viernes, 14 de noviembre de 2014

Karmelo C. Iribarren “La piel de la vida”

Karmelo C. Iribarren “La piel de la vida” (Baile del Sol 2013)

Karmelo C. Iribarren “La piel de la vida” (Baile del Sol 2013)

Hablar de Karmelo C. Iribarren va a resultar harto complicado si tomamos la premisa de que es un poeta que admiro, lo admiro muchísimo. Esta admiración por el donostiarra no es pasajera, es algo que se ha ido fraguando con el paso de los años, la profunda y concienzuda lectura de sus obras y sobre todo por esa capacidad de asombro que no deja de producirme con cada nuevo poemario que decide lanzar al aire.
Me gusta Karmelo por su poesía, la cual ha sido etiquetada de realismo sucio y minimalista, cosa que honestamente me da igual, me refiero a las etiquetas. Me gusta porque es humilde, sencilla, de la calle (sin caer en la pesadez que a estas alturas me produce el exceso de la poesía reivindicativa) y porque habla de él, sí de él, sin caer en el egocentrismo. No destacan sus poemas por ser recargados, por abusar del almíbar o por la presencia de figuras literarias. Iribarren sabe cómo debe hablarnos, usa el canal de comunicación de tal modo que incluso los no partidarios de la poesía se sentirán identificados en algún momento con alguno de los pasajes que nos narra, y digo bien cuando digo “nos narra”, su vida `vivida o malvivida´ según palabras deAbelardo Linares. Pero ojo, independientemente de que figuras de la literatura norteamericana sobrevuelen su cabeza, como CarverShepard Fante, ha logrado tener una fuerza propia que a día de hoy pocos poetas vivos, creo, pueden alardear de poseer.
Entrando en materia y dejando de lado la admiración/respeto que me produce este señor, quiero hablar de su último libro editado con Baile del Sol bajo el título “La piel de la vida”.
Se trata de un pequeño volumen de unas 60 páginas, que si uno dispone de tres cuartos de hora será capaz de leerlo de una sentada. Sin embargo hay un magnetismo especial que me impide dejar quieto este libro en los estantes de mi casa más de una semana. Sus poemas son como esas canciones melancólicas que a todos, sin excepción, se nos pegan en algún momento de la vida y nos acompañan el resto del trayecto. Canciones que de vez en cuando, y sin saber muy bien el motivo, nos gusta rescatar. Algo similar sucede, me sucede, con muchos versos de Karmelo, y estos últimos no son una excepción.
La estructura de “La piel de la vida” es sencilla. Tres partes, sin título, solo numeradas. El primer grupo de poemas son escenas cotidianas de su día a día, del día a día de cualquiera que él tiene la capacidad de transformar en algo sencillamente especial. Es una primera capa de su vida, de la vida de todos, nuestro día a día. Al ser todo contado desde la primera persona nos hace partícipes directos pero sin caer en el egocentrismo, algo ya mencionado más arriba. Como muestra un par de botones.

CREPUSCULAR
Tengo 53 años
y estoy aquí
mirando por la ventana
eso que sucede ahí fuera,
en el mundo,
como llevo haciéndolo
desde no recuerdo cuándo,
desde siempre.
Pero algo ha cambiado:
ya apenas tengo ganas
de moverme.

IMPOSIBLE BALANCE
Me levanté
a beber un vaso de agua.
                         Y allí,
a las tres de la madrugada,
con la vista clavada en el suelo
y el sonido de la nevera
como música de fondo,
sólo Dios sabrá por qué,
decidí hacer balance de mi vida.
Tuve suerte: el sueño
llegó enseguida.

Se hace evidente, cuando uno lee estos versos, el profundo poso de melancolía que todo lo envuelve, cosa que sigue sucediendo en la segunda parte bastante más corta en cuanto al número de poemas. Aquí se centra en el amor. Por supuesto nadie pondrá en duda que el amor es otra capa fundamental en la piel de la vida de todas las personas, entendiendo el amor en cualquiera de sus acepciones, sin embargo Iribarren nos habla de su propio concepto de amor como si fuesen tristes baladas otoñales.

