martes, 15 de abril de 2014

La piel de la vida, Karmelo Iribarren

Karmelo la piel de la vida

La piel de la vidaNo es Karmelo C. Iribarren precisamente un recién llegado al panorama de las letras españolas, le avala una sólida y personalísima trayectoria poética, una obra poética que ha sido respaldada por un número de lectores cada día creciente, no pudiendo obviarse las sucesivas ediciones que ha tenido su antología, La ciudad(Renacimiento, 2002 y 2008), y lo que hasta ahora son sus obras completas, Seguro que esta música te suena (Renacimiento, 2005 y 2012). La poesía de Karmelo C. Iribarren podría definirse como realismo minimalista, o realismo limpio, como una vez lo calificara Luis Antonio de Villena, llegando ese minimalismo tal vez a sus cotas más intensas, en su última entrega poética,La piel de la vida (Baile del Sol, 2013). Se abre este poemario con una cita del gran José Luis Parra, uno de los perdedores de la reciente historia de la literatura española, un enorme poeta que no tuvo el merecido reco-nocimiento en vida, para adentrarse en territorios que ya nos son comunes en la poesía de Iribarren, la felicidad, -o su ausencia-, ese don escaso que se nos otorga en muy raras ocasiones y que se agota rapidamente y que hay que saber administrar con sabiduría, para que la felicidad / no empiece / a terminarse…, afirma en “Pequeños grandes momentos”. El escenario de La piel de la vida, son esos días cotidianos, grises, iguales unos a otros, los días de entresemana, que son los que verdaderamente conforman nuestra existencia, pues los días de asueto sólo son un breve espejismo, un ligero descanso para que nos podamos enfrentar de nuevo a los días corrientes, esos que son los asesinos del amor. El paso del tiempo, no en vano el poeta tiene ya 53 años, como se recoge en “Crepusculario” y la soledad son dos de los ejes temáticos de La piel de la vida, Y he regresado cabizbajo aquí, / a mis palabras y la soledad, nos dice en “Nostálgico de azules”, un paisaje interior dominado por ese saberse solo en el mundo y con el único refugio de la poesía, -él tiene las playas del sur, yo la poesía, afirma refiriéndose al sol y a sí mismo.
Iribarren tal vez ha cambiado el escenario de los bares al que nos tenía acostumbrado por uno más íntimo, por el silencio del hogar, por el reloj de la cocina, el ruido de la nevera, donde se desarrollan los dramas cotidianos, todo aquello que pudo ser y no fue, donde se constatan el paso del tiempo y de los años, y sobre todo / lo que pudo ser…, escribe en “La lluvia”. Pero no se llega a los 53 años indemne, se tienen cicatrices, y muy hondas, de esa pelea que no perdona errores, ni concede segundas oportunidades, que es la vida, Que si sigo / pateando estas aceras, / no es por pura casualidad, afirma en La pelea, y desolador nos muestra Iribarren un futuro donde –ya muy viejo y solo-/sentado en un banco / empiezas a llorar, aunque el poeta vislumbre a veces, también, eseincesante / soñar con lo imposible, que tal vez nos ayuda en ese desolado oficio que a veces es el vivir. Soledad que se palpa en medio de las tardes vacías sin sentido, […] la tarde /-esa isla de tedio / a la deriva-, que desembocan en noches de soledad, en los cuartos baratos donde se hospedan los viajantes al lado de las carreteras comarcales, donde tampoco hoy / te espera nada, nadie.
Junto con el paso del tiempo y la soledad, el otro eje temático de este gran libro de poemas, es la presencia del amor, un sentimiento que se muestra tal vez como único consuelo entre tanta soledad, aunque sólo se vislumbre; el amor en forma de mirada que puede contener toda la belleza del mundo: en tus ojos / el temblor en el río de una rama / cuando un pájaro la deja…, un amor que se nos presenta en forma de deseo de ausencia, de voluntad de olvido, Para no pensar en ti, / me asomé a la ventana, a mirar / la tormenta. La mujer que, tal vez, puede devenir como sentido del mundo, como su más oculto significado; cuando se contempla una mujer desnuda en los primeros vislumbres del amanecer, justo ahí, el poeta nos dice que nos encontramos justo en el centro / del secreto del mundo. Una presencia del amor que es también deleite de la carne, rincones dulces donde adentrarse, donde los dedos son soberanos del goce y el deleite, donde son Pequeños cicerones / a los que seguir / por el salvaje territorio de la dulzura.
Pero el amor, si bien es pasión y deleite, también tiene su reverso tenebroso, el del olvido, donde quien es objeto de nuestra devoción, apenas puede ya esbozar un simple remedo de nuestro rostro en su memoria, como se enuncia, en ese poema, tal vez clara muestra de lo que la concisión y el minimalismo pueden llegar a conseguir en la poesía de Iribarren, me refiero, a “Pero en ti”, Como un recuerdo que no consigues / recordar. // Un día / no seré más que eso. // Pero en ti.
Es Karmelo C. Iribarren, un poeta que ya merece por motivos más que sobradamente demostrados, un lugar en la historia de la literatura española, sin embargo, él afirma en el poema final de La piel de la vida, “Gloria efimera”,que se ha visto en una monumental historia de la literatura, en una nota minúscula en cursiva, y lo afirma con la modestia que suele caracterizarle, quien posee el don de pensar la vida, como definió Ángel González a la poesía. Desconozco si tendrá un lugar en la historia de la literatura, eso son azares inciertos, en los que no siempre la calidad literaria asegura un puesto. Donde por supuesto lo tiene, y desde hace mucho, es en nuestro corazones.
Iribarren C., Karmelo. La piel de la vida, Tenerife: Ediciones de Baile del Sol, 2013, 64 páginas. 10 €

