viernes, 25 de julio de 2014

Tradición chejoviana

Anun­cia Javier Mora­les Ortiz, escri­tor, perio­dista, pro­fe­sor y cola­bo­ra­dor de varios medios, entre ellos Leer, que su pró­xima publi­ca­ción será la novela Expe­diente de regu­la­ción de empleo, que, a tenor de lo ade­lan­tado por el autor pla­cen­tino afin­cado en Madrid, se vis­lum­bra de enorme inte­rés por el asunto que aborda: la devas­ta­dora cri­sis que nos asola y su terri­ble con­se­cuen­cia de las enor­mes cifras de des­em­pleo. Y no solo por el tema, dando mues­tra de la nece­si­dad de una lite­ra­tura que, sin rego­dearse en solip­sis­mos, nos sitúe en el com­pli­cado aquí y ahora. Javier Mora­les debutó en el género nove­lís­tico el año pasado con Peque­ñas bio­gra­fías por encargo (Huerga &Fie­rro), una tan ori­gi­nal como suge­rente pro­puesta, que, a tra­vés de su pro­ta­go­nista, Samuel, que se dedica a la curiosa tarea mer­ce­na­ria de escri­bir la vida de otros, logra sumer­gir­nos en una trama que, sin olvi­dar su punto de intriga, sabe des­cu­brir los inquie­tan­tes plie­gues que encie­rra la más apa­ren­te­mente ano­dina realidad.
Pero antes de la apa­ri­ción de esa pró­xima novela, Javier Mora­les nos regalaun nuevo volu­men de rela­tos, moda­li­dad de la que es bri­llante y fiel cul­ti­va­dor en una opor­tuna inten­ción de poner en valor un género que no siem­pre se estima como merece. Su domi­nio del cuento quedó patente en dos ante­rio­res reco­pi­la­cio­nes: La des­pe­dida (2008) yLis­boa (2011), apa­re­ci­das ambas en laEdi­tora Regio­nal de Extre­ma­dura. Y vuelve a mani­fes­tarse ahora en Ocho cuen­tos y medio, que nos llega de la mano de la edi­to­rial Baile del Sol.
Como su pro­pio autor señala en una nota ini­cial, la obra pre­senta dos pecu­lia­ri­da­des: por un lado, pro­mete ocho cuen­tos y medio, pero en sus pági­nas solo encon­tra­mos ocho. Por otro, a modo de epí­logo, incluye un relato de otro escri­tor: “Caí­dos del cielo”, de Gon­zalo Cal­cedo. La pri­mera obe­dece a que, según apunta Mora­les, “el medio cuento que falta es el que crea cada lec­tor des­pués de haber lle­gado a la última página”. La segunda se pro­pone “esta­ble­cer un ‘diá­logo’ en el plano de la fic­ción con uno de los refe­ren­tes del cuento en espa­ñol”, a quien Mora­les agra­dece su gene­ro­si­dad. Nin­guna, pues, de estas dos sin­gu­la­ri­da­des resulta gra­tuita. Mora­les Ortiz plan­tea de esta forma un “diá­logo” no solo con Cal­cedo, sino con los pro­pios lec­to­res que resulta, cier­ta­mente, enriquecedor.
Ocho cuen­tos y medio se abre con “Pro­fe­cías”, donde la voz narra­dora, en pri­mera per­sona, recuerda epi­so­dios de su infan­cia, etapa de la vida en la que tam­bién se cen­tra el siguiente, “Nidos”, para pasar a con­ti­nua­ción a “Más allá de la caverna”, cre­pus­cu­lar relato en el que se da una vuelta de tuerca al mito pla­tó­nico de la caverna en el encuen­tro de dos sole­da­des, que hace pre­ver a su pro­ta­go­nista un giro ines­pe­rado. Ima­gine aquí, por ejem­plo, el lec­tor cuál puede ser ese giro en el crea­tivo juego al que nos invita Javier Mora­les. En “Es tra­bajo, idiota, no es amor” se plan­tea una situa­ción por des­gra­cia muy habi­tual en la actua­li­dad como son los des­pi­dos labo­ra­les, asunto que tam­bién está pre­sente en otros rela­tos del libro, y que ocu­pará, como antes indi­ca­mos, la pró­xima entrega nove­lís­tica de Mora­les Ortiz. En “Final de verano” somos tes­ti­gos de un amor esti­val con dra­má­tico desen­lace y en “Navi­dad” nos alo­ja­mos en el hotel Almi­rante, donde Bruno tra­baja como recepcionista.
Cie­rran el volu­men, antes del bro­che final de la con­tri­bu­ción de Gon­zalo Cal­cedo, dos mues­tras espe­cial­mente atrac­ti­vas. “Mos­qui­tos” me ha evo­cado la desa­so­se­gante pelí­cula La car­coma, de Ing­mar Berg­man, con su gran metá­fora en torno a la com­ple­ji­dad y dete­rioro de las rela­cio­nes de pareja. En el relato de Mora­les, una plaga de chin­ches obliga a Mónica y a Robe a desa­lo­jar su casa. Pero no será solo esa la nove­dad que tras­to­cará sus vidas. Por­que la vida no es per­fecta, como pen­saba Mónica antes de que la des­pi­die­ran ni “exis­tía solo para que Robe y ella la con­su­mie­ran”. En “Regreso a Saja­lín”, su per­so­naje prin­ci­pal, Becky, alumna de un Más­ter de escri­tura crea­tiva en la Uni­ver­si­dad de Toronto, se ins­pira en “La isla de Saja­lín”, de Antón Ché­jov, para rea­li­zar un tra­bajo de fin de curso sobre los pre­sos de Guantánamo.
No es “Regreso a Saja­lín” el único caso donde la som­bra pro­tec­tora de Ché­jov, por quien Mora­les ha con­fe­sado admi­ra­ción, se alza en la manera en que con­cibe el género del relato. Como en los del ruso,en los cuen­tos de Mora­les, el fra­caso, la sole­dad, la inco­mu­ni­ca­ción, el dolor, las insa­tis­fac­cio­nes vita­les, el paso del tiempo, dis­cu­rren impla­ca­bles pero sin estri­den­cias, en un sub­suelo del alma car­gado de silen­cio­sas tor­men­tas. Home­na­jea así Javier Mora­les Ortiz al egre­gio maes­tro, sin per­der sus señas de identidad.
CARMEN R. SANTOS

