jueves, 12 de marzo de 2015

A viva muerte, del poeta y agitador cultural David Trashumante

s159A viva muerte no es la última colección de poemas del poeta y performer David Trashumante sino que pudo ser la definitiva. Y es que uno puede morir en vida pero sobrevivir a la muerte nunca. Sin embargo, eso es lo que ha hecho David, sobrevivir a una escritura obsesiva y contestataria durante dos años para contarnos qué es eso de la muerte y, sobre todo, a dónde vamos cuando vivimos.
 A viva muerte, se nos aparece como un libro de poemas lúcidos, ácidos y sorprendentes que giran en torno al tema de la muerte desde la imposibilidad de su vivencia física. Morimos solos, pero todos somos cómplices de los que mueren en cualquier parte del mundo por la guerra, la pobreza, la pena de muerte, la enfermedad... Pero para cómplices, poetas como Dionisio Cañas, David Benedicte, Raúl Zurita, Ángel Guinda, Antonio Orihuela, Ana Pérez Cañamares, Enrique Falcón, Pedro verdejo y Alberto García Teresa que acompañan con sus firmas el libro de condolencias que, a modo de prólogo, abre este poemario.
En A viva muerte, el poeta se muestra como es: un navegante de múltiples recursos, un trashumante, en el sentido amplio de la palabra, siempre en busca de buenos pastos. Así transita del poema propuesta, pasando por la crónica de sucesos, a la elegía o el haiku.
 Y no solo trashuma por las poéticas, también lo hace por los soportes. Así este libro tiene también un alma etérea que se materializa en algunos videopoemas que lo acompañan y sobre todo, en un disco online con 14 temas interpretados junto al músico Alejandro de Sousa y grabados en los estudios valencianos de Pares o Nones Records. Un mix para reivindicar que la “lectura” de poesía no debe ser exclusivamente literal.
 Si este libro es cuerpo y alma, el espectáculo homónimo, que se estrenará allá por abril en el teatro Círculo, es la carne. Porque la poesía también es acción, movimiento y todo lo demás.
  
ENLACES

Sobre el autor
dtranshbnwebDavid Trashumante (Logroño, 1978). Heterónimo de David Moreno Hernández. Es persona, poeta, performer, creativo freelance y agitador cultural.  Vive en Valencia.
Ha publicado: Parole, parole y otras palabras (Ed. Trashumantes, 2006), El Amor de los Peces (Unaria Ediciones, 2014) y Tacto de Texto (Ed. del 4 de Agosto, 2014).
Actualmente desarrolla diversos proyectos de poesía.