lunes, 14 de abril de 2014

Baile del Sol publica El guanche en Venecia, una novela de Juan-Manuel García Ramos sobre la historia del mencey Bencomo de Taoro

Baile del Sol ha publicado una nueva edición de la novela de Juan-Manuel García Ramos, El guanche en Venecia, en la que el autor tinerfeño da cuenta de un poco conocido episodio de la historia de la conquista de las Islas Canarias por los europeos.

García Ramos, con la Historia como marco narrativo, desarrolla una atractiva ficción literaria a partir del hecho cierto de que el legendario mencey de Taoro, Bencomo, fuese regalado por los Reyes Católicos al dux de Venecia como una exótica criatura.
El escritor y catedrático de filología española de la Universidad de La Laguna, se plantea en este nuevo libro dar respuesta a los interrogantes sobre los posibles pasos del guanche en la Venecia del Renacimiento europeo, de forma paralela al desarrollo de la historia de Canarias en ese momento crucial tras la conquista. García Ramos ofrece sus particulares claves sobre los poco conocidos hechos que tuvieron lugar aquella época.
Con una prosa ágil y cuidada El guanche en Venecia se sitúa entre la novela histórica y la novela de aventuras, confeccionando un relato bien hilado de cómo pudo ser la vida de de Bencomo de Taoro y del ambicioso conquistador castellano Fernández de Lugo, el encargado de llevarlo hasta los Reyes Católicos.
García Ramos consigue contar esta historia a modo de crónica, formato que le otorga toda la verosimilitud necesaria para cautivar al lector y acercarle la narración con la singular potencia de un verdadero acontecimiento histórico. Se trata pues de un relato perfectamente tramado y bien definido, con episodios intensos y un derroche de imaginación histórica que lo hace apasionante.
La trayectoria de Juan-Manuel García Ramos ha estado marcada por su interés por la literatura hispanoamericana. Entre otros premios, ha recibido el Benito Pérez-Armas de la Caja General de Ahorros de Canarias. En los años ochenta fundó y dirigió la revista Liminar de literatura y arte. Es autor de más de veinte libros sobre su especialidad. García Ramos es, además, académico de Número de la Academia Canaria de la Lengua y presidente de Honor del Ateneo de La Laguna. En el año 2006 el Gobierno Autónomo le concedió el Premio Canarias de Literatura, en reconocimiento a su larga trayectoria como escritor, ensayista e investigador.

Con la editorial Baile del Sol ha publicado, además de El guanche en Venecia, la novela El zahorí deValbanera en 2013. 

