lunes, 16 de diciembre de 2013

`Psoriasis´ poética para curar las heridas

Manuela Paso, autora de `Psoriasis´. Foto: Sergio Parra
Manuela Paso, autora de `Psoriasis´. Foto: Sergio Parra


Laura Fraile
Valladolid
Aunque la mayor parte de su vida la ha dedicado a trabajar como actriz, ahora se decide a publicar su primer libro. En cualquier caso, Manuela prefiere dejar a un lado el vicio de etiquetar cualquier realidad, sea la de actriz o escritora, en parcelas cerradas. Hija de un escritor de teatro y de una actriz, reconoce que la necesidad de escribir y actuar siempre han estado muy unidas en su vida, siendo ambas unas disciplinas que en definitiva buscan expresar, narrar, compartir. "El artista no es nada más y nada menos que una persona que viene a expresarse. Independientemente del soporte que emplee, cualquier persona que haga un intento por expresar ya está haciendo un intento artístico. La expresión está viva y sólo busca un soporte que se puede encontrar recitando, esculpiendo o escribiendo", comienza explicando Manuela.
Hace un mes esta madrileña publicó `Psoriasis´, un poemario con el que esta ganadora de un premio Max a la mejor actriz de reparto ha conseguido al fin dar a conocer sus pensamientos más íntimos. "Mi entrada en la poesía ha tenido mucho que ver con la necesidad de decir mi propia palabra, ya que llevo mucho tiempo diciendo la de otros a través de personajes narrados por autores como Valle-Inclán o Lope de Vega. Necesitaba empezar a dedicarle esa energía a escribir mis propias palabras, mi propio conflicto, y a escribirlo interpretando mi dolor, mi pasado, todo lo que me indigna. Empecé a escribir hace un par de años. En ese momento empecé a leer los poemas en sitios como el Bukowski o Diablos azules, ya que necesitaba ver si funcionaban y transmitían. A partir de ahí me di cuenta del bien que me hacían y de cómo provocaban que las cosas se colocaran en su sitio", indica Manuela.
Unas líneas escritas a modo de presentación de la primera parte de su libro nos dan algunas pistas de lo que nos encontraremos a medida que vayamos profundizando en sus páginas: "La psoriasis (del griego, picor) es una enfermedad (no contagiosa) inflamatoria crónica de la piel que produce lesiones escamosas e inflamadas. Se cree que tiene una importante agregación familiar y que afecta a individuos con predisposición genética", escribe su autora. Durante la entrevista profundiza en esta cuestión: "La psoriasis es una enfermedad crónica que persigue al que la tiene durante toda su vida. Es como una mochila que esta persona lleva a cuestas. Este picor es una metáfora de lo que incomoda porque no ha sido expresado, ventilado o saneado, a pesar de que se puede curar expresándolo y dejando las heridas al aire", comenta Manuela durante una conversación telefónica.
Según reconoce, algunos amigos han manifestado su disconformidad con el título de su poemario, pero ella lo defiende por encima de todo. "Es un título expresivo que he usado porque quería hablar del pasado y de una familia disfuncional. En cualquier caso es un libro optimista porque, a pesar del estorbo de la enfermedad, ésta es una buena excusa para ventilar los problemas y las carencias. Mantengo una sensación optimista con la poesía. Para mí un poema es luz. En el momento en el que es expresión se convierte en pura vibración y pura vida", indica más tarde.
El libro, que está dedicado a sus dos madres, su padre, sus hermanas y su hermano, habla de la disfuncionalidad del pasado y de la vida familiar, pero por encima de todo habla de la relación de Manuela con sus padres. "Este libro es un reconocimiento de lo que han hecho mal pero también de lo que hacen bien. Son poemas en los que hablo de cómo nuestros padres no son perfectos. Esta imperfección también deja un mensaje muy valioso para la vida: puede parecer que todo esto es un sufrimiento pero, bien entendidas, bien recicladas y bien perdonadas, estas cuestiones pueden convertirse en un tesoro. Este libro también se puede ver como un reconocimiento a la imperfección de la vida, como una limpieza de los reproches", continúa su autora.
