lunes, 8 de agosto de 2016

Entrevista a Ana Esteban en elpulso.es

“El carácter de sugerencia que tiene un cuento perfecto lo acerca a la poesía”, según la autora de “Peces de charco”.

%22Peces de charco%22FGR: Háblanos, Ana, sobre este tu primer volumen de relatos y lo que has experimentado como novelista al trabajar este género literario presuntamente menor.
AE: Tenía algunos cuentos escritos, y mientras trabajaba en una novela pensé en hacer un volumen con ellos, pero luego solo rescaté dos o tres y alguno más que tenía empezado y sin concluir. A partir de ahí, empezaron a surgir otros nuevos, y pronto me di cuenta de que todos los personajes se movían en la misma esfera de la actualidad y en la misma escenografía urbana. Eso hizo que alguno saltara de un relato a otro, o que compartieran a veces un contexto. No pienso los relatos a partir de una historia, sino desde la aparición repentina de un personaje al que le está sucediendo algo, sin importarme quién es ni cómo ha llegado aquí: solo puedo verle en el punto en que se encuentra, y entonces empieza a dar vueltas en mi cabeza y lo llevo al papel.
La base de un cuento es una trama girando apretada en torno a una circunstancia, y esta es la diferencia fundamental con la construcción de una novela, donde todo se abre y se ensancha. Ver con claridad cómo afectará a la vida del personaje esa situación que atraviesa, y dejar que el lector intuya la amplitud de su encrucijada sin llegar a contarla es lo más difícil a la hora de escribir un buen relato. Ese carácter de sugerencia que tiene un cuento perfecto lo acerca mucho a la poesía: la complejidad de su significado y su impacto emocional llegan más concentrados que en una novela, así que su interpretación es un placer para quien lo lee. Yo diría que es un género que requiere un lector más diestro o con más sensibilidad literaria, por eso no es tan popular como la novela, y por eso lamentablemente no muchas editoriales apuestan por él. Seguir diciendo que es un género menor después de Poe, de Kafka o Chejov, después de todos los grandes autores del cuento contemporáneo, y afirmarlo mientras la literatura actual compadrea con otras expresiones —series, cómics, redes sociales y demás—, es medir su dimensión con los manuales que blandía la crítica de otro tiempo.
FGR: Los recuerdos, la ciudad (pongamos que hablo de Madrid) y la soledad en la que se debaten sus habitantes son una referencia temática en tu obra…¿nos encontramos con una literatura de las emociones?
AE: Para mí la literatura es algo emocional, porque el asunto de la literatura es la condición humana. Toda manifestación artística tiene que ver con la emoción y surge desde ella, pero la literatura es la única de las artes que no se limita a expresarla, sino que indaga en todos sus aspectos para obtener un significado más profundo de lo que somos, de cómo es nuestro paso por la vida. La escritura, tal como yo la entiendo, parte de una búsqueda constante y se filtra desde el conocimiento de la experiencia propia y la cultura en la que se vive. Quizá por eso mis escenarios son sobre todo urbanos y la soledad siempre está rondando a mis personajes. El tiempo te enseña que todos estamos un poco solos, estemos donde estemos, y que la única posesión que al final tenemos son nuestros recuerdos, lo que hemos hecho; también en eso se apoya lo que escribo.
FGR: Viví muchos años con mis abuelos en la plaza de Matute y tu artículo sobre ella, donde también hablas de Cervantes, que vivió en los aledaños, me ha traído a la memoria muchas cosas…Madrid sin duda es un espacio matriz privilegiado para la creación, no sólo literaria. Los tiempos corren y vuelan. ¿Cómo percibes esta ciudad, aquí y ahora, sobre la que muchas veces escribes?
AE: Pues últimamente la percibo bastante sucia, como todo el mundo, deteriorada por nuestra dejadez. El caso es que amo a esta ciudad y su paradoja: es muy hospitalaria y a la vez algo inhabitable. A veces tienes la impresión de que todo sucede en ella, que si te marchas por un tiempo te vas a perder cosas irrepetibles, te vas a quedar atrás, en desventaja, sin saber muy bien de qué. Cuando voy al campo me embarga la extensión de la naturaleza, esa paz que te da el bosque, la montaña o la llanura, lo necesito y también necesito estar junto al mar al menos una vez al año, pero creo que soy animal de ciudad, me inspira más una calle y lo que pasa en ella que un hermoso paisaje. Disfruto en Madrid porque se deja abarcar, y tiene un aire entrañable, como de pareja antigua: la amas y la odias a un tiempo pero sobre todo la amas. A veces creo que me gusta la vida urbana porque la vivo en Madrid, y que en cualquier otra ciudad no me gustaría en absoluto.
FGR: ¿Tus autores favoritos?
AE: Nunca sé muy bien cómo responder esta pregunta, porque la lista sería muy larga y seguro que bastante caótica. Como estamos hablando de relato, y empezando por los inmortales, por supuesto digo Chejov y Kafka, pero también otros nombres de aquí y allá que me parecen grandes del relato: Katherine Mansfield, Ignacio Aldecoa, Felisberto Hernández, por ejemplo. Me gustan especialmente los clásicos americanos de la estela Chejov, como Carver, Salinger o Cheever, y algo más recientes pienso en James Salter, George Saunders o Lorrie Moore. Otros autores como Askildsen, Bolaño o Gonzalo Calcedo, también están entre mis favoritos. Es una relación improvisada, porque siempre ocurre que después te acuerdas de muchos más autores que te gustan y que te has vuelto a dejar fuera.
 FGR: La actualidad va fagocitando la experiencia de lo real y muchas voces pontifican sobre la muerte de la novela ¿cómo ves tu, como novelista practicante, esta cuestión?
 AE: No creo que la novela como género narrativo se muera, porque contar y absorber historias está en nuestra naturaleza. Lo que ocurre es que en esta cultura, donde prima todo lo visual y lo nuevo, tiene una competencia feroz, ya no es la única vía que tenemos para acceder a otros mundos como lo fue antiguamente. La novela sobrevive plegándose a este tiempo, mientras incorpora otros elementos o adopta otras formas (pienso por ejemplo en el auge de la novela gráfica, en su hibridación con la crónica, en libros-objeto como La casa de hojas de Danielewski). Lo que ya no podemos hacer es leer novela desde una premisa purista, o escribirla de espaldas a la actualidad o a una realidad cada vez más compleja. Aun con su influencia obviamente mermada, y pese a que ya no volverá a ser la misma, la novela permanecerá para sus lectores conviviendo con todo lo demás, porque sigue siendo un medio perfecto para bucear en nosotros mismos, en lo que somos.
FGR: ¿Cómo escritora cual es tu relación con las nuevas tecnologías de la comunicación?
AE: En cuestiones tecnológicas soy bastante torpe y algo perezosa, lo que me avergüenza un poco; por otro lado, la obsesión por la popularidad en las redes es una enfermedad de nuestro tiempo que me resulta ridícula. Antes tenía la convicción romántica de que si lo que escribes tiene cierto valor podrás aportar algo al mundo, tus libros estarán donde tengan que estar y llegarán por sí solos hasta tu lector ideal, pero supongo que hoy en día es una ingenuidad pensar esto. Lo cierto es que escribir es una tarea solitaria y a veces te mantiene fuera de todo; a mi me gusta ese aislamiento creativo, pero me angustia la sensación de que sin el apoyo o cierta actividad en redes sociales eres invisible, y si eres invisible lo que hagas no llega a nadie. Así que aunque no me manejo con mucha destreza, al menos tengo una página donde cuelgo lo que voy escribiendo o publicando, y una cuenta de Facebook donde he descubierto la alegría de compartir, conocer gente y ver qué se hace por ahí fuera.
 FGR: ¿Qué estás preparando para un cercano futuro?
 AE: Una novela en la que trabajaba cuando me sumergí en los cuentos, o más bien dos, porque ando dando vueltas también a la que tenía en un cajón. Ojalá sea para un futuro cercano como dices; soy una escritora lenta, y además por el camino me entretengo con otras pasiones: el periodismo y mis talleres literarios.
* Ana Esteban (Madrid, 1964) es autora de las novelas Es solo lluvia (Debate, 2001) La luz bajo el polvo (Ediciones del Viento, 2006), y del libro de relatosPeces de charco (Baile del Sol, 2016). Ha escrito artículos, crítica de cine y de libros, entrevistas y crónicas en El SemanalEl País, El Asombrario, Buensalvaje y otras publicaciones, reunidas también en su web Crónica Spleen .

