viernes, 23 de enero de 2015

La esencia de una educación sentimental: "Divina", de Inma Luna


Inma Luna (Madrid, 1966) es una poeta experimentada que a lo largo de su trayectoria (cinco poemarios en menos de una década), iniciada en 2006 con Nada para cenar ha combinado  una intimidad conflictiva con la atención a una realidad social dura, difícil. En Divina, su sexto libro poético, recorre, con palabra afilada en la que se revela una sensibilidad a flor de piel, su educación sentimental. Una peripecia que, aunque se base en la experiencia del propio sujeto poético, tiene en gran medida un carácter generacional: en ella es reconocible la trayectoria de la mujer en una sociedad marcada por la moral católica y su prolongación “civil”. Mujeres nacidas en los años sesenta formadas, cultural y sentimentalmente, en entornos lastrados por la herencia del franquismo: en la familia, en la escuela, en las relaciones fuera de la casa.

La infancia, el choque entre la ternura inocente de la niña y la brutalidad que no entiende de emociones, de miedos; la perplejidad y el desconcierto ante injusticias acuñadas como  justas, la adolescencia  como tiempo de sumisión, de crecimiento, de culpa, de emociones confrontadas; la juventud y la madurez que desembocan en un matrimonio obligado y en cierto modo inexplicable, la maternidad…. Estaciones de un trayecto que lleva a la soledad y a la desconfianza, a la contemplación del mundo con la lente de un rencor sutil, dolorido, perdurable. Las lecciones recibidas por la mujer que protagoniza Divina forman parte de un catálogo de prohibiciones: negación de lo imaginario, elusión y castigo del deseo, sexualidad oculta y, a la vez, pervertida, difuminación de la carne, de la intuición, destierro de la naturaleza, madre de toda tentación… Todo ello, cruzado por la conciencia de ser de una clase diferente (algo que Luna expresa de modo sintético en el poema “Caína”: "Tenía menos juguetes / y muchas más horquillas en el pelo, / ni una sola flor, / ni una. / Ella era rubia con germen de elegancia. / Envidiaba sus escaleras de madera, / su boca enorme, / sus juguetes", escribe) y por la condena de la pereza y del placer, de todo asomo de hedonismo. La necesidad de sobrevivir en medio tan hostil conduce a la simulación, a la esquizofrenia de la doble personalidad, algo que ha marcado, en buena medida, la condición femenina en nuestra civilización. Es ilustrativo a este respecto el desolador poema “El engaño”:  “Mis padres no han sabido / la clase de hija que tenían, / mi marido ignoraba / de qué se alimentaba su mujer,  / mis hijos desconocen / qué raquítica madre les ha tocado en suerte. / Cumplí perfectamente el cometido / de engañarnos a todos”.

Inma Luna escribe con un lenguaje despojado, directo, pero lleno de sutilezas, impregnado por un temblor emotivo y no carente de chispa lírica: “Vendad la sangre / con una gasa blanca, / dad varias vueltas para aquietar, / si tropezáis con alguna bandada de pájaros / apartaos de ellas”. Su estética tiene cierto paralelismo con la pulsión dolorida de ciertos poemas de la Pizarnik o de Amájtova aunque con menos dosis de metafísica. Su poesía es transparente, nada elusiva, puro esqueleto a veces, y tiene en la realidad y en la vida, en la experiencia de lo cotidiano, su material de partida, su proteína.

Al texto de Inma Luna se añade, en esta edición, el magnífico trabajo de ilustración de Loreto Rodera, lo que convierte el libro en un objeto integral, pura obra de arte, que confiere a los poemas un sentido más hondo, más diversificado y enriquecedor. La imagen al servicio de la poesía. Y viceversa. 

Divina / Inma Luna / Ilustraciones de Loreto Rodera / Baile del Sol. Tenerife, 2014 / 69 pags.  

martes, 20 de enero de 2015

Bailando con Alejandro Palomas: "Lo curioso es que el amor siga existiendo... aunque no haya nadie".

Baile del Sol.- ¿Qué supone Aunque no haya nadie en tu recorrido poético?
Alejandro Palomas.- Supone un paso más. Una porción más de esa voz que voy ampliando a medida que llegan los poemarios. Hay un color distinto en él y también un calor diferente. Me atrevo más. Juego más. Hay más Alejandros sumándose al de los poemarios anteriores.
 
