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viernes, 15 de mayo de 2020

Reseña de EL RETRATO DE IRENE, de Alena Collar

El retrato de Irene es una novela difícil de describir sin contar parte de los secretos que la recorren y la conducen. Sin temor a delatar ningún detalle relevante, podría escribir que narra la vida de una mujer a partir del inicio de sus veintes, cuya vida transcurre en Madrid en los meses previos a la guerra civil española.

Poco a poco nos vamos enterando de sus intereses, vida, planes, de lo que aprecia, lo que considera justo, de una manera poco estridente. La autora, Alena Collar, no nos presenta a una heroína al estilo de la Pasionaria, sino delicadamente, esbozando con calma y un dominio del oficio de escribir inusual de encontrar, va dejando que la urdimbre de la novela, que nos vamos descubriendo observando como a contraluz, plantee tanto la trama como el misterio del personaje, Irene. 

Tras el aumento de la violencia previa al golpe de estado, su familia decide salir de Madrid, esperando en un pueblo del norte de España el regreso a la normalidad. Pero la normalidad no regresará para Irene. Toda su vida se verá trastocada, arrasada, a partir de las decisiones que irá tomando en un contexto de falta de explicaciones, decisiones de permanecer en silencio y secretos, con los que las personas más queridas y cercanas a ella la rodearán.

La novela narra lo que esa falta de explicaciones, silencio y secretos, así como su decisión de permanecer distante de sus antiguos afectos, traerá como consecuencias a su vida: un matrimonio apresurado, el exilio en Chile, la ruptura con su identidad y lo que amaba en España, la incapacidad de estar presente en la siguiente etapa de su vida por el peso de la nostalgia, la tristeza, y el desmoronamiento de todo el mundo conocido por ella, así como la ruptura con sus afectos más cercanos y queridos. Hasta que en otros momentos, la muerte de sus padres y las emociones que eso remueve en su familia y antiguas personas importantes, le llevarán a conocer lo que hubo detrás del silencio de las personas a quienes quiso tanto. Enfrentar algunos secretos le permitirá cerrar heridas, tras lo cual conocerá unos años de paz. Sin embargo el golpe de estado en Chile y la irracionalidad de la violencia la harán tener que abandonar el refugio que finalmente había construido y deberá regresar a España, donde los fantasmas de su juventud le harán saber que hay heridas que el silencio no cierra.

El cuestionamiento que nos hace el personaje de Irene sobre qué habríamos hecho de haber conocido lo que nos fue ocultado al momento de tomar decisiones trascendentales para nuestra vida en medio de conflictos, nos hace reflexionar acerca de todo lo que una guerra o conflicto intenso marca a la vida de las personas. El eje de la guerra civil por golpe de estado, tanto de la guerra civil española como del golpe de estado de 1973 en Chile, nos permite extender nuestra reflexión hacia las “pequeñas guerras civiles”, o guerras cercanas, íntimas, que al acontecernos nos han destruido, entre otras cosas, la inocencia, la alegría y los planes que proyectábamos para nuestra vida: el desempleo, las migraciones laborales, la ausencia de espacios sociales en los que todo tipo de personas pudiéramos desarrollarnos holgadamente, la violencia cotidiana, los divorcios llevados a juicios cruentísimos, las enfermedades graves, etc., y acceder a la invitación de la autora a recorrer nuestros espacios de tristezas, nostalgias, zonas de silencio, sin prisa, paso a paso, como dejándonos empapar por el peso de nuestros secretos, nuestras ausencias de explicaciones, nuestras propias orillas vueltas remotas, hasta que quizás podamos reconocer que también nosotros tenemos duelos pendientes y mucho que recorrer para asimilar nuestros golpes de estado interiores. Y considerar que quizás también nosotros, como Irene, necesitemos algunas explicaciones, menos secretos, e infinitamente menos silencio para aligerar de tanta tristeza y dudas nuestras vidas.

Así como cuando observamos la construcción de un hermoso telar, donde los espacios — silencios  — pintan tanto como los hilos y nudos al diseño, y muestran el fondo con una belleza que no habríamos imaginado a primera vista, la vida de Álvaro, el nieto de Irene, parecería de una triste y silenciosa monocromía, en modo alguno interesante. Pues también segado de la vida inocente, llena de ilusiones, como ella, debido a una tragedia ocurrida en su infancia, desarrolló un de espeso silencio protector como forma de ser, que aunque le permite vivir sin ser lastimado también le hace preso de una vida vivida desde el umbral. Siempre al margen, exiliado por tantos silencios familiares, lleva esta sensación de marginación a su vida escolar, y a su incapacidad de relacionarse profundamente.