martes, 2 de agosto de 2016

Reseña de Anestesia de Inaxio Goldarecena en 1000 y un libros y reseñas

Anestesia (Inaxio Goldaracena)



Título: Anestesia
Autor: Inaxio Goldaracena
Editorial: Baile del sol
Año: 2016
Nº de páginas: 68
ISBN: 978-84-16320-24-0


Del autor:

Nacido en Pamplona el 1975.

Antologado por Cosmoanónimos Cosmopoética, 2015, LeTour 1987 Wine&Roses, 2015, Bartleby Editores En legítima defensa, 2014, Ediciones Liliputienses Diva de mierda, 2014,  Amargord Poesía antidisturbios, 2015 y Poetas del s.XXI.com, 2015.

Fotografía del Diario de Navarra
Tiene editado el poemario ANESTESIA (Tenerife, 2016) y dos poemarios inéditos: Piel sin fronteras (Premio NajiNaaman, Beirut, 2010) y Laberinto de Sueños (Premio Elvira Castañón, Asturias, 2009).

Ha realizado una muestra antológica de poesía crítica en Navarra Luces y sombras, 2014.


Modera la tertulia de poesía LA CASA ROJA en la librería KATAKRAK (Pamplona). Articulista para la revista digital de poesía http://inaxiogoldaracena.lagallaciencia.com Administra el blog sobre lecturas de poesía: http://halcondelanoche.wordpress.com


Sinopsis:

Hay poetas que viven a la intemperie porque saben que no existe otro modo de vivir si quieren que, esa nube que les persigue a todas partes, les llueva la palabra sombra, la palabra noche, la palabra tiempo. Después, cuando llegue el insomnio escurrirán la bruma, licuarán el dolor y emprenderán su camino, siempre el mismo: el camino hacia el lobo. El camino hacia el lobo es el fruto de los poetas.


Me acuerdo de Trakl y de su Sumisión a la noche, de su Canción de las horas. Inaxio Goldaracena también canta temores nocturnos aunque sobre la mesa haya frutas amarillas. Quizá la lluvia fecundó manzanas silvestres entre sus pulmones, manzanas que se niegan a ser semillas de ningún árbol, que prefieren dormir por él, soñar por él, y dictarle hermosísimos poemas.

 Opinión:

Hay que felicitar a la Editorial tinerfeña Baile del Sol, por varias cosas: por su calidad, por su innovador catálogo, pero sobretodo por su apoyo a la poesía, a la que como bien dicen sus editores, han dado acomodo, más que eso, diría yo, han conseguido que muchos autores, en su mayoría jóvenes, encuentren una editorial que apueste por ellos incondicionalmente.