miércoles, 11 de marzo de 2015

SULTANES DEL YEMEN

por Miguel Baquero

/Autor: Enrique Mercado.
Editorial: Baile del Sol.
Nº páginas: 186

/ Este es el libro de un viaje que, en 1998, emprendieron dos poetas a un lejano país, Yemen, guiados sólo por el incentivo de que en aquellas regiones prácticamente desérticas pasó sus últimos portada sultanes del yemendías, dedicado al comercio y desentendido de la poesía, Arthur Rimbaud, el gran Rimbaud, el mítico Rimbaud. Con el objetivo de conocer por si mismos aquellos lugares, Enrique Mercado, el autor de este libro, y Antonio Cordero, en este texto Varasek —«Cordero» en ruso— emprenden viaje, y apenas pisar aquel apartado lugar del globo, en la primera línea del texto, surgen los primeros problemas…
 Porque Mercado y «Varasek» han decidido ir por libre, al margen de los circuitos turísticos que, entonces —insisto, 1998; hoy seguramente ni eso— les aseguraban tranquilidad y un viaje plácido. Muy al contrario, ellos deciden contratar a un guía —quien, como pronto descubrirán, pese a sus promesas no parece conocer tan bien el país— y circular en todoterreno a su aire… siempre que les es posible, porque cuando no se estropea el vetusto vehículo o pincha en mitad de las dunas, son interceptados por los naturales del lugar, que al ver su aspecto y el poco dinero que podrían sacar, posiblemente, con su secuestro, al final deciden dejarlos que sigan su camino.
 Un camino que es el de dos poetas, ya se ha dicho, dos sujetos extraños —sobre todo uno de ellos, que en medio de esas regiones se recoge el pelo en una coleta y a menudo es confundido por ello con una mujer— que no buscan tanto llegar a su objetivo, Adén, ciudad donde se ubica el almacén comercial en que se alojaba Rimbaud, como mantener los ojos lo más abiertos posibles ante las incidencias del camino: fotografiar a las gentes con las que se cruzan —lo que algunas veces origina que sean apedreados—, observar el cielo por la noche, distinto en aquella latitud, la ropa tendida en las ciudades…
 «La ropa tendida es una de las últimas señales de humanidad que quedan en el planeta. / He visto ropa tendida en los lugares más esquivos del orbe, en ventanas inmundas de grandes urbes, y en el lindero de plantaciones de fresa y algodón»
 …componer poesías súbitas en los momentos de descanso, conocer a tipos extraños, llegar a viejas ruinas, o a ciudades de barro, como termiteros, entrar en baños laberinticos en funcionamiento desde hace siglos, o asistir, impresionados, a la omnipresencia… de la Pepsi-Cola, cuyos cárteles, en 1998, bordean todas las carreteras, se hallan encima de todos los surtidores de gasolina, y contra cuyas latas practican el tiro con pistola o kalasnikov los yemeníes.
 Escrito en un estilo único, de extraordinaria calidad, en que el rasgo rápido y ligero del juego de palabras se alía en el mismo párrafo, en ocasiones en la misma frase, con el aliento sobrecogido de un poeta, «Sultanes del Yemen» es mucho más que un libro de viajes al uso, escrito por un amante de los periplos exóticos y en el que se recopilan múltiples anécdotas. «Sultanes del Yemen» es una humilde, pero sincera, invitación a compartir los pasos, y la mirada, de un viajero admirado por lo que ve, sorprendido por la sorpresa a su alrededor, incrédulo todavía por el milagro de hallarse girando en este extraño globo donde paisajes, tipos humanos y poetas antiguos comparten espacio con él.

viernes, 6 de marzo de 2015

STONER

  
STONER. JOHN WILLIAMS
Editorial Baile del Sol
Martes, 03 de Marzo de 2015 10:49 Daniel Lopez Fidalgo

Esta es la historia de un libro bellísimo, de un libro olvidado durante años que no ha tenido el éxito que merece en nuestro país, pero acabará teniéndolo, estamos empeñados en ello. Gracias a editorial Baile del Sol y a su trabajo inteligente podemos disfrutarlo
Stoner es la historia de un hombre común, un hombre vulgar, héroe de su propia cotidianeidad. Un hombre como los de Capra, un hombre como James Stewart, ese americano medio que renuncia a sus sueños fagocitado por la abrumadora presencia de la vida, pre diseñada, que urde sus hilos invisibles como Aracne. Stoner, cuya presencia es una piedra, una losa en cada página del libro es un hombre de Missouri, labrado a la usanza de la vieja América, siempre tan nueva. Medio rural, granja, padres esforzados y favores debidos. Losa de un esfuerzo de la generación precedente con el que uno parece sentirse siempre en deuda;  esa deuda es la losa, el peso que se transporta sobre la espalda. La lucha por la vida en un ideal casi barojiano, la universidad americana, el esfuerzo. Después la vida anodina, la falta de estímulo, la mujer melancólica que distancia del afecto, luego una hija, más tarde los problemas, la persecución del malo, siempre hay un malo en nuestras vidas, Lomax es el malo de Stoner.
El tedium vitae, el envejecimiento prematuro, la vida que se escapa y no hay quien la detenga. No se puede detener la vida. Después el aire fresco, el nuevo impulso vital, la primavera postrera que llena de ilusión los días de amargura como en una libertad condicional bien merecida. Ecos que luego se verán en Coetzee. Stoner acepta con resignada fuerza los avatares intangibles del destino. Stoner es un estoico.
Stoner es un poco Holden Caufield y un poco Hans Castorp. Stoner presta su carne al drama de la existencia, al pasar de las horas que hieren hasta que la última produce, como en el adagio latino, la necesaria consecuencia. Stoner es un libro inmenso en su simplicidad, una historia que nos suena, tal vez la estemos viviendo o la hayamos vivido. Tal vez seamos Lomax, o la señorita Driscoll, o tal vez seamos Stoner.  