  • ISBN: 978-84-15700-23-4
  • Fecha de publicación 2014
  • Número de páginas 164

sábado, 12 de abril de 2014

FERNANDO J. LÓPEZ

“La palabra bien usada es un arma poderosa y por eso quieren acallarla”

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Por David Hernández
Existen más de 4.000 especies de animales que son o pueden ser llamados cangrejos. Entre ellos, no se encuentra el ser humano. No somos crustáceos del orden de los decápodos, pero tenemos algo en común con ellos, su carácter bentónico. Vivimos vagando. Y, además, caminamos hacia atrás. No avanzamos. Una y otra vez caemos en los mismos errores. El escritor Fernando J. López nos muestra que somos una sociedad obcecada en ser cangrejo. Su novela, en la que retrata con crudeza el ambiente social, sexual, económico y político de principios del siglo XXI, nos muestra que los titulares de hace más de una década nos anunciaban cuánto estábamos a punto de retroceder sin que nos diéramos cuenta.
- ‘La inmortalidad del cangrejo’ es un retrato desalentador sobre la situación que estamos viviendo en la actualidad.
- Es desalentador lo que cuenta, pero no el mensaje final. Es una novela muy pesimista en la historia y en la trama, porque yo soy muy pesimista con mi generación, y creo que es una generación muy pasiva la de los que estamos en los treinta y pico. Pero el mensaje es el contrario e invita a que la gente reaccione y tome conciencia. La novela está enmarcada en 2001, pero, realmente, es un anticipo de lo que va a venir después, de lo que estamos viviendo hoy en día. El protagonista, se deja avasallar y, por lo que apuesta la novela subliminalmente, es por todo lo contrario, por avanzar, por no ser cangrejo.
10175988_10152285139485275_4098001265538001328_n- Eres dramaturgo y se nota la influencia del teatro en la novela: la ligereza de los diálogos; los pensamientos internos del protagonista, que me recuerdan a ‘La voz humana’ de Jean Cocteau; y, el ritmo.
- Publiqué mi primera novela, ‘Inarmónicos’, con 18 años. Pero, en seguida, empecé a hacer teatro en círculos universitarios y a escribir teatro. A partir de ahí, continué con esa vocación y he escrito mucho teatro. No tengo muy claro si soy un dramaturgo que escribe novela o un novelista que escribe teatro. En esta novela, necesitaba una voz narrativa potente, y es verdad que puede estar la influencia de Cocteau, que a mí me entusiasma, como puede estar también la de cineastas como Almodóvar. Al final, sale todo lo que lees o todo lo que ves.
- Nos encontramos con unos personajes llevados al límite, rotos por el amor. ¿Por qué les haces sufrir tanto?
- Los quiero, aunque sufren. No me interesa la literatura como una evasión, sino como una reflexión. Por eso me gusta que mis personajes sientan muchas de las emociones que nosotros sentimos, al límite, de una manera muy hiperbólica. Pero, además, me parece que estamos sufriendo una violencia global bestial, estamos en un momento muy cruel a nivel social, a nivel económico, a nivel laboral… y eso deja huella. Quería mostrar individuos que están marcados por esas repulsiones que vivimos.
- Es curioso cómo la sombra del 11-S ronda toda la novela de una forma muy metafórica.
- Fue un hecho horrible que marcó el inicio del siglo XXI y a toda la generación. Es un símbolo terrible de lo que ha venido después. Es el derrumbamiento, el final de una época, el inicio de la paranoia colectiva. Todo eso tenía que estar en el libro. Además, tiene una doble lectura en la novela, porque se derrumba toda la sociedad en la que viven los personajes y se derrumban los propios personajes.
- ¿Cuál era tu pretensión al iniciar cada capítulo con un titular periodístico real?
- Nace del propio proceso de escritura. Realmente los capítulos están escritos en esos días. La idea era dar constancia de que, al final, todo está conectado, que nada es intrascendente aunque parezca que sí. Cualquier decisión que se tome nos influye por muy lejana que nos parezca la situación. Quería mostrar que la indiferencia no es una opción.
- ¡Entonces, está escrita en 2001!
- Sí, ha tardado más de 10 años en publicarse. La escribí, fue finalista en dos certámenes de novela y hubo una gran editorial que estuvo interesada en publicarla, pero le dio miedo por el contenido sexual explícito y homosexual que había en ella. Decidí guardarla durante un tiempo. Entre medias, publiqué ‘La edad de la ira’, que fue finalista del Premio Nadal, lo cual me abrió muchas puertas, y fue entonces cuando la editorial Baile del Sol me preguntó por esa novela que no encontraban. Se la pasé y decidimos publicarla. Pese a que es antigua, ahora parece más actual que cuando la escribí.