PERDONA A ESTE LADRÓN
A veces
mi alma se acerca
hasta tu sueño,
y allí
-cuando no le ve nadie-
separa un poco
las pestañas
y te mira.
No soporta que te vayas
demasiado lejos,
ni dormida. 

ASÍ
Como el machetero
en la selva,
tu sonrisa
en mi tristeza. 

Llegamos al final y lo hacemos con dos únicos poemas. La tercera capa de su vida es el balance que él mismo hace de su recorrido literario con el paso de los años. Se cuestiona si todo lo aprendido, si todo sobre lo que ha trabajado en algún momento llegará a tener algún valor o no, si trascenderá.
GLORIA EFÍMERA
Ayer me vi
en una monumental
“Historia de la literatura española”.
Aparecía en una nota
al pie,
minúscula,
en cursiva,
como atravesando la página…
Tendré que mirar mañana,
-me dije-,
lo mismo ya no estoy.

No sé si me creerán cuando les digo que realmente me ha costado vomitar todo esto sin dejarme llevar en exceso por la admiración, y por supuesto lo que aún creo menos es en la posibilidad de que me haya acercado con profundidad a la poética de Karmelo C. Iribarren. Aún así sentía la necesidad, la imperante necesidad, de que este señor sea conocido y leído por más gente. Lo merece.

Ángel Muñoz Rodríguez

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cabotaje

portada de Cabotajepor Esteban Gutiérrez Gómez

Autora: Marisol Torres Galán
Ed. Baile del Sol
Nº páginas: 124

/Antes de comentar este libro de relatos de Marisol Torres Galán lo primero que tengo que decir es que es amiga mía. Pero es que, además, tenemos una complicidad especial porque miramos la vida y la literatura de la misma manera. Eso hace que nuestra amistad trascienda más allá. A veces, juntos, hacemos magia.
Así que, dicho esto, no me extraña que sienta la pulsión de muchos de estos relatos en mis dedos. Algunos ya los conocía, su ritmo medido y sus ganas de transmitir sensaciones mientras se cuenta una historia. Trabaja tanto la forma como el contenido, dejándose llevar por la emoción que siente cuando escribe. Es imposible no sentir ese deseo de llegar al lector.
Me ha gustado la evolución y la estructura de las historias de «Cabotaje», que transita desde los primeros recuerdos de la infancia hasta la pérdida de los mismos recuerdos en la vejez. También he visto el hilvanado que Marisol Torres Galán ha ideado para darles continuidad. Un hilado nata forzado, natural, que no llama la atención. No deja ver las costuras de su escritura, el trabajo que hay detrás. Eso también lo agradezco, porque últimamente me estoy encontrando con autores que prefieren imponer su voz narrativa a la voz de los personajes, haciendo que el lector se fije más en ellos como autores que en la historia que cuentan.
En muchos de los relatos aparece el dúplice de Marisol Torres Galán. Se llama Amanda y le gusta amar y ser amada (bien amada, debería decir). Es entonces cuando la reconozco mejor. En esos relatos llenos de erotismo, sensuales, todo fluye y se vuelve líquido y apetecible. Domina las situaciones, las estaciones del camino al éxtasis, los puntos «ges» que erizan el vello y llevan a la extenuación. Amanda, la hechicera del deseo, la diosa de la felicidad, está muy presente en el libro.
La sorpresa llega al final de «Cabotaje», cuando reconozco en uno de los relatos una historia que me hace estremecer y comparto con Marisol Torres el sabor agridulce de la vida. Les cuento: el personaje principal es un señor maduro pero no anciano, enfermo de Alzheimer. La enfermedad progresa lenta e inexorablemente, pero todavía puede reconocer una imagen, a su familia, un sabor. El personaje acude cada tarde a su cita con la lectura frente a la chimenea. Del montón de libros que hay sobre la mesilla elige uno. Es una novela corta que acaba de leer hora y media después, justo antes de cenar. La familia le pregunta por el libro, si le ha gustado, de qué va, y él les cuenta algo de la narración que le ha llamado la atención, apenas un apunte, una pincelada. La tarde siguiente, frente a la chimenea y después de mirar la portada, elige el mismo libro para leer. No, no lo he leído antes, responde a la pregunta obligada, y les cuenta algo nuevo del libro que se ha quedado marcado por un momento en su memoria. Al día siguiente, y al otro, y al otro. Cada tarde coge de la mesilla el mismo libro que no, no lo he leído antes, y del que detalla una nueva anécdota ante el titilar compasivo de todos los ojos y el asombro por el poder que otorga encontrar la novedad cada día en el mismo libro.
La vida, la vida no nos dejará de sorprender. Y de eso debe tratar saber vivir, de estar dispuestos siempre para el asombro.
Pues bien, esta historia está basada en la realidad. El libro que el personaje maduro pero no anciano lee cada tarde es mi novela «La enfermedad del lado izquierdo» y el protagonista desmemoriado de este relato es el padre de Marisol Torres Galán.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Entrevista con Fernando Palazuelos sobre su nueva novela FUNÁMBULOS CIEGOS