jueves, 5 de marzo de 2015

Brisa que recorre el mundo




Nacho Tajahuerce Sanz
El rostro del mundo
Baile del Sol, Tenerife, 2014


BRISA QUE RECORRE EL MUNDO

Hay libros comprometidos por un mundo más justo y habitable y libros íntimamente ligados a la esencia misma del ser humano. Ambas clases de libros son necesarias en poesía. En El rostro del mundo (Baile del Sol, 2014), el último poemario de Nacho Tajahuerce, estas dos sensibilidades parecen convivir sin necesidad de solaparse ni de darse codazos: el libro del compromiso social no estorba ni predomina sobre el libro de la intimidad. Se suceden, se dan la mano, se complementan. En esto, el poeta parece conciliar dos grandes tendencias, en otro tiempo enfrentadas, de la poesía española: la de los autores adscritos al canon figurativo y la de aquellos otros ubicados en un territorio metafísico de confusa acotación. 

Y es que, por una parte, como Aristóteles, también Tajahuerce sostiene que el ser humano es un zóon politikon (es decir, un animal político) y, por tanto, toda expresión cultural no escaparía a esta idea de que cualquier actividad humana está ligada a una concepción política. Esto, sin duda, suscita una doble pregunta, que el propio autor parece poner sobre la palestra de una manera muy sutil en El rostro del mundo: ¿Qué cometido se le otorga a la poesía contemporánea en esta realidad globalizada que es el siglo XXI? Y en consecuencia, ¿qué papel podrá desempeñar el compromiso en un mundo que no parece capaz de proponer modelos políticos, socio-económicos e ideológicos como alternativas al neoliberalismo capitalista?

Que Nacho Tajahuerce sea un autor comprometido y conocedor de su responsabilidad civil y artística no está reñido con ser consciente de las limitaciones que la palabra padece para incidir de forma efectiva en la sociedad a la que uno pertenece: “las palabras han perdido todo su significado,/ como los amigos inservibles, / como los rayos de sol al atardecer”. Pero también sabe que la exigencia formal va en detrimento de una estética comunicable que supedita ese “arma cargada de futuro” a un lenguaje sencillo y a un tono coloquial. 

Aunque su voz poética no aspira a vivir en los pronombres ni a convertirse en altavoz de quienes padecen las injusticias sociales, el sujeto que está detrás del discurso acepta dirigirse a la segunda persona del singular para que el mensaje sea lo más directo posible, pero siempre dando cuenta de una realidad inestable de la que él también forma parte: “La solución/ disimula detrás de ti./ Lástima que no tengas ojos/ en la nuca”.

Dicho todo lo anterior, resulta obvio que Nacho Tajahuerce valora la poesía como un discurso útil y que esa utilidad se entiende desde unos términos de realismo y verosimilitud: según él, la poesía es necesaria sólo si guarda relación con la vida corriente de un mundo contemporáneo. Por eso, la utilidad de su poesía es más una utilidad ética que política.

En ocasiones, parece que el autor trata de eliminar las barreras entre lo público y lo privado, lo que a su vez implica diluir aquella falsa dicotomía entre “pureza” y compromiso. La evidencia de que toda poesía refleja el tiempo en que fue escrita pone de relieve la oposición artificial entre una estética incontaminada por el mundo y otra atenta a la pulsación cotidiana. 