jueves, 24 de julio de 2014

Caídos del suelo

Posted 06/07/2014 by 

 
RESEÑA
 
¿Qué es la fama? ¿El éxito? ¿Acaso no es todo magia? ¿De qué se compone el talento? Quizá, nos dice el protagonista de esta novela, no sea todo nada más que algo por lo que luchar si verdaderamente crees en ello. Creer en algo, puede que esa sea toda la magia. El tiempo de las varitas mágicas ya ha pasado, pero ahora tenemos el teclado y el ratón a nuestra disposición, y con talento, seriedad y esfuerzo, al igual que con la magia, también todo es posible. Esta es una historia que comienza en Internet y que todavía no ha terminado.
Ramón Betancor (Santa Cruz de la Palma, 1972) afirma que se considera periodista para poder vivir y escritor para evitar la muerte. Una sentencia que nos hace detenernos por un instante en alguien que, a pesar de dedicarse al periodismo, a los 36 años descubrió que su verdadera vocación era la escritura, y se puso a trabajar con fuerza en ello. La escritura que comenzó siendo una terapia para expresarse se ha convertido en una necesidad ineludible para este autor canario.
Cuando nada es lo que parece
“Caídos del suelo” es una novela que se presenta al lector como un juego de espejos: lo que al principio parecen pompas de jabón se convierten en una espiral que gira y gira y que finalmente termina siendo una única circunferencia perfecta que se cierra exactamente en el mismo punto donde empezó, serenamente, encerrando en su interior una trama estupendamente hilada.
Algo que destaca en las páginas de este libro es que está escrito con honestidad: es algo palpable. Ramón Betancor se ha arriesgado a escribir una novela sobre novelistas, éxito de ventas y otras cuestiones literarias, demostrando valentía al hacerlo puesto que se trata de un tema sobre el que se ha escrito mucho, y destacar no siempre es fácil.
Como puntos débiles solamente podemos destacar el uso abusivo de las metáforas al inicio de la novela, que sin embargo hará las delicias de los amantes de los juegos de palabras y en todo caso es una circunstancia que se suaviza según avanzan los capítulos.
La magia, ¿camino hacia el éxito?
Todo lector debe ser impresionable pues, ¿qué interés tiene la cultura si uno se enfrenta a ella con una postura arrogante y una actitud de vuelta de todo? Nada hay como despojarse de todo prejuicio ante la obra de un artista para apreciarla por completo. Lo que sucede en esta novela al respecto, es que se juega con la magia, a pinceladas y de una forma muy sutil pero ya desde los primeros capítulos el lector debe asumir que existe un supuesto sortilegio capaz de dotar de éxito la obra de cualquier autor elegido. ¿Por qué no? Aún tratándose de una trama que se podría desarrollar en un mundo real, una pincelada de magia siempre es bienvenida. Solamente el paso de los capítulos desvelará si esa magia es tal.
El juego de ilusionismo en la trama procede de un grupo con tintes sectáreos que se dedica a captar artistas para enriquecerse a su costa. Son huidizos, resulta casi imposible ponerse en contacto con ellos y tienen una forma de actuar propia de película de suspense. Se caracterizan por su secretismo y misterio, se alimentan de obras de arte y del alma y de los sentimientos de las personas que seleccionan, y marcan a sus elegidos con un colgante del que pende una piedra de color verde. Tan imposible, tan de película y tan misterioso… que perfectamente podría ser verdad.
Internet o un mundo de posibilidades
La novela de Ramón Betancor dio sus primeros pasos en un blog de internet, en el que su autor iba colgando capítulos al mismo tiempo que ganaba adeptos incondicionales. El resto de la historia continuó con una legión de seguidores comprando el libro completo en Amazon hasta que finalmente una editorial canaria, Baile del Sol, se decidió a publicarla. Así fue como el sueño se hace realidad: las luces inaprehensibles de la pantalla se convierten en tinta sobre papel.
El personaje que narra la historia, Mario Rojas, era el sobrenombre tras el que se escondía el verdadero autor, Ramón Betancor, en un estupendo blog que aún puede visitarse y en el que algunas fotografías del autor acompañan sus textos, así como los comentarios espontáneos de los seguidores.
“Caídos del suelo” no es solo una estupenda novela, es también la primera entrega de otros dos títulos que completan la trilogía “El reino de los suelos”. Aunque el final de este primer título parece completamente cerrado, si algo se aprende a medida que se suceden los capítulos es que con Ramón Betancor al mando nada es lo que parece: hay que ser muy bueno para envolver al lector hasta el punto de aturdirle y convencerle de que no tiene entre las manos una novela previsible. Así que trataremos de seguirle la pista para seguir disfrutando del resto de entregas.