La anestesia, como todo el mundo sabe, es una sustancia química que produce una pérdida o ausencia temporal de la sensibilidad y que se utiliza en cirugía, si bien, muchas veces, podemos utilizar el término, para referirnos por ejemplo a la sociedad, y decir que vivimos en una sociedad anestesiada, una sociedad zombi, que camina sonámbula por sus ciudades (que Inaxio nos las presenta grises y tristes), sin importarle lo que le pasa a las personas que habitan en ella.

Sonámbulos y noctámbulos, son los habitantes de las ciudades de Inaxio, noches en vela, noches en un bar, noches, que el autor compara con el café.

Estos sentimientos, son los que nos hace llegar Inaxio en muchos de sus poemas, sentimientos de dolor, de soledad, toda una serie de miedos, que sufrimos muchos, que son comunes en las personas con una mínima sensibilidad.

El poemario está dividido en cinco partes: exactamente antes, sonámbulo, no duerme el animal, intemperie e instante.

Siguiendo con el hilo principal que une al poemario de Inaxio, podemos descubrir varias referencias que van a deleitar al lector, como el minucioso poema dedicado al famoso cuadro"Nighthawks" (Noctámbulos), de Edward Hopper, conocido pintor estadounidense contemporáneo, que se dedicó a retratar  la soledad en la vida estadounidense, y que me ha fascinado.

"Nighthawks" de E. Hopper 


La sensibilidad del autor, sigue aflorando más adelante, más allá del arte, con el poema "Amnesia", dedicado en esta ocasión, a la noche del 9 de noviembre de 1938, "La noche de los cristales rotos", en la que hubo un estallido de violencia contra los judíos, en el tercer Reich, preludio de la más cruel guerra que hayamos padecido.

Anestesia, es un poemario necesario, para reflexionar y despertar a la sociedad del letargo al que nos han sometido y al adormecimiento al que voluntariamente nos hemos acostumbrado.

Valoración:  8/ 10 Notable


domingo, 31 de julio de 2016

Reseña de Contra Visconti, de J.Jorge Sánchez en Corónicas de Españia. Blog de Eduardo Moga

¿La poesía ha de ser verdad?

Contra Visconti, el quinto poemario de J. Jorge Sánchez (Barcelona, 1964), recientemente publicado por Baile del Sol, ofrece la paradoja de ser poesía que descree de la poesía, más aún, que la denigra y pretende refutarla. Esta poesía antipoética proviene de una actitud crítica –el poeta es profesor de Filosofía– que se nutre del pensamiento marxista, y cuya raíz y destinatario es una realidad pródiga en injusticias y calamidades. La introducción de Paul Cahill acota muy pronto la pretensión de J. Jorge Sánchez: “Se trata de una poesía esencialmente filosófica (…) [que] se centra en articular y presentar la verdad”. Y más adelante precisa: “Reconocer y presentar la verdad requiere una conexión con el tiempo que habita el artista, en vez de ser ‘dos desquiciados, / dos descoyuntados de / sus propios tiempos’, como lo fueron Ludwig von Bayern y Luchino Visconti”. La verdad, en efecto, es el asunto central de Contra Visconti: una verdad que, para J. Jorge Sánchez, se encuentra fuera, en “el tiempo que habita el artista”, en un mundo plagado de iniquidades; una verdad que se despinta y desaparece cuando se enreda en el artificio poético, cuando atiende a la metáfora antes que al sufrimiento, cuando es solo palabra y no realidad. El poema que da título al libro, una singular composición dividida en tres partes y una nota final, e integrada solo por haikus, constituye el ejemplo perfecto de esta aproximación exógena a la poesía. “Contra Visconti” contrapone el lujo suntuario del palacio de Herrenchiemsee y el aristocrático esteticismo de la película de Luchino Visconti, Ludwig, que refiere la vida del rey loco que lo hizo construir, Luis II de Baviera, a la realidad salvaje de su construcción. El poeta enumera los 55 candelabros con más de 5 000 velas –uno de ellos, hecho de noventa y seis piezas únicas–, un candelero de 500 kilos en el estudio del monarca, una bañera de mármol de 60 000 litros, un escritorio de un millón de euros, una mesa que emergía del suelo ya preparada, una sala de espejos de noventa y ocho metros de largo, porcelanas de Meissen, palisandro de Brasil y cristal de Bohemia, y, acabada la retahíla, dice: “Pero faltan las / tumbas de las decenas / de obreros muertos. // No se sabe ni / el número exacto / de accidentados. // Lo construyeron / durante siete años / a un ritmo febril. // (…) No hay sala que / los recuerde. Tampoco / la película”. Este es el quid de Contra Visconti: la impugnación de la belleza que no retrate –o de algún modo refleje– la terrible realidad de la historia. El arte ha de ser instrumento de la verdad y reivindicación de la justicia. No cabe brillantez que desconozca la aspereza del mundo. “Yo quiero algo propio, auténtico, sincero”, escribe J. Jorge Sánchez en “Brett Favre se retira”. Y esa autenticidad se identifica con la verdad: “Sé que no podré escribir un poema auténtico sobre Brett, mi hijo y yo, / porque no sería un verdadero tributo al ídolo”, escribe un poco más adelante. Toda truculencia es reprobable, como expone en “La arenga de Aragorn”: la emoción que despierta el discurso del personaje de El señor de los anillos es solo fruto de una operación fraudulenta, aunque eficaz, que nos evita reparar en el hecho de que “la edad del Hombre tal vez esté presta para su consumación, / aunque no aúllen los lobos y los escudos no hayan sido todavía quebrados. // Pronto lo será”.

