libros de recetas o en los restaurantes de postín”

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Por Alonso Barán
Hola lectores de Entretanto Magazine. Hoy tengo el gusto de poder entrevistar a Ramón J. Soria, un gran escritor y mejor persona. Colabora con Entretanto Magazine desde sus inicios, así que es toda una autoridad en esta revista cultural y ya es hora de que le conozcamos un poco su persona y no sólo desde la óptica de redactor y crítico gastronómico a la que nos tiene acostumbrados.

Hola, Ramón. Es un placer hablar contigo.
Hola, Alonso. Es placer es mío.

¿Por qué decidiste ser escritor?
Es algo que no se decide, Pero más que escritor soy sobre todo lector. De todas formas creo que todos somos escritores, todos llevamos en la vida muchas novelas vividas, a veces aburridísimas, unas pocas interesantes, varias imaginadas. Algunos inconscientes nos ponemos a traducir a palabras esas historias, siempre para no olvidarlas.

Paraísos glotones es una sección de ET en la que colaboras. Háblanos de cómo surgió esta idea y qué objetivos consideras que has cumplido tras su escritura.
Estábamos hartos de los críticos gastronómicos tipo gurú u obispo preconciliar o cazador de tendencias o pijo obeso chulito al que le gusta comer raro. Los críticos eruditos y con fundamento son muy escasos, casi todos ya están muertos: Domingo, Luján, Montalbán… Quedan unos pocos muy brillantes y libres, yo admiro por ejemplo a Miquel Sen, que aúna experiencia con erudición, claridad con un sentido crítico insobornable. Pero faltaba una crítica más íntima y subjetiva, basada en una experiencia glotona que pudiera ser novelada con libertad. “Paraísos glotones” va de eso, de analizar los mejores restaurantes del mundo que son además raros, desconocidos, algunos extintos, pero desde los ojos de un glotón curioso e irreverente, no de un gourmet. El reto era demostrar que el objetivo de un restaurante es darnos guisos bien cocinados, realizados con alimentos de calidad con los que el glotón se entusiasme, sea feliz por un rato y desee repetir el guiso. Si un plato no te incita y te seduce como para desear otra ración es que no vale nada.

Tu libro Los dientes del corazón, ¿por qué decidiste escribirlo?
Hay miles de blogs de cocina, miles de libros de recetas, cualquier famoso que se precie debe escribir un libro de guisotes aunque no sepa hacer ni un huevo frito. Por otra parte, como sociólogo investigador y experto en el sector de la alimentación y bebidas, los datos son demoledores, cada día los españoles comemos peor, la obesidad y el sobrepeso son una epidemia médica, se hace cada vez menos “cocina de diario”, Arguiñano sigue luchando por evitarlo, pero va perdiendo esa batalla. Parece todo lo contario con la moda de los cocineros en la TV, pero las estadísticas del Instituto Nacional de Consumo son muy claras, de ellas se puede deducir que la “dieta mediterránea” está en peligro de extinción, la cocina tradicional es pura arqueología y cada vez hay menos españoles y españolas que sepan cocinar y cocinen cada día, con gusto, por necesidad, salud y placer. La excusa fundamental, a parte de la pérdida de la cultura gastronómica familiar, es la falta de tiempo, el considerar la cocina como innecesaria o no imprescindible, poco más o menos que un entretenimiento, un hobby. Están de moda los grandes cocineros españoles, los guisos innovadores, la cocina étnica, los productos gourmet y todo eso está muy bien siempre que no se pierda lo más valioso, que es la cultura culinaria de cada pueblo, de cada familia. Ahora hay una iniciativa legislativa para introducir la cultura gastronómica como asignatura en la educación obligatoria, sólo espero que ya no sea demasiado tarde. Otros países han perdido totalmente esas culturas alimentarias en una o dos generaciones y nosotros vamos hoy por el mismo camino.
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En parte la intención de esta colección de recetas noveladas es esa, explicar que cocinar “nos hizo humanos” y que nuestra cultura gastronómica es un tesoro que debe estar vivo en cada casa y no en los libros de recetas o en los restaurantes de postín. Cocinar, preocuparnos por lo que comemos y comen los nuestros es muy importante, primero porque de ello depende nuestra salud, pero también porque cocinar y comer es una de las actividades más creativas, reconfortantes, terapéuticas y filosóficas que conozco. Cocinar no es una actividad que nos robe tiempo, al contrario, nos regala un tiempo de disfrute cuyo resultado hace feliz a quien come lo que nosotros guisamos. Al menos por unos minutos, y eso ya es mucho.
Mis recetas noveladas proponen algunos guisos que cualquiera puede repetir, pero también cuenta lo que de invisible hay siempre en esa experiencia, lo que sueña o vive el cocinero, cualquiera que cocine, lo que tiene de aventura, de placer, de vivencia memorable. Cocinar es siempre un viaje hacia lugares que inventaron otros, pero cuando llegamos a ellos, descubrimos que esa invención es también nuestra.

