sábado, 10 de septiembre de 2016

Reseña de PECES FUERA DEL AGUA, de Jorge Riechmann en El Rompehielos


Jorge Riechmann lleva décadas recogiendo sus reflexiones políticas en volúmenes misceláneos. Estos libros, en muchas ocasiones, recolectan frutos ajenos: poemas, entrevistas, fragmentos de otros ensayos o de textos periodísticos, declaraciones, proverbios y toda suerte de citas. En otras, recogen un amplio abanico de pequeñas disertaciones sobre temas fundamentales para la ciudadanía. Riechmann no se cansa de pasear por la Historia de la cultura humana para meter en su cesto bayas de distinta procedencia: EpicuroMontaigneFélix Grande... Tampoco ceja en su empeño de divulgar la necesidad de un cambio en el modelo económico-productivo-social para evitar el colapso civilizatorio que se nos viene encima. Sabe que clama en el desierto, pero no se rinde. Por él que no quede. El científico del CSICAntonio Turiel dirige un blog imprescindible para entender y difundir el concepto de peak oil. Su bitácora ha alcandado los siete millones de visitas, y no obstante, eso supone un impacto en apenas un 2% de la población española (la mayoría son lectores reincidentes). Casi nada. Pero ese casi es su estímulo para seguir advirtiendo de la amenaza que supone nuestro actual sistema. Riechmann y Turiel, entre otros, se han echado sobre las espaldas la responsabilidad de concienciar a sus contemporáneos de los peligros del capitalismo salvaje que nos hemos autoimpuesto, que votamos en las urnas, y por ello no les importa repetirse, profundizar en una vía abierta o expandir un argumento en círculos concéntricos. Como humanistas que son, tratan de transformar el mundo, y el mundo no se rehace ni con 200 páginas ni con 200 post. Hay que ser más insistente. Y a Riechmann, en eso, no le gana nadie.

En síntesis: el petróleo se acaba. La energía que mantiene vivo nuestro megasistema se agota. Sobra gente. Ya se ha declarado una guerra por los recursos. De ahí esta crisis económica -consecuencia de la crisis energética-, que como dice Turiel, “no acabará nunca”. Riechmann no sólo denuncia esta realidad, sino que critica su ocultación por parte del gobierno y trata de persuadir a las mujeres y hombres para que colaboren juntos en pos de un cambio que nos beneficie a todos. Que nos cuidemos los unos a los otros, pregona desde la prisión de las líneas del texto. Hace 2000 años Jesús pidió prácticamente lo mismo, amaros los unos a los otros, pero se ve que ciertos unos no están muy interesados en la pervivencia de ciertosotros. Y en eso estamos, en una lucha abierta entre pronombres.

Riechmann apuesta por una “Ilustración ecológica”, por una “revolución ecosocialista” que conciencie a los humanos (esos “simios averiados”) de los límites de la biosfera y de nuestra interdependencia con respeto a los entornos naturales, de los que hemos sido desterrados. Por eso no evade sus críticas a Podemos. Está bien acabar con el bipartidismo PP-PSOE, pero esa no es la meta; el objetivo es planificar una transición hacia una economía post-carburos, frenar el crecimiento, porque de lo contrario nos vamos todos juntos al abismo.

Así de crudo es nuestro futuro. El de los trabajadores.

Otros vivirán en Panem. Esos a los que la mayoría vota hoy, porque está ciega y no ve. No quiere ver. Prefiere los cantos de sirena. “Mis palabras pueden servir para que nuestros compañeros consigan una vida relativamente feliz” argumentaba un invidente (Carlos) a otro (Ignacio) en la tragedia En la ardiente oscuridad (Buero Vallejo). La ceguera como alegoría de la ignorancia. El ignorante es feliz. Todo se desmorona a su alrededor, pero no lo ve. La verdad lo haría desgraciado, lo hundiría en el pesimismo. Él mismo opta por mirar a otro lado. Sin embargo, si todo el mundo encarase con sosiego el precipicio igual hasta teníamos una oportunidad.  