BdS.- La soledad, las ausencias, aparecen de forma evidente en el libro, pero tanto una como las otras parecen llenas de significado, de trascendencia.
A.P.- Para mí la soledad, el trabajo con la soledad lo es todo en todo momento y en toda mi expresión literaria. La ausencia es lo que confiere a la soledad un peso específico, pero no la vertebra. Y yo disfruto de las dos, sumo con las dos, me acerco a mí desde las dos.
 
BdS.- El libro se divide en tres partes: hoy no ha venido nadie, hoy no ha de venir nadie, hoy no vendrá nadie. ¿A qué obedecen estas constataciones?
A.P.- A la intuición. Es un poemario escrito en tiempo real, en tres fases. Quería que la columna vertebral fuera la carencia de presencias, las que hubo, las que hay y las que sin duda habrá porque yo lo elijo así y porque la intuición me dice que es algo que no va a cambiar. Las partes del poemario son pasado, presente y futuro de una observación, no es más -ni menos- que eso.
 
BdS.- Y los hábitos, que también aparecen como un listado en el poemario, ¿qué peso tienen en la vida de un solitario?
A.P.- Los hábitos son un espejo de lo que nos ancla a este plano de realidad, lo que nos define como hombres y mujeres que queremos seguir aquí, viviendo esto, tocando esto. Y a menudo son cárceles que hay que derribar para poder despegar a otros paisajes distintos. Son el miedo.
 
 
 
 
 
BdS.- También se intercala en algunos poemas una suerte de hilo narrativo en el que una pareja aparece en el punto de mira, ¿cuál es el objeto de esta observación poética?
A.P.- No sabría decirte. Es curioso, con el tiempo y con la edad, mi obra poética cada vez está más influenciada por mi obra narrativa y no sé si es tanto así al contrario. Es un poco como lo de los signos del zodíaco: lo de que cuanto mayores nos hacemos, más somos nuestro ascendente y menos nuestro signo. Necesito narrativa en mis poemarios, ese hilo que los une, ese pasar algo mientras la poesía pasa a su vez. Necesito a alguien que oiga lo que digo, que vea lo que veo, pero que lo haga desde dentro, desde las páginas.
 
BdS.-¿La poesía nos ayuda a comprender nuestra manera de vivir o crees que no es ese uno de sus objetivos?
A.P.- La poesía es intimidad, es la expresión de lo que no puede definirse. ¿Comprender? No estoy seguro. A mí me ayuda a conectar, a vibrar, a sintonizar... a oír voces que de otro modo no alcanzo a oír. Quizá sea esa la respuesta a esta pregunta. El objetivo es vibrar. 
 
BdS.- Aunque no haya nadie...
A.P.- Seguimos estando. Y lo curioso es que el amor siga existiendo... aunque no haya nadie.
 
 
 

lunes, 19 de enero de 2015

Ocho cuentos y medio, Javier Morales Ortiz

Epílogo de Gonzalo Calcedo. Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 104 pp. 9 € 