martes, 22 de julio de 2014

"Ocho cuentos y medio", un homenaje a Chejov con final abierto

Madrid, 8 jul (EFE).- El escritor Javier Morales Ortiz escribió su última obra, "Ocho cuentos y medio", un conjunto de relatos en el que el lector debe escribir el final, como un homenaje al autor ruso Antón Chéjov, considerado uno de los creadores de relatos más importantes de la literatura.
En ella, Javier Morales (Plasencia, 1968) habla del suicidio, de la naturaleza, de la inmigración, del trabajo, de las relaciones de pareja y hasta de los chinches, cuenta en una entrevista con Efe.
"No me gusta la literatura comprometida, pero los personajes viven en un mundo concreto que les afecta", asegura el también autor de los libros de relatos "La despedida" y "Lisboa", así como de la novela "Pequeñas biografías por encargo".
Por eso, el libro está ambientado "en el momento presente" y algunas de sus historias son "bastante dramáticas", como las relativas a la angustia por perder el empleo, en una obra "de tradición chejoviana", escritor por el Morales siente pasión, quien animaba a escribir relatos "de cualquier cosa".
"El punto de partida siempre es la realidad y lo que te rodea", asegura Morales, quien subraya que como trasfondo de sus historias siempre están "las insatisfacciones de la vida, los fracasos, la muerte, la infancia o la sensación de que el tiempo se escapa entre los dedos".
Además, con "Ocho cuentos y medio" su creador también indaga en sus recuerdos infantiles de la mano de dos jóvenes protagonistas, mientras que para el final deja el capítulo más político, "Regreso a Sajalín", inspirado en "La isla de Sajalín", el relato de Antón Chéjov sobre su viaje a esta isla, en el Pacífico, para documentar las condiciones de vida de los presos rusos.
En esa última historia, la protagonista, Becky, toma este libro como base para su relato de fin de curso, pero antes decide viajar a Guantánamo para trazar un paralelismo entre los presos rusos confinados en Sajalín y los apresados por EEUU en Guantánamo, a 64 kilómetros de Santiago de Cuba, por sus supuestas vinculaciones con Al-Qaeda y los talibanes.
"Pensé que lo que ocurría en Sajalín es lo mismo que ahora puede ocurrir en Guantánamo, un sitio del que no existen datos sobre los presos que hay ni de su vida", asegura.
La obra, con epílogo de Gonzalo Calcedo, autor de referencia para todos los lectores de relatos, muestra la habilidad de su creador como narrador, algo que aplica también a su oficio de periodista ante su creencia de que el buen periodismo "trata de contar historias", en este caso reales, y también forma parte de la literatura.
Según Morales, el relato En España, a diferencia de lo que ocurre en EEUU o en América Latina, sigue siendo un género "bastante minoritario", al decantarse la mayoría de lectores por las novelas "de tipo de comercial", aunque reconoce que su popularidad ha aumentado en las últimas décadas.
Su próximo trabajo es una novela titulada "Expediente de regulación de empleo", que tiene que ver "con una experiencia bastante personal" y con un proceso en el que se han visto envueltas, en los últimos años y como consecuencia de la crisis, miles de personas.
Todos sus relatos, también los de sus obras anteriores, mantienen ese final abierto que encierran "una historia soterrada: la que debería escribir el lector cuando los lea", una corriente que también creó Chejov, al no cerrar algunas de sus historias y mantener en las mismas un final sorprendente.
"Me gusta más dejarlo abierto porque ese tipo de historia conecta más con la vida, que no deja de tener un final abierto", asegura. EFE

