martes, 7 de octubre de 2014

El poder y los tiempos del ébola

Por:  06 de octubre de 2014
Todo empieza con una palabra”, constata serenamente en un correo electrónico que teclea desde Groninga, una hermosa ciudad universitaria en el norte de Holanda. Fuera, el principio del otoño europeo se despliega entre canales rumorosos y bicicletas que se deslizan, casi fantasmales, sobre puentes y calles empedradas. Huele a frito, a lluvia inminente, a coffee shop. Un contrapunto de tulipanes y otras flores luminosas y de árboles petrificados se aferra a una orilla del agua oscura.
Vamba Sherif Book cover Robert van der Molen “Las palabras siempre me han fascinado”, prosigue, antes de precisar que esa fascinación comenzó con las historias que le contaba su madre de niño y sus lecturas. Explica también que en su tradición, la Mandingo, los griots son los guardianes de la palabra, Kuma. “Eso significa que son los guardianes del pasado, presente y futuro. Soy parte de esa tradición, un griot que, en palabras de Pablo Neruda, va cantando por el mundo”, escribe.

Vamba Sherif a finales de septiembre. Imagen de Robert van der Molen
Su nombre completo es Vamba Omar Sherif y nació en 1973 en el norte de Liberia, en Kolahun, uno de los actuales epicentros del ébola. Su tercera novela,Vínculos Secretos, se editó este año en Tenerife, en la colección africana de una pequeña pero ambiciosa editorial canaria, Baile del Sol. Es su único trabajo traducido al español y publicado en nuestro país hasta el momento y nace de un encuentro cara a cara con el ex presidente liberiano Charles Taylor en el año 2000, en el marco de una visita a Liberia con un grupo de periodistas que trabajaban en un documental sobre el país. Taylor no era entonces un envejecido y circunspecto criminal de guerra convicto, sino el presidente de un país devastado tras diez años de guerra, casi un dios. En una audiencia a la que convocó a notables del norte de Liberia es donde se fraguó la inspiración para esta trama policial sobre relaciones de poder y lo sobrenatural, que llega a nuestro país con siete años de retraso tras su primera publicación.  
 “Lo que me impactó sobre este encuentro, que tuvo lugar en la mansión presidencial en Monrovia, no fue la reacción de Taylor, sino la reacción de la audiencia”, rememora Sherif. “La guerra había comenzado en el norte, donde nací. Y Taylor había reunido a las autoridades del norte y les había pedido que proclamaran su apoyo a su propia lucha contra ese norte. Esos hombres y mujeres que conformaban la audiencia eran los padres y las madres de los jóvenes que tomaron las armas contra Taylor. Lo que sucedió fue increíble. Declararon su apoyo inquebrantable a Taylor en su guerra contra sus propios hijos, su propia gente. Fui testigo del juego del poder y del miedo que genera. Nada me había preparado para esa reacción. Estaba mirando al poder en toda su gloria y al miedo paralizante que resulta del abuso de ese poder”.
Para el autor, la decisión de Baile del Sol de elegir Vínculos Secretos como la primera de sus obras que se publica en España tiene que ver con los temas que explora en ella: poder, dictadura, amor y misterio. El escritor liberiano precisa que son temas recurrentes en novelas españolas y latinoamericanas que han caído en sus manos y añade que este texto concreto es breve, pero uno de los más logrados que ha firmado. Avanza que es una novela que sorprende, inquieta y logra que el lector piense y que refleja la realidad de un país que ahora está de triste actualidad y donde “aquellos elegidos para servir a la gente abusan con frecuencia del poder”. 
Exilio
Hay una mezcla de profundo y desgarrado amor, nostalgia y remordimiento en la relación que Vamba Sherif entabla con su tierra.
06_Vinculos_secretos_Vamba_Sherif“La guerra estalló cuando estaba en Liberia y eso hace que mi apego sea mucho más fuerte. La culpa por no haber sufrido lo que otros sufrieron y por los que murieron, incluyendo familiares que eran mejores seres humanos que yo, continúa presente en mi conciencia”, reconoce. También es el tema que explora en su última novela, The Witness, junto con la empatía. “Si no experimenté la guerra como otro lo ha hecho, ¿puedo ver y compartir su sufrimiento a distancia? Y si lo hago, ¿cómo cambio? ¿Esos cambios significarán también prevenir las circunstancias, la guerra, para que no vuelvan a repetirse?”.

