miércoles, 12 de agosto de 2015

Stoner, de John Edward Williams. El libro sobre el hombre sometido

Julio Castro – La República Cultural.es

El año 1934, el británico James Hilton escribía una grandísima historia como es Adiós, Mr. Chips (Good-bye, Mr. Chips), donde un tímido, introvertido y apocado profesor de una institución escolar, debe enfrentarse a los niños, con los que no conecta, y difícilmente lograría superarse a sí mismo, salvo por la coyuntura de conocer a la que será su esposa, que cambia absolutamente su anodina vida personal y familiar.
De esa manera se resuelve el conflicto personal del protagonista en la novela de Hilton, y de esa manera se crea un texto que, además de la satisfacción y emoción del público en su momento, sirvió para dar lugar a diversas versiones cinematográficas y teatrales a lo largo de la historia, la más clásica de ellas dirigida por Sam Wood, con Robert Donat a cargo del personaje principal, estrenada en 1939.

El paralelismo divergente de Stoner y Chipping
El escritor y editor estadounidense John Edward Williams acomete una novela en 1960 en la que su personaje sufre un paralelismo con la vida de Chipping, el protagonista de la obra de Hilton, sólo que en este caso no llega a encontrar la línea en la que aquel se desvía de la ruta predefinida por sus orígenes y su carácter. Hablo de Stoner, uno de los trabajos más contundentes que llegaron a mis manos en los últimos años.
Al igual que en el caso de la otra novela, es el apellido del protagonista el que da título a la de Williams, en un efectismo de distanciamiento que ya parte del concepto de la denominación de los integrantes de las plantillas escolares y de sus alumnos, a partir del apellido, aunque con efectos y, supongo, intenciones diferentes.

¿El sello de la pobreza en Stoner?
William Stoner se debate entre el personaje invisible que no pretende nada en la vida, y un ser señalado por todo el mundo y marcado para no parecerse a él, para superarlo. Tras su infancia en una pobre familia granjera, tan anodina como el mismo personaje (“la casa había sido construida en una ubicación vulgar y los maderos sin pintar se combaban en torno al porche y a las puertas. Con los años había tomado los colores de la tierra seca –gris y marrón, a rayas blancas-”), condenado por el predeterminismo de la vida miserable a perpetuar los roles familiares, sus progenitores deciden dar un vuelco a la vida (por motivos puramente interesados), al enviarlo a estudiar agricultura, de manera que a su regreso logre transformar la explotación familiar en un lugar productivo “un representante del condado vino la semana pasada. Dice que tienen una nueva facultad en la Universidad de Columbia. La llaman Facultad de Agricultura. Dice que piensa que deberías ir. Serán cuatro años[…] El representante del condado dice que tienen nuevas ideas, formas de hacer las cosas que se enseñan en la universidad. Tal vez tenga razón”.
Las pretensiones familiares se verán truncadas, ya que el joven estudiante descubre la literatura y cambiará su propio rumbo en los estudios, así como en su posterior profesión que le convertirá en docente de una institución académica.
La cuestión no es el qué o el cómo del argumento, porque lo sorprendente de la construcción de esta novela se basa en la narración repleta de sucesos fallidos. De esta forma, el protagonista sale de la nada para llegar a un final que no interesará a su entorno, con un resultado muy parejo con el personaje: la historia no le recordará.