lunes, 21 de julio de 2014

Divina, de Inma Luna

Inma Luna
Published on July 21st, 2014 | by Mariano Cruz
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Divina portadaInma Luna, (Madrid, 1966), no es ninguna recién llegada al panorama de las letras españolas, es ya una autora que cuenta con una obra consolidada, tanto en el panorama de la narrativa como de la poesía. Algunas de sus últimas entregas son, la novela, Mi vida con Potlach, (Baile del Sol, 2013) y el libro de poemas Cosas extrañas que sin embargo ocurren, (Cangrejo Pistolero Ediciones, 2013). Divina,(Baile del Sol, 2014), es su última entrega poética, donde traza un personalísimo universo. Divina es un libro de poemas que se incardina entre la infancia y la juventud, unas épocas vitales, que si bien son muy personales, puede cualquier lector que haya pasado por experiencias similares, identificarse con ellas. Para muchas españolas educadas en la España de los setenta, son muy familiares esos colegios religiosos, que Inma Luna evoca en Divina; no en vano fueron muchas generaciones educadas bajo la tutela opresiva del dictado religioso, que, si bien no ofrecía la cara más feroz del rancio nacionalcatolicismo, sí mostraba todavía un espantoso control del pensamiento y de los cuerpos. Son instituciones educativas orientadas obsesivamente al culto de una deidad represora y castradora, especialmente en el campo de la sexualidad, que limita la libertad de pensamiento y obra. Tan sólo eran niñas –se trataba de un colegio de un solo sexo, por supuesto-, que querían desarrollar algo tan natural a la infancia como es el juego, que sin embargo les era arrebatado, ya que éste llevaba a individuales mundos de fantasía que no eran deseables; ¿El juego, maestra?/No, la reflexión./Imaginar convoca moscas,/el descontrol de las locas criaturas, afirma la poeta en “El juego”. Sin embargo, y a pesar de todo, a pesar del ambiente opresivo y gris, gazmoño y mediocre que la educación religiosa crea, la vida siempre se abre paso, irrumpiendo como la lluvia que nos sorprende en medio de una mañana de verano, la vida siempre vence, por muchos obstáculos que se le quieran oponer, aunque ellas, las siniestras monjas, hacían todo lo posible por negar la sexualidad, ya obvia, de unos cuerpos de niñas que tornaban en mujer, que para ellas, sólo eran un signo de lascivia: Renovaron entonces los uniformes, / holgándolos/ engrosando la tela, /desajustando el talle,/desdibujando a las mujeres/ que pujábamos por ser, escribe en “Los uniformes”. Intentos vanos de ahogar a la naturaleza que irrumpe por doquier, especialmente cuando estalla la primavera, cubriendo de cemento el patio de recreo, para que no surja la vida en forma de hierba o una flor: El campo despertaba / demasiados instintos.
Inma Luna es una mujer de clase humilde, obrera, que siempre se ha mostrado muy orgullosa de pertenecer a dicha clase social, y que en numerosas ocasiones, ha prestado su voz a los ofendidos, pero fue una niña morena con no demasiados juguetes, una niña humilde sin flores: Tenía menos juguetes / y muchas más horquillas en el pelo,/ ni una sola flor, / ni una. Por eso, sus manos, intentan por un momento que la realidad sea otra, y que las dos niñas, la de origen acomodado y la humilde, sean, aún tan sólo por unos instantes, iguales, y compartan el mismo mundo, por eso rompe los juguetes de la niña de posibles: mis dedos torpes rompieron la mía/ mis dedos ladinos rompieron la suya/ intentando que fuésemos iguales/ en algo. Una Inma Luna que seguía el mismo destino que muchas de sus compañeras, todas esas niñas con una infancia hurtada, dedicada al rezo y a bruñir zapatos, esperando una recompensa que nunca llegaba: Vivimos engañadas, /las cabecitas elevadas al cielo, / nuestros zapatos relucientes. / Creíamos que así/ obtendríamos la justa recompensa, afirma en “A las puertas”. Y por supuesto, nada de pensar, sólo rezar y obedecer: no pierdas el tiempo / una vez más/ pensando. Las religiosas eran las custodias de estas niñas, las encargadas de llevarlas por el camino del rezo, la decencia y la moralidad y sobre todo alejarlas del más alto pecado, que era el pecado de la carne; sin embargo estas siervas de Dios eran objeto de la curiosidad infantil, que fantaseaba sobre ellas y sobre sus aposentos: Imaginé pecados suculentos/ en vez de adivinar extraordinarias soledades, o bien como afirma en “Dudas”, Me preguntaba si tendrían pelo debajo de las tocas, /si habría algún latido, algo vivo y real, debajo de sus hábitos.
Una educación religiosa, gris y asfixiante, que ahogaba los cuerpos con uniformes desmañados, donde se silenciaba todo lo que tuviera cualquier relación con algo tan natural como es la sexualidad; es entonces una lógica consecuencia que acabe en un matrimonio fracasado y en un embarazo no deseado: Mi matrimonio fue un fracaso / que se gestó en la infancia, escribe Inma Luna en “Prohibido jugar”. Una poeta, que si bien nos ha hablado con toda franqueza de su infancia, nos habla con total honestidad de su juventud, de su temprano embarazo y su matrimonio, con una claridad que nos recuerda a las poetas confesionales norteamericanas, no en vano, cita unos versos de Anne Sexton al comienzo del poemario. La sexualidad le fue hurtada a Inma Luna, como a tantas otras mujeres de su generación, siempre presentada bajo el prisma del pecado y la fatalidad, con honestidad descarnada nos lo expresa en el poema “El tema”: Quisieron hablarme de sexo / al enterarse de mi embarazo / y ni siquiera entonces/ supieron cómo hacerlo/ así que me obligaron a casarme/ para evitar el tema. El embarazo es el resultado de una educación que va en contra de los dictados de la naturaleza y de una absoluta ignorancia en materia de sexualidad. El embarazo también es el territorio del miedo, de lo desconocido, de una nueva vida que no se sabe bien si se desea de veras: La cama y el espejo eran el enemigo, / y las ojeras negras/ y todos los vaqueros que ya no me abrochaban. Y como consecuencia de aquel embarazo, vino el matrimonio, con prisas, para ocultar la vergüenza del pecado, el volumen que el cuerpo adquiría con una nueva vida: Mi madre me compró un hermoso manojo de rosas / y se ocupó de que en las fotos /las flores ocultasen la determinación de mi barriga. Una Inma Luna que a pesar de todo, de una infancia hurtada por las monjas, y de un matrimonio, probablemente donde ella fue una mera figurante, sintió el ansía del conocimiento y el afán de superación: Las seis de la mañana,/ el niño duerme,/ la facultad espera,afirma en “Una gota de leche”.
Divina, es un poemario donde se nos presenta una voz poética ya absolutamente madura, segura de sí misma, una de las voces más importantes dentro del actual panorama poético español, y logra construir en él un espejo en el cual tantas mujeres de nuestro país, que han pasado por una educación religiosa y opresiva se pueden reconocer a través de sus palabras, y donde construye la experiencia del embarazo juvenil y el posterior matrimonio, una etapa vital por la que muchas mujeres también han transitado y que sin duda alguna se reconocerán en ella, en este poemario, uno de los más hondos y honestos de Inma Luna.
Luna, Inma, DivinaTenerife. Ediciones Baile del Sol, 2014, 69 pags.