Al morir Irene, y encontrar en la casa en la que vivió con ella, una serie de libretas con los relatos de su memoria, así como pistas a las personas a las cuales podría preguntar por episodios específicos, invisibles pero muy palpables en esa narración, se da cuenta que esos recuerdos escritos resuenan fuertemente con él, con vacíos en la historia de su propia vida, y finalmente con una memoria que se va dando cuenta que también es suya. En el desciframiento de las libretas de la memoria de Irene, Álvaro cuenta con la ayuda de Carmen, una amiga de toda la vida de su abuela y con quien él también había convivido largas temporadas de su propia vida. En el lapso de un par de semanas Álvaro llegará a conocer realmente a su abuela al recuperar su memoria y las verdades ocultas detrás de los silencios, y se dará cuenta que al completar la historia de su abuela también está recuperando su propia memoria e historia. Desde esa apropiación de su pasado Álvaro se transforma y puede salir de la vida en el umbral, a vivir abiertamente.

Al superponer ambas vidas, una como textil intrincado y calado de silencios frente a la otra del color aparentemente sólido de la tristeza, tenemos una historia que dan ganas de estar contemplando, casi más que leyendo, dejándola evocar imágenes como pinturas, como el paso de cierta luz por las flores de un jardín. La belleza de la escritura de la autora Alena Collar hace que temas que habitualmente apartamos de nuestra vista barriéndolos bajo el tapete, como la nostalgia, el vivir distantes, los recuerdos persistentes de otras épocas, puedan recorrerse con ligereza y asombro gracias al goce estético de su impresionantemente bien escrita novela.

Yunuén Carrillo Quiroz


lunes, 12 de septiembre de 2016

Bailando con Alena Collar: "Me interesan los libros que reflejan al ser humano en sus contradicciones, en sus formas de respuesta".




Baile del Sol.- ¿Cómo surge la idea de escribir El retrato de Irene?
Alena Collar.- Tenía, creo, esta historia “larvada” hace años; por circunstancias he conocido algunas personas en mi juventud exiliadas de Chile, y a la vez conozco el drama familiar de silencio que para muchas personas ha causado la guerra civil en España, esto se reflejó en la figura de alguien que conjugara ambos mundos y nació la figura de Irene como síntesis.

BdS.- ¿Cómo ha sido el proceso de construcción de la historia?
AC.- El proceso nació de un cuento largo – y bastante malo-, que decidí reformar. Cuando lo empecé a escribir me di cuenta de que no era un cuento sino toda una historia novelada. Ha llevado tres años; principalmente porque sabía lo que quería contar, pero no encontraba el “tono”: el tempo lento que me pedía la narración.  Ha supuesto una labor de re-escritura muy elaborada. De repensar, porque necesitaba encontrar la voz de cada personaje y la coherencia de sus actos narrativamente hablando.

BdS.- ¿Qué diferencias has encontrado respecto a la escritura de tu anterior novela?
AC.- Es un tipo de narración muy diferente: la anterior novela era un juego literario; el Retrato es la historia de alguien que se está buscando a sí misma durante toda la novela; técnicamente tiene una estructura distinta: la anterior era casi un “continuum narrativo” y El retrato de Irene es una narración organizada en capítulos perfectamente distinguibles, con personajes muy definidos- o eso he intentado al menos- y que avanza hasta un final digamos “cerrado”. Necesitaba esa jerarquización para contar este tipo de historia.




BdS.- Háblanos un poco de los personajes.
AC.- Yo creo que es una novela de personajes que no son ni buenos ni malos, al menos no son arquetipos; Irene es alguien que por circunstancias que se verán al leer siente que ha perdido su particular mundo interior y que se refugia en el silencio. Su nieto Álvaro es un personaje muy contradictorio; nace en Chile, vuelve con su abuela Irene a España y ha sentido siempre que hay algo en su vida que le ha sido ocultado, y a la vez no quiere recuperar esa memoria de quién es hasta que las circunstancias poco menos que le obligan.
Hay personajes que rodean a estos dos principales, Carmen, la amiga de Irene, un ser eminentemente práctico, que evita complicaciones pero que mantiene un silencio de años solo por fidelidad… Edurne, a quien yo tengo especial cariño porque significa ese lazo de unión entre el pasado y el presente que puede contribuir al futuro…, los padres de Álvaro, sobre todo la madre, Chacana, y principalmente porque es el símbolo de la ausencia… A través de ellos y de otros, Rafael, Marita…, el marido de Irene, que tiene una personalidad muy especial, es como vamos a ir completando el retrato de Irene.