Una manera diferente de exponerse al público
Por si alguien piensa que el libro se basa en la sorpresa de la desgracia de un protagonista con mala suerte, y que aquí se está desvelando el argumento, la realidad es bien diferente. Para evitar esto, el autor se propone un reto, que es anunciar en las primeras páginas que escribe sobre una vida sin interés, un personaje sin logros, y una carrera sin éxitos. A partir de estos parámetros arranca una novela que cumple al cien por cien con esas expectativas, sin salirse del marco generado y llenando todo ese espacio, con una literatura que atrapará al público que la comience, sin llegar a comprender muy bien los motivos. Motivos que quizá tampoco es necesario plantearse en el recorrido de su lectura.
El autor, John Edward Williams, juega en realidad a rodear los objetivos de éxito de su personaje, dejando al azar la consecución de cualquier logro. La mejor manera de hacerlo es vaciar de deseos o ambiciones a Stoner, así que nunca llegue a obtener recompensa en lo que otros verían el éxito, ni fracaso allí donde ya se espera que fracase.
Si observáramos con cierto sentido del humor el recorrido histórico por esta ficticia biografía, encontraríamos equivalencias entre Stoner y un personaje a caballo entre Buster Keaton y Charles Chaplin: un gran perdedor sin importancia.
El constructo de Williams tiene mucho de la parodia que recoge al hombre medio de clase media, de la primera mitad del siglo XX, y resuelve su vida como la del ser domado desde el nacimiento, que acostumbra a seguir las líneas de un destino, más programado por la sociedad, que escrito por deidad alguna. En este sentido, podría parecernos incómodo, incluso insultante, la posibilidad de marcar a un individuo con la predeterminación de un destino inevitable, pero el hecho de exponer su vida como una biografía, salva al contenido de repetir el estilo de El Show de Truman, de Peter Weir, para transformarse en el trayecto personal de este individuo. Así, el resultante no marca a nadie, ni designa a gran parte de su propia sociedad como seres condenados a repetir ese recorrido, por desidia, por falta de interés, por limitación en las ambiciones, sino que se ve como “aquello que le ocurre a otro”.
Como digo, desde el primer momento anuncia la indiferencia que puede dejar el paso de una vida como la de Stoner por la universidad y por todo su universo vital, pero, sobre todo, propone al lector que deje atrás cualquier expectativa sobre la vida que se desarrolla en la novela, cosa que el lector, precisamente, no hará, viéndose involucrado en este desarrollo donde, poco a poco, se desgrana el sometimiento del hombre, hasta dejarlo por tierra. Y así nos lo describe en la primera página a partir de su entorno: “un estudiante cualquiera al que le viniera a la cabeza su nombre podría preguntarse tal vez quién fue William Stoner, pero rara vez llevará su curiosidad más allá de la pregunta casual. Los colegas de Stoner, que no le tenían particular estima cuando estaba vivo, ahora raramente hablaban de él; para los más viejos, su nombre era un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes es meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado in ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse ni a sí mismos ni a sus carreras”.

Las raíces diferentes de los personajes
Por apurar las comparaciones entre estos personajes (primero paralelos y luego divergentes), me refiero al Chipping de Hilton y al Stoner de Williams, creo que hay dos visiones que hacen diferir los estilos y evoluciones de sus novelas, una es el de la posible influencia de Hilton, como un británico más cercano al mundo poético idealista de los aventureros hasta la primera mitad del XIX, que quieren relatar una historia que embauque y movilice la imaginación de su público lector, al estilo de un Kipling.
En tanto que la otra es la de Williams influido seguramente por una literatura más contemporánea, heredera de autores europeos, pero, sobre todo, de los escritores rusos y del propio Chéjov, del que fluye un devenir de los acontecimientos, que no ocurren por un motivo, o con una finalidad, sino porque están ahí las posibilidades y se presentan antes que otras diferentes.

