sábado, 11 de marzo de 2017

Bailando con Carmen del Río Bravo: "Escribir poemas es un modo de pensar implicándome entera, cerebro y otras vísceras"

Baile del Sol- ¿Qué diferencia hay entre arder y oxidarse?
Carmen del Río Bravo.- Creo que al escribirlo pensaba sólo en la diferencia físicoquímica -ambas son reacciones redox como lo es la vida-, fundamentalmente una cuestión de velocidad, presentarse ante el oxígeno, la vida, que nos cambia, reaccionando lento, no dejar la combustión, sí, pero con menos ansia, menos prisa, no pretender brillo ni luz. Vivirse sin más. Tenía treinta y pocos -treinta y cinco como mucho- y me sentía mayor, instalada o casi. Y mi hija ya escribía poemas de amor tremendos. Supongo que no deja de ser un deseo. Ir renunciando al fuego, a la hoguera, a las hogueras. Dejarme respirar, disfrutar, querer, sufrir… con calma. Ser por fin mayor, ir consiguiendo las respuestas, o al menos no ser todas las preguntas.
  
BdS-. ¿Estos poemas son arma o escudo?
CRB.- Si consiguen ser algo, por mi parte escudo casi siempre. 

BdS.¿Qué buscas en/con la poesía?
CRB.- Nada, en principio. Ni a ella: la poesía era sobre todo algo que se escapaba por su gusto al papel, a la pantalla, entre/desde mis dedos.
Explicarme, un poco. Escribir poemas es un modo de pensar implicándome entera, cerebro y otras vísceras, cuerpo y manos.
Luego, una vez que los muestro, que quien los escucha o los lee encuentre en ellos algo que ya traía dentro. Acercarme al resto de las personas.
Y ya en libro, ahora que la editorial ha confiado en ellos, en mí, que lleguen, que toquen, al mayor número posible de personas. 
  
BdS.- ¿Cómo percibes la recepción de tus poemas en los recitales o la respuesta de tus lectores?
CRB.-Con feliz asombro. Me sigue sorprendiendo que haya personas que lean y escuchen poesía, y aún más que desconocida me escuchen, que me digan con palabras o expresión facial eso que tú escribes no es poesía o que les digan algo mis palabras, que me inviten a sus espacios, sus programas de radio, sus páginas de prensa o se sientan contadas y me lo hagan saber…

BdS.- ¿Tiene razón Gsús Bonilla cuando dice en el prólogo que “No ardo, me oxido…” es un ajuste de cuentas?, y si es así, ¿con quién?
CRB.-No lo siento así... Quizá en algún poema, Religiones, japoneses, El si de las niñas... con la sociedad y la educación que recibí(mos), con las diferentes formas de recortarnos, de amoldarnos –y sí, a todo el mundo, pero sobre todo a nosotras-, y con dejarnos hacer.

BdS.- La niñez, la madurez, los desencantos, los repuntes… Todo parece convertirse en cicatriz y en refuerzo, ¿colabora la poesía en este quehacer vital?
CRB.- Todo es cicatriz, mancha, arruga; incluso la risa, la felicidad, nos dejan marca. 
En cuanto al refuerzo, no creo que el dolor nos haga más fuertes, aunque nos haga. Lo bueno que nos pasa y tenemos sí nos refuerza, aunque sólo sea porque nos da un cálido refugio donde volver, donde parar a recargarnos. Y supongo que la poesía, la escritura, también la propia, forman parte de eso que acaba siendo como cuando jugábamos casa.


BdS.- ¿Cuáles dirías que son las características de tu forma de escribir?
CRB.- No he pensado mucho sobre eso, no siento que mi opinión sea importante, hay quienes entienden más y además tienen la ventaja de mirarla desde fuera. 
Pero desde mi lado podría decir:
Dejar ir el poema, la historia, respetarlos. Aceptarlos en su idea y en su forma. Ser más médium que obstáculo -si no me gustan después de escritos siempre pueden quedarse en el cajón o perderse para siempre-. (Y por ahí, ser bastante del vómito.)
Intentar recordar -cuesta- que las tijeras son siempre el mejor regalo para quien escribe -renunciar si hace falta incluso a lo más bello para comunicar-.
Respetar y amar la lengua como mi herramienta que es, tratar de encontrar la expresión, la palabra, precisas, sea esta coño o clepsidra. 