BdS.- ¿Qué te interesaba más: la atmósfera y las emociones o la propia acción?
AC.- Me he dado cuenta- después de escribirlas- de que en mis novelas me interesa muchísimo más crear una atmósfera, un ambiente que refleje el interior de la gente. Me explicaré: me interesan muchísimo los “seres anónimos”, esos que no tienen historia, que sus vidas, sus dramas personales están ahí, y solo existen para ellos. Me interesa mucho indagar en la psicología de las personas; en el porqué de sus actitudes, en cómo un ambiente, o un hecho determinado quizá sin trascendencia puede cambiar sus vidas. Creo que soy mucho más escritora de atmósferas, de interiores, que de acciones, y que en esta novela se nota claramente: me interesaba reflejar un mundo que se marcha, una atmósfera que se pierde, y cómo Irene durante toda su vida sigue buscando lo perdido: la belleza, la armonía, el amor…y cómo la vida muchas más veces de lo que parece no nos da respuestas a esto.

"Es también la historia de mucha gente anónima a quien la guerra civil atropelló,  y tuvieron que vivir una vida muy diferente a la que hubieran querido".


BdS.- ¿Por qué recomendarías la lectura de El retrato de Irene?
AC.- Creo que los lectores/as que se acerquen a mi novela pueden encontrar una forma de narrar  sin grandes “sobresaltos” narrativos; que les pedirá una lectura pausada y a la vez que se van a acercar a una historia de belleza perdida, de recuperación de memoria del pasado; creo que Irene merece que se conozca su historia de búsqueda, su drama personal, porque es también la historia de mucha gente anónima a quien la guerra civil “atropelló”,  y tuvieron que vivir una vida muy diferente a la que hubieran querido. Además creo que las preguntas que Irene se hace en la novela sobre la felicidad, el amor, la libertad de elegir, la belleza..., son preguntas que todos nos hemos hecho.

BdS- ¿Qué respuesta has recibido hasta ahora de los lectores?
AC.- Por lo que me llega de los lectores/as que han tenido la generosidad de leerme la novela está agradando. A menudo me lo dicen en privado, pero la verdad es que estoy muy feliz de la respuesta que está teniendo. Coinciden en que es una novela “con alma”, como me han dicho varios lectores, pero sobre todo en identificarse con Irene, en acompañarla en su vida. Públicamente la escritora Laura Garzón y el escritor Eduardo Alzola han tenido la gentileza de hacer críticas muy positivas del libro en sus blog, también la escritora Marian Izaguirre la mencionó públicamente como una lectura interesante, y la Revista Alquimia Literaria la eligió Libro de la Semana hace unas fechas.

BdS.- Sabemos que eres una lectora voraz, ¿qué tipo de libros te interesa especialmente?, ¿nos recomiendas algo?
AC.- Me gusta mucho leer, sí. Me interesan sobre todo los libros que reflejan al ser humano en sus contradicciones, en sus formas de respuesta.  Un género que leo mucho es la biografía literaria o autobiografía y son demasiados autores/as los que me interesan.
 Por definir algo más, en narrativa podría citar autores/as clásicos/as, como Virginia Woolf o Carmen Martín Gaite o Soledad Puértolas, Rosa Chacel, o Ana María Matute, entre mis “autoras fetiches”, o Cortázar,  pero leo muy diversa literatura; me interesa mucho por ejemplo la escritura de Keret, o de Kertész, me interesa mucho la narrativa centroeuropea en general. También entre los escritores/as que escriben en castellano de mi entorno tengo afinidad lectora con autoras como Silvia Fernández Díaz, Maite Núñez, Guadalupe Royán, Carmen Peire, Cristina Morales, Samanta Schweblin… Me agradan también  Eduardo Berti, del que leí La vida imposible y me encantó, me interesa la narrativa de Fernando Aramburu, del que leí Años lentos, y estoy muy interesada en el libro que acaba de publicar: Me interesan también mucho los experimentos narrativos de Miguel Ángel Hernández: su Intento de escapada me pareció una novela inquietante y quiero leer el último libro que acaba de publicar…. Podría seguir; pero al final haría  una lista  demasiado extensa.
  En cuanto a poesía me temo que soy bastante clásica; me gusta mucho por ejemplo Eloy Sánchez Rosillo, Luis Alberto de Cuenca, o Joan Margarit, aunque aquí me gustaría leer más poemarios de Sonia Aldama,  de Ana Belén Martín Vázquez, o Raquel Vázquez, por ejemplo, que me parecieron ejemplos de poesía que me llegó mucho.
Recomendar se me hace muy difícil, si los lectores/as quieren, pueden echar un vistazo a mi blog de reseñas y ahí encontrarán seguro algo que les interese.