Vamba Sherif lamenta que la casi interminable y cruel guerra que Liberia ha vivido dejó heridas profundas en el país, heridas que podrán quizás sanarse cuando transcurran muchos años. “El gobierno hace lo que puede, pero la carga es demasiado pesada. Y con la presencia del Ébola, las cosas están peor que antes”, apunta.
Sherif abandonó Liberia hace más de veinte años, cuando el país se dejó arrastrar por la espiral de violencia de la guerra civil de la que habla. Nacido en un entorno intelectual, hablaba tres lenguas africanas y el inglés de la élite cuando su padre se lo llevó, con el resto de la familia, a Kuwait, donde era profesor universitario. El joven Vamba Sherif aprendió árabe en tierra kuwaití y profundizó su conocimiento de las literaturas africanas, inglesa y árabe. La guerra les perseguía, sin embargo, y abandonaron Kuwait con la invasión iraquí en 1991 y un nuevo conflicto, la primera Guerra del Golfo. Se refugiaron en Siria y dos años después, llegaron a los Países Bajos.
Vamba Sherif aprendió holandés para poder matricularse en Derecho y, al mismo tiempo y con el fin de sobrellevar las experiencias traumáticas de su juventud, comenzó a escribir su primera novela, The Land of the Fathers, publicada en inglés y holandés en 1999. Después se decidió por una historia de corte autobiográfico conThe Kingdom of Sebah, publicada en 2003 y en la que cuenta las vicisitudes de una familia africana en Holanda. Vínculos Secretos, The Black Napoleon y The Witnesscompletan su curriculum como novelista.
Vamba_Sherif_02Vamba Sherif piensa y escribe Liberia desde la distancia. Especialmente en estos tiempos en los que, de nuevo, el miedo y la oscuridad han regresado a su país. “Escribí un largo artículo para uno de los principales periódicos holandeses, basado en entrevistas con familiares que están pasando por un infierno, sufriendo hambre y miedo, con la crisis del Ébola. Llevo adelante una campaña para recolectar dinero para las víctimas. La ciudad con más casos en Liberia no es Monrovia, la capital: es Barkedu, donde nacieron mis padres. Y sufro porque no puedo hacer lo suficiente para aliviar el hambre, el sufrimiento, el dolor, el miedo. Aunque haga todo lo que pueda”, dice.

La Liberia en la obra de Vamba Sherif es diversa y enigmática. Además de sociedades secretas, poder y magia en Vínculos Secretos, aborda el aspecto histórico con The Land of the fathers y tangencialmente, The Black Napoleon. La primera recrea la fundación de Liberia con el regreso a África de esclavos libertos en América en el siglo XIX. La segunda, la más ambiciosa de su carrera, versa sobre un personaje histórico “cuyos logros empequeñecen a los de Shaka Zulu”: Samori Touré, creador de un imperio que ocupaba casi toda África occidental y contrincante temido por el colonialismo británico y francés. The Black Napoleon será publicada en Holanda el año que viene. La cuarta y última novela firmada por Sherif por el momento, The Witness, es un intento de exploración de la exactitud de los recuerdos de la gente que ha pasado por una guerra civil terrible, también con referencias a Liberia.
El cordón umbilical con Liberia aparece casi en cada palabra de Vínculos Secretosdesde la primera imagen y las primeras líneas. El paisaje accidentado y misterioso, el olor selvático, la tierra fértil, las fogatas, las sagradas montañas de Liberia se apoderan de la historia desde que comienza.
“Mis primeros recuerdos de Liberia son de levantarse temprano por la mañana en una casa vibrante de vida, ocupada no sólo por mis hermanos y mis padres, sino también por mis tíos y tías, mis sobrinos y sobrinas liberianos y también de Sierra Leona y Guinea. Era una familia diversa y nacer en ella me ofreció la posibilidad de dominar otras lenguas. Fue en Liberia donde descubrí la literatura. Empezó con simples cuentos de hadas, con historias de Hércules, Thor y las increíbles leyendas de Washington Irving sobre La Alhambra. Después descubrí a Chinua Achebe y los escritores de la serie Escritores Africanos de Heinemann, incluyendo a Ngugi Wa Thiong’o, uno de mis héroes, Yambo Ouoluguem y muchos otros. Después llegaron los manuscritos que mi padre conservaba en su biblioteca, cientos de libros centenarios en árabe. Manuscritos que fueron escritos y conservados por mis ancestros. Los reverenciaban tanto que se crearon leyendas alrededor de esos manuscritos”.
Vamba Sherif no sabe si algún día regresará a su país para quedarse. De momento, encadena añoranzas y preocupaciones en una ciudad acribillada a canales del Norte de Europa. Escribe. Imagina. Pasea por el centro peatonal buscando libros de segunda mano. Y aviva en su corazón el rescoldo de la esperanza en un mañana mejor para Liberia.
“Una de las consecuencias del exilio es que, aunque estás en contacto con tu gente, cambias y ellos cambian también a lo largo de los años”, constata. “He cambiado tanto que no me doy cuenta hasta que no me lo dicen. El exilio me ha formado: a todas partes a donde voy llevo un pedacito de Liberia conmigo y dejo un pedacito mío allí cuando viajo de vuelta. Por el momento, estoy contento con ese intercambio”.