Su poemario, que fue publicado el pasado mes de junio por la editorial canaria el Baile del Sol, está dividido en cuatro partes: `Etiología´, `Epidemiología´, `Pronóstico´ y `Tratamiento´. "En la primera, donde ya indico que todo esto tiene una importante agregación familiar, hablo de lo genético y de lo heredado. Esta parte me sirve para presentar la situación y para narrar el pasado, lo que sirve de caldo de cultivo para lo que viene posteriormente. Después hablo de mi etapa como adolescente, en la que escribo sobre cómo fui descubriendo a otras mujeres. Por cierto, suele haber una mayor predisposición a encontrar a psoriáticas que psoriáticos. Estas mujeres me han ayudado a ser la mujer que ahora soy y son las mujeres a las que quería parecerme y a las que creo que me parezco", aclara Manuela. Entre estas mujeres se encuentran dos muy concretas a las que dedica un par de poemas: Juana Ginzo, a la que rinde homenaje en unos versos que hablan de una niña que ve de lejos a esa mujer a la que le gustaría parecerse, y Ana Rossetti, una escritora a la que Manuela valora especialmente por su generosidad y cercanía. "Me ayudó a plantear el poemario y a darle sentido. Ha sido como mi comadrona", reconoce esta autora.
`Psoriasis´, que será presentado el sábado 14 de noviembre a las 13.30 horas en la librería A pie de página, se completa con dos partes más. Por un lado está `Pronóstico´: "En ella hablo de las personas que tenemos algo crónico y de las mochilas o alforjas que todos llevamos. Son mochilas que nos hacen como somos, que nos dan problemas y cosas maravillosas. En el fondo hablo de esa mochila familiar y de mi vida presente, que es la de esa psoriática que va por la vida viviendo diferentes experiencias como la de un viaje por el Ganges o la experiencia con la muerte, donde narro el contacto con una mujer que se me murió en los brazos porque la ambulancia no llegó a tiempo", explica Manuela.
El libro termina con `Tratamiento´, una parte que su autora presenta con estas palabras: "Los afectados por esta enfermedad tienden a aislarse socialmente debido al miedo al rechazo. En estos casos puede ser necesario el tratamiento psicológico". Así la describe Manuela: "Hablo de la importancia de saber hacer un balance y una terapia, de comprender de dónde vienes, de perdonar, de no hacer reproches".
Enfermedades, tratamientos... ¿hay cura para todo esto?, nos podríamos preguntar. Manuela nos da su respuesta: "La curación sólo es parcial, aunque para ello hay que dejar al aire las heridas. Es muy difícil quitarse la mochila de encima, porque va siempre contigo. Lo importante es cuando te das cuenta de que la tienes llena de culpas y errores. Entonces puedes quitártela, mirar lo que llevas dentro y ver qué puedes hacer con eso. No hay que negar la imperfección, hay que trabajar con ese material, expresarlo".
En definitiva, se trata de comunicar, pero también de conocerse mejor a una misma durante ese proceso. "La capacidad de intimar con una misma es ya una revolución. Sin una revolución íntima no puede haber cualquier otra, como puede ser la del entorno, que requiere de esta intimidad para entregarse a él de una forma limpia y eficaz. Este libro me ha servido para conocerme mejor", concluye Manuela.
Su libro ha sido publicado por Baile del Sol, una editorial que lleva asentada una veintena de años en la localidad tinerfeña de Tegueste. Según afirma Tito, uno de sus responsables, la idea de montar este proyecto editorial provino de un hecho muy concreto: "Todos proveníamos del mundo de los fanzines y de la música alternativa, pero no teníamos a nadie que nos publicara. Ahora nosotros nos hemos convertido en los editores de la gente a la que le pasa lo mismo", explica. En todo este tiempo han publicado alrededor de 600 obras distribuidas en una veintena de colecciones, aunque la mayoría de ellas pertenecen a una poesía con una vertiente social y reivindicativa. Entre las próximas publicaciones de esta editorial, dentro de la que el vallisoletano Luis Santana ha sacado a la luz su novela `Al final ni nos despedimos´, se encuentra un poemario de Karmelo C. Iribarren.