"Respetar y amar la lengua como mi herramienta que es, tratar de encontrar la expresión, la palabra, precisas, sea esta coño o clepsidra". 

BdS.- ¿Qué te gusta leer?
CRB.- Soy muy mala lectora, muy inconstante y desordenada -mi hija dice, no sin razón, que para mí todas las novelas son rayuela-. Y tengo poca –más bien original- memoria. Y manías: no me gusta leer libros gordos ni los que tienen muchos nombres extraños. 
Leo cuentos -las historias, la brevedad y los lenguajes-, poesía bastante, en libro, en la red, casi siempre de a pocos poemas y si es posible en su lengua original -puedo leer en castellano, inglés y francés gracias al dinero y el tiempo que el estado, mi familia y yo gastamos en mi educación, y creo que es imposible traducirla, aunque en una de mis numerosas contradicciones he traducido y traduzco a veces un poco-, algo de teatro -antes más-, novela poca, aunque admiro el compromiso y la voluntad de quienes las escriben, casi sólo negra -las buenas son, creo, la novela social desde el segundo tercio del siglo pasado- o de misterio -los crímenes y enigmas son para el descanso-. Me uní a un club de lectura para leer al menos una novela al mes, estoy en ello.         
Sigo leyendo como de niña a ratos -vagando en ellos- diccionarios y enciclopedias. 


BdS.- ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario?
CRB.- Estoy en lo que más me cuesta: reunir, elegir, ordenar y hacer libro: uno de poesía, y en paralelo, uno de cuentos.
Además, seguir si es posible presentando por ahí a “No ardo, me oxido…” –costoso y caro disfrute- y autocomprometerme con las cosas en eterna construcción: mis blogs –el de opinión no solicitada aunque no se lleve-, actividades con Susurros a pleno pulmón y otras… y sentarme a escribir a diario, salga algo o no.


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miércoles, 8 de marzo de 2017

FOGONES, FANTASÍA Y EROTISMO


Cómeme
Agnès Desarthe
Traducción de Iballa López Hernández
Ediciones de Baile del Sol, 2016, 214 páginas.