¿Cómo definirías esta novela?

Es una fábula. Trata de poner en palabras algo que es imposible de comprender. El autismo es un universo paralelo, una dimensión que está muy relacionada, simbólicamente, con ese otro ámbito del otro lado del espejo que son la literatura y otras modalidades artísticas. No me refiero a los autores, sino al cosmos de lo imaginario, a esa otra realidad. Para penetrar en los misterios cifrados del mundo quizá sólo es útil la mirada sensible y el poder mágico de una metáfora.

¿Cuál es el argumento?

Un psicopedagogo se traslada a un pueblo del sur para trabajar con niños autistas. A través de su diario vemos su modo de entender esa misión, pero descubrimos también que en su vida hay una clara senda de reconstrucción. Ése es el segundo tema del libro: el afán de superación de alguien que sabe que nadie es perfecto.
 
Una vez más se cumple una premisa ya firme en tu carrera literaria; tu gran apertura temática y de estilos. Escribes novela, relatos, poesía y teatro, incluso has realizado las ilustraciones de tus libros de narraciones breves. ¿Cuál es la razón de plantearte así la creación?

Evito el camino trillado. Cada proyecto ha de atraerme y cautivarme por completo. No comienzo a escribir de lo que sé y domino, sino de aquello que en principio desconozco. Indago, profundizo y comparto. Es el proceso lo que me enriquece. Reflexiono sobre un tema, y por ello busco el camino adecuado para cada libro o cada obra teatral, un sendero único, distinto de las vías usadas en otras obras.

¿No es arriesgado trabajar así?

Claro. Pero ahí reside mi satisfacción. Cada proyecto es un nuevo desafío. Invito al lector a que se sitúe a mi lado y se pregunte cuestiones hondas, asuntos que nos conciernen como seres humanos. Trabajo mucho los textos para dejar páginas lo más pulidas y sensatas posible.

¿Por qué ese interés por siete niños autistas?

En el humilde barrio de viviendas sociales en el que crecí, en un entorno de unos pocos portales había siete muchachos con retraso mental o con síndrome de Down. Desde niño sentí simpatía y lástima por este tipo de personas. Eran niños grandes, seres inocentes y vulnerables. También había dos hermanos que estuvieron en mi clase, dos niños que nacieron con una malformación congénita y apenas podían caminar. Para sostenerse de pie tenían que llevar unos aparatosos hierros atados a las piernas con correas. Crecí con una honda pena por personas que por algún designio del azar sufrían cierto tipo de tara. Era cuestión de tiempo que en algún momento decidiera escribir sobre seres tan especiales.

Has confesado que el proceso de creación de este libro ha sido muy largo.