sábado, 19 de julio de 2014

"CAZA MAYOR", DE MANUEL MOYA




   El poeta, novelista y traductor Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) ha sacado a la luz un volumen de microrrelatos titulado "Caza mayor", publicado por la editorial tinerfeña Baile del Sol. La narrativa del onubense se despliega en títulos como "Regreso al tigre" (1999) y "La sombra del caimán" (2006), ambos de cuentos; así como de las novelas "La mano en el fuego" (2006), "La tierra negra" (2009), "Majarón" (2009) y "Las cenizas de abril" (2011), premio Fernando Quiñones, publicada por Alianza editorial y traducida también al portugués.
   El volumen objeto de este comentario viene presentado como el primero que el narrador dedica íntegramente al subgénero del microrrelato. Ya de entrada, el título del volumen (aceptada la ironía con que el mismo escritor ha querido dotarlo) puede despertar cierta curiosidad en el lector en cuanto al juego de antónimos y por la paradoja que supone el "mayor" del título y la esencia misma del término o del concepto "microrrelato". No obstante he de aclarar que, a mi juicio, lo del adjetivo del título viene dado por la trascendencia y la significación que el autor concede a este subgénero narrativo, que para él no representa para nada un género menor o inferior, dada la gran maestría y dificultad que encierra escribir textos tan elaborados como los que contiene este libro.