Las opciones formales por las que se decanta J. Jorge Sánchez son coherentes con su visión estética. El hecho de que, en la primera parte del libro, que ostenta el elocuente título de “Imposturas”, subvierta la naturaleza instantánea del haiku, su condición de fogonazo revelador, y lo vuelva mero eslabón de un relato, construido con informaciones y juicios, denota su voluntad de impugnar las convenciones expresivas y someterlas a las necesidades de la narración. La suya es una poética de la vulneración, pero no para indagar en los estratos últimos del lenguaje, como ha querido la vanguardia histórica y sigue queriendo la neovanguardia, sino para despojarlo de cualquier embellecimiento, de cualquier falacia o camuflaje retórico, por resplandeciente que sea: J. Jorge Sánchez quiere romper las expectativas del discurso para arrastrar al lector a una inmersión diferente en el texto; una inmersión que lo enfrente a la realidad desnuda, y a menudo doliente, de los hechos. Por eso mantiene también en todo el poemario un tono deliberadamente prosaico y coloquial, sin concesiones a la imaginería ni al fasto verbal, salvo ocasionales retruécanos o juegos de palabras, que no hacen, en realidad, sino ironizar sobre la perversa flexibilidad del lenguaje, que permite omitir las crueldades del qué mediante los esplendores del cómo. Los temas elegidos como cauce para alcanzar su propósito tampoco tienen nada que ver con los grandes asuntos de la poesía: J. Jorge Sánchez prefiere las provocativas superficialidades de la cultura popular contemporánea, desde los deportes (el fútbol americano, que le sirve para reflexionar, una vez más, sobre la poesía; el baloncesto) hasta los medios de comunicación (la televisión, el cine, Facebook), pasando por la publicidad el cómic. La iconoclasia de Contra Visconti acaba en un alegato contra la poesía, como revela “Diminuta intifada en un fragmento de The Dyer’s Hand de W. H. Auden”, un título muy largo para un poema muy breve: “La poesía podría ser, también, una forma de magia cuya finalidad última fuera ilusionar e intoxicar sirviéndose, a menudo, de la mentira”, y como desarrolla, esta vez discursivamente, “Las armas cargadas siempre son peligrosas, sean un kaláshnikov o un poema, estén cargadas de balas o de futuro”, en el que J. Jorge Sánchez lanza una diatriba contra la poeta nicaragüense Gioconda Belli y su poema “Los portadores de sueños”, por dar alas poéticas a las catastróficas utopías contemporáneas y sus crímenes asociados. J. Jorge Sánchez no olvida recordarnos que Mao, el mayor asesino de la historia, y Radovan Karadzic, un genocida menor, pero más cercano, más familiar, escribieron poesía; y que en El señor de los anillos, esa obra capital de la mitología contemporánea, laten las resonancias nazis del Sein und Zeit heideggeriano. 

La propuesta de J. Jorge Sánchez es incitante y persuasiva, y, además de en los poemas de Contra Visconti, se expone, muy razonadamente, en “El velo de Maya y el ocaso de la poesía”, el epílogo que ha sumado al volumen. Hablaría bien de la cultura española actual que Contra Visconti despertara el debate sobre las ideas de J. Jorge Sánchez, que no solo atañen a su visión del arte, sino también a su estatuto ontológico, su función comunitaria y su vigencia social, aunque, conociendo la cultura española como la conocemos, mucho me sorprendería que suscitara alguna reacción. Por mi parte, convengo en que el arte ha de ser verdad, pero discrepo de que esa verdad tenga que ser exterior. Puede serlo: en nada perjudica al poema que hable del lujo o los obreros muertos en la construcción del palacio de Luis II, pero tampoco le beneficia en nada necesariamente. De qué hable el poema es irrelevante: lo importante es que sea un poema. La única verdad a la que ha de atender el poema es a la suya propia: a su realidad estética, a la emoción que sea capaz de conferirnos por medio de su palabra, al engrandecimiento sensible e intelectual que promueva: a su verdad interior. Si esa verdad nos vuelve más conscientes del sufrimiento del ser humano, o de la injusticias del capitalismo –muchas y muy feroces–, o de las intolerables desigualdades que aquejan a la sociedad, asimismo innumerables, bien está. Pero su propósito no se encuentra más allá de sí misma, como el de La Gioconda no era el de informar sobre el estatus de la burguesía florentina del s. XV, ni el de En busca del tiempo perdido, describir las clases sociales de Francia a principios del s. XX, aunque lo haga, y más eficazmente, por cierto, que cualquier tratado sociológico. J. Jorge Sánchez ha escrito en Contra Visconti espléndidos poemas, aunque descrea de la poesía. Lo son porque existen como poemas, con independencia de sus inquietudes políticas o filosóficas. Esa es la única verdad a la que atenernos.

(Publicado en Turia, n. 119, mayo 2016)


viernes, 29 de julio de 2016

Reseña de Al otro lado de los cocodrilos, de Maria Jesús Silva en LUKE

Título: AL OTRO LADO DE LOS COCODRILOS
Autores: María Jesús Silva
ISBN-10(13): 978-84-16794-03-4
Referencia: SO-202
Fecha de publicación: 2016
Número de páginas: 74



Hay muchos seres ocultos en cada hombre o mujer, muchos momentos en el tiempo humano, muchos lugares perdidos en nuestra mente. Quizás las palabras broten para iluminar o dar forma a los seres, los momentos y los lugares, porque hablar, escribir, es agrietar el silencio, romper ese cristal limpio, trasparente, incoloro, sí, o también semejante a la lámina de un espejo que sólo nos refleja por partes, y que, abandonado en el espacio, revela una claridad lejana y extraña: un cielo perdido entre los objetos.

