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lunes, 9 de octubre de 2017

Reseña de ESQUINA DE MUNDO, de Óscar Sotillos en Henares al día.com


De lo local a lo global, de Tiermes a Mongolia


Ruinas de Tiermes. (Foto Museo de Tiermes)

El otoño es la luz de la melancolía, el manto de hojas ocres, las hayas resplandeciendo ante un cielo límpido. El otoño es una estación con un tránsito bien marcado. Dejamos el pantalón corto y nos endilgamos la zamarra. Muñoz Molina escribe: “Siempre hay algo de alivio y algo de promesa, el cambio de la luz, como el espacio blanco que anuncia en un libro un capítulo nuevo, una pauta en el fluir de la vida”.
El otoño es una época estupenda para patearse la meseta castellana, con sus atardeceres lascivos, pero también para leer Esquina de mundo (Baile del sol, 2017). La prosa de Óscar Sotillos, un escritor barcelonés originario de Soria, es para relamerse. Le adorna la virtud de la concisión y la sencillez. Y rezuma una pasión inveterada por los paisajes cercanos no con un ánimo excluyente o aldeano sino todo lo contrario. Así, transforma Tiermes y la Sierra de Pela en una Babel que nos lleva a Senegal, a la India, a Marruecos y a otros territorios que nos enseñan, como decía Goytisolo, que “los laberintos son la patria de los que dudan”.
El texto de Sotillos brota de la inquietud por la soledad y el olvido de Castilla, pero también por su perenne carácter fronterizo. Es mucho más que un relato de viajes: una introspección personal –en la medida que el relato engarza con las raíces sorianas del autor-, una mirada exterior que conecta la estepa de Mongolia con el páramo de tierra adentro. Admito que este libro me ha encandilado por varios motivos. Primero porque me siento identificado con el autor: yo también esperaba con ansiedad esos veranos en los que el tránsito de Barcelona a la meseta castellana era sinónimo de felicidad y al regreso se apoderaba la nostalgia gracias al olor de las hierbas recolectadas en el campo o a las patatas con níscalos que preparaba madre. Segundo porque el ejercicio doble de mirar a lo global poniendo el foco en los villorrios de nuestra infancia constituye un ejercicio nutritivo y saludable en los tiempos que corren. Y, tercero, porque está muy bien escrito, sin estridencias ni alharacas.
Sotillos traza una mezcolanza entre el paisaje, sus gentes, las leyendas que circulan de generación en generación, anécdotas que sitúan al lector en el territorio y descripciones precisas de una geografía vaciada por la despoblación pero ahíta de sabiduría. Las ruinas de Tiermes, una ciudad celtíbera ubicada al sur de la provincia de Soria, casi rayana con Guadalajara, conforma el epicentro del texto. Ya hemos escrito aquí en otras ocasiones sobre Tiermes: merece una visita, el yacimiento, el museo, la venta-restaurante aledaña. Tiermes es para Soria una segunda Numancia, aunque mucho más desconocida y discreta. Para quienes procedemos de la sierra de Guadalajara, es un hito imprescindible, un lugar inexcusable al que peregrinar al menos una vez al año.
La Sierra de Pela marca la linde entre Soria y Guadalajara, pero la división es puramente administrativa porque en ambas provincias se construye igual, se come igual y se baila igual. Castilla es un territorio fragmentado por el Estado de las Autonomías y la voracidad de Madrid. Por eso sus rincones están esparcidos ahora por varias comunidades que comparten un legado cultural común. De ahí que un guadalajareño de la sierra puede sentirse identificado en el trazo que el autor delinea de pueblos como Montejo de Tiermes, de las noches estrelladas, los veranos sin fin o de las historias de su tío Santiago, el hijo del herrero, que era cazador. Y, de hecho, Guadalajara tiene también su cuota de reflejo en el libro: a propósito de los héroes caídos en el retén de Cogolludo en el incendio mortal del Ducado o a través de las nieves y las ventiscas en la cordillera que une Grado del Pico (Segovia) con Villacadima y Galve de Sorbe (Guadalajara) y la comarca de Pedro (Soria). Tres provincias, dos regiones, una misma Castilla.
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”, pergeñó Borges. Esquina de mundo tiene mucho de memoria, pero también de presente: “Mi universo Soria es el centro del mundo, el paisaje primigenio que se multiplica hasta el infinito, allá donde surgen las montañas y los ríos se extienden hasta su frontera con el océano”. El autor proyecta una mirada poética hacia el entorno pero sin recrearse en el tipismo.
El fuego de la chimenea, las leyendas de nuestros abuelos, el paisaje lunar mesetario, las setas y hongos del bosque, los críos jugando en pleno estío, la soledad de las callejas de los pueblos en invierno, el carácter seco y cortante del habla castellana o incluso la desmemoria histórica en San Leonardo de Yagüe.
“El tiempo y el sol se lo comen todo”, escribe Óscar Sotillos. Todo menos esa fibra interior que nos conecta con el pasado. Todo menos la lucidez para exponer aquello que permanece oculto. Después de engullir Esquina de mundo pasan dos cosas: que apetece seguir escarbando en la intrahistoria de la meseta soriana, una de las tierras más fascinantes y sugestivas de la Península; y que al lector le entran ganas de volver cuanto antes a Tiermes. Porque volver siempre hay que volver al origen.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Resñea de Esquina de mundo, de Óscar Sotillos en el blog de Encarna Castillo