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En ‘La inmortalidad del cangrejo’ se veían ya los cimientos de la que iba a ser la crisis actual que estamos sufriendo. Por entonces, el autor estaba en la veintena y lo que pretendía era expresar lo que él estaba viviendo por entonces. “Lo que no sabía era que eso me iba a volver a pasar a los treinta y pico,” señala. “Cuando la he tenido que volver a leer para publicarla, he sentido escalofríos por lo que se cuenta y lo que nos ha pasado luego.” Uno de los personajes dejaba España para irse al extranjero en busca de trabajo porque no encontraba un puesto laboral relacionado con lo que había estudiado. Una situación que se ha convertido en algo actual. “Es algo que me ha pasado después, me estoy quedando sin amigos en Madrid porque todos se están yendo fuera,” confiesa. “Asusta lo cercano que es todo y, al mismo tiempo, da rabia ver que, si era tan obvio lo que iba a ocurrir, cómo no se ha hecho nada para evitarlo.”
Esta situación desmotiva mucho a las nuevas generaciones, que se están volviendo muy pesimistas. El trabajo de Fernando J. López es luchar contra eso cada día, porque, además de escritor, es profesor en un instituto.
- ¿Cómo perciben tus alumnos la crisis actual?
- Mal. Les está volviendo pesimistas con su futuro. Se preguntan para qué estudiar, para qué esforzarse. Pero, al mismo tiempo, están hartos de que solo les enviemos mensajes negativos. Escribí la novela juvenil ‘El reino de las tres lunas’ para darles un mensaje totalmente contrario, con el que se defiende el valor de la literatura para cambiar la realidad. Hay que demostrarles que involucrándose pueden cambiar la situación, que no se deben quedar cruzados de brazos. Mi obsesión como profesor es enseñarles a ser críticos, que tengan autonomía.
- Hablamos de la crisis, pero, realmente, no es una, sino son varias las crisis que estamos viviendo. Eso también lo tratas en ‘Saltar sin red’.
- Es una obra teatral que nace de entrevistas con un grupo de actores de 19 a 21 años. Quería escribir una obra sobre los temas que les preocupaban. Me llamó la atención que todos tenían como tema esa sensación de crisis. Lo que me dio esperanza fue que el segundo tema era la amistad. Su obsesión era cómo conseguir no perder sus valores como personas a pesar de ese capitalismo feroz.
- Pero sí hay una crisis de valores. ¿Cuáles crees que se están perdiendo?
- Ahora estamos en un momento de inflexión, pero se había perdido la implicación. Estábamos en un momento de aburguesamiento brutal. Realmente, el problema no es que viviéramos por encima de nuestras posibilidades como dicen, sino que nos habíamos conformado con vivir dentro de nuestras posibilidades, no había una aspiración mayor. Por suerte, creo que eso está cambiando desde el 15M. Fue esencial para concienciar a la gente. Han hecho que volvamos a estar en la calle. Todos los colectivos nos habíamos conformado, hasta que hemos visto que todos nuestros derechos se están perdiendo. Lo único bueno de todo este horror que estamos viviendo es que han hecho despertar la conciencia, la implicación social.
- Han comprado por 500.000 euros un camión de agua a presión para actuar contra las manifestaciones, han anunciado que en breve habrá drones para vigilar Madrid, han aprobado una mal llamada Ley de Seguridad Ciudadana… Parece que hay miedo a ese despertar del que hablas.
- Han intentado justificar un estado policial. La Ley de Seguridad Ciudadana es realmente una ley de inseguridad civil. Estamos volviendo a la España autoritaria franquista. Se está atentando contra la libertad de expresión. La palabra bien usada es un arma poderosa y por eso quieren acallarla. Ese camión es una forma de amedrentar, igual que las pelotas de goma y otras tantas medidas. Vamos a ser siempre sujetos sospechosos en vez de ciudadanos. Eso trae el recuerdo de una época terrible.
¿Qué puede aportar la cultura a todos estos asuntos de los que hemos hablado?
La cultura nos puede salvar de todo esto que estamos viviendo. En todas las épocas de crisis, lo que ha hecho que la sociedad avance ha sido la cultura. Es más, las épocas culturales más brillantes siempre han coincidido con crisis (de fin de siglo, de transición…) La cultura ahora tiene un papel necesario. Hasta la cultura editorial se está pervirtiendo y se está convirtiendo en una fotocopiadora de la televisión. Eso hay que romperlo y hay que buscar otros cauces. La cultura tiene el deber de formar a la gente.
Twitter: @_davidhernandez