BdS- ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario?
AC.- Me ha hecho sonreír la pregunta porque lo primero que pensé al leerla es que “no lo sé seguro”… Es decir, que hay un balbuceo de cuatro notas difusas escritas en diferentes cuadernos en los que se repite una mujer que se llama Julia, una sala de conciertos y una partitura…pero aún no sé exactamente a dónde me llevará eso… En todo caso, de llevarme sería a una novela y para eso aún falta un tiempo…


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sábado, 24 de octubre de 2015

Reseña de El chico de la chaqueta roja, de Alena Collar en el blog Desde la ciudad sin cines

Editorial Baile del Sol. 167 páginas. 1ª edición de 2014.
Prólogo de Fernando Cana

Alena Collar (Madrid, 1960) y yo compartimos editorial,Baile del Sol. Su novela Elchico de la chaqueta rojay la mía, El hombre ajeno, aparecieron a la vez: en la Feria del Libro de Madrid de 2014. Coincidimos físicamente en una presentación conjunta de las novedades de la editorial en la librería de Lavapiés El dinosaurio todavía estaba allí, aunque no llegaba entonces a intercambiar palabra. Donde sí lo hemos hecho ha sido en las redes sociales: Alena suele estar bastante activa en facebook y yo me pasó por allí de vez en cuando. A principios de verano, Alena me preguntó si me apetecía leer su novela y yo le propuse un intercambio de libros: los dos sacamos nuestras novelas a la vez y mantenemos un blog de reseñas literarias. Seríamos honestos en las apreciaciones que hiciéramos de la novela ajena. Alena comentó hace unos meses mi libro, se puede leer AQUÍ su reseña. Ha sido en septiembre cuando yo me he acercado al suyo.

Carlos ha salido de Madrid y ha decidido pasar el final del verano en una casa que ha comprado en un pueblo. Carlos posee, además, una empresa de marketing lo suficiente próspera como para poder permitirse delegar sus funciones y dedicarse a escribir. Como escritor de éxito mediano se le califica alguna vez en la narración. En su casa de campo se dedica a escribir una novela por la que le apremia su editor. Su retiro se verá perturbado porque un chico con una chaqueta roja parece estar rondando su casa, además de una adolescente esquiva. Carlos pondrá sobre aviso de sus inquietudes a Etelvino, el comisario del pueblo, con el que trabará una pequeña amistad.
Carlos en su deambular por el pueblo o la exploración de su nueva casa se verá asaltado continuamente por los recuerdos de su infancia y adolescencia en un pueblo parecido al que ahora ha venido a vivir. Además también el lector sabrá que hace no demasiado tiempo ha sufrido una ruptura amorosa.

El chico de la chaqueta roja es una novela fuertemente metaliteraria, y no sólo porque Carlos, su protagonista principal, sea un escritor, sino porque el planteamiento narrativo de lo que el lector recibe como novela está casi siempre cuestionado desde el propio discurso novelístico. En principio el lector presupone que Carlos está escribiendo una novela sobre los pequeños sucesos que le acontecen en el pueblo al que ha ido a parar y el fluir de sus recuerdos; de forma continuada se le recuerda al lector que lo que lee se está escribiendo. Por ejemplo, leemos en la página 21: “Llegó. Pausado. Lento. Parecía tan vulgar que se acercó inmediatamente a la verja, escribe, para hablar con él.” Ya en el primer párrafo del libro nos encontramos con este acercamiento a la idea de la novela en construcción: “Podía describirlos como a los otros, dándoles adjetivos, dotarlos de acciones, suaves, lentos, indiferentes, adjetivos para volver a contar interminable e irremediablemente otra vez el círculo de los pájaros.” (pág. 13).

Uno de los juegos principales que plantea este libro es el de interpelar de continuo al lector; así, por ejemplo, leemos en la página 18: “Mientras el silencio era un escándalo para su excursión sigilosa a aquellas zonas prohibidas, y, dentro, dice, escribe otra vez, los cachivaches; y ahora usted que lee, harto ya, quisiera que los mostrara, que los definiera.” En este párrafo además de volver sobre el juego comentado anteriormente, el de la idea de remarcar que lo evocado se escribe (se escribirá en el futuro próximo, o se está escribiendo recordando la evocación del pasado que tuvo lugar hace poco) se presupone la reacción del lector ante lo contado. En muchos casos este recurso tiene una intención cómica: el narrador intuye que una larga enumeración, a lo Perec, de lo que se guarda en una buhardilla puede aburrir al lector y mediante ese tipo de apreciaciones se busca su empatía.
De forma similar en la novela aparecen expresiones hechas o relaciones causales que pueden resultar manidas, y el narrador comenta, de forma chocarrera, que eso es un tópico o un cliché. En la página 123 podemos leer: “Y salió deprisa y corriendo. Topicazo, pero es que es verdad.”