Esquina de mundo, Óscar Sotillos.

Leí Esquina de mundo en el lugar adecuado, creo. En otra esquina de mundo, en la sierra granadina. Realmente, no a tanta distancia el uno del otro y no tan lejos culturalmente como podría parecer, rodeados ambos por restos arqueológicos que certifican la presencia de vida humana en el lugar desde tiempos inmemoriales. En nada se parecían los paisajes, pero tintineaban en la cercanía paradójicamente idénticos. Y poco tenían en común las costumbres de uno y otro lugar, pero no me resultaban en nada extrañas. Debe ser que la esencia de los paraísos rurales de verano alimentados desde la infancia fueron todos construidos con similar atrezo.
Esquina de mundo es un libro para leer despacio y viajar mentalmente. La atmósfera de Montejo de Tiermes, junto a las ruinas de una ciudad celtíbera de Soria donde transcurre este libro, es el viaje destilado por los sueños de un niño que al hacerse mayor viajó siempre llevando consigo el paraíso de la infancia en la retina y el gusto por describirlo en el paladar proustiano. Combray es Tiermes, y la sierra de Granada, y Barcelona, y cualquier lugar donde sus páginas sean leídas. Y es la curiosidad de un niño tatuada en la memoria: “Yo no sé si hace falta irse tan lejos, igual que tampoco sé si la Arcadia soñada se encuentra en el páramo soriano. Lo que sí sospecho es que para ver cumplidos los sueños hay que salir a buscarlos”.
Quizás porque lo local sí resulta universal, quizás porque nuestra retina solo conserva una manera de mirar, la que transcurre a través de aquello que una vez atravesó su pureza, Óscar Sotillos salió a buscar sus sueños donde la curiosidad de adulto lo llevó a viajar; y allí, por sorpresa, encontró elementos comunes con su Montejo de Tiermes familiar. Por ello, Esquina de mundo es, como todo buen libro de memorias, un estupendo libro de viajes: geográfico y existencial. El escritor nos conduce de la India a Mongolia; de Portbou a Essaouira, en Marruecos; de Ibort, en el Pirineo aragonés, al Senegal; de Montejo de Tiermes a Barcelona en el viejo Changai -llamado así por el Shangai Expressde la película donde sale Marlene Dietrich-, el tren que recorría los 1.331 kilómetros de Galicia a Barcelona por la antigua vía de Valladolid-Ariza, hoy desmantelada, y describe aquello que su atenta mirada descubrió años atrás, con la que creció y se hizo hombre, con la que años después volvió acompañado ya de su propia hija, alargándole la vida a la tierra –Raíces y ramas lleva por título uno de los últimos capítulos- y regalándole a su hija una patria para dudar -“Los laberintos son la patria de los que dudan”, escuchó el autor decir a Juan Goytisolo en un documental a propósito de las laberínticas callejuelas de Tánger, un símil que él aplicó a su páramo soriano, a su “paisaje primigenio que se multiplica hasta el infinito”-.
Sotillos
Óscar Sotillos y su hija en Sotillos de Caracena, Tiermes, Soria.
El autor transmite de maravilla la sorpresa, la curiosidad y el cariño por este fragmento de paraíso iniciático en tierras de Soria. Tanto que las páginas de este libro despiertan unas inmensas ganas de jugar a las Tabas, escuchar cantar la Tarara a los mozos del pueblo durante las fiestas patronales, conocer el castillo de Medinaceli, tocar la Huella del diablo de Peña Lagarto… De lanzarnos a la carretera y de vivirlo en primera persona tras haberlo experimentado en la lectura. Y es que: “El cemento es tan áspero que la tentación de imaginar paraísos naturales es demasiado poderosa. Es tan fácil dejarse llevar por la idea de que un día encontraremos un lugar en el mundo como en la película de Adolfo Aristarain, que la nostalgia se vuelve del revés y nos encontramos mirando hacia delante, atisbando entre las brumas un futuro más verde, más embriagador, hecho a nuestra medida”.
Otra Esquina de mundo que convertir en nuestra.
Óscar Sotillos, Esquina de mundo, Baile del Sol, Colección Dando Pata, 2016.