Pese a que Nacho Tajahuerce es consciente de que el mundo no se puede reinaugurar, sigue confiando en el impulso transformador que supone todo acto creativo. Es la suya, en consecuencia, una poesía abiertamente realista y enraizada en la ética, una poesía desde y para la vida. 

Tajahuerce es una suerte de flâneur posmoderno, un personaje que transita por un mundo contemporáneo lleno de paradojas y sinsentidos: el ser humano como ente social pero que vive en soledad, que busca la cara esperanzadora del progreso pero encuentra la cruz amarga de la marginación. Ante este panorama desalentador, Tajahuerce emplea su mejor arma: la ironía, esa forma distinguida del humor que mejor sortea cualquier atisbo de patetismo. Nacho Tajahuerce sabe bien que el desenmascaramiento retórico es un proceso ineludible para conseguir el desenmascaramiento ideológico. Por ello, ataca, desde dentro del poema, los sistemas de representación del poder y asume que la transparencia de la lengua es la mejor estrategia combativa. 

Existe una dicotomía retórica en su poesía, como antes señalaba: una vía de corte realista que inaugura el libro y otra de ascendencia simbolista, presente en la segunda parte, donde se esgrime un patrón estético fundamentado en el adelgazamiento o en la práctica desaparición de la anécdota: “Somos la brisa que recorre el mundo”.

La desmitificación del arquetipo de poeta es una de las mejores bazas del autor para conseguir esa pátina de “normalidad” en el desarrollo de la actividad poética, como bien refleja este verso sentencioso: “Fermín Cacho fue el mejor poeta de finales del siglo XX”. Es decir, el poeta como un atleta de fondo que practica la soledad para muscular el pensamiento.

Resulta evidente que, para el autor, el compromiso ya no sirve de soporte para un yo heroico, sino que se traslada hacia el personaje común y, en ocasiones, incluso marginal: el hombre de la calle acomoda su máscara rutinaria al rostro del autor (que termina por ser el rostro del mundo), cronista objetivo de las desigualdades e injusticias actuales.

Nacho Tajahuerce, en resumen, concibe el poema como una herramienta susceptible de transformar la realidad que presenta. Esa utilidad resulta el elemento mediador entre la historia y las historias (es decir, entre la Historia con mayúsculas y la intrahistoria o acontecer cotidiano). Poesía como instrumento de protesta ante la pasividad y la injusticia sociales. Poesía como territorio donde atreverse con los conflictos colectivos o reivindicar las utopías comunitarias. Y también, dentro de esa posmodernidad en la que se inscribe El rostro del mundo, poesía como expresión del desengaño derivado de la incapacidad del lenguaje, el discurso o la mirada para dotar de coherencia al mundo. Pero también poesía, al fin y al cabo, como la mejor manera (y la más hermosa) para intentarlo.


Jesús Jiménez Domínguez

[Revista Clarín, nº 114, págs. 66-67]

miércoles, 4 de marzo de 2015

Los posos de la sed de Ricardo Hernández Bravo

Los posos de la sed es el tercer libro de poemas de Ricardo Hernández Bravo (Isla de La Palma, 1966), lo publica Baile del Sol y se abre con dos epígrafes de poetas argentinos: Alejandra Pizarnik y Juan Gelman. La elección no es azarosa. Una serie de poemas sin títulos divididos en distintas secciones conforman un libro donde prima el lenguaje. A partir de neologismos, juegos de palabras, aliteraciones, un vocabulario que recoge términos autóctonos canarios y, entre otros recursos literarios, un uso curioso de las formas verbales. Todo se conjura en torno a lo barroco, sin que eso quiera decir que la contención y la sequedad, nunca mejor dicho, marquen el tono: "Espeso beberaje, guarapo del vivir. / En seco el trago; rasa, la sed hasta las madres". leemos.
Un símbolo, sí: la sed. Y la pasión por la palabra que la engendra. Intensidad de lo mínimo. Poemas breves o brevísimos. Mayor expresividad con el menor número de términos posibles. "Simplicidad, alegre arrulladero". Elipsis y silencios que uno tiene a la fuerza que relacionar con una tradición muy marcada de la poesía contemporánea de esas islas y que enlaza, a su vez, con corrientes ultramarinas ya insinuadas. A los nombres de arriba hay que añadir los de Vallejo y Cadenas, a los que Hernández Bravo convoca. A veces, toques de orientalidad: "En el furor interactivo / agua mermada". "Lugar de la palabra", sí, esta sugerente poesía.