Pedro M. Domene 

Eso y poco más es lo que interesa: contar historias. Esas que surgen de la realidad inmediata y se traducen en relaciones personales, pese a las insatisfacciones, los fracasos, o la soledad más absoluta, y alguna que otra alegría, aunque eso sí inmersos en los problemas cotidianos que se acercan a una realidad, y se traducen en unas historias que se miran, una y otra vez, en ese espejo que produce la incertidumbre diaria. Y en este sentido se mueve, Ocho cuentos y medio(2014), la nueva apuesta narrativa breve deJavier Morales Ortiz (Plasencia, 1968), que ya se había ejercitado en el género y publicado, La despedida (2008) y Lisboa(2011), dos colecciones que sobresalían por ofrecer la realidad moral de toda una vida y, sobre todo, porque sobre sus personajes recaía o, mejor, se edificaban las historias que giraban en torno a ese divino mundo cotidiano. Autor de profunda tradición chejoviana, a Morales le importa que sus textos contengan abundantes elipsis, y así va dejando el hueco necesario en sus historias para que el lector sea capaz de interpretar y aun más, en ocasiones, de reinterpretar. El narrador arranca de una realidad inmediata como punto de partida, y en ocasiones el resultado de esta resulta tan desolador como dramático porque quizá, como protagonistas únicos, no reflexionamos acerca de la percepción inconsciente del conocimiento de una vida cotidiana. Por otra parte, no encontramos en los relatos de Javier Morales detalles pormenorizados que ofrezcan una idea total de la historia que estamos leyendo, lejos de eso nos enteramos por sus personajes que ellos mismos tienen la decepcionante capacidad de mostrarse superfluos en su actitud vital, como si esa insignificancia fuese una muestra más de este complejo mundo; la mayoría han modificado sus rutinas, y de golpe y porrazo sus vidas dan un giro inesperado y se perfilan así, como incompletos y parece que no hubieran encontrado su camino en esta vida
En las historias de Ocho cuentos y medio se nos habla del profético divorcio de unos padres enmarcado en un final de año decisivo de su vida, o del inocente descubrimiento de la verdad de unos niños, y como a través del “mito de la caverna” dos seres solitarios se conocen, Gladys, una uruguaya, y el narrador, vislumbrado por la vida que esta lleva en el semisótano de un edificio viejo, y de mala construcción; o los problemas laborales que se mezclan con la vida personal, y la vida adolescente que se interrumpe frente a una responsabilidad que atormenta a los dos jóvenes, y ese espacio futuro en blanco sin que podamos discernir qué o debe ocurrir; la absoluta soledad de Bruno, o la cómica o asfixiante situación de una plaga de chinches y su descontaminación que hace aguas una relación de pareja; y el homenaje al maestroChéjov en el que, tal vez, sea el mejor relato de la colección, “Regreso a Sajalín”, el descubrimiento de su protagonista, una joven investigadora canadiense para llegar a Guantánamo, un relato paralelo que descubre y parafrasea la magia del narrador ruso.
Javier Morales concreta sus textos, hasta la expresión mínima, utilizando un lenguaje conciso y eficaz, que redondea con una aparente sencillez que se asemeja a un fogonazo que busca complacer al lector y dejarle el regusto de la buena literatura, un sano concepto de hacer las cosas bien, lejos de una retórica ampulosa que enmaraña las historias sin sentido alguno. Ocho cuentos, y ese medio, a modo de epílogo de Gonzalo Calcedo, o mejor ese relato que, de la mano de un maestro, ensaya en sus textos unas equivocas situaciones en las que todos y cada uno podemos vernos como “Caídos del cielo”.

domingo, 18 de enero de 2015

´El mono en el espejo´, una obra premiada en el Lueiro Rey, se lanza en español desde Tenerife

La obra ganadora del concurso de relatos cortos celebrado en el año 2002 en O Grove es de Xabier López y fue traducida por Marta García
FARO DE VIGO Manuel Méndez O Grove 15.01.2015 | 02:48


El escritor Xabier López López, ganador del premio "Xerais" en el año 2013. // FdV

El Premio Manuel Lueiro Rey de Novela Corta, que organiza anualmente el Concello de O Grove, se ha convertido en una buena plataforma de lanzamiento a nivel autonómico y nacional para muchos autores y sus respectivas obras. Uno de los que han triunfado en este certamen es Xabier López López (Bergondo, 1974), quien logró el primer puesto en el año 2002 con la obra titulada "O mono no espello", y con ella los 3.000 euros correspondientes, además del derecho a ver publicada su obra en la editorial Sotelo Blanco.
Ahora Xabier López vuelve a ser noticia, después de que ese trabajo que le dio el triunfo en O Grove fuera traducido al castellano y editado nuevamente.
Así lo resalta la Rede de Bibliotecas do Grove, que explica que la obra ganadora de la décima edición del Premio Lueiro puede ser leída también en español, una vez traducida por Marta García Seoane para la editorial tinerfeña Baile del Sol.
"¿Nadie ha pensado alguna vez en la suerte de esos niños que se pierden en la playa? El protagonista de este relato, un solitario profesor obsesionado con sus lecturas, obtiene información de primera mano al rescatar de su desamparo a un misterioso pequeño que nadie ha ido a recoger a la caseta de socorrismo con la llegada del crepúsculo". De este modo presenta la empresa editora esta obra de 94 páginas lanzada con el título "El mono en el espejo" a un precio de once euros.
Se trata, apostilla la editorial aludiendo a la obra original, de "una revisión posmoderna del mito del niño-salvaje; 'El mono en el espejo' es una novela que mezcla intriga, humor y la obsesión existencialista por 'la mirada del otro', esa que 'nos deforma y crea de nuevo a cada instante'. Esta fuerza camaleónica, presente en toda la obra de Xabier López López, cala también en la propia atmósfera de la narración: lo que empieza como observación casi costumbrista, cercana incluso al voyeurismo, cobra lentamente un aliento sonámbulo, sofocante, para dibujar poco a poco una geografía fantasmagórica cargada de simbolismo. Sin embargo, en este juego de reflexiones y refracciones, de sombras chinescas, de apariencias, en ese laberinto interior donde soplan de cuando en vez los vientos del surrealismo y del absurdo, se hace reconocible una realidad próxima y desalentadora".
Y terminan diciendo que esta novela "no es tan solo un relato a medio camino entre lo fantástico y lo alegórico, el reencuentro con nuestro yo más oculto, sino una desesperada y por veces sarcástica disección de esa crisálida que el hombre de hoy ha tejido a su alrededor para preservarse de la derrota y la soledad".