domingo, 15 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 349. Marcos Canteli

Día 349. Marcos Canteli. Por donde pasa la poesía (2011)



LO QUE NO poseemos
va a durar

la bañera sobre la hierba el abrevadero al fondo
moho de los ojos la depresión musical
que no existe

ni tus pétalos abiertos pero en otro mundo sí

la lámina que escribo
en la disolución

y que al volver a casa la casa ya no está



Nos la jugamos

el siglo de la gran prueba

El siglo de la gran prueba
Jorge Riechmann
Baile del Sol, 2013. Colección “Textos del desorden”
ISBN: 978-84-15700-87-6
166 páginas
12 €



Alejandro Luque
Quienes sean lectores asiduos de Jorge Riechmann estarán familiarizados con esa escritura que, más que ensayística, se asemeja a un cuaderno de notas. Notas, eso sí, producto de la meditación larga y aguda, y rara vez de apresurados raptos de inspiración. Ello permite que el lector se acerque a estos libros sin los prejuicios que suelen acompañar a los libros de un filósofo, aunque no se recomienda consumir estos apuntes como quien come pipas, si se aspira a un óptimo aprovechamiento: su alto contenido nutritivo lo desaconseja. Prueben, si no, con El siglo de la gran prueba.
Cada uno de los trece bloques que integran el volumen aborda una cuestión más o menos concreta, aunque la digresión se permite tanto como la licencia lírica, el testimonio personal comparte pared con el aforismo y tiene como vecino de arriba a la cita textual. El primer capítulo, “¿Socialismo en el siglo XXII?”, es una clara declaración de intenciones: para el autor, el sistema capitalista es del todo inviable a medio plazo, y esta inviabilidad es doblemente inquietante si tenemos en cuenta que para la inmensa mayoría de la gente es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Consciente de la devaluación de la que ha sido objeto el término socialismo en las últimas décadas, Riechmann solo concibe la salvación del planeta desde una postura ecosocialista, que atienda a la sociedad más allá del puro abastecimiento mercantilista sin descuidar la conservación del medio ambiente.
Le sigue un doble elogio de la poesía, primero en forma de homenaje a Juan Gelman y luego como reflexión general -“¿Por qué la poesía… con la que está cayendo?”- que defiende el verso como herramienta de conocimiento y trinchera moral. Tras una serie de anotaciones sobre arte y civismo y una crítica a la posmodernidad, entramos en sendos capítulos sobre Nietzsche y la moral de la transgresión, y otro sobre poesía y filosofía con ideas tan felices como esta: “Dónde estoy, pregunta la filosofía; qué raro encontrarnos aquí, observa la poesía”.
A Riechmann cabe agradecerle la claridad, la amenidad y la concisión, esa gran deferencia para con nuestro tiempo, que tanto escasean en las obras de algunos colegas. Sus anotaciones sobre un viaje a Grecia –”El coche atropelló al gatito, el autobús esquivó a la tortuga”– constituyen un delicioso cuaderno de viaje, como las páginas escritas en un bucólico retiro en Bubión de las Alpujarras, “Un árbol de cien años para una casa de cien años”, que vio la luz como adelanto el año pasado en la revista Sibila.
Parece difícil no estar de acuerdo en casi todo con este poeta, profesor y traductor de notables logros –le debemos a René Char y a Henri Michaux, entre otros–, y pepitogrillo de largo recorrido; difícil no comulgar con esa denuncia contra la sinrazón del mercado, contra la estupidez de las masas ciegas y la desvergüenza de los gobiernos. Uno cierra las páginas de El siglo de la gran prueba comprometiéndose, y lo digo sin ningún sarcasmo, a cocer cuatro huevos en el mismo cazo en lugar de uno, a usar los folios por las dos caras y a no abandonarse al chorro del agua caliente de la ducha, por mucho frío que haga afuera. Insisto, lo digo sin ánimo de broma: el autor nos ha convencido –como lo hace a su manera Mauro Corona en Fin del mundo equivocado, por citar otro título reciente– de que si no queremos vivir como si fuésemos los últimos inquilinos de la Tierra, hay que empezar a pensar en el legado que dejaremos a los nietos. Y eso incluye, cómo no, cobrar conciencia de nuestro papel ciudadano, político y cultural, sin buenismos, sí, pero sin confundirnos acerca de dónde está el mal.