   Con un título, Cómeme,censurado en algunos países debido a las connotaciones sexuales que alguien podía ver en esa palabra -le podría parecer el título de una película porno- Agnès Desarthe (París, 1966) prosigue una carrera literaria ya dilatada que la ha convertido en una escritora muy original de la actual narrativa francesa. Pero Cómeme es una novela que habla de restaurantes, que la autora escribe para salvarse a sí misma de la tentación de abrir uno, aunque, como veremos, tematiza otros muchos asuntos, algunos ciertamente espinosos, si bien en un contexto siempre plácido, como el que suele reinar en una buena comida.
   Con una historia escrita en primera persona -no es un diario en el formato, pero sí en su sustancia- y recuperando recuerdos fragmentados, la protagonista de Cómeme, Myriam, nos da cuenta de una idea que pronto pone en práctica: abrir un restaurante en París sin tener la más mínima experiencia en ese género de negocios y carente así mismo de dinero. Bautiza al restaurante con el nombre de “Mi Casa”, porque a través de él abrirá las entrañas de su propia vida, de la Casa experiencial en la que se encuentra. Myriam es una mujer satisfecha con el hecho de vivir que no tiene reparo, por ejemplo, en ducharse en el fregadero de su restaurante. Y a este curioso restaurante no especializado en nada -ni siquiera existe carta- comienza a afluir una curiosa clientela, por lo general con poco dinero.
   Agnès Desarthe explora, en las páginas de la novela, la personal forma de ser de Myriam que bascula entre el caos y la capacidad de resistir. Una mujer que arrastra un pasado, con su carga de recuerdos que le pisan los talones y de los que huye, pero que no dejan de perseguirla. Eso sí, es un actante novelesco cargado de recursos para evadirse de las garras depredadoras del capitalismo, capaz de enfrentarse al mundo, a las complejidades de la vida y también al dolor. Una mujer madura que sobrevive a las estafas de la vida y que decide aventurarse en ese pequeño mundo de la restauración, digamos casera. Pero con la que logra tirar para adelante sin heroísmos aunque tampoco sin miedos. La cocina no será para ella la forma de ganar el sustento, sino una catarsis, una forma de arrostrar su pasado y de vivir el presente.
   La novela echa a andar en un contexto sumamente plácido y delicioso: un restaurante improvisado, un negocio que no es rentable, con una clientela muy peculiar y con un puñado de amigos pintorescos rodeando a una mujer alocada, pero llena de vida: no tiene ahorros, carece de dinero pero no le hace falta nada o casi nada para vivir. Mas de pronto el lector percibe que Myriam arrastra algunos secretos difíciles de aceptar porque la sociedad los considera tabúes, especialmente si quien los ejecuta es una mujer. Ayer, hoy y mañana se da por hecho que el amor maternal es una condición natural de cualquier mujer. Sin embargo, la protagonista, madre de un hijo, se siente huérfana de esa inclinación amorosa, del amor maternal. De admirar la hermosura de su hijo cuando era bebé, desemboca en un momento de su vida en el que se da cuenta de que ya no le quiere. Y espera la ocasión en la que quizás regrese ese amor. Reconoce que en su juventud soñaba con un falansterio y no es capaz de comprender cómo, a pesar de sus ensoñaciones, se precipitó en el estrecho embudo del matrimonio, y en el aún más estrecho de la maternidad.
   La autora justifica con sobradas razones el perfil de su personaje. Habla de la maternidad, un tema poco frecuente en la literatura y no reprime el derecho de una mujer a amar a su hijo. Simplemente reclama la libertad del creador para darle vida a personajes ajenos a determinados comportamientos canonizados socialmente. “Solo haría falta, son sus palabras, que determinados lectores no entendiesen que las cualidades de un ciudadano no tienen porque ser las de un buen personaje novelesco.”
   Gracias al restaurante y al contacto con sus curiosos amigos, una mujer persigue, casi sin quererlo, reconstruirse: hacer el bien, ayudar, animar y empujar hacia la dulzura, practicar el sexo sin complejos, dejar que el deseo ocupe la parcela que le corresponde,  a pesar del peso punzante de la falta inconfesable de fantasear y seducir al amigo adolescente de su hijo.
   En el último tercio de una novela aparentemente liviana, y para muchos lectores, intranscendente, que se desarrolla entre fogones, recetas y ganas de renunciar a ser dueña de un restaurante, la trama se torna áspera y plantea cuestiones existenciales ineludibles. La protagonista no solamente hurga en sus sentimientos contradictorios a los que disecciona, aborda igualmente los problemas del sentido de la vida, de la sumisión en la vida de pareja, del amor, del deseo y del sexo. Myriam no sabe lo que es el amor, en qué consiste. Lo único que le queda es el deseo y el sexo, realidades que la vuelven viva.
   En  Cómeme, como se ha escrito, tras el aroma del cilantro se respira el perfume del deseo, esa fuerza salvadora. Eso quiere ser esta novela: la microhistoria, narrada sin grandes pretensiones pero con un ritmo ágil y una prosa envolvente, de una persona repleta de contradicciones y desengaños y que, sin embargo, sigue viva gracias a la cocina y a la cama con uno de sus amigos. Dos buenas formas de curar el alma.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Agnès Desarthe