Me gustaría que los lectores escribieran sus propias recetas noveladas, sería una forma preciosa de recuperar nuestra cultura gastronómica perdida.

Resulta obvio que tienes un buen paladar. ¿Qué es lo que más te gusta comer?
Como de todo y me gusta comer de todo, no tengo ningún prejuicio, ninguna filia o fobia especial. Por mi formación como antropólogo sé que los alimentos “buenos para comer” son el producto de un larguísimo destilado de sabiduría tanto en la elección de la materia prima como en su preparación culinaria. Así que si un pueblo come algo con una determinada preparación, aun los alimentos en apariencia más raros, extraños o repugnantes, es porque son nutritivos, no son tóxicos y están ricos. A veces nuestro paladar lo rechaza, claro, no lo entendemos, pero en general comer guisos de otras culturas suele sorprendernos por lo contrario, porque nos gusta, aunque jamás lo hayamos comido antes.
Pero también, como antropólogo sé que no puedo escapar de mi memoria gustativa, lo que más nos gusta comer es lo que nos formó el paladar como glotones, los guisos de nuestra infancia. Así que me gusta mucho la cocina tradicional que me toca la memoria, las legumbres, las fritangas, perdón, las frituras, las frutas maduras de temporada.  Por eso es tan importante que los niños de hoy  no pierdan los sabores cotidianos de la dieta mediterránea, porque si no la experimentan, los sabores añorados de su memoria serán los snacks, los choripanes, los precocinados cargados de saborizantes, los dulces hiperedulcorados y cargados de química, añorarán de adultos todo eso y no el sabor de un tomate en sazón, un melocotón maduro, un pedazo de pan recién salido de la tahona, unos salmonetes fritos o un pilpil de momia, perdón, de bacalao en salazón.
Me gustan sobre todo los guisos cocinados con alimentos de temporada, cercanos, baratos, que ya comían mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuela, aunque ahora utilice técnicas y tecnologías de mi siglo XXI para prepararlos y hacerlos apetitosos.

¿Qué opinión tienes sobre la comida rápida?
La comida rápida no es sana o, mejor dicho, comer rápido no es sano, eso dice la nueva pirámide de los alimentos elaborada por los médicos expertos en nutrición europeos. No sólo importa comer alimentos de calidad sino hacerlo despacio, sobre la mesa del comedor, con la televisión apagada y teniendo una conversación agradable con quienes nos acompañan. La industria de la comida rápida es potentísima y con unas estrategias de propaganda muy efectivas y muy estudiadas, pero su uso cotidiano implica delegar nuestra responsabilidad como ciudadanos autónomos, soberanos de su alimentación, en unas corporaciones cuyo objetivo es tener millones de dólares de beneficios, no que tengamos una dieta saludable. Cada cual es libre de alimentarse como guste y de morir como le apetezca, pero la comida rápida es una costumbre propia de un estilo de vida muy poco saludable. No hace falta hacer ciencia ficción con esta idea, basta ver los datos estadísticos atroces de obesidad, sobrepeso y graves enfermedades producidas por esa dieta en los Estados Unidos.

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Has ganado varios premios como escritor. ¿Cuál es el que te hizo más ilusión y por qué?
Premios pocos, pero me hizo mucha ilusión el de recetas noveladas convocado por la revista Gastronomía Alternativa cuyo cuento está en este último libro y se titula “sopa de tierra”, primero porque el jurado estaba lleno de exigentes gastrónomos y segundo porque el premio era en especie, en este caso muchas botellas de excelentes vinos y cavas de las mejores marcas. También me hizo mucha ilusión otro convocado por la Cofradía del queso de Cantabría, el premio, además del monetario, espléndido, constaba de una gran cesta con una selección de quesos cántabros cuya lenta degustación me hizo muy feliz. En cuanto salga un concurso cuyo regalo sea un Jamón Ibérico Puro de Bellota me presentaré con todas las armas.

