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martes, 22 de octubre de 2013

Pasión por una ética atea, tolerante, humanista (y sin toros)


El poeta José Antonio Moreno Jurado. 
El poeta José Antonio Moreno Jurado. 

Alberto Guallart / Sevilla / 20 oct 2013 1
 
La obra de José Antonio Moreno Jurado (Sevilla, 1946) es tan vasta y omniabarcadora como la curiosidad que Aristóteles deseaba a los filósofos. Sus afanes como traductor abarcan la poesía clásica, medieval y contemporánea: Sófocles, Aristófanes, los novelistas bizantinos del siglo XII al XIV, Odysseas Elytis o Yorgos Seferis, son algunos autores de los que Moreno Jurado nos ha ofrecido versiones fieles y doctamente prologadas.
Como poeta y creador tiene casi una veintena de títulos, de los cuales Ditirambos para mi propia burla obtuvo el Premio Adonais en 1973, y el poemario Bajar a la memoria logró –a su vez– el Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez en 1985.
Recientemente, tras trece años de silencio, ha publicado un nuevo libro de versos, Últimas mareas (Madrid-México, 2012), y ahora el volumen de prosas misceláneas Cuadernos de un poeta en Mazagón (Divagaciones sobre la arena), (Tenerife, 2013).
Estos Cuadernos reúnen un batiburrillo de reflexiones que, al socaire o buen tún tún, Moreno Jurado se hace ante lo que juzga un ascenso intolerable del fanatismo religioso y de la creciente depredación capitalista de nuestras democracias y Estados del bienestar. La idea o aliento que se pasea por estas páginas recuerda la vieja advertencia volteriana, ésa que dice que “aquél que puede hacerte creer en absurdos, también puede hacerte cometer atrocidades”. Con esta nueva obra Moreno Jurado sienta plaza de “indignado”; indignado ante una moral absurda e hipócrita, mucho más interesada en controlar los movimientos de pelvis de la ciudadanía que en promover la justicia social con los necesitados; indignado ante un sistema económico que ya tiene cautivo a los poderes políticos; indignado ante los que practican una disciplina artística sin preocuparse ni poco ni mucho en averiguar las reglas que lo gobiernan; indignado ante el mundillo literario y sus vanidades mezquinas… No obstante, las páginas más conmovedoras del libro son aquéllas en las que la divagación versa sobre las renuncias y claudicaciones que el autor ha sufrido o a las que ha tenido que ir resignándose con el paso del tiempo (los sobresaltos emocionales o el hormigueo del sexo).
Si no me equivoco el fondo de este nuevo libro es reivindicar –apasionadamente– una ética sin apuntalamientos religiosos y sin Dios (disculpe la mayúscula, pero no me sale de otra forma). Una ética laica, humanística, solidaria y sin toros. Critias el ateniense ya sostuvo que los dioses habían sido inventados por un hombre astuto con el fin de que los hombres no delinquieran cuando nadie los veía; mucho más recientemente, Vargas Llosa en La civilización del espectáculo defiende también la religión como un parapeto moral, sin el cual “la vida se iría tornando poco a poco un aquelarre de salvajismo, prepotencia y exceso”. Explíqueme porqué tiene usted más razón que ellos y deberíamos darle paso a “la sutil y dignificante conciencia del ateísmo”.
Mucho antes del Critias platónico, Jenófanes había asegurado que los hombres representan a los dioses con sus mismas formas, defectos y virtudes, y que, además, si los animales pudieran hacerlo, no dudarían en crearlos según sus propias características. Sin embargo, es posible que todo ello tenga una importancia relativa en el desarrollo del pensamiento de Occidente. Por otra parte, el argumento moral del premio o el castigo con que recuerdas a Vargas Llosa, no es nada nuevo, no aporta novedad alguna. Se ha repetido hasta la saciedad desde Hobbes. Ya nos decía Kamarazov que “si Dios ha muerto, todo nos está permitido”. No obstante, el ateísmo no caprichoso, no beligerante, sino emanado de la razón del hombre, tolerante y humanista, sin fronteras ni razas, no necesita premios o castigos, sino que actúa en plena solidaridad con lo natural que soy, yo y los otros, como conciencia de ser también naturaleza.
“El ateísmo no caprichoso, no beligerante, sino emanado de la razón del hombre, tolerante y humanista, sin fronteras ni razas, no necesita premios o castigos”
Durante veinte años ha sido profesor de Filología Clásica en Secundaria y profesor asociado en la Universidad de Sevilla. Ahora, a sus 67 años y ya jubilado, nos dicta eruditas divagaciones sentado en una silla de aluminio y de rafia a orillas del mar. ¿Se aprende más de la naturaleza de las cosas y del hombre en una playa que en una cátedra?
La Universidad es lo que es: una fábrica de formar profesionales de todas las especies. Y de ello responsabilizo a la ausencia de maestros y al desastre del nuevo capitalismo financiero, cruel e irresponsable. La silla de aluminio y de rafia, en la estructura del libro, representa únicamente el hilo conductor del pensamiento y de la narración. Tanto en la Universidad, en la enseñanza en general, como en la silla de la playa, la reflexión es la única vía de conocimiento.