Fragmentos

“Mis dos primeras clientas no se le parecen. El pantalón les pende de unas caderas regordetas. «Pichoncitas mías»,pienso para mis adentros. Sus cuerpos se me antojan encantadores, semejantes a un albaricoque gigante. Se me ocurre hundir el índice en la carne perfecta de sus vientres, que se ofrecen orondos bajo la lustrosa piel. No lo hago, por supuesto.
Tan solo piden un entrante. Me extraña.
-Es que es demasiado caro -me explican.
-Pero al salir os va a dar hambre. ¿Tenéis clases esta tarde?
-Sí, de Filosofía.
-Pues hay que comer antes de filosofar. Os dejo todo a mitad de precio. Digamos que será mi contribución al futuro de la filosofía mundial. Si una de vosotras termina convirtiéndose en la pensadora del siglo…
He hablado más de la cuenta. Se aburren. Creen que estoy mal de la azotea, pero no por ello rehúsan disfrutar de mi generosidad. Al mismo tiempo que las observo zamparse la sopa de aguacate y pomelo, me pregunto si me caen bien o las aborrezco (…)
Al salir, observo que han sacado una cajetilla de cigarrillos del bolso. Me invaden unas ganas irresistibles de declarar que Mi Casa es un restaurante para no fumadores. Pero es una necedad, yo misma fumo, además sería extremadamente perjudicial para el negocio. ¿Acaso sus madres no les han enseñado que se debe comer despacio, posando la cuchara entre bocado y bocado? Las volutas de humo de Camel se entreveran con la nube de vapor que se eleva de la sartén. Perdidas en una bruma espesa, nos tornamos espectrales. A ellas no parece incomodarles y a mí me alegra que mis primeras clientas no sean puntillosas. Varios transeúntes se apelotonan en la entrada, intrigados por la misteriosa neblina. Es el principio de la gloria.”

…..

“Permanezco alerta durante años, espero que el gong vuelva sonar, el gong del amor materno que haría vibrar mi corazón. A veces me olvido y no pienso en ello, es una tregua. Mis gestos y mis cuidados emulan tan bien ese amor inalcanzable que hasta yo misma me lo creo. Me digo que soy una madre como otra cualquiera, tal vez algo más concienzuda. El dolor se disipa. Respiro aliviada. Pero esa situación nunca dura, basta con que me cruce con otra madre y la oiga hablar de su hijo, la vea contemplar su bebé o cantándole a su niño. Lo reconozco todo porque los tres días que quise a Hugo me han dejado una marca singular, como una quemadura a lo largo de la columna vertebral. Las observo y la herida vuelve a supurar. Me falta la endeble pasarela que bastaría para salvar el precipicio de dos mil metros de profundidad. No es casi nada. El abismo que me separa de mi hijo es estrechísimo. No habría más que lanzar una cuerda de un lado a otro, pues la falla no es ancha, es terriblemente profunda, pero si se arrojase una viga a través de una liana…”

…..

Dos brazos me rodean los hombros, luego la cintura, las caderas, las rodillas. Sus manos alrededor de mis tobillos. Estas suben y se posan en mis muslos, en mi vientre, en mis senos, en mis ojos, en mis orejas. La boca que me sé de memoria -la del hombre que nunca me hará llorar, el hombre que tengo  a mi espalda y me agarra, me rodea –me muerde la carne del cuello. Ya está. El hombre que jamás me haría llorar, que me lo había prometido, hace que un río de lágrimas me corra por las mejillas, las axilas y las piernas. No le guardo rencor por esa mentira. La fuerza de este engaño es mejor que ninguna otra cosa. Deseo que me mienta, que se desdiga, que se contradiga. Cree saber y no sabe nada. Y de ello desconozco todo y ardo en deseos de saberlo todo. La ropa tirada en el suelo a nuestro alrededor forma continentes surcados por cadenas montañosas que albergan ríos  de rocío. Hacemos el amor en el bosque. Prendemos fuego a las camas, a las sábanas, a las almohadas. Que no quede colcha ni somier. Una pira inmensa cuyas llamas lamen y consumen los muebles. El confort de los techos sobre las cabezas y la mullida suavidad de los edredones, estalla en la noche.”