¿Tienes algún proyecto literario en mente?
Siempre. Muchos. Te hablo de los que tienen que ver con los pucheros. Estoy terminando una novela de aventuras que es la historia de amistad entre una jovencísima cocinera marginal y borroka y un gran y famoso cocinero retirado debido al alzheimer. Siguiendo con la cocina, preparo junto a mi amigo Luis Felipe Torrente Sánchez-Guisande un libro de viajes que se titulará: “Por Rutas Cerderistas o Cerdícolas” en el marcaremos los caminos invisibles y heterodoxos de los amantes del cerdo en España. Este país es muy cerdófilo, sin embargo las formas y ritos de consumo de su carne, las preparaciones culinarias y el significado cultural de ese canibalismo es muy distinto de una zonas a otras hasta el punto de que, por ejemplo, bajo la denominación de “morcilla” está tanto una morcilla fabricada con sangre y arroz como otra cuyos ingredientes son calabaza, pimentón y tocino, nada que ver una con otra. Así, en lugar de El Camino de Santiago o La Ruta de la Plata o una ruta Verde, la gente podrá hacer una Ruta Cerderista y sorprenderse hasta qué punto el cerdo une a los pueblos y alimenta los mitos de las patrias, sobre todo de las chicas…

¿Te ves más con un gorro de Chef o con una pluma de escritor?
Desde que me emancipé de mi familia con veinte años he cocinado todos los días de forma habitual, siempre he sido “amo de casa” y también por esas fechas comencé a escribir ficción, siento que ambos trabajos son muy similares. Otra cosa es ser cocinero profesional, esa ya es otra historia, ese trabajo es de los más duros, precarios, arriesgados, inciertos y peligrosos que hay, además de ser uno de los trabajos más difíciles. Yo admiro muchísimo a los cocineros profesionales, anónimos o famosos, en especial a uno que además de gran cocinero, de esos que pasarán a los libros de historia, es un estupendo escritor, me refiero a Abraham García, su cocina toca nuestra memoria, aunque juegue con alimentos exóticos y preparaciones modernas. Lo que hace Abraham es muy, muy difícil, porque inventar sin referencias culturales un guiso es muy fácil, es el arte por el arte, pero tocar el cielo sin dejar de estar en la tierra y en la memoria es muy complicado. Abraham hace ese tipo de cocina que no sólo está rica y es sorprendente, sino que te apetece repetir el plato al momento y volver otra vez.

Sé que te gusta la pesca. Yo nunca he entendido este deporte. ¿Qué es lo que te aporta a ti y por qué te gusta tanto?
Practico la pesca a mosca sin muerte en ríos salvajes y con peces salvajes, en lugares bellísimos, poco conocidos.  Se trata además de una pesca muy activa, para la que hay que estar muy en forma porque no paras de caminar, saltar, vadear ríos rápidos, torrentes de montaña en los que si no andas listo te juegas el tipo. Lo considero un deporte de riesgo, nada que ver con el tópico del pescador sedentario dormitando en una silla bajo una sombrilla. Pero explicar que significa pescar así es muy largo de contar. Hace algunos años comencé un blog en el que intento explicar despacio todo eso:
http://mihijoelpescador.blogspot.com.es/

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Recomienda algún restaurante a los lectores de Entretanto Magazine.
Ahí si me pillas. Todos los que aparecen en Entretanto Magazine son muy, muy recomendables, pero ya que admiro mucho a Abraham García recomendaría el Viridiana. Ve a comer a su casa en compañía de quién ames y te aseguro que esa noche triunfas. No digo más.

jueves, 5 de junio de 2014

Crisis, por Jorge Majfud


Editorial Baile del Sol. 141 páginas. 1ª edición de 2012.

Creo que conocí el nombre de Jorge Majfud (Tacuarembó, Uruguay – 1969) cuando, en la Feria del Libro de Madrid de 2009, algunas editoriales independientes tuvieron la simpática idea de intentar promocionar -a través de un encuentro en el que se hablaba sobre la calidad de las obras y los pocos frutos que había dado su promoción- al worst seller de la editorial. Baile del Sol presentó a este encuentro la novela La reina de América de Jorge Majfud.
El año pasado hice un pedido de mis propios libros a Baile del Sol, y a la lista añadí algunos de los títulos de la editorial que me apetecía leer; y que yo compro al precio especial de autor. Entre estos libros, que recogí en la estación de correos cercana a mi casa, me llegó Crisis (2012) de Majfud. Creo que su portada –a mi juicio la más atractiva de un libro de Baile del Sol-, elaborada con un dibujo de Ernesto Camacho Jr. y diseñada por Ramón Buzón, contribuyó al interés por esta obra del extenso catálogo de Baile del Sol. A este detalle casi aleatorio de la portada, se unía mi interés por los autores hispanoamericanos y el tema de esta novela: la comunidad latina de Estados Unidos.