 Cuadernos de un poeta en Mazagón, ¿es una forma de buscar la inmortalidad, un modo de dejar registro y testimonio en medio de la zarabanda de átomos y de vacío de la que provenimos y a la que retornaremos engullidos…? Se lo pregunto porque hay quienes dan a entender que sus textos memorialísticos o de vivencias y de recuerdos son –en realidad– ajustes de cuentas retroactivos con las figuras, figurines, figurantes y figurones del mundo literario con que se ha cruzado.
Lamento que alguien pueda interpretar Aracne o estos Cuadernos de un poeta en Mazagón como memorias. En el primero intenté escribir una autobiografía del espíritu, mi infancia, mi formación, mi desarrollo y mi fin. Si mi propósito hubiese sido escribir una “memoria” al uso, me habría obligado a hablar de situaciones políticas y sociales. Pero sólo me interesaban las circunstancias que me había encontrado en el camino de aquel desarrollo. Mi único ajuste de cuentas, en Aracne, lo expresé contra el tiempo, vengándome de él, no contra personas sino con personas. En estos Cuadernos, las experiencias de vida se dan en los otros, no sólo en mí, y no constituyen “memoria”, sino ejemplos vivos con los que denigro la hipocresía. Son ejemplos y nombres verdaderos, no inventados.
“Si hablo de una circunstancia concreta, relacionada con un amigo o un enemigo, lo hago sólo para testimoniar la estupidez humana, la mía y la de los demás”
¿Tiene sentido mezclar en un mismo libro a Filóstrato, Boccaccio o a Pietro Aretino con Fernando Ortiz?
Las referencias a filósofos, poetas y escritores que aparecen en el libro no suponen nunca una crítica a sus obras, sino la vivencia de su lectura a lo largo de mi vida. Los escritos de Filóstrato me parecen divertidos frente a las especulaciones de la cosmética actual, de la misma forma en que me resulta incoherente el imperativo categórico de Kant que condujo, si creemos a Michel Onfray, a ciertas posturas del nazismo. Todos son porque están en mí, de alguna manera. Por ello, las emociones y los recuerdos personales aparecen en el libro con la misma intención y con el mismo rango. Si hablo de una circunstancia concreta, relacionada con un amigo o un enemigo, lo hago sólo para testimoniar la estupidez humana, la mía y la de los demás.
En los apuntes que conforman estos Cuadernos hay también mucha teoría y lecciones de estética. A su juicio hay muchos poetas –nuevos o no–, nuevas tendencias y nuevos ecos que fracasan porque, sencillamente, ignoran la técnica del arte en que aspiran profesar. Dígame cómo podría yo reconocer a un autor valioso de otro en el poco tiempo que se tarda en hojear el libro que se está a punto de comprar.
La comprensión de lo bueno nunca se da al azar. Hablo de lo bueno como característica del arte, como adjetivo, pero nunca como un absoluto, como pretendieron Platón y el idealismo alemán. Es imposible que, en arte, alguien, a simple vista, posea una correcta percepción de lo bueno y de lo malo, si no ha aprendido con anterioridad los resortes, la técnica de la obra, los pormenores de la creación artística en cuestión. Se trata de un aprendizaje costoso y duradero. La verdad y la belleza, como condiciones estéticas, regalan al poema bondad o maldad. La verdad queda aquí asociada a la sinceridad de las emociones. La belleza, a la música, a lo fónico, a la utilización de familias léxicas apropiadas. Cuando olvidamos la música y la palabra, junto a metáforas e imágenes sorpresivas, como quería Jakobson, aparecen poemas que por su ambigüedad desembocan el prosaísmo más estúpido.
A lo largo y ancho de su obra usted ha ido desvelándose poco a poco, adelgazando el pudor, dando a entender relaciones sexuales poco convencionales o hasta escandalosas para la época…
Esta pregunta no te la contesto… que quieres enterarte de todo. Prefiero que los demás piensen o imaginen lo que quieran.
El desenmascaramiento de la hipocresía es otro de los argumentos de su libro; hipocresía individual y colectiva; hipocresía en el clero; hipocresía en la moral bienpensante; hipocresía en el amor y en la amistad; incluso cuenta que un sacristán sodomizó a un cura en la sacristía del convento de Santa Clara de Sevilla y que un obispo acostumbraba merodear por el Parque de María Luisa en busca de muchachitos…
Todas las anécdotas de este tipo que aparecen en los Cuadernos son reales, no son inventadas, hasta tal punto que, en el ejemplo que refieres, no es un sacristán el que sodomiza al sacerdote, sino una persona con nombre propio, que no he silenciado en absoluto… con su permiso, claro está. Pero, frente a este tipo de anécdotas, que pueden resultar divertidas o escandalosas según se mire, hay otras que califican la hipocresía colectiva e individual. Incluso hay en el libro una preocupación sincera por el maltrato animal, como ocio o como espectáculo; una identificación con la naturaleza que somos, sin trascendencias posibles, una pasión ética que, como si del arte se tratase, se aprende también con esfuerzo y dedicación, y, finalmente, una puesta en valor de nuestra democracia estancada y maniatada por los intereses financieros. Y, por supuesto, una visión del mundo razonada y sentida desde mi silla de aluminio y de rafia.