viernes, 3 de octubre de 2014

Bailando con Isabel Bono: "Todo era sorpresa, todos son hallazgos"

Baile del Sol.- ¿Cómo surge la idea de Cahier?

Isabel Bono.- En el 94 escribí un librito titulado "Hombre lento" (apenas 11 poemas). Tuve la sensación de que no escribiría nada más y, lo que es peor, que ya había gastado todas mis palabras. Me explico: creo que cada escritor tiene las suyas, las que lo identifican, y yo pensaba que ya las había usado todas.

Empecé el 95 sin escribir y si no escribo me mustio. Así que decidí usar palabras de otros. Me puse a recortar primero palabras y después frases completas del periódico. Las fui pegando en un cuaderno (que llevaba impresa la palabra "Cahier" en la portada). El cuaderno estaba sobre la mesa, y cuando los amigos venían a casa me decían que aquellos collages eran mejores que mis poemas. En fin. Aquello no me sentaba muy bien, pero también me animó a seguir haciendo collages hasta completar el cuaderno.

BdS.- Cuéntanos el proceso de elaboración de un poemario tan particular.

I B.- El proceso es sencillo: abres el periódico y lo lees al bies, sin intentar comprender lo que lees, buscando palabras que te gusten o frases curiosas. Al principio acumulé muchas palabras antes de ponerme a construir poemas. Las iba pegando en páginas adhesivas para fotos, y esas páginas las guardaba en un archivador. Como todo es entrenamiento, hacia la mitad del cuaderno el ojo se había hecho al poema y leía el periódico en plan Matrix: no veía noticias, sólo poemas. En el 95 viví completamente desinformada.

BdS.- ¿Ha influido la forma en el fondo de los poemas?

I B.-Bueno, como el proceso del libro duró un año, imagina la de estados mentales que se pueden tener. Dependiendo del día me salían más irónicos o más tristes. La forma ha influido, claro. Algunos tienen un tono de noticia que nunca habían tenido mis poemas anteriores.


BdS- ¿Te han sorprendido algunos resultados o son todos perfectamente intencionados?

I B.- Intencionado no creo que haya ninguno (bueno, quizá el penúltimo, que pensé que sería el último). Ni siquiera son intencionados los que están construidos palabra por palabra. Todo era sorpresa, todos son hallazgos. A veces me recordaba a jugar a la ouija: el vaso se mueve hacia dos letras y tú completas la palabra. Con los collages es parecido: ves dos palabras que juntas quieren decirte algo y después de pegarlas te piden otra, y otra. El poema se iba construyendo casi sólo.

BdS- ¿El libro, una vez editado, conserva el espíritu que quisiste imprimirle?