En la contraportada del libro (imagino que escrita por el propio autor) se nos dice: “Crisis es una novela-mosaico cuyos protagonistas son múltiples y son uno solo. El mosaico, sin principio ni final, se compone de diferentes momentos del drama, las angustias y las esperanzas de los inmigrantes hispanos en Estados Unidos en el contexto de la Gran Recesión. (…) El mosaico, la unidad hecha de fragmentos, es la gran nación hispana en el corazón del gran país anglosajón.”

La novela se compone de diferentes fragmentos narrativos, que bien podrían ser tomados por microrrelatos. Su presentación es siempre la misma: Fecha, evolución del índice bursátil Dow Jones, un lugar y una hora. Por ejemplo:

Miércoles 15 de octubre. Dow Jones: 8.577
Orofino, Idaho. 6:30 PM

El índice Dow Jones marca la evolución de la crisis financiera que, como al resto del mundo, afecto a Estados Unidos entre los años 2008 y 2009. Así, en la primera anotación del libro, en la página 11, nos encontramos con un Dow Jones que marca los 13.058, y que en la página 65 ha descendido hasta los 6.598. Entre esos números se desarrolla los dramas propuestos en la novela.
En los fragmentos de Crisis nos acercamos a diversos personajes latinos que han de enfrentarse a una situación que normalmente les provoca un choque cultural. En muchos casos, estos choques culturales tienen que ver con la mirada con la que los norteamericanos observan a los latinos, una mirada cargada, en más de un caso de clichés culturales: los latinos son machistas, violentos, no saben mantener la distancia adecuada entre las personas… Y los latinos que pueblan las páginas de esta novela habrán de enfrentarse a las limitaciones que esos tópicos les imponen como ciudadanos, en un contexto en el que el trabajo se está empezado a volver cada vez más precario para los menos favorecidos, entre los que se encuentran ellos mismos. Y la “crisis” a la que alude el título de esta novela será, por tanto, económica, pero también será una crisis de identidad. En este sentido me ha conmovido la escena en la que un grupo de personas en un restaurante aplauden a unos veteranos de guerra y una mujer latina empieza a aplaudir también por no sentirse excluida, ante la indiferencia de un anglosajón, que parece mostrar así su rechazo a la guerra. Esta escena será luego narrada por la mujer a su marido latino, quien cargará sus palabras contra el anglosajón no patriótico.

Los contrastes culturales de los que se ocupa esta novela se pueden observar, con claridad, en este párrafo de las páginas 54-55: “Mira sentado al borde del río de la Fifth. Nadie se toca al pasar. Es ese espacio que meten los anglos entre uno y otro. El mismo espacio que meten entre una voz y la otra. Los latinos se tocan, se interrumpen y se solapan en sus discusiones. Hay un metro normal entre dos amigos que hablan y un segundo entre un argumento y el otro. Ellos son más fríos, más crueles, más respetuosos. Indiferentes. Uno no se imagina cómo se miran y se seducen sin correr el riesgo de ser demandados por acoso. Uno no se imagina cómo hacen el amor con veinte centímetros de distancia entre uno y otro.”

Los enfoques de la novela son múltiples: se usa la primera persona, la segunda o la tercera; se habla de inmigrantes recién llegados, o de segunda o tercera generación, que critican a los recién llegados porque no se “adaptan”; se muestran las voces de políticos en un debate de televisión enfocado a latinos; hombre, mujeres; jóvenes pandilleros violentos o profesores universitarios intelectuales; también aparecen bastantes páginas en las que un profesor comenta ideas sobre una tesis universitaria sobre el valor simbólico de los superhéroes en la cultura norteamericana…

Los personajes son múltiples, aunque en muchos casos se repitan los nombres (principalmente los de Ernesto y Lupe); y en más de un caso parece que se esté hablando de la misma persona de la que ya leímos fragmentos de texto anteriormente, con otro nombre y localizado en otro lugar de Estados Unidos. En más de un caso hay un persona –normalmente identificado con el nombre de Ernesto- que nos podía hacer pensar en un trasunto del propio autor: en Nueva York nos encontramos con “Ernesto, el uruguayo de la libretita de cuero” (pág. 54); y en la página 66 aparece otro Ernesto que es escritor, y que ahora se encuentra en California; en otras páginas y otros lugares habrá más Ernestos que parecen ser profesores de universidad interesados por el contraste entre la cultura norteamericana y la latina.