Sí. Es cierto. Escribí una de mis novelas en seis meses, otras en año y medio. En este caso lo delicado del tema me ha hecho invertir doce años. Evidentemente he dejado reposar el texto larguísimas temporadas, preparando obras de teatro y libros muy distintos. De cuando en cuando retomaba el proyecto y de nuevo lo dejaba reposar, para conseguir distancia y objetividad. En cierto momento llegó a ser finalista en dos certámenes literarios. En lugar de tomar eso como un signo desfavorable, lo tomé por el lado optimista. Hay esencia, pensé; tengo la oportunidad de pulir y mejorar el texto para lograr lo que pretendo. Kurt Vonnegut escribió más de dos mil folios para al final elegir las doscientas páginas que consideró definitivas para su magnífica novela Matadero Cinco. En mi caso necesitaba pulir lo más posible para que el libro fuera una visión realista, pero cargada de ternura y sensibilidad.

Algunos críticos han señalado que tus libros ahondan de un modo muy emotivo en la esencia humana. ¿Qué hay de eso en Funámbulos ciegos?

Quizás sea el libro más tierno que haya escrito hasta ahora. El gran problema era el peligro de caer en la ñoñería. Mi plan era crear una historia realista y conmovedora, aun sin que ofreciera soluciones a un asunto que no tiene explicación. El lector ha de sacar sus propias conclusiones. Con sus sentimientos y emociones remata la esencia del libro. El lector es inteligente. No sólo permite que las metáforas y el lenguaje de los silencios penetren en su cerebro, sino que se siente encendido por dentro cuando descubre sentimientos y empatía.


¿Hay en el libro algún otro elemento narrativo que destacarías?

Por supuesto hay muchos temas que subyacen: la duda respecto a la existencia o no del destino, la fe o el escepticismo, la paternidad, la dedicación de un psicopedagogo, la necesidad del ser humano de buscar explicaciones tangibles para hechos que no puede comprender... Y claro, también hay un secreto, la particular mochila del protagonista, cuya personalidad vamos conociendo poco a poco.

No es un libro para desgajar datos clínicos. Se intuye que la pretensión de la novela es ofrecer una visión tierna, casi poética, de una realidad muy difícil. No obstante, hay algunas anécdotas muy interesantes, por ejemplo la de una niña que nunca ha hablado.

Sí, la página que lleva por título La voz de Ana. Quizá a algún lector le parezca una osada licencia de la imaginación, algo increíble o al menos muy poco probable en el mundo real. Pero precisamente ese pasaje está inspirado en un hecho verídico experimentado por el terapeuta Bruno Bettelheim.

Una última pregunta. ¿La portada es obra tuya?


Sí, suelo diseñarlas yo. Es un capricho personal, y en esta ocasión reconozco que no ha sido nada fácil. Recuerdo la leyenda china del artista al que el emperador le encargó pintar un cangrejo, el mejor cangrejo jamás pintado. De vez en cuando el mandatario le preguntaba por el trabajo, pero el artista le daba largas. Diez años dedicó a pensar cómo realizar el encargo, trabajo que finalmente realizó de un solo trazo, en un gesto o impulso medido. Si el proceso de maduración del libro ha sido largo, también lo ha sido éste: he tardado esos mismos doce años en lograr condensar en una imagen la esencia del libro. De vez en cuando pensaba en ello. Y al final, cuando la visualicé mentalmente, la confeccioné en unas dos horas. Ha merecido la pena esperar. A mí me parece sugerente y sutil, emotiva pero a la vez con un informal toque de simpatía.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Alejandro Palomas publica el poemario Aunque no haya nadie, un itinerario de ausencias de alta intensidad emocional

Alejandro Palomas, autor de la exitosa novela Una madre, publica ahora su poemario Aunque no haya nadie, un recorrido íntimo y compartido por un itinerario de ausencias que conmueve por su profundidad y se convierte en un emocionante acercamiento a la memoria y la soledad consciente.
Después de publicar en esta misma editorial Entre el ruido y la vida el pasado año, el nuevo libro de poemas de este prolífico autor nos revela su mirada hacia los hábitos medidos de un solitario, la eternidad de sus preguntas y el diccionario de su búsqueda.
Éste es el Alejandro más reflexivo, el más sabio. Si en sus novelas nos muestra el discurrir vital de sus personajes, en la poesía conocemos a un autor que se arriesga con lo insondable, que se adentra en los caminos de los gestos más trascendentes para explorar sus consecuencias vitales.