El escritor Xesús Alonso Montero, miembro del jurado del Premio Lueiro, ya destacaba en 2002, cuando se entregó el cheque al autor, que "O mono no espello" era una novela de inspiración fantástica que presentaba "una revisión posmoderna del mito del niño salvaje".

jueves, 15 de enero de 2015


El mono en el espejo
Xabier López López
Traducción de Marta García Seoane
Ediciones de Baile del Sol, Tenerife, 2014, 90 páginas

   Tuve la oportunidad de leer el original gallego de esta novela breve de Xabier López López en el año 2002. La releí ya editada y como ganadora del Premio Manuel Lueiro Rey de Novela Curta 2002, al año siguiente. Y tengo ahora el placer de acercarme a la versión española y sigo pensando que El mono en el espejo es una pieza de ficción cuya valía va más allá del interés de su trama argumental, porque, a lo largo del escaso centenar de páginas de la novela, Xabier López López lleva a cabo una verdadera disección de la condición humana. O mono no espello, título de la edición original gallega, fue la tercera aproximación del escritor a la narrativa. Desde entonces, y sin ser un autor que se prodiga en exceso, han salido de su pluma algunas de las propuestas ficcionales más interesantes de la narrativa gallega, escritas con el mismo rigor, la misma tonalidad, la misma calidad de este autor de culto. Novelas como A vida que nos mata(2003), Cadeas (2013), Olympia ring, 1934 (2014), muy alejadas del solaz de los best sellers  de consumo masivo, cimentadas por el contrario en una narrativa reflexiva que no solamente nos traslada una historia, sino que pretende ir más allá, hacer que nos interroguemos, invitarnos a dar respuestas.
   El mono en el espejo, a pesar de su formato de novela breve, comparte esas mismas coordenadas y puedo decir que no ha envejecido. Pero en ella también hay una historia que el autor desgrana a lo largo de ocho capítulos y cuya sinopsis recojo en las siguientes líneas. En una playa repleta de gente se pierden niños con mucha frecuencia. Por los altavoces anuncian repetidamente el extravío de un niño de seis años al que nadie se acerca a recoger. Se aproxima la noche y el protagonista, un profesor solitario y obsesionado con sus lecturas, sube al niño en su motocicleta y lo lleva para su casa, temiendo no obstante que lo consideren un raptor de menores de edad. Le da techo, “comida”, vestido y con eso cree haber cubierto el expediente del buen corazón. Lo único que el chiquillo hace es sonreír con una de esas risas que hacen apartar la vista. Desde ese momento el protagonista cambia sus rutinas de ser solitario. Y se ve sometido a múltiples tensiones y ahogos interiores. Piensa entregarlo a la policía, mas en el último segundo se vuelve para atrás. Cavila consultar a un viejo catedrático jubilado que tiene soluciones para todo. También a un periodista, pero no lo hace. Juega al buen samaritano, mas, sin darse cuenta, es él el que se convierte en muñeco de esta nueva versión del niño-salvaje (sordomudo, engullidor de pescado crudo) que actúa con indiferencia y con el  automatismo de un juguete a pilas. Un desenlace trágico, terrorífico e inesperado sutura Eros y Tánatos, la muerte y los sueños eróticos del protagonista y pincela en buena medida la atmósfera de la novela.
   Por detrás de las pocas páginas del libro, un relato simbólico, con muchos elementos fantásticos y alegóricos, se ocultan las claves del macrotexto de Xabier López López: la creación de atmósferas narrativas cimentadas en el “juego de reflexiones y refracciones, de sombras chinescas, de apariencias, en ese laberinto interior donde soplan de cuando en vez los vientos del surrealismo y del absurdo” y se nos hace presente un ámbito de la realidad próxima y opresiva.
   Las citas de Ánxel Fole, Herman Melville e Alfred Russell Wallace, epígrafes en el pórtico de libro, nos sitúan en la pista del mensaje oculto de la novela. El fundido de este mundo en el ultramundo, de los colores del arco iris  con la imposibilidad de fijar la línea de demarcación, son una verdadera transposición de las dificultades con las que nos encontramos muchas veces a la hora de marcar la frontera que, en nuestro mundo humano, separa la cordura de la demencia. Es esa, en mi opinión, la meta de esta versión posmoderna del mito del niño salvaje, que el escritor desenvuelve a caballo entre la realidad y la fantasía.
   Lo más relevante de la novela de Xabier López López es la creación de un clima que poco a poco, y a medida que avanza el relato, se va fortaleciendo. Un clima sofocante y poblado de silencios inmundos. Un aire que nos envuelve como esas campanadas llenas de fatiga que llegan de lejos, o de muy cerca, por ejemplo de la mirada profunda, terrible y enrarecida del niño que mira al protagonista-samaritano sin quitar de su rostro su siniestra sonrisa de hoja seca.
    Novela erguida con una arquitectura interna muy sencilla, basada en un narrador omnisciente que conduce el relato de forma lineal y recrea ese clima existencial en el que vive el protagonista. El mono en el espejo, es sin embargo una narración densa y compleja. Una lengua concisa, un ritmo apropiado, aunque a primera vista pueda parecer demasiado lento para una obra cuyo formato exige condensación. Pero no sobran las minuciosas descripciones y reflexiones del protagonista que quizás no tengan demasiada influencia en la trama, pero a través de ellas aquel rumia sus problemas, manifiesta su forma de pensar y contribuyen a crear la atmósfera opresiva y sofocante de la novela. En resumen, una literatura en estado puro, mas con la presencia da abundantes referencias literarias, de elementos paródicos y claves simbólicas. La carta de presentación de un autor de culto capaz de deleitarnos con importantes y estimulantes cosechas literarias.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Xabier López López
Fragmentos