  No hemos de dejar tampoco a un lado el carácter experimental que el género posee, porque todo microrrelato supone una provocación y un reto a la inteligencia del escritor, primero, y del lector después. Experimentación y análisis son los dos perfiles básicos sobre los que discurren los textos de Manuel Moya quien, por otra parte, afirma: "De hecho, este libro pretende, no sólo desdeñar las orillas del género, sino en lo posible, habitarlas". ¿Significa esto que el autor ha querido "bordear" la frontera, situarse en los límites del género con ese afán indagador, forzando los cánones con el fin de provocar tanto a críticos como a lectores? Lo que resulta obvio es que Manuel Moya, además de provocar al lector, no parece amigo de cánones, dogmatismos o pontificados y sí un escritor bastante preocupado por ese proceso de búsqueda personal que conlleva abrir nuevos caminos a la literatura o, al menos, de experimentar con ellos. Sólo en la experimentación de los límites es posible el hallazgo. No cuadra con él la etiqueta de "escritor acomodaticio". Nada más lejos de su escritura y de la exigencia que demanda de sus lectores.
   "Caza mayor" es un caleidoscopio de relatos, un puzzle donde las piezas encajan a la perfección. En su enorme diversidad caben las recurrencias y los vínculos laberínticos, así como las subterráneas coincidencias entre algunos textos, como bien señala el mismo autor. En su lúdica diversidad, que afecta tanto a los temas como a la forma de los relatos, dentro de la exigencia inexcusable de la brevedad; el lector irá de unos textos a otros leyendo con verdadera fruición, recreándose inmerso en una gozosa lectura y reparará, sin duda, en la alta calidad de los mismos y en un autor cuya valía está sobradamente contrastada.

Manuel Moya: Caza Mayor, Tenerife, Baile del Sol (Col. Sitio de Fuego, 137), 2014, 202 pp.

viernes, 18 de julio de 2014

JAVIER MORALES, EL BREVE: “LA BUENA LITERATURA SIEMPRE HA SIDO COSA DE UNAS MINORÍAS” (ENTREVISTA)


Javier 09
Foto de Sole González

Por: José M. Sánchez Moro.

Ser intelectual en los tiempos del cólera. Bien se podría hablar de Javier Morales en estos términos. Periodista y escritor, nace en Plasencia en 1968. Cursa estudios de periodismo y derecho en Madrid donde actualmente reside. Su incursión en la literatura vino de la mano de la Editora Regional de Extremadura, donde aparecieron “La despedida” y “Lisboa” (dos libros de relatos). En “Huerga y Fierro Ediciones”, la que también fuera casa del poeta Leopoldo María Panero, años después, Javier Morales, con “Pequeñas biografías por encargo”, se acerca a la novela. Acaba de publicar un nuevo libro de relatos “Ocho cuentos y medio” en la editorial Baile del Sol. Colaborador con distintos diarios y suplementos, imparte talleres de narrativa en La Librería Rafael Alberti (Barrio de Argüelles, Madrid).

Aldecoa o, recuerdo, Augusto Monterroso se veían más cómodos en el relato corto y la narración breve. Ambos se definían como escritores perezosos. ¿Te pasa igual?
Es cierto que una novela exige una disciplina mayor, pero creo que ser “perezoso” o no a la hora de escribir nada tiene que ver con el hecho de que uno opte por el cuento o la novela. En esta elección ni siquiera influyen las condiciones vitales, aunque maestros como Carver aseguraban que nunca habían escrito una novela porque debían ocuparse de la crianza de tres hijos. Simplemente, algunos escritores están más dotados para un género que para otro. Me gusta ese ritual de César Aira, quien asegura que dedica a la escritura una hora al día, en un café de su barrio bonaerense, tanto ahora, que tiene todo el tiempo para hacerlo, como antes, cuando impartía clases y escribía para los periódicos. En mi caso, trabajo mucho para ganarme la vida y tengo un hijo, lo que no me impide escribir todos los días, incluidos los fines de semana. Pero tal vez, si tuviera todo el tiempo por delante me ocurriría como a César Aira.

No obstante, Aldecoa hablaba de que narración corta y novela, imaginando un tren en su curso por una vía, iban en el mismo trayecto. Viendo la estructura de “Pequeñas biografía por encargo” parece ser una afirmación cierta.
Sin duda es una buena imagen, aunque cada género tenga sus peculiaridades, su disciplina. Me parece correcta la afirmación de Ricardo Menéndez Salmón cuando dice que más que cuentista o novelista se considera un narrador. A mí me ocurre igual, solo que incluiría el periodismo, donde también se puede hacer literatura, solo hay que leer alguna de las crónicas de Chaves Nogales o de Josep Pla, por citar a dos de los grandes.