(Agnès Desarthe, Cómeme, páginas 16-17, 99-100, 190-191)


jueves, 2 de marzo de 2017

Reseña de Explicación de la noche, de Edem Awumey en El Buscalibros

Probablemente no ha sido el mejor momento de mi vida para leer este tipo de historia. Mi completa carencia de horas de sueño y esos dos seres pequeñitos que dependen de mí y me alegran el día no me permiten empaparme del sufrimiento y el dolor que te traen estas páginas. No solamente porque no me dejen leer más de media hora del tirón, que también, sino porque no soy capaz de ponerme en el lugar del protagonista. No comprendo la peor faceta del hombre porque tengo demasiado presente la mejor de ellas. No consigo empatizar con el sufrimiento extremo porque mi corazón está lleno de alegría. No puedo entender el dolor extremo que sigue sufriendo años después de la tragedia el protagonista porque estoy vomitando arco iris y unicornios de colores. Pero eso no significa que la historia no merezca la pena. Estamos acostumbrados a leer sobre las atrocidades que sufrieron los judíos o los esclavos. No nos sorprenden historias sobre niñas vendidas o malos tratos. Son historias que de tanto repetir ya no nos llaman la atención. Todos hemos llorado con El niño con el pijama de rayasPero ¿cuántos de nosotros somos capaces de imaginar una dictadura, con sus desapariciones y campos de concentración, en África? Ese continente olvidado del que solemos acordarnos solo cuando se habla de leones o elefantes, pero en el que sabemos que se concentran la mayor parte de los horrores que la humanidad puede cometer (y sufrir). Ito Baraka nos cuenta, desde su presente oscuro y tormentoso, sus recuerdos de una época en la que no conocía el sufrimiento y cómo su juventud e inocencia lo llevaron a lo más profundo del horror. Nos enseña que incluso en lo más profundo de la desesperación podemos encontrar un rayo de luz, en este caso escenificado como Koli Lem (su compañero de celda) y sus libros. Pero también nos recuerda que aquellos que han pasado por una situación tan traumática quedan marcados para siempre y la vida suele verse en tonos mucho más oscuros a partir de entonces. No leáis esta novela si no estáis dispuestos a abrazar el sufrimiento como propio. No se os ocurra ni mirarla si no os sentís capaces de abstraeros lo suficiente como para no dejar que os arrastre a las profundidades. Pero si os sentís con fuerza, adelante. Los libros tienen que desestructurarnos de vez en cuando, destrozar nuestras perfectamente amuebladas vidas y llevarnos a lo más profundo del abismo. Así volvemos más fuertes.
Explicación de la noche. Edem Awumey. Traducción de Iballa López Hernández. Baile del Sol. Tenerife, 2015. 170 páginas. 12 euros. Comprarlo en Amazon.

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https://elbuscalibros.com/explicacion-noche-edem-awumey-d4632cd1d54e#.75q5xu9k1

lunes, 13 de febrero de 2017

Bailando con Jesús Artacho: "En Aproximación a la herida hay un recelo a todo lo que en este mundo aplasta el componente humano que aún pueda quedar en nosotros"

Baile del Sol.- ¿Cómo definirías tu poemario Aproximación a la herida?

Jesús Artacho.- Quizá "definir" no sea lo ideal en estas lides, pero diría que se trata de un poemario de estilo más bien libre, con vocación de autenticidad y hondura y dosis de humor irónico, y que trata temas como el amor, el paso del tiempo, el desengaño... Puede atisbar el lector alguna alusión a la situación social de España en los años de la llamada "crisis", puede encontrar el relato de algún momento epifánico, y también un recelo palpable a todo lo que en este mundo aplasta el componente humano que aún pueda quedar en nosotros.

BdS.- ¿De qué modo la poesía se aproxima a las heridas?

JA.- Imagino que de muy distintos, según la persona. En este libro aparecen heridas de distintas clases: heridas personales, sociales, ecológicas, generacionales... En ese sentido, el título me pareció que englobaba más o menos bien el sentido de los textos. Me parece que la poesía, y la literatura en general (y aun el arte y la cultura), a algunos nos sigue sirviendo para asimilar el mundo en que vivimos y ampliar nuestros horizontes, para "leer" a los demás. También como lanzadera de versiones menos malas de nosotros mismos, y como terapia ante el daño más o menos grande de la herida.

BdS.- Los temas que tratas en tus poemas resultan muy cercanos, ¿crees que la vida cotidiana respira poesía?