La construcción del lenguaje de la novela parecía, a priori, algo complicado: si se quiere dar voz a toda la comunidad latina de Estados Unidos ¿cómo hacerlo?: ¿Mezclando todas las variantes idiomáticas del español de Hispanoamérica con construcciones propias del inglés? ¿Un personaje habla con deje mexicano, otro chileno y otro salvadoreño? Jorge Majfud elige para escribir Crisisun registro del español culto; y en realidad casi todos sus latinos (o el narrador que habla de esos latinos) se expresan con un lenguaje cuidado, cargado de una leve poesía melancólica, bastante parecido; salvo por alguna pequeña variante que consigue dar al texto un sabor localista. Así, en la página 11 nos encontramos con términos como “perros hermanos” y “jimadores”, que identifico con mexicanismos. Me interesa detenerme en una construcción lingüística como la siguiente: “un día me había cruzado con una mara, una patota como le dicen allá”, en la que gracias a esas palabras contrastadas (“mara” y “patota”) conviven dos variantes latinas en la misma comunidad.

Al pensar en Crisis me viene a la cabeza la obra del escritor Junot Díaz. Sus tres libros publicados, dos de cuentos (Los boys y Así es como la pierdes) y una novela (La maravillosa vida breve de Óscar Wao); aunque están escritos originalmente en inglés, tratan de temas parecidos a los de Crisis: la integración de una comunidad latina (en su caso la dominicana) en Estados Unidos. Pero podría apuntar, que las historias de Díaz, partiendo de una mirada más estrecha (la comunidad a la que él pertenece, la dominicana) logra un cercanía mayor con el lector porque nos habla de personajes concretos con unas peripecias más desarrolladas que las del libro de Majfud.

Creo que me hubiera gustado más leer una novela sobre la experiencia concreta (con una secuenciación de escenas) de uno sólo de los “Ernestos” propuestos en la novela (reflexiono sobre la construcción novelística: desde lo concreto uno debe aspirar a la experiencia universal); pero la apuesta de Majfud me parece compleja, y como lector agradezco los riesgos que toma. Me ha gustado acompañar en esta aventura-mosaico latina a un nuevo autor hispanoamericano, acercarme a la obra de Jorge Majfud, compañero de editorial.

martes, 3 de junio de 2014

Palabras de amor para esta guerra, de Begoña Abad

Por Alberto García-Teresa/Revista Youkali

La poesía de Begoña Abad se ha caracterizado siempre por una dicción clara y un tono menor que potencia la cercanía y que sirve de vehículo para un discurso crítico muy marcado, especialmente en el ámbito antipatriarcal y antiautoritario. Frente a la deshumanización, esos recursos formales apuntan a una reivindicación de facto del contacto, de la expresión lírica como algo habitual, fuera de lo extraordinario y del patetismo. De ahí sus Palabras de amor para esta guerra; para la guerra social, para la lucha de clases que llevamos siglos perdiendo.
Los poemas, que en su práctica totalidad no van titulados, se agrupan por núcleos temáticos sin división externa, y, en cierta medida, se encadenan y otorgan una gran unidad al libro. En ellos, Abad apela a la vida sencilla, humilde, fuera de los liderazgos y de la egolatría, donde se recupere la honestidad y con la que nos libremos de los convencionalismos sociales. Desde un “yo” sólido, consciente de la complejidad de cada persona, exhorta al respeto y a la empatía para permitir la convivencia y la dignidad. Además, se muestra muy hábil para, sin perder la contención, la cual le permite moverse con delicadeza por la ternura y la rabia, elaborar afilados dardos. Abundan, de hecho, poemas muy breves, en los que brilla la autora por su concisión.
A su vez, sabe construir alegorías con pocos elementos aunque ya consolidados y ciertamente gastados (las hormigas o el redil para hablar de la sociedad o el vuelo como superación y huida, por ejemplo –recordemos el título de su anterior poemario, Cómo aprender a volar–). Palabras de amor para esta guerra constituye un canto a la deserción de este sistema, y por eso bastantes piezas consisten en una autoafirmación de resistencia e insumisión, impulsadas por una esperanzada convicción en la revolución y un
anhelo radical de fraternidad.
Finalmente, se debe mencionar que la reflexión sobre el acto de escribir, por primera vez en su obra, adquiere una gran relevancia. Se manifiesta como una tensión entre la necesidad, el deseo y la entrega. Con todo ello, Begoña Abad publica una exaltación de la comunicación, de los vínculos, de la vida más allá de la mercancía.