lunes, 7 de abril de 2014

SONIA SAN ROMÁN. ANILLOS DE SATURNO

NOTAS DE LECTURA 1. SONIA SAN ROMÁN. ANILLOS DE SATURNO
Escribe Steiner en Gramáticas de la creación que «Desde la Antigüedad clásica, la faceta nocturna de la soledad creadora ha sido emblemáticamente representada por Saturno, por la caracterización del poeta y del artista como “saturninos”. Nacido bajo un astro sin luz, habita en la melancolía», pero yo no encuentro mucha melancolía en Anillos de Saturno (Baile de sol, 2014), el nuevo libro de Sonia San Román (Logroño, 1976) sino tensión interna, compromiso moral (perceptible desde una de las citas que encabezan el libro, la de Albert Camus), rebeldía ante el status quo social y económico, ternura y solidaridad. Sonia entiende la poesía como una tabla de salvación personal en la que las incertidumbres vitales quedan expuestas al escrutinio del yo, salen a la luz, se vuelven visibles y con ello mensurables, comprensibles, pero también la entiende como un medio de revelación en el que los detalles más insignificantes de la vida cotidiana adquieren una importancia esencial. Carmen Beltrán escribe en el atinado prólogo del libro que ese «deseo de subrayar lo pequeño, lo no evidente, la dignidad de los engranajes ocultos que nos sostienen» es perceptible en toda su escritura. Esas anécdotas van tejiendo una red que nos atrapa apenas sin darnos cuenta. La construcción de los poemas está sujeta a una serie de repeticiones léxicas y semánticas que, como si fuera un truco de magia, maravillan al lector, igual que el hermoso efecto arcoíris que produce el sol cuando percute sobre los anillos de Saturno. Tal vez sea la experiencia de la maternidad la que entreteje la urdimbre de la escritura. De un modo u otro, está muy presente en muchos versos, por ejemplo: «No querer repetir/ y saberse eco./ He aquí el dolor/ de ser madre» o estos otros: «Dejar de ser hija/ a golpe de machete/ para poder ser madre». Por pura lógica, esa experiencia supone un cambio sustancial en la vida, en el orden de prioridades a la que estaba sujeta. El instinto de protección se ha exacerbado y con él, la conciencia de su propia identidad, una identidad que, cuando los versos retornan al pasado, estaba acaso demasiado sujeta a la opinión de los otros. Ahora, por el contrario, la poeta es consciente de ser quien es y del lugar que ocupa en el mundo. La experiencia, aunque dolorosa en ocasiones, la ha fortalecido, y es fortaleza es la que trasmiten estos versos desnudos, sinceros, convincentes: «Mi voluntad reverdece en esta tarde/ mojándome los pies/ y, en tus pies mojados,/ me tumbo a echar raíces». No quiero dejar de señalar además el conflicto subyacente entre la realidad y el sueño, o la alucinación, tan ponderada por José Hierro (San Román coordinó el año 2012 una antología-homenaje a Hierro, publicada por Ediciones 4 de agosto). La desesperanzada conclusión es que la  realidad acaba imponiéndose a los sueños, «la realidad se burla/ de mi búsqueda…// Y yo, tan lejos de todo/ me encuentro a mí». Sonia San Román no rehúye la denuncia social o la perversidad histórica. El país al que su hijo asoma la cabeza «aún tiene bisabuelos tirados en la cuneta…», es un país— no es un problema de geografía, sino de genealogía— de gente interesada, injusta y desmemoriada, pero quedan resquicios, posibilidades de amor y de transformación, por eso conmina a su hijo a sembrar amor «en las cunetas, en los caminos,/ en los olivares, en los cimientos abandonados/ de los abuelos que creyeron/ en el cuento de la lechera/ y planta letras/ junto a corazones». A esas verídicas posibilidades se aferra Sonia, y sus lectores con ella.

viernes, 4 de abril de 2014

Arráncame la vida




Me apetece más hablar de la buena literatura que de la estupidez. El libro Arráncame la vida de Gabriel Cruz, que no tiene nada que ver con el de Marcela Serrano, me sirve para huir, aunque sea unos momentos, del ruido informe de los infames.