Los apellidos y las retahílas de caídos en la guerra
Una guerra no sólo mata a unos cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que no puede recuperarse nunca”, le dice el profesor Archer Sloane a Stoner cuando hablan de alistamiento para la primera gran guerra europea. Es lo único en lo que coinciden en la visión entre ambos autores, ya que Hilton y Williams muestran una clara visión pacifista de sus textos, pero mientras el primero traduce en mártires que van recitándose en la escuela de Chipping, el segundo, cuyo personaje ve cómo sus compañeros y amigos van hacia la tragedia y nunca vuelven, al menos como tales, deja que un ligero velo de tinte de cobarde pase sobre el nombre de Stoner, a elección del lector.
Y aquí volvemos a los apellidos como importantes en el trato del ámbito académico, si recordamos al Mr. Chips de Sam Wood, y su escuela inscribiendo apellidos recitados uno tras otro cuando llegan las noticias, en tanto que este Stoner limita a unos pocos apellidos los que arriesgan su vida y le proponen alistarse.
No obstante, no deja de parecer curioso que Williams haga ese hincapié en la Primera Guerra Mundial, cuando le ha tocado vivir más próxima la Segunda. De donde podemos deducir varias posibilidades: una es la influencia del propio texto de Hilton, otra sería pensar en una mayor implicación (o no implicación) en la reciente guerra, que le hace hablar de ella de otra manera (“Los años inmediatamente posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial fueron sus mejores años de docencia y, en cierto modo, fueron los más felices de su vida. Veteranos de esa guerra llegaron al campus y lo transformaron, trayendo una calidad de vida que no había existido antes y una intensidad y una turbulencia que equivalían a una transformación”). Me parece más coherente pensar que la experiencia le conduce hacia el personaje dentro de su mundo, ajeno a los horrores que ocurren fuera de su limitada realidad y, siempre heredero de esos otros autores contemporáneos de finales del XIX, se aferra a lo cotidiano aunque el mundo se derrumbe detrás de la ventana.
Tras el personaje: un ser invadido por la literatura, asaltado por aquello que no conocía y que le arranca de un mundo lineal donde debe volver tras su bucle por la universidad, para situarle en otro, donde desgraciadamente sólo será capaz de percibir esa pasión y tratar de transmitirla. Seguramente su ausencia de oposición e iniciativa le dejan en un limbo donde quiere proponer pero sólo deja su libro como legado. Y sabiendo que las condiciones someten al hombre y le limitan, la cuestión que cabe preguntarse es ¿hasta dónde llega el pensamiento del ser humano si se libera?
Hace un par de años que me leí este estupendo texto, y aún sigue saliendo en el consciente y en el subconsciente de las literaturas y en lo gris de la vida.

martes, 11 de agosto de 2015

Reseña de LAS CALMAS APARENTES en ABRIR UN LIBRO

federico-j-silva

las-calmas-aparentesLas calmas aparentes. Federico J. Silva. Baile del Sol.