Peces fuera del aguaJorge Riechmann. Baile del Sol. 2016. 16,64 euros. 345 páginas


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Reseña de EN EL NOMBRE DE LOS ÁRBOLES, DE KARIN BOYE en Libros y Literatura


Me apetecía leer un poco de poesía, por eso busqué en el catálogo de la editorial Baile del sol algún libro que me llamase la atención. Ya sabéis, guiándome por mi sexto sentido literario. Y apareció En el nombre de los árboles. Me gustó la portada, minimalista y delicada, me gustó el título. ¿A quién no le gustan los árboles? Así que pese a no conocer a su autora, me decidí por él.
A lo mejor es una ofensa no conocer a Karin Boye. Si es así me arrodillo y pido perdón. Soy una poeta muy simple, pero me gusta mucho aprender. En la contraportada del libro se dice que en este poemario aparece su poema más conocido Sí, es verdad que duele “y del cual la gran mayoría de los suecos saben, como mínimo, recitar los primeros versos.” Reconozco que esta afirmación también me atrajo. Quería conocer ese poema tan famoso en Suecia y confieso que fue el primero que leí. Luego me dio por pensar cuál sería el poema más conocido en España, cuál sería capaz de recitar más gente. Y no lo tengo nada claro. He pensado que podría ser “verde, que te quiero verde, verde viento, verdes ramas”, de Lorca. ¿Vosotros qué pensáis? Abro el debate.
Después de leer el famoso poema, que me ha parecido precioso:
“Sí, es verdad que duele cuando los brotes se abren.
¿Qué otro motivo hay para que la primavera dude?
¿Por qué tiene que estar atada toda nuestra ardiente espera al pálido helor amargado? (…)”
me dispuse a leer la introducción del poemario. Qué desorden el mío. Me ha gustado tanto conocer a esta autora que os tengo que hablar de ella. Karin Boye nació en 1900 y murió en 1941, ya podéis haceros una idea de lo efímero de su vida. Escribió poesía y novela y es una autora bastante conocida en Suecia, aunque ella siempre se quejó de la poca repercusión que tenían sus obras. Con veintidós años publicó ya su primer poemario. Casada en 1929 y divorciada en 1932, decide irse a Berlín a vivir libremente su homosexualidad con Margot Hanel. Una mujer valiente, como podéis leer, pues en aquellos años treinta la homosexualidad era poco menos que pecado. Karin siempre estuvo enamorada de Anita Nathorst, pero fue un amor no correspondido. Sin embargo, cuando su amor platónico es ingresada en un sanatorio para tratar su cáncer, Karin se traslada allí para estar con ella. En el bosque cercano al sanatorio será donde Karin decida suicidarse. Su pareja, Margot Hanel, hará lo mismo un mes más tarde. Por su parte, Anita, muere al año. Terrible final el de este triángulo amoroso. Desolador y terrible, por eso tenía que contároslo, porque todo esto, cómo no, se refleja en la poesía de Karin Boye.
En el nombre de los árboles es un poemario liberador, vinculado a la naturaleza desde el título hasta el último verso. Un poemario que canta al amor, que canta a la vida, al mar y a la tierra, ésa a la que debemos nuestras raíces y nuestra razón de ser.
“Se han trazado tus límites.
Tú también estarás quieta
entre los fieles expectantes.
Tú también has de echar raíces,
convertirte en árbol y madurar.”
Hay versos fantásticos dedicados al amor y al desamor:
“Mientras nuestro amor tenga una sola condición vigente
aunque solo sea una,
será nuestro amor una mano cerrada
y nos lo merecemos”.
Me ha encantado descubrir a Karin Boye y su voz llena de lirismo y sensualidad. Lo mejor de los buenos poetas es que nunca hay demasiados. Nunca nos van a sobrar versos para curarnos. Qué alivio que exista la poesía.

martes, 6 de septiembre de 2016

Reseña de Cómeme, de Agnès Desarthe en laRepúblicaCultural.es

Intentando cocinar el amor

Publicado el Martes 6 de septiembre de 2016, a las 00:02h


Julio Castro – La República Cultural


Cuando Myriam decide abrir al público su restaurante no sabe ella, ni quien la lee, que el local al que llama Mi Casa, encierra una especie de aforismo en ese nombre, que supone guarda paralelismo con su propia vida. Lo que la propietaria de este local va a narrarnos es la apertura a las entrañas de su propia vida, de la Casa en la que se encuentra.

