viernes, 27 de junio de 2014

Alfabeto de cicatrices, de Ana Pérez Cañamares

Ana cañamares
Published on June 24th, 2014 | by Ismael Cabezas
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Si se realizase una antología poética de los casi quince años que llevamos agotados de este siglo XXI, marcado ineludiblemente por la fractura a nivel mundial, que ha supuesto la crisis económica de 2008, en ella, no podría faltar el nombre de Ana Pérez Cañamares. La poeta tinerfeña, residente en Madrid –dato más que anecdótico, pues el escenario cotidiano de su poesía, es la ciudad- ha demostrado con su reciente Las sumas y los restos, galardonado con el Premio de poesía “Blas de Otero”, ser uno de los referentes ineludibles dentro de la nueva lírica española de comienzos de siglo.

Ana Pérez Cañamares es una poeta meticulosa, devota de la poesía, que delimita sus poemas con diversas citas de autores tan dispares como Yehuda Amijai, pasando por Anne Sexton, o por poetas casi olvidadas, de lectura de culto, como Ángela Figuera Aymerich, sin olvidar a su muy amada Wislawa Szymborska. Una poeta que es a un tiempo, capaz de sostener dos registros muy distintos, pero que ella sabe compatibilizar de forma extraordinaria, nos referimos a un registro colectivo y a otro individual. En el colectivo, Cañamares, aparece quizás, como una poeta perteneciente a eso que se ha dado en llamar “poesía de la conciencia crítica”, donde denuncia el estado de enajenación de la naturaleza al que el capitalismo ha sometido al hombre, sujeto a las rigídeces de unos horarios y prácticas laborales, que son incompatibles con el desarrollo de una vida acorde a los dictados de la naturaleza. En clave individual, Ana Pérez Cañamares, semeja esa amiga que conocemos desde hace más de veinte años, y que sentada muy cerca de nosotros, nos toma de la mano, y nos habla en voz baja de la muerte de sus padres, con unas palabras, en las que podemos reconocer nuestro propio dolor.
Alfabeto de cicatrices (Baile del Sol, 2010, reedición 2013), es tal vez uno de los títulos más leídos de la poeta, donde puede comprobarse esa dualidad de registros que antes afirmaba, esa enajenación del ser humano frente a la naturaleza, como se afirma en “Estaciones”, porque los poemas que los árboles dictan / están escritos en un idioma exótico/ que no entendemos los que vamos a recluirnos en nuestras casas.
La ciudad, decía al principio, es el escenario donde la poesía de Ana Pérez Cañamares se desarrolla, una ciudad inhóspita, árida; Sólo sé que los árboles / con su tronco negro por el humo / me están susurrando: nuestro sitio no es éste; una ciudad poblada por hombres alienados, alejados de su más profunda esencia humana, […] las miradas –vacías y oscuras como túneles- /de los desconocidos. Una mirada, la de Cañamares que busca casi instintivamente, cualquier destello de naturaleza que pueda abrirse paso en la feroz ciudad: Al atardecer la ciudad / rezuma nostalgia de campopero sin embargo, sólo en los cementerios / crecen flores salvajes / y la nieve permanece / sin derretirse / de un día para otro. No sólo la propia ciudad, Madrid, sino otras, como Londres,se muestran hostiles: ¿Era así todo Londres? /¿O era sólo porque vivíamos / en un barrio pobre / y todos teníamos miedo?, afirma en el poema titulado “Londres”. Es en el ritmo frenético de la ciudad donde el hiriente capitalismo hunde sus fauces en un aterido ser humano, que puede ser, cualquiera de nosotros: pero entre la arena / se esconde el lunes: ese escorpión traidor, o también, cada lunes recuerdo / que la sorpresa / es una libélula / a la que arranqué las alas, (“La Agenda”).
Cuando Ana Pérez Cañamares se inclina por un registro más individual, más confesional si cabe, alejándose de esa conciencia de lo colectivo, no abandona sin embargo esa pretensión de que en sus palabras podamos reconocernos todos cuantos hemos sufrido, siendo así, cuando se afirma el yo, un “yo plural”: una moneda, un hueso, un corazón seco / que te recuerde que todo error / se cobra un precio. Ahora bien, un tono decididamente confesional, que nos remitiría a Anne Sexton o a Sharon Olds –poeta muy querida por Cañamares-, se encuentra de forma bastante descarnada en poemas como “Si un día me oyes”, cuando afirma, los adictos a los aplausos / también necesitamos testigos / cuando nos quitamos / el maquillaje. “La engañada” continúa con ese acento marcadamente confesional y dolorido. En Por qué escribo”, se enuncia casi una poética, y entre tantas razones para dedicarse a la escritura poética argumenta: no quiero dejar que nadie / se invente mi vida, aunque en otros poemas, como “Tregua”, también se da razón de ser de la escritura poética: sólo un instante de tregua / porque si no lo paro y lo cuento / la avalancha me traga entera. Se puede considerar toda una declaración de principios, una poética cercana a las grandes confesionales –de nuevo Plath, Sexton, Olds, a las que Cañamares ha leído sin duda con detenimiento- , cuando afirma en “Al aire”, amo tanto mi intimidad / que la arranco de cuajo / y la muestro.
En las vivencias individuales de la poeta, las que más estremecen son las concernientes a la pérdida de los padres; en “La madre de Claudia”, se afirma, mira a los ojos de la muerte / y podrás ver lo que nunca viviste: / la infancia de tu madre, y en “Mi padre se llamaba Daniel”; ya no estoy enfadada contigo. / Cada vez que te pienso / es domingo por la mañana. Sin embargo, si tuviéramos que escoger unos versos que pudiesen resumir todo cuanto es Alfabeto de cicatrices, toda esa altiva dignidad y profunda fraternidad que se desprende de la obra poética de Ana Pérez Cañamares, estos serían, elegí pronunciar la palabra hermano / y contemplar el temblor de los que yerran. Es la poesía que se encuentra, que se reconoce en el otro, la poesía de la dignidad, de una de nuestras poetas contemporáneas más a seguir teniendo en cuenta, y a rastrear su ya consolidada trayectoria poética.
Pérez Cañamares, Ana. Alfabeto de cicatricesTenerife. Ediciones Baile del Sol, 2013, 110 pags.

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