Hay muchas imágenes y muchas situaciones alojadas en este libro de poemas en prosa de Maria Jesús Silva, ‘Al otro lado de los cocodrilos’, que acaba de publicar Baile del Sol Ediciones. La poeta ha diseminado sus distintas experiencias como una baraja de cartas sobre estas páginas, que son mucho más que impresiones y sentimientos, pues es como si, instante a instante, se hubiese arrancado el tiempo de su cuerpo, a tiras, y nos ofreciera esos momentos vívidos y palpitantes como trozos de carne. De carne sangrante.

Su autora sabe retorcer la cotidianidad hasta volverla sonido, como quien estruja un trapo húmedo para que seque, pero la realidad nunca se seca, la realidad es indiferente a nosotros y nos penetra, es lo que está distante y al tiempo nos habita. Es exacta, en este sentido, la cita introductoria de José Ángel Valente, que la poeta ha colocado al comienzo del libro: ‘Alejarme tan solo fue el modo / de quedarme para siempre.’ Estos poemas evidencian esta cercanía de una realidad ajena y propia, de una vida que, en la distancia, forma parte de un paisaje, antiguo y nuevo, por el que deambula, entre sus sentimientos, como un viajero entre piedras y zarzas. No puedo dejar de recordar, en este sentido, ese texto de apariencia simple, pero de tales resonancias, que semeja un aguacero en pleno verano. Me refiero al texto ‘Me he reconciliado con mi padre’, donde la niña-adulta acude con su lista de reproches a visitar a ese hombre que fuera su progenitor, pero que ya no es su padre, y le encuentra, en la lenta desintegración del Alzheimer, atisbando desorientado la niebla de su existencia.

Hay también muchos silencios entre estas palabras, en la curvatura de las letras: Silencios verdes con los que se tapiza el día, silencios en los que se sumergen los espacios del pasado, los seres queridos, silencios que “producen las neuronas al morirse”, silencios como fosas en las que rebotan las voces y espesos silencios que nos devoran como la muerte: ‘ese segundo que nos separa de un lado y nos coloca en el otro.’

Maria Jesús Silva convive con la muerte y la locura, y sabe que, a veces, ese segundo al que se refiere es tan leve como una línea imaginaria, como la frontera del horizonte que separa mar y cielo en la tarde brumosa. Se sabe en que lugar estamos, pues nos habitan los recuerdos, pero ¿es ello suficiente? ¿Los muertos han perdido la memoria? Maria Jesús Silva lo duda:

“Ha muerto esta mañana. Ahora son las dos y cuarto de la madrugada y se asoma a la terraza. De vez en cuando mira hacia atrás, y me pregunto qué hace ahí.”

¿Es cierto que los muertos no recuerdan? ¿Acaso no es el olvido lo propio de los vivos? Todo parece trastocarse en este libro: el silencio nos habla con sus infinitas tonalidades y la muerte reside en nosotros para vomitarnos la existencia.

Son muchos los momentos, muchas las estaciones, los rostros que emergen y se disuelven en nosotros: las innumerables caretas con las se presenta la vida. Y es con ese caleidoscopio de miradas y de imágenes deslumbrantes con las que se ha escrito este poemario en prosa, donde el tiempo a veces se detiene y otras avanza con la celeridad de una flecha para clavarse en nosotros y desgarrarnos, como un cuchillo.

Como un cuchillo de la textura de la voz, con el filo de una palabra que dilacera y llega al corazón.


Antonio Maura

miércoles, 27 de julio de 2016

Reseña de La máquina natural, de Ignacio Fernández en Revista Transas

DESPOJOS DE LO HUMANO: EL FIN DE LA CIUDAD Y SUS ABISMOS. RESEÑA DE “LA MÁQUINA NATURAL”


 Por: Javier Madotta
 El escritor marplatense Ignacio Fernández publicó en 2015 su novela prima, tituladaLa máquina natural. Luego de un aparente “apocalipsis” moderno, una oscura fuerza militar está reorganizando a la humanidad. La virginal cabaña en la cordillera de los Andes que habita Francisco, el protagonista, es penetrada por tres sobrevivientes de la civilización y fugitivos del nuevo orden. Ejecutada con pulso firme y versatilidad, la trama se desplaza entre recuerdos e inminencias, humor y nihilismo. El texto cuestiona el lugar del hombre en la naturaleza con eficacia, sin distracciones científicas ni pretensiones dogmáticas: cruda ficción.


La máquina natural (Ignacio Fernández)
Ediciones de Baile del Sol, 2015
173 páginas