Federico J. Silva, (Las Palmas de Gran Canaria, 1963), es licenciado en Filología Hispánica. Tiene publicados entre otros, los siguientes libros: Sea de quien la mar no tiene airada (1995), La luz que nos hiera (1996), Aun amar adverso (1996), Ultimar en tus brazas (1998),Bestiario de la implicitación (2000), Las veladas de Monsieur Teste (2000), Este hombre que está junto a ti al borde extático del precipicio (2005), El crimen perfecto(2005), Era Pompeía (2005), Donde menos se piensa salta el gatoliebre (Tenerife, 2005) y Las calmas aparentes (Tenerife, 2015).
Sinopsis:
En una España rescatada por Europa, con la soberanía en manos de las agencias de calificación de la deuda, con los borbones al pie de la escalera del avión y camino del exilio, con la Sanidad y la Educación privatizadas y el aborto prohibido, tienen lugar el canto de cisne del periodismo, minado por la corrupción de banca, política y medios de comunicación, y relaciones personales de toda condición, marcadas por la urgencia y lo transitorio del momento: sexo, homofobia (con la muerte de un político en un parque público), feminismo, neomachismo, etc.
Una narración que aborda de forma desprejuiciada la situación actual del país, con tintes distópicos, pero que es también un artefacto literario, plagado de homenajes, reflexiones sobre la escritura, la teoría literaria y el mundo editorial.
Reseña:
Si la ficción literaria es una simulación de la realidad, en Las calmas aparentes, el nuevo libro de Federico J. Silva, encontraremos mucho de verdad bajo un prisma distópico, más que posible, en una España actual donde las relaciones personales, el sexo, la literatura y la corrupción periodística tendrán cabida en esta narrativa breve pero más que intensa.
El autor propone en Las calmas aparentes diversos juegos: … Yo busco un lector cómplice, activo, participativo, despierto y crítico que construya la novela, explica Federico J. Silva en un periódico canario para hablar de ésta. Autor de diversos poemarios y que se estrena ahora en la narrativa, el libro ofrece dos tipos de lectura a loRayuela donde el lector podrá escoger la ruta que prefiera. Con homenajes entrañables a las letras y al cine entre sus páginas, este es un libro del que no se puede escapar debido a un estilo singular que fascina nada más empezar a leerlo y que consigue el objetivo, claro, de provocar al lector.
Audaz y seductora, Las calmas aparentes ofrece el placer de asentir o disentir sobre los diversos parlamentos con que nos obsequian los personajes de esta novela.
Con varios mensajes que en su mayoría no deben ser desaprovechados debido a un claro componente de denuncia social, ésta es una novela coral relatada en primera persona por los propios personajes que componen el relato. El derrumbe moral del periodismo -el autor ha ejercido como periodista y sabe de lo que habla-, actúa de eje central en una trama donde también las relaciones sentimentales de los personajes cobran vida gracias a los monólogos de cada uno de ellos, dándonos a conocer de primera mano “la cara A y la cara B” de cada uno de ellos y del entorno en el que se mueven y respiran.
El estilo narrativo de Federico J. Silva es más para ser escuchado, que leído. Gracias a las voces que pueblan esta novela y que el lector percibirá claramente –ManuMaicaAsunEl Gordo Cabrón…-, los protagonistas nos hablarán y se nos presentarán físicamente y no porque el libro esté narrado por ellos sino gracias a un preciso, y precioso, lenguaje donde la polifonía literaria se centra más en transmitir los sentimientos e intenciones que en contar o relatar.
Hoy entraré en casa con un deseo inhumano de sentarme a escribir. Así, con las palabras llenas de nervio y urgencia.
Con unos capítulos muy cortos -o quizás párrafos largos de una gran fluidez-, éstos quedarán abiertos para que la charla entre el escritor y el lector pueda continuar fuera de las 89 páginas que brinda el libro.
Un libro donde el verdadero protagonista, quizás, no sean los personajes. A lo mejor tampoco la trama, ni la distopía ni el periodismo y todo sea una excusa para que Las calmas aparentes rinda honores a las palabra escritas, a ese mágico poder de que algo puede cambiar gracias a ellas a través, también, de la ficción y de la narrativa. Y bendito poder el de Federico J. Silva para narrarlas.

lunes, 10 de agosto de 2015

Reseña "Oscura lucidez" de Mario Pérez Antolín en Todo literatura

Oscura lucidez
Oscura lucidez
Por Felipe Velasco

Ediciones Baile del Sol ha publicado el nuevo libro de Mario Pérez Antolín, que lleva el título de "Oscura lucidez". Se trata de una nueva entrega de aforismos en la que continúa su indagación sobre los aspectos más secretos y clandestinos del ser humano; y lo hace, llevando al límite el género, pues muchas veces los pensamientos, los relatos o las prosas poéticas contienen tal cantidad de emociones que desbordan ampliamente los márgenes del simple fogonazo del ingenio.

En Oscura lucidez, el lector irá encontrando súbitos cambios de estilo, de formato, y también de contenido. Así, Mario Pérez Antolín incluye en esta obra diálogos, prosa poética y versos de los más diversos temas, desde lo más cotidiano hasta las más profundas reflexiones filosóficas que puedan imaginar, variando su estilo desde el registro más culto y complejo hasta pasajes más coloquiales pero que también consiguen reflejar a la perfección la sabiduría ancestral (y también la más reciente), como es la intención de Mario Pérez Antolín en este libro.