Aunque la prosa de Riechmann cede en muy contadas ocasiones a la retórica mitinera (ese legítimo pero innecesario en un ensayo “compañeros y compañeras…”) y al ramalazo de la autoayuda paulocoelhiana (“Llega a ser el que eres/ Llega a habitar el lugar donde vives./ Llega a pensar tus propios pensamientos…”), los desacuerdos que puedan plantearse, al menos por la parte que me toca, son producto del propio estilo del madrileño, que en general no parece hablar desde el púlpito, sino que estimula el debate. Por ejemplo, cuando lamenta que a John Berger o a Gore Vidal “no los publican ya en EE.UU.” por conciencias incómodas, incurre en un viejo prejuicio progresista, el de pensar que el Imperio acalla a sus críticos al viejo estilo censor. Si entrara, por ejemplo, en la web de Barnes & Noble, comprobaría que cualquier estadounidense tiene a su alcance más de un centenar de títulos de Vidal, y otros tantos de Berger. Hace rato que el capitalismo entendió que era mucho más efectivo darle voz a estos subversivos y ponerlos al lado de, pongamos por caso, Belén Esteban: problema resuelto.
Otro asunto discutible es el alegato anti-nietzscheano que acapara las páginas centrales del volumen. Estoy seguro de que sé mucho menos de Nietzsche que Riechmann, que además puede leerlo en versión original. Pero me parece que su crítica al autor de Así habló Zaratustra se basa en el temor de que sus lectores lo tomen como código moral o guía práctica para conducirse por la vida. ¿Por qué no estudiarlo como reflejo de una época, como producto genuino del tiempo y el mundo en que vivió, un mundo por cierto no del todo periclitado? “Se puede, de forma coherente, ser nietzscheano y banquero en Wall Strret”, escribe el autor. “No se puede, de forma coherente, ser obrero –o campesino- y nietzscheano”. La sentencia es redonda, pero tiene trampa: la apelación a la coherencia. Y Nietzsche es la pura contradicción: ¿Por qué no lo empleamos para analizar las múltiples contradicciones de nuestra clase obrera? Es una sugerencia, repito, desde el atrevimiento de la ignorancia.
Termino con un desacuerdo más, y pido que no se engañen pensando que los desacuerdos ocupan más espacio en esta reseña que los acuerdos: éstos están en el libro, léanlo. Riechmann visita el Museo Arqueológico de Atenas durante cuatro horas. “Haría falta una semana, a razón de cuatro o cinco horas diarias, para visitarlo en condiciones (…) Pero el visitante promedio de un museo como éste medirá su atención en segundos…”. Bueno, todos hemos sentido alguna vez eso, la impotencia de querer verlo todo y el desprecio hacia la mirada vaga y huidiza del tan denostado turista. Pero, ¿realmente queremos ver “todo” el museo? ¿Cuál sería el cálculo equivalente para el British Museum? ¿Y cómo pretendería mantener la atención más allá de esas cuatro horas, durante varios días? Personalmente, creo que el error está en haber entregado los museos a los visitantes foráneos, y limitarnos a visitarlos solo cuando nos atrae el reclamo de una gran exposición temporal. Y que el sentido de un museo no es –no ya, habida cuenta de lo saturados que están todos– darse un atracón, sino visitarlo muchas veces, con ojos distintos, con diferentes compañías. Esto no solo redundará beneficiosamente en dichos espacios, también permitirá un disfrute mayor. Y si hay que ir a Atenas, se va todo lo que haga falta.
En fin, ya ven que el libro de Riechmann da para mucho, pero lo fundamental ya se ha dicho: sí, nos la jugamos. Del pozo económico en el que nos hallamos no nos sacará el mismo sistema que nos ha metido en él, y la ruina del aire, el agua y la tierra no será redimida por aquellos que llevan años saqueándolos y envenenándolos. Suena a sermón hippie, de los que este escritor lleva muchos años pronunciando. Solo que con el paso de los años suenan más y más verosímiles, más y más urgentes.