Una narración que tras la apariencia de ser un mero libro de juego con los alimentos, o con los sentimientos, trata de combinar la manera de abrirse a una cocina amarga y especiada que terminará en pastel de zanahoria y nueces. La historia se escribe en primera persona y, aunque no alcanza a la manera de un diario, sí que establece el ejercicio de la narración y de los recuerdos fragmentados. No se aproxima a su formato, salvo que entre jornada y jornada, nuestra protagonista recopilará una parte de su pasado, del que iremos descubriendo poco a poco un mundo de locuras, en el que nunca se evidencia cuál es la realidad, ni dónde se ancla la imaginación para recrear paralelismos de una vida poco clara.

La autora ha querido diseñar a un personaje que hurga en sus sentimientos, imaginando paisajes reales que se entremezclan con la realidad, obligando a sus sujetos de lectura a extraer los mundos auténticos de los imaginarios. No suele tratarse de escenas especialmente largas, pero vuelca buena parte de la proyección poética en los sentimientos de su narrativa, convirtiendo esos momentos en espacios fantásticos muy potentes.

Parece que la historia fuese como el bulbo de una planta, que encierra el conocimiento de vidas pasadas, pero que, en medio de un frío invierno, encuentra serios problemas para volver a brotar a la superficie de la tierra. Serán los compañeros de viaje quienes le permitan realizar el recorrido interior de una larga historia pasada, para que esté en condiciones de encontrar el motivo del trayecto mismo. En cierto modo estamos ante una historia que transita de lo más íntimo de la protagonista, hacia un brote del sentimiento externo que permitirá decidir su propio futuro.

La narración cuenta con una larga fase introductoria que, probablemente, hasta pasadas las primeras 50 páginas hacen divagar a su protagonista, sirviendo a modo de descriptiva de su entorno y del resto de personajes. Sin embargo, tampoco deja especialmente clara la posición de la línea argumental, que se irá definiendo hacia el final del relato.

Una historia que habla del contradictorio sentimiento de rechazo de Myriam hacia su propio hijo, que a su vez se mira desde fuera comprendiendo que tendría la necesidad de quererlo. Un suceso que se desata en tras el profundo amor del primer momento de la maternidad: “Desde su cuna transparente, Hugo me gratifica con su maravillosa sonrisa, que he olvidado mencionar. Me quedo admirándolo, pero de repente tengo la horrible sensación de que algo se ha roto. Ya no lo quiero. Miro hacia otro lado. Me concentro en la pared blanca. He debido equivocarme”.

A partir de ahí, la realidad del momento actual irá intercalando vivencias del pasado en una desordenada cronología, que nos permitirá ir construyendo causas y consecuencias en ambos sentidos de la historia. Sobre ella, sentimientos evidentes o sugeridos planean la posición de la protagonista al filo de un borde situado entre el desastre y la catarsis que le permita avanzar.

En todo ello participarán los personajes de Ben y de Vincent, el primero de ellos, especialmente, más firme en su carácter, aunque también dotado de ciertos aspectos de misticismo ascético, que nada tienen que ver con el propio núcleo del relato.

De su pasado al circo, del circo al restaurante y retorno a través de la imaginación, es la síntesis de esta historia, que sirve de sustento para el desarrollo de la situación incontrolable de una mujer frente a su propia maternidad.