sábado, 31 de mayo de 2014

Adiós, vaquero

Ruzinava-adiosvaquero
Por JOSÉ OVEJERO
En Graceland, una novela del sudafricano Chris Abani, el joven protagonista mira a su alrededor y se pregunta “¿Qué tengo yo que ver con todo esto?”. No hay pregunta que defina mejor la adolescencia, esa fase de tu vida en la que te sientes apresado por lo que te rodea pero al mismo tiempo lo que te rodea te parece pertenecer a un mundo ajeno: tus padres son alienígenas, tus profesores hablan idiomas que desconoces y habitan en una dimensión diferente a la tuya; buscas consuelo en gente de tu edad pero eso no te hace sentir mucho mejor, porque es como estar en una burbuja que puede estallar en cualquier momento. Suponiendo que de verdad te sientas mejor con gente de tu edad.
No es el caso de Ruzinava, la protagonista de Adiós, vaquero, de Olja Savicevic Ivancevic. Ella no encuentra un solo lugar que pueda llamar suyo. En la aldea croata en la que vive, además, no hay espacio para el que es diferente. Las guerras tienen ese efecto: crean bandos irreconciliables y solidaridades estúpidas. Solo lo homogéneo es aceptado. Y Ruzinava asiste con perplejidad a ese intento de clasificación que expulsa lo que no encaja en los raseros locales: “La vecina con la que discutíamos en la escalera común en más de una ocasión se cagó en nuestra puta madre alemana.  Y toda nuestra familia se cagaba en su puta y pérfida madre serbia. Pero en realidad nunca supimos quién era qué, y nos cogió por sorpresa que todos supieran lo que éramos mejor que nosotros.” Como aquellos judíos que solo se enteraron de que lo eran cuando quemaron sus tiendas o los maltrataban por la calle.

En la Aldea Vieja, donde vive Ruzinava, la gente es rápida en adjudicarte una categoría y hacerte pagar por pertenecer a ella. Por ejemplo, su hermano Danijel era demasiado afeminado para no tener un futuro preprogramado de víctima. O la loca Marija, que se empeña en no separarse de la gente “normal” aunque la insulten y la golpeen. O el viejo profesor, al que pegan una paliza por maricón, o porque sí, por el gusto de señalar a alguien que no pertenece al grupo y descargar sobre él la rabia acumulada. Una rabia que sería difícil decir de dónde viene: en la novela se habla del calor, del polvo, de la pobreza, de la locura. Y solo de pasada intuimos el trauma de los habitantes de esa ciudad croata. Al que se añade el trauma personal de la protagonista.
Años después de haberse marchado a estudiar a Zagreb, Ruzinava regresa a casa de su madre. A menudo, el regreso es una forma de querer aplacar a ese animal voraz, la nostalgia, volver allí donde podríamos haber sido felices para serlo por fin y que el pasado salde la deuda que tiene con nosotros. Pero la nostalgia está ausente en esta novela de la croata Olja Savicevic. En las descripciones que hace de las calles y los lugares de su infancia no hay un ápice de amor, de simpatía. Como si todo, incluso los momentos alegres, que tuvo que haberlos, hubiera quedado sepultado por el polvo y la miseria moral provocada por una guerra. Lo dice su hermano Danijel en una carta:  “me doy cuenta que desde que acabo la puta guerra y de eso ya pasó un mazo de tiempo todos sea donde sea que vayas regurgitan las mismas jodidas historias que no tienen nada que ver conmigo.”  Otro que tiene la impresión de estar excluido de lo que le rodea; tanto, que tiene que separarse drásticamente de ello: Danijel se arroja bajo las ruedas del tren.
Y por eso vuelve Ruzinava, para entender por qué se suicidó Danijel, y porque le resulta inaceptable haber sabido tan poco de su hermano, cuando precisamente él era su único cómplice en ese mundo en el que aterrizaron como dos astronautas que llegan a otro planeta. Y como no encajaban en la realidad, ambos buscaron otra más comprensible en el cine, en los western: allí al menos hay personajes a los que uno querría parecerse, situaciones que se desearía vivir y salir airoso de ellas. Adiós, vaquero, habla de la imposible despedida, de ese deseo de regresar al momento previo al trauma como si así pudieses desactivarlo: pero es imposible despedirse de un hermano muerto; él se fue sin hacerlo y Ruzinava busca las razones; o quizá es que, como le dice el profesor amigo de su hermano, “cuando perdemos seres queridos, seguimos buscando en nosotros mismos la prueba de haberlos amado lo suficiente”.  Y ella recuerda, busca los momentos estelares de la niñez, bucea en ese pasado que no deja nunca de ser presente y lo refleja en esquirlas: escenas sin conclusión, frases poéticas o vulgares dispersas en la narración precisamente para mostrar lo que no se puede mostrar. Lo lírico y lo pedestre, la descripción realista y la metáfora, una cierta coherencia narrativa hilvanada con saltos temporales, espaciales, cambios de protagonista. La realidad no se puede mostrar, solo puedes escribirla, es decir, crearla con el lenguaje, como hace Savicevic, aunque eso no siempre permita comprender. El lector tampoco entiende del todo, pero atisba, como Ruzinava, la brutalidad impasible de una sociedad que ha atravesado el horror, que ha sido a la vez víctima y cómplice. Allí no hay salvación posible. Solo puedes abandonar la aldea, cabalgar hacia el horizonte al final de la película, como hizo Danijel, sin despedirte. Para que la nostalgia, o la compasión, no te atrapen en el último momento.