Sigue la novela en construcción entre las páginas 20 y 21: “Narrativamente hablando, escribe, se puede condescender, porque si no malamente el lector se va a enterar de nada, piensa, además, y entonces a ver cómo avanza el relato.
Suponiendo que un relato tenga que avanzar, pero bueno. Añade.
O sea que, condescendiendo sobre eso tan coñazo del argumento, escribe, podemos decir que al chico de la chaqueta roja lo vio merodeando el domingo por la tarde –pensó- justo antes de pegarse la ducha y ponerse a escribir.”

Quizás también una intención humorística tenga el empleo de palabras coloquiales anticuadas, que evocan la casa familiar del narrador: cachivaches, zurriburri, pejigueras, Perogrullo, zamacuco…

Además de tener presente al lector, el narrador tiene presente al editor (ese ser que odia las digresiones narrativas, y así, cuando aparece una, el narrador nos adelanta que posiblemente ese párrafo vaya a disgustarle y puede que haya que eliminarlo de la novela final); además de tener presente al crítico: “Acaban el café –escribe- en esta atmósfera que ha ido sumergiendo al lector en una sensación de melancolía. Frase a frase. El crítico se referirá a la lluvia, la resaca, las palabras de ambos, escribe: un análisis pormenorizado de la semántica narrativa.” (pág. 164)

Se cita aquí también a Miguel de Unamuno y sus experimentos narrativos, con personajes que se salen de la novela y acuden a conversar con el autor.

Y dejando aparte los juegos metaliterarios ¿de qué trata esta novela? Quizás nos ayude a saberlo este párrafo de la página 138, que recoge una conversación entre Etelvino y un personaje llamado Pablo, que también escribe una novela: “¿Pasarán cosas?, ¿habrá personajes, no?... ¿Los llaman así, no?... Sí, bueno, claro que hay personajes y pasan cosas, aunque la mayoría sin importancia; es una novela dentro de una novela. Eso no lo entiendo, perdone. Ya, si ya, verá, he escrito una novela sobre un escritor, he querido ver cómo lo hace, imitar maneras de escribir, a ver, para entendernos, en mi novela esto de charlar aquí usted y yo, es diálogo costumbrista y manera para que nos conozca el lector, para que sepa cómo pensamos. Ya. Lo mira Etelvino y se muerde la lengua –pues vaya rollo, piensa, escribe-. Bueno, añade tímido, habrá gente a quien eso le interese, claro. Sí, dice Pablo llegando a un acuerdo tácito de no discutir, habrá gente que igual sí.”

Quizás en este párrafo se encuentre la esencia de la novela de Alena Collar, un novela en la que la autora arriesga, sin duda –y esto es de agradecer-, una novela que continuamente se replantea a sí misma, que nos acercará a algunos de los fantasmas del pasado de Carlos o del Etelvino, con simpatía, con diferentes enfoques; pero, por otra parte, pobre en acontecimientos narrativos que hagan avanzar la trama (que existe, aunque se demore en ser planteada). Durante la primera parte tenía la impresión de que el leitmotiv narrativo (la presencia de un chico con una chaqueta roja que merodea la casa de Carlos) no tenía demasiada fuerza, y a la mera evocación de los recuerdos de infancia del narrador le faltaba tensión narrativa. La verdadera fuerza de la novela recaía en los continuos juegos que hacían que la escritura se replantease a sí misma, lo que es original y valioso en cuando a asunción de riesgos, como dije, pero que tal vez conduzca a que resulten a veces un tanto repetitivos los efectos: es decir, se reitera, por ejemplo, más de una vez la broma de que la frase empleada para describir algo o a alguien es un tópico. Se busca así la complicidad con el lector, pero tal vez el planteamiento debería ser el de huir de esos tópicos y crear una narración potente que envuelva al lector y le lleve de sensaciones sin caer en los tópicos, sin cuestionamientos sobre su propia verdad: la novela es potente y ésta es su verdad.