Javier Doreste
04/04/2014 - 13:57h

Sé que en estos momentos debería estar escribiendo sobre los últimos acontecimientos políticos. Hablar de las pequeñas mezquindades, los fracasos unitarios, las absurdas ambiciones. De aquellos que deslumbrados por las encuestas, cegadora luz que conduce al error, corren apresurados y desdeñan al que tienen al lado. Pero estoy un tanto aburrido de todos ellos. Prefiero dejarlo para más adelante. Me apetece más hablar de la buena literatura que de la estupidez. El libro Arráncame la vida de Gabriel Cruz, que no tiene nada que ver con el de Marcela Serrano, me sirve para huir, aunque sea unos momentos, del ruido informe de los infames.

No conozco al autor ni sé de sus lecturas ni escrituras anteriores. El libro llega a mis manos por medio de un amigo. Lo cojo escéptico, como casi toda la literatura que me recomiendan. Demasiadas decepciones, demasiados quiero y no puedo tiene uno leído para que esa actitud escéptica le desaparezca de la noche a la mañana. Pero el inicio del primer cuento (Lo divino), digno del mejor Chester Himes, arranca cualquier recelo por mi parte. Un cuento vigoroso como los del creador de Coffin Ed y Digger James. No es que Cruz escriba novela negra. Sus cuentos son una vívida descripción de las gentes de Santa Cruz, excepto la magnífica descripción de la sociedad bien de La Laguna (Pop siniestro). Arquetipos de los barrios, gentes marginadas, desahuciados de la sociedad, desfilan por estos cuentos escritos con la misma fuerza narrativa y cariño por el idioma que tenía el desaparecido Ezequiel Pérez.

Tal parece que Cruz sigue las observaciones de Lezama Lima cuando decía "...los personajes forman parte de mitos, de arquetipos, de imágenes, los cual los libera por completo de la realidad. (...) sencillamente manejo una serie de arquetipos que se van desenvolviendo en el tiempo..." y los personajes de Cruz son arquetipos conocidos de la vida. Están la prostituta circunstancial, la muchacha a la que se le arruinó la vida, el macho buscavidas de los muelles, el empleado de banca con sexualidad reprimida, la madre sacrificada, la dominante, las gentes con sueños jamás alcanzados, revolcados en su propia frustración... y todos se van desenvolviendo en el tiempo. Si tuviese más espacio insistiría en la fuerza del tiempo en estos relatos, ninguno es una estampa parada, son dinámicos como dinámica es la vida, por aburrida, frustrante o rutinaria que sea. Todos forman un cuadro, cuento a cuento, que merece ser contemplado como se miran los cuadros: mezclando distancia y proximidad. Solo se aprecia el conjunto en la distancia y solo se aprecian los detalles en la proximidad.

El tiempo nos construye y a la vez nos va matando. Sin tiempo no existiríamos, sin tiempo no morimos. Y eso es lo que nos muestran estos cuentos. Puede que alguien pida más extensión en alguno de ellos, quizás alguna anécdota exigiese más... pero la fórmula condensada del autor nos libra de las descripciones sobrecargadas, las página superfluas. Convierte el tiempo en protagonista de sus relatos. Lo erige en el auténtico ejecutor de sus personajes. Es el tiempo quien dibuja la geografía de los barrios descritos. Cruz parece intuir el descalabro urbanístico al que se somete a la población de Santa Cruz, la presión especulativa para que se abandonen los barrios populares tradicionales como el Toscal o el Cabo, en favor de las barriadas, los polígonos, donde ya no hay placitas con quiosco. Sólo parterres con tierra pelada y coches de la policía. Y el manejo del tiempo le permite dejarlo congelado, suspenso, sin presencia casi, en el ya nombrado Pop Siniestro, en esa clase y esa ciudad el tiempo pasa más despacio, más lento.... Y los que hemos vivido en esa ciudad, sabemos que existen en ella dos tiempos. El tiempo de los estudiantes, vertiginoso como debe ser el tiempo de la juventud, y el tiempo de las gentes de bien, reposado, obtuso y obsoleto. El primero está marcado por el inicio del curso, los exámenes, alguna asamblea que otra, la fuga de San Diego.... Al segundo lo marcan la Semana Santa, las alfombras, la romería de San Benito, El Cristo. Y es lo mismo bajo el franquismo o la democracia. Ese tiempo falsamente aristocrático sigue dominando como las atmosferas pesadas de la pequeña burguesía domina en muchos de los relatos de Simenon o Chejov. Es un tiempo con dimensión de clase social.