“En la caseta de salvamento y socorrismo espera un niño de seis años que no sabe decir cómo se llama. Lleva una gorra amarilla, bañador negro y tiene el pelo largo. Se ruega a sus familiares que pasen a recogerlo. Repito: en la caseta de salvamento y socorrismo…
Dirigió instintivamente la mirada hacia los postes de los altavoces. Si uno ya reacciona al escuchar las señales sonoras que anuncian la canción de los pequeños desaparecidos, con más razón debe reaccionar cuando dan un mensaje tan peculiar. «No sabe decir cómo se llama»…¿Y entonces que era, un niño mudo? ¡En ese caso cómo pueden saber su edad! ¿A ojo? Se golpeó la frente. Con la …mano. Bastaba usar los dedos de la mano, qué tonto, y se sorprendió a sí mismo contando hasta seis con pequeños golpes en las uñas.”

…..

“El pequeño giró la cara y de repente reparó, con ese andar lento y húmedo de las sorpresas, en aquel, su masticar demorado y viscoso, lleno de mucosidad y tripada. Parecía que estuviese mordiendo un trozo de papel de plata manchado de sangre cuajada, de minúsculos capilares, negros y gelatinosos. Pescado crudo. Una pescadilla. Se la arrebató y la tiró a la basura. Se anticipó a su mano y alcanzó la bandeja donde se apretaba el resto de los peces, aquellos espárragos de mercurio con la boca mordiendo aire, los ojos mirando blando, las agallas irisadas segregando saburra. La levantó sobre su cabeza, mientras el pequeño, repentinamente enloquecido, saltaba a su alrededor para alcanzarla. Lo hizo; se puso a sollozar. Agrietó el rostro con una mueca, dejó escapar el berrido del llanto.
 Pasó del asco al miedo en el tiempo de un suspiro. ¿Pero por qué grita este…? Miró hacia todos los lados, como si los estantes, la fresquera, la mesa, la puerta, la ventana, fuesen a asomar las caras de los vecinos de un momento a otro. Se enervó; se quedó sin resuello. Ya no supo si taparle la boca o coger y darle sin más la bandeja.”


(Xabier López López, El mono en el espejo, páginas 21-22, 47)