Sobre Aunque no haya nadie han opinado:
"Nunca la ausencia ha sido tan dolorosa y tan real como en los versos de este libro",
Luis Alberto de Cuenca

"Aunque no haya nadie no es sólo poemario; es además un tratado sobre las distintas formas de la ausencia y el relato de un hombre que se amiga con los recuerdos y los hace memoria. Alejandro Palomas desarrolla la paradoja perfecta: la soledad acompaña a quien la cuenta y a quien la lee."
Ana Pérez Cañamares

En medio de un panorama poético que todavía sigue anclado entre la pirotecnia verbal y el laconismo expresivo, abrimos este nuevo libro de Alejandro Palomas para encontrarnos con eso que la escritura de poesía nunca debió soslayar: la intensidad emocional, desprovista aquí de cualquier efectismo exhibicionista.
Juan Vico. Escritor y redactor jefe de Quimera. Revista de Literatura

Alejandro Palomas reflexiona sobre las elecciones y derrotas de un corazón solitario y lo hace sin amargura, con esa calmada inteligencia que otorgan los años. Este libro de extraña sabiduría alumbra verdades complejas: defiende que las ausencias pesan como si estuviesen presentes, que ser mayor no supone un declive sino una conquista, que también experimenta el desamparo quien tiene pareja o que en el silencio de una casa vacía hay asimismo algo de milagro. Es muy difícil no sentirse íntimamente reconocido en las páginas de este poemario, que como todas las obras de Palomas, mantiene un diálogo, honesto y plagado de preguntas, con la vida.
Braulio Ortiz, Diario de Sevilla

No se puede leer la poesía de Palomas desprevenido. En cualquier verso acecha un fogonazo de lucidez que pone en marcha algún resorte emocional que estaba latente. Él sólo lo ilumina. El resto del trabajo es nuestro.
Xavi Vidal, Librería Nollegiu (Barcelona)

martes, 4 de noviembre de 2014

STONER, JOHN WILLIAMS

Stoner de John Williams  (Texas 1922-1994) publicada en 1965, no llega a España hasta el año 2010, rescatada del olvido por la editorial Baile del Sol. La primera vez que escuché este título fue en un encuentro literario con el escritor Garriga Vela, que tuvimos en el club de lectura. Poco después llegó a mí de la mano de buen amigo, que acertó de pleno cuando me dijo que me iba a apasionar su lectura.
Escrita de una forma lineal va desgranando la vida de su protagonista, William Stoner, un muchacho que crece con pocos afectos en la granja de sus padres, donde trabaja desde los seis años ordeñando vacas entre otras tareas, hasta que en la adolescencia deciden enviarlo a estudiar Agricultura en la Universidad, haciendo un enorme sacrificio. Recuerda en cierto modo el ambiente rural y humilde que se describe en algunas novelas de Miguel Delibes.  