I B.- No sólo conserva ese espíritu, es que ha superado cualquier expectativa. El libro, el cuaderno, estaba guardado desde 1995. Lo he usado para lecturas en institutos, para hablar de poesía con niños, pero nunca me lo imaginé publicado. Pensaba que quedaría plano, que los poemas perderían esa fuerza o esa gracia del cortipego. Además, con el tiempo, el pegamento se fue encogiendo y el papel amarilleando. Me ha parecido un trabajo de titanes limpiar sombras y, aun así, mantener la calidez. Ese era mi mayor temor, que resultase frío. Baile del sol ha hecho un trabajo alucinante, les estoy agradecidísima por el cariño con el que han tratado el libro. Estoy más que feliz, vamos.

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jueves, 2 de octubre de 2014

Divina, Inma Luna

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 69 pp. 12,48 € 

Verónica Aranda 

El manual de La mujer ideal de 1953 que se entregaba en España a las mujeres que hacían el Servicio Social en la Sección Femenina, incluía perlas como: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles»; o «¡No te quejes! No lo satures con problemas insignificantes. Cualquier problema tuyo es un pequeño detalle comparado con lo que él tuvo que pasar.» Dicho manual, impregnado de un ferviente catolicismo y encargado de recuperar “la antigua feminidad”, adoptó las figuras de Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús como símbolos y modelos de conducta.
Divina, el sexto poemario de Inma Luna(Madrid, 1966), poeta y narradora prolífica, es, ante todo, un ajuste de cuentas con ese pasado represor. Entre la ironía y la ira, el yo poético en primera persona, a través de una mirada retrospectiva, lanza una dura crítica a aquel sistema educativo franquista y del tardofranquismo —¡La Sección femenina duró hasta 1977!— que adoctrinaba a la alumnas y a las mujeres españolas para cercenarles cualquier deseo de emancipación, espontaneidad o rebeldía. El objetivo era conducirlas al redil doméstico y extirparles afanes igualitarios, convirtiéndolas en procreadoras y esposas sumisas. «No hay que ser una intelectual», aconsejaba Pilar Primo de Rivera, fundadora y suma sacerdotisa de la Sección Femenina.
Divina, según la autora su poemario “más íntimo”, se divide en tres partes. La primera sección, “Párvula en los nueve círculos”, es la más redonda. Trascurre en el internado de monjas donde se educa la protagonista y cuestiona el sentimiento de culpa judeo-cristiano, la hipocresía y la anulación total del cuerpo para centrarse en el espíritu. Los métodos represivos van desdibujando la identidad y el libre albedrío de las alumnas. Se enumeran las “tristezas pedagógicas” y, a veces, la imaginación y la curiosidad infantil son una válvula de escape.
La falta de libertad se siente también en los espacios donde se sitúa el poemario-confesionarios, aulas, capillas, patios de recreo-todos cerrados y asfixiantes, representando un “infierno” donde les iban “inoculando el miedo”, privándoles del aire puro. La segunda sección es un reencuentro con la muchacha dubitativa “que daba pasos en falso” y con el aislamiento de la adolescencia. El miedo le había “cercenado los deseos”, y los problemas educativos de base como la separación por sexos hacen mella e impiden aprender a relacionarse con el sexo opuesto: «No me dejaban jugar con los chicos/ así que nunca supe/ cómo relacionarme con los hombres./ Mi matrimonio fue un fracaso/ que se gestó en la infancia.»
La recta final del libro cobra intensidad y desgarro. Sobreviene un embarazo no deseado y una boda forzada por las circunstancias. Al final la escritura es la tabla de salvación para trascender la rutina gris. «Escaparse entre las páginas/ era el único modo.» Se trata de una poética de claridad de expresión y estilo narrativo. Desde la infancia hasta la madurez, se puede leer como una historia que, más allá de si es o no autobiográfica, es la historia aún no del todo resuelta de la educación y de muchas mujeres en nuestro país. Con un lenguaje sencillo y fresco, lleno de musicalidad, Inma Luna aborda en los poemas cuestiones complejas como la enseñanza religiosa caduca o la liberación de la mujer. Cabe mencionar la originalidad de incorporar este tipo de temáticas a un poemario. Una lectura más que recomendable editada con esmero por el sello canario Baile del Sol, con magníficas ilustraciones en tonos rojos y negros, llenas de simbolismo de Loreto Rodera.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Baile del Sol publica El hombre ajeno, la segunda novela de David Pérez Vega


