lunes, 13 de abril de 2015

A viva muerte


En la infancia, hay un momento en el que nos damos cuenta que vamos a morir y conforme pasa el tiempo se tiende a olvidarlo, al ritmo de vida loco, consumista y solo se busca evasión. Así que podemos agradecer a David Trashumante, que vuelva la mirada sobre la muerte, que subraye su presencia en nuestra vida, porque este gesto supone ya una pequeña gran liberación.
En la presentación del poemario en Kalandraka, Ángel Guinda destacaba algunos rasgos del poeta, en especial la concepción de la palabra de música, el ritmo, que encontramos desde las raices hasta la forma y el tema. Quizás, precisamente este factor contribuye a la claridad, a una comunicación directa y fluida entre poeta y lector. 
Como bien dice Ángel Guinda el autor es una fuerza que se manifiesta, todo un creador de lenguaje y la perspectiva que predomina es el amargo-realismo, complementado con cierto humor y dramatización que atrapa. De hecho se pudo comprobar durante la lectura la habilidad de David al recitar e interpretar sus poemas, que adquieren muchos matices, comicidad, y emotividad que atraparon la atención y jugaba con nuestro ánimo.
Se observa un compromiso social, cierta conciencia critica en sus poemas, como en el que nos habla de las muertes en Gaza o de la malaria, y lo hace desde una sinceridad que remueve conciencias y gira nuestras cabezas hacia el malestar de esas situaciones y conflictos que también tienen que ver con nosotros. Además en el libro encontramos una especie de “pasatiempos” relacionados siempre con la parca y epitafios con mucho humor, que nos muestran la buena costumbre de hacer bromas hasta de la muerte. Durante todo el poemario David desarrolla su imaginación y creatividad con soltura en cada uno de los poemas y muestra su interés profundo por el tema. Según nos contó, se trata de una cuestión personal relacionada con la muerte súbita de un amigo joven y la hipocondría que desarrolló durante un periodo de tiempo.
Me ha gustado en especial “Fresa ácida” uno de los poemas autobiográficos que hay en A viva muerte, y es que el chicle forma parte de mi imaginario como artista y poeta, también he experimentado esa especie de sensación de vacío al mascarlo. Me encantan este tipo de poesía donde se comparten experiencias personales que nos han transformado de alguna manera, nos acerca a la relación con el tema que inspira y compone este poemario que desborda creatividad. 

FRESA ÁCIDA

Fue a los 9 años que entendí
que algún dia me moriría.

Mascaba un chicle de fresa ácida,
regresaba del colegio.

Pensé en que el tiempo pasaría
en que iria perdiendo el sabor,
me haría viejo.

Sentí que yo dejaría de ser yo,
y que todo lo que hubiera
dicho o hecho a lo largo de mi vida
daría igual.

El chicle rechinaba entre mis dientes
como una flema insipida y al escupirle
pensé en el alma y en eso
que me decían de que al morir
uno se va al cielo si ha sido bueno.

Pero si yo dejaba de ser yo
¿Qué más daba a dónde fuera?
Aquel chicle sin duda me había dado
todo su sabor y ahora yacía
aplastado contra el suelo.

Comencé a llorar y seguí haciendolo
todo el camino hasta casa.

Cuando llegué le conté a mi madre
de mi trance metafísico,
ella no supo como consolarme,
pues  la misma cuestión le afligía
profundamente
y se le humedecieron los ojos.

Lo mismo le pasó a mi hermana y a mi padre.

Entonces, no pudiendo soportar
ver a mi familia
sufrir de esa manera, saqué
mi bolsa de chicles y les ofrecí.

Y allí nos quedamos sentados
mascando aquellos chicles
que ya no nos sabían a nada.

David Trashumante
2015

David Trashumante. (Logroño, 1978) Es un poeta y agitador cultural de larga trayectoria en la poesía social que combina el activismo político con un humor popular. Ha publicado anteriormente El amor de los peces (Unaria, 2014). Lo podéis seguir en su blog: 
http://davidtrashumante.blogspot.com.es/