Ya en la Universidad durante una clase de literatura, el profesor Sloane le descubre su pasión por esta materia, al leer un soneto de Shakespeare «Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,/ amar bien aquello que debes abandonar pronto». Se produce una especie de epifanía, decide abandonar su carrera agrícola para pasarse, a espaldas de sus padres, a la de letras: « El amor a la literatura, al lenguaje, al misterio de la mente y el corazón manifestándose en la nimia, extraña e inesperada combinación de letras y palabras, en la tinta más negra y fría… el amor que había ocultado, como si fuese ilícito y peligroso, empezó a exhibirse, vacilante en un principio, luego con temeridad y finalmente con orgullo».
          Un personaje solitario, tímido y taciturno, carente de ambición profesional, embebido en su pasión por la lectura que le hace ser un profesor brillante en ocasiones. Pero debido a su carácter, pasa por la vida dejándose avasallar en el ámbito profesional por un superior al que se enfrenta de forma tozuda, negándose a aprobar a su favorito y soportando las consecuencias estoicamente. Tampoco podemos olvidar la batalla silenciosa y encarnizada que mantiene contra él su propia mujer, Edith, que lo va arrinconando y haciéndole la vida imposible, incluso alejándolo de su propia hija con la que mantiene un vínculo muy especial en la infancia.
Su única válvula de escape y refugio son los libros «Se decía que debía de estar agradecido por tener la oportunidad de leer en soledad, libre de la presión de tener que preparar clases en concreto, libre de direcciones predeterminadas en su aprendizaje. Intentaba leer al azar, por propio placer e indulgencia, muchas de las cosas que había estado años esperando poder leer».
Hasta que de una manera un tanto torpe encuentra el verdadero amor «En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra».
Un nuevo fracaso porque no es capaz de luchar contra las convenciones sociales de la época y se deja manipular por sus propios enemigos. Es casi al final de su vida cuando, con una astucia inusitada, logra darle la vuelta a la tortilla haciéndose respetar frente a su adversario más empedernido en la universidad, y también por Edith en su propio hogar.


«¿Qué esperabas?»
Es la pregunta que se hace en sus últimos días, a la que el lector asiste preguntándose por qué se ha encogido como un caracol dentro de su concha y no ha luchado por cambiar su vida, por mantenerse cerca de las personas que más le importaban, y ha sido un personaje normal, indefenso, muy parecido a mayoría de los mortales.
Una novela escrita con un estilo sencillo y directo, quizá con tintes autobiográficos y con reminiscencias de la generación perdida. Muestra las distintas caras del amor, de la amistad, de la guerra que no solo destruye a los que van, sino de alguna forma a los que se quedaron. Señala las luchas internas en el mundo docente, pero sobre todo revela, haciendo especial hincapié, la forma de dejarse arrastrar y casi ahogar por la propia vida.

Un libro que todo apasionado por la literatura debería leer.

Loli Pérez

miércoles, 22 de octubre de 2014

GraceLand, por Chris Abani

Editorial Baile del Sol. 365 páginas. 1ª edición de 2004; esta de 2013.
Traducción de Alicia Moreno Delgado.

La editorial canaria Baile del Solse ha embarcado en el proyecto de hacer visible la literatura del continente africano, dar voz a ese inmenso territorio que permanece casi olvidado para Occidente. Estaba tratando de recordar cuál era la editorial española que hace ya más de una década tenía una colección de literatura africana y me parece que era RBA; en la actualidad alguna de las editoriales punteras publican algún libro de autores africanos, pero yo diría que es Baile del Sol la única que ahora mismo mantiene una colección entera para estos libros. Desde que empecé con el blog (hace ya cinco años) no he leído ningún libro de África. Con anterioridad sí que me había acercado a algunos autores de países del norte del continente (Marruecos o Egipto) o a novelas de J. M. Coetzee, que al fin y cabo es un africano blanco que escribe en inglés.