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La literatura y la violencia se dan la mano en este relato que se adentra en la guerrilla salvadoreña y en esa otra violencia que rodea al protagonista en el final de su infancia y que parece ser una de las causas esenciales de su casi obsesivo interés por la inclinación violenta del poeta cuya vida investiga.
Con su ya conocido estilo concreto y detallado, Pérez Vega nos trae en esta novela reminiscencias de los grandes autores hispanoamericanos de los últimos años, como Roberto Bolaño o Rodrigo Rey Rosa. También en El hombre ajeno, el protagonista busca en la biografía de un poeta maldito las pistas para entender su propia vida.
Después del éxito de su primera novela Acantilados de Howth, Pérez Vega nos ofrece este nuevo trabajo que muchos de los lectores habituales de su blog "Desde la ciudad sin cines" ya estaban esperando.


26David Pérez Vega (Madrid, 1974) empezó a estudiar Ciencias Físicas. Cuando se le quedaron cortos los espacios de dimensiones infinitas de Hilbert, decidió cambiarse a Administración y Dirección de Empresas. Llegó a trabajar como auditor de cuentas en una conocida multinacional, pero, a pesar de la propaganda que aseguraba que la suya era la mejor empresa del mundo, pronto llegó a la conclusión de que cenar un sándwich extraído de una máquina a las doce de la noche sobre un ordenador no podía ser el éxito. Actualmente da clases de Economía y Matemáticas en bachiller y secundaria.
Tiene editados los poemarios SIEMPRE NOS QUEDARÁ CASABLANCA (Tenerife, 2011), EL BAR DE LEE (Tenerife, 2013) y las novelas ACANTILADOS DE HOWTH (Tenerife, 2010) y EL HOMBRE AJENO (Tenerife, 2014).

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lunes, 22 de septiembre de 2014

Tan lejos de Dios, Roxana Popelka

Baile del Sol, Tenerife, 2004. 110 pp. 9,36 € 

Miguel Baquero 

Roxana Popelka (Gijón, 1966) hace literatura con las cosas pequeñas. Con los objetos, las palabras, los sentimientos que suele manejar la gente común, por lo general desechables y desde luego muy alejados de esas grandes sensaciones que, se supone, mueven cuentos y novelas. Para la asturiana, la vida, como titula uno de sus cuentos, «se compone y se descompone con pasmosa facilidad». La felicidad o la desgracia, la fortuna o la desesperación dependen de cosas muy pequeñas que, normalmente, están en manos de otros: del padre que se marcha, de repente, sin más explicaciones, y deja sola a la familia; del tipo que miente por instinto; incluso del bebé inocente que no para de llorar. En los cuentos de Popelka —que aspiran, como los buenos libros, no tanto, o no sólo, a entretener como a verter una visión sobre la vida—, los personajes, como quizás todos nosotros, carecen de una personalidad firme y rocosa, de un arraigo a la manera de los caracteres novelísticos antiguos: si nos podemos mirar en ellos no es con admiración, sino sintiéndonos iguales en su torpeza, en su desorientación, en sus dudas… Tipos que condicionan su vida, dando un giro busco a sus estudios, en función de un arranque emocional, de una discusión, o sencillamente de la posibilidad de aprovechar una beca en un país lejano, aunque no les interese demasiado el país ni la carrera. Gente como en “Una señora bien” o “Vuelo directo”, que ha llegado a lo que desde lejos puede verse como una cúspide, pero que en el fondo de sí presienten, saben, que la vida les ha llevado hasta allí como podría haberles llevado a cualquier otro sitio, al lado opuesto incluso. Aquel desorientado del colegio —pero no más que cualquiera de nosotros— convertido, de pronto, a los ojos de todos, en un triunfador; o aquella mujer bien acomodada a la que le gustaría sentir las miserias y el dolor, pero la firmeza sentimental al fin, de un artista...
«Así que a partir de ahora podía ocurrir cualquier cosa…»
Esta frase, tan sencilla, es la que marca el borde del barranco en el que parecen desarrollarse los cuentos de Popelka, siempre al filo de que, como en el famoso principio, el aletear de una mariposa en Brasil, un hecho por completo ajeno e incontrolable, lo desmorone todo, por más firme que parezca. Sucesos nimios como una mujer, o un hombre, con quien de pronto se encuentra la pareja; incluso algo tan cotidiano como una charla con la persona que tienes al lado, tu hijo o tu hija, que se supone dependen de ti pero que de pronto te muestran algo que siempre has ignorado.
Es formidable el breve cuento “El escultor”, la mujer que se desespera ante las dificultades para aprender de ese hijo que siempre ha soñado sería más inteligente que ella. Uno de los mejores cuentos que he leído desde hace tiempo. Un gran valor de los cuentos de Popelka es que en ellos la vida se pinta de manera tan difusa —como al fin y al cabo es—, sin que exista en ella una posición precisa en la que aposentarse, que incluso la postura ante un mismo hecho varía sin causa aparente. Y allí donde puede admirarse —“Presentación”— la entereza de una joven y el desprecio que siente hacia su padre, que las abandonó a su madre y a ella, en el siguiente cuento, “Tan lejos de Dios” parecida postura nos parece ruin y despreciable cuando, gratuitamente, una protagonista parecida le jode la vida al padre que se marchó de casa; en sólo diez páginas, el lector ha empatizado con el personaje supuestamente odioso y mira con desprecio a quien en principio debía admirar.
Ese cambio de punto de vista, de verdadera maestría literaria, prueba última de que en la vida no hay nada cierto y todos estamos tan lejos de Dios como de cualquier tipo de verdad inamovible, hace de este libro de Roxana Popelka un pequeño volumen digno de ser buscado por las bibliotecas, y encontrar luego un hueco para leerlo. Un libro en apariencia pequeño, como las sencillas cosas de las que se habla en él, pero con muy grandes destellos de calidad.