El mérito de Cruz no es solo el de la buena escritura, el de la valentía con las historias y el lenguaje. Es también el de reconciliarnos con la literatura hecha en Canarias. Por eso me atrevo, como simple lector, recomendar a todo el mundo este libro.

http://www.eldiario.es/canariasahora/canariasopina/arrancame-vida-Javier_Doreste_6_246085413.html

  http://cesarmanriquelector.blogspot.com.es/2014/04/arrancame-la-vida.html

jueves, 3 de abril de 2014

Días de lluvia, una novela de Luis Junco

Y en lo que en mí fue un golpe esperanzado que me hizo brotar lágrimas de regocijo, en Eloína solo fue un instante de vacilación y la cosideración de otras posibilidades igual de desgraciadas“.

(Días de lluvia, Luis Junco, colección Sitio de Fuego, Bailes del Sol Ediciones)

Las reacciones son encontradas con Días de lluvia, una novela de Luis Junco y que apenas cuenta con un centenar de páginas. Se escribe son encontradas porque se trata de un relato atípico en la producción narrativa actual en España; también porque deja cierta sensación de exigirle algo más porque cuando se llega a su final hay como restos que quedan en el aire, asuntos que no se resuelven, historias que se difuminan en los siempre sospechosos puntos suspensivos.
Pese a todo, Días de lluvia tiene la virtud de entretener y de contagiar de su misterio mágico al lector.
La historia está bien armada, y su estilo, la forma de contarla, resulta sencilla, una sencillez que camufla la complejidad y las ambiciones que su autor, Luis Junco, depositó en ella.
El empleo de lo fantástico, siempre ambiguo, le viene bien a un relato que se desarrolla en un año, 1974, trascendental para la historia de España, y sirve de metáfora para anunciar lo que vino a continuación así como para describir cómo aquellos hechos que ya forman parte de nuestra memoria como país afecta a los protagonistas del relato. Una galería de personajes que nadan a la deriva, solitarios a los que las circunstancias unen a modo de familia postiza porque residen en una pensión madrileña.
Luis Junco construye su novela a modo de compartimentos que no son estancos. Por un lado propone el relato de un profesor de instituto,Marcial Buenaventura, quien ha desarrollado una teoría aparentemente, solo aparentemente dentro del juego de realidades que propone la novela, extravagante: los anhelos y sentimientos de las personas afectan a los cambios meteorológicos. Por otro, la historia se bifurca en una serie de recuerdos que conducen al lector a los años de la Guerra Civil, en un Madrid marcado por el odio y la tragedia fratricida.
También hay fantasmas que pudieran ser no reales que hablan con personajes que están vivos aunque también podrían no ser reales.
El escrito intenta mantener un equilibrio objetivo entre las (in)justicias que se cometieron en ese conflicto y cuyas heridas aún no han sido cerradas. La interpretación  es que todos, con independencia de su ideología, resultaron víctimas de unos momentos que eran demasiado cercanos a un año de la muerte de Francisco Franco, un 20 de noviembre de 1975, fecha que supuso un punto y aparte en la Historia, con H mayúscula, de la España que conocemos.
Más allá de los hechos históricos en los que ambienta el relato, teñidos de magia, Días de lluvia reflexiona sobre la soledad y el amor y de lo íntimamente relacionado que están los sentimientos, ya lo hemos dicho, con los cambios de tiempo.
La lluvia que da nombre a estos días se convierte así en anuncio de que algo cambia. Se transforma. Y esa metáfora tiene una importante justificación poética. Tanto que se detecta en sus páginas y en la notable capacidad como narrador que tiene el autor de esta pequeña pero también desconcertante novela.
Una novela que provoca reacciones encontradas y que procura no caer en lo cursi y lo fácil para decantarse por un relato en el que más que explicar, muestra cómo se quebró la vida de algunos de sus protagonistas. Hombres y mujeres que, inconscientemente, contribuyeron a cambiar el mundo cuando asumieron, o al menos alcanzaron a comprender, cuál es el origen de su tristeza.
Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.