Es cierto que el relato tiene la capacidad de atrapar desde el comienzo, y conducirnos a través de ese mundo casi maravilloso de Alicia y sus galletas de crecer y menguar. Sin embargo, creo que hay carencias en la profundización de los contenidos de cada tema tratado, que la parte culinaria podía haber tomado mayor relieve, pero que es muy superficial y apenas sirve de acompañamiento, al igual que la parte circense, que ocupa el segundo puesto en el recorrido de la biografía que hace la protagonista, sólo nos deja pinceladas de su realidad. Y, sin mermar el interés de la novela, creo que su autora deja enormemente desaprovechada la oportunidad de recrearnos en un mundo mucho más potente y profundo en su narrativa.



Título: Cómeme (Mangez-moi)
Autora: Agnès Desarthe
Traducción: Iballa López Hernández
Editorial: Baile del Sol (2016)
Formato: encuadernación en tapa blanda; 214 pág.
Cubierta: Pau J.
ISBN: 9788416794058

http://www.larepublicacultural.es/article11231.html

miércoles, 31 de agosto de 2016

Bailando con Tobías Campos Fernández: "Defiendo la autonomía del verso en el poema".




Baile del Sol.- ¿Qué puertas dirías que abre tu poemario Llave blanca?

Tobías Campos Fernández.- La  que conduce a la incertidumbre de lo real desde la incertidumbre del lenguaje y el yo.

BdS.- ¿Cómo ha sido el proceso de escritura de este libro?

TCF.- Intentando fluir por nuestras zonas intuitivas, sin distinguir sentido/no sentido

BdS.- Da la sensación de que los poemas han reducido al mínimo la longitud de los versos dejándolos en lo esencial, ¿era esa tu intención? 

TCF.- Defiendo la autonomía del verso en el poema, su labor de “fulgor en sí mismo”.
  
BdS.- ¿Cómo se comporta la palabra en tu poesía?

TCF.- Me gustaría que conociendo y desconociendo, aprendiendo y desaprendiendo, mirando y desmirando; como pequeños rudimentos asombrados.





BdS.- ¿Crees que la poesía ayuda a comprender algunos aspectos de la existencia?

TCF.- Sí, desde su córnea anarquía, sus variaciones anti-inercia, su certeza incierta.

BdS.- ¿A qué poetas sueles leer?

TCF.- Anne Carson, Jorie Grahan, Chantall Maillard, Antonio Gamoneda, Yaiza Martinez,
Olvido Garcia…..y un largo etcétera de voces buscadoras.

BdS.- ¿Trabajas actualmente en algún otro proyecto literario?


TCF.- Sí, tengo dos poemarios madurando: uno de base narrativa y otro de versos dialogados que entronca con mi penúltimo libro Zona y sus mixturas poema/teatro.


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sábado, 20 de agosto de 2016

Reseña de LA MUÑECA RUSA, de Juan Miguel Contreras en Cuentos Pendientes

miércoles, 17 de agosto de 2016

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)


Nunca sabremos lo que piensa un astronauta soviético perdido que contempla la Tierra desde el espacio, pero podemos suponer que se verá desbordado por la soledad y la sensación de punto final. La muñeca rusa fue la novedad del catálogo de Baile del Sol que más llamó mi atención durante la fiesta de presentación de las novedades de primavera – verano que la editorial organizó en la librería Vergüenza ajena en junio, a la que acudí a presentarMil dolores pequeños. Juan Miguel Contreras, en su turno de intervención, nos habló de un astronauta soviético que va a la Luna y nunca vuelve, y de cómo esa figura, y sobre todo la manera de borrarla de la historia, se convierte en la obsesión de su hija, a la que acaban tomando por loca.