sábado, 20 de septiembre de 2014

EL ALBAÑIL QUE LE ESCRIBÍA VERSOS A LA POLICÍA ANTIDISTURBIOS

Publicado por: Diásporas Revista  jueves, septiembre 18, 2014 / 


Gsús Bonilla (Don Benito, Badajoz, 1971) es poeta, ilustrador y albañil libertario en paro. Su obra “Ovejas esquiladas que temblaban de frío” (2010) le convirtió en finalista del Premio Nacional de Poesía. Desde hace algunos meses, defiende su sexto cuaderno de poemas, Comida para perros (Baile del sol, 2014), una obra de prosa poética dedicada a la policía antidisturbios y a las víctimas de las protestas.


Gsús Bonilla, según Santos Perandones (todos los derechos reservados).

-Diásporas. ¿Cuántas veces le han confundido a usted con el otro “Jesús Bonilla”?
-Gsús Bonilla. Más de una, pero nunca por el físico (risas).

-Diásporas. Usted es Gsús con ‘g”, poeta y albañil. Porque es usted paleta, ¿no es cierto?
-Gsús Bonilla. En realidad, desde 2011, estoy en el paro. Pasé varios años sin cobrar un euro, en una especie de limbo legal provocado por un conflicto laboral. Los gerifaltes de la empresa se fugaron y nosotros dejamos de percibir nuestro salario, pero no podíamos cobrar ningún subsidio ni buscar empleo porque oficialmente, estábamos todavía trabajando. Y así hasta el año pasado… con mi pareja, con mi niña y como todo hijo de vecino, con mi hipoteca. Ahora vivo gracias a los 800 pavos que me da el Estado.

-Diásporas. Terrible…
-Gsús Bonilla. Sí, exacto, terrible. Puede imaginarse toda la impotencia y todo el odio que he sentido.

-Diásporas. ¿Odio?
-Gsús Bonilla. Sí, odio. Eso he dicho. Odio hacia un sistema que es capaz de devorar y de arrojar a la cuneta a seres humanos como usted o como yo.

-Diásporas. No nos ven.
-Gsús Bonilla. ¿Quiénes?

-Diásporas. Quienes nos gobiernan. No nos ven.
-Gsús Bonilla. No. No tienen ni idea de lo que está pasando. Tampoco quieren saberlo.