sábado, 14 de diciembre de 2013

2013 de Poesía. Día 348. Rafael Correcher

Día 348. Rafael Correcher. Por donde pasa la poesía (2011)



Te ha de salvar de un mundo
perdido en sus inercias
cuando tiembla en la tela de los labios
su ser de otro
y entonces la mirada, su propia cicatriz,
se esconde como un pez escurridizo
con el propósito de recordar
que somos breve conjunción,
fragmentos de futuro alimentando
el riesgo que produce no saber

quién vive ahora entre sus sílabas.


Los pies sucios-Edem Awumey


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Edem Awumey contesta en una entrevista a la pregunta “¿De poder elegir qué animal le gustaría ser: perro o gato?”: Al igual que Mr. Bones en la novela de Paul Auster (se refiere a “Tombuctú”), me gustaría ser un perro que viaja a Tombuctú donde todas las almas de los perros terminan su camino. Me gustaría ser un perro, pero no en cualquier parte, no en las calles y los depósitos de chatarra del Sur, donde puedo ser expulsado por los transeúntes y puedo vivir bajo amenaza de lapidación cada día. Para los seres humanos, los perros y todas las criaturas, esta es una vida difícil. Sin embargo, las personas son lapidadas hasta la muerte cada día. Entonces, ¿dónde está la diferencia en ser un perro?.
Askia, el protagonista de “Los pies sucios“, su segunda novela, tras treinta años desde que se produjo la ausencia del padre, decide buscarlo. Del Sahel a París es el viaje necesario para ello. Ese duro y agotador recorrido; del poeta palestino Mahmoud Darwish llega la primera advertencia en el poema que abre el libro ” Y guárdate del mar … y los viajes¡”.  Con él se llevará, como equipaje, los recuerdos de una niñez llena de escasez y privaciones; las palabras de su madre que le hablaban del ausente y el anhelo de encontrarlo.
Pienso en el niño que fue el protagonista. Siempre me vuelvo hacia la infancia. Un niño creciendo en los suburbios, jugando en un vertedero de basura, entre restos y deshechos, junto a otros niños que, a veces, se muestran crueles (niños del sur lapidando perros). Evocar una infancia así y continuar caminando. Después ya adulto, continuar vagando. No es difícil acertar quiénes son los pies sucios y porqué se les llama así.
En París, ejercerá de taxista (aunque no es ésta su verdadera profesión, solo una tapadera, la auténtica es mucho más terrible) y por este medio conocerá a Olia que asegura haber conocido y retratado a su padre. Dentro del taxi, recorremos con él una ciudad malvada y desoladora (es París, pero puede ser Barcelona o Londres, cualquier gran ciudad europea). Un lugar que quiere verse despoblado de negros, de inmigrantes, de pobres. Cuadrillas con cazadora de cuero negro dispuestos a pelear y matar. Vecinos que no quieren ver en su horizonte a nadie que provenga de otro sitio y no tenga nada, nada que perder ya. Un presente triste y gris (unido a la muerte, al crimen también), el de los condenados a caminar de un lado a otro. Hay geografías que se descubren a fuerza de necesidad. Los pies sucios andarán o reventarán por Europa. Otros emprenderán el camino contrario y contemplarán África como un tránsito, nuevos brujos recolonizando a los negros.
Y en el centro siempre la búsqueda del padre.