La máquina natural inaugura la obra del escritor argentino Ignacio Fernández.  El título refiere al poder de la naturaleza, a sus mecanismos inapelables y al lugar mínimo del hombre en sus designios. Pienso en mecanismo porque será interrogado el corazón de un sistema: nuestra vida cotidiana, sus gestos, nuestros falsos dioses; y anoto lugar porque el espacio es central en esta cosmovisión en la que la humanidad es un grano de sal en el universo. Vía metafórica o literal, ambos caminos son válidos para recorrer la novela.
Luego de una catástrofe eléctrica, tres fugitivos de un reclutamiento mundial (el Hereje, Fernández y Ángeles) llegan a pedir ayuda a la cabaña de Francisco, un ermitaño que vive en la ladera argentina de la cordillera de los Andes. Este hombre, solitario y en simbiosis con la nieve y la montaña, aislado del mundo urbano, redacta noticias inventadas en un diario llamado El Apocalipsis, que es distribuido en un pueblito cercano. Los extraños en fuga, invirtiendo la figura evangélica, irrumpen con la mala nueva: una organización supranacional de ejércitos está al mando del mundo y regirá ley marcial para los rebeldes. Vagas reminiscencias de ghettos y períodos infames de reorganización aparecen como fogonazos en la oscuridad de un laberinto a través de estas páginas.
A pesar de que el género post apocalíptico está trabajado hasta la saturación, tanto en la literatura como en el cine, creo que allí nace el acierto sorpresivo de este proyecto: en su riesgo, su tránsito por el borde. Juega al límite, muy cerca de la repetición, de la obviedad, y sin embargo, es posible emerger fresco de la novela, con el despertar intenso de los sentidos, como en un chapuzón helado mar adentro. La construcción de dos destinos opuestos agregan la cuota necesaria de tensión: el progreso hacia la muerte de Francisco se articula con la lucha por la vida de Ángeles embarazada.
La prosa de Ignacio Fernández es clara, detallista, reflexiva. Se esmera en otorgar veracidad a cada afirmación. Es un texto que goza ser escrito. Esto es claro en frases en apariencia intrascendentes, como por ejemplo: “El Hereje está rebañando con un pedazo de pan la olla del guiso pernoctado”. Así, el narrador no escapa al momento poético, aunque evita el drama. Ante lo trágico de un asesinato, elige describir la parábola de las esquirlas del rostro baleado o  el ojo suelto que rueda por el piso, antes que indagar en las emociones posibles en esa escena. De alguna manera, este procedimiento narrativo opera sobre la idea de que la naturaleza ha sido liberada en su interior y deja al hombre en un sitio de subordinación, en el que su animalidad prevalece.
La temática del apocalipsis es retomada con ironía. No es el fin de los tiempos, pero será el fin de la etapa tecnológica basada en las conexiones eléctricas. Sin embargo, todo lo que conocerá el lector es la falta de electricidad y cómo esa carencia pone de cabeza a todo el sistema de organización humana vigente. Las reflexiones sobre la humanidad en tal situación de crisis se unen a una escritura precisa y punzante, tan ácida como humorística, que bucea en el lirismo pero también en lo crudo de lo carnal.
La violencia, que se jerarquiza como el impulso más natural del hombre, está representada en el personaje del Hereje. El narrador cuenta, con cierto darwinismo,  que ante la incertidumbre reinante es la fuerza la que manda. Afirma, por ejemplo, que “La perfección es destrucción”. O también: “Porque la violencia es leal”. Jaurías salvajes y ancianos errantes son dos de los colectivos que quedan a la deriva en esta nueva realidad. Además, otra comunidad que se observa vagar sin rumbo, es la de los niños, luego reclutados con ferocidad. Una escena al final muestra la ejecución de un joven militar, pueril y asustado, y es el Hereje su verdugo: hay una nueva ley vigente, y la impiedad se instala como la pasión humana dominante.
Es posible proyectar a los personajes como símbolos. Francisco se irá transformando en la figura de un sabio, a la vez que se disuelve su voz en la del narrador. El Hereje, la naturaleza desatada como fuerza violenta, antagoniza con Fernández, que es el hombre de razón y ciencia, compasivo, sensible. Ángeles, la chica embarazada a punto de parir, se instala como la posibilidad de la vida, incluso en las circunstancias adversas que se narran. Aparecerá un personaje menor, el cura, que es utilizado para focalizar y materializar la crítica a las instituciones, en especial y como es evidente, a la religión (católica). Otros dos personajes secundarios serán Anselmo, el “jinete del Apocalipsis”, que se encarga de llevar en burro el diario al pueblo, y Paulina, la partera, borracha desde que murió su hijo en un accidente absurdo.
Según hemos escrito arriba, el escritor explora las dimensiones, las distancias, el mapa de nuestros recorridos. Nos lleva desde la costa Atlántica hasta el Océano Pacífico. Subyace una pulsión por retroceder el tiempo, de desandar destinos. Esta voluntad o negación está expresada literalmente, de modo poético, por Ángeles, cuyo deseo es “ver, montados a lo largo de las crestas de las olas, los destellos del sol que se hunde y creer realmente que no es un ocaso sino un amanecer que retrocede”, y construye a partir de esa frase una circularidad en la historia, que aparece en el principio y en el final, donde la inmersión del astro en el océano Pacífico será un verdadero ocaso. Por otro lado, esa sabiduría inesperada en Francisco piensa: “El camino nos nutre a todos”. La sentencia, ante el retroceso vertiginoso en el tiempo por la falta de combustible, hace a las distancias inmensurables. Dirá: “mira a sus pies y no ve nada en concreto, pero ahí se acaba el mundo ¿Qué hay más allá? ¿Cómo se cruza esa distancia?”. Y más adelante, la respuesta: “más allá estaba el silencio verdadero del mundo: se podía percibir el apacible vértigo de cómo sería el mundo sin humanos”. La tierra arrasada, regresando a su punto nodal, transforma drásticamente la noción de espacio, reduciéndola a la vanidad de mera abstracción, de una simple categoría.
En cuanto al enclave del relato en la temporalidad histórica, los autos que utilizan los fugitivos nos dan un atisbo de pista, pues son siempre modelos viejos (por ejemplo el Renault 12 que usan para el escape). He referido ya que se edifica memoria en la bruma de episodios traumáticos como los campos de concentración y las dictaduras. Y si bien el territorio de soporte es Argentina, de costa a cordillera, ¿se ocupa el texto de construir una mirada local sobre esta crisis mundial? En absoluto. Se intenta una definición rápida de cierto modo de argentinidad en una frase: “El mundo estaba en todas partes y en ninguna pero ellos estaban en el centro: qué desesperación más argentina”. ¿O acaso situar la novela en este país es un modo de hablar sobre esa centralidad desesperada? ¿O será que el tiempo histórico no se difiere, y el atraso que se vislumbra es el del país de mar plateado?
Explorando el despojo del ser de sus pasiones, afirma el narrador que “Todavía conservaban vicios residuales de la civilización como la vergüenza y la esperanza”. En ese aspecto, La Máquina natural resulta un cuestionamiento a las ficciones humanas contemporáneas. Y en particular, a la religión y el periodismo. Dice el narrador: “Sus noticias, las religiones, los nombres, la nieve: todas esas ficciones que se agotan por su propia naturaleza y que necesitan ser alimentadas una y otra vez”. En cuanto a la parodia del periodismo, allí es donde observo su mejor imaginación y destreza: se insertan en la novela cinco fragmentos de noticias del diario Apocalipsis, a medida de lo que la gente quiere leer, porque en definitiva, todo es una cuestión de entretenimiento. Vale la pena resumirlos: cuatro presidiarios se fugan y, al ser detenidos, tres de ellos explotan en forma de murciélagos y uno en pajaritos blancos; un perro maltratado por sus dueños les salva a su bebé, lo que genera una discusión científica sobre la piedad canina; se descubre la inexistencia de un país diminuto denominado “Bután”; los gobiernos del mundo prohíben la muerte por un día; por último, el creciente aumento de correspondencia dirigida simplemente a Dios trae algunos problemas logísticos y la perplejidad de un ciudadano al que se le devuelve la misiva al no poder localizar al destinatario.
            Para terminar esta pátina desprolija, acaso más gravosa que la padecida por el Ecce Homo de García Martínez (ver http://www.lanacion.com.ar/1501502-una-anciana-arruino-una-obra-de-arte-del-siglo-xix), quisiera dejar una cita más, que refleja el pesimismo radical de este texto en su mirada sobre la modernidad: “Ahora mismo somos el último eslabón de la cadena evolutiva humana, pero este eslabón ya no tiene contacto con el primero. Perdimos la curiosidad del conocimiento más elemental porque el mundo ya estaba ahí cuando nosotros llegamos”. Se ridiculiza la impotencia del hombre ante la catástrofe: “Pero no parecía tratarse de un retorno al estado de naturaleza […] Era incivilizado matar para comer. El frío y la oscuridad se combaten girando perillas, pulsando botones ¿Qué es todo esto?” La pregunta es retórica: el hombre es un diente de león en Sudestada. El conocimiento actual es inútil, en el sentido amplio. Dígase sin titubeos: en La máquina natural, al narrador “nada de lo humano le es ajeno”, ni indistinto, ni se salva de su pensamiento corrosivo. O más bien, casi nada: sobrevive la literatura.