Por tanto, habrá rincones en los que uno podrá encontrar abrigo y cruces en los que soplarán todo tipo de vientos. Pero lo indudable es que en cada página cada cual encontrará expresiones (la gran mayoría de ellas profundas y estilizadas) que le interpelarán, y le obligarán a replantear respuestas y a reformular preguntas. Así, esta obra incita a la reflexión de principio a fin y permite que extraigamos muchas enseñanzas de ella y nos hace pensar incluso en nuestras propias convicciones.

El que se decida a leer este auténtico compendio de afectos primordiales y de conocimientos transgresores se adentrará en un territorio insólito, donde nada es lo que parece y donde el pensamiento se lleva al límite. A través de sus reflexiones, el autor consigue el cuestionamiento de todas esas cosas que nos parecían inmutables, ya que son pocos los rincones de la naturaleza física y espiritual que escapan a la capacidad analítica e introspectiva de Mario Pérez Antolín, desde asuntos banales hasta otros más existenciales.

Para finalizar, me gustaría comentar que el autor define este libro en una autocrítica que se incluye enOscura lucidez como “un libro fragmentario, misceláneo, melancólico y paradójico, que carece de una tesis y que no aporta conclusiones” (aunque ayuda a que las averigüemos por nosotros mismos). Dice también que no está pensado para agradar a críticos ni lectores, aunque a mí me ha agradado tanto en la faceta de lector como de crítico.

En definitiva, Oscura lucidez muestra una gran belleza estilística y una ironía acerada. Dos rasgos que, junto a la enorme imaginación creativa, hacen de Mario Pérez Antolín una voz inimitable en el panorama actual de la literatura y la filosofía española.

jueves, 6 de agosto de 2015

El mono en el espejo


 
 