No es gratuita la mención a Telémaco en la novela. Como el hijo de Ulises, Askia ansía recobrar el rostro amado. La figura paterna, inquietante y huidiza, que aparece y desaparece. Una sombra. ¿Y que son sino estos seres humanos, obligados a abandonar sus tierras y perdidos en la demoledora ciudad?.  Bosquejos, garabatos como su padre. Sidi Ben Sylla, un nombre de alguien que existió y del que conocemos por referencias de terceros. Un padre que una fotógrafa retrató, pero del que ahora no encuentra ninguno de los retratos que le hizo; un padre cuya madre dice o soñó que se marchó a tierras francesas porque recibió una carta que le obligaba a hacerlo por “un asunto de humillación”; todo es difuso, inconcreto, evanescente. Misterioso pasado, misteriosa huida. Una obsesión encontrarlo, para entender, quizás. Para encontrarse a si mismo, tal vez. Toda una vida detrás de un único motivo.
Las fotografías tienen un gran peso en toda la narración. Pueden llegar a constituir un lugar, un país, a base de rostros desconocidos pero que evocan un momento vivido en el pasado. A falta de un sitio al que poder apelar, las instantáneas cubren la necesidad de tener una pertenencia, mitigando la soledad y el desarraigo. Olia dice hacer retratos de gente negra, porque “saben captar y retener la luz”, como esta novela.
Cuesta entrar en la trama, con multitud de referencias y con una ambientación evocadora, misteriosa, pero también confusa. A menudo las frases que usa Awumey son complejas, de gran belleza, salpicadas de metáforas, convertidas ellas mismas en eficaz espejo del que las pronuncia. Hay que releerlas porque en pocas palabras puede transmitir decenas de ideas y sensaciones. Askia, el personaje principal, se nos muestra a la vez demasiado confuso y acabamos un poco como la propia Olia, sin saber “quién es” (¿es eso lo que intenta saber él mismo?), perdidas todas la coordenadas iniciales.
Tras la lectura, perdura una narración capaz de hacernos sentir el dolor de todos aquellos que no han tenido otro remedio que vagar, sobrevivientes sin esperanza alguna, sin un lugar al que poder regresar. Tiene razón Tahar Ben Jellouncuando dice sobre esta obra “… nos encontramos con personajes que pertenecen al dolor de toda la humanidad”. Los pies sucios, los ojos llenos de salitre, los cuerpos vaciados de carne, sí, bajo nuestra mirada.
Habían sufrido la canícula, las lluvias, el monzón y el perverso harmatán. El harmatán porque tenían grietas en los talones y la piel muy seca, arrugada. Y entre los pliegues había suciedad, una mezcla de sudor y de tierra. (pág. 81).

Ficha:

  • Título original:  Les pieds sales (2009)
  • Idioma: Original: Francés
  • Traducción al castellano: Colección África. Baile del Sol (2012)
  • Traductora: Laura Salas Rodríguez
  • Nº páginas: 127
  • Premios del libro: Finalista Premio Goncourt 2009
Olvier Jobard 2

viernes, 13 de diciembre de 2013

Caídos del suelo, una novela de Ramón Betancor

Sentí un deseo tan intenso por sumergirme en su sexo que me llegó a doler el aliento. Durante unos segundos, todos los colchones de mi vida pasaron ante mis ojos, pero no recordé haber percibido antes, en otras pieles y otros besos, algo parecido. Porque ahora solo quería deslizarme por su piel, que era la piel de todas las mujeres del mundo. Las que fueron y las que ya no serían. Esconderme en cada esquina de su cuerpo y de su alma sin más límite que el borde de aquella pequeña cama en un pequeño camarote de un pequeño velero fondeado en una pequeña isla de un archipiélago pequeño. Muchas pequeñas cosas y cosas pequeñas que se hacían gigantes dentro de mi y que en aquel instante no era capaz de entender.”
(Caídos del suelo. La noche que cambió nuestros días, Ramón Betancor. Colección Narrativa, Baile del Sol Ediciones)