Sus personajes, ¿de dónde vienen?
A la hora de crear un personaje siempre hay una parte de uno mismo y otra de los demás. Un escritor es un “ladrón”, roba las historias y la adapta, unos más y otros menos. En este sentido, me parece curiosa la anécdota que cuenta James Salter en torno a su novela Años luz. Cuando salía de la editorial con el primer ejemplar de la novela se encontró con una antigua amiga y con su hija, a quienes no veía desde hacía años. Aturdido por el reencuentro, confuso, Salter le regaló el ejemplar a su amiga. Mientras ésta conducía de vuelta a casa, su hija comenzó a leer la novela en voz alta. Menuda sorpresa. Salter les había robado su propia historia. Se detallaban la infidelidades de la amiga, las mentiras de su matrimonio, tanto las suyas como las de su marido. Salter las había conocido de primera mano. Tras la publicación de Años luz, la pareja se divorció.

Más experiencia de la vida que fabulación.
La literatura siempre nace de la vida, aunque luego uno puede trasladar esa experiencia a su antojo. No creo que sea menos real La metamorfosis que El gran Gatsby. La ficción se diferencia de la no ficción en el dni de los personajes. En el primer caso los personajes carecen de él, en el segundo no. La fabulación es intrínseca a la ficción, en la no ficción esta prohibido inventarse los hechos. Por lo demás, el proceso creativo es parecido.

¿Serían los mismos en distancias más largas como la novela?
En mi caso, al menos, el género no influye a la hora de crear a los personajes. Es más bien la historia la que define la extensión. En cuanto uno la concibe, más o menos puede intuir el desarrollo que necesita.

En esta era de prisas y digitalización, existe un repunte, fomentado por la industria del blogger y demás plataformas, del microrrelato y las piezas breves tanto en crítica como en creación literaria. ¿Hay un tiempo de lectura reservado, a tu parecer, para cada género?
Por supuesto que lo hay. No estoy en contra de los nuevos soportes porque atraen a nuevos lectores. El problema, creo yo, no viene tanto de las nuevas tecnologías como de la calidad de lo que se escribe y de la forma en que a veces se lee. La “democratización” de la escritura está muy bien, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que todo lo que se escriba con intención literaria, incluso periodística, lo sea. Es cierto que las grandes historias, como Guerra y Paz o Madame Bovary, tienen ahora nuevos “competidores”, pero no nos engañemos, la buena literatura siempre ha sido cosa de unas minorías. En cualquier caso, estoy convencido de que, en contra de lo que se piensa, los clásicos son un refugio contra las prisas y el ritmo endiablado en el que vivimos. Sentarse en una butaca a leer un buen novelón no tiene precio.

Leo que impartes talleres de narrativa en la Librería Alberti. No he podido acudir a ninguno, pero sí frecuenté algunos de sus “Encuentros”. Elegante, histórica y coqueta casa…
La Alberti es un referente cultural en Madrid, es algo más que una librería. Lola Larumbe, Iñaki y Miguel Ángel me hacen sentir como en casa. Lola es además una gran lectora, algo que se va perdiendo en la profesión de librero. La Alberti, como ocurre en otros ámbitos de la cultura, se enfrenta ahora al reto de la piratería y de la era digital. Los talleres y los encuentros pueden ser una alternativa al nuevo contexto, pero no son suficientes. En cuanto a mi experiencia como profesor, disfruto impartiendo clases, aprendo y valoro la extrema motivación de los alumnos. Un lujo.

¿Qué le dice a aquel que quiera “aprender a narrar”?
Sobre todo que lea. Y luego que escriba, en un taller o por su cuenta, eso da igual. Me cuenta una amiga profesora de escritura creativa que a veces llegan a sus clases alumnos a los que no les gusta leer. A mí nunca me ha pasado. Uno no puede escribir sin haber leído antes. Las lecturas pueden ser más o menos vastas (alguien como Clarice Lispector decía que había leído poco, el mismo Borges lo aseguraba), pero las palabras deben correr por tus venas.

Porque es aprender, ¿no?
Se puede aprender el oficio, pero eso no garantiza que uno llegue a ser un buen escritor. Ocurre con otras manifestaciones artísticas. Debe haber algo más. Richard Ford dice que el ochenta por ciento de lo que escribe es oficio y el resto magia. No todo el mundo tiene esa magia.

¿Cuál es la metodología que sigue en sus talleres?
Aunque la teoría siempre es necesaria, un taller tiene una connotación eminentemente práctica. En esencia lo que hacemos es leer y escribir. Y analizar lo que leemos y escribimos bajo unos criterios y unos presupuestos que nunca son inamovibles.