http://mayora.blogspot.com.es/2015/03/cuatro-libros.html

martes, 3 de marzo de 2015

Las ruinas, una novela de Xandru Fernández

m162Las ruinas es el título de la novela que el autor asturiano Xandru Fernández acaba de publicar en Baile del Sol.
Con unos personajes tan humanos que parecen salirse de las páginas del libro Xandru
Fernández nos sumerge en una historia que conecta 1937 con 2002. En la primera fecha, un caza alemán se estrella en un remoto valle asturiano y en la más reciente un petrolero griego se hunde frente a las costas gallegas.
Aunque los protagonistas de Las ruinascuriosamente no son testigos directos de ninguno de los dos hechos reseñados, o cierto es que sus vidas se inscriben entre ambas tragedias. Así, el autor se centra en tres hermanos, un poblado minero y sesenta y cinco años de decadencia y resistencia, además de algo que ocurrió en un día de febrero de 1980.
Llena de diálogos que se convierten en el mejor retrato de los personajes, la obra del asturiano nos atrapa en su laberinto de emociones humanas, de memoria, de dolor y de relaciones familiares.
Las ruinas se publicó por primera vez en asturiano en 2004 y fue reeditada en 2011. Obtuvo el Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores Asturianos y fue seleccionada como una de las diez grandes obras de la literatura asturiana del último medio siglo.


Sobre el autor:
xandruweb2Xandru Fernández nació en Turón (Asturias) en 1970. En 1990 publicó su primera novela, escrita en lengua asturiana, como el resto de su obra hasta el momento. Ganó en 1993 el Premio Xosefa Xovellanos de novela con El club de los inocentes, y repitió galardón en 1999 con El suañu de los páxaros de sable y en 2011 con El príncipe derviche. Con Les ruines(2004) [LAS RUINAS (Tenerife, 2014)] y La banda sonora del paraísu (2006) obtuvo el Premio de la Crítica a la mejor novela en lengua asturiana. Es autor también de varios libros de relatos y de poesía, y de numerosas traducciones (Kafka, Dürrenmatt, Rilke, Nietzsche) tanto al asturiano como al castellano.

lunes, 2 de marzo de 2015

Itinerario nº2 – John Williams-Shaskespeare (Stoner)