martes, 26 de julio de 2016

Reseña de Pájaro sangre, de Blanca Morel en Notas de un Lector de Andalucía Información

JORGE DE ARCO - NOTAS DE UN LECTOR

Como un resplandor

JORGE DE ARCO
25/07/2016 10:20
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“Que mi corazón esté siempre abierto a pequeños pájaros que son los secretos del vivir”, dejó escrito tiempo atrás e.e.cummings. Bien sabía el poeta americano que tras la esencia más íntima del ser humano, debía quedar el coraje para remontar el vuelo en  cada amanecer.
Y traigo hasta aquí al vate estadounidense, conclusa la lectura de “Pájaro sangre” (Baile del Sol, 2016), de Blanca Morel. Esta madrileña, licenciada en Ciencias de la Información, que ha trabajado como periodista en distintos medios, da a la luz su segundo poemario, ocho años después de su inicial “Bóveda”.
     En esta ocasión, su verso se posa y reposa para después abrir sus alas en busca de un tiempo y un espacio donde hallar la lluvia de los veranos, los azogues de las noches, las piedras de los puentes, las horas más frágiles del alba…. Y todo ello, tamizado por una luz recurrente, cómplice, sanadora, que se convierte en elemento imprescindible para poder comprender la verdad de su lírico mensaje. Y así, Blanca Morel se deja  llevar, en diferentes instantes, por esa lumbre que ahonda en su decir: “La luz me adora”; “Hombre/ dador de luz/ alquimia solar/ de carne y fuego”; “Miras la luz/ eres suave e imposible”; “Mira/ la luz te pertenece”…
     Dividido en tres apartados, “Canto de las piedras vivas”, “Canto de la niña de carey” y “Canto del pájaro sangre”, el volumen avanza de manera diversa, totalizadora, tal y como afirma la propia autora en su pórtico: “Este es un poemario mestizo en el que las aguas, las dulces y las saladas, las limpias y las turbias, las nacientes y las nutrientes tienen  su espacio y su cauce en mí. Pájaro sangre es el símbolo guía por todos estos trayectos vividos en los que hay seres que aparecen y desaparecen marcándome con fuego y luz”.
Y en efecto, llevada por ese “pájaro” que no tiene límites, que sirve como metáfora de la vida y de la muerte, que guarda en su interior la energía renovada de quien quiere seguir aprendiendo, el yo lírico extrema y condensa su cánticopara recorrer con su voz y sus ojos abiertos cuanto gira en derredor: “Sopla el viento en la batalla de mis huesos/ hambriento corazón/ y mi alma es una reina/ mi destrucción/ un palacio/ tras este banquete de silencio/ alguien dice mi nombre/ alguien dice mi nombre/ como un resplandor”.
Envuelta en la soledad de quien tantas veces se pregunta sin obtener respuesta (“¿dónde empiezas/ dónde acabas?”), Blanca Morel le hace sitio a una simbología que brilla y que abraza un discurso novedoso, que después se muestra como vínculo de alteridad con el lector y que convierte su lenguaje en mixtura, en  herramienta indispensable para construir su arquitectura poética: “Corren los galgos tras el instante/ hacia/ un precipicio en el que volcar el baúl de los cromos intergalácticos/ soy una muñequita desnuda de papel/ he escrito lo que me ha hecho seguir viva/ mi biografía son las listas de la compra”.
     Libro, en suma, que en su singular propuesta asume con éxito los riesgos que plantea y querevela, a su vez, el heterogéneo azar que anida en la poesía.