Borges dijo que era mejor lector que escritor. Esto no necesitaría escuela, ¿no?
Borges dijo también que no había leído mucho, pero que había leído bien. Creo que ahí está la clave. Puedes haber consumido miles de libros sin haberlos digerido. O haber leído menos pero con ojo clínico, asimilando la narración hasta el punto de incorporarla a tu propio bagaje. Antes citaba a la gran Clarice Lispector, podría ser un ejemplo de lo que hablamos. Aseguraba que sus lecturas no habían sido muy amplias, sin embargo las había aprovechado a fondo, vaya si lo hizo. En el Museo Thyssen imparto un taller de lectura ligado a la colección permanente del museo, Un cuadro/Un libro, y compruebo que cuando se lee atentamente podemos descubrir en el texto señales que antes no habíamos visto.

¿Visita mucho Extremadura?
Menos de lo que me gustaría. Llevo mucho tiempo viviendo en Madrid pero nunca he dejado de considerarme extremeño. Ya dijo Rilke que la patria es la infancia y en Plasencia viví mi infancia y mi adolescencia. Nada podrá cambiar eso. Pero además de por motivos sentimentales, el paisaje extremeño me renueva. En cuanto me adentro en la dehesa o paseo por los valles del norte de la región, donde suelo ir con más frecuencia, comienzo a respirar de nuevo. Cáceres me parece una ciudad estupenda para vivir. Ahora he comenzado a escribir un libro de no ficción, un libro de viaje en torno a la figura de uno de los grandes poetas españoles de las últimas décadas, Ángel Campos Pámpano, que en gran parte transcurrirá en Extremadura. Lo que lamento es que el transporte público, en concreto el tren, sea tan deficiente. Mejorarlo sí sería una buena forma de vertebrar España.

Hace escasos días leía un post en el blog de Álvaro Valverde (el que fuera director) muy duro contra el estado actual de la Editora Regional de Extremadura. ¿A quién mirar?
No sigo muy de cerca la labor de la Editora y solo puedo hablar de mi experiencia personal tras haber publicado ahí dos libros y de las noticias que me llegan de los amigos, como Álvaro, y por mi propia profesión. Leí la entrada que escribió Valverde y ciertamente lo que cuenta es muy grave. La creación de una editorial pública y prestigiosa como la Editora ha sido un logro de los extremeños y de las personas que a lo largo de las años la han dirigido o han colaborado con ella. Sería una lástima perder un activo que ha costado tanto crear, que había alcanzado un prestigio sorprendente en el resto del Estado y que era una salida muy digna para muchos escritores extremeños que tenían dificultad para publicar sus primeras obras. En el mercado editorial cada vez tienen menos salida las obras “no comerciales” y precisamente una de las ventajas de la Editora era que sus criterios eran exclusivamente literarios. Creo que la Editora debería estar al margen del juego político, lo que es mucho pedir en estos tiempos. ¿Hacia dónde mirar? Quizás hacia las pequeñas editoriales independientes que han ido surgiendo en los últimos años.

En este punto, ¿por qué Madrid y Barcelona albergan (Tusquets, Seix Barral…) las editoriales más consolidadas? ¿Circunstancias históricas, falta de población lectora?
Supongo que por un poco de todo. No obstante, aun con las similitudes, el caso de Barcelona y Madrid son diferentes. Después de la Guerra Civil, la capital se llenó de funcionarios franquistas y buena parte de la burguesía ilustrada existente tuvo que exiliarse. El nivel cultural bajó tanto que aún hoy padecemos sus consecuencias. Barcelona, en aquel momento más abierta (todos conocemos el boom), tomó el relevo, aunque igualmente hubiera que ir a Madrid a “prosperar”. Creo que la situación ha cambiado en los últimos años, en parte gracias a las nuevas tecnologías, que han abaratado mucho los costes de producción y distribución. Una prueba de ello es la Editorial Periférica, ubicada en Cáceres, que está haciendo una labor encomiable a la hora de descubrirnos autores del otro lado del charco.

¿La situación es irrevertible?

La globalización lo ha cambiado todo y no sabemos adónde vamos, tampoco en el mundo editorial. Dentro de las grandes empresas hay movimientos de concentración editorial, de los propios agentes (hemos visto hace poco la fusión entre Wily “El Chacal” y Balcells)…Todo esto sería muy peligroso si al mismo tiempo no hubieran surgido pequeñas editoriales que pueden sobrevivir con menos márgenes de beneficio. Quizás ocurra como en el Cretáceo, cuando desaparecieron casi todos los dinosaurios…Quién sabe.