Xabier López López, autor de un buen puñado de novelas para adultos y algunas infantiles y juveniles, ha ganado multitud de premios literarios. La editorial Baile del Sol publica por primera vez una de sus obras, “El mono en el espejo”, galardonada en el año 2002  con el Premio Lueiro Rey de Novela Curta,un premio anual procedente del Concello do Grove con el patrocinio de la Diputación Provincial de Pontevedra.
Traducida del gallego por Marta García Seoane, esta es sin duda una de las entradas más brillantes del catálogo de Baile del Sol. Una novela breve y potente que está a la altura de otros grandes aciertos en narrativa por parte de esta editorial, como son “Mi vida con Potlach” de Inma Luna o “Los dientes del corazón” de Ramón J. Soria Breña, por citar sólo algunos de los que más nos han gustado.
Un sol cegador: gótico sureño
El relato es inicialmente anodino y costumbrista, pero enseguida comienza a salpicarse de datos inquietantes. De una forma sutil pero continua, consigue asombrar al lector de la misma manera que el paseante advierte sorprendido las primeras gotas de lluvia en el suelo antes de ser consciente de estar mojándose. Y al final, lo que realmente tenemos entre manos es una novela de realismo psicológico que juega continuamente a poner a prueba la inteligencia del lector.
Posiblemente, el mejor término que define a esta novela es inquietante. Tenemos a un anodino profesor de literatura que disfruta conformado de una vida bastante gris, y que juega a relacionar cualquier anécdota sin importancia con alguno de los múltiples libros que almacena en su memoria. De este modo encontramos referencias literarias salpicadas a lo largo de toda la novela en un ejercicio de lucimiento por parte del autor, quien demuestra sus conocimientos y también recomienda de alguna manera sus lecturas favoritas.
Poco a poco nos damos cuenta de que todas las referencias al verano, el calor, la indolencia, el bochorno, la pereza, la sed, la luz excesiva y cegadora… crean un marco literario con elementos propios del gótico sureño, un subgénero de la novela gótica procedente del sur de los EE.UU. y al que pertenecen algunas obras de escritores como William Faulkner, Stephen King, William Gadis, Joyce Carol Oates, Nick Cave o Cormac McCarthy. El final, absolutamente inesperado y escalofriante, nos confirma la cercanía de esta novela con los autores y el género citados: pero no vamos a desvelar en absoluto la trama, deberán descubrirla los lectores por sí mismos.
Miedos atávicos, leyenda  o realidad
Xabier López López se sirve principalmente de dos mitos para construir el argumento en “El mono en el espejo” y conformar la compleja personalidad del protagonista, cuya realidad, plagada de destellos, vapores etílicos y confusión mental, se nos escapa debido a que sólo contamos con su versión y los pocos datos que se entreven en cada puñado de párrafos.
Por un lado, tenemos el mito del niño salvaje, el cual hace referencia a todas esas leyendas de humanos criados por manadas de animales. Desde siempre han circulado multitud de historias falsas al respecto, pero también tenemos algunos casos documentados. Quizá la procedencia gallega del autor haya auspiciado esta base argumental. Galicia es una región plagada de mitos y leyendas y sus habitantes, especialmente los de regiones más pequeñas o alejadas del ruido del siglo XXI, conservan ese precioso contacto con los animales y la Naturaleza del que nos despoja la civilización y el progreso, convirtiéndonos en fotocopias andantes y deshumanizadas. El otro mito es el que da título a la novela: el mono en el espejo hace referencia a todos aquellos experimentos de laboratorio que se han realizado con diferentes animales, colocándoles delante de un espejo para estudiar sus reacciones. Se dice que simios, delfines, elefantes y urracas son conscientes de su propia existencia y que interactúan con su reflejo de manera similar a como lo haría un ser humano cuando lo descubre.
Digresiones y un final inesperado
La técnica que más influye a la hora de propiciar ese ambiente continuamente inquietante es, sin duda, la digresión: los cambios de tema inesperados se ramifican a lo largo de todo el texto. La finalidad del autor es aportar datos relativos al argumento principal, de forma rítmica y constante, pero espaciados, de modo que se mantenga en vilo la intriga del lector. Así, encontramos multitud de paréntesis literarios costumbristas, recuerdos del protagonista, etc.
Poco a poco, y cuando más nos vamos acercando hacia el final, Xabier López juega con mucho acierto a evocar todos los fantasmas del lector con la vieja estrategia de asustar precisamente con aquello que no se nombra. Es la mente del que lee la que anticipará imágenes horripilantes acerca de lo que podría pasar, sea cual sea el desenlace. En todo caso, ni la trama ni el final son absolutamente claros ni se solucionan por completo: los cabos sueltos deberá atarlos cada lector a su manera.
Nos parece una novela espléndida y la recomendamos con fervor a todos aquellos lectores que se atrevan a perderse entre sus luces y sus sombras.
MARTA LÓPEZ

martes, 28 de julio de 2015

UN ABRIGO CON HOMBRERAS

Realismo de extrarradio y surrealismo absurdo se dan la mano para crear un libro de relatos fascinante, triste, divertido y sorprendente

Antonio Paniagua indaga en el dolor por la hermana muerta, la soledad y la frustración en un ‘Un abrigo con hombreras’