Ficha del libro:
Cuadernos de un poeta en Mazagón (Divagaciones sobre la arena).
José Antonio Moreno Jurado.
Editorial Baile del Sol. Colección Textos del Desorden. Tenerife, 2013.
I.S.B.N. 978-84-15700-67-8.
272 pag. P.V.P.: 17 euros.

http://www.andalucesdiario.es/cultura/pasion-etica-atea-tolerante-humanista/

sábado, 6 de abril de 2013

‘Cuadernos de un poeta en Mazagón’, verano al sol. José Antonio Moreno Jurado, 2013 | Ensayo


El propósito de Cuaderno de un poeta en Mazagón del poeta sevillano José Antonio Moreno Jurado (1946) sería el de hablar de unas convicciones radicales y sobre las que el poeta nos dice: “son mías y morirán conmigo”. Con ello, este libro se configura como un breve compendio de tales convicciones, juicios y dictámenes. Y esto tiene, fundamentalmente, un inconveniente del que ya Moreno Jurado nos advierte pronto, al decir que su afán es el de anotar ideas desordenadas, emociones antiguas o sentimientos, recuerdos, “las convicciones que me mantuvieron en pie frente a un mundo que gira en la dejadez y la locura”. En otras palabras: es una cuestión de empatía, o se está de acuerdo con las certidumbres de Moreno Jurado o no.
Salvado este ligero escollo viene, a mi entender, la parte más fecunda y, por decirlo con cierta grandilocuencia, ecuménica; de consenso fácil: la poesía, ese milagro –tan difícil- que es la plasmación del acto que apenas es potencia. Y la poesía como fuerza de choque contra el abismo actual en el que ha caído, en opinión de Moreno Jurado, la creación poética contemporánea. Aquí es donde el poeta emociona, donde habla de poesía. Y aún turba y desasosiega, pero tiernamente, cuando la hace. En los momentos en los que Moreno Jurado, sirviéndose de ese espejo fragmentario que es la naturaleza que le enfrenta, hace de su mirada poesía. Y lo hace de una manera bastante poco lírica (a priori), sentado en la playa sobre una silla de aluminio y rafia, una silla pequeñísima y a veces incómoda, desde la que observa el mundo a su alrededor, un mundo de bullaranga, mediocre, un mundo sureño de gentes embrutecidas, pacíficas en su ignorancia, benevolentes en su  idiocia.
El centro psico-geográfico de estos dos cuadernos (escritos en los veranos de 2010 y 2011) y, tal como ya anuncia el título, es Mazagón: “un jardín flotante que levita en la brisa”. Y su rasgo más representativo: los pinos, el pinar; la pinaza, de hecho. “El consuelo sin tacto de los pinos”, escribe Moreno Jurado en un momento. “Soy naturaleza [y] me pertenecen el cambio y la transformación”, nos dice Moreno Jurado, como si se buscase en el reflejo de esos pinos, vetustos e iguales, pero siempre diferentes, canallas, burlones, pero también adustos y francos. En lo que respecta al territorio sentimental es Grecia por donde circulará el lector que a estos cuadernos se acerque, una Grecia muy particular, “la Grecia encantada de otro tiempo […] de mi juventud y mis quimeras”. La vida, pues, sufrida en el entorno tórrido y desasosegante del sur, pero contrapunteada con la alegría de ese prisma griego, mediterráneo: humanista y espiritual. Así, Moreno Jurado consigue que nos amiguemos, aprendamos y gocemos de sus poetas amigos: Odysseas Elytis, Kostas Tsirópulos, Teodoro Pródromos, Manolis Anagnostakis, Giorgos Seferis. En lo tocante a la poesía, son interesantes también las reflexiones sobre su propia poética, pero –por sobre todo- un tema central: el amor, el amor en la creación poética.
En estos cuadernos reverbera el sentimiento de dolor y perplejidad ante las servidumbres que quiere imponernos nuestra época, y que Moreno Jurado vehicula a través de pequeñas reflexiones sobre la virtud, el comportamiento humano, la irracionalidad de la fe y sobre la ética, en la búsqueda incesante de una pasión ética. Y son meditaciones que toman la forma del pensamiento a trozos, de lo fragmentario; apuntes y comentarios breves que nos dejan ver en su fraseo el aliento instructivo y enfático del antiguo profesor ahora jubilado. También la utopía, o la derrota de las utopías, se sienten como amargo telón de fondo de todas estas reflexiones, y son pensamientos que a veces pinchan como puntiagudas e imprevistas astillas.
Pero lo que más duele, o mejor dicho, lo que conmueve de una manera más elocuente es esa herida de la existencia que se deja traslucir en diferentes momentos: la soledad, la pérdida de la libido, los dolores en la rodilla, el insomnio, los pensamientos desatinados y en desorden,  la disminución de la lucidez y el campo de arrugas “que cultiva mis mejillas y mi frente”. La Cafetería París de Mazagón o el bar de la calle Molares de Utrera. La emotividad y la nostalgia, esa lírica cotidiana, irrebatible. Porque, como dijimos antes, lo más valioso de estos cuadernos son los afanes poéticos con los que Moreno Jurado desentraña el mundo, ese desnudarse apasionado, “sin pudor alguno”.  En su parcialidad, en su obstinación despiadada, en aquello que le pertenece al poeta y le hace único, está precisamente su mejor virtud. Su única manera de (re)integrarse a ese azul salvaje del sur, del que Moreno Jurado nos dice que es la única trascendencia posible y verdadera. El azul. El azul del mar que le asalta a la vista desde esa silla de aluminio y rafia, pequeñísima, y a veces incómoda y que le abismará en su placidez centelleante también al lector que decida acompañar al excelente poeta sevillano.
J.S. de Montfort
http://www.paisajeselectricos.com/2013/04/03/cuadernos-de-un-poeta-en-mazagon/