Me ha resultado curiosa la lectura de El chico de la chaqueta roja, una novela que juega a romper los moldes de la escritura desde el propio planteamiento narrativo de los moldes. Una historia sencilla en su sustrato novelístico (a veces incluso inocente), en su juego creativo de personajes, pero cuya fuerza reside en la distancia irónica desde la que se acerca al material empleado. Un libro sencillo y a la vez original.

sábado, 26 de julio de 2014

EL CHICO DE LA CHAQUETA ROJA - Alena Collar


El chico de la chaqueta roja, de Alena Collar, es una buena novela, de esas que casi no se escriben.
Y ahora les cuento por qué.
No es una novela al uso. Es un juego, un juego de espejos en el que el lector es cómplice del escritor que, a su vez, es cómplice de su propia vida.
Es una historia que contiene varias historias. La del escritor en sí mismo, como persona. La del escritor como personaje de su escritura y la de los recuerdos que cautivan.
Es un juego metaliterario del lector con el escritor, o cómo conducir al lector hasta donde ni siquiera el mismo escritor sabe cómo llegar.
Alena Collar incita al lector a través de este juego de espejos a seguir adelante, a descubrir los misterios que encierra la historia.
Una de las cosas que más me han gustado de esta novela son los personajes: sencillos, entrañables. O los recuerdos que el escritor necesita recuperar, convertidos en tiburones y metáforas, que se le habían perdido. Por esa razón se encierra en un pueblo con el afán de que su memoria le vuelva a hablar y le cuente. Su memoria, su olfato o su vista.
De lo mejor que se puede encontrar son las metáforas de Alena. El lenguaje poético, sin resultar cursi jamás, sin recurrir a lo trillado, a los lugares comunes de los que nos dicen a los que escribimos que hay que huir. A ella no le hace falta que se lo recomienden.
En la novela se intuye una crítica hacia la pasividad en la escritura de los relatos, hacia esos novelones del mil páginas en las que lo único que sucede es una retahíla de palabras sin fondo alguno. A través de su conocimiento de los escritores y poetas de todas las épocas, Alena Collar, a través de su protagonista, va hilvanando patadas en la espinilla a todo lo que se mueve. Genio y figura. A mí me han divertido mucho, la verdad.
De paso, mientras Carlos escribe, Alena Collar nos va mostrando cómo se realiza el proceso de escritura de una novela. Cómo escribimos mentalmente las situaciones que vamos viviendo y que trasladamos, sin darnos cuenta, a la historia que fluye dentro de nuestra cabeza.
¿Alguna pega o todo es perfecto? Ninguna novela lo es, faltaría más. En algunos momentos, siempre desde mi punto de vista, la falta de acotación en el diálogo para diferenciarlo del pensamiento de Carlos, el escritor protagonista. Pero tampoco es malo, no crean.
Otro punto destacable es el oficio de Alena Collar. Se nota, se lee y te sorprende.
El chico de la chaqueta roja es una novela que necesita tranquilidad para su lectura. Dejarse llevar hasta convertirse en el mismo escritor.
Como dice la contraportada del libro, El chico de la chaqueta roja es la metáfora de lo que ocultamos.