jueves, 2 de abril de 2015

Arquímedes está en el tejado, Juan Pardo Vidal

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 152 pp. 12,48 € 

Fernando Sánchez Calvo 

Me acerqué a la literatura de Juan Pardo Vidal por primera vez gracias a una colección de relatos, pequeños ensayos, pensamientos y otras brevedades que bajo el título Tus muertos y en su colección menos conocida y explotada, Cartoné, El Gaviero Ediciones publicó hace más o menos diez años. La soledad, la ruptura de la pareja, la desintegración del individuo y demás temas contemporáneos eran tratados con una chispa de poesía, otra de humor, alguna de cinismo y mucho desencanto escondido debajo de las risas. Por entonces, en Almería, en la Librería Picasso, pude escuchar cómo Juan Pardo leía con inquietante cotidianeidad un cuento-ensayo-poesía-elegía-planto magnífico: Los amigos muertos.
Diez años después, mientras navegaba en Internet por el variado catálogo de la editorial canaria Baile del Sol, me topé de nuevo con el nombre de Juan Pardo Vidal y quise leer este libro, Arquímedes está en el tejado, porque creía que me iba a encontrar algo parecido a lo que leí en su día. Y fallé, que no erré. Los escritores crecen y cambian, como cambia el protagonista de esta novela en apenas cien páginas.
Vinci, soldado romano y único superviviente en una batalla contra los griegos durante el sitio a Siracusa en el 212 ac., se hace pasar por un heleno y llega a ser nombrado mismísimo capitán de la guardia del genial Arquímedes gracias a su pericia y espíritu de supervivencia. El genio vive sus últimos años preso en su propia patria, aplicando su ciencia a la muerte del enemigo y derrochando su ingenio en la construcción de catapultas, poleas y otros instrumentos de guerra. Poco a poco Vinci (rudo, analfabeto, pragmático) y Arquímedes (austero, sabio, rendido) entablan una amistad no oficial, un “feed-back” que acerca a su vez al soldado al nieto e hija del matemático. Sin embargo, romanos por un lado y cartagineses por otro dejan poco tiempo en el fortín que es Siracusa para el amor, la amistad, el saber o la reflexión y sí muchas horas para el recelo, la guardia, la sangre y la certeza de que en cualquier momento el cuchillo clavado en la espalda, la traición, puede venir de cualquier lado.
En medio de estas circunstancias, el hombre, el individuo, nuestro protagonista, Vinci, solo, como un lobo, como un soldado romano con origen hispano y pasado esclavo y presente heleno y futuro indefinido. El hombre perdido en la guerra, en las naciones, en los miles de sitios que ha pisado y a los que no pertenece. El hombre perdido en sí mismo. ¿La única y momentánea solución?: el sexo descarnado que muchas veces se practica por desahogo y otras por venganza contra una persona, contra una nación entera o contra el propio pasado.
Novela en principio de corte histórico, los datos y las fechas dejan paso enseguida a un magnífico tratamiento de los personajes, siempre redondos, contradictorios, viscerales y a la vez deprimidos. Novela con tributo al desapego, donde el soldado que tiene por misión proteger y a la vez entregar la cabeza de Arquímedes, donde el esclavo que soñó en su día con la libertad que ya ha conseguido, es capaz de afirmar lo siguiente: «Ser feliz cansa».

miércoles, 1 de abril de 2015

Comida para perros, de Gsús Bonilla


Comida para perros
Gsús Bonilla
Ed. Baile del sol,2014
100 pp.
12 euros



Nacimos para convertirnos en comida para perros. Y no es que la perspectiva de ser convertidos en comida para perros sea peor que convertirnos en cualquier tipo de comida. El problema es convertirnos en deshecho de la sociedad, de ser despojado de todo –y no hablo de pertenencias- de la poca humanidad que podamos tener. Nos convierten en basura. Gsús Bonilla viene a decirnos eso mediante un desesperado grito que sienta como una punzada. Si se lee el poemario impasible sin sentir un puñetazo en el mentón debe tenerse sangre de horchata o haberse enriquecido ilegalmente merced a algún negocio negro de los que aparecen día a día en los periódicos.

Comida para perros es crudo y real. El autor no renuncia a ningún tipo de escatología, a ningún tipo de exageración, de crueldad –incluso léxica- para transmitirnos su sensación: que somos comida para perros.

El poemario contiene una serie de textos, unos a modo de prosa, otros a modo de verso o de prosa poética. Desgrana sin un hilo conductor claro todas las sensaciones. Uno va saltando de texto en texto sintiéndose unas veces más conmovido, otras simplemente más cabreado. Descubre que cualquiera de nosotros también somos comida para perros.