domingo, 24 de marzo de 2013

Planes para un verano

Moreno Jurado se sienta en su silla playera "de aluminio y de rafia" y espiga pensamientos, reflexiones, recuerdos, en 'Cuadernos de un poeta en Mazagón'
ALFONSO CRESPO | ACTUALIZADO 24.03.2013 - 05:00
zoom

José Antonio Moreno Jurado, retratado en Sevilla en una visita reciente.

Moreno Jurado siente el paralelismo y se revuelve contra él; no, nada que ver con el Gustav von Aschenbach de Mann/Visconti, con la decrepitud rasgada por la belleza y la inocencia, con una caída del caballo de la sublimidad. No; Moreno Jurado se sienta en su silla playera "de aluminio y de rafia" frente al mar de Mazagón para divagar y espigar pensamientos, reflexiones, recuerdos, en una tenue resaca de la vida, con los deberes morales hechos y habiendo asimilado el autoimpuesto y polimorfo exilio: lejos un poco de todo, por supuesto de los ambientes literarios y las obligaciones profesionales -también del sobresalto pasional y el hormigueo del sexo-, y por eso más cerca de lo esencial, una preocupación humanista alérgica a las abstracciones y a los juicios de ultratumba.

Aunque el poeta y traductor recele de los grandes sistemas filosóficos, del idealismo trascendental, el esquema dialéctico o el autismo ontológico, su abrazo de lo fragmentario, del "pensamiento a trozos", no lo condena a la dispersión. Al contrario, estos dos cuadernos estivales escritos cuando los copos de nieve de la edad ya se acumulan sobre hombros y cabeza son todo menos erráticos o inasibles. Así, encarna Moreno Jurado una soledad del pensamiento cuyo motor es la reincidencia, e incluso la regurgitación: con los ojos abiertos o cerrados, aislado o rodeado por el bullicio de toallas, cremas y sandías, el filósofo (por mucho que él lo niegue o que superponga a esa condición la de fino y escrupuloso filólogo clásico) le da vueltas a los mismos temas, siendo cada epígrafe numerado, si acaso, la invitación a mirar a través de un nuevo prisma, una variación de enfoque, un estrambote para teñir el asunto, atacarlo desde otra perspectiva, soñar zanjarlo. Es de esta manera que el autor, superviviente de la casi extinta tribu de los preocupados por la armonía entre expresión y contenido, encuentra la música, elegiaca pero vibrante y nada sentimental, para su flujo de conciencia, para el stripteaseintelectual y vital. Y de entre todas las cuestiones que aquí aparecen y reaparecen estratificando el interior de este hombre convencido de la necesidad de cultivar el gusto, de aprender con la razón y sus conceptos pero también con los sentidos, que alimentan la memoria del cuerpo, de denunciar la alianza de democracia y capitalismo o de escapar de la minoría edad a la que aún nos condena la religión, destaca su inquebrantable pasión por la ética. Es a esa "ética sin Dios", el auténtico motor existencial, a la que el poeta, el traductor de sus amados Seferis y Elytis, el intelectual en definitiva, dedica las páginas más emocionantes del libro, profundas, sinceras, testamentarias, con el punto de mira en el hombre en su exultante desnudez y conmovedora fragilidad, "ser natural sometido a la transformación y al cambio".


José Antonio Moreno Jurado. Baile del Sol (Colección Textos del Desorden). Tenerife, 2013. 276 páginas. 17 euros

http://www.europasur.es/article/ocio/1487714/planes/para/verano.html