JA.- La vida cotidiana, como decía Harvey Pekar, es algo muy complejo, y desde luego puede ofrecer -de nosotros depende- una fuente inagotable de poesía. No obstante, he de reconocer que uno se siente un poco extraño disertando sobre estas cosas, pues casi siempre me he imaginado escribiendo prosa y me siento todo un principiante en este género, al que, dicho lo cual, como lector frecuento y le profeso un gran respeto. Como autor, espero no haberlo torpedeado demasiado.

"En este libro aparecen heridas de distintas clases: heridas personales, sociales, ecológicas, generacionales..."

BdS.- A pesar del título, en varios de los poemas encontramos algunos atisbos de humor, ¿es esta una forma de cura o quizá de acercamiento a lo que escuece?

JA.- El humor se antoja un elemento indispensable en el botiquín del hombre contemporáneo, del "superviviente". Me temo que esto ha quedado un poco grandilocuente.
Uno de los primeros lectores de este libro me comentó que se había reído mucho mientras lo leía. Eso me alivió, porque temía que el conjunto pudiera resultar en exceso doliente. Y, desde luego, es un elemento que atraviesa varios momentos del libro. Como todo, el humor tiene sus límites, y en este sentido parece incidir Trapiello cuando aconseja: "Cultiva el humor como los duelos de honor: déjalo a la primera sangre". Un arma que, como puede herir al otro, conviene emplear con cautela. Pero, desde luego, a menudo el humor es, como poco, balsámico, y la experiencia me dice que puede ayudar aun en los momentos más negros. No consigo imaginar qué sería de nosotros sin él.





BdS.- Eres autor de relatos y algunos de los poemas de este libro también nos sumergen en pequeñas historias, ¿qué diferencias encuentras entre ambos géneros?

JA.- Buena observación. Partimos de la base de que uno cree en la hibridación de géneros y en no aislarlos como un compartimento estanco. Las fronteras, a menudo, se diluyen, y hay vasos comunicantes, pero posiblemente el relato corto permite una mayor exploración de vidas y situaciones ajenas, está menos anclado al yo. En la poesía, por otra parte, acaso se permita una mayor creatividad y libertad en el uso del lenguaje, en el despliegue de recursos. Esta pregunta, por otra parte, daría para un comentario más extenso, y para un debate acaso.

BdS- ¿A qué poetas te gusta leer?

JA.- Fernando Pessoa, Leopardi, Emily Dickinson, César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Blanca Varela, José Emilio Pacheco, Chantal Maillard, Karmelo C. Iribarren, José Mateos, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Antonio Machado, Miguel d'Ors. Muchos y diversos.

BdS- ¿Estás trabajando actualmente en algún otro proyecto literario?

JA.- No hace mucho que he dado por terminado, y por lo tanto tengo intención de publicar, una especie de dietario en el que he ido trabajando a lo largo de año y medio o así. Se titula Rasgar algo de vida y es un híbrido de prosas poéticas, tentativas aforísticas, relato de anécdotas y vivencias personales, conatos de reflexiones, juegos entre ficción y realidad... Tal vez se trate del primer volumen de una serie en construcción.


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jueves, 2 de febrero de 2017

Bailando con Rafael Alonso Solís: "Escribir acerca del bien no resulta atractivo"

Baile del Sol.- ¿Cómo surge la historia de El canto de la raposa?

Rafael Alonso Solís.- Como una combinación de automatismo, al principio, y trabajo, pero eso mucho después. Una tarde de verano me senté frente al ordenador con intención de escribir algo, pero sin saber qué. Decidí comenzar por una obviedad, que fue mi fecha de nacimiento. Entonces escribí lo que luego fue la primera frase: “Nací el 20 de diciembre de 1947…” A continuación, y sin pensarlo, apareció la segunda: “…el mismo día, casi a la misma hora y el mismo mes, en que mi padre, un año más tarde y por tenebrosa coincidencia, se diera un tajo en la garganta llenando la habitación de sangre y baba pegajosa…” Creo que esa tarde escribí un folio y lo dejé sin tocar hasta varios días después. Cuando lo retomé pensé enseguida en un asesino, y un poco inspirado en la historia de El Perfume, de Patrick Süskind –que no había leído, pero sospechaba que trataba de eso–, y en El asesinato como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, fui describiendo sus primeros pasos. Al principio fue simplemente un relato corto, de quince o veinte folios. Pero, entre unas vacaciones y un mes que tuve que pasar en casa por haberme roto una costilla, la historia fue creciendo. Al principio sin intenciones ni orientación, pero cuando me pareció que los personajes tenían ya su propia autonomía tuve que organizar el guión, pensar en el recorrido de la historia y buscar un final. Y lo encontré –o se produjo, cualquiera sabe–.