Esa trama no es ni mucho menos la única que aparece en La muñeca rusa, pero me hizo querer leer la novela. Esa trama parcial me recordó inevitablemente a mi relato Rescate, incluido en Beber durante el embarazo, en el que un hijo reconstruye la vida de su padre, cosmonauta soviético, que fue el primero en llegar a la Luna pero que no pudo regresar y al que también condenaron al olvido.
Un escritor está buscando muchas veces, como lector, mundos estéticos y de intereses parecidos al suyo. Otras veces no, claro, otras veces quiere leer justo lo contrario a lo que intenta escribir. Pero una novela con esa historia en la trama no podía dejarla pasar, así que la compré y Juan Miguel pudo firmármela. Atrasos y conflictos entre lo que uno quiere hacer y lo que la realidad dicta que haga, una dinámica que a veces se mete hasta en nuestras lecturas, ha hecho que no me haya puesto a leerla hasta agosto. Quizá agosto sea un buen mes, con su calor y sus ciudades desiertas, para leer un libro que rescata el mundo del telón de acero, que nos llena la cabeza de secretos y de cosmonautas. El año pasado, también en agosto, vi esta exposición en La casa encendida de Madrid,http://www.lacasaencendida.es/exposiciones/arstronomy-incursiones-el-cosmos-4512, de la que me he acordado mientras leía esta novela.

La muñeca rusa es, según la solapa del libro, algo así como la segunda novela de Juan Miguel Contreras, que también ha publicado un libro de relatos, además de ser librero, tramoyista y editor. Comparte con el narrador de su novela por tanto el interés por el teatro y la profesión de librero. ¿Qué quiere decir algo así como la segunda novela de un autor? No lo sé exactamente, pero se habla de una primera novela, Cuando acabe el invierno, y se habla también de una primigenia versión de La muñeca rusa. Que el autor permita que se hable de una primigenia versión del libro que vamos a leer creo que indica que considera que aquel era un libro sustancialmente distinto al que vamos a leer, y por eso no sé si hablar de segunda o tercera novela. ¿Qué más da, en realidad?

La muñeca rusa es una novela corta, de unas 170 páginas, cuyo título remite a dos ideas, o así me lo ha parecido. Por un lado a Irina Belokoneva, la hija del astronauta desaparecido, y por otro a la estructura de la historia y su semejanza con las matrioskas, haciendo de la novela una historia en el interior de otra y en el interior de otra.

La muñeca rusa empieza en Praga en 1.968, con la invasión de los tanques soviéticos tras la llamada primavera de Praga. Allí, en Praga, está ingresada en un hospital psiquiátrico, Irina Belokoneva, que apareció contando una disparatada historia de astronautas desaparecidos, y en particular la historia de su padre, Alexei Belokonev. En ese hospital hay un celador, Milos Meisner, que es el personaje central de la novela. Uno de los dos. Diría que el importante, pues el narrador se guarda un discreto papel de observador. Nos habla un poco de su vida, contextualiza (y muy bien) la historia, pero no le quita protagonismo a Milos, que muchos años después será un artista que ha pasado por Londres, por París, por Toulouse, entre otras muchas ciudades, y que ha llegado a un pequeño pueblo de Almería persiguiendo una de esas becas que le permiten a los artistas ponerse a crear sin preocuparse por cómo subsistir.

Allí, en Almería, a través de la mujer que lo aloja como parte del programa, una actriz retirada, llega hasta el narrador, librero en esa pequeña localidad costera. La estructura de historias que encajan en otras me dificulta avanzar en el resumen de la trama, pues me viene a la memoria, hablando del pasado como actriz de Greta, que es su amante, que el librero insinúa en algún momento que es hijo de un famoso actor, a quien no pone nombre pero a quien, desde mi relativa incultura cinéfila, he identificado como Omar Sharif. Esa clase de detalles, en apariencia innecesarios, y que narrativamente es posible que lo sean, dibujan con mucha más profundidad a los personajes y hacen que la novela esté llena de vida, y van completando el juego de apariencias, verdades y mentiras.