miércoles, 13 de marzo de 2013

La espera


 
En el último libro de José Antonio Moreno Jurado, «Cuadernos de un poeta en Mazagón. Divagaciones sobre la arena» (Baile del Sol), leo la historia de un hombre que espera. A ese hombre se lo encuentra Moreno Jurado todos los días en idéntico sitio, una esquina del centro de Sevilla, haciendo lo mismo: apoyarse en la pared con la vista fija en el otro lado de la calle. Así durante semanas y meses. Sin importar que haga frío, llueva o haga calor. Estación tras estación, año tras año. Imperturbable, abstraído, puntual. Desde la mañana temprano hasta las diez de la noche. Después de varios años asistiendo a ese espectáculo decide aclarar el misterio preguntándole a un vecino del lugar. Éste le cuenta que ese señor estaba muy enamorado, desde su juventud, de una camarera que trabajaba en un bar de enfrente, a la que sigue esperando sin importar o sin darse por enterado ni de la muerte de ella mucho tiempo atrás ni del hecho de que esa antigua cafetería llevara lustros siendo una sucursal bancaria. Según Moreno Jurado, sólo la muerte de ese hombre, acaecida treinta años después de que comenzara ese paciente aguardar a que la camarera terminara su turno, puso fin a su espera.
Treinta años de pie, apoyado en una pared y resistiendo las inclemencias del tiempo a causa de un amor que ya no está, viendo una cafetería que ya no existe, detenido en el sin-tiempo y en el sin-yo. Ese hombre, al que me resisto a calificar de loco, o cuya locura es un aviso para los navegantes que todavía creen en la razón a la hora de guiarse por un mundo tan desquiciado como el nuestro, fue una especie de héroe anónimo del silencio, del amor eterno (ese amor que no se fía de las apariencias, que gobiernan con tan mala mano los calendarios y los prejuicios, y que, por ser único, tiene que inventarse sus propias coordenadas espacio-temporales), de la fidelidad indesmayable y de muchas otras cosas que nos suenan, en efecto, a locura, pero que son marca de un alma templada, de un alma a prueba de desengaños y de superficialidades.
Ahora, en una sociedad que ha entronizado la prisa en todo y para todo (para las relaciones, para los sentimientos, para desplazarse, para pensar?), la esforzada espera de ese hombre es algo más que una metáfora o una invitación a replantearnos nuestro modelo de vida: es un grito callado, una voz de alarma. Porque la prisa mata y enloquece más que la espera (y por eso nosotros, el resto de los humanos, estamos más locos que ese hombre que se pasó treinta años sosteniendo una pared por amor a una camarera muerta) y porque haber olvidado el arte de la espera genuina, que es la espera sin esperanza, la espera serenamente desesperada de la que hablan los místicos y los poetas de todas las épocas, nos empobrece como especie y nos hace esclavos del tiempo sin darnos, a cambio, y para compensar, una mínima ración de eternidad.
Saber esperar es saber ser, es entenderse con el Ser, es difuminarse en lo esencial, ser lo esencial, es atreverse a catapultarse uno hacia su infinito y, una vez allí, a dialogar con lo Infinito que le contiene. Este hombre de la historia no se pasó treinta años esperando a su amor: se pasó treinta años infinitos amando y siendo amado en público por ella, treinta años de felicidad sin nada que ocultar. También en eso fue un héroe y un ejemplo.