La idea de Baile del Sol me pareció muy atractiva y les solicité varios libros de esta colección, que yo pago a precios de autor de la editorial.
GraceLand de Chris Abani (1966, Afikpo, Nigeria) me llegó con una faja promocional, en la que se cita a Los Angeles Times: “Uno de los 25 mejores libros del año”. Leo en la wikipedia que en 2005, Abani consiguió varios premios en Estados Unidos gracias a la publicación de este libro: ganador del premio Hemingway Foundation/PEN Award, ganador del premio Hurston-Wright Legacy award, medalla de plata del premio California Book Award for Fiction, finalista del premio de Los Angeles Times Book Prize for Fiction y finalista delCommonwealth Writers Prize, Best Books (Africa Region).
Chris Abani nació en Afikpo, una pequeña ciudad a más de mil kilómetros de la capital de Nigeria, Lagos. La historia de Chris Abani es una historia de extrañeza: nace en una pequeña ciudad del interior de África, pero su madre es una inglesa blanca, que conoce a su padre (nigeriano del clan Igbo, y profesor de profesión) en Oxford, cuando ella trabaja allí de secretaria y él es un estudiante de posdoctorado. Con dieciséis años Abani publica una novela titulada Masters of the Board, cuyas críticas políticas hacen que sufra prisión en su país durante seis meses. Más tarde, sus nuevos libros le conducirán de nuevo a la cárcel. Abani emigra a Estados Unidos, donde trabaja como profesor universitario y escritor.
El protagonista de GraceLand es Elvis, un joven de dieciséis años al que su madre puso este nombre como homenaje a su admirado cantante norteamericano. Elvis vive con su padre –Sunday– en Maroko, un suburbio marginal de Lagos. Han llegado allí desde Afikpo, una pequeña ciudad del interior del país, una vez que la madre ha fallecido de cáncer y que el padre haya fracasado en su intento de hacer una carrera política.
Elvis ha dejado el colegio y su sueño es ganarse la vida como bailarín. El padre está en paro y cada vez se abandona más al bar, la bebida y la desidia del suburbio. Elvis, para intentar ganar algo de dinero, hace imitaciones de Elvis en la playa para los turistas. En el primer capítulo de la novela se muestra una escena significativa: Elvis, disfrazado como el cantante que le ha dado nombre, baila y canta en la playa ante la extrañeza de los turistas occidentales, que no conciben que un chico africano tenga los mismos mitos en la cabeza que un norteamericano, ni tan siquiera que sepa hablar inglés (idioma oficial en Nigeria), a pesar de que el lector ha acompañado a Elvis a la playa desde su casa y sabe que estaba leyendo unas horas antes El hombre invisible deRalph Ellison, uno de los libros más significativos de la literatura afroamericana sobre la lucha del hombre negro en Estados Unidos.
Con el baile Elvis no parece poder ganarse la vida y trata de encontrar un trabajo más convencional en la construcción, que perderá en breve debido a su indolencia. Redemption, un joven de su edad que conoció en su corta etapa de escolarización en Lagos, empezará a ofrecerle trabajos que se irán volviendo cada vez más peligrosos. Además Elvis conoce a varias personas marginales que se van a ir haciendo cada vez más importantes en la trama, como el Rey de los Mendigos, quien le intentarán transmitir una conciencia política, que chocará con la mentalidad de buscavidas nihilista de Redemption.
La novela está dividida en dos partes. La primera, más extensa, alterna capítulos del presente de Elvis, todos ellos con indicación de un lugar y una fecha: Lagos, 1983; con otros de su pasado en Afikpo, que comienzan en 1972 y se van acercando hasta el momento del traslado a la capital del país. El tempo narrativo de los dos bloques de capítulos es diferente: en el presente la narración se acerca a la vida de Elvis en el periodo de unas cuantas semanas, y en los capítulos del pasado asistimos a episodios claves de la vida del personaje (entre uno y otro han podido pasar dos o tres años). En la segunda parte se abandonan los capítulos del pasado y todo se vuelve presente en la narración: la vida se vuelve cada vez más amenazante para Elvis y el lector le acompañará durante unas páginas cada vez más frenéticas, donde además de su vida está en juego la de su padre u otros personajes significativos del libro o del propio suburbio donde viven.
GraceLand es una novela sobre África –más concretamente sobre los problemas de la Nigeria moderna–, escrita en inglés por un nigeriano (de madre inglesa) que sabe que el público que va a leerle es principalmente norteamericano. Me percato de que leer una novela de un africano negro escrita para el público de su país debe ser casi imposible. Para que esta novela llegue a España ha tenido que tener previamente algún tipo de repercusión en países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, y estar escrita por tanto en inglés o francés; también podría darse el caso de que estuviera escrita en español por un ciudadano de Guinea Ecuatorial y que por tanto el primer país de recepción occidental fuese España (aunque dadas las características de nuestro mercado, me parece más probable que aquí se traduzca primero lo que tuvo éxito en Estados Unidos o Francia antes de potenciar un libro en nuestro idioma). Leer un libro de un africano negro escrito en un idioma no europeo me parece casi imposible: en su país de origen lo más probable es que no haya mercado editorial, así que ese libro no podría aparecer ni llamar la atención lo suficiente como para que se traduzca a los idiomas occidentales. Escrito en inglés, francés, español o portugués tendría como función la de mostrar África a una persona no africana, y en gran medida esto es lo que ocurre conGraceLand, una novela escrita conscientemente para explicar cómo era Nigeria en 1983 a un norteamericano. En este sentido podemos encontrar párrafos como el siguiente: “Las mujeres mayores, de cincuenta y sesenta años, a menudo iban por ahí con el busto al aire (...). Era una costumbre que los británicos no habían logrado erradicar a pesar de las multas y los decretos, y que los curas católicos permitían alegremente” (pág. 53); o “Eran libritos, escritos entre 1910 y 1970, salían de pequeñas imprentas del pueblo comercial de Onitsha, al este, de donde recibían su nombre. Eran el equivalente nigeriano a la literatura barata o ‘pulp fiction’ mezclada con los populares libros de autoayuda a bajo coste” (pág. 131).