Ramón Betancor ha escrito, creo que sabiéndolo, esa novela –Caídos del suelo. La noche que cambió nuestros días– que todo aspirante a escritor querría haber escrito. Encuentro muchos puntos en contacto, y también singulares obsesiones, con Yo debería estar muerto (colecciónG21: Narrativa Canaria Actual) de Santiago Gil.

Los protagonistas de ambas historias son escritores en la sombra que sueñan con publicar y que su obra resulte un éxito de ventas. Aspiran en definitiva a vivir y a ser reconocido por sus libros, solo que en el caso de Mario Rojas, el protagonista de Caídos del suelo, la fama implica vacío, a un vivir sin vivir en mí.

Y para elaborarlo, la novela de Betancor propone una extraña y ambiciosa combinación de géneros.

Tiene rastro fantástico, también de novela de suspense y criminal, así como la creación de una ambiciosa organización que mueve los hilos en la sombra y que decide quién puede alcanzar el éxito y quién no. El Clan, la conocen sus iniciados. Un poder en la oscuridad que deshace en pedazos cualquier teoría sobre el azar.

La clave de Caídos del suelo descansa así en esta discreta sociedad y en cómo absorbe a un aspirante a escritor. El relato de su largo –la novela consta de más cuatrocientas páginas– proceso de redentora aniquilación. Comenzando por el descubrimiento repentino que todo lo que se escribe no es sino una mentira que si sirve para algo es para hinchar el ego del escritor.

Ramón Betancor cuenta más cosas.

Y describe, a veces con lentitud, que todo cuanto vemos puede ser distinto.

Estimo, no obstante, su escéptico mensaje pero no sé cómo lo desarrollará en las otras dos novelas que, al parecer, forma con Caídos del suelo una trilogía donde no existe Tierra Media.

Caídos del suelo es una novela desconcertante, que sabe transmitir en ocasiones emociones, pero que no termina de cerrar el círculo. A veces, incluso, se complica demasiado.

Pero pese a sus contras, la novela revela a un autor preocupado por hacer legible su ficción alternativa.

Y lo consigue al mantener el pulso. Ese mismo pulso que enciende el interés del lector para conocer esa otra realidad en la que todo lo que te rodea cambia y parece querer abandonarte.

Como relato de un largo y complejo proceso de iniciación, Caídos del suelo tiene gancho al sostener su credibilidad. Resulta, en este sentido además, un texto sincero, que quiere huir de imposturas. Es una novela bien escrita, que maneja los resortes del suspense como elementos a través del cual navegar por el relato.

Y su resultado final es bueno, aunque no tan bueno como, a mi juicio, tendría que haberle salido.

Deja, entre otras, la sensación  de que Caídos del cielo pedía criba.

Cribar no significa reformular, solo podar capítulos que poco aportan a esta especie de diario de un autor que se rebela contra el mundo.

Con todo, es un título apreciable por llamativo.

Por distinto en la actual literatura que se escribe en este país y en esta comunidad autónoma que es Canarias.

Es un libro que esconde mensaje en el interior de su botella.

Esa misma botella que flota en el mar hasta que la marea la arrastra a la costa.

Saludos, rodando otra vez, desde este lado del ordenador.


2013 de Poesía. Día 347. Olga Lucas

Día 347. Olga Lucas. Por donde pasa la poesía (2011)


LOS LISTOS

Los listos todo lo saben,
para eso son listos.
Saben lo que hacen,
dicen, piensan y oyen.
Saben lo que hago,
digo, pienso y oigo.
Más aún, saben
lo que les conviene
y lo que me conviene,
lo que deben hacer
y lo que yo debo hacer.

Los listos, ¡qué listos son!
Lástima que no sean mudos.