sábado, 22 de abril de 2017

Reseña de Esquina de mundo, de Óscar Sotillos en Mundo Crític

Esquina de mundo, de Óscar Sotillos

Frecuentemente, uno se hace escritor porque su realidad le aburre y desea o necesita inventarse una nueva.  Luego hay quien se hace escritor porque la realidad -hasta la, en principio, más sencilla y plana- le fascina, pues consigue hallar y extraer de ella lo misterioso, lo fantástico. Es es la mirada del poeta y es ahí donde hay que situar la obra de Óscar Sotillos.
En “Esquina de mundo” (Baile del sol, 2017), el autor utiliza sus viajes por el mundo como imagen-bisagra -el término, acertado, es suyo- que le hacen regresar una y otra vez al paisaje y la cultura de su infancia:el pueblo soriano de Montejo de Tiermes.
Así, en breves relatos que tienen mucho de crónica memoriosa, Óscar Sotillos nos habla de leyendas, tradiciones perdidas, juegos de la infancia, rincones mágicos, oficios desaparecidos. Con la mirada del poeta, que es también la del niño, recorre las calles de su pasado para señalar a quienes le precedieron: su vida sencilla, sus costumbres y ese arte hoy casi perdido -pero recuperado y guardado como algo sagrado por autores como Óscar- de sentarse junto al fuego y contar el pasado.
Así, nos enteramos, por ejemplo, de que la gente humilde de Mongolia juega a las tabas -allí Shaagay- y de que en Montejo juegan a la tanguilla y la calva, que en mi pueblo se llama la tanga y la maceta, aunque sea el mismo juego. Y asistimos al cruce de caminos de Machado y Walter Benjamin, dos exiliados que acabaron enterrados muy lejos de sus casas. O somos informados sobre las diferentes huellas del diablo, o sobre las complicaciones que todavía en el siglo XX podía causar el cólico miserer. También asistimos al nacimiento de Duna y a la muerte del árbol de la música, un olmo testigo de la vida y la muerte de cientos de generaciones que desapareció fruto de la grafiosis… y que como en una metáfora de la existencia, acabó renaciendo de sus raíces.
Una serie de relatos, esta de Óscar Sotillos, que da ganas de viajar. De viajar solo o bien acompañado. De volver a mirar cada detalle con los ojos del niño curiosos que son, ya lo hemos dicho, los ojos del poeta. De sacarle un billete a Óscar a cualquier lado y pedirle a cambio que nos siga enviando sus nutrientes crónicas.
Un libro, en suma, para degustar con calma. Y para recuperar el gusto por escuchar historias del pasado y la memoria. Las únicas que, en medio de tantas crisis de identidad, pueden alumbrar nuestro presente y nuestro futuro.