-Diásporas. Ahora defiende usted un libro de prosa poética: Comida para perros. Los perros de los que habla visten con uniforme y carecen de su proverbial nobleza… Quizá es que la perdieron de camino a alguna “mani”.
-Gsús Bonilla. En la mayoría de ocasiones, la figura del perro se utiliza en poesía como sinónimo de clemencia, compasión, lástima o perdón. Pero sucede que en mi libro se transfigura en rencor y resentimiento… Es un libro escrito desde la angustia y la ansiedad de las atmósferas que genera el poder para producir miedo.

-Diásporas. ¿De qué estamos hablando?
-Gsús Bonilla. Hablamos de violencia policial y social. Hablamos de personas como tú y como yo que hacen uso de un uniforme para tomarse la justicia por su mano y dejar a un pobre desgraciado tullido en el suelo. Dicen que ejercer la violencia contra niños y mayores es su deber; que dispensar a los desposeídos el mismo trato que a los criminales es su deber. Claro está, a uno le entran dudas. De esas dudas habla mi último libro. Yo soy poeta, y por lo tanto me expreso a través del ejercicio poético. Me gustaría pensar que mucha gente y muchos nadies como yo se pueden sentir reflejados en mis versos.

-Diásporas. Se diría que usted cree en el poder transformador de la poesía, que ésta, definitivamente, es un arma cargada de presente y de energía social.
-Gsús Bonilla. Le seré sincero, no. No creo que la poesía vaya a jugar un papel importante en todo este proceso de cambio. Hay mucha gente comprometida y con un discurso muy crítico, pero carecemos de influencia social. Lo que sí pienso es que las cosas pueden irse transformando poco a poco, y no de un día para otro. Yo mismo era un desclasado sin ideología metido hasta las cachas en un sistema absurdo: mi chica, mi juerguita y el centro comercial. Ahora, como casi todos, me pregunto qué he estado haciendo durante todos estos años.

-Diásporas. ¿Y le ha traído a ustes muchos problemas dedicarle un libro a la policía?
-Gsús Bonilla. No. Lo que sí he recibido son críticas. Alguna gente me ha insinuado que a protestar se va a las manis.

-Diásporas. ¿A qué gente se refiere?
-Gsús Bonilla. A otros poetas. Véase, por ejemplo, los del entorno de la poesía de la experiencia. Y que quede claro que no me refiero a una crítica personal. Simplemente, hay un grupo de poetas que no acaban de entender que utilicemos los versos para denunciar qué está pasando en este país gobernado por tarados y sociópatas. Personalmente, me siento muy orgulloso de que se considere mi trabajo “poesía social” y de hacer uso de mi voz para arremeter contra el sistema.

-Diásporas. Y no es usted el único… medio centenar de poetas ha organizado un encuentro en Madrid, a principios del próximo mes, en el nombre de la desobediencia*. Si no me equivoco, también usted forma parte de ese encuentro.-Gsús Bonilla. Sí… así es. Son cincuenta, como dice. Algunos de ellos conocidos y otros, menos. Falcó, Antonio Orihuela, Francisca Aguirre, Laura Casielles, Ana Pérez Cañamares, Miguel Ángel Muñoz Sanjuan… Todos tenemos claro quién es el enemigo.


 Para acceder a más información sobre el encuentro madrileño de poetas VOCES del EXTREMO 8


Fragmento de un poema, de Comida para perros.

[1. Los perros policía]

3.

correrán tras la plomada, devorarán la pancarta
tras la punzada del frío, tras un dolor cualquiera

por los presos políticos, por los encarcelados comunes, por
cualquiera que garabatee con negro las paredes blancas del
palacio

que seáis atentos-exijo- con todos y cada uno de mis
familiares
invitarles a abandonar la habitación del llanto no es el mejor
de los festejos

tu perro confunde a sus vecinos, ladra a la tercera edad; a la
vecina de enfrente, a su hijo parapléjico
mordisquea los tobillos a la infancia[...]

Gsús Bonilla, de Comida para perros (Baile del sol, 2014).