jueves, 14 de julio de 2016

Reseña de Anturios en el salón, de Juan R. Tramunt en El Escobillón

‘Anturios en el salón’, una novela de Juan R. Tramunt

Julio 4th, 2016
La última novela de Juan R. TramuntAnturios en el salón, está plagada de metáforas. Muchas de ellas, es probable, que de manera inconscientes, aunque es tarea del lector buscarlas e interpretarlas con el fin de sacar conclusiones y de hacer suyo el libro que tiene entre las manos.
Preocupado por adaptar los géneros al movimiento de su cintura, si en La piel de la lefaa se trataba de un thriller que terminaba dispersándose en una reflexión sobre la identidad ahora, en Anturios en el salón, propone un relato en clave fantástica y, a su manera, tan de política ficción como lo fue La piel de la lefaa ya que plantea como su protagonista –un hombre que lo ha perdido todo, y cuando se escribe todo es todo porque se trata de lo que más ama en el mundo: su mujer y su hija– decide regresar a una Gran Canarias despoblada porque sus habitantes han sido obligados a trasladarse a otras tierra ante la amenaza de la radioactividad. Solo se ha quedado en tierra una pequeña guarnición militar que vigila el territorio.
En esa isla abandonada quedan como testigos mudos de su pasado las casas y los edificios de sus ciudades y pueblos, así como jaurías de perros a los que la supervivencia ha agudizado el ingenio y algunos hombres y mujeres que escaparon al monte para no ser expulsados de la tierra en la que residen aunque apenas se da noticia de ellos en una novela que, resulta inevitable, evoca por el escenario en el que se desarrolla la acción de Pasa la tormenta, un libro deTomás Felipe, y título que presentaba una visión futurista y dantesca de la capital grancanaria no tan surrealista como pueda imaginar alguno, más si tenemos en cuenta cómo ha ido evolucionando social y políticamente la Unión Europea en los últimos años.
Anturios en el salón y Pasa la tormenta coinciden, además, en que uno de sus protagonistas es un inmigrante irregular subsahariano, un hombre que intenta buscarse la vida en territorio hostil y que sirve a su vez de metáfora o mejor símbolo para reivindicar un mundo sin amos ni esclavos, y sí en el que todos puedan vivir en paz. Un regreso, si se quiere, a una primitiva inocencia.
Los anturios de la novela de Tramunt son esas flores de colores brillantes que crecen en espiga y resultan realmente hermosas como objeto decorativo. De naturaleza tropical, los anturios adquieren expresividad simbólica en el relato porque su protagonista, que regresa al pueblo en el que vivió tras mentir a las autoridades de que padece una enfermedad terminal, los asocia con su hija y esposa, las dos mujeres de su vida que  desaparecieron de manera violenta y a las que intenta recuperar tras su regreso a la isla y a su vivienda. Una vivienda que, como en la excelente novela de Richard MathensonSoy leyenda, deja de ser su casa para transformarse en una fortaleza. Un castillo que lo proteja de las amenazas exteriores que ahora copan a sus anchas en ese nuevo mundo donde casi todo es sombra de lo que fue.
En este aspecto y a título personal, los mejores capítulos de este relato de supervivencia son aquellos en los que el personaje desafía el nuevo y hostil entorno en el que se mueve, saliendo airoso de estas pruebas. Resultan así significativos los momentos en los que describe cómo el protagonista es acosado por una jauría de perros salvajes y la manera que inventa para acabar con ellos.
Que este combate por la vida se cometa en un pueblo grancanario aumenta, más que resta, el interés por averiguar cómo va a salir de este problema al mismo tiempo que Juan R. Tramunt resalta, pero diseminándolo a lo largo del relato, el divorcio que lentamente siente el protagonista por la isla a la que ha regresado, pero no recuperado, y en la que una vez fue feliz… Este proceso de transformación resulta a la postre lo más interesante del relato. Un relato de aventuras que, a medida que va llegando a su final, cuenta con una redención muy similar a la de uno de los tres protagonistas, curiosamente el más anciano, de ese hoy clásico de la novela de aventuras que es El tesoro de Sierra Madre, de B. Traven.
Es Anturios en el salón una novela tremendamente original, y una fuente de reflexiones que invita a pensar en las debilidades que tiene la geografía que nos rodea ya que obliga a que la mayor parte del abastecimiento del archipiélago venga de fuera.
Que el protagonista intente en la novela vivir por su cuenta y riesgo solo pone de manifiesto lo difícil que resulta salir adelante en un territorio limitado como es el de una isla… Y sobre todo esto no es que hable solo la novela, pero sí que es uno de los grandes temas que aborda al mismo tiempo que se subraya el progresivo desarraigo que sufre el protagonista con un entorno que reconoce pero que ya no le pertenece o no considera suyo porque está vacío, y en el que casi parece que escucha risas y llantos fantasmas.
Los ecos de un mundo pasado que ya no volverán.
Saludos, un fantasma recorre Europa, desde este lado del ordenador

http://www.elescobillon.com/2016/07/anturios-en-el-salon-una-novela-de-juan-r-tramunt/