stoner Supongo que debo escribir historias por alguna razón. Que si lo estoy haciendo es por que me empuja una motivación profunda al menos para mí, por una necesidad. Les aseguro que no hay muchas razones por las que los escritores debamos perder el tiempo escribiendo historias, sumirnos en esa extraña conciencia de la ficción, sufrir sus contradicciones y retos constantes, la soledad y la falta de sentido aparente si concebimos con algún rigor éste oficio. Eso es algo que llevo demasiados años pensando: en la inutilidad de la escritura en un mundo paulatinamente más y más analfabeto respecto al texto. Ni soy agorero ni pesimista. El entusiasmo de cualquier historia necesaria que deben contar los escritores es un acto de enorme optimismo en sí mismo. No se puede utilizar cualquier otro adjetivo más allá de ese entusiasmo con el que celebramos la repetición de la tradición literaria y sus empecinados intentos de aportar algo más. Los pueblos se han alfabetizado masivamente al menos en occidente, pero el proceso, como una conspiración, se ha tecnificado y especializado en una compleja división de saberes sesgados y delimitados por el lenguaje de cada disciplina, ciencia, terapia u ocupación. El texto comienza a ser un misterio para las mayorías a pesar del masivo acceso de las nuevas generaciones al saber del mundo. No se entiende la profundidad del texto en la medida en que la información y la inmediata y superficial comunicación han copado, dirigida por las grandes marcas del siglo XXI (televisiones, redes sociales, buscadores, instantáneos mensajes e imágenes y proclamas reducidas a cincuenta caracteres y un puñado de fotografías y vídeos), la realidad de la tierra, y en concreto se diluye la poderosa y sabia ambigüedad evocadora y simbólica, metafórica y narrativa, moral, de la literatura. Y sin embargo los escritores prosiguen. Tal vez anhelen convertirse en misterio, en alma, en halo o en religión. No puedo saberlo. El tiempo parece mudo más allá del pitido de un aparato electrónico que anuncia un breve párrafo de palabras reducidas y mal escritas, donde el titular devora al texto, y a pesar de ello, a pesar del silencio, se sigue escribiendo así, como intentó escribir Shakespeare o Dostoiesvki, cada cual con sus circunstancias vitales. Parece que los escritores no están en sus cabales, que no vale la pena, que las historias que algunos escriben son demasiado dolorosas y costosas para la mínima recompensa a obtener. Y aún así quieren seguir escribiendo esas historias, y no siempre por ego, sino por un extraño deseo. Tal vez sea eso, el deseo de lo humano incontrolable y desmedido, alocado e irracional, imposible de erradicar. Desean continuar navegando por la dureza de las palabras y sus intrincados significados, por la profunda herencia de la literatura, tan vieja como el lenguaje.
        Esas historias. Una como la que yo quiero escribir por todas esas causas irracionales e inexplicables.
        Y entonces empiezo a leer esta mañana fría de invierno el libro que mi amigo Gonzo, en Singapur ahora por extrañas razones y afectos irrenunciables, me recomendó antes de marcharse, Stoner de John Williams, y me encuentro con un verso de Shakespeare que cambió la vida del protagonista de la novela, de William Stoner.
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En aquella época del año puedes contemplar en mi,

cuando las hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan

de esas ramas que se agitan frente al frío,

desnudos coros ruinosos en los que tarde cantaban dulces pájaros. 

En mí ves el ocaso de aquel día

después de que la puesta de sol se funda en poniente;

por la negra noche arrebatada,

la otra cara de la Muerte, que condena al descanso. 

En mí ves el resplandor de aquel fuego,

el que sobre las cenizas de su juventud yace,

como el lecho de muerte en que ha de expirar,

consumido por aquello que le alimentaba.

Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,

amar bien aquello que debes abandonar pronto. 