BdS.- ¿Podría calificarse de novela negra?

RAS.- Tal vez no exactamente, porque se aleja un poco de los cánones del género –un género que siempre me ha gustado y del que soy seguidor–, ya que no hay un detective, no sucede en el entorno del crimen organizado –aunque algo de eso hay, pero de forma más difusa y más inquietante–. Yo diría que es más oscura que negra, en el sentido de que explora zonas ocultas de la condición humana.

BdS.- ¿Ha tenido que ver su profesión de catedrático de Fisiología con la elección del tema de la novela?

RAS.- No creo. No veo relación alguna, y la profesión con la que me gano la vida tiene poco que ver con la literatura que me gusta leer o escribir. Es posible que el haber desarrollado una actividad científica me haya ayudado a tener una tendencia por la precisión al escribir.





BdS.- ¿Qué le atrae, como escritor, de la muerte o más bien del hecho de matar?

RAS.- El ser humano está siempre sintiendo la muerte, esperándola o sintiéndose acompañado por ella, y literariamente no cabe duda de que el hecho de matar es un filón. Ahí si que tiene que ver el género negro, pero también el terror, el mal, etc. Como escritor me parece que escribir acerca del bien no resulta atractivo.

BdS.-¿Por qué eligió dos narradores para relatar la historia?

RAS.- Eso surgió después, ya que al principio el personaje era uno solo. En algún momento –y no me acuerdo exactamente cuándo– se me ocurrió esa divergencia. Una vez que decidí que había dos voces, ambas fueron tomando autonomía, y a medida que la historia avanzaba un personaje necesitaba al otro. Además, resultó un ejercicio muy divertido, ya que uno de los personajes hablaba en primera persona, que era como había empezado la historia, mientras que el otro estaba delante de mí, podía observarlo, y casi parecía que yo me limitaba a describir lo que hacía. Aunque, en realidad, creo que eso ya me pasaba con los dos. Ocurrió algo interesante, y es que uno de los personajes confesaba cómo observaba al restos de los seres humanos con una visión entomológica, y yo hacía lo mismo con los dos. He tenido la sensación de que, una vez que ambos se manifestaron, más que inventar sus movimientos lo que yo hacía era limitarme a narrar lo que estaban haciendo delante de mis ojos.



"Me parece que comenzar una novela es relativamente fácil, desarrollarla más difícil, y acabarla bien –quiero decir literariamente– muy difícil".

BdS.- ¿Cree que el lector se sorprenderá por el desarrollo de los acontecimientos?

RAS.- Eso es lo me gustaría que ocurriera, y no solo por el desarrollo, sino por el desenlace. Me parece que comenzar una novela es relativamente fácil, desarrollarla más difícil, y acabarla bien –quiero decir literariamente– muy difícil. Una vez terminada la sometí a la lectura de unos cuantos amigos, y me parece que a todos les sorprendió.

BdS.- ¿Por qué recomendaría su lectura?

RAS.- Es una novela corta y creo que se puede leer de un tirón. Incluso, me parece que engancha y que, una vez finalizada la lectura, puede sentirse la necesidad de volver atrás. Pero eso es cuestión de gustos. Obviamente, uno escribe lo que le gustaría leer.

BdS.- ¿Está trabajando actualmente en otro proyecto literario?

RAS.- Además de intentar la edición de una selección de los artículos que he publicado en Diario de Avisos y en La Opinión de Tenerife durante los últimos años, tengo otra novela empezada, de la que hace tiempo terminé la primera parte. De una forma o de otra, está relacionada con ésta, pero es menos cerrada, con más escenarios y mucho más ambiciosa. Para darle un empujón necesito unas vacaciones o romperme otra costilla.


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