El librero ha llegado allí como por casualidad. Parece que se mueve así por el mundo. Heredó la casa de su abuela y decidió poner allí una librería. Vive encima de su negocio y vende, sobre todo, libros en inglés y alemán para extranjeros que pasan allí unos días. Se aburre. Sueña. Habla de una enfermedad renal que le obliga a estar cerca de un hospital donde tienen que tratarlo a menudo. No puede viajar. Por eso le fascina la historia de Milos y las historias que se esconden en Milos. La de Irina, la de los cosmonautas soviéticos, la de Praga, la Praga en la que Milos se juntaba con artistas y aprendía de Bohumil Hrabal, aquella Praga post – 68 en la que le retiraron el carnet del partido a muchos escritores, como Kundera, y fueron tomando el camino de la huida. Hrabal, que intuyo que es un autor que interesa mucho a Juan Miguel Contreras, pues uno de los epígrafes iniciales de la novela es suyo y otro es del recientemente fallecido Peter Esterhazy sobre Hrabal, tiene un peso importante en la novela. Es una especie de referencia que va y viene, como escritor y amigo, en la vida de Milos.

El lector se siente parte de esas conversaciones entre cafés en el mostrador de la librería. La prosa es contenida y dibuja muy bien matices y sensaciones. Hay constantes referencias al olvido y a cómo la historia se va dibujando entre olvidos y recuerdos. La memoria funciona en ese caso como un escultor que del bloque de piedra va quitando lo que le sobra, y uso esa imagen por relacionarla con el trabajo artístico de Milos.

Las misiones soviéticas que fracasaban desaparecían de la historia. Porque los soviéticos eran maestros en el arte de borrar a los colaboradores caídos en desgracia de las fotos. Y por eso nadie hablaba del padre de Irina Belokoneva, y hasta tuvieron suerte, porque a las familias de otros astronautas desaparecidos las borraron directamente del mundo. Me parece fascinante la recreación de una ciudad secreta, en el Asia Central, hacia la que van a preparar aquella misión suicida, Belokonev y su familia, una ciudad que se llama como otra ciudad que no es, para que nadie sepa exactamente dónde están, de modo que así el borrado de las huellas sea más fácil. Es tan fácil borrar el pasado como matar a la gente y dejar de hablar de ella. Tan fácil como usar el mismo nombre para la misma misión, olvidando que la anterior fracasó. Hay un Gagarin que tapa a los Belokonev. Tres misiones Vostok 1 antes de la que realmente funcionó.

El dibujo de algunos proyectos artísticos está muy bien hecho. El narrador nos habla de la reproducción de la Luna que Milos hizo en Toulouse, o el trabajo artístico que emprende sobre la gente que forra los libros, cómo lo hace y por qué lo hace, y las fotografías que trata de tomar de esos lectores ocultos, y ahí hay un nuevo punto de conexión con mi particular mundo de obsesiones y preguntas.

El trabajo del fotógrafo Josef Koudelka sobre la invasión soviética de Praga y las detenciones y huidas de la ciudad. Otra exposición que vi en el otoño pasado en la Fundación Mapfre. Otro punto para apoyar la obsesión.

La muñeca rusa es una novela que se lee en una larga tarde de agosto en la que la luz del sol no se acaba de poner y se piensa y reconstruye durante la semana siguiente. Es una de esas novelas que cogen la historia, la desmontan, y nos llevan a preguntarnos cuánto hay de leyenda. Al lado del libro tienes un cuaderno y un bolígrafo y apuntas nombres de artistas checos, astronautas y misiones soviéticas, y por la noche buscas en Google lo que has apuntado para saber qué es verdad y qué está inventado para hacer la realidad más digerible. Dedico veinte minutos de mi vida a buscar información sobre el libro Gravedad, de Armand Coppens, y parece que no existe. Es el libro que Milos quiere leer, es el libro que le consiguen. Para que se vea que la estructura de muñecas rusas es la descripción adecuada, no sólo a la novela, sino a la realidad, el tal Armand Coppens, según mi breve investigación y algunos textos que leí en ella, parece ser un autor fantasma, que muy probablemente no se llamaba así, que no se sabe quién fue, y que escribió un libro llamado Memorias de un librero pornógrafo. El juego final.

Seguiremos leyendo y disfrutando de buenos libros como éste.
Felices lecturas
Sr. E
http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2016/08/la-muneca-rusa-de-juan-miguel-contreras.html

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