En cualquier caso, la forma de mostrar Lagos al lector es más natural que la de mostrar el país entero, ya que Elvis ha llegado hace poco a la capital y observa su entorno con una doble extrañeza: la del provinciano en la gran ciudad y la del adolescente que trata de hacerse un sitio en el mundo: “¿Qué tengo que ver yo con todo esto?”, se pregunta Elvis, mirando la ciudad tras los cristales de un autobús.
Encontramos a Elvis en las primeras páginas de la novela leyendo libros como El hombre invisible de Ralph Ellison o Cartas a un joven poeta de Rilke. He de apuntar que este detalle me chirrió un poco al principio, ya que a pesar de que la madre de Elvis era maestra, su padre no parece tener ninguna inclinación hacia la cultura, y Elvis lo que quiere ser es bailarín y no escritor. Esto me hizo pensar que, para la construcción del personaje, Chris Abani ha tomado elementos de su propia vida: un joven lector apasionado que sueña con ser escritor en un país pobre. Pero Abani proviene de un hogar africano con más apego por la cultura del que parece haber dibujado para Elvis, personaje para el que crea una historia más marginal que la vida que el propio autor parece haber llevado.
Otro aspecto débil de la novela es que, durante la primera parte, el autor nos muestra escenas del presente o el pasado del protagonista y la trama no acaba de arrancar. Cuando lo hace, hacia el final de la primera parte y en la segunda, el acelerón será potente, sin embargo.
En cualquier caso, pese a los dos aspectos negativos que me ha parecido detectar (sobre la creación del personaje y la muestra inicial de escenas sin que avance la trama), he disfrutado de la lectura deGraceLand; sus logros se me han hecho muy superiores a sus posibles carencias. Nunca había leído una novela de un africano negro que me mostrase la vida en su país, y algunas de las escenas dibujadas son realmente muy potentes: la pobreza y el pensamiento mágico que le acompaña, como herramienta para entender el mundo; la corrupción policial e institucional; la violencia en la calle (el capítulo en el que se narra el linchamiento de un supuesto ladrón es impactante).

Tengo también en casa dos títulos más de esta colección de literatura africana: Los pies sucios del togolés Edem Awumey y Vínculos secretos del liberiano Vamba Sherif. Ya hablaré de ellos.