© Diásporas / Público 2014

http://www.diasporas.es/2014/09/el-paleta-que-escribia-versos-a-la-policia.html

viernes, 19 de septiembre de 2014

Un canto a la cotidianidad


Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente: Escritura Creativa
Javier Morales (Plasencia, 1968) / Fuente:Escritura Creativa
Sentir la necesidad de escribir cuando se está de vacaciones puede ser algo problemático. Significa que ni en tus días libres eres capaz de estarte quieto o, lo que es peor, que tienes el trabajo por martirio. Mi caso particular es bastante más sencillo y la conclusión es tajante. La necesidad es algo más que una contingencia, qué demonios, es la única forma posible de escribir. Pero como yo no tengo que explicarles nada dado que ustedes me entienden, habrá que seguir delegando en los escritores la responsabilidad de iluminar los postigos de nuestras sombras.
El libro del que quiero hablarles hoy pertenece a un género narrativo que permite puntuales posibilidades expresivas que usualmente la novela no alcanza dada su extensión. No me tiren piedras, existen excepciones. Me estoy refiriendo al cuento como forma concisa que trata de representar una realidad acotada por la acción y el tiempo, no tanto por sus personajes. Javier Morales no es nuevo en este terreno, ya había publicado La despedida (2008) y Lisboa (2011), además de la novela Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro, 2013). Su última criatura se llama Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014) e incorpora un relato de Gonzalo Calcedo a modo de epílogo. La honestidad me dice que a este libro no le sobra la firma de Calcedo, pero tampoco la necesita. Ocho relatos y medio se sirve de una prosa llana, horizontal, adusta en el mejor sentido de la palabra. Pulsa teclas atrancadas en nuestra realidad como la pérdida de la inocencia, los esbozos de la inmigración, la prostitución laboral encubierta y la búsqueda del sentido de la vida hasta llegar a la soledad aterradora o el brillante conato de una microfobia doméstica.
Las apenas cien páginas de este librito puede confundirnos, pero se trata de un proyecto ambicioso. Javier pretende sondear la naturalidad del común de los mortales desde la sencillez más noble, la compleja, la que a fuerza de valerse de un vocabulario cotidiano y unas vidas corrientes en grado sumo, acaba por volcar su acento en la quietud de sus acciones, en la inmovilidad de su carácter. De ahí que la hondura de los relatos no recale en otro lugar que la palabra desnuda y la historia despojada de un ornato que es innecesario.
La labor de Javier es tejer pormenorizadamente una retahíla de sucesos que, descontextualizados de la estructura narrativa que ofrece esta escritura, perderían toda su gravedad. Por esto creo que el acierto es doble, primero por no haberse dejado llevar por la mano incierta de la lírica, y después, gracias a ello, haber sabido revalorizar la cotidianidad desde lo anodino. Confeso admirador de Chéjov, la huella del maestro ruso se hace notar en cada uno de los relatos, pero poco nos importa la influencia, eso sigue siendo cosa de culturetas que no saben qué decir y académicos embarrados en una Literatura Comparada que jamás llegará a concluir en nada. Una nada de la que precisamente se componen estas historias, por tanto no hay lugar para la especulación cuentista -tenía muchas ganas de decirlo- sino para el goce puro de la narración desvestida de trascendentalidad. Ocho cuentos y medio tiene la pretensión simbólica de que el medio cuento que falta para componer el número entero de nueve (¿Dante agazapado?) sea cosa del lector. Desconozco si personalmente he logrado armar ese pedacito de historia tambaleante, pero este libro de Javier Morales es como una carretera de historias bajo un horizonte bañado de trigales multicolores, extensa aunque reducida parcela de una llanura que despunta a lo lejos de nuestra mirada en la distancia. Desde esa altura, la que permite observar el paisaje desde el camino, aparecen los suaves amarillos tostados por el tiempo, los poderosos verdes que anuncian una forma de exuberancia, y se mezclan con el azul de un cielo que amenaza tormenta o el ocre baldío de la tierra posado en las cunetas. Es curioso que Morales no simpatice con las historias comprometidas y sin embargo haya dado a luz esta hermosa criatura apegada a la realidad, tan misteriosa y tan previsible, tan cotidiana.
Mario S. Arsenal