domingo, 25 de mayo de 2014

La poeta Sonia San Román posa con su nuevo libro. «La idea primera sí que surge del instinto pero cada poema tiene una reflexión muy grande»

  • 25 may. 2014
  • Diario de La Rioja
  • :: DIEGO MARÍN A

Se dio a conocer literariamente en el 2004 con el cuaderno de poesía ‘De tripas, corazón’, una breve colección de poemas frescos, directos y crudos que cuatro años después se convirtieron en el libro ‘Planeta de poliuretano’. Ahora publica su cuarto libro de poesía, ‘Anillos de Saturno’ (Baile del Sol –Tenerife–, 2014), que presentó ayer en la librería La Plaquette. Sonia San Román Olmos (Logroño, 1976), licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de La Rioja, continúa con su línea poética clara, de ajuste de cuentas con la propia existencia, pero en la que ahora se añade un matiz elemental: la maternidad. «Dejar de ser hija/a golpe de machete/para poder ser madre», escribe en uno de sus poemas. –Lo primero que llama la atención del libro es una destacada concepción maternal en su temática. ¿Es así, esto ha empujado a la escritura de poemas? –En buena parte del libro, así es. No solo porque me interesara hablar de maternidad como hecho concreto sino porque quería indagar en el cambio de perspectiva con respecto al mundo y a uno mismo que este hecho nos supone a los seres humanos. –El primer verso: «Querer ser el reflejo invertido del padre». ¿Cambia su mentalidad al ser madre? –Ya lo creo. En la base, una sigue siendo la misma pero cambian las prioridades, aumentan los miedos, afloran los instintos... –El título, ‘Anillos de Saturno’, ¿debemos entender que hace referencia a la mitología, al mito de que Saturno devoró a sus hijos? ¿Por qué ha elegido esta referencia? –Porque la figura de Saturno contiene dos conceptos que he trabajado mucho en el libro y que me interesaban especialmente: el paterno, el de la generación en el poder que intenta que la nueva no ocupe su lugar y el del paso del tiempo lineal que nos acerca hacia la muerte. Con los anillos he querido darle el contrapunto. Reflejar el paso del tiempo amable, el de los ciclos, el que nos hace creer que siempre estaremos aquí de alguna forma porque todo se perpetúa o porque todo vuelve. Y, con ambos elementos juntos (el cíclico y el lineal), crear tensión y armonía al mismo tiempo. –Tampoco rompe con su línea poética anterior, aún hay mucho ajuste de cuentas, ¿no? –Quizás la continuidad que se percibe con respecto a los libros anteriores no sea ya por una necesidad de ajustar cuentas sino más porque siento que esa es mi voz y que me siento cómoda escribiendo desde ahí. Aún así he trabajado en líneas muy diferentes a las de libros anteriores, como en la búsqueda de metáforas dentro de lo onírico que luego he ensamblado con elementos más cotidianos. –Y, por supuesto, amor, pero un amor instintivo, cercano a lo salvaje. ¿Es así? –La maternidad te afila los instintos y te conecta con tu parte más animal. El amor, como instinto primario, no se libra de ese afilado. De hecho se convierte en el motor, en la solución, en la única salida. Pero no solo hablo de amor hacia los hijos propios o hacia la familia de uno, sino de un amor más difícil, el que va dirigido hacia los otros, el que nos reconcilia con el mundo. –Todo el libro parece escrito bajo el instinto entre humano, maternal, animal... –La idea primera sí que surge del instinto pero cada poema tiene una dosis de reflexión y de trabajo muy grande en la que procuro que las palabras no le quiten fuerza ni emoción.