Nos recuerdan los hechos diarios que muchos se empeñan en olvidar, en no ver, en no tener en cuenta (p.24):


“rememoro el silbido de la pelota de goma, el vacío de la
cuenca del ojo” (…)

Crueldad necesaria pues no está para componendas el tiempo que nos ha tocado vivir. Y así lo dice una y otra vez el autor (p.25):

“os maldecimos, como a aquellos que idolatran
las cuchillas de las alambradas
en las fronteras”

Reconocemos y nos reconocemos en las palabras y en los hechos, en los gritos, en los silencios, en los lloros, en las imágenes del telediario, en las que el telediario no es capaz de ofrecer, en la sombra de los desheredados, en los desheredados de nosotros, hijos de la orfandad de clase. Y, sin embargo, no le falta lírica al texto (p.27):

“hoy, cuando los niños acunan
botes de humo
y besan la anchura
en las bocachas de las escopetas
y se dejan la infancia
en la fumarola, poco después
de los fogonazos”

En algunos poemas es muy claro el lirismo (p.45):

“aquellas garras, desabotonaban la inmensidad del alma
la grandeza de los pájaros no estaba en su vuelo sino en el
descanso sobre los cables eléctricos, empapándose de agua
de lluvia (…)

Hay crítica pero no es lamento, es constatación, es deseo de hacer llegar (p.57):

“se tenía sed y no se podía combatir el fuego
encontraron la manera de castrarnos (…)”

No es lamento, no es inacción. Es grito que aúlla y pide movimiento y determinación (p.76).

“(…) todos ellos forman un corro. es el baile
de los terminales y os hace gracia”

Y (p.80):

“(…) es emocionante que una parte
de mi pueblo sigue preparada y planta cara a esta bestia
capital que nos clava, día a día, sus uñas”



Comida para perros, manual poético para la revolución, de Gsús Bonilla.


http://luisveagarcia.blogspot.com.es/2015/03/comida-para-perros-de-gsus-bonilla.html

viernes, 27 de marzo de 2015

STONER DE JOHN WILLIAMS

Stoner John Williams
He leído Stoner en formato digital. Supongo que, como en el mío, en todos los aparatos existe la opción de subrayar. Cuando el ebook está conectado a la red todo se vuelve indiscreto y se puede ver la cantidad de personas que han marcado palabras, frases o párrafos enteros. Extrañamente, nunca suele ser una sola. El número oscila entre las veinte y las sesenta personas. Al menos en Stoner. Qué maravilloso es que a todos nos gusten los mismos fragmentos, las mismas frases sabias sobre la vida, el amor y la muerte. Qué bien nos tenemos que sentir al ver que tantas otras personas comparten aquello que nos ha conmovido tanto…
Stoner John Williams
William Stoner es un pusilánime bastante indolente la mayor parte de su vida. El único momento en el que algo de sangre le corre por las venas es cuando decide dejar la ingeniería agrícola que estudiaba en la universidad y pasarse a la literatura. En alguna clase de las que imparte más tarde, cuando se convierte en profesor, muestra algo de pasión, pero nunca en los momentos más importantes de una vida: ni en la vida, ni en la muerte, ni en el 
Stoner John Williams
matrimonio, ni en la deslealtad, ni en la traición. Ni siquiera en los paseos que da por el campus. Es doloroso aunque otros lo llamen estoicismo.

Williams es narrador omnisciente, lo que significa que el lector sabe lo que piensa realmente Stoner y lo compara, siempre, con su forma de actuar.  Al principio, como he dicho, es desolador, pero a medida que avanza la novela tanto Stoner como Williams enseñan que hay otros modos de vivir. Y al final, cuando ya todo es decadencia y Stoner (sí, el simbolismo del nombre no puede pasar desapercibido) repasa su vida, sentir respeto por él es inevitable. Aunque no se entienda su impasibilidad.

miércoles, 25 de marzo de 2015

"Los posos de la sed" de Ricardo Hernández Bravo

En el viaje de la creatividad la poesía no puede ser nunca un lugar al que llegar, sino un punto de partida. El último libro del poeta canario Ricardo Hernández Bravo,Los posos de la sed (Baile del Sol, 2014), es una magnífica propuesta para adentrarnos en un vasto espacio de exploración; ahí el poeta transita abriendo sendas nuevas que el lector podrá apreciar y hasta gozar siempre y cuando se libere, antes de adentrase en el libro, de todos los prejuicios literarios establecidos; pues uno de los primeros rasgos que podremos apreciar en los poemas de Hernández Bravo es su alejamiento absoluto de cualquier moda o modismo, de cualquier lugar común actual o pasado. Verso a verso el lector puede dejarse sorprender tanto por la concisión estética, como por la utilización de algunas figuras retóricas -como la aliteración- que aquí no se usan para conseguir efectos embellecedores, sino para incitarnos o provocarnos cierta extrañeza y atraer nuestra atención. Así:

Lo emboscado condensa mi deseo.
(pág. 65)

Hernández Bravo aúna, trabaja a la perfección sobre el idioma y con el pensamiento, y desarma un entramado en el que la paja ha sido eliminada y queda, sin merma, como si de un cincel se hubiera servido, la forma limpia, exacta, concentrada de la creación, del poema que, al leerlo o abrirlo, se transforma desde la apariencia de extraña flor hermética en inmarchitable valentía por mostrarnos su belleza sin exotismos, como en el monóstico:

Alentamos el don que nos flagela.
(pág, 33)

Al fin, la sed también como concupiscencia, como deseo de agua; en la paradoja del que vive en una isla: rodeado del agua que no puede beber. De esta manera, la poesía sirve en el viaje no solo de la creatividad, sino en la mismísima existencia humana y sin soslayar sus contradicciones, como la sed le sirve al hombre para ser, aunque implique, siendo, también su agotamiento y (auto)destrucción.
Los posos de la sed no nos dejará sedientos sino saciados para emprender una nueva singladura. Felizmente la buena poesía no es obvia y transcurre en libros como éste.

http://proyectodesvelos.blogspot.com.es/2015/03/los-posos-de-la-sed-de-ricardo.html

martes, 24 de marzo de 2015

Bajo el cielo amazónico y Los sultanes del Yemen, dos nuevos libros de viajes

Bajo el cielo amazónico y Los sultanes del Yemen, dos nuevos libros de viajes

dp13Dentro de su colección de viajes Dando pata, Baile del Sol ha publicado recientemente dos nuevos títulos: Bajo el cielo amazónico, de Leoncio Robles, y Los sultanes del Yemen, obra de Enrique Mercado.
Bajo el cielo amazónico es un relato dedicado “a todos los indígenas amazónicos, que resisten a pesar de tanta maldad institucional” y “a los colonos de todas las cuencas amazónicas que han sabido respetar territorios comunales indígenas”. Así mismo, su autor, el periodista Leoncio Robles, se acuerda en su dedicatoria de los líderes peruanos que fueron asesinados en septiembre de 2014 mientras luchaban contra la devastación de los bosques.
Con este preámbulo es de imaginar que no nos vamos a encontrar con un relato amable de viaje sino con una denuncia de la actividades extractivas que devastan bosques, fauna y flora en la amazonia peruana; una mirada a un lugar en el que las aldeas indígenas ven peligrar su modo de vida a causa de la contaminación de los ríos por vertidos petrolíferos y por la minería de oro.
Leoncio Robles, que también rodó un documental sobre este mismo tema, nos describe todas estas situaciones y la violencia que descubre en algunos de los escenarios que visita. Bajo el cielo amazónico nos presenta una serie de personajes fascinantes, ligados a una tradición mágica, que luchan por salvaguardar su entorno vital.

Sobre el autor:
Leoncio Robles (Huaraz, Perú), escritor, periodista free lance, traductor y realizador de documentales de temas sociales y antropológicos en Asia y Latinoamérica. Ha publicado reportajes y fotografías en diversos medios de comunicación de España, como El País, Geo. Motor Clásico y otros. Es autor de libros de secundaria de la editorial española SM sobre temas de cine, fotografía y artes visuales. En 2009 publicó en Ediciones Baile del Sol el libro de relatos cortosCONTRALUCES. En 2014, el libro de viajes BAJO EL CIELO AMAZÓNICO.

dp12Por su parte, Enrique Mercado, en su libro Los sultanes del Yemen, nos acerca un relato autobiográfico basado en el viaje que el autor realizó junto a un amigo en el año 1998 a Yemen siguiendo las huellas del poeta Rimbaud. Aunque no encontraron demasiados rastros de lo que iban buscando, lo cierto es que su viaje se convirtió pronto en una auténtica aventura en la que diversos peligros complicaron su ruta, quizá en toda esa contingencia vital sí hallaron parte del espíritu poético de Rimbaud.
Enrique Mercado consigue también en su relato mostrarnos la personalidad antagónica de dos viajeros impulsados esta vez por la misma idea de mezclar vida y literatura, a la manera de los beatniks. De este modo, el relato se convierte en un recorrido apasionante por un paisaje hostil y poco conocido en el que lo literario y lo vital se dan la mano.

Sobre el autor:
Enrique Mercado, escritor todo terreno, viajero y director de Varasek Ediciones. Su último libro publicado es un ensayo para intelectuales inquietos titulado Cultos de mal asiento (Amargord, 2013). También es autor de las novelas Sangre azul tan roja y Memoria del tiempo breve, así como del libro de relatos 20 estudios de la monotonía y de los poemariosam/pm, Trenes que no pasan de Magritte y La explanada. En palabras de Clara Janés, estamos ante “un escritor extraordinariamente dotado para la escritura”. LOS SULTANES DEL YEMEN(Tenerife, 2014) es su primer libro de viajes.

lunes, 23 de marzo de 2015

Un canto a la cotidianidad

POR MARIO S. ARSENAL , 19 SEPTIEMBRE, 2014
Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente: Escritura Creativa
Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente:Escritura Creativa
Sentir la necesidad de escribir cuando se está de vacaciones puede ser algo problemático. Significa que ni en tus días libres eres capaz de estarte quieto o, lo que es peor, que tienes el trabajo por martirio. Mi caso particular es bastante más sencillo y la conclusión es tajante. La necesidad es algo más que una contingencia, qué demonios, es la única forma posible de escribir. Pero como yo no tengo que explicarles nada dado que ustedes me entienden, habrá que seguir delegando en los escritores la responsabilidad de iluminar los postigos de nuestras sombras.
El libro del que quiero hablarles hoy pertenece a un género narrativo que permite puntuales posibilidades expresivas que usualmente la novela no alcanza dada su extensión. No me tiren piedras, existen excepciones. Me estoy refiriendo al cuento como forma concisa que trata de representar una realidad acotada por la acción y el tiempo, no tanto por sus personajes. Javier Morales no es nuevo en este terreno, ya había publicado La despedida (2008) y Lisboa (2011), además de la novela Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro, 2013). Su última criatura se llama Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014) e incorpora un relato de Gonzalo Calcedo a modo de epílogo. La honestidad me dice que a este libro no le sobra la firma de Calcedo, pero tampoco la necesita. Ocho relatos y medio se sirve de una prosa llana, horizontal, adusta en el mejor sentido de la palabra. Pulsa teclas atrancadas en nuestra realidad como la pérdida de la inocencia, los esbozos de la inmigración, la prostitución laboral encubierta y la búsqueda del sentido de la vida hasta llegar a la soledad aterradora o el brillante conato de una microfobia doméstica.
Las apenas cien páginas de este librito pueden confundirnos, pero se trata de un proyecto ambicioso. Javier pretende sondear la naturalidad del común de los mortales desde la sencillez más noble, la compleja, la que a fuerza de valerse de un vocabulario cotidiano y unas vidas corrientes en grado sumo, acaba por volcar su acento en la quietud de sus acciones, en la inmovilidad de su carácter. De ahí que la hondura de los relatos no recale en otro lugar que en la palabra desnuda y la historia despojada de un ornato que se revela innecesario.
La labor de Javier es tejer pormenorizadamente una retahíla de sucesos que, descontextualizados de la estructura narrativa que ofrece esta escritura, perderían toda su gravedad. Por esto creo que el acierto es doble, primero por no haberse dejado llevar por la mano incierta de la lírica, y después, gracias a ello, por haber sabido revalorizar la cotidianidad desde lo anodino. Confeso admirador de Chéjov, la huella del maestro ruso se hace notar en cada uno de los relatos, pero poco nos importa la influencia, esto sigue siendo cosa de culturetas que no saben qué decir y académicos embarrados en una Literatura Comparada que jamás llegará a concluir en nada. Una nada de la que precisamente se componen estas historias. Por tanto, no hay lugar para la especulación cuentista -tenía muchas ganas de decirlo- sino para el goce puro de la narración desvestida de trascendentalidad. Ocho cuentos y medio tiene la pretensión simbólica de que el medio cuento que falta para componer el número entero de nueve (¿Dante agazapado?) sea cosa del lector. Desconozco si personalmente he logrado armar ese pedacito de historia tambaleante, pero este libro de Javier Morales es como una carretera de historias bajo un horizonte bañado de trigales, extensa aunque reducida parcela de una llanura que despunta a lo lejos de nuestra mirada en la distancia. Desde esa altura, la que permite observar el paisaje desde el camino, van apareciendo los suaves amarillos tostados por el tiempo, los poderosos verdes que anuncian una forma de exuberancia, y se mezclan con el azul de un cielo que amenaza tormenta o con el ocre baldío de la tierra posado en las cunetas. Es curioso que Morales no simpatice con las historias comprometidas y sin embargo haya dado a luz esta hermosa criatura, tan apegada a la realidad, tan misteriosa y tan previsible, tan cotidiana.
Mario S. Arsenal