viernes, 13 de marzo de 2015

Los Sultanes del Yemen. «Destellos de las visiones de Rimbaud y de los sueños del reino de Saba»





Gloria Porta 13 marzo, 2015 Responder

Desde allí se ve la roca que debió inspirar a Rimbaud sus mejores pensamientos sobre Adén. A los pies de aquélla, se extiende la ciudad aplanada, gris y polvorienta, imperceptiblemente sacada de su sopor por bandadas súbitas de niños en bicicleta y por los cuervos que no respetan desperdicio y graznan atrevidos desde el minarete de una mezquita cercana.


Guardo un recuerdo fascinado de las versiones hollywoodenses del lejano oriente que en mi infancia eran comunes en la sobremesa de los sábados. Esto era antes de que supiéramos lo que era la tele a color, pero eso era lo de menos, ya que los tonos que no se veían en aquellas teles en blanco y negro de tubo catódico los ponía nuestra imaginación. Aquellas películas sublimaban una imaginería originada por relatos de antiguos viajeros, y que había sido embellecida por aquellos que, aún sin desplazarse allá, adornaron el relato exótico con el producto de sus fantasías. Oriente contemplado desde Occidente tiende a la ensoñación; tal vez por ello es necesario atravesar el velo del estereotipo romántico, y posiblemente nos encontraremos con orientales que a su vez nos contemplan a nosotros desde sus propios lugares comunes.

Tratando de emular a los viajeros de antaño, Enrique Mercado nos narra en Los sultanes del Yemen (Baile del Sol, 2014) su periplo por las tierras del Golfo de Adén tras los pasos deRimbaud, cuando el poeta dejó atrás Francia para convertirse en mercader colonial. Quien compuso versos sería ahora comerciante de café o traficante de armas, como si fuera el anverso y el reverso de la expansión europea por el planeta. El Yemen de 1998 que visita el autor en compañía del taciturno Varasek parece no hacer justicia a los versos de Rimbaud, aunque sí a sus más prosaicos mercadeos. El viajero encuentra un país en el que la antigua influencia soviética ha dejado su impronta en algunos edificios de rancia decoración interior y la omnipresencia de la Pepsi que, junto con el agua embotellada, son la bebida por la que optan los turistas que desconfían de los microorganismos del agua local sin tratar.


Sólo ruinas y fragmentos de casas difícilmente de pie, deshabitadas no sólo por el hombre, sino por la historia. Las piedras talladas a mano y las destalladas por los fenómenos tienden a unificarse bajo un sol vertical, sin tapujos ni sombras.




Autorretrato de Rimbaud en Harar (Etiopía), 1883 (Wikipedia Commons)

En su intención de decidir ellos la manera de desplazarse, nuestros protagonistas acaban viajando con un chófer de costumbres anárquicas y no muy de fiar, llamado Kemal, al que bautizan descriptivamente como «Qué Mal». Hay que decir que la falta de adherencia en los horarios y su resistencia a llevar a sus clientes allá donde deseaban era sin duda frustrante para éstos, no así para el lector, que asiste a una serie de peripecias en las que Richard Burton[1]se encuentra con Abbot y Costello. Sospecho que Enrique y Varasek hubieran preferido viajar en compañía deHassán, que gracias a los antiguos vínculos comunistas del Yemen, había estudiado en Cuba, y a quien encuentran acompañando a un contingente hispano. Hassán presenta una hibridación ideal entre el Golfo de Adén y el Caribe, pero esto es una excepción en donde los beduinos no acaban de aceptar que sus tierras como destino turístico, y no es inusual que la muchachada local se lie a pedradas con los visitantes (y quien sabe si no serían capaces de rebelarse contra ellos a la más radical manera de De repente, el último verano[2]).


A fuerza de no ver nada, uno acaba viéndolo todo. En El Yemen los hombres ven en la oscuridad, como los gatos. De vez en cuando, Qué Mal pisa el freno y silba y lanza piropos a un grupo compuesto por dos o tres bultos oscuros.


El hecho de que una parte del pais estuviera históricamente alineada con la URSS no parece reflejarse en una relajación del más tradicional dogma islámico: durante el viaje de Enrique y Varasek, las mujeres, más allá de las turistas occidentales, no se manifiestan sino bajo la forma de ocasionales bultos negros indescifrables para los visitantes. Los locales, sin embargo, parecen acostumbrados a descodificar la voluptuosidad oculta bajo los pliegues del niqab a partir de aquello que revelan los ojos y los tobillos (e, imagino, la envergadura del bulto). Con todo, soy un poco excéptica respecto a la pericia de los yemeníes a la hora de adivinar la belleza bajo el velo, más que nada por el hecho de que el autor, sólo por llevar pelo largo recogido en coleta, es confundido constantemente con una mujer, pese a que su físico y pilosidad facial desmentirían tal cosa a los ojos del occidental más despistado.



Adén en 1930 (Wikipedia Commons)

El alcohol es otra de las ausencias debidas a la influencia del Corán. Nuestros viajeros lo compensarán con una petaca que les hará más llevadero el omnipresente refresco de cola que vendía Joan Crawford. Ocasionalmente, algún guía pillastre ofrecerá a los visitantes la opción elaborada clandestinamente, que sólo parece aceptable a quienes no han tenido la opción de libar espíritus elaborados con más competencia. Como suele pasar, las prohibiciones estrictas no sólo incitan a su quebrantamiento, sino que decantan a la gente a opciones no prohibidas pero no por ello menos perjudiciales. El autor tendrá ocasión de constatar la desaforada afición de los guías a hacerse con hojas de qat para mascar y Kemal/Qué Mal se desviará más de una vez del itinerario por hacerse con un buen manojo de estas hojas de efecto narcótico.

Aún así, el peligro y el misterio no han abandonado los periplos por estas tierras; el asfalto no llega a todos los lados y tanto las dunas como los pedregales del desierto no se rinden fácilmente a quienes los quieren penetrar. Bajo el humor del relato, y pese la general falta de concordancia entre lo imaginado previamente y lo vivido in situ, y de la banalización de los antiguos ritos para consumo turístico, persisten destellos de las visiones de Rimbaud y de los sueños del reino de Saba.

Notas:

[1] Me refiero en este caso al explorador, claro.

[2] Suddenly, Last Summer, película dirigida en 1959 por Joseph L. Mankiewicz, adaptación de la obra teatral homónima de Tennessee Williams.




http://www.tanyible.com/los-sultanes-del-yemen/

jueves, 12 de marzo de 2015

A viva muerte, del poeta y agitador cultural David Trashumante

s159A viva muerte no es la última colección de poemas del poeta y performer David Trashumante sino que pudo ser la definitiva. Y es que uno puede morir en vida pero sobrevivir a la muerte nunca. Sin embargo, eso es lo que ha hecho David, sobrevivir a una escritura obsesiva y contestataria durante dos años para contarnos qué es eso de la muerte y, sobre todo, a dónde vamos cuando vivimos.
 A viva muerte, se nos aparece como un libro de poemas lúcidos, ácidos y sorprendentes que giran en torno al tema de la muerte desde la imposibilidad de su vivencia física. Morimos solos, pero todos somos cómplices de los que mueren en cualquier parte del mundo por la guerra, la pobreza, la pena de muerte, la enfermedad... Pero para cómplices, poetas como Dionisio Cañas, David Benedicte, Raúl Zurita, Ángel Guinda, Antonio Orihuela, Ana Pérez Cañamares, Enrique Falcón, Pedro verdejo y Alberto García Teresa que acompañan con sus firmas el libro de condolencias que, a modo de prólogo, abre este poemario.
En A viva muerte, el poeta se muestra como es: un navegante de múltiples recursos, un trashumante, en el sentido amplio de la palabra, siempre en busca de buenos pastos. Así transita del poema propuesta, pasando por la crónica de sucesos, a la elegía o el haiku.
 Y no solo trashuma por las poéticas, también lo hace por los soportes. Así este libro tiene también un alma etérea que se materializa en algunos videopoemas que lo acompañan y sobre todo, en un disco online con 14 temas interpretados junto al músico Alejandro de Sousa y grabados en los estudios valencianos de Pares o Nones Records. Un mix para reivindicar que la “lectura” de poesía no debe ser exclusivamente literal.
 Si este libro es cuerpo y alma, el espectáculo homónimo, que se estrenará allá por abril en el teatro Círculo, es la carne. Porque la poesía también es acción, movimiento y todo lo demás.
  
ENLACES

Sobre el autor
dtranshbnwebDavid Trashumante (Logroño, 1978). Heterónimo de David Moreno Hernández. Es persona, poeta, performer, creativo freelance y agitador cultural.  Vive en Valencia.
Ha publicado: Parole, parole y otras palabras (Ed. Trashumantes, 2006), El Amor de los Peces (Unaria Ediciones, 2014) y Tacto de Texto (Ed. del 4 de Agosto, 2014).
Actualmente desarrolla diversos proyectos de poesía.

miércoles, 11 de marzo de 2015

SULTANES DEL YEMEN

por Miguel Baquero

/Autor: Enrique Mercado.
Editorial: Baile del Sol.
Nº páginas: 186

/ Este es el libro de un viaje que, en 1998, emprendieron dos poetas a un lejano país, Yemen, guiados sólo por el incentivo de que en aquellas regiones prácticamente desérticas pasó sus últimos portada sultanes del yemendías, dedicado al comercio y desentendido de la poesía, Arthur Rimbaud, el gran Rimbaud, el mítico Rimbaud. Con el objetivo de conocer por si mismos aquellos lugares, Enrique Mercado, el autor de este libro, y Antonio Cordero, en este texto Varasek —«Cordero» en ruso— emprenden viaje, y apenas pisar aquel apartado lugar del globo, en la primera línea del texto, surgen los primeros problemas…
 Porque Mercado y «Varasek» han decidido ir por libre, al margen de los circuitos turísticos que, entonces —insisto, 1998; hoy seguramente ni eso— les aseguraban tranquilidad y un viaje plácido. Muy al contrario, ellos deciden contratar a un guía —quien, como pronto descubrirán, pese a sus promesas no parece conocer tan bien el país— y circular en todoterreno a su aire… siempre que les es posible, porque cuando no se estropea el vetusto vehículo o pincha en mitad de las dunas, son interceptados por los naturales del lugar, que al ver su aspecto y el poco dinero que podrían sacar, posiblemente, con su secuestro, al final deciden dejarlos que sigan su camino.
 Un camino que es el de dos poetas, ya se ha dicho, dos sujetos extraños —sobre todo uno de ellos, que en medio de esas regiones se recoge el pelo en una coleta y a menudo es confundido por ello con una mujer— que no buscan tanto llegar a su objetivo, Adén, ciudad donde se ubica el almacén comercial en que se alojaba Rimbaud, como mantener los ojos lo más abiertos posibles ante las incidencias del camino: fotografiar a las gentes con las que se cruzan —lo que algunas veces origina que sean apedreados—, observar el cielo por la noche, distinto en aquella latitud, la ropa tendida en las ciudades…
 «La ropa tendida es una de las últimas señales de humanidad que quedan en el planeta. / He visto ropa tendida en los lugares más esquivos del orbe, en ventanas inmundas de grandes urbes, y en el lindero de plantaciones de fresa y algodón»
 …componer poesías súbitas en los momentos de descanso, conocer a tipos extraños, llegar a viejas ruinas, o a ciudades de barro, como termiteros, entrar en baños laberinticos en funcionamiento desde hace siglos, o asistir, impresionados, a la omnipresencia… de la Pepsi-Cola, cuyos cárteles, en 1998, bordean todas las carreteras, se hallan encima de todos los surtidores de gasolina, y contra cuyas latas practican el tiro con pistola o kalasnikov los yemeníes.
 Escrito en un estilo único, de extraordinaria calidad, en que el rasgo rápido y ligero del juego de palabras se alía en el mismo párrafo, en ocasiones en la misma frase, con el aliento sobrecogido de un poeta, «Sultanes del Yemen» es mucho más que un libro de viajes al uso, escrito por un amante de los periplos exóticos y en el que se recopilan múltiples anécdotas. «Sultanes del Yemen» es una humilde, pero sincera, invitación a compartir los pasos, y la mirada, de un viajero admirado por lo que ve, sorprendido por la sorpresa a su alrededor, incrédulo todavía por el milagro de hallarse girando en este extraño globo donde paisajes, tipos humanos y poetas antiguos comparten espacio con él.

viernes, 6 de marzo de 2015

STONER

  
STONER. JOHN WILLIAMS
Editorial Baile del Sol
Martes, 03 de Marzo de 2015 10:49 Daniel Lopez Fidalgo

Esta es la historia de un libro bellísimo, de un libro olvidado durante años que no ha tenido el éxito que merece en nuestro país, pero acabará teniéndolo, estamos empeñados en ello. Gracias a editorial Baile del Sol y a su trabajo inteligente podemos disfrutarlo
Stoner es la historia de un hombre común, un hombre vulgar, héroe de su propia cotidianeidad. Un hombre como los de Capra, un hombre como James Stewart, ese americano medio que renuncia a sus sueños fagocitado por la abrumadora presencia de la vida, pre diseñada, que urde sus hilos invisibles como Aracne. Stoner, cuya presencia es una piedra, una losa en cada página del libro es un hombre de Missouri, labrado a la usanza de la vieja América, siempre tan nueva. Medio rural, granja, padres esforzados y favores debidos. Losa de un esfuerzo de la generación precedente con el que uno parece sentirse siempre en deuda;  esa deuda es la losa, el peso que se transporta sobre la espalda. La lucha por la vida en un ideal casi barojiano, la universidad americana, el esfuerzo. Después la vida anodina, la falta de estímulo, la mujer melancólica que distancia del afecto, luego una hija, más tarde los problemas, la persecución del malo, siempre hay un malo en nuestras vidas, Lomax es el malo de Stoner.
El tedium vitae, el envejecimiento prematuro, la vida que se escapa y no hay quien la detenga. No se puede detener la vida. Después el aire fresco, el nuevo impulso vital, la primavera postrera que llena de ilusión los días de amargura como en una libertad condicional bien merecida. Ecos que luego se verán en Coetzee. Stoner acepta con resignada fuerza los avatares intangibles del destino. Stoner es un estoico.
Stoner es un poco Holden Caufield y un poco Hans Castorp. Stoner presta su carne al drama de la existencia, al pasar de las horas que hieren hasta que la última produce, como en el adagio latino, la necesaria consecuencia. Stoner es un libro inmenso en su simplicidad, una historia que nos suena, tal vez la estemos viviendo o la hayamos vivido. Tal vez seamos Lomax, o la señorita Driscoll, o tal vez seamos Stoner.  

jueves, 5 de marzo de 2015

Brisa que recorre el mundo




Nacho Tajahuerce Sanz
El rostro del mundo
Baile del Sol, Tenerife, 2014


BRISA QUE RECORRE EL MUNDO

Hay libros comprometidos por un mundo más justo y habitable y libros íntimamente ligados a la esencia misma del ser humano. Ambas clases de libros son necesarias en poesía. En El rostro del mundo (Baile del Sol, 2014), el último poemario de Nacho Tajahuerce, estas dos sensibilidades parecen convivir sin necesidad de solaparse ni de darse codazos: el libro del compromiso social no estorba ni predomina sobre el libro de la intimidad. Se suceden, se dan la mano, se complementan. En esto, el poeta parece conciliar dos grandes tendencias, en otro tiempo enfrentadas, de la poesía española: la de los autores adscritos al canon figurativo y la de aquellos otros ubicados en un territorio metafísico de confusa acotación. 

Y es que, por una parte, como Aristóteles, también Tajahuerce sostiene que el ser humano es un zóon politikon (es decir, un animal político) y, por tanto, toda expresión cultural no escaparía a esta idea de que cualquier actividad humana está ligada a una concepción política. Esto, sin duda, suscita una doble pregunta, que el propio autor parece poner sobre la palestra de una manera muy sutil en El rostro del mundo: ¿Qué cometido se le otorga a la poesía contemporánea en esta realidad globalizada que es el siglo XXI? Y en consecuencia, ¿qué papel podrá desempeñar el compromiso en un mundo que no parece capaz de proponer modelos políticos, socio-económicos e ideológicos como alternativas al neoliberalismo capitalista?

Que Nacho Tajahuerce sea un autor comprometido y conocedor de su responsabilidad civil y artística no está reñido con ser consciente de las limitaciones que la palabra padece para incidir de forma efectiva en la sociedad a la que uno pertenece: “las palabras han perdido todo su significado,/ como los amigos inservibles, / como los rayos de sol al atardecer”. Pero también sabe que la exigencia formal va en detrimento de una estética comunicable que supedita ese “arma cargada de futuro” a un lenguaje sencillo y a un tono coloquial. 

Aunque su voz poética no aspira a vivir en los pronombres ni a convertirse en altavoz de quienes padecen las injusticias sociales, el sujeto que está detrás del discurso acepta dirigirse a la segunda persona del singular para que el mensaje sea lo más directo posible, pero siempre dando cuenta de una realidad inestable de la que él también forma parte: “La solución/ disimula detrás de ti./ Lástima que no tengas ojos/ en la nuca”.

Dicho todo lo anterior, resulta obvio que Nacho Tajahuerce valora la poesía como un discurso útil y que esa utilidad se entiende desde unos términos de realismo y verosimilitud: según él, la poesía es necesaria sólo si guarda relación con la vida corriente de un mundo contemporáneo. Por eso, la utilidad de su poesía es más una utilidad ética que política.

En ocasiones, parece que el autor trata de eliminar las barreras entre lo público y lo privado, lo que a su vez implica diluir aquella falsa dicotomía entre “pureza” y compromiso. La evidencia de que toda poesía refleja el tiempo en que fue escrita pone de relieve la oposición artificial entre una estética incontaminada por el mundo y otra atenta a la pulsación cotidiana. 

Pese a que Nacho Tajahuerce es consciente de que el mundo no se puede reinaugurar, sigue confiando en el impulso transformador que supone todo acto creativo. Es la suya, en consecuencia, una poesía abiertamente realista y enraizada en la ética, una poesía desde y para la vida. 

Tajahuerce es una suerte de flâneur posmoderno, un personaje que transita por un mundo contemporáneo lleno de paradojas y sinsentidos: el ser humano como ente social pero que vive en soledad, que busca la cara esperanzadora del progreso pero encuentra la cruz amarga de la marginación. Ante este panorama desalentador, Tajahuerce emplea su mejor arma: la ironía, esa forma distinguida del humor que mejor sortea cualquier atisbo de patetismo. Nacho Tajahuerce sabe bien que el desenmascaramiento retórico es un proceso ineludible para conseguir el desenmascaramiento ideológico. Por ello, ataca, desde dentro del poema, los sistemas de representación del poder y asume que la transparencia de la lengua es la mejor estrategia combativa. 

Existe una dicotomía retórica en su poesía, como antes señalaba: una vía de corte realista que inaugura el libro y otra de ascendencia simbolista, presente en la segunda parte, donde se esgrime un patrón estético fundamentado en el adelgazamiento o en la práctica desaparición de la anécdota: “Somos la brisa que recorre el mundo”.

La desmitificación del arquetipo de poeta es una de las mejores bazas del autor para conseguir esa pátina de “normalidad” en el desarrollo de la actividad poética, como bien refleja este verso sentencioso: “Fermín Cacho fue el mejor poeta de finales del siglo XX”. Es decir, el poeta como un atleta de fondo que practica la soledad para muscular el pensamiento.

Resulta evidente que, para el autor, el compromiso ya no sirve de soporte para un yo heroico, sino que se traslada hacia el personaje común y, en ocasiones, incluso marginal: el hombre de la calle acomoda su máscara rutinaria al rostro del autor (que termina por ser el rostro del mundo), cronista objetivo de las desigualdades e injusticias actuales.

Nacho Tajahuerce, en resumen, concibe el poema como una herramienta susceptible de transformar la realidad que presenta. Esa utilidad resulta el elemento mediador entre la historia y las historias (es decir, entre la Historia con mayúsculas y la intrahistoria o acontecer cotidiano). Poesía como instrumento de protesta ante la pasividad y la injusticia sociales. Poesía como territorio donde atreverse con los conflictos colectivos o reivindicar las utopías comunitarias. Y también, dentro de esa posmodernidad en la que se inscribe El rostro del mundo, poesía como expresión del desengaño derivado de la incapacidad del lenguaje, el discurso o la mirada para dotar de coherencia al mundo. Pero también poesía, al fin y al cabo, como la mejor manera (y la más hermosa) para intentarlo.


Jesús Jiménez Domínguez

[Revista Clarín, nº 114, págs. 66-67]

miércoles, 4 de marzo de 2015

Los posos de la sed de Ricardo Hernández Bravo

Los posos de la sed es el tercer libro de poemas de Ricardo Hernández Bravo (Isla de La Palma, 1966), lo publica Baile del Sol y se abre con dos epígrafes de poetas argentinos: Alejandra Pizarnik y Juan Gelman. La elección no es azarosa. Una serie de poemas sin títulos divididos en distintas secciones conforman un libro donde prima el lenguaje. A partir de neologismos, juegos de palabras, aliteraciones, un vocabulario que recoge términos autóctonos canarios y, entre otros recursos literarios, un uso curioso de las formas verbales. Todo se conjura en torno a lo barroco, sin que eso quiera decir que la contención y la sequedad, nunca mejor dicho, marquen el tono: "Espeso beberaje, guarapo del vivir. / En seco el trago; rasa, la sed hasta las madres". leemos.
Un símbolo, sí: la sed. Y la pasión por la palabra que la engendra. Intensidad de lo mínimo. Poemas breves o brevísimos. Mayor expresividad con el menor número de términos posibles. "Simplicidad, alegre arrulladero". Elipsis y silencios que uno tiene a la fuerza que relacionar con una tradición muy marcada de la poesía contemporánea de esas islas y que enlaza, a su vez, con corrientes ultramarinas ya insinuadas. A los nombres de arriba hay que añadir los de Vallejo y Cadenas, a los que Hernández Bravo convoca. A veces, toques de orientalidad: "En el furor interactivo / agua mermada". "Lugar de la palabra", sí, esta sugerente poesía.

http://mayora.blogspot.com.es/2015/03/cuatro-libros.html

martes, 3 de marzo de 2015

Las ruinas, una novela de Xandru Fernández

m162Las ruinas es el título de la novela que el autor asturiano Xandru Fernández acaba de publicar en Baile del Sol.
Con unos personajes tan humanos que parecen salirse de las páginas del libro Xandru
Fernández nos sumerge en una historia que conecta 1937 con 2002. En la primera fecha, un caza alemán se estrella en un remoto valle asturiano y en la más reciente un petrolero griego se hunde frente a las costas gallegas.
Aunque los protagonistas de Las ruinascuriosamente no son testigos directos de ninguno de los dos hechos reseñados, o cierto es que sus vidas se inscriben entre ambas tragedias. Así, el autor se centra en tres hermanos, un poblado minero y sesenta y cinco años de decadencia y resistencia, además de algo que ocurrió en un día de febrero de 1980.
Llena de diálogos que se convierten en el mejor retrato de los personajes, la obra del asturiano nos atrapa en su laberinto de emociones humanas, de memoria, de dolor y de relaciones familiares.
Las ruinas se publicó por primera vez en asturiano en 2004 y fue reeditada en 2011. Obtuvo el Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores Asturianos y fue seleccionada como una de las diez grandes obras de la literatura asturiana del último medio siglo.


Sobre el autor:
xandruweb2Xandru Fernández nació en Turón (Asturias) en 1970. En 1990 publicó su primera novela, escrita en lengua asturiana, como el resto de su obra hasta el momento. Ganó en 1993 el Premio Xosefa Xovellanos de novela con El club de los inocentes, y repitió galardón en 1999 con El suañu de los páxaros de sable y en 2011 con El príncipe derviche. Con Les ruines(2004) [LAS RUINAS (Tenerife, 2014)] y La banda sonora del paraísu (2006) obtuvo el Premio de la Crítica a la mejor novela en lengua asturiana. Es autor también de varios libros de relatos y de poesía, y de numerosas traducciones (Kafka, Dürrenmatt, Rilke, Nietzsche) tanto al asturiano como al castellano.