sábado, 24 de mayo de 2014

Éxito y fracaso


Por @CarlosIturra_
Stoner, publicada por el texano John Williams en 1965 y en 2010 estrenada en castellano, es el parco título de esta novela, como también posiblemente un símbolo de su estilo y cifra de la vida que cuenta. Porque eso cuenta, la vida de William Stoner, hijo único de campesinos paupérrimos, elementales y tristes, nacido en una granja ya medio estéril de Misuri, labrada a seis encallecidas manos, y que por la visita más o menos casual de un funcionario de educación termina matriculándose en la Universidad de ese Estado. Parte en Agronomía, como era de esperar, y luego, seducido por una clase del ramo obligatorio de Literatura Inglesa, se cambia a letras, en cuyo estudio, sin destacar especialmente, y al alero del maestro que lo “convirtió”, progresa hasta llegar a profesor en esa misma universidad.
Nunca se movería de ahí, salvo para volver a la granja natal a los sucesivos funerales de su padre y su madre, salvo un viaje a San Luis a pedir la mano de su novia. Se casa, en efecto, con una joven de mejor nivel que el suyo y que en verdad no parece amarlo; tienen una hija, de cuyo afecto la mujer lo aparta tempranamente. Se desata la Primera Guerra Mundial, a la que va a hacerse matar su mejor compañero y quizá único amigo; se desata la Segunda, que diezma a sus alumnos. Publica un abstruso librito sobre su especialidad, que no causa ninguna sensación o siquiera reprobación, se hace amante de una alumna con la que conoce el amor pero de la que lo obligan a separarse las intrigas del “campus”, las mismas que le impiden por siempre avanzar en su carrera, y permanece en el quehacer docente hasta la jubilación, e incluso algo más.
Todo ello es transmitido en 240 páginas de prosa pulcra, sencilla, eficaz, libre de énfasis, limpia de fiorituras, desnuda de apasionamientos aun en los escasos episodios de pasión. Es precisamente la prosa, piensa el lector, que requería una vida como esta: Stoner, joven, maduro, anciano, jamás deja de ser el granjero simple, el solitario hijo único, el abnegado campesino, consagrado a su faena de educar jóvenes como antes a la de cultivar tierra –dos formas de labranza-, que no se rebela contra sus enemigos ni contra su destino, ni se desvive por trepar, ni se desespera por la rutina, ni afloja el cumplimiento leal, honesto, sin brillo ni chapucería, de su vocación. Y cuyos sufrimientos, en fin, causados por aconteceres propios de toda existencia humana, soporta sin arrebatos y prácticamente sin queja; sin sumirse en su profundidad doliente ni darle vueltas a la noria de la desilusión, a las ideas de desdicha, a los escozores del fracaso. No se pregunta si su vida pudo ser mejor, no se pone en duda. Aunque lee y lee, eso sí, con amoroso tesón; casi con escapismo.
Esta vida, narrada con esa prosa, resulta doblemente impresionante. Resalta -merced a la prolija modestia de los párrafos y a la contención del personaje, a su entereza y a su medio desesperanzado carácter- la extensa tragedia del ser humano común y su irremisible mediocridad; resaltan los momentos más amargos de ese pálido curso vital, y sobre todo resalta el profundo río subterráneo de la insatisfacción con sus sordas negaciones e imposibilidades absolutas, un río que, siempre por debajo, sin estruendo, sin cesar, con porfía, se precipita desde el nacimiento hasta la desembocadura fatal…
Ese río, más presentido que visto, más sentido que expresado, está entre las principales recatadas bellezas y fluidas virtudes de esta novela: en ese río imperceptible es donde termina hundiéndose el lector, con un ahogo angustiante, y ciertas terribles preguntas.
En la primera página se lee que, ya hoy, el nombre de Stoner es, para los más viejos, “un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse a sí mismos o a sus carreras.” Stoner llegó a ser, de este modo, un nombre que no dice nada, que se diluyó y desapareció como si nunca hubiera sido: menos que una sombra.
Para un chico brotado en los resecos surcos del más pobre Misuri, transformarse en profesor universitario es un triunfo, diría cualquiera, y hasta quizá un triunfo para cualquiera. Sin embargo, ¿cabe estimar una vida exitosa ese fantasmal paso por las aulas, el trabajo, la vida? ¿Con soterrada pena, gloria ninguna, completo olvido? ¿Acaso Stoner habría logrado mayor plenitud repitiendo la senda de sus ancestros, arando? ¿Fue un fracaso su oscura existencia que no legó siquiera recuerdo u obra perdurable, fue un éxito que dejara atrás el predio inmisericorde y se empinara a una cátedra de tantas, despiadada?
Como sea, no hubo suficiente felicidad en él, lo que ya habría justificado semejante tránsito. Su vida ofrece un inquietante parecido, esencial, a tal vez cualquier otra…