Los niños comienzan por amar a los padres, luego los juzgan y, algunas veces, hasta los perdonan, decía Oscar Wilde. Y esta parece ser la intención de Antonio Paniagua con estos cuentos;  una revisión de la infancia desde el perdón de la madurez. Hay mucho de perdón, sí, pero también de juicio crudo, y de humor, a veces muy negro, y de frustración y de dolor, y de miedo. 
El libro de relatos Un abrigo con hombreras (Baile del Sol) está claramente diferenciado en dos partes. Dos estilos, dos propuestas estilísticas completamente opuestas que, sin embargo, de una forma profunda, se complementan. Una primera parte realista que podría tener mucho de autobiográfico y una segunda parte de cuentos surrealistas y enloquecidos que parecen  consecuencia inevitable de una realidad previa demasiado oscura de la que se quiere escapar.  
La primera parte se compone de tres cuentos que se entrelazan y que relatan la infancia, la adolescencia y primera juventud de un chaval de extrarradio madrileño de los años setenta. Sus primeros escarceos con el sexo opuesto, la compleja relación con sus amigos y su entorno, su primer amor no correspondido, y, sobre todo, la relación con su madre, una madre omnipresente, fuerte, dominante, víctima también de sí misma. Son tres cuentos que con el estilo barroco  de Paniagua se transforman en una suerte de tragedia clásica suburbana. Qué mayor tragedia. Tres cuentos que son como tres puñaladas, donde no hay clemencia por los personajes, ni siquiera por ese niño indefenso, tímido, extrañado en un mundo que  no entiende.
Tanto en el primer cuento, el que da nombre al libro, como en el segundo, Humo, se relata la adolescencia de Paco y, sobre todo, la influencia de la madre y su sentimiento trágico de la vida que lo contamina todo. Una madre factótum de la familia, una hermana con síndrome de Down y un padre que ha tirado hace mucho la toalla y que encontrará una solución desesperada para escapar.  Y es esa tragedia que envuelve el día a día, la que el autor trufa de un impío humor negro que no se detiene ante nada, y también de momentos inolvidables, desternillantes unos por la vuelta de tuerca de lo cotidiano,  dolorosos otros, en los que el lector se sentirá profundamente identificado con el desvalimiento del niño que fue el narrador.
En Teresa o la combustión interna, Paco está ya en la universidad y es víctima consentida de una compañera de clase por la que bebe los vientos, una atractiva manipuladora  que lleva a Paco por la calle de la amargura y que, a golpe de desengaños, convertirá al adolescente triste en un hombre preparado para los avatares que le esperan en la vida adulta.
Consecuencia inevitable de estos tres cuentos son los que se recogen en la segunda y tercera parte del libro. El autor rompe ataduras, se lanza al abismo, conjuga un derroche de fantasía, de imágenes poderosas, de situaciones surrealistas, y nos sumerge en un universo de personajes frenéticos, víctimas o verdugos de las más sorprendentes circunstancias.
Así, se asiste fascinado a los lances taurinos de un torero del Bronx, a la lucha del empleado sin nombre para conseguir un lugar en la palangana de quisquillas donde retozan los pies de su jefe, a la conversación de un muerto reciente con su abuelo en la tumba que comparten, al periplo del hombre que se cortó la mano en busca de atención en un mundo sordo y ciego, al maravilloso viaje de un hombre diminuto por los recovecos de una mano, o a la odisea diaria de una cerda convertida en animal de compañía. 
Personajes dementes en un mundo racional o quizá personajes que buscan un lugar imposible en un mundo delirante.
Este es el tercer libro de Paniagua,  quizá el más personal, pero que comparte con sus dos anteriores, las novelas Amputados y Corriente alterna un estilo suculento, ornamentado, un uso generoso del adjetivo siempre justo, un gusto especial por las imágenes, las atmósferas envolventes y las descripciones precisas como un bisturí.  A Antonio Paniagua le gusta el lenguaje y lo conoce, lo mima, lo utiliza sin prejuicios y eso se nota en cada página de este incalificable libro de relatos que son memoria y relato, realidad y ficción.






SOBRE EL AUTOR

Antonio Paniagua (Madrid, 1966) es escritor y periodista. En 1999 quedó finalista del premio ‘La sonrisa vertical’ con el libro de cuentos ‘Allegro nada moderato’, obra del colectivo Cori Ambó. Ha  publicado las novelas ‘Amputados’ (2003), que quedó finalista del premio ‘Ojo Crítico’, y ‘Corriente alterna (2008)’.