lunes, 23 de junio de 2014

Entrevista a Alena Collar

Entrevista por Miguel Baquero

/ «El chico de la chaqueta roja» es el cuarto libro (segunda novela) de Alena Collar, cuentista, poeta, periodista, profesora de Literatura y, en general, apasionada de las letras. De hecho, Collar dirige unaalenacollarrevista, «Alenarte», y sostiene un blog personal donde vierte sus opiniones propias sobre obras y autores, con una independencia de criterio y una formación que la convierte en rara avis dentro de nuestro reseñismo. El mundo literario, o por mejor decir, el fenómeno de la escritura, es el tema de «El chico de la chaqueta roja», la historia de un novelista que se retira a un pueblo para escribir una novela que quiere signifique un punto fundamental en su carrera… como fundamental es este «Chico de la chaqueta roja» en la carrera de Alena Collar como escritora
LITERATURAS.COM: Tu novela tiene mucho de juego de espejos…
ALENA COLLAR: Sí. La novela es un juego de espejos tanto entre personajes que, por decirlo así, «se reflejan» entre sí, como en situaciones. Así, encontraríamos: el juego entre Carlos y el Chico, el de Etelvino y Carlos (por causa de situaciones también «espejo», como las que ocurren en el pantano y en el río, que, llevan a ambos a una vida distinta a la que podrían haber tenido); también hay juego de espejos en el modo de enfrentarse cada uno a los mal entendidos; y  entre las distintas «versiones» de la misma historia, por una parte la de Nati y Nuria, frente a la de Carlos. Quise jugar con los reflejos de lo que no se dice, de lo que se malinterpreta, de todo eso tan pequeño que nos puede cambiar la vida. Hasta que somos —o no— capaces de enfrentarnos a ella y romper el espejo.
LIT.COM: En un determinado momento, hay una clara referencia a Unamuno, supongo que a su famosa «Niebla», esa «nivola» en que jugaba a confundirse realidad y ficción, y cuya idea dices que fue luego aprovechada por Borges…
A.C.: Unamuno es un referente a la hora de jugar con la ficción de la propia novela; en ese sentido, mi novela intenta —salvando las enormes distancias—proponerle al lector que se interrogue por si los personajes son lo que dicen ser; es decir, si hay que creer ese juego de ficción al leer. En cuanto al tema de Borges, me parece evidente que en muchos de sus cuentos hay una influencia de Unamuno; el Dios que nos sueña, el mundo inventado por nosotros para crear un dios que a la vez nos creó, etc. De Unamuno me interesa mucho la libertad narrativa que otorga a sus personajes; en «Niebla» pero también en «San Manuel Bueno, mártir», cuando dice en un momento dado eso de «déjeles que crean». Los lectores también son crédulos.
LIT.COM: A lo largo de todo el texto, el narrador mantiene un continuo diálogo con el lector: le apela, llama su atención sobre determinado asunto, le expresa sus dudas literarias…
A.C.: Para mí, el lector es quien da valor, sentido y significación a los libros. Creo que es muy importante dignificar la figura de los lectores. Tienen derecho a exigir que se les respete, que se les tenga en cuenta no como «compradores de objetos de consumo llamados libros», sino como personas que acompañan y se meten en el mundo que hemos inventado para ellos. Y quise darle al lector el papel que debe tener: amigo, compañero del escritor.
A los lectores/as a menudo no se les respeta. Se les considera «compradores», sin más, y se les ofrecen productos que, a mi modo de ver, muchas veces son indignos de ellos. A mí me gusta apelar al lector, hacerlo cómplice, plantearle cosas, que participe.
LIT.COM.: Me ha llamado mucho también la atención la manera en que «rompes» el discurso literario tradicional para introducir expresiones cazadas al vuelo, preguntas y respuestas suscitadas por los hechos, el «ruido» que existe alrededor de lo que ocurre. Lo interpreto como un intento de capturarlo«todo» dentro de tu novela, aunque ya sabemos que eso es imposible…
A.C.: El ruido muchas veces determina actos que son importantes en nuestras vidas; en la novela hay pequeños «ruidos» que determinan acciones; la vida está llena de situaciones así; vamos a comprar, como Carlos, un dulce, y escuchamos una charla en la cola; ese «ruido» puede ser insustancial pero si escuchamos puede decirnos cómo es la gente de ese pueblo, el vecino, que antes no era nadie; escuchar entre el ruido muchas veces nos permite conocer mejor.
LIT.COM: En todo caso, me parece admirable ese trasfondo que hay detrás: esa actitud de considerar una novela como un «suceso», algo vivo, latente, impredecible quizás, más que un sencillo objeto que tiene un precio.
A.C.: Claro. Es que la novela es un proceso. Es algo que se va construyendo; es cierto que el autor acaba la novela y ya «está lista», pero cuando la novela se lee vuelve a empezar y de otro modo. Yo quería en esta mostrar que ese proceso es una creación más allá del punto final, que el lector viera cómo podrían haber sido las cosas si algo no hubiera sucedido, o si hubiera sucedido de otro modo: como en la vida real: puedo elegir ir al cine o ir a dar un paseo; y de lo que elija nacerán dos historias distintas. En las novelas ocurre igual. ¿Qué hubiera pasado si Ana Karenina no se hubiera suicidado?… ¿cómo seguiría la novela?… Y el lector es partícipe de ese proceso. Algo muy radical: si el lector cierra el libro a mitad de una historia, la historia para él no sucederá nunca.
LIT.COM: En un determinado momento también, hacia la mitad del libro, la novela cambia de protagonista y pasa a gravitar sobre Nuria, la mujer que dejó al escritor protagonista hasta ese momento…
A.C.: Nuria es un personaje —creo yo— muy contradictorio. Me interesaba que se la escuchara a ella junto a Nati, porque mientras en la primera parte tenemos el punto de vista de Carlos, a ella no se la escuchaba; el espejo de Carlos es la versión de Nuria sobre Carlos. Y el lector es quien debe elegir quién dice lo que es «cierto» o si no hay nada de cierto.
LIT.COM: Al fondo del universo metaliterario, hay unos sucesos pequeños, como la muerte de un saltamontes, unas frases dichas en un río, o el suicidio (si es que puede considerarse un «pequeño» suceso) de un pariente del protagonista, sobre los que se vuelve una y otra vez. Como si toda nuestra sensibilidad y la personalidad firme que creemos tener se sostengan, en el fondo, sobre circunstancias minúsculas…
A.C.: Son esas circunstancias las que en la novela marcan formas de actuar, inseguridades, miedos, mal entendidos. Igual que en la vida real. El niño al que le gritan que hay tiburones, la niña a la que dicen que es una inútil, el saltamontes al que liberamos y muere… normalmente, se considera que el niño es un ser que no piensa, pero lo que sucede a los diez años puede llevarnos a no saber amar a los 30. A tener que aprender a sentirnos seguros. Las pequeñas cosas son las que nos van haciendo ser como somos y en la novela los dos actos que citas, sobre todo el segundo, son vitales para el desarrollo posterior de Carlos.
LIT.COM: Transcribo literalmente este fragmento, que me ha impresionado: «¿Todos los recuerdos desaparecen así?, se pregunta; ¿todos los afectos?, ¿todas las memorias?… ¿En un final de verano, en un aleteo nítido, sin sombras, o en un matiz que no sabemos apresar?… ¿Es eso vivir?, ¿ir viendo precipitarse al agua lo que amamos?…». Háblame, por favor, sobre la poesía que late en esta novela…
A.C.: Mucha gente que leyó el manuscrito y que ahora anda leyendo la novela me habla de su «poesía»… no lo sé. Quiero decir que no es buscado por mí, no es algo que haga conscientemente, aunque suene raro es algo «que me sale así». Lo que sí puedo decir es que yo quiero a las palabras, es decir, las palabras, para mí son lo que me permite expresar el mundo en el que yo vivo o en el que vive la gente que imagino. Y a veces me da la impresión de que eso hace que las palabras me quieran a mí; no sé expresarlo mejor.
LIT.COM: Me ha gustado mucho la figura del comisario, el hombre supuestamente práctico y poco amigo de rodeos, según marcan las convenciones literarias, cuanto más al tratarse de un comisario de pueblo, que sin embargo se muestra receptivo y comprensivo con las dudas literarias y existenciales del protagonista.
A.C.: Etelvino es un amor… la verdad es que es un personaje que no iba a tener apenas vida en la novela; en un momento determinado pensé que me serviría de «puente» para que avanzara la acción; pero resultó que tenía vida propia y una historia personal que a mí me pareció muy bonita. Conozco mucha gente así; personas que pasan por nuestra vida casi en silencio, ayudando en lo que pueden, que quizá no son lo que llamamos «cultos» tradicionalmente, pero que tienen una comprensión de eso que llamamos vivir, fundamental. Reconozco que el comisario es uno de los personajes de la novela al que más cariño tengo.
LIT.COM: ¿Quién es, qué es el chico de la chaqueta roja?
A.C.: Bueno… yo podría explicarlo a los lectores/as de Literaturas.com pero, puesto que hemos dicho que es una novela «que se va haciendo», yo creo que es mejor que la lean e interprete cada uno quién es ese chico tan particular… creo que esa pregunta se la van a hacer muchos lectores/as y que sería muy interesante saber cuál es su opinión…
LIT.COM: Por último, háblanos un poco de tus proyectos literarios, y de «Alenarte», la revista que diriges.
A.C.: «Alenarte» es un proyecto colectivo muy bonito. Muy ilusionante. Empezó en 2007. Se trataba de ofrecer una revista de arte y literatura que ofreciera cosas que yo entiendo que faltan en la Red; originalidad, rigor en los tratamientos de los temas a tratar y dar a conocer artistas creadores que no tienen espacio en otros sitios. Nosotros no vamos a dar una información que han dado decenas de medios; ¿para qué?, ya lo pueden leer en otra parte. Pero sí vamos a ir a un recital de un autor poco conocido y si tiene calidad le vamos a sacar en portada. Creo que, con los años, se ha ido haciendo un hueco en la Red, sin pretender competir con nadie: nosotros somos quienes somos y no competimos. Estamos muy agradecidos porque a lo largo del  tiempo los lectores/as han ido creciendo, y muchos centros culturales, universidades, museos, nos tienen en cuenta para sus noticias. Sobre eso hay que decir que es mérito de sus redactores/as, que, sinceramente, son un lujo.
Sobre proyectos literarios…de momento tengo la ilusión de ver si este «Chico» crece, si le va bien, de cuidarle y mimarle un poco. De presentarle en algunos sitios aún por concretar. Y luego…hay una novela a medias, que ya veremos qué pasa con ella; aún está —otra vez— «en proceso». De todas maneras, yo no tengo prisa.  Me divierte muchísimo escribir, y si al final termina por salir algo decente pues ya veremos…
Quería agradeceros este espacio que me ofrecéis y a vuestros/as lectores/as el tiempo que se han tomado en leerme.

«El chico de la chaqueta roja»
Editorial Baile del Sol
170 páginas