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         El joven Stoner es hijo de granjeros pobres norteamericanos de principios del siglo pasado. Estudia ingeniera agrícola por el esfuerzo de su padre, que comprende la necesidad de incrementar la rentabilidad de las tierras y explotar cultivos más productivos. En el aula, el profesor de literatura Sloane, que parece “enseñar su tarea con aparente desdén y apatía, como si percibiera que entre su conocimiento y lo que podía decir hubiera un abismo tan profundo que no merecía la pena hacer ningún esfuerzo para cruzarlo“, va a recitar ese poema de William Shakespeare, escrito trescientos años antes, y preguntará después a los alumnos por lo que les sugiere.
       Cuando leo la frase entrecomillada en la que John Williams describe al profesor, encuentro una buena definición de la literatura que he leído y pretendido muchos años, sin darme cuenta, sin saber lo que le sucederá después a Stoner. Se refiere a algo que aporta un conocimiento misterioso y profundo que no es posible explicar con palabras corrientes a ese grupo de alumnos que Sloan tiene delante, sino sólo comunicarse en el milagro de su propia esencia, en el destino de quienes leen con atención. Por eso Sloane, viejo sabio desmedido y huraño, al menos en estas primeras páginas, posee ese desdén, ese malestar extraño ante el proceso de enseñar a los alumnos el significado de ese secreto. Es consciente de que a veces roza el orden inaccesible del mundo, pero vuelve sin remedio a la ignorancia cotidiana a los pocos minutos
          ¿Cómo explicar eso a quien no le interesa la literatura en apariencia más allá de una nota en un panel de resultados académicos o de los créditos universitarios que complementan una carrera?
         Tras leer el poema Sloane pregunta al azar a dos alumnos, pero se detiene en el tercero con mayor insistencia. Inquiere a Stoner a fin de que explique qué le dice el poema, y al joven granjero no le salen las palabras. Entonces John Williams describe un fenómeno fascinante, un acercamiento al sentido de este antiguo arte vigente mientras exista la humanidad casi sin que el lector lo perciba.
         Stoner contiene el aliento. Lo expulsa suavemente. Desvía la mirada de Sloane como si no fuera con él esa pregunta que el profesor le hace, pero mira la luz que entra por el amplio ventanal y el rostro de sus compañeros. Comprende que la luz del sol de la mañana se une al efecto extraño y profundo del poema, y provoca una iluminación que quizá sólo él perciba y que parece no ya surgir de los rayos de sol que se cuelan por los cristales del aula, sino de las caras de los alumnos mismo, rompiendo la oscuridad anodina que a menudo ve en todos ellos. Contempla con asombro el pestañeo de uno de sus compañeros, y se maravilla ante “una sombra delgada” que cae “sobre una mejilla cuya parte inferior” ha recogido la luz del sol. Advierte que sus dedos se están soltando de su firme agarre al escritorio. Se fija en sus manos, en lo morenas que están, “en la intrincada manera en que las uñas” se adaptan “al romo final de los dedos”. Presiente incluso la sangre fluir invisible a través de sus diminutas venas y arterias, como pulsan delicadamente “las yemas de los dedos a través de su cuerpo.
        Un poco más adelante, el profesor Sloan hará una proposición a Stoner que, junto con el efecto de ese poema de Shakespeare, guiará su destino sean cual sean las consecuencias. Hablará de la intensa fascinación de un poema escrito por un poeta muerto tres siglos atrás capaz de describir tanto tiempo después el estado decadente y otoñal, a punto del invierno, de la vejez y su sentido. Un canto sobrio y veraz sobre la vida. Algo que tal vez se podrá expresar en la brevedad de muchas formas de comunicación pero difícilmente con la belleza y la exactitud, con el conocimiento profundo y esencial sobre lo humano eterno guarecido en el poema de Shakespeare.
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       “Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte/ amar bien aquello que debes abandonar pronto”
          John Williams, sesenta años antes de que yo lea Stoner y ese poema, encontró una razón mas allá de lo racional para escribir su novela. Algo que me comunicó Gonzo poco antes de irse hace apenas unas semanas a Singapur. Una esencia que mi amigo pensó como un regalo valioso que a mí -al menos a mí y a él- podía servirme. Tal vez el mismo aliento que llevó al escritor norteamericano a concluir su extraordinaria novela.
       Pero no encontrarán su sabiduría en este blog, tampoco en ninguna frase entresacada de la novela repetida hasta la saciedad en twitter o en un posteo de facebook o unas fotografías de Pinterest o Instagram. Para adentrarse en su sabiduría es necesario leer Stoner, cada una de sus páginas y párrafos, a solas, sin sonidos digitales ni interrupciones. Un lector adentrándose en el lenguaje que construye la historia de ficción. Un intento de encontrar en el fondo un sentido al oficio de construir novelas, poemas, textos literarios, a este absurdo e irrenunciable deseo de escribir. Ese secreto placer lleno del inexplicable conocimiento que constituye la literatura, que sirve para vivir, lleno del placer de su estremecedor alumbramiento, lleno de aquello que todavía